lunes, 5 de septiembre de 2016

"Ostkrieg", de Stephen Fritz

Stephen Fritz se concentra en el núcleo ideológico de la guerra iniciada por el nazismo: la expansión hacia el Este de Europa, particularmente en la Unión Soviética, para incorporar ese vasto territorio al Lebensraum (espacio vital). Este programa significaba la aniquilación de millones de personas que habitaban Ucrania, Bielorrusia, Rusia y el Cáucaso, además de la esclavización de los sobrevivientes. Los dos ejes ideológicos del nacionalsocialismo, que eran el antisemitismo y la expansión territorial hacia el Oriente europeo, se enhebraban en la conquista de la fértil llanura europea de la Unión Soviética.
Y el autor nos pone frente a una cifra para ubicarnos en la dimensión de este aspecto de la segunda guerra mundial: ocho de cada diez alemanes que combatieron, murieron en la guerra del Este, la Ostkrieg. La invasión de Checoslovaquia y de Polonia eran pasos previos a esta expansión gigantesca, así como el ataque e invasión de Francia en 1940 fue para evitar una conflagración en dos frentes simultáneos, con el objetivo de repeler rápida y decisivamente a sus enemigos occidentales.
Lo cierto es que Adolf Hitler se dejó llevar por sus propias concepciones ideológicas al suponer cómo se comportarían sus enemigos: la primera, que los británicos se unirían a la Alemania nazi en la guerra contra la Unión Soviética, una guerra librada por anglosajones y germanos contra los pueblos eslavos. La segunda, la inferioridad racial de los eslavos, que serían rápidamente vencidos por los arios germanos genéticamente "superiores"... La tercera suposición errónea, era que el régimen stalinista se desmoronaría como un castillo de naipes. La Blitzkrieg fue efectiva en territorios reducidos, como Polonia y Francia, mas no tuvo el mismo efecto en la operación Barbarroja en suelo soviético. Asimismo, las tropas soviéticas eran numéricamente superiores a lo que los alemanes suponían, y se resistieron con denuedo frente al invasor. 
La limpieza étnica del Generalplan Ost suponía la muerte de unos treinta a cuarenta y cinco millones de soviéticos, considerados "inútiles", y deberían perecer de hambre o por ejecución. A esto se agregaban los dos millones de judíos que mayormente vivían en la parte europea de la URSS, por lo que se enviaron los Einstazgruppen para llevar adelante fusilamientos masivos. También se sumaron los médicos que en Alemania habían empleado prácticas de eutanasia contra personas con discapacidad y enfermos, llevando consigo las técnicas del envenenamiento con gas. El plan implicaba la limpieza étnica, la repoblación con elementos germánicos, la desurbanización y la construcción de una gran muralla en los Urales, la Wehrgrenze, para contener a las hambrientas masas asiáticas, eslavas y judías... Cabe acotar que el espacio del Lebensraum ya había sido ocupado durante 1918 tras el acuerdo de Brest-Litovsk, por el cual el régimen bolchevique llegaba a un pacto de paz con el Imperio Alemán tras abandonar la región más fértil del fenecido Imperio de Rusia. Esta anexión fue incluso teorizada por el político nacionalista alemán Alfred Hugenberg, de quien se nutrió Hitler, que nunca fue un actor original. No obstante, aquella ocupación no significó limpieza étnica, sino la creación de estados satélites para alimentar a los países centrales y continuar la Gran Guerra. 
