sábado, 9 de diciembre de 2017

"Mansiones verdes", de W. H. Hudson

Mansiones verdes narra una historia en la que se entretejen lo natural y lo sobrenatural, sin que los límites queden claros. Se ubica geográficamente en la Guayana venezolana, y su protagonista, Abel, es un aristócrata venezolano que debe huir de Caracas al hallarse involucrado en una conspiración política. Inteligente y culto, se vincula con las comunidades indígenas del lugar, hasta que su visión racionalista lo lleva a traspasar y desafiar el tabú sobre un bosque prohibido. Sin saberlo, Abel rompe un equilibrio tenso y desata una serie de calamidades que le deja un estigma en su pasado. De prosa dinámica, amena, Hudson introduce amablemente al lector en un universo teñido por lo fantástico, y va de la mano del protagonista buscando desentrañar enigmas. 
Hudson era un autor preocupado por la colisión entre la naturaleza y la civilización; mas en este libro, la puja es entre una humanidad depredadora y la naturaleza. Esa humanidad se halla en conflicto consigo misma, en la que no hay matices étnicos en su enfrentamiento con el entorno natural: blancos e indígenas se hallan enfrentados en sus mismas comunidades, buscando resolver las disputas con el uso de la violencia. A la naturaleza no se la conoce sino superficialmente, sólo desde lo estrictamente utilitario, para alimentarse y crear medicinas, pero no se la comprende en sí misma ni se la contempla en su belleza. Esa naturaleza no es un idilio, porque en ella hay un ciclo inacabable de vida y muerte, pero el humano se introduce de un modo exterminador. Rima, la joven enigmática, expresa la última posibilidad de una convivencia con la naturaleza, conocedora intuitiva de sus secretos y códigos, pero que sufre por su singularidad. Por ello se interroga sobre quién es y por qué, a diferencia de los otros que sólo tienen una concepción utilitaria del entorno natural. 
Pero Hudson no hace un llamado a que la civilización se destruya: de algún modo, invita a reflexionar para que la humanidad se humanice y que la civilización se civilice, que hagan suyas las herramientas del análisis racional sin perder la mirada poética, aproximándose a ese entorno que le permite descubrirse a sí mismo.
Como en La era de cristal, hay en Hudson una exploración del mito del paraíso perdido, de ese jardín idílico en el que reinaba el asombro. De algún modo, él lo vivió en su casa natal de los 25 Ombúes.

W. H. Hudson, Mansiones verdes. Buenos Aires, Leviatán, 1995.

martes, 21 de noviembre de 2017

"The Last Superpower Summits", de Svetlana Savranskaya et al.

