lunes, 12 de noviembre de 2018

"The Mystical Life of Franz Kafka", de June Leavitt.

Aproximarse al mundo de Franz Kafka desde una perspectiva infrecuente es el objetivo de este libro: la autora se aparta de la clasificación del conocido escritor dentro de los cánones del judaísmo, para ubicarlo como un explorador de las corrientes místicas de la Praga de comienzos del siglo XX.
Así es como vemos que Kafka se acercó a la Teosofía y que tuvo una entrevista con Rudolf Steiner -luego iniciador de la antroposofía, al romper con el círculo de Annie Besant-, a cuyas conferencias asistió en Praga. Ese mundo ocultista le brindaba claves sobre sus propias experiencias con lo sobrenatural: su clarividencia, sus visiones y prácticas de meditación. Asimismo, Kafka también se había convertido en vegetariano durante su estadía en Jungborn, el lugar de naturopatía de Adolf Just, quien sostenía ideas que vinculaban el cristianismo, el vegetarianismo, el rechazo a la caza y el retorno a la naturaleza como caminos hacia la divinidad. De allí que se sintiera próximo a lo que sostenían Rudolf Steiner -también vegetariano y cristiano, además de teósofo-, Moritz Schnitzer y Adolf Just. Kafka creía en la metempsicosis y esto probablemente venía de sus lecturas de Platón, fuentes budistas y de la teosofía. 
Bien señala June Leavitt que nada de esto estaba vinculado al judaísmo, aun cuando leyera en forma diaria los textos bíblicos como parte de su exploración metafísica. Pero Kafka no se sentía contenido en el judaísmo tradicional, aunque valorara y estudiara la Torah. 
También la autora subraya que Franz Kafka tenía conocimientos bastante certeros, aunque no se puede afirmar que fuera un iniciado, de la masonería. Tanto en El Proceso como en otras narraciones, habría elementos que permitirían deducir que Kafka estaba familiarizado con esta orden iniciática, tan difundida y presente en la Praga de inicios de la centuria pasada. 
Kafka estaba muy interesado en sus experiencias oníricas y llevaba detalle escrito de las mismas, algo que Steiner recomendaba. Pero no desde la óptica de Sigmund Freud, con cuyas tesis Kafka discrepaba, sino que interpretaba a los sueños como manifestaciones de planos astrales, al igual que la Teosofía. 
Un libro que abre nuevas perspectivas para el estudio del universo simbólico de Praga, de la literatura alemana de su tiempo y de la narrativa de uno de los autores más relevantes del siglo XX.

June O. Leavitt, The Mystical Life of Franz Kafka: Theosophy, Cabala, and the Modern Spiritual Revival. New York, Oxford University Press, 2012

jueves, 27 de septiembre de 2018

"Go-Betweens for Hitler", de Karina Urbach.