Con esta invasión al suelo soviético, Stalin se alió al Reino Unido y luego a los Estados Unidos para enfrentar al enemigo común. Los occidentales contribuyeron decisivamente al sostén de la URSS a través del sistema de Lend-Lease, proveyéndole de armas para hacer frente a las hordas germánicas. La virulencia de la Ostheer, empeñada en el exterminio y esclavización, sólo podía ser respondida con igual grado de violencia, sin posibilidad de zonas grises. Ambas partes, pues, se entregaron a la guerra total. 
Esta invasión puso en evidencia las falencias del ejército alemán, que no sólo era sobrepasado numéricamente por las tropas soviéticas, sino también su falta de equipos militares para tamaña conquista. El voluntarismo de Hitler, enceguecido dogmáticamente por su utopía racial, lo condujo a situaciones catastróficas como la batalla de Stalingrado, sacrificando cientos de miles de soldados alemanes en un enfrentamiento sin sentido estratégico, desviándose de su objetivo de ocupar el Cáucaso, región petrolera. Cuando los Aliados desembarcaron en África, luego en Italia y finalmente en Normandía, la multiplicación de frentes debilitó aún más a la Alemania nazi.
Paradojalmente, la guerra total significó la importación de mano de obra esclava de los países eslavos hacia Alemania, llegando a contabilizarse casi ocho millones en las fábricas, así como la utilización de los prisioneros judíos en los campos de exterminio, agotándolos hasta la muerte. Los nazis, obtusos en la creencia de una conspiración planetaria judeo-bolchevique-capitalista, estaban convencidos de librar una guerra por la supervivencia de su raza frente a los soviéticos y estadounidenses, ambos manejados tras las sombras por el judaísmo. De allí que, a partir de 1943, la guerra se transformó en una contención frente al avance de las tropas enemigas, esfuerzo inútil en el que se entregaron con mayor furia al exterminio sistemático de los judíos en los centros de aniquilación. 
Consecuencia no buscada, sí hubo en Europa oriental y central una recomposición étnica: los alemanes se vieron expulsados de varios países al finalizar la segunda conflagración planetaria, reduciendo su territorio a favor de Polonia y la URSS. Por la Shoá y la deportación de los prusianos, Polonia pasó a ser un país étnicamente homogéneo, Checoslovaquia expulsó a los alemanes de los Sudetes y desapareció la otrora floreciente comunidad judía de Praga. Y Stalin logró sovietizar a varios países de Europa central y oriental durante cuarenta años, imponiendo un sistema de satélites que le permitió dominar grandes porciones del Viejo Continente durante la guerra fría. 
El despliegue hacia el Oriente de Europa es sólo comprensible a través de la utopía racial que se sostenía en la pseudociencia de la eugenesia, una guerra con fines ideológicos para crear un vasto imperio colonial que tuviera la fuerza para enfrentar a enemigos externos del futuro. Esta guerra de la Volksgemeinschaft alemana, entendida como un desafío del darwinismo social más desquiciado y delirante, sepultó millones de personas en el mundo, introdujo técnicas de aniquilación masivas y redujo a cenizas las concepciones de la jerarquía racial.

