jueves, 10 de mayo de 2018

"Under the Map of Germany", de Guntram Herb.

Este libro se dedica a una perspectiva sumamente rica y poco explorada: la de la cartografía. Los mapas nos guían, nos ubican, marcan los límites y retratan el mundo simbólico de quienes los trazan. Si bien ya no están poblados por monstruos en sus regiones inexploradas, sí pueden figurar los miedos, las amenazas y las ambiciones. El punto de partida fue el fin de la Gran Guerra, la que reconfiguró el mapa europeo y provocó dislocaciones que se mantuvieron en ebullición durante el período intenso de entreguerras. 
Es interesante y revelador el punto de partida: cuando se discutieron las nuevas fronteras, los alemanes no sumaron geógrafos y cartógrafos a su delegación en París. Tampoco se habían esmerado en desarrollar una cartografía centrada en el Imperio Alemán, sino en las regiones a las que pretendía anexar. De modo que los mapas utilizados por los Aliados fueron los propios, además de los atlas de geógrafos polacos, que buscaron justificar en el papel bidimensional los límites de su patria renacida. El presidente estadounidense Woodrow Wilson, asimismo, formó ya en septiembre de 1917 un equipo de historiadores, geógrafos, cartógrafos y abogados para asesorarlo en las futuras negociaciones de paz, llamado The Inquiry
La pérdida de territorios en el Este por parte de Alemania -ya no Imperio, sino República-, además de Alsacia y Lorena, el territorio del Sarre y la desmilitarización de Renania, despertó en los círculos académicos y los grupos políticos völkisch -nacionalistas- la necesidad de hacer mapas de Alemania, de lo alemán, de la cultura germánica, en las que mezclaban lo histórico, lo étnico, lo económico con una serie de conceptos que pertenecen más a la esfera metafísica. De allí sale la concepción geo-orgánica, que pretendía plasmar en el mapa la idea de Alemania como si fuera un organismo viviente. El geógrafo Albrecht Penck desarrolló dos conceptos que harían carrera en los círculos völkisch, como el de Volksboden y Kulturboden. La idea del Volksboden pretende fusionar el pueblo con la tierra, lo cultivado con la sangre, y por consiguiente cobra un fuerte valor sentimental la liga con el terruño. El Kulturboden, en cambio, apela a la esfera de influencia de la cultura germánica, que implica también lo económico. De modo que el Estado alemán no refleja lo alemán, que trasciende las fronteras políticas y se extendía hacia el Este, llegando a Ucrania, los Balcanes, los Países Bajos, los nórdicos y bálticos. Se iba preparando el terreno para el concepto del Lebensraum, uno de los ejes ideológicos del nazismo.
El autor repasa una serie de mapas elaborados por institutos geográficos -no estatales- durante el período de entreguerras, fuertemente vinculados a los sectores völkisch: lo académico respaldaba -ese era el objetivo- la revisión del Tratado de Versalles. Abría controversias en la distribución demográfica de germanoparlantes más allá de los límites de la República Alemana, sobre todo enfatizando en el corredor polaco. 
Con el arribo de Hitler a la cancillería, en 1933, los mapas sirvieron como armas del nuevo régimen, y estos iban mutando en su concepción. No había un instituto estatal que produjera la cartografía, pero esta era fuertemente influida por las decisiones gubernamentales y se ponía a su servicio. Así, iba variando en su discurso y representación espacial, en la nomenclatura y en lo que se reivindicaba como alemán. Los mapas, entonces, eran armas de propaganda, artículos de representación simbólica e instrumentos de guerra y persecución, ya que cuando se invadió Polonia, el ejército llevaba una cartografía minuciosa de dónde habitaban los judíos...

Guntram Henrik Herb, Under the Map of Germany: Nationalism and Propaganda, 1918-1945. London, Routledge, 1997

domingo, 6 de mayo de 2018

"Against Massacre", de Davide Rodogno.

