domingo, 28 de febrero de 2016

"Crimea", de Orlando Figes.

Orlando Figes, conocido investigador sobre los tiempos de Stalin, incursiona en el pasado decimonónico de la Rusia imperial para tratar, desde diversas perspectivas, la guerra de Crimea. El autor se esmeró en presentar un cuadro muy completo de esa conflagración, ubicándola en las disputas religiosas y estratégicas de las grandes potencias europeas en torno al Imperio Otomano.
Desde el reducido Ducado de Moscovia, los gobernantes rusos expandieron las fronteras hacia los cuatro puntos cardinales, inspirados por la ideología imperial bizantina de aspiraciones universales. Así, en tiempos de la zarina Catalina II arribaron a las costas del Mar Negro, arrebatando territorios que hasta entonces habían estado bajo soberanía otomana. Crimea, la atribulada península, pasó a ser parte de Rusia y a recibir colonos eslavos, a la vez que aún contenía una nutrida población tátara. 
En el siglo XIX, Rusia emergió como una gran potencia militar al provocar la derrota de la tempestad napoleónica, que comenzó a desgajarse por su fallido intento de conquista de 1812. No sólo lo expulsaron de las estepas rusas, sino que el zar Alejandro I fue la figura determinante de la nueva configuración europea post-napoleónica, al instalarse él mismo en París y restaurar a la dinastía borbónica en el trono galo. 1812, entonces, se transformó en símbolo de una gesta épica del poder imperial del "gendarme de Europa".
No obstante, esta consolidación de la autocracia zarista significó enervar la solidez rusa, ya que fue un óbice para la modernización del imperio. Sus vastos dominios desde Polonia y Finlandia hasta Alaska eran difíciles de defender con un ejército formado mayormente por siervos, en donde primaba la disciplina más brutal sobre el profesionalismo. La mística de la ortodoxia rusa, envolvente y sugestiva, cargada de imágenes de designios divinos, llevó a los zares a acariciar la idea de restaurar el imperio bizantino con capital en Constantinopla, la actual Estambul, llave de acceso del Mar Negro al Egeo a través de los estrechos tan codiciados. "Zargrad", la ciudad del Zar, fue la obsesión de ambiciones geopolíticas y concepciones religiosas, entrelazadas como un nudo gordiano imposible de separar.
Los rusos aspiraban a proteger no sólo los sitios sagrados para la Cristiandad en Tierra Santa, sino también a los cristianos ortodoxos esparcidos en los dominios otomanos. El reconstituido imperio francés de Napoleón III también aspiró a proteger a los cristianos católicos en esas tierras, llegando al choque en el Santo Sepulcro. Los gobernantes del Reino Unido, por su parte, anhelaban mantener un delicado statu quo en la llamada "cuestión de Oriente", basada en la necesidad de que ninguna potencia europea lograra la hegemonía en esa región asiática. De este modo, se fueron configurando alianzas para contener el espíritu de avalancha rusa hacia las puertas del Mar Negro. 
La opinión pública británica venía siendo fogoneada, advierte Figes, por periodistas de fuerte tendencia anti rusa. En el imperio galo, los diarios del interior del país, de carácter tradicional, manifestaban sus sentimientos de solidaridad no sólo con los católicos del Cercano Oriente, sino también con los polacos bajo dominio ruso, enfrentados en una disputa que entretejía lo nacional con lo religioso, inescindibles para ambos pueblos.
El zar Nicolás I se lanzó a la guerra contra el imperio de los turcos al suponer que ganaría el apoyo masivo de los cristianos ortodoxos en los Balcanes. El Reino Unido y Francia se pusieron del lado otomano, a la vez que los austríacos adoptaron una neutralidad que favorecía al sultán Abdülmecid. El ejército del zar se vio obligado a replegarse de los Balcanes, fue contenido en el Cáucaso y enfrentó el desafío naval en la costa del Pacífico, pero la centralidad de la guerra se ubicó en la península de Crimea y, en particular, en torno a la base marítima de Sebastopol.
La guerra de Crimea anticipó rasgos de las nuevas conflagraciones: se utilizó el telégrafo y los periódicos occidentales tuvieron noticias rápidas; se conocieron los pesares humanos por heridas y enfermedades, que causaban más estragos que las balas; allí se puso en evidencia la superioridad tecnológica de las naciones occidentales frente al Imperio de Rusia. Acudieron médicos y enfermeras -allí ganó notoriedad Florence Nightingale-, periodistas y hasta un turismo macabro que anhelaba conocer los campos de batalla. 
Orlando Figes traza un contorno preciso de las disputas estratégicas y políticas de las partes: los británicos anhelaban cercenar partes sustanciales del Imperio de Rusia; Napoleón III, en cambio, buscaba prestigiar su política exterior con una resonante victoria militar. El pequeño Reino de Piamonte-Cerdeña, en cambio, participó con valor para instalar a esta monarquía del norte italiano en la mesa de las negociaciones. Figes presenta al segundo emperador francés bajo una luz respetuosa, a diferencia de otros historiadores del período o de autores contemporáneos de renombre, como Tocqueville, que lo retratan como un verdadero cretino.
A lo largo del extenso y bien documentado libro, observamos el trato tan distinto que daban los oficiales británicos, rusos y franceses a sus soldados, cómo se relacionaban entre sí y con los turcos y tátaros. Los galos, gracias al espíritu heredado por la Revolución, trataban con respeto a sus combatientes, que estaban bien alimentados y equipados. No así los soldados rusos, en su enorme mayoría siervos, así como los ingleses. Y eso se iba reflejando en las medidas sanitarias, que se ponían a la luz pública gracias al periodismo. La guerra de trincheras, que anticipaba las pesadillas de la Gran Guerra de 1914, era una señal del cambio de la concepción en el enfrentamiento bélico, cada vez más centrado en las nuevas tecnologías y tomando distancia de los combates cuerpo a cuerpo.
El zar Alejandro II, heredero del fallecido Nicolás I, debió llegar a la paz tras la caída de Sebastopol. El Mar Negro se neutralizó, aunque pudo contener la disgregación de las partes occidentales de su imperio. Consecuencia no buscada, pero ineludible, fue la modernización material y social, con la incorporación de los telégrafos y ferrocarriles, así como la liberación de los siervos. El espíritu de 1812 se había desvanecido. 
No por ello los rusos abandonaron sus aspiraciones de influir, despedazar y conquistar al Imperio Otomano, ya que se volvieron a enfrentar a los turcos en años posteriores. Miles de tátaros abandonaron Crimea y el Sur de Rusia para instalarse en el Imperio Otomano, siendo reemplazados por cristianos ortodoxos que dejaron los Balcanes, generando un cambio en la composición demográfico y el paisaje. Así nació una nueva preocupación para el zarismo, como era el de los musulmanes que residían en el territorio imperial, que acuñaba una ideología zarista que enhebraba nacionalidad, autocracia y ortodoxia como un todo incuestionable.
Texto imprescindible para el especialista y el lector curioso de la historia rusa y de la Europa decimonónica, ricamente articulado desde perspectivas diferentes, una pieza necesaria en las bibliotecas.

Orlando Figes, Crimea. La primera gran guerra. Buenos Aires, Edhasa, 2012.