Libro voluminoso de más de mil páginas, esta recopilación de documentos sobre las reuniones cumbre de los presidentes estadounidenses Ronald Reagan y George H. W. Bush con el secretario general del Partido Comunista soviético, Mijail Gorbachov, nos presenta un entramado rico de conversaciones diplomáticas en el más alto nivel. 
La desconfianza mutua, que parecía haberse relajado durante el tiempo de la distensión, recobró su intensidad en 1979, año en que la URSS invadió Afganistán y se produjo la revolución contra Somoza en Nicaragua. Los presidentes Carter y Reagan retomaron la carrera armamentista en intensidad, y durante el primer término del mandatario republicano se formuló el proyecto de la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocido como Star Wars, que estudiaba la creación de un escudo antimisiles en el espacio. Este salto tecnológico, en etapa experimental, fue interpretado por los jerarcas soviéticos como un primer paso hacia una ofensiva nuclear, ya que la URSS quedaría con poca posibilidad de respuesta ante un ataque de misiles procedente de Occidente. El presidente Reagan, en cambio, lo veía como un camino hacia la abolición de los misiles nucleares, ya que los convertiría en obsoletos. La primer ministro británica Margaret Thatcher, por su parte, era escéptica en cuanto a la abolición del arsenal nuclear, ya que lo consideraba necesario como elemento de disuasión y planteaba que el escudo no sería completamente efectivo para contener un ataque.
Con el arribo de Gorbachov al poder soviético, tras las sucesivas muertes de Brezhnev, Andrópov y Chernenko, tuvo una primera reunión con Ronald Reagan en Ginebra, a fines de 1985, en la que ambos se conocieron personalmente y presentaron sus argumentos sobre la IDE, Afganistán y Europa Oriental. Reagan era más intuitivo y comprendió que había encontrado un líder soviético con el que podía llegar a acuerdos de largo alcance; a la vez, se sorprendía por la percepción hostil que tenía hacia los Estados Unidos. 
En 1986 se planteó una segunda reunión, esta vez en Reykjavik, la capital de Islandia, en la que ambos mandatarios fueron planteando sus ideas sobre la abolición nuclear. El desastre de Chernobyl afianzó esa idea en Gorbachov. En ese escenario, Reagan planteó la abolición completa de las armas atómicas y la puesta a disposición de la tecnología de la IDE a la URSS, una propuesta que los propios asesores y funcionarios del presidente estadounidense se encargaron de relativizar y cuestionar, acostumbrados a pensar en los términos de la Destrucción Mutua Asegurada. Gorbachov, por su lado, desconfiaba de la IDE pero comprendió la sinceridad que animaba al presidente Reagan.
A partir de 1987, Gorbachov dejó de preocuparse por la Iniciativa de Defensa Estratégica, porque muchos científicos y asesores le informaron que aún se hallaba en una etapa experimental y que no había certeza de que pudiera funcionar. Así, pasó a concentrarse en el desarme de las fuerzas nucleares intermedias, alcanzando el acuerdo de desmantelamiento de las INF con Reagan en diciembre de 1987, durante la cumbre de Washington. Gorbachov había descubierto sus habilidades en las relaciones públicas en sus viajes a Occidente y Europa oriental, por lo que también recurrió a ellas en su visita a Washington. En este periplo se reunió con Bush, aún vicepresidente y probable candidato republicano para las elecciones de 1988. Si bien no lograron acuerdos en otros terrenos, como América Central, Afganistán y Medio Oriente, Gorbachov cosechó un éxito mejorando la imagen internacional de la URSS. A su vez, la cumbre de Moscú en 1988 fue un triunfo de las relaciones públicas del presidente Reagan en la URSS, hablando en la Universidad y reuniéndose con disidentes y líderes religiosos. Como era el último año de la segunda presidencia de Reagan, poco podía lograrse en materia de acuerdos, pero sí guardaba un alto grado de simbolismo que fortalecía la posición de Gorbachov en la arena interna, frente a sus críticos del ala dura del Partido Comunista. Antes de esta reunión cumbre en la capital soviética, George Shultz y Shevardnadze tuvieron tres encuentros, siendo el más significativo el de Ginebra, ocasión en la que se estableció la fecha de salida de las tropas de la URSS del atribulado Afganistán. Sea como fuere, Reagan ya era un lame duck y los soviéticos comprendieron que un tratado START, de reducción de armas, debería quedar para la futura administración, ya fuese de signo republicano o demócrata.
En diciembre de 1988, con motivo del viaje de Gorbachov a New York para hablar ante la ONU, tuvo lugar la última cumbre oficial con Reagan en Governors Island, a la que discretamente asistió Bush en carácter de presidente electo. Es interesante señalar que la transición fue vista como de palomas a halcones, ya que Bush y sus futuros funcionarios eran escépticos sobre los propósitos de Gorbachov y su perestroika. En su presentación ante las Naciones Unidas, Gorbachov propuso una reducción importante de las fuerzas convencionales del Pacto de Varsovia, señalando el fin de la guerra fría, dejando descolocados a quienes se incorporarían a la Administración Bush.
Durante 1989, los acontecimientos se precipitaron: los soviéticos se retiraron finalmente de Afganistán, se celebraron elecciones pluralistas en la URSS y los regímenes socialistas cayeron en Europa oriental. El presidente Bush desconfiaba de lo que estaba ocurriendo en "la otra Europa" y hasta se oponía a que los disidentes llegaran al poder. En diciembre de 1989 tuvo lugar su reunión con Gorbachov en la isla de Malta, en la que no discutieron la base de ningún acuerdo, y en la que intercambiaron personalmente sus puntos de vista. De la documentación surge la prevención de Bush y el espíritu constructivo de Gorbachov.
Muy diferente fue la intervención de Gorbachov en la conferencia de Washington y Camp David, en 1990. Ya no era un par, sino un líder de un país que estaba en crisis económica, precisando créditos, y con fuertes señales de inestabilidad política y tendencias a la desintegración en los países bálticos. Crecientemente cuestionado por el ala dura del PC, Gorbachov debía dar señales de que sus políticas mejoraban la calidad de vida de los habitantes de la URSS, lo que no estaba ocurriendo. Debía afrontar el desafío de la reunificación alemana -aceptada a regañadientes como un hecho inevitable por Mitterrand, Bush y Thatcher-, un proceso mucho más acelerado que el que querían los líderes europeos. La ubicación de Alemania en la OTAN, el Pacto de Varsovia o la neutralidad era, también, una cuestión crucial para Gorbachov, que finalmente debió acceder a su plena integración a la alianza occidental, recibiendo un flujo importante de dinero para el regreso de las tropas soviéticas a su hogar. En la segunda mitad del año, la mirada estadounidense se fijó en la invasión irakí a Kuwait, del 2 de agosto de 1990, por lo que las tribulaciones de Gorbachov pasaron a un segundo plano.
La invasión a Kuwait puso a Gorbachov en una situación incómoda: Irak era el principal aliado de la URSS en la región, y se había ayudado al régimen de Saddam Hussein con armas y asesores, que pagaba puntualmente. No obstante, Gorbachov rechazó la invasión pero no supo actuar como mediador en el conflicto. En la reunión de Helsinki, de septiembre de 1990, Bush se comprometió a realizar una conferencia sobre Medio Oriente tras resolver la crisis del Golfo, en la que la URSS sería un socio. Gorbachov era reacio al uso de la fuerza para resolver las crisis internacionales, pero simultáneamente necesitaba tener presencia en este conflicto, a fin de mantener la apariencia de superpotencia. Claramente ya no lo era, porque la segunda parte del encuentro se dedicó a la difícil situación económica que estaba atravesando la Unión Soviética, cuestión en la que Bush no se comprometió a brindar soluciones concretas. El líder soviético se empeñó en mantenerse en el escenario mundial con propuestas de paz, pero su vulnerabilidad interna le restaba margen de acción.
En la conferencia de París, de noviembre de 1990, Gorbachov aspiraba a la disolución de los dos bloques militares y a realzar el protagonismo de la OSCE (institución nacida en la convención de Helsinki de 1975), cubriendo desde Vancouver hasta Vladivostok. En ese encuentro, el presidente Bush planteó la necesidad de una resolución de la ONU que contemplara el uso de la fuerza contra Irak, a fin de presionar a Saddam Hussein. Thatcher era más drástica y consideraba a la política estadounidense como demasiado cautelosa. Gorbachov, finalmente, dio su consentimiento a la resolución 678, lo que paradojalmente lo fue relegando a una posición secundaria.
La renuncia de Shevardnadze en diciembre de 1990, puso en evidencia la creciente debilidad de Gorbachov, cada vez más estrecho en sus márgenes de acción entre los duros del PC y los demócratas, ambas partes críticas de su falta de resultados. La intransigencia de Hussein, a pesar de las conversaciones de Gorbachov para evitar el uso de la fuerza militar, ayudó a la opción militar de Bush.
En julio de 1991 se realizó la reunión cumbre en Moscú: Gorbachov estaba asediado por las aspiraciones independentistas de las repúblicas bálticas y la crisis económica. Si bien en marzo de ese año se realizó un plebiscito en nueve de las quince repúblicas para mantener la Unión, con porcentajes abrumadores de apoyo, su continuidad en el poder era frágil. En su participación previa en la conferencia del G7 en Londres, Gorbachov hizo mayores concesiones de desarme con la esperanza de obtener un "plan Marshall" que acompañara las reformas democráticas y de mercado en la URSS. Estados Unidos, sin embargo, ya entraba en la recesión que habría de costarle la reelección a Bush al año siguiente. Volvió a Moscú con muchas palmadas en la espalda, pero sin nada en el bolsillo.
Tras el intento fallido de golpe de Estado de agosto de 1991, Gorbachov entró en un rápido ocaso. La desintegración de la URSS ya era un hecho, y la figura de Boris Ieltsin se afianzaba. 
La Conferencia de Madrid, que tenía como cuestión central el inicio de conversaciones de paz para Medio Oriente, fue el último encuentro de carácter formal de Bush y Gorbachov. Boris Ieltsin, aprovechando la ausencia del líder soviético, enunció ante el Parlamento sus medidas radicales de transición, apartándose de todo lo acordado previamente. El Tratado de la Unión entraba en colapso y en los meses siguientes tuvo lugar la disolución de la URSS.
De la documentación que el libro contiene, surge el protagonismo de actores relevantes como Kohl, Mitterrand y Thatcher, así como las actuaciones diplomáticas de Shevardnadze, Shultz y Baker. Los estadounidenses lograron confiar en Gorbachov demasiado tarde, por lo que este no pudo lograr convencerlos de la necesidad imperiosa de proveerle de auxilio económico para evitar la dispersión de la Unión Soviética. 


Svetlana Savranskaya et al., The Last Superpower Summits. Gorbachov, Reagan, and Bush. Budapest, Central European University Press, 2016.

lunes, 13 de noviembre de 2017

"The Origins of the Second World War in Europe", de P. M. H. Bell.

Campo fértil para controversias, las causas de la segunda guerra mundial, aun cuando han pasado decenios de su fin, sigue despertando debates académicos y políticos. El libro de Philip Bell es una de esas obras que sacuden la mente, que provocan la reflexión, que nos llevan por caminos que resultaban insospechados. Ya con varias ediciones, es preciso leerlo y releerlo para poner en consideración sus hipótesis, que se alejan de las explicaciones más aceptadas y generalizadas. En su visión, Neville Chamberlain fue un hombre de gran carácter y determinación, cuyo objetivo era evitar una nueva guerra. 
En su perspectiva, la teoría que afirma que desde 1914 hasta 1945 se libró una misma guerra con una etapa de cese de fuego en el medio, es insostenible. Esta teoría deja a un lado las coordenadas ideológicas del nazismo para centrarse en los elementos comunes del Imperio Alemán con el del Tercer Reich, como ser la conformación de un estado germano con predominio en Europa. Bell sostiene que Hitler, en sus primeros años, actuó con suma prudencia hasta 1935, cuando se empeñó en desplegar una política exterior de expansión, tal como lo había sostenido desde sus inicios en la política en los años veinte. Ya desde el comienzo en el poder, desde enero de 1933, impulsó la remilitarización de Alemania y el desarrollo de una maquinaria bélica capaz de dominar el continente en los años cuarenta. 
Bell remarca la adhesión que despertó la Sociedad de las Naciones en Europa occidental, en especial en la opinión pública británica. Este status quo comenzó a resquebrajarse aceleradamente con la crisis económica de los años treinta, que fueron el terreno feraz en el que se desenvolvieron los movimientos antidemocráticos, nacionalistas e irredentistas. El ascenso del nazismo está estrechamente vinculado a esta crisis, ya que hasta entonces era un partido marginal en la República de Weimar. El fascismo, en cambio, si bien ya llevaba varios años en el poder, nunca logró poner en marcha su dinámica totalitaria, a pesar de las pretensiones de Mussolini. 
Si bien había sintonía entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán en cuanto a percepciones sobre el uso de la violencia, el desprecio por las libertades y la vida, el primero no estaba imbuido del antisemitismo que caracterizaba al nazismo y que fundamentaba su teoría racial de la historia humana. Mussolini, además, tenía influencia en Austria y tenía ambiciones de expansión en el Mediterráneo, pero intentaba no chocar con franceses y británicos. El distanciamiento italiano de sus antiguos aliados durante la Gran Guerra tendrá comienzo con la guerra de Etiopía, ocasión en la que la Sociedad de las Naciones impuso sanciones al régimen de Mussolini. Luego la guerra civil española sirvió para alejar a Italia aún más de las democracias occidentales. En opinión de Bell, la Italia fascista participó en ese conflicto más por una cuestión de supervivencia que por afinidad con Franco: la República se presentó como un régimen netamente antifascista, por lo que su eventual triunfo en la guerra hubiera puesto en jaque al régimen de Mussolini. Fue recién en 1938 que el fascismo adhirió a las tesis racistas del nazismo, probablemente para no malquistarse con su aliado alemán. 
Hitler avanzó a paso rápido: reestableció el servicio militar, la Luftwaffe, remilitarizó Renania, anexó a Austria tras hacer caer al canciller austríaco con una llamada telefónica, logró la cesión de los Sudetes de Checoslovaquia, impuso el Protectorado de Bohemia-Moravia y ocupó Memel con extrema facilidad. Todo esto, ante la mirada pasiva de los gobernantes británicos y franceses. Estos decidieron poner un límite a Hitler, que era Polonia, y por ello buscaron un acercamiento con la URSS a fin de establecer una alianza que disuadiera al Tercer Reich. Stalin negoció simultáneamente con los occidentales y con los nazis, hasta el 23 de agosto de 1939, cuando finalmente rubricó el Pacto Ribbentrop-Molotov, con un protocolo secreto de reparto de varios países europeos. Stalin optó por aquel que podía darle ganancias territoriales. Las autoridades polacas pusieron de manifiesto que no establecerían alianzas con los vecinos que los acechaban, dispuestos a perecer antes de ser esclavizados pasivamente. Según el autor, aquí se expresó la verdadera personalidad determinada de Chamberlain -¡aunque demasiado tarde!, agregamos-. Los alemanes comenzaron su invasión a Polonia el 1° de septiembre de 1939; el 3 de septiembre, por la mañana, el Reino Unido declaró la guerra a Alemania, y Francia lo hizo durante la tarde. Esto, sin embargo, no pasaba del nivel simbólico, ya que no podían enviar tropas. Los británicos no demostraron con hechos su interés por salvar a Polonia en los meses previos, y los franceses habían desplegado una estrategia defensiva, nunca ofensiva.
Con la conquista de Polonia se desplegó la política racista del nazismo: la servidumbre de los polacos al servicio de los alemanes, la reclusión de los judíos en ghettos, sobreviviendo con raciones mínimas, y la germanización con población implantada. Bell señala la relación cordial de la URSS con Alemania hasta junio de 1941, y que incluso Hitler llegó a proponer el reparto del Imperio Británico en una acción conjunta de Alemania, URSS, Italia y Japón. No obstante estas discusiones y propuestas, la ambición de Hitler era la conquista de la URSS europea para establecer el Lebensraum, y que por ello perdió la oportunidad de sumar a grupos nacionales que hubieran colaborado con la invasión. Era la Ostkrieg. La guerra, entonces, estaba encaminada hacia objetivos ideológicos claros por parte de los nazis, a punto tal que privilegiaron la ideología sobre la estrategia militar.
El libro de P. M. H. Bell tiene desarrollos interesantes y permite una visión amplia de la guerra europea, observándola como dos guerras simultáneas: la de Alemania, poniendo énfasis en Europa oriental y para ello asegurándose las fronteras occidentales y septentrionales; y la guerra italiana en el Mediterráneo. Este texto no trata el otro escenario, el del Pacífico y Asia Oriental, con actores diferentes.

P. M. H. Bell, The Origins of the Second World War in Europe. London, Routledge, 2013.

domingo, 29 de octubre de 2017

"The Fall of France, 1940", de Andrew Shennan.

Esta obra se adentra en un período problemático para la historia de Francia, como fue su derrota rápida ante la invasión alemana, la división del país por las fuerzas ocupantes y el establecimiento del régimen colaboracionista del Mariscal Pétain, con capital en Vichy. El autor señala el paralelismo que la sociedad gala quiso ver con el ataque de 1914, anhelando creer en la capacidad de contención de las fuerzas teutónicas. No obstante, el ejército francés debió retroceder ante el empuje de la blitzkrieg alemana. Al gobierno del primer ministro Paul Reynaud se sumó el Mariscal Pétain -héroe militar de la Gran Guerra- como viceprimer ministro, pero esta incorporación de emergencia no rindió frutos. Las alternativas que se barajaron fueron la fusión con Gran Bretaña, el traslado del gobierno a Argelia o bien la resistencia en la península de Bretaña, mientras cientos de miles de franceses emprendían el éxodo hacia el sur. En esta huida se manifestaron, también, los rasgos más horribles de la miseria humana: niños abandonados, mascotas olvidadas a la vera de los caminos, familias desperdigadas, rapiña y pillaje en los pueblos. Los códigos morales fueron dejados a un lado ante el avance del ejército alemán, en un ambiente de creciente descomposición.
Tras la renuncia de Reynaud, Pétain asumió y rubricó el armisticio, y el parlamento francés le entregó la suma del poder. El país se fragmentó en una zona ocupada por los alemanes y bajo su directa administración, tomando París y las costas del canal de La Mancha y del Atlántico. El Estado Francés -la República se disolvió- instaló su capital en Vichy, lejos de los grandes centros urbanos como Lyon, y ocupó un tercio del país. Alsacia y Lorena fueron anexadas a Alemania, en tanto los invasores crearon una zona prohibida que también habrían de anexar y poblar con germanos. Así, fue Charles de Gaulle la única figura que mantendría la llama de la Francia Libre, desde Londres y sus transmisiones en la BBC, sin que ningún personaje político de envergadura lo acompañara en los primeros momentos en el exilio.
El gobierno instalado en Vichy se autodenominó "Revolución Nacional" y, tras borrar las instituciones del parlamentarismo de la Tercera República francesa, comenzó su camino hacia una sociedad corporativista, jerárquica y tradicional, en sintonía con el integrismo católico de la época, así como se aproximó al modelo fascista. Convivían allí varias corrientes del nacionalismo, el tradicionalismo y el fascismo francés. Para contraponerse al régimen republicano, se juzgó en la ciudad de Riom, con una Corte Suprema creada a tal efecto, a los líderes depuestos. El resultado fue, inesperadamente, que la Tercera República se fue rehabilitando a los ojos de los franceses. El régimen de Vichy era, también, de carácter antisemita y fue estableciendo crecientes obstáculos a la vida de los judíos. Cuando se inició la tenebrosa etapa de la "solución final" para el exterminio de la población judía europea, las autoridades colaboraron en la deportación hacia los campos de aniquilamiento, siendo el traslado al Velodrome d'Hiver uno de los episodios más recordados de aquella política genocida. El "Estado Francés" de Vichy buscaba acomodarse a lo que creía -y quería creer- que era el futuro inevitable: un nuevo orden con la hegemonía de Hitler. Su colaboración no sólo era por proximidad ideológica al régimen nazi, sino también como un acto colectivo de contrición por la derrota frente a la invasión alemana. Señala el autor que los testigos de la época remarcan que en territorios de Vichy, la vida era un poco más desahogada que en las zonas directamente controladas por los alemanes. Pero con la recuperación de los Aliados del norte de África y el desembarco en Italia, también los germanos ocuparon el sur de Francia, volviendo a unificar el país. 
Andrew Shennan rastrea las actitudes equívocas del Partido Comunista francés en el período: declarado ilegal por Daladier tras la rúbrica del Pacto Ribbentrop-Molotov en agosto de 1939, la pasividad del PC hasta 1941, el protagonismo sobreactuado en la Resistencia desde 1941 hasta la Liberación. Instrumento dócil de la política exterior soviética, se fue acomodando y rearmando su narrativa de acuerdo a las circunstancias dictadas por Moscú.
Para la Francia Libre del general De Gaulle, el Estado Francés era ilegítimo, a pesar de que el parlamento le había otorgado plenos poderes a Pétain. La esencia de Francia estaba en la Francia Libre, y a partir de este axioma construyó su narrativa para legitimarse frente a Vichy. Las derrotas del Eje, la creciente presión sobre Vichy para que enviara recursos y hombres para trabajar en Alemania, la ocupación alemana del sur, fueron sumando fuerzas a la Resistencia. 
El gobierno provisional de la Liberación, encabezado por De Gaulle, también estableció sus propios tribunales para juzgar a los colaboracionistas de Vichy. La comparación con el tribunal de Riom era inevitable. Algunos fueron ejecutados, como Pierre Laval; otros fueron condenados a la prisión, como Pétain. No fueron pocos los que lograron reciclarse, aunque el 85% de los nuevos parlamentarios de la posguerra eran completamente nuevos en el escenario político. Señala el autor que el protagonismo de De Gaulle contribuyó en gran medida a borrar el estigma del armisticio de 1940, ya que en él se concentró la atención de la historia de Francia durante la guerra. Cuando en 1990 se cumplían cincuenta años de la derrota francesa, también se recordaba el centenario del nacimiento de De Gaulle y veinte de su fallecimiento. El general francés ayudaba, desde su tumba, a borrar un episodio triste de la historia. Su retorno al poder en 1958 fue vista como un paralelismo a 1940, ya que De Gaulle también recibía plenos poderes para reordenar constitucionalmente a Francia y crear la Quinta República. La participación de muchos franceses en el régimen de Vichy y su capacidad de reciclarse en la vida democrática, llevó a que este período fuera desplazado de la atención. El ejemplo más resonante de esto fue el de Mitterrand, presidente desde 1981 a 1995, que en su juventud formó parte de la "Revolución Nacional".
1940 fue el año que puso en evidencia la declinación de Francia como una de las superpotencias, ya que luego le siguió la descolonización traumática durante la guerra fría. Pero la desaparición del peligro teutónico, la integración europea y el funcionamiento de la Quinta República, dejaron en el pretérito la herida de la derrota.