El autor se sumerge en el complejo mundo del desaparecido Imperio Otomano, diverso en su composición étnica, religiosa y cultural. Bajo la hegemonía turca se hallaban sometidos pueblos del norte de África, de la península balcánica y el Medio Oriente. El poder otomano comenzó a declinar fuertemente a fines del siglo XVIII ante el crecimiento económico y consiguiente desarrollo tecnológico de los europeos occidentales, por lo que comenzó a resquebrajarse también ante la presión de las minorías cristianas que habitaban en él. Si bien la estructura de establecer regímenes autónomos para cada minoría religiosa (millet), en las que se regían por sus propias leyes y costumbres, este esquema de coexistencia demostró sus falencias con el tiempo. Y es que el viejo principio de la "personalidad de las leyes" supone estamentos y comunidades rígidamente separadas, así mantenidas por un sistema de exclusión y dominio militar. No había, pues, leyes iguales para todos los súbditos del imperio, ni tribunales comunes, salvo que involucraran a un musulmán con un no-musulmán, y en tal caso primaba la sharia. 
El autor, Davide Rodogno, se centró en las intervenciones humanitarias de Occidente, en particular Francia y el Reino Unido, en el Imperio Otomano frente a las masacres de los pobladores cristianos. Hace un recorrido por el concepto mismo de intervención humanitaria y en el de "civilización", en cuya cúspide se colocaban los europeos. Rodogno reconoce que sólo estudió las fuentes francesas e inglesas, por lo que su crítica apunta sólo hacia ese conjunto de documentación, en tanto no buceó en fuentes rusas, turcas y austríacas, por mencionar las más significativas en tantos Estados. Es por ello que, a mi criterio, cae en algunas simplificaciones y en la culpabilización a Occidente, como si el Sultán -y Califa- otomano no se hubiera considerado como el líder de los musulmanes más allá de sus fronteras y, en tal carácter, no hubiera influido en ellos, como lo hizo en Asia Central, India y el Imperio Ruso. He aquí, entonces, que hubo un doble juego: el Zar de Rusia, por ejemplo, se consideraba protector de los cristianos ortodoxos en el Imperio Otomano; a la vez, el Sultán otomano se consideraba protector de los musulmanes sunníes en el seno del Imperio Ruso (lo cual fue reconocido por el Tratado de Küçük Kaynarca de 1774). Ambos jugaron sus cartas con más o menos éxito, dependiendo de 
los recursos militares y económicos que disponían. 
Eugène Delacroix "La Grèce sur
les ruines de Missolonghi"
Tanto en Gran Bretaña como en Francia, había una fuerte corriente de simpatía por los griegos, no sólo por ser cristianos, sino también por ser una de las fuentes de la cultura occidental. Toda persona culta conocía la historia griega y romana, por lo que era comprensible y natural esa ligazón con ese pueblo en su lucha por la emancipación frente al otro musulmán, turco y despótico. En esta ola de simpatía se encontraron artistas e intelectuales, religiosos y políticos: allí se inscribieron Eugène Delacroix y Lord Byron. 
La primera intervención en el Imperio Otomano, en defensa de la población griega, fue la batalla de Navarino de 1827, una acción conjunta de británicos, franceses y rusos. Ya se habían producido masacres como las de Quíos y Smirna, que habían encendido la indignación de los europeos y que, además, servían como un fuerte argumento para los filohelenos de las diferentes naciones en la defensa de su causa. 
La segunda intervención analizada es la del Monte Líbano en 1860-1861. Los cristianos maronitas eran protegidos por Francia desde tiempos de la primera cruzada, en tanto que había una alianza del Reino Unido con los drusos, ya que los consideraban susceptibles de cristianización y tener un pie en la región. Pero en 1860 comenzó un duro enfrentamiento de los drusos con los cristianos a lo largo de las ciudades de la costa, lo que motivó la intervención franco-británica en defensa de los cristianos católicos, maronitas y ortodoxos griegos, que estaban siendo masacrados, sus hogares incendiados y sus templos profanados. Esto se extendió a Damasco, en donde cristianos y judíos fueron víctimas. Las autoridades otomanas intentaron prevenir el desembarco de los europeos, logrando un frágil armisticio entre drusos y maronitas logrado por Mehmed Fuad Pashá. El Emperador Napoleón III veía una oportunidad para expandir su influencia política en Medio Oriente, fortaleciendo su posición como defensor de los católicos, lo que motivaba a los británicos a participar para poner un dique a las aspiraciones galas. Tras la conferencia de París, una fuerza expedicionaria francesa llevó adelante una intervención humanitaria estrictamente monitoreada por otras naciones europeas, coordinando el retorno de los cristianos a sus hogares, el entierro de los muertos y la distribución de alimentos. Fue por la presión británica que los franceses tuvieron un estricto límite de tiempo para su presencia, ya que no era del interés del gobierno del Reino Unido que Líbano pasara a ser administrado por el Imperio de Napoleón III. 
Lord Byron
Bajo el férreo mandato de Mehmed Fuad Pashá, fueron juzgados severamente los perpetradores de la masacre de Damasco, con el objetivo de imponer no sólo una sanción, sino también la de demostrar que el Imperio Otomano podía restablecer el orden y que era un Estado moderno que podía proteger a los civiles. 
Una intervención muy diferente a la del Líbano fue en la isla de Creta, en 1866-1869. Los cretenses, en su mayoría cristianos, plantearon una serie de demandas y resucitaron en las mentes de muchos europeos la lucha por la emancipación helénica. En este caso, el Reino Unido optó por colocarse del lado del Imperio Otomano frente a la intromisión de otras potencias, como la Francia del Segundo Imperio, proclive a apoyar los movimientos nacionalistas y con aspiraciones a proyectarse hacia el Mediterráneo, o bien de Rusia, siempre interesada en el mundo del Egeo y de los ortodoxos. La asamblea de Creta votó favorablemente por la enosis, es decir, la fusión con Grecia. Ante esto, tropas otomanas ingresaron en la isla, provocando la emigración de cristianos hacia Grecia y musulmanes hacia Turquía. Tal como había ocurrido en los años veinte, hacia Creta afluyeron voluntarios de diferentes orígenes europeos, contra los que combatieron los soldados del Imperio. El gobierno del Reino Unido se mantuvo firme junto al Sultán; los franceses, en cambio, propusieron que el destino de Creta se decidiera por voto popular. Sin embargo, la postura firme de los británicos se fue imponiendo frente a las idas y venidas de la diplomacia de Napoleón III, quien se terminó plegando a la política del Foreign Office frente a las aspiraciones rusas hacia el Imperio Otomano. En el caso de Creta, entonces, no hubo desembarcos de tropas europeas, sino la asistencia de algunas naciones para movilizar refugiados hacia Grecia y Turquía, que luego retornaron a la isla.


