viernes, 8 de abril de 2016

"La fiesta de la insignificancia", de Milan Kundera.

Libro breve pero no por ello superficial, en La fiesta de la insignificancia el autor presenta a los protagonistas en sus contornos, sin adentrarse demasiado en sus itinerarios vitales. Como si lo urgiera la premura, como si el tiempo fuera escaso para arrojarnos a lo medular de la novela, que es centrarse en la insignificancia. La existencia como una sucesión de insignificancias, no sólo en su sentido de menudencias sin grandeza, de rutinas olvidables, sino de carencia de significado. Los protagonistas se debaten tras algunas máscaras más o menos identificables -los galanes venidos a menos, el actor que ya no tiene público e interpreta, en tanto falso pakistaní, un rol al que nadie le presta atención en los cocktails-, ya en la segunda mitad de la vida. Alain se interroga por su madre, a quien vio por última vez brevemente cuando tenía diez años. o D'Ardelo se inventa un cáncer que no tiene, únicamente por estilo lúdico, sin ánimo de generar lástima, sino por el simple hecho de mentir. La historia de Mijail Kalinin y su incontinencia urinaria, que Stalin utilizaba para martirizarlo en prolongadas reuniones del Politburó, ilustra acabadamente el elogio de la insignificancia: por pura arbitrariedad, conjeturan los personajes, Stalin bautizó a la antigua Königsberg como Kaliningrado, para retribuir a Kalinin en su esfuerzo por contener la orina en aquellas sesiones del comité. No por grandeza ni por entrega revolucionaria, sino por su denodado esfuerzo por mantenerse en silencio, esforzando por no liberar el contenido líquido que pugnaba por salir.
Y es así, subraya Kundera, que la insignificancia triunfa y por ello Kaliningrado, a pesar de los cambios políticos, sigue llevando ese nombre. Es la victoria de aquello que es una minucia, olvidable, sin el menor rastro de gesta del espíritu humano.
Como todas las novelas de Kundera, es una invitación a la reflexión a partir de episodios cotidianos, que juega entre lo absurdo y lo aburrido, en una interpelación al sentido del humor y, ante todo, a la capacidad de reírnos de nuestras existencias profanas.

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia. Buenos Aires, Tusquets, 2014.

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