Stephen Fritz, Ostkrieg: Hitler's War of Extermination in the East. Lexington, University Press of Kentucky, 2011.

lunes, 15 de agosto de 2016

"Languages of Community", de Hillel Kieval.

La comunidad judía de Bohemia probablemente ya estaba instalada en el siglo XI, y desde entonces formó parte constitutiva de la región centroeuropea, con fuerte acento en la ciudad de Praga. Como en el resto del Viejo Continente, su existencia estaba estrechamente ligada a la voluntad del monarca, que permitía su desarrollo o la cercenaba hasta llegar a la expulsión. El tiempo de mayor expansión de esta comunidad se vivió con los emperadores Maximiliano II y Rodolfo II, en particular con el segundo, que abrió las puertas a la investigación científica, alquímica y esotérica. 
El gran momento para los judíos de Praga llegó con el aire renovado de la Haskalá, el iluminismo judío de Moses Mendelssohn que venía desde la septentrional Prusia. Asimismo, el emperador José II procuró que los judíos pudieran acceder a la instrucción para "ser útiles" a su reino, por lo que comenzaron a entrar en las aulas primarias y secundarias. Los resultados, no obstante, no fueron inmediatos; pero la contracción tradicional de los judíos al estudio sistemático, al pensamiento abstracto y al conocimiento de idiomas, letras y cálculo, fueron las herramientas que llevaron a esta comunidad a desplegarse con una energía que superó a la de los cristianos del entorno. Este desenvolvimiento prodigioso se produjo cuando comenzaron a nacer las conciencias nacionales de alemanes y checos, sentimiento que cobró vigor con el romanticismo y la búsqueda de raíces identitarias en el pasado -preferentemente remoto-, en las costumbres y el folklore. Tanto lo alemán como lo checo, se definían a partir de una familia lingüística que enhebraba historia, cultura, tradiciones, parentesco. Los judíos en Bohemia y Moravia, ergo, se hallaban entre dos fuerzas en pugna: por un lado, la cultura alemana era también el vehículo de acceso al conocimiento científico y filosófico, el mundo de los negocios y trascendía las fronteras estrictas del imperio austríaco. Por el otro, la lengua cotidiana, para la mayoría de los judíos, era el checo que, a su vez, era cultivado en grado creciente en Bohemia y Moravia. No obstante, sectores de la intelectualidad checa se negaban a asimilar a los judíos a su nacionalidad, negando la posibilidad de una alianza entre ambos para lograr mayores grados de autonomía dentro del imperio danubiano. La violenta manifestación antijudía de 1841 en Praga puso en evidencia la dificultad de la asimilación, ya que se veía a la comunidad judía fuertemente asimilada a lo germánico. 
Capítulo ilustrativo de esta situación es el que dedica a la figura legendaria del Golem. El homúnculo era un personaje habitual en los relatos jasídicos en Polonia, no en Bohemia. De algún modo desconocido se incorporó en Praga, y la narrativa fue variando con los años. La paradoja es que el rabino Löw vivió en los tiempos del emperador Rodolfo II, una época en la que la comunidad judía no tuvo nada que temer y se desarrolló con plenitud. Los relatos del Golem como protector de los judíos praguenses, señala el autor, son de fines del siglo XIX, cuando el antisemitismo moderno estaba cobrando fuerza en toda Europa.
La acusación y el juicio a Leopold Hilsner por un supuesto ritual de sangre, despertaron la ira antijudía en Bohemia. La voz valiente y prácticamente solitaria de Tomaš G. Masaryk, del grupo realista, se alzó contra el antisemitismo y la barbarie. Cuando Masaryk alcanzó la primera magistratura de la naciente República Checoslovaca, no fue partidario de las políticas de asimilación, sino que tuvo un diálogo frecuente y simpatía por el sionismo. En la constitución de entreguerras se reconoció su derecho como minoría nacional y se permitió que los judíos se presentaran como tales en el censo general. El presidente Masaryk, en tanto representante del humanismo europeo y la Ilustración, fue respetuoso con la comunidad judía checoslovaca. 
Los objetivos de la política nazi llevaron a la invasión a Checoslovaquia en 1939 y a la deportación masiva de los judíos a los campos de exterminio, borrando así a esta comunidad del centro europeo. Pocos sobrevivientes se sumaron al Partido Comunista, siendo también perseguidos en las purgas de los años cincuenta; otros, más afortunados, emigraron al Estado de Israel. Fue así como desapareció uno de los sectores constitutivos de la historia, las artes y las ciencias de Bohemia y Moravia.

Hillel Kieval, Languages of Community: The Jewish Experience in the Czech Lands. Berkeley, University of California Press, 2000.

lunes, 16 de mayo de 2016

"Sarmiento filósofo", de Francisco M. Goyogana.