Bazhi bazouks
En 1876, el Imperio Otomano volvió a las páginas de los diarios europeos con la rebelión en Bosnia-Herzegovina, con serios problemas económicos tras una serie de malas cosechas. Esta región era apetecida por los austríacos y los serbios y montenegrinos vieron la ocasión de declarar la guerra al Imperio, pero la política británica se mantuvo en su apoyo. No obstante, en la región de Rumelia, con mayoría de población cristiana búlgara, simultáneamente entró en eclosión y fue allí donde se produjeron masacres llevadas adelante por los bazhi bazouks, cuerpos irregulares al servicio del Sultán. Murieron unos doce mil búlgaros y 58 aldeas fueron arrasadas, despertando la indignación de buena parte de la opinión pública británica. William Gladstone, ex primer ministro y político liberal, publicó su panfleto Bulgarian Horrors and the Eastern Question, del cual vendió doscientos mil ejemplares en el primer mes. Allí denunciaba no sólo a la política otomana, sino también al primer ministro Benjamin Disraeli y a los tories. Su agitación fue clave para provocar la aparición de dos grupos: el que reclamaba una actitud intervencionista del Reino Unido, y la de los sectores conservadores, proclives a mantener el 
statu quo con el régimen otomano. 
Disraeli
A fines de 1876, se convocó a una conferencia en Londres sobre la cuestión de Oriente, en la que participaron destacados juristas, escritores como Thomas Carlyle y científicos como Charles Darwin, además de Gladstone, formando una asociación. La visión predominante era la de calificar al Imperio Otomano como fuera de la civilización, clamando por la salvación de los cristianos búlgaros frente a la barbarie. Sin embargo, Gladstone era precavido en el alcance de sus demandas, ya que no deseaba malquistarse con los miembros más moderados del partido Whig. Anhelando retornar a Downing Street 10, no podía transformarse en el vocero de los elementos más radicales de la política británica, aunque sí descollar por su crítica severa a Disraeli. 
En noviembre de 1876, se celebró la Conferencia de Constantinopla, en la que participaron las potencias europeas. El gobierno del Reino Unido se mantuvo en su postura de que se respetara la independencia e integridad territorial del Imperio Otomano, y de que las potencias europeas debían abstenerse de expandirse a su costa. A la par, los otomanos debían garantizar las libertades individuales y el derecho de propiedad de todos los habitantes, así como otorgar autonomía a Bulgaria y Bosnia-Herzegovina. La posición rusa, por otro lado, era la de una intervención militar. Las potencias europeas acordaron, entonces, que Bulgaria y Bosnia-Herzegovina obtendrían autonomía con gobernadores cristianos, nombrados por el gobierno otomano, que se sancionaría a los perpetradores de las masacres y que se indemnizaría a las víctimas. Más compleja era la demanda de reubicar a los pobladores circasianos de Rumelia -a quienes se adjudicaban las masacres- y retornarlos a Asia. El gobierno otomano no aceptó estas exigencias, habiendo establecido en diciembre de 1876 una Constitución. En abril de 1877 comenzó la guerra ruso-turca, firmando en en marzo de 1878 el Tratado de San Stefano. El equilibrio se rompió a favor del Imperio Ruso, circunstancia que motivó la actuación de las potencias occidentales y el resultado fue un nuevo Tratado, el de Berlín, en junio de 1878, que mejoró las condiciones para los otomanos.
Cuando en 1894 se difundieron las noticias de una masacre cometida contra miles de armenios en Sason, el gobierno otomano negó la gravedad de lo acontecido y detuvo brevemente al líder kurdo Hussein Bey, al que poco tiempo después el Sultán Abdül Hamid II liberó, condecoró y elevó al rango de general. 
Abdül Hamid II
El gobierno británico, de signo liberal, se encontró atrapado en un laberinto tal como le ocurrió al de Disraeli durante la crisis búlgara: no podía ni quería actuar de modo unilateral, sin concertar acciones con otras naciones europeas. La noticia llegó a los medios ingleses y, con ella, se renovaron las críticas hacia el Imperio Otomano. Pero en esta ocasión, el Sultán tenía el apoyo de los gobiernos de Alemania, Rusia y Francia. Los ataques contra armenios se extendieron por varias regiones del Imperio en 1895 y 1896, ante la inacción gubernamental. Las potencias europeas, ergo, no pudieron permanecer indiferentes. Pero la política del Imperio Ruso era la de desalentar cualquier intervención, ya que no deseaban una Armenia independiente que pudiera contagiar a los armenios bajo su soberanía en el Cáucaso. Su aliada, Francia, no quería disgustar a la monarquía zarista. El nuevo primer ministro británico, Lord Salisbury (tory), intentó generar una respuesta unánime de las potencias europeas para detener las masacres, ya que consideraba que el Sultán quería el exterminio de los armenios. En este contexto, los británicos no se arriesgaron a intervenir. Una situación similar se repitió en 1909, con ataques a armenios por parte de la población musulmana. Si bien varias naciones enviaron navíos a las costas turcas, no intervinieron, poniendo en evidencia la fragilidad de estas operaciones que intentaban disuadir, sin resultados. Mientras se producía esta crisis, también en la isla de Creta resurgía la tensión entre las comunidades cristiana y musulmana, motivando la intervención de cuatro naciones europeas para impedir una nueva masacre. El Sultán accedió a esta intervención. En 1897, el Reino de Grecia inició una guerra contra el Imperio Otomano, de la cual los helenos salieron derrotados. No obstante, y en acuerdo con las naciones europeas, el Sultán accedió a otorgar autonomía a Creta, siendo nombrado Alto Comisionado el Príncipe Jorge de Grecia, y la isla tuvo una Constitución en 1899 redactada por el político liberal Eleftherios Venizelos, que luego tuvo una larga carrera en Grecia. Si bien, en forma nominal, la ínsula permanecía dentro del Imperio, el camino ya estaba trazado hacia su fusión con Grecia.
Un caso muy diferente a los anteriores fue el de la crisis en Macedonia en 1903-1908, causado por grupos nacionalistas internos, apoyados por países vecinos. Para asegurar la estabilidad, aquí tomaron cartas el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Ruso, ambos con intereses directos sobre la península balcánica.
Las conclusiones con las que se cierra el libro son, a mi juicio, una decepción. La postura del autor es confusa, a la par que tiene una visión estrecha sobre las intervenciones europeas en el Imperio Otomano durante la centuria decimonónica. Y es que considerar que los europeos fueron "co-perpetradores" de masacres precisamente por esas intervenciones, es un juicio apresurado. El autor no analiza las causas de la descomposición acelerada del Imperio Otomano, ni su frágil estructura social e institucional. Si bien es una herramienta útil para adentrarse en el desarrollo del concepto de la intervención humanitaria, pone en evidencia que es un campo fértil para el estudio más equilibrado y mejor documentado de lo que se denominó la "cuestión de Oriente", con consecuencias que seguimos atravesando más de un siglo después.