El libro se enfoca en actores casi invisibles, aquellos que sirvieron como intermediarios en tiempos de paz y de guerra, por caminos diferentes a la diplomacia tradicional. Karina Urbach se centra en los aristócratas europeos, sobre todos alemanes, que estuvieron al servicio de los emperadores de Austria-Hungría, de Alemania y luego, en los años treinta, de Adolf Hitler. La autora remarca las características singulares de la aristocracia europea: con familiares a todo lo largo y ancho del continente, tiene un lenguaje, hábitos y códigos comunes, que le permite entretejer una serie de lazos que trascienden las generaciones. Señala que, siendo la mayoría de los profesionales de la historia y de las ciencias sociales de orígenes de clases medias, no prestan atención a lo que consideran una casta perimida y decadente. Estas familias, a su vez, recelan de abrir sus archivos, por lo que los investigadores del pretérito humano no acceden a documentación valiosa y que puede arrojar una luz nueva sobre los acontecimientos políticos y diplomáticos del siglo XX. 
La mitad del libro está dedicada a los aristócratas que prestaron sus servicios como mensajeros e intermediarios de los emperadores de Alemania (Guillermo II) y de Austria-Hungría (Carlos) para finalizar la Gran Guerra. Fürstenberg era muy cercano al kaiser alemán, pero a su vez tenía una destacada actuación política en el Imperio Austro-Húngaro, cercano a la corte en Viena. Durante años trabajó como un puente entre las dos casas reales, manteniendo viva la alianza de las dos grandes potencias centrales. El caso más célebre de un aristócrata que sirvió como mediador entre Austria-Hungría y Francia fue el del príncipe Sixto de Borbón-Parma que, al salir a luz, perjudicó letalmente las posibilidades de que el emperador Carlos pudiera negociar una paz por separado en 1917. 
El fin de la Gran Guerra y el colapso de las monarquías en Austria-Hungría y Alemania no significó, empero, el fin de las aristocracias. Si bien el ex Kaiser Guillermo II intentó su restauración, varios aristócratas se enrolaron en las distintas vertientes del nacionalismo völkisch, temerosos de una revolución al estilo bolchevique. Por su formación y temperamento, los aristócratas que analiza tampoco adherían al constitucionalismo liberal ni a la democracia, por lo que algunos como el Duque de Coburgo Carl Eduard y Max Egon Hohenlohe adhirieron al nazismo. Una arribista como la princesa Stephanie Hohenlohe también hizo carrera gracias al título que obtuvo por su matrimonio, el que le abrió las puertas en Alemania y Gran Bretaña. 
El Duque de Coburgo Carl Eduard, nacido como Charles Edward en Inglaterra y nieto de la reina Victoria, arribó a los quince a Coburgo como heredero y fue tutelado por el kaiser. Tras la primera guerra mundial, puso su fortuna y propiedades al servicio de la extrema derecha alemana, siendo muy cercano a Hitler. Sus castillos fueron puestos al servicio de actividades criminales, encubriendo a nazis perseguidos por la policía durante la República de Weimar, así como para guardar armas. Intervino abiertamente a favor del NSDAP y gracias a su actividad proselitista, fue la primera alcaldía en donde ganó el nazismo. El duque de Coburgo intervino activamente para acercarse a los sectores más proclives a la política del apaciguamiento que había en Gran Bretaña. En esas gestiones también intervino la princesa Stephanie Hohenlohe, acompañada por Fritz Wiedemann, actuando sin informar apenas al entonces embajador Ribbentrop. Tuvieron, así, acceso a sectores del conservadorismo, de la aristocracia y de la prensa, siendo ayudados por Lord Rothermere, magnate de varios medios de comunicación. Sus gestiones ayudaron a sostener la postura nazi en la crisis de los Sudetes de Checoslovaquia, pero después de 1938 la princesa Hohenlohe y su amante Wiedemann cayeron en desgracia en el entorno de Hitler. Recaló en los Estados Unidos, en donde trabó relaciones con varios personajes locales, enredándose en aventuras con el alcaide en donde estuvo detenida brevemente. Luego supo reciclarse, tras la guerra, y se transformó en una suerte de nexo de prensa con periodistas alemanes ubicados en Estados Unidos.
El duque de Coburgo se mantuvo fiel al nazismo hasta después de la guerra, en tanto el príncipe Max Egon Hohenlohe se convirtió en una figura del jet set de Marbella... Tras la segunda conflagración planetaria, si bien sigue habiendo figuras que actúan como intermediarios por fuera de las estructuras de la diplomacia tradicional, ya no necesariamente son parte de la aristocracia europea. Karina Urbach hace una contribución descollante, por la singularidad del tema y el rastreo de documentos hasta ahora ignorados.

Karina Urbach, Go-Betweens for Hitler. Oxford, Oxford University Press, 2015.

miércoles, 27 de junio de 2018

"The Paranoid Apocalypse", de Richard Landes y Steven Katz (comp.)