Estudiar y reflexionar los cincuenta y dos tomos de la obra de Sarmiento requiere de un sistema y un propósito, y estos fueron los motores que impulsaron a Francisco M. Goyogana en esta obra sobre las inquietudes filosóficas del político y autor sanjuanino. Goyogana es autor, ya, de tres libros en torno al estadista argentino del siglo XIX: el primero, dedicado a Sarmiento y la Patagonia; el segundo, a su defensa del laicismo; el tercero, en buena medida es un complemento del segundo, que nos permite adentrarnos en los itinerarios recorridos por un lector tan voraz como prolífica y cautivante fue su pluma.
Sarmiento no buscó teorizar en el vacío ni para su sólo provecho personal, sino que lo hizo para volcar ideas transformadoras en la Argentina decimonónica, en tiempos de la organización constitucional. De allí su pasión desbordante por atrapar cuanto libro se atravesara, desmenuzándolo y aprendiendo de conversaciones silenciosas que entablaba con cada autor.
Goyogana nos plantea un recorrido por cada autor con el que dialogó Sarmiento como lector, desde los clásicos griegos hasta sus contemporáneos. El autor nos introduce a las ideas de los filósofos que frecuentó Sarmiento, y pone a dialogar al político sanjuanino con esos pensadores. Los agrupa en varias ramas: la filosofía y las ciencias naturales de Gran Bretaña, los franceses, alemanes, holandeses, italianos y estadounidenses. La variedad de libros que leía Sarmiento le permitió abordar el pensamiento humano desde múltiples ángulos: filosofía política, ciencias naturales, epistemología, educación, historia. Cada lectura, aprovechada hasta el máximo, ayudó a crear un humus en donde fructificaron muchas ideas sarmientinas.
Sarmiento fue afecto a los pensadores que también fueron hombres políticos. Eran tiempos en que muchas figuras del pensamiento se volcaban de lleno a la arena política, sin temor al barro de las pasiones humanas y las refriegas. Así, se volcó por autores de envergadura como Tocqueville, Constant, Guizot, Thiers, Jefferson, Franklin, Thomas Paine, Burke, Locke, John Stuart Mill, entre tantos otros. Propenso a la observación, Sarmiento fue más un empirista que un teórico de laboratorio, y por ello buscó la experiencia acumulada de otros pueblos. De allí que explorara las obras de Adam Smith, David Hume y la ilustración escocesa. Pero también frecuentó la lectura de autores como Proudhon, Fourier, Saint Simon, Comte y Rousseau, con quienes no necesariamente coincidió, pero sí le brindaron perspectivas novedosas. Sabido es que Sarmiento cambia su visión sobre Europa, a la que suponía en la cumbre de la civilización humana, cuando viaja en 1847 a Francia. Su modelo habrá de cambiar por el de los Estados Unidos, a donde va luego y se asombra por un país pujante que le servirá como modelo en la presidencia. Esto lo acerca aún más a autores como Tocqueville, a los que hacen de la observación de la conducta y los movimientos humanos el método para explorar los caminos del progreso social y material. Y, como John Stuart Mill, no vaciló en defender el valor de la educación pública para elevar las condiciones materiales de los más pobres, así como el de elevar a la mujer por medio de su instrucción en un mundo que la relegaba a una mera función reproductiva y de crianza de los niños en el hogar. 
Goyogana nos expone el interés que Sarmiento tenía por las ciencias naturales, a las que se sentía atraído también por su capacidad de aplicación en las feraces tierras argentinas. De allí que se volcara decididamente por las teorías del evolucionismo, siendo un conocedor profundo de la obra de Charles Darwin, de quien brindó una extensa conferencia a las pocas semanas de su fallecimiento. Esta pasión por la ciencia lo acercó al positivismo y al darwinismo, sintiendo cercanía por el pensamiento de Spencer en sus últimos años de vida. 
Rastrear las fuentes intelectuales de Sarmiento no es una tarea sencilla, no sólo por la extensión voluminosa de su obra, sino por el apasionamiento que ponía en cuanto realizaba. Polemista audaz, no dudaba en combatir por las causas en las que creía recurriendo a un vasto arsenal de ideas, exhibiendo su erudición de gran complejidad. Este apasionamiento le ganó enemigos durante su vida y tras su muerte, que aún hoy arrojan anatemas e insultos sin ubicar a Sarmiento en su contexto vital. Esto hace más meritoria la obra de Francisco M. Goyogana, que coloca a Domingo F. Sarmiento en su tiempo y latitud sudamericana.

Francisco M. Goyogana, Sarmiento filósofo. Introducción a las ideas del prócer. Buenos Aires, Claridad, 2016.

viernes, 8 de abril de 2016

"La fiesta de la insignificancia", de Milan Kundera.

Libro breve pero no por ello superficial, en La fiesta de la insignificancia el autor presenta a los protagonistas en sus contornos, sin adentrarse demasiado en sus itinerarios vitales. Como si lo urgiera la premura, como si el tiempo fuera escaso para arrojarnos a lo medular de la novela, que es centrarse en la insignificancia. La existencia como una sucesión de insignificancias, no sólo en su sentido de menudencias sin grandeza, de rutinas olvidables, sino de carencia de significado. Los protagonistas se debaten tras algunas máscaras más o menos identificables -los galanes venidos a menos, el actor que ya no tiene público e interpreta, en tanto falso pakistaní, un rol al que nadie le presta atención en los cocktails-, ya en la segunda mitad de la vida. Alain se interroga por su madre, a quien vio por última vez brevemente cuando tenía diez años. o D'Ardelo se inventa un cáncer que no tiene, únicamente por estilo lúdico, sin ánimo de generar lástima, sino por el simple hecho de mentir. La historia de Mijail Kalinin y su incontinencia urinaria, que Stalin utilizaba para martirizarlo en prolongadas reuniones del Politburó, ilustra acabadamente el elogio de la insignificancia: por pura arbitrariedad, conjeturan los personajes, Stalin bautizó a la antigua Königsberg como Kaliningrado, para retribuir a Kalinin en su esfuerzo por contener la orina en aquellas sesiones del comité. No por grandeza ni por entrega revolucionaria, sino por su denodado esfuerzo por mantenerse en silencio, esforzando por no liberar el contenido líquido que pugnaba por salir.
Y es así, subraya Kundera, que la insignificancia triunfa y por ello Kaliningrado, a pesar de los cambios políticos, sigue llevando ese nombre. Es la victoria de aquello que es una minucia, olvidable, sin el menor rastro de gesta del espíritu humano.
Como todas las novelas de Kundera, es una invitación a la reflexión a partir de episodios cotidianos, que juega entre lo absurdo y lo aburrido, en una interpelación al sentido del humor y, ante todo, a la capacidad de reírnos de nuestras existencias profanas.

Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia. Buenos Aires, Tusquets, 2014.

domingo, 27 de marzo de 2016

"El fascismo y la marcha sobre Roma", de Emilio Gentile.

Notable historiador italiano, Emilio Gentile narra detalladamente la marcha sobre Roma de 1922, cuando el fascismo se impuso como solución violenta ante un régimen parlamentario asediado por sectores cada vez más radicalizados. En libros anteriores, como La vía italiana al totalitarismo y El culto del littorio, Gentile se centró en la dinámica de vocación totalitaria del régimen y en sus trazos religiosos; en este libro, en cambio, recrea la atmósfera previa a la toma del poder, las discusiones, las dudas y los errores de los partidos democráticos.
Tras ser el ala más radical del Partido Socialista italiano, Benito Mussolini se embarcó en la defensa de la participación italiana en la primera guerra mundial. Esta ruptura con la izquierda italiana lo llevó por un nuevo itinerario, propio y novedoso, al ser uno de los líderes de los fasci de combattimento que quedaron tras la Gran Guerra. Y recalcamos que fue uno de los líderes, ya que Benito Mussolini no era el único, y que incluso el podio fue durante un tiempo ocupado por Gabriele D'Annunzio, un aventurero de la política. 
Durante el llamado "bienio rojo", cuando en 1920-21 los socialistas maximalistas y comunistas crearon un ambiente de caos dispuestos a impulsar una revolución de cuño bolchevique en la península italiana, los sectores liberales y democráticos se vieron desbordados y aparecieron con fuerza los escuadristas del fascismo, organizados en milicias, que enfrentaron violentamente a los grupos radicalizados. La democracia parlamentaria italiana, pues, estaba asediada por dos grupos que renegaban del constitucionalismo y el imperio de la Ley, ambos dispuestos a derrumbar los cimientos en que se apoyaba. Liberales y demócratas supusieron, erróneamente, que la incorporación de los fascistas al parlamento los aplacaría, integrándolos a la política de partidos. 
Si bien la estrella de Mussolini pareció menguar, supo rápidamente retomar el centro del escenario, ubicándose como líder de los escuadristas y fue subiendo el tono de sus críticas al orden liberal con una prédica incendiaria, dispuesto a demoler el parlamentarismo. Con una franqueza insólita, los fascistas hablaron abiertamente en contra de las libertades individuales, el parlamento, la democracia y el sufragio, un discurso que fue ganando terreno ante las crisis ministeriales de los gabinetes liberales de Luigi Facta. Los principales políticos del liberalismo italiano, como Giovanni Giolitti, no supieron comprender la nueva dinámica política que se estaba desarrollando con el fascismo, y cuando las escuadras avanzaron hacia Roma, las dudas que los carcomían terminaron por devorarlos.
No obstante, Mussolini también era un prisionero de los escuadristas, que querían desplegar su violencia a cualquier precio, impulsados por Michele Bianchi, en tanto que otros sectores minoritarios del PNF (Partito Nazionale Fascista) querían evitar la toma del poder y llegar a un acuerdo con los partidos tradicionales. Mussolini se decidió por capturar el "instante huidizo" a fines de octubre de 1922 en un juego de disimulos y ocupación efectiva de ciudades, muchas veces con el visto bueno y la pasividad de las fuerzas policiales y militares. El rey Vittorio Emanuele III, que podría haber puesto freno a la avanzada fascista hacia Roma con la declaración de estado de sitio, se negó en el momento oportuno, una decisión de la que se desconoce la razón, aniquilando con ello la supervivencia de la dinastía después de la segunda guerra mundial.
Mussolini y los fascistas, ya en el poder, implantaron la lógica del partido único con vocación totalitaria, persiguiendo y acallando toda voz crítica, estableciendo el monopolio de la expresión de la nación italiana, como si el resto hubieran sido enemigos de la patria. Fueron pocos los contemporáneos que advirtieron el nacimiento de un nuevo régimen con características singulares, siendo los más los que suponían su derrumbe inmediato o que se trataba de un simple aventurero. Así, pues, los fascistas supieron aprovechar los errores de los sectores democráticos y liberales, su dispersión e inacción, para marchar sobre Roma e implantar la dictadura.

Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma. Buenos Aires, Edhasa, 2014.

viernes, 25 de marzo de 2016

"Reconfiguring the Silk Road", de Victor H. Mair et al.

Con la contribución de la arqueología y los estudios lingüísticos, se abren nuevos horizontes en el estudio de la "ruta de la seda" o, como señalan varios autores, las rutas de la seda, en plural. Así bautizada por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen hacia fines del siglo XIX, se la concibió durante decenios como un camino comercial que unía a Roma con la China de la dinastía Han. 
No obstante, los estudios han ido demostrando que esta vía ya existía mucho antes del comercio de la seda, hacia fines del segundo milenio y principios del primer milenio aC. Asimismo, no es una ruta sino un complejo entramado de varias rutas que se articulaban en el intercambio de bienes, personas, ideas, concepciones religiosas, símbolos.
La investigación arqueológica en la región del Xinjiang arroja nuevas luces sobre Asia Central y sus particularidades religiosas y políticas, así como las contribuciones que en esta vasta región se han hecho al desarrollo de las civilizaciones. En tiempos pretéritos, las lenguas indoeuropeas circularon de Occidente hacia Oriente; siglos más tarde, el camino fue inverso. Allí vivieron pueblos que sirvieron como nexos entre mundos, como los sogdianos, que actuaron como puentes intermediarios de culturas diferentes. No existía un viajero que fuera desde Europa hasta el Lejano Oriente, ida y vuelta, sino que se realizaban tramos cortos en los que se iban intercambiando a lo largo de los caminos.
Lejos de la idea romántica que atrajo a tantos europeos, este sistema de rutas permitía vincular a reinos e imperios, religiones y filosofías a través de intercambios de alto valor simbólico que prestigiaban a las dinastías involucradas.

Victor H. Mair, Jane Hickman et al., Reconfiguring the Silk Road: New Research on East-West Exchange in Antiquity. Philadelphia, University of Pennsylvania Museum of Archaeology and Anthropology, 2014.

domingo, 20 de marzo de 2016

"El elefante desaparece", de Haruki Murakami

Fiel a su estilo singular, Murakami despliega su talento en esta serie de relatos en los que entreteje lo cotidiano con lo fantástico, un desplazamiento que se produce sin sobresaltos, con absoluta naturalidad. Desde situaciones prosaicas se pasa al ámbito de lo inesperado, a veces en frecuencia onírica, como si no hubiera muros que separaran a ambos planos de la realidad. Una mujer que simplemente deja de dormir y se apasiona con la literatura rusa en una vida oculta, un empleado en la fábrica de elefantes que hace un trato con un enanito bailarín, un hombre que incendia establos en desuso sin razón aparente, son algunos de los relatos que abarca esta serie. El primero de ellos es el inicio de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, probablemente un esbozo de lo que después desarrolló como novela. Los personajes no tienen nada de extraordinario, no son héroes: son personas comunes, con sus desvelos, errores y tragedias, aburrimientos y secretos. 
Murakami nos muestra que la separación entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo "normal" y lo insólito no es una muralla de difícil paso, sino una débil tela que apenas separa un escenario del otro, y de que cuanto nos rodea puede transformarse en un universo inesperado inadvertidamente. 

Haruki Murakami, El elefante desaparece. Buenos Aires, Tusquets, 2016.