Davide Rodogno, Against Massacre: Humanitarian Interventions in the Ottoman Empire 1815-1914: The Emergence of a European Concept and International Practice. Princeton, Princeton University Press, 2012.

lunes, 30 de abril de 2018

"The Young Turks' Crime Against Humanity", de Taner Akçam

Ya hace más de un siglo que se perpetró el genocidio contra los armenios en el Imperio Otomano y su heredera, la República de Turquía, sigue negando que haya habido una política deliberada de exterminio y limpieza étnica. El autor tuvo acceso a documentación otomana y, a pesar de que mucha fue destruida durante y después de la primera guerra mundial, ha logrado poner en evidencia los lineamientos fundamentales de las instrucciones para la deportación forzada, la masacre de más de un millón de armenios y la islamización y turquificación de niños sobrevivientes. 
Con el ascenso al poder de los llamados "Jóvenes Turcos", miembros del Comité de Unión y Progreso (CUP), se inició un proceso de modernización que, en principio, buscó crear un régimen constitucional que abarcara a todos los componentes del Imperio, pero que luego viró hacia una política de homogeneización etno-religiosa que buscó la turquificación del Imperio. La anexión de Bosnia-Herzegovina por parte de los austríacos en 1908, la guerra ítalo-turca de 1911 por Libia, la primera guerra balcánica de 1912, en la que los turcos quedaron reducidos a la península de Tracia en Europa, marcaron el cambio de rumbo del CUP. Ya antes de la primera guerra mundial, fueron delineando lo que sería la turquificación, con la deportación y expulsión de los griegos que habitaban 
las costas del Egeo.
Deportación de griegos
Como consecuencia de las guerras balcánicas, aproximadamente 300.000 griegos que habitaban en Tracia y la costa del Egeo fueron expulsados. Las autoridades otomanas se cuidaron bien de aparecer involucradas aun cuando de la documentación oficial queda en evidencia que seguían de cerca la situación: se reportaban ataques de pobladores o inmigrantes musulmanes recién llegados, como si fuesen actos espontáneos. La violencia contra los griegos y los saqueos contra sus viviendas empujaban a estos pobladores hacia el exilio. A esto se sumaba el boycott musulmán hacia los comercios griegos, en 1913 y 1914, alentado por el gobierno otomano. Si bien se habían realizado tratados de intercambio de población con Bulgaria y Grecia, estos quedaron truncos por el inicio de las hostilidades en 1914. Las autoridades del CUP consideraban a estas minorías religiosas como "tumores" que ponían en peligro la integridad del Imperio, y por ello movieron por la fuerza a los griegos al interior de la península al considerarlos como potenciales enemigos, sólo para expulsarlos al finalizar la conflagración en los años veinte, tras la llamada "guerra de independencia turca". 
Subraya el autor que varios de los organizadores de la expulsión de los griegos, luego formaron parte de la política de exterminio de los armenios, además de la denominada "Organización Especial".
El estallido de la Gran Guerra y la participación del Imperio Otomano junto a Alemania y Austria-Hungría, marcó la aceleración de la ingeniería social de la turquificación: limpieza étnica, genocidio y asimilación para homogeneizar la península de Anatolia, núcleo central del Imperio. 
Deportación de armenios
La turquificación apuntaba a la asimilación lingüística de los musulmanes no turcos (kurdos y árabes), y a la limpieza étnica, exterminio y asimilación de los no-musulmanes, como eran los armenios, griegos, cristianos siríacos y nestorianos. Los armenios, mayormente concentrados en la región oriental de la península de Anatolia, y que también habitaban en el Imperio Ruso y en menor medida en el Persa, no sólo era una minoría nacional y religiosa, sino también un óbice en la expansión otomana hacia el Cáucaso y Asia Central que se interponía en los proyectos del panturquismo, la fusión de todos los pueblos turcomanos en un área étnicamente homogénea.
Por pedido expreso del Imperio Alemán, el gobierno otomano cesó en sus acciones contra la población griega y la transportó hacia el interior de la península. Alemanes y austríacos temían que Grecia ingresara en la guerra a favor de los aliados occidentales, por lo que debían procurar que se mantuviera neutral durante el conflicto. Los armenios que vivían en el Imperio Otomano, en cambio, no tenían una Armenia independiente que pudiera negociar por su supervivencia. Los griegos que aún vivían en el Imperio Otomano fueron trasladados al interior; no obstante, y más allá de las consideraciones militares, era claro que el gobierno turco no pensaba en devolverlos a sus lugares de origen después del conflicto bélico, ya que esas propiedades fueron entregadas a los musulmanes refugiados. La decisión, pues, se había tomado mucho antes de que Grecia ingresara en la guerra, a mediados de 1917.
Los armenios habían logrado, pocos meses antes de la guerra mundial, que el Imperio Ruso lograra del gobierno otomano un acuerdo de reforma armenia, al que los turcos veían similar a los que llevaron a la pérdida de los Balcanes. De allí, pues, que el autor viera en este compromiso un sello letal para los armenios al iniciarse la conflagración. 
En la noche del 23 de abril de 1915 se inició la política de deportación de los armenios hacia los desiertos en Siria e Irak, en convoyes estrictamente vigilados y coordinados por el poder central. Eran llevados a campos de concentración en donde muchos morían por inanición y enfermedades, así como muchos hombres eran masacrados en la etapa previa. Los niños menores de diez años eran llevados a orfanatos en donde eran islamizados y entregados a familias musulmanas, de modo que perdían su identidad etno-religiosa. Las mujeres adolescentes y jóvenes eran forzadas a contraer matrimonio con hombres musulmanes que vivían en aldeas, cortando con sus antiguos lazos y forzadas a asimilarse. Muchos niños fueron esclavizados con fines sexuales, así como se reportaron numerosas violaciones y mujeres entregadas a prostíbulos y harenes de los oficiales. 
La regla de la ingeniería social de repoblación y turquificación establecía que las minorías no podían superar el 10% en un entorno turco, de modo que esta política incluía el exterminio deliberado y sistemático de más de un millón de armenios. Para borrar la identidad cultural se asesinó a las figuras intelectuales y religiosas que podían preservar el patrimonio armenio. 

Fosas con víctimas armenias
Los soldados armenios fueron obligados a la conversión al Islam y se les adjudicaron nuevos nombres. También hubo conversiones al Islam por parte de civiles, con el claro objetivo de sobrevivir, aunque igualmente fueron deportados a entornos en donde estaban aislados y monitoreados. Sin embargo, fueron pocos los que se autorizó su conversión, ya que las autoridades otomanas desconfiaban de ellos. 
La limpieza étnica implicaba el repoblamiento de las antiguas regiones armenias por refugiados musulmanes provenientes de los Balcanes, que a su vez debían ser también turquificados. Los viejos nombres armenios eran borrados y se establecían denominaciones turcas, a fin de borrar el pasado. En este proceso, hubo pérdida de propiedades de bienes muebles e inmuebles.
El autor, como buen historiador, provee la documentación que avala el libro. Es documentación oficial del Imperio Otomano, que supo combinar con maestría con las fuentes alemanas y estadounidenses. A pesar de todos los intentos de negacionismo por parte de las entonces autoridades otomanas y las de la República de Turquía, las evidencias de que hubo un plan sistemático de exterminio son abrumadoras. Esta obra provee nuevas perspectivas al estudio de los genocidios en general, y al de los armenios en particular.

Taner Akçam, The Young Turks' Crime Against Humanity: The Armenian Genocide and Ethnic Cleansing in the Ottoman Empire. Princeton, Princeton University Press, 2012.

martes, 27 de febrero de 2018

"The Holocaust: History and Memory", de Jeremy Black.

El autor ha desarrollado la tarea difícil y abrumadora de escribir una historia del Holocausto, o Shoá: han pasado decenios  y aún el abismo del horror sobrepasa toda nuestra capacidad de comprensión. Porque se trata de una historia de nuestra especie humana, que nos interpela sobre nuestra capacidad de transformar al otro en una cosa que puede ser aniquilada fríamente.
La deshumanización de los judíos no comenzó con el nazismo, pero fue esta ideología racista la que sistematizó un conjunto de ideas en una política que llevó adelante desde el poder, en un continente que fue pasivo las más de las veces, o bastante activo en algunos de sus componentes más allá de las fronteras de Alemania. 
El antisemitismo fue uno de los dos vectores de la ideología nacionalsocialista: fue esencial para el régimen nazi la persecución y expulsión, en su primera etapa, y luego el asesinato masivo y el exterminio sistemático de los judíos, ya a partir de la invasión a la URSS hasta sus últimos días. El objetivo de "purificar" la raza nórdica hizo que la eliminación de los judíos fuera el rasgo que determinó a toda la política nazi, la obsesión patológica de Hitler. Fue un antisemitismo de nuevo cuño: el antiguo, que era de carácter religioso, tenía la salida de la conversión. Pero el nuevo antisemitismo, con toda su apariencia de "científico", era estrictamente biológico y ante ello no había posibilidad de huir del laberinto. Esto desembocó, inevitablemente, 
en los campos de exterminio.
Ahora bien, el autor se interroga en torno a la cooperación brindada por el ejército alemán (Wehrmacht), los alemanes de a pie, y también la de los países aliados al Eje o los gobiernos que colaboraron con los invasores. Si bien hubo diferencias notables, hubo regímenes como el de los Ustasha en Croacia, Vichy en Francia y el del mariscal Antonescu en Rumania que pusieron en marcha mecanismos de deportación y crimen con un celo que asombraba a la propia SS. Algunos regímenes, como el de Croacia, Eslovaquia y Francia, que lo hicieron en nombre de la cristiandad. Otros, en cambio, colaboraron desde el nacionalismo más estrecho. Pero esta aquiescencia, a veces con la acción espontánea de muchos en los países bálticos o Ucrania, puso en evidencia el arraigo profundo del prejuicio contra los judíos a lo largo y ancho del continente europeo.
Jeremy Black, autor prolífico, desarrolla las distintas etapas de la Shoá. Quizás lo más interesante del libro, lo que provoca al lector, lo que sale a interpelar nuestras conciencias, son los capítulos finales, cuando narra los juicios y, sobe todo, cómo se actuó en Europa al finalizar la guerra mundial. En términos numéricos, fueron muy pocos los responsables que fueron juzgados. El inicio de la guerra fría cambió el debate político, y los nazis y colaboracionistas de ayer se transformaron en profesionales, académicos y funcionarios, de uno y otro lado de la cortina de hierro. El antisemitismo no había desaparecido, los viejos prejuicios y odios siguieron allí, latentes. 
Si bien el discurso genético se fue desvaneciendo, permanece la idea de la "conspiración" y la manipulación desde las sombras. El viejo antijudaísmo se transformó en el antisionismo, es decir, la crítica despiadada a la legitimidad del Estado de Israel. Esto despertó la adhesión de grandes segmentos de la población árabe y musulmana en general, y en 1967 se plegó gran parte de la izquierda europea que, sin sorpresas, mucha terminó recalando en los años noventa en formaciones ultranacionalistas. 
¿Cómo enseñar qué fue la Shoá, cómo ubicar este genocidio con toda su singularidad en la historia europea del siglo XX? Episodio sombrío en el pretérito reciente de muchos países que, después, también padecieron decenios de regímenes totalitarios de otro signo. ¿Cómo evitar la relativización y la comparación vulgar para la tribuna política, de lo que fue un proceso sistemático de exterminio? ¿Y cómo, también, rebatir los argumentos falaces de quienes están en el campo del negacionismo, muchas veces disfrazados de historiadores (David Irving) o que ocupan puestos relevantes de gobierno (Ahmadinejad)? La Shoá no es un hecho lejano del pasado, sino un interrogante del presente, que nos sacude y estremece.


Jeremy Black, The Holocaust: History and Memory. Bloomington, Indiana University Press, 2016.

jueves, 22 de febrero de 2018

"Stolen Words: The Nazi Plunder of Jewish Books", de Mark Glickman.

Los libros son parte esencial de la milenaria cultura judía, ya sea los de carácter religioso como aquellos más vinculados a la vida de la comunidad. La dedicación al estudio ha sido, durante siglos, uno de los rasgos característicos del judaísmo, un hábito disciplinado que sirvió como herramienta de ascenso social durante la modernidad. Los libros como el Talmud fueron prohibidos en gran parte de la cristiandad, con la quema de volúmenes o bien con la censura de párrafos enteros. 
Los nazis, que nacieron y se desarrollaron en un país de gran cultura como Alemania, eran plenamente concientes del valor del libro como instrumento para pensar. Ya en 1929, los periódicos nazis como Völkischer Beobachter o Der Angriff salieron a combatir en sus páginas a los autores "antialemanes", y las hordas partidarias acosaban a autores como Thomas Mann. Hicieron listas negras de autores que debían prohibirse, con abundancia de escritores judíos, acusándolos de "bolchevismo cultural". 
Mark Glickman señala que en 1933 había dos agrupaciones de estudiantes que compitieron ferozmente por demostrar cuál era la más antisemita, y así ganarse el aprecio de las autoridades: la Deutsche Studentenschaft (DS) y la Nationalsozialistiche Deutsche Studentenbund (NDS). En mayo de 1933 se lanzaron a desvalijar librerías y bibliotecas, y luego organizaron las fogatas de libros en varias ciudades y pueblos, incluyendo universidades. A estos actos concurrían grandes multitudes, deseosas de observar cómo las llamas consumían el papel impreso. Esta campaña, sin embargo, levantó una gran ola de críticas fuera de Alemania, y los nazis utilizaron métodos más sutiles para la destrucción de la cultura judía. 
En 1936, con los juegos olímpicos en Berlín, el gobierno se preocupó por ocultar el verdadero rostro y evitó las proclamas antisemitas, pretendiendo mostrarse como civilizado y respetuoso. 
Una figura clave para el nacionalsocialismo fue Alfred Rosenberg, a quien el autor le presta especial atención. Nacido y educado en Estonia, se graduó en arquitecto y se fue a vivir a Alemania, cuando comenzaba la revolución bolchevique. Tomó contacto con Dietrich Eckart y se integró a la Sociedad Thule, embrión de lo que luego fue el partido nacionasocialista NSDAP. Adolf Hitler se integró después al minúsculo partido, entonces uno más de la corriente völkisch. Rosenberg era una persona instruida y le dio un sello intelectual al nazismo, que necesitaba presentar una argumentación articulada para llegar a otros sectores. Y si bien no formó parte del círculo más íntimo de Hitler, él tenía buena consideración de Rosenberg. Probablemente se sintiera intimidado con su vasta cultura. Ocupó cargos clave en la jerarquía, como ministro de los territorios ocupados en el Este europeo, o supervisando el mundo intelectual del nazismo. Por ejemplo, el Institut für Erforschung der Judenfrage (Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía). Los aproximadamente 350.000 volúmenes de la colección de libros judíos de la Biblioteca municipal de Frankfurt, en gran parte donada por la familia Rothschild, fue a parar al IEJ, a los que luego se le sumaron bibliotecas y archivos saqueados en los Países Bajos y Francia, como la biblioteca de la Alliance Israelite Universelle. Para ir a estos lugares, Hitler autorizó la creación de un grupo llamado Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, ERR (Equipo de trabajo del Reichsleiter Rosenberg). No obstante, también Heinrich Himmler, al mando de la SS, estaba interesado en robar libros judíos. La biblioteca reunida por la SS tenía ejemplares robados en la Kristallnacht en Alemania, y en la invasiones a Checoslovaquia y Polonia. Por consiguiente, desde dos 
agencias diferentes hubo saqueo de libros. 
Castillo en Hungen
Inevitable y paradojalmente, el IEJ de Rosenberg debió contar con judíos que lo ayudaran en las tareas de catalogación; de ellos, sólo dos sobrevivieron a la Shoá. Los millones de libros saqueados por la ERR fueron enviados a un castillo en Hungen, en las afueras de Frankfurt. Los libros masónicos fueron acumulados en Hinzerhain. También se depositaron libros en Ratibor, en la antigua Silesia alemana, y se distribuyeron en distintos sitios en esa región, provenientes de los territorios invadidos en el Este.
Pero también hubo resistencia a entregar los libros: hubo circulación clandestina en los ghettos. En Terezín, el campo de concentración en el llamado "Protectorado de Bohemia y Moravia", muchos judíos tomaron contacto con su propia cultura a través de los pocos textos que había allí. Como era una población calificada, asimilada y cosmopolita, no había prestado atención a la propia tradición. En esa situación límite, muchos judíos retornaron a las fuentes, lejos de renegar de su condición. Pero incluso en comunidades religiosas del Este, ya Simon Dubnow había hallado escaso interés por el propio pasado e impulsó la creación de archivos. En 1925, en Vilna/Vilnius se creó el YIVO, Yidischer Visnshaftlekher Institut (Instituto Científico Idish), con cientos de miles de ejemplares y documentos. Su consejo asesor había estado integrado por personalidades como Dubnow, Einstein y Freud. En esa ciudad también se hallaba la Biblioteca Strashun, 
con cuarenta mil libros. 
Biblioteca Strashun
Cuando los alemanes invadieron Vilna/Vilnius (entonces parte de Polonia), la ERR se encontró con millones de libros y documentos concentrados en bibliotecas, museos y sinagogas. Para la clasificación, debieron recurrir a bibliotecarios y académicos judíos. El propósito era enviar el 30% más valioso a Frankfurt, en tanto que el 70% restante se reciclaría como papel. Por supuesto que los bibliotecarios y académicos lograron salvar textos muy valiosos, que escondían en los altillos, sótanos o rincones. Se creó, entonces, la "brigada del papel": muchos textos los clasificaban para la destrucción, algunos valiosos para la ERR, y los de mayor significación se escondían para ser salvados de los dos destinos fatales. Cuando los guardias los descubrían, eran golpeados y amenazados de represalias aún peores.

Mark Glickman señala que en una oportunidad, uno de los académicos pidió permiso para llevar papeles sin valor y ser usados para prender el horno de su casa, en el ghetto. Obtuvo el visto bueno y llevó manuscritos del Gaón de Vilna, cartas de Tolstoi y dibujos de Marc Chagall. Por supuesto que el destino de esos documentos no fue el de encender una fogata. 
Cuando la ciudad fue liberada de los invasores, los sobrevivientes se preocuparon por salvar los libros y documentos que no habían sido destruidos por bombardeos e incendios. Y lo hicieron con prisa, ya que sospechaban que los soviéticos podrían continuar con la labor destructiva. Uno de ellos, Shmerke Kaczerginski, que había formado parte de la "brigada del papel" y luego logró escapar del ghetto y se unió a los partisanos, tras la guerra emigró a Argentina. Kaczerginski y Abraham Sutzkever lograron contrabandear una importante cantidad de libros hacia el YIVO en Estados Unidos. Los soviéticos, por su lado, ordenaron al Dr. Antanas Ulpis a que destruyera los libros encontrados. Ulpis desobedeció en silencio y logró esconder los textos en una cámara subterránea, que fue descubierta en 1988. En ese año fueron 
enviados al YIVO en New York. 
Para salvaguardar y restituir el patrimonio cultural que había sido robado, el presidente Roosevelt creó una comisión encabezada por el juez Owen Roberts. En Offenbach am Main, en las afueras de Frankfurt, se estableció el depósito de los libros saqueados para devolverlos a las bibliotecas. El operativo estuvo a cargo del capitán y archivista estadounidense Seymour Pomrenze, y del bibliotecario Leslie Poste. Aproximadamente tres millones de libros pasaron por este centro, formalmente llamado Offenbach Archival Depot (OAD). La Universidad Hebrea de Jerusalem envió a Gershom Scholem para investigar los libros y manuscritos en Offenbach. Él participó con otros miembros de la universidad en el contrabando de ejemplares hacia Jerusalem, e incluso llegaron a planear incorporar algunos textos en la biblioteca personal que Chaim Weizman estaba enviando en ese momento desde Amberes. Por iniciativa de académicos como Salo Baron, Cecil Roth y Judah Magnes, se conformó la comisión de Jewish Cultural Reconstruction (JCR), dedicada específicamente al destino que se le iba a dar a los libros robados. Simultáneamente, se había creado la Jewish Restitution Successor Organization (JRSO), que se encargaba de todos los bienes saqueados, de modo que formalmente la JCR quedaba bajo su órbita, pero en la práctica fue un órgano autónomo. La gran duda era a quién entregar los libros, ya que muchos de sus antiguos dueños habían sido asesinados. La solución fue que el 40% de los textos y documentos serían enviados a la Universidad Hebrea de Jerusalem, el 40% a los Estados Unidos, y el 20% restante a las comunidades en Gran Bretaña y Sudáfrica. Lo que significaba que en Europa continental quedaría escasa cantidad de libros judíos, pero la devastación no permitía otra perspectiva. En mayo de 1948 se terminó de vaciar el depósito en Offenbach, pero había otros en el resto del continente. Para el siguiente período de la JCR, la persona clave fue la intelectual Hannah Arendt, quien había sido alumna de Salo Baron y su protegida al arribar a los Estados Unidos. Por su iniciativa, y para que se tuviera plena conciencia del itinerario que habían tenido esos ejemplares para que llegara a las manos del lector, se colocó un sticker con el símbolo de la JCR.
El nazismo no sólo intentó exterminar físicamente a los judíos de Europa -y, en el largo plazo, del planeta-, sino también apropiarse de toda la cultura que desarrollaron durante milenios y que dejaron plasmada en libros en diferentes lenguas: hebreo, idish, ladino e idiomas de varias nacionalidades. Una cultura vibrante, viva, que no se conformaba y que siempre estuvo atenta a los grandes problemas existenciales. 
Un libro impecable, bien escrito y documentado, que refleja un costado de una de las tragedias más salvajes de la historia humana.


Mark Glickman, Stolen Words: The Nazi Plunder of Jewish Books. Lincoln, University of Nebraska Press, 2016.

lunes, 19 de febrero de 2018

"Racial Science in Hitler's New Europe, 1938-1945", de Anton Weiss-Bendt et al.

Durante el siglo XIX, con el auge de la ciencia biológica, comenzaron a desarrollarse las teorías que pretendían dar soporte al racismo. Este sentimiento discriminatorio no era nuevo, pero sí lo era su argumentación "científica". Fue el nacimiento de la eugenesia: así como se cruzaban ciertos individuos de especies animales, para arribar a una camada con las características deseadas, lo mismo podría hacerse con los seres humanos. Para ello, debían descartarse aquellos individuos portadores de características alejadas del modelo ideal, mediante su esterilización o eutanasia. Las ideologías racistas se sustentan en la convicción de que los rasgos físicos, la capacidad mental y la conducta están determinados biológicamente, por lo que deben evitarse las mezclas entre las razas "superiores" y las "inferiores", estableciendo una rígida jerarquía en cuya cúspide se hallaban los "arios" o "nórdicos". La eugenesia se desarrolló en tiempos del colonialismo europeo, aunque también se difundió en el continente americano. Inspiró legislación que buscó poner barreras a las corrientes migratorias en Estados Unidos y Australia.
Partiendo de darwinistas sociales como Ernst Haeckel, Wilhelm Schallmayer y Alfred Ploetz, antropólogos como Hans Friedrich Karl Günther (1891-1968) escribió sobre la jerarquía racial, colocando a los nórdicos en la cima. Los eugenecistas de diferentes universidades del mundo se hallaban reunidos en la International Federation of Eugenic Organizations, tenían publicaciones académicas y realizaban congresos internacionales. De estos círculos académicos fueron reclutados varios miembros de la SS, que puso en marcha los planes de limpieza étnica y exterminio en Europa Oriental. El territorio polaco, invadido en 1939, fue el espacio en donde comenzaron a aplicar la concepción de segregación racial, expulsión de la población y reclusión en ghettos de los judíos, política que estuvo a cargo de Heinrich Himmler. 
Para ocupar el Este europeo con germanos, se estudió a los nuevos pobladores y se los clasificó en cuatro grupos de acuerdo al grado de "pureza", con análisis de craneometría y rasgos. Los grupos I y II eran aceptados, los del III ("aptos para la regermanización") eran enviados a Alemania como trabajadores en las fábricas, en tanto que los del grupo IV eran considerados "racialmente inadecuados", y debían ser deportados. Cientos de miles de polacos fueron expulsados de sus hogares, llevando consigo unas pocas pertenencias, dejando atrás sus propiedades. Los judíos no eran examinados de acuerdo a estos parámetros, sino que eran directamente recluidos en los ghettos. 
Esta ingeniería social era también aplicada con los "arios": la lógica de la eugenesia llegaba a planificar los matrimonios y, en un contexto de guerra, también debía contemplar la reproducción de los miembros de la SS, que se concebían a sí mismos como una "élite biológica". Se consideraban la "vanguardia racial" de la Volksgemeinschaft germana. Para contraer matrimonio y tener descendencia numerosa, los miembros de la SS y sus mujeres debían pasar por varios exámenes médicos. Con el ingreso de Alemania en la guerra, las exigencias debieron relajarse y se buscó que cada SS tuviera, al menos, un hijo antes de caer en batalla. 
Se trazaron los árboles genealógicos y se dio de baja a los miembros de la SS que tuvieran patologías hereditarias. En este sentido, se esperaba que tuvieran por lo menos cuatro hijos. De allí que Himmler tuviera en cuenta que, durante la guerra, los SS pudieran tener descendencia y volvían a sus hogares para cumplir con sus obligaciones reproductivas. No era una decisión individual, sino un deber comunitario por encima del deseo personal. También las mujeres podían visitar a sus esposos al frente de guerra, tras un examen ginecológico que estableciera las fechas de fecundidad. Las viudas y huérfanos (legítimos e ilegítimos) de los SS habrían de recibir la protección económica y educación. 
Para ocupar el "espacio vital" (Lebensraum) de acuerdo al Generalplan Ost, no sólo debían ser eliminados los judíos de los países bálticos, Rusia europea, Ucrania y Bielorrusia, sino también unos treinta millones de eslavos. Los sobrevivientes serían sometidos a una vida de semiesclavitud al servicio de los germanos. Para este repoblamiento se hizo propaganda entre holandeses y noruegos, ambos países invadidos en 1940, pero que eran considerados como germánicos. Los autores señalan que las ideas de la eugenesia eran rechazadas en gran medida en los Países Bajos, en contraste con lo que ocurría contemporáneamente en Alemania. 


Aproximadamente unos cinco mil "pioneros" holandeses se establecieron en Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos entre 1941 y 1944. Se entendía que los Países Bajos estaban sobrepoblados, por lo que muchos campesinos habrían de necesitar tierras en el Este europeo. Como, además, la concepción del imperio germánico se fundaba en una población mayormente rural -las ciudades eran sitios de perdición-, el plan de repoblamiento con holandeses era congruente con lo buscado. Alfred Rosenberg, ministro de los territorios ocupados en el Este, autorizó a la Nederlandsche Oost Compagnie a iniciar los estudios para poblar con holandeses, y bajo su esfera se establecieron allí esos miles de trabajadores. Mientras en los Países Bajos se lograron reclutar unos 30 mil hombres para combatir en el frente oriental, y unos diez mil entre los flamencos de Bélgica, sólo unos cinco mil se enlistaron en Noruega.
En la ideología nacionalsocialista, los noruegos se hallaban por encima de los alemanes en cuanto a pureza racial: los escandinavos se hallaban en porcentajes del 70 u 80%, en tanto que los alemanes en 50 o 60%. Para Günther, esto se debía al relativo aislamiento de los noruegos y suecos en comparación con Alemania. El espíritu vikingo habría de resurgir apenas tuvieran la oportunidad de conquistar a otro pueblo... De esta idea participó Richard Walter Darré, nacido en Argentina y que en su infancia fue enviado a vivir a Alemania, en 1933 asumió como ministro de Agricultura del Tercer Reich y director de la Oficina de Raza y Reasentamiento (Rasse und Siedlunghauptamt, RuSHA). Darré quería que hombres alemanes se casaran con mujeres noruegas, a fin de mejorar la descendencia germana. 


A instancias de Darré, se inició el reclutamiento de escandinavos para la SS: los dos primeros inscriptos estaban lejos del paradigma de la raza superior: uno tenía sobrepeso, el otro pie plano, y ambos tenían problemas con el alcohol. 
En la fantasía ideológica de Günther y Darré, los noruegos acudirían a poblar Rusia y Ucrania tal como lo habían hecho sus antepasados, por lo que sería un retorno al hogar. Aseveraban que estos modernos "vikingos" serían los más aptos para asentarse en las fronteras del Lebensraum, ya que su espíritu aguerrido habría de contener a las "hordas asiáticas". Más allá del escaso eco que tuvo el nacionalsocialismo en Noruega, eran tratados con el máximo respeto por la SS debido a su "pureza racial", y cientos de jóvenes recibieron educación en la región del Wartheland, en la Polonia invadida y anexada. En la cosmovisión racista de la SS, primaba la idea del Blutsgemeinschaft, la "comunidad de sangre".
A pesar de los esfuerzos de la propaganda nazi, los daneses, noruegos, holandeses y belgas los seguían observando como una fuerza invasora. La minoría alemana del Schleswig septentrional, que reclamaba su retorno al Reich, descubrió que esto no formaba parte de la agenda de Hitler, al contrario de lo que había ocurrido con las minorías en Checoslovaquia y Polonia. Y es que la concepción de una comunidad racial nórdica impulsaba a no entrometerse en nuevas fronteras, sino en ganarse el apoyo de los escandinavos. Así, se creó la SS Wiking, compuesta por daneses y noruegos, y tanto Hitler como Rosenberg emplearon la expresión de "comunidad de destino" (Schicksalsgemeinschaft) para referirse a la idea de un imperio germánico que comprendiera a todas esas naciones. Esto provocó una situación incómoda con el pequeño partido nazi de la minoría alemana en Dinamarca, aunque debieron someterse a los dictados de Berlín. 
En la Italia fascista, la gran aliada de la Alemania nazi en Europa, las teorías de la eugenesia eran bastante marginales por la presencia de la Iglesia Católica Romana. El fascismo fue bastante ambiguo con respecto al racismo del nacionalsocialismo y aún hