miércoles, 28 de diciembre de 2016

"El baile de Natacha", de Orlando Figes.

El reconocido especialista en historia rusa y soviética Orlando Figes nos aproxima con pinceladas de vivos colores y bien razonadas, a la gran cultura que se gestó en esa latitud. Es una danza de genios que descollaron en todas las artes: Gogol, Tolstoi, Dostoievski, Rimski-Korsakov, Turgueniev, Chaikovski, Stravinsky, Chagall, Kandinski, Prokofiev, Shostakovich, Ajmátova, Nabokov, entre tantos otros... 
A lo largo de esas páginas, densas y vibrantes, el hilo invisible del volumen se desarrolla en torno a la búsqueda infatigable de la intelectualidad rusa en torno a su ubicación: ¿parte de Europa, parte de Asia, o algo completamente distinto? Como el águila bicéfala que heredó de los bizantinos, Rusia mira hacia Oriente y Occidente, y en términos religiosos se sentía la tercera Roma, la custodia auténtica de la fe cristiana de un modo místico y fuertemente apegada a la liturgia. 
En ese anhelo de encontrarse y de presentarse ante el mundo, el zar Pedro el Grande encarnó el proyecto de occidentalización no sólo en el cambio deliberado de las costumbres, sino en particular con la creación y construcción de la capital San Petersburgo -luego Petrogrado, después Leningrado- como modelo desde el cual irradiar una Rusia europea, conectada con las raíces de la cual fue cortada por la invasión mongola. Tal como nos lo presenta Figes, San Petersburgo era un proyecto de dimensiones políticas que alteraba sustancialmente la vida de la aristocracia rusa, que debía concentrarse en esa metrópolis y aceptar las nuevas formas de existencia cotidiana. El autor, magistralmente, nos exhibe la doble vida de esos aristócratas, occidentalizados en sus maneras exteriores y de puertas afuera, pero apegados a las viejas costumbres en su vida privada. Europeos refinados en los salones, tátaros campesinos en los dormitorios. Las narraciones sobre la vida de los aristócratas rusos es fascinante, con sus derroches y desmesuras.
Primera señal de que esa Europa tan admirada era, a la vez, un peligro, fue la invasión francesa de 1812, que despertó un espíritu patriótico que hasta entonces era desconocido. Y los principales protagonistas fueron los campesinos, no la aristocracia afrancesada, que defendían su tierra y forma de vida. De allí en adelante, esa admiración por el occidente europeo vino acompañado de recelos en la propia aristocracia y círculos intelectuales emergentes. El atraso asiático frente a la civilización europea, la singularidad rusa se transforma en una interrogante que atraviesa dos siglos, sin poder resolverse.
Así nace el conflicto entre los occidentalizadores y los eslavófilos que se vivió en todos los campos de la ciencia y la cultura, también reflejados en la política. Compositores, artistas plásticos y escritores se lanzaron a bucear en las profundidades históricas de la antigua Rus, algunos creando una imagen ahistórica y mítica de la misma, o incluso más atrás, a tiempos prehistóricos. Otros se lanzaron a la búsqueda de lo ruso en la campiña, en los grupos étnicos, anhelando hallar un estado ideal de pureza de las manifestaciones culturales. Un artista como Kandinski, mientras estudiaba etnología, encontró así una fuente de inspiración que lo acompañó después; Mussorgski y Rimski-Korsakov, por su lado, se apartaron de los cánones clásicos para enhebrar su arte con lo folklórico. Igor Stravinski se inspiró en los rituales paganos para obras como La consagración de la primavera o El pájaro de fuego. Tolstoi, por su lado, identificó a la tecnología moderna con lo maligno, dejando rastros de esa asimilación en su literatura, y llegó a ser la contraparte al zarismo en el terreno político.
La ruptura de la revolución bolchevique con sus ansias iconoclastas llevó a la emigración de numerosos artistas a Occidente, creando una cultura rusa de la emigración. Allí florecieron Stravinski, Prokofiev, Nabokov, Chagall, Kandinski y Bunin; otros, penaron en las sombras, como Anna Ajmátova; unos pocos lograron sobrevivir con altibajos, como Shostakovich y Pasternak. La dinámica totalitaria del stalinismo, con sus feroces críticas al "formalismo" en nombre del "realismo socialista" y la necesidad de crear una "cultura proletaria", se convirtió en una densa neblina gris que apagó muchos talentos, enviando a muchos de ellos a la muerte. 
El libro llega a los años post-stalinistas del tímido deshielo de Nikita Jruschov y el retorno a la mediocridad más aplastante con Brezhnev. 
Es una obra de calidad excepcional, meditada en cada uno de sus párrafos, felizmente concatenada y que provoca la reflexión constante del lector. Es, también, un disparador a nuevas y fecundas lecturas de los clásicos, para adentrarse en sus mundos de imaginación, riqueza conceptual y profunda dimensión espiritual.

Orlando Figes, El baile de Natacha. Barcelona, Edhasa, 2012.

sábado, 3 de diciembre de 2016

"La caza del carnero salvaje", de Haruki Murakami.

Murakami juega con fronteras difusas, no discernibles, que le permiten pasar de lo trivial y cotidiano al absurdo. Una conversación con el chofer de un mafioso puede tener resonancias metafísicas, un viaje pasa a tener significados iniciáticos, o un animal de apariencia anodina e inocua puede albergar deseos de dominación planetaria. Este paso de una dimensión a otra, no lo hace en modo forzado, sino con una naturalidad asombrosa que cautiva al lector, atrapándolo en el vértigo de las páginas. 
El estilo de Murakami es fluido, con situaciones que están concatenadas y cada una articulada en un sentido general, sin elementos que sobren, más allá de su colorido. Los guiños al lector son frecuentes, estableciendo un diálogo inteligente y hasta pícaro, condimentado con un exquisito sentido del humor. 
El eje que atraviesa la novela es la identidad: ninguno de los personajes tiene un nombre propio, o bien se lo conoce a través de un apodo. Pero no tienen un nombre y apellido. Ni tan siquiera el gato del protagonista tenía un nombre que lo identificara -aquí un guiño al lector japonés, familiarizado con el clásico Yo, el gato de Natsume Sōseki, con un felino protagonista simplemente apodado "gato" por pereza de su dueño-. Pero no sólo no tienen nombre -y esto transcurre sin sobresaltos a lo largo de las páginas-, sino que la individualidad puede ser absorbida por una fuerza externa, siendo las personas utilizadas como meras cáscaras por un tiempo. 
Paralelas a la identidad, las preocupaciones de Haruki Murakami son, una y otra vez, las mismas: la búsqueda del amor y la felicidad, el tedio de la vida moderna, la necesidad de hallar un sentido a la existencia, la fragilidad y la incertidumbre de lo que aparenta ser sólido.

Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje. Buenos Aires, Tusquets, 2016.