Varios autores se han reunido en este volumen para analizar los itinerarios del libelo conocido como Protocolos de los Sabios de Sión, un texto escrito en francés y elaborado por la Ojrana, la policía secreta del zarismo, para inculpar a los judíos de tener un plan de dominación planetaria. Hecho a partir de párrafos plagiados a una novela satírica de Maurice Joly, Dialogue aux enfers entre Machiavel et Montesquieu, sobre el emperador Napoleón III, así como de la novela Biarritz, de Hermann Goedsche, el panfleto hizo una carrera inesperada y recorrió distintas latitudes, conquistando mentes afiebradas en Europa, Estados Unidos, América latina, Japón y Medio Oriente. 
Los autores se lanzaron a la difícil e intrincada tarea de desbrozar cómo se elabora una teoría conspirativa, ya que esta se sostiene por una fe inquebrantable e incuestionable, y toda crítica apunta a fortalecer la convicción de que conspiración está en marcha. 
Por un lado, los autores sostienen que la matriz apocalíptica y escatológica del libelo tiene orígenes religiosos, por lo que tiene sus raíces en la Europa cristiana medieval, aportando una serie de antecedentes. Allí están, por ejemplo, las acusaciones de "asesinato ritual" y la identificación de los judíos con el demonio y, por consiguiente, nada menos que secuaces del Anticristo. El panfleto recoge acusaciones típicas de supersticiones medievales y las mezcla con elementos de la modernidad, por lo que sirvió para antisemitas de las más variopintas extracciones. ¿Por qué ha tenido tanto éxito en su difusión? Los fenómenos sociales son de una gran complejidad y suponen la comprensión de múltiples variables, por lo que las teorías conspirativas tienen la ventaja de ser simples y reducirlo todo a una relación binaria de buenos y malos. Desde esta perspectiva, Sergei Nilus, uno de los propagadores de los Protocolos en Rusia, se trataba del enfrentamiento entre Dios y Satanás, siendo el segundo ayudado por judíos y masones -y luego bolcheviques-, pero que no hacían más que cumplir como instrumentos al servicio de la salvación final y la segunda llegada de Jesús. Para la Sociedad Thule y el nazismo, en cambio, se trataba de un enfrentamiento racial entre arios y judíos, del que debía sobrevivir uno de los dos, un Armageddon del que Hitler aspiraba a salir triunfante y establecer un imperio milenario
Lejos de haber quedado arrumbado como un panfleto falso tras la segunda guerra mundial, los Protocolos siguieron su propio camino: el capítulo dedicado a su difusión en Japón, en donde fue tomado con gran credulidad, pone en evidencia la atracción que puede ejercer sobre personas que buscan desesperadamente un sentido a su existencia y se aferran a cuanto relato esté disponible, o bien a quienes lo toman de buena fe como un hecho sin mayor discusión. En Estados Unidos, su gran propagador fue el empresario Henry Ford, ya desde su periódico Dearborn Independent como con su libro The International Jew, en el que se hizo eco de los Protocolos, adaptándolos a su país y dándole la autoridad que significa la de un empresario exitoso en una economía que ensalza el éxito del capitalista, como si una visión de los negocios pudiera ser trasladada a la comprensión de los fenómenos complejos de la sociedad. Esta ideología conspirativa ha sido tomada tanto por fundamentalistas cristianos, por los supremacistas blancos como David Duke y por Louis Farrakhan y su grupo islamista. 
El absurdo, que pareciera no tener límites, llega a los niveles del delirio cuando los Protocolos sirven para inspirar a una escatología cósmica de supuestos visitantes intergalácticos como Hatton, que ha viajado con su nave espacial desde las Pléyades, para alertarnos sobre el plan de dominación mundial de los judíos... 
Los Protocolos también hacen carrera en Medio Oriente, en particular como texto en las escuelas primarias por parte de la Autoridad Nacional Palestina, cuyo objetivo es deslegitimar al Estado de Israel con un relato ahistórico que perpetúa la situación bélica. 
Infortunadamente, este tipo de teorías conspirativas se han reproducido y metamorfoseado gracias a su difusión en las redes sociales, multiplicándose y llegando a oídos incautos. Es por ello tan necesaria la comprensión de este fenómeno cultural, que comienza en los márgenes pero que, de no ser debidamente refutadas y expuestas en su falsedad, puede ganar la aceptación masiva y pasiva de numerosos adeptos y voceros.

Richard Landes y Steven Katz, The Paranoid Apocalypse: A Hundred-Year Retrospective on The Protocols of the Elders of Zion. New York, New York University Press, 2012.

viernes, 22 de junio de 2018

"Blood Libel in Late Imperial Russia", de Robert Weinberg.

En las proximidades de Kiev, el 20 de marzo de 1911 fue hallado el cuerpo de un niño de trece años, Andrei Iushchinskii, y a pesar de que dos autopsias señalaban que había muerto por varias puñaladas en un ataque salvaje y descontrolado, los sectores antisemitas de la ciudad iniciaron una campaña apuntando a la población judía. Aun cuando las pericias médicas indicaban que no se había drenado su sangre, se lanzaba la acusación de que se le había realizado un "sacrificio ritual". Se trataba de una leyenda perversa que se había lanzado a los judíos en la Edad Media, difundida popularmente a pesar de que las autoridades episcopales y varios pontífices católicos romanos afirmaron en reiteradas oportunidades que esa acusación era una calumnia infundada, esta ganó terreno en el centro y oriente del continente europeo, hasta llegar a Rusia. 
Siendo el Imperio Ruso en donde más judíos vivían, como resultado de su anexión de la antigua comunidad polaco-lituana, este caso de "sacrificio ritual" tuvo enorme repercusión porque, además, señalaba la tensión del antisemitismo promovida desde la esfera gubernamental. El zar Alejandro II, el gran modernizador del Imperio, permitió que los judíos pudieran residir en Kiev; a principios del siglo XX constituían el 12% de la población de la ciudad. Pero a diferencia del monarca modernizador, sus dos sucesores Alejandro III y Nicolás II prefirieron atrincherarse en la concepción autocrática del zarismo, que ponía énfasis en la Ortodoxia como un elemento que conformaba la nacionalidad rusa. El hecho de que hubiera judíos en las agrupaciones políticas más radicalizadas -a pesar de que, en su mayoría, votaran al liberal Partido Demócrata Constitucional, KD-, alimentaba el discurso de los reaccionarios antisemitas, que construía al otro judío como un ser demoníaco y al servicio del Anticristo... 
Fue en esta atmósfera en el que la prensa reaccionaria rusa, partidaria de la más estricta autocracia, comenzó a publicar que Andrei Iushchinskii había sido sacrificado por judíos para usar su sangre en la elaboración de matzá. 
La investigación conducía a que el asesinato lo había cometido Vera Cheberiak y su banda criminal, pero la presión política de los activistas antisemitas y el hecho de que esta mujer fuera miembro de las Centurias Negras, llevaron a la fabricación del caso para culpabilizar a un hombre judío, Mendel Beilis. Tres meses después de que halló al niño asesinado, Mendel Beilis, un administrador de una fábrica de ladrillos, fue detenido junto a su hijo de tan solo nueve años. Desde el 25 de septiembre hasta el 28 de octubre de 1913 tuvo lugar el juicio a Mendel Beilis, atrayendo la atención y presencia de un centenar de periodistas de Rusia, además de corresponsales de diarios de Europa y los Estados Unidos. El jurado estaba compuesto por una abrumadora mayoría de campesinos con una educación rudimentaria, seguramente para que se inclinara por la condena a Beilis. Grandes medios como The New York Times y el londinense Times volcaron su simpatía por Beilis. El autor subraya las contradicciones de los testigos que aportó la fiscalía, así como la falta de evidencias que implicaran al acusado en el homicidio. Ante lo endeble del caso, la fiscalía recurrió a supuestos expertos en religión y psicología para sostener la existencia del "asesinato ritual", de modo de culpabilizar colectivamente a la comunidad judía por la muerte de Andrei. Uno de los testigos, el sacerdote católico Pranaitis, aseveró que el Talmud indicaba el asesinato ritual, argumento que la defensa pudo desarmar al poner en evidencia que el religioso apenas conocía el hebreo. Asimismo, la fiscalía puso todo su empeño en presentar a Mendel Beilis como un fanático religioso, pero lo cierto es que apenas observaba las festividades judías y seguía trabajando en Shabbat, contra los preceptos. Esta concatenación de acusaciones arbitrarias y sin sentido, no hizo más que poner en evidencia una narrativa antisemita para sostener a un zarismo cada vez más debilitado y cuestionado.
Si bien siete de los doce jurados se pronunciaron a favor de que la circunstancia del homicidio había sido un "asesinato ritual", al ser seis los que estuvieron por la inocencia de Beilis, en tanto otros seis por su culpabilidad, el acusado quedó libre. En este escenario, el Ministerio de Justicia no impulsó una segunda instancia, al entender que la falta de evidencias pondría en jaque al gobierno, y los autores del homicidio nunca fueron sancionados. Años más tarde, durante el Gobierno Provisional surgido en 1917, apareció la documentación de cómo el gobierno imperial sobornó y construyó el caso para culpar a Beilis. Tras recuperar la libertad, Mendel Beilis emigró primero a Tel Aviv y luego a New York.
El libro contiene nutrida y valiosa documentación, siendo una obra fundamental para comprender el fenómeno del antisemitismo ruso en tiempos del zarismo.

Robert Weinberg, Blood Libel in Late Imperial Russia: The Ritual Murder Trial of Mendel Beilis. Bloomington, Indiana University Press, 2014.

domingo, 17 de junio de 2018

"Against Their Will", de Pavel Polian

Una práctica frecuente de los regímenes totalitarios es la deportación de personas o grupos étnicos, como parte de su política de ingeniería social. El autor, Pavel Polian, incluso subraya que estas deportaciones masivas de pueblos sólo es posible en un contexto totalitario, aun cuando haya habido numerosos ejemplos de intercambio de grupos étnicos entre países en los últimos dos siglos. La disposición de la vida y el hábitat por una disposición gubernamental, corriendo personas como simples instrumentos, caracterizó a la Unión Soviética y a la Alemania nazi en la primera mitad del siglo XX.
Esta política de traslado forzoso de un pueblo a otra geografía, comenzó en la Unión Soviética durante el período leninista, cuando se deportó a los cosacos al Asia Central. Con esto, no sólo desvinculaban a un pueblo del lugar de donde se había asentado -y hundía sus raíces y tradiciones, su arquitectura y posesiones, y donde habían enterrado a sus antepasados-, sino que eran llevados a entornos hostiles, desconocidos, en donde podían ser controlados, desarraigados y vaciados de su cultura.
La URSS, bajo el puño de hierro de Stalin, vio cómo cientos de miles de personas eran llevadas de sus tierras hacia el Asia Central -en especial Kazajstán- con fines geopolíticos e ideológicos. Así ocurrió con los alemanes del Volga, los tátaros de Crimea, calmucos, ingusetios, karachais, griegos de Crimea, turcos sejmet, chechenos, finlandeses, polacos, bálticos y bashkirios. Movidos como piezas de ajedrez en un tablero inhumano, con pérdidas y muertes, transplantados y hundidos en lugares en donde debían cambiar sus viejas formas de vida para ganar el sustento. El impacto económico de estas transformaciones llevó a más pobreza dentro de la URSS, manipulada desde el poder a través de una planificación central que revelaba su arbitrariedad, ineficacia e inutilidad. Crimea, vaciada en gran parte durante 1944 de los tátaros, fue reemplazada en su composición por nuevos pobladores rusos que ignoraban cómo cultivar esa tierra, tomando posesión de lo que sus antiguos pobladores habían dejado atrás. Era, también, parte de la guerra cultural contra estos pueblos deportados, que perdían sus templos y cementerios, gran parte de sus libros y expresiones materiales de una concepción singular de la vida.
La Alemania nazi también, al ocupar la parte occidental de la URSS con su invasión en 1941, llevó adelante campañas inhumanas de deportación y exterminio. Trasladó a personas de orígenes germánicos a estas latitudes, en tanto expulsó eslavos y exterminó judíos. También llevó cientos de miles de Ostarbeiter a trabajar en las fábricas de Alemania, que luego fueron devueltos -y maltratados como sospechosos y traidores- a la URSS tras la conflagración planetaria. 
Caravana de calmucos
Asia Central, en especial Kazajstán y Uzbekistán, se convirtieron en estos depósitos humanos, cambiando la composición demográfica con el arribo de esos pueblos removidos. Otros fueron enviados al norte ártico, en tanto que otros al Este de los montes Urales. De modo que las fronteras de la URSS en el Occidente (Bielorrusia, Ucrania, países Bálticos) estuvieran sólo pobladas por rusos, ucranianos y bielorrusos, sin minorías étnicas que despertaran la sospecha o pudieran ser cabeceras de playa de invasiones.
En 1957, tras la crítica de Jruschov a Stalin, se levantaron restricciones a los pueblos castigados, pudiendo muchos de ellos retornar a sus tierras ancestrales, e incluso se restauraron las "repúblicas autónomas" a la mayoría de estos grupos étnicos -no fue así con los tátaros de Crimea, los alemanes y los turcos sejmet-. Los alemanes del Volga intentaron, durante los años de Gorbachov, restaurar la república autónoma, siendo rechazados por un amplio movimiento que se oponía tajantemente a esa posibilidad. Muchos, pues, optaron en el decenio de los noventa por emigrar a la República Federal Alemana. Pero las barreras impuestas para recibir en Alemania a estos inmigrantes, pusieron un límite que muchos no pudieron franquear, como el examen de idioma.
Muy poco conocido e investigado es el caso de los civiles alemanes deportados hacia la URSS después de 1945. Ya durante el transcurso de la guerra, en la URSS se pensó en la utilización de civiles alemanes para reparar los daños de la invasión, bajo el concepto de "reparación a través del trabajo". Tanto en la conferencia de Teherán como en la de Yalta, los soviéticos intentaron introducir este concepto, al que estadounidenses y británicos no adhirieron. Entre diciembre de 1944 y febrero de 1945, aún en guerra, los soviéticos transportaron poco más de cien mil personas de origen alemán desde los Balcanes hacia la URSS. Eran hombres entre 17 y 48 años, y mujeres entre 17 y 32 años. Las fechas, señalan algunos investigadores, no fueron casuales: se habrían aprovechado las fiestas de fin de año para tomar contingentes familiares. Un número similar de deportados fueron enviados por el NKVD desde Polonia y los países bálticos, estimándose que más de un cuarto de millón de personas fueron enviadas a trabajar a territorio soviético. A estos se sumaban los prisioneros de guerra, y todas estas categorías comenzaron a ser repatriadas en 1948, tras años de deterioro físico por las labores realizadas y las condiciones infrahumanas en las que sobrevivieron. Se estima que unos 66 mil alemanes fallecieron como "internados" en la URSS, en esos años.
El autor sistematizó el esquema en 53 operaciones de deportación de grupos étnicos, sociales y religiosos entre 1919 y 1953, aproximadamente doce millones de personas. Pavel Polian remarca que el único beneficiario económico de estas operaciones fue la NKVD, pero que supuso una enorme pérdida de recursos para la población soviética en general. 
Los criterios de las deportaciones siempre fueron de culpabilización colectiva, ya que el concepto de la responsabilidad individual no forma parte de la mentalidad totalitaria del marxismo-leninismo. El individuo y su voluntad carece de sentido en esta teoría de ingeniería social, por lo que se aplicaban castigos colectivos que recaían sobre todos los miembros de un grupo, real o imaginado, con el fin de establecer su utopía. 

Pavel Polian, Against Their Will: The History and Geography of Forced Migrations in the USSR. Budapest, Central European University Press, 2004.

martes, 12 de junio de 2018

"The Science of the Swastika", de Bernard Mees.

La llegada del nazismo al poder en Alemania y la implantación de su régimen racista y antisemita fueron el resultado de un extenso período en el que se fueron desarrollando las teorías que sustentaban ambas posturas, adentrándose en el mundo académico antes de irrumpir en la política. Desde la cartografía hasta la medicina y la biología, hasta la lingüística y la arqueología fueron campos en los que los partidarios del movimiento völkisch tuvieron acción, que luego fueron sostenidos desde las esferas gubernamentales a partir de 1933. El movimiento völkisch es anterior a la Gran Guerra, pero el armisticio de 1918 y, sobre todo, el Tratado de Versalles de 1919, fueron el terreno fértil que permitieron que este conjunto de ideas pseudocientíficas y delirantes se expandieran como una alternativa frente a la República de Weimar, tan frágil y cuestionada desde los extremos ideológicos.
La aplicación de este corpus ideológico a la arqueología y la lingüística, en especial al estudio de los símbolos rúnicos (Sinnbildforschung), con la finalidad de ensalzar a la "raza aria" y demostrar su supuesta superioridad y rol fundamental en la historia de la humanidad, llevaron a una serie de disparates, en principio impulsados por personajes marginales, pero que luego fueron sostenidos por miembros del universo académico para obtener favores, financiamiento y posiciones. 
Guido von List
En el contexto del mundo völkisch, cobraron relevancia los impulsores de la "ariosofía", una gnosis esotérica desarrollada por Guido von List y Lanz von Liebenfels. El primero buscó hallar claves de la sabiduría antigua aria en las runas; el segundo, más osado, presentó una extravagante teoría conocida como "teozoología", intentando conciliar el racismo ario con las escrituras bíblicas, llegando a aseverar que las razas "inferiores" descendían de la cópula de Eva con Satanás... En la arqueología, el introductor de la visión völkisch fue Gustaf Kossinna, quien sostuvo que la civilización no provenía del Oriente -ex Oriente lux-, sino del genio ario del pasado, ubicado en el norte europeo -ex Septentrione lux-. De este modo, afirmó -sin mayor sustento empírico- que las grandes civilizaciones del Mediterráneo debían sus conocimientos a los arios.


A Adolf Hitler no le interesaban las elucubraciones sobre el pasado remoto de los germanos, pero entendía la utilidad de este discurso völkisch para sus propósitos políticos y bélicos. Sí les interesaba a dos personajes que rivalizaron dentro del nazismo, a saber, Alfred Rosenberg y Heinrich Himmler. Los dos anhelaron ser los grandes ideólogos del nacionalsocialismo y por ello crearon sus propios sistemas de instituciones culturales. Lo curioso es que fue Himmler, a través de las SS, quien logró sumar a numerosos arqueólogos a sus objetivos de impulsar una disciplina que tuviera como propósito descarado el de hacer la apología al pretérito germano y vikingo en Europa. Fue así como reclutó a varios académicos para realizar excavaciones en Alemania, Rusia y Ucrania, nucleados en la SS-Ahnenerbe. El autor señala que los arqueólogos Langsdorff, Jankuhn y Paulsen fueron activos en el saqueo de bienes culturales en los países ocupados. Esta competencia de saquear también se daba entre Rosenberg y Himmler en torno a los libros judíos.
Heinrich Himmler protegió y financió a Herman Wirth, un filólogo de orígen flamenco que se radicó en Alemania, y que manifestó inequívocas simpatías por la corriente völkisch. Su teoría disparatada y sin el menor sustento empírico fue que los arios provenían del continente perdido de la Atlántida, al que ubicaba entre Europa y Groenlandia. Estos hiperbóreos, puros y blondos, migraron hacia la península escandinava y eran los grandes creadores de la civilización humana. Se adhería, entonces, a la postura de ex Septentrione lux, y a través de las SS se financió la Ahnenerbe, una usina de ideas y teorías al servicio del nacionalsocialismo alemán. Las pretensiones académicas de Wirth chocaban no sólo con la evidencia empírica, sino también con sus propias falencias personales, ya que su inconstancia y mal manejo de los fondos lo llevaron a ser desplazado por el propio Himmler como figura central de la Ahnenerbe. No obstante, los críticos de Wirth, como Helmut Arntz, no prosperaban en su carrera académica y se los declaraba racialmente "sospechosos" -Arntz tuvo una bisabuela judía-, aun cuando fueran considerados arios de acuerdo a la legislación racista del nazismo. Herman Wirth no estaba solo en el planteo y publicación de ideas fantásticas; en esos años, también hizo carrera Otto Rahn, quien sostenía que el Santo Grial había estado en posesión de los cátaros, en el sur de Francia, en donde hizo varias investigaciones con el visto bueno de Himmler.
A pesar del apoyo directo que recibieron estos autores más propios de la literatura fantástica, el universo académico fue estableciendo algunos parámetros en las universidades al estudiar la escritura rúnica y la filología germánica. El estudio de las runas y de la antigüedad germánica quedó desacreditado tras la guerra mundial, ya que gran parte de sus académicos habían sido militantes de la causa nazi. Si bien administraron los campos de exterminio, sí contribuyeron a forjar una fantasía racista que llevó a la muerte de millones de personas en el continente europeo. Un triste y tenebroso resultado de colocar a la ciencia y la academia al servicio de la ideología.

Bernard Mees, The Science of the Swastika. Budapest, Central European University Press, 2008.

jueves, 10 de mayo de 2018

"Under the Map of Germany", de Guntram Herb.

Este libro se dedica a una perspectiva sumamente rica y poco explorada: la de la cartografía. Los mapas nos guían, nos ubican, marcan los límites y retratan el mundo simbólico de quienes los trazan. Si bien ya no están poblados por monstruos en sus regiones inexploradas, sí pueden figurar los miedos, las amenazas y las ambiciones. El punto de partida fue el fin de la Gran Guerra, la que reconfiguró el mapa europeo y provocó dislocaciones que se mantuvieron en ebullición durante el período intenso de entreguerras. 
Es interesante y revelador el punto de partida: cuando se discutieron las nuevas fronteras, los alemanes no sumaron geógrafos y cartógrafos a su delegación en París. Tampoco se habían esmerado en desarrollar una cartografía centrada en el Imperio Alemán, sino en las regiones a las que pretendía anexar. De modo que los mapas utilizados por los Aliados fueron los propios, además de los atlas de geógrafos polacos, que buscaron justificar en el papel bidimensional los límites de su patria renacida. El presidente estadounidense Woodrow Wilson, asimismo, formó ya en septiembre de 1917 un equipo de historiadores, geógrafos, cartógrafos y abogados para asesorarlo en las futuras negociaciones de paz, llamado The Inquiry
La pérdida de territorios en el Este por parte de Alemania -ya no Imperio, sino República-, además de Alsacia y Lorena, el territorio del Sarre y la desmilitarización de Renania, despertó en los círculos académicos y los grupos políticos völkisch -nacionalistas- la necesidad de hacer mapas de Alemania, de lo alemán, de la cultura germánica, en las que mezclaban lo histórico, lo étnico, lo económico con una serie de conceptos que pertenecen más a la esfera metafísica. De allí sale la concepción geo-orgánica, que pretendía plasmar en el mapa la idea de Alemania como si fuera un organismo viviente. El geógrafo Albrecht Penck desarrolló dos conceptos que harían carrera en los círculos völkisch, como el de Volksboden y Kulturboden. La idea del Volksboden pretende fusionar el pueblo con la tierra, lo cultivado con la sangre, y por consiguiente cobra un fuerte valor sentimental la liga con el terruño. El Kulturboden, en cambio, apela a la esfera de influencia de la cultura germánica, que implica también lo económico. De modo que el Estado alemán no refleja lo alemán, que trasciende las fronteras políticas y se extendía hacia el Este, llegando a Ucrania, los Balcanes, los Países Bajos, los nórdicos y bálticos. Se iba preparando el terreno para el concepto del Lebensraum, uno de los ejes ideológicos del nazismo.
El autor repasa una serie de mapas elaborados por institutos geográficos -no estatales- durante el período de entreguerras, fuertemente vinculados a los sectores völkisch: lo académico respaldaba -ese era el objetivo- la revisión del Tratado de Versalles. Abría controversias en la distribución demográfica de germanoparlantes más allá de los límites de la República Alemana, sobre todo enfatizando en el corredor polaco. 
Con el arribo de Hitler a la cancillería, en 1933, los mapas sirvieron como armas del nuevo régimen, y estos iban mutando en su concepción. No había un instituto estatal que produjera la cartografía, pero esta era fuertemente influida por las decisiones gubernamentales y se ponía a su servicio. Así, iba variando en su discurso y representación espacial, en la nomenclatura y en lo que se reivindicaba como alemán. Los mapas, entonces, eran armas de propaganda, artículos de representación simbólica e instrumentos de guerra y persecución, ya que cuando se invadió Polonia, el ejército llevaba una cartografía minuciosa de dónde habitaban los judíos...

Guntram Henrik Herb, Under the Map of Germany: Nationalism and Propaganda, 1918-1945. London, Routledge, 1997