Andrew Shennan, The Fall of France, 1940. London, Routledge, 2014.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

"El baile de Natacha", de Orlando Figes.

El reconocido especialista en historia rusa y soviética Orlando Figes nos aproxima con pinceladas de vivos colores y bien razonadas, a la gran cultura que se gestó en esa latitud. Es una danza de genios que descollaron en todas las artes: Gogol, Tolstoi, Dostoievski, Rimski-Korsakov, Turgueniev, Chaikovski, Stravinsky, Chagall, Kandinski, Prokofiev, Shostakovich, Ajmátova, Nabokov, entre tantos otros... 
A lo largo de esas páginas, densas y vibrantes, el hilo invisible del volumen se desarrolla en torno a la búsqueda infatigable de la intelectualidad rusa en torno a su ubicación: ¿parte de Europa, parte de Asia, o algo completamente distinto? Como el águila bicéfala que heredó de los bizantinos, Rusia mira hacia Oriente y Occidente, y en términos religiosos se sentía la tercera Roma, la custodia auténtica de la fe cristiana de un modo místico y fuertemente apegada a la liturgia. 
En ese anhelo de encontrarse y de presentarse ante el mundo, el zar Pedro el Grande encarnó el proyecto de occidentalización no sólo en el cambio deliberado de las costumbres, sino en particular con la creación y construcción de la capital San Petersburgo -luego Petrogrado, después Leningrado- como modelo desde el cual irradiar una Rusia europea, conectada con las raíces de la cual fue cortada por la invasión mongola. Tal como nos lo presenta Figes, San Petersburgo era un proyecto de dimensiones políticas que alteraba sustancialmente la vida de la aristocracia rusa, que debía concentrarse en esa metrópolis y aceptar las nuevas formas de existencia cotidiana. El autor, magistralmente, nos exhibe la doble vida de esos aristócratas, occidentalizados en sus maneras exteriores y de puertas afuera, pero apegados a las viejas costumbres en su vida privada. Europeos refinados en los salones, tátaros campesinos en los dormitorios. Las narraciones sobre la vida de los aristócratas rusos es fascinante, con sus derroches y desmesuras.
Primera señal de que esa Europa tan admirada era, a la vez, un peligro, fue la invasión francesa de 1812, que despertó un espíritu patriótico que hasta entonces era desconocido. Y los principales protagonistas fueron los campesinos, no la aristocracia afrancesada, que defendían su tierra y forma de vida. De allí en adelante, esa admiración por el occidente europeo vino acompañado de recelos en la propia aristocracia y círculos intelectuales emergentes. El atraso asiático frente a la civilización europea, la singularidad rusa se transforma en una interrogante que atraviesa dos siglos, sin poder resolverse.
Así nace el conflicto entre los occidentalizadores y los eslavófilos que se vivió en todos los campos de la ciencia y la cultura, también reflejados en la política. Compositores, artistas plásticos y escritores se lanzaron a bucear en las profundidades históricas de la antigua Rus, algunos creando una imagen ahistórica y mítica de la misma, o incluso más atrás, a tiempos prehistóricos. Otros se lanzaron a la búsqueda de lo ruso en la campiña, en los grupos étnicos, anhelando hallar un estado ideal de pureza de las manifestaciones culturales. Un artista como Kandinski, mientras estudiaba etnología, encontró así una fuente de inspiración que lo acompañó después; Mussorgski y Rimski-Korsakov, por su lado, se apartaron de los cánones clásicos para enhebrar su arte con lo folklórico. Igor Stravinski se inspiró en los rituales paganos para obras como La consagración de la primavera o El pájaro de fuego. Tolstoi, por su lado, identificó a la tecnología moderna con lo maligno, dejando rastros de esa asimilación en su literatura, y llegó a ser la contraparte al zarismo en el terreno político.
La ruptura de la revolución bolchevique con sus ansias iconoclastas llevó a la emigración de numerosos artistas a Occidente, creando una cultura rusa de la emigración. Allí florecieron Stravinski, Prokofiev, Nabokov, Chagall, Kandinski y Bunin; otros, penaron en las sombras, como Anna Ajmátova; unos pocos lograron sobrevivir con altibajos, como Shostakovich y Pasternak. La dinámica totalitaria del stalinismo, con sus feroces críticas al "formalismo" en nombre del "realismo socialista" y la necesidad de crear una "cultura proletaria", se convirtió en una densa neblina gris que apagó muchos talentos, enviando a muchos de ellos a la muerte. 
El libro llega a los años post-stalinistas del tímido deshielo de Nikita Jruschov y el retorno a la mediocridad más aplastante con Brezhnev. 
Es una obra de calidad excepcional, meditada en cada uno de sus párrafos, felizmente concatenada y que provoca la reflexión constante del lector. Es, también, un disparador a nuevas y fecundas lecturas de los clásicos, para adentrarse en sus mundos de imaginación, riqueza conceptual y profunda dimensión espiritual.

Orlando Figes, El baile de Natacha. Barcelona, Edhasa, 2012.

sábado, 3 de diciembre de 2016

"La caza del carnero salvaje", de Haruki Murakami.

Murakami juega con fronteras difusas, no discernibles, que le permiten pasar de lo trivial y cotidiano al absurdo. Una conversación con el chofer de un mafioso puede tener resonancias metafísicas, un viaje pasa a tener significados iniciáticos, o un animal de apariencia anodina e inocua puede albergar deseos de dominación planetaria. Este paso de una dimensión a otra, no lo hace en modo forzado, sino con una naturalidad asombrosa que cautiva al lector, atrapándolo en el vértigo de las páginas. 
El estilo de Murakami es fluido, con situaciones que están concatenadas y cada una articulada en un sentido general, sin elementos que sobren, más allá de su colorido. Los guiños al lector son frecuentes, estableciendo un diálogo inteligente y hasta pícaro, condimentado con un exquisito sentido del humor. 
El eje que atraviesa la novela es la identidad: ninguno de los personajes tiene un nombre propio, o bien se lo conoce a través de un apodo. Pero no tienen un nombre y apellido. Ni tan siquiera el gato del protagonista tenía un nombre que lo identificara -aquí un guiño al lector japonés, familiarizado con el clásico Yo, el gato de Natsume Sōseki, con un felino protagonista simplemente apodado "gato" por pereza de su dueño-. Pero no sólo no tienen nombre -y esto transcurre sin sobresaltos a lo largo de las páginas-, sino que la individualidad puede ser absorbida por una fuerza externa, siendo las personas utilizadas como meras cáscaras por un tiempo. 
Paralelas a la identidad, las preocupaciones de Haruki Murakami son, una y otra vez, las mismas: la búsqueda del amor y la felicidad, el tedio de la vida moderna, la necesidad de hallar un sentido a la existencia, la fragilidad y la incertidumbre de lo que aparenta ser sólido.

Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje. Buenos Aires, Tusquets, 2016.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Sarmiento", de Miguel Ángel De Marco.

Una vida tan intensa, prolífica y apasionante como la de Domingo Faustino Sarmiento, no puede ser contenida en cuatrocientas páginas. Encuadrarlo en ese límite físico es el esfuerzo que hizo Miguel Ángel De Marco -ex presidente de la Academia Nacional de la Historia- en esta biografía, que resume trabajos anteriores de gran envergadura sobre el político argentino, cuya obra periodística y literaria abarca 52 tomos.
La figura de Sarmiento arranca pasiones en pro y en contra, porque él mismo fue un hombre que ponía una energía colosal en todo lo que acometía, muchas veces sin prudencia en la expresión ni mesura en la polémica. No obstante, sus críticos más acérrimos no vacilan en quitar de contexto muchas de sus aseveraciones, como si las palabras no fueran dinámicas con el curso de los años, cambiando los significados. 
De Marco evita enrolarse en debates, simplemente exponiendo las facetas discutibles de Sarmiento. La obra atraviesa toda su existencia, desde la niñez hasta la muerte, recurriendo a las imágenes tan coloridas que el propio protagonista nos legó a lo largo de sus páginas. 
El propósito del libro es evidente: presentar al lector el recorrido existencial de Sarmiento, con su obra en pinceladas generales, su tiempo como estadista, su acción como periodista infatigable y propulsor de las ideas que consideraba beneficiosas; sus idas y venidas como hombre en una Argentina que recién empezaba a trazarse en los contornos de la modernidad. Resulta inevitable asimilar a Sarmiento con el impulso a la alfabetización e instrucción, condiciones necesarias para la formación de ciudadanos respetuosos de la ley, productivos y pacíficos. 
Como no tuvo formación sistemática, se nutrió de cuanto autor llegó a sus manos, pero más fuerte en él fue la experiencia de sus viajes -a los Estados Unidos, en particular- que volcaba en la acción de gobierno, ya sea en el Ejecutivo, ya en las bancas legislativas. Nada de lo que ocurrió en la polis le fue ajeno: promovió el asociacionismo -desde la protección de los animales, las bibliotecas populares y las comunidades de inmigrantes-, la fundación de periódicos y el fomento de las ciencias naturales y astronómicas. Escasos políticos -muy pocos son los estadistas- son los que fomentan y perseveran en su impulso a la ciencia y la educación, y Argentina tuvo en Sarmiento a una de esas figuras extrañas en los ajetreos de la lucha electoral.
No tuvo partido, gobernó con un Congreso con el que debió negociar cada ley, se enfrentó a quienes tomaron las armas para derrocar a los gobiernos constitucionales con todo el vigor que fuera posible. Se enroló con vehemencia en la causa de la educación laica, habiendo sido un destacado miembro del liberalismo decimonónico y de la Masonería, de la que llegó a ser Gran Maestre tras dejar la primera magistratura de la República. Lejos de encerrarse en el Olimpo lejos de los mortales, se consagró con energía a la dirección general de escuelas de la Provincia de Buenos Aires al terminar la presidencia, como si fuera una magistratura superior.
Esa consagración total a la vida pública lo distanció de su amigo Bartolomé Mitre, un alejamiento que comenzó al ser enviado como ministro plenipotenciario a Chile, Perú y los Estados Unidos, y que se acentuaría en la pugna electoral. Fue, durante su presidencia entre 1868 y 1874 que fue cobrando notoriedad el entonces coronel Julio A. Roca, que luego llegaría a la primera magistratura en 1880 y que tanto lo respetaría.
Miguel Ángel De Marco escribió sobre Sarmiento para un público que lo observa con hostilidad, de reojo, tras decenios de  ser cuestionado por las variadas corrientes del revisionismo vernáculo -católico, nacionalista, populista-, intentando mostrar una figura que se escapa travieso de las taxonomías, un hombre político que no dudaba en ir contra la corriente mayoritaria en pos de defender una causa que consideraba justa. Atendiendo, pues, a que el autor se dirige a un público no especializado, ávido de incorporar conocimientos generales de la historia argentina, el libro es una introducción valiosa.

Miguel Ángel De Marco, Sarmiento. Buenos Aires, Emecé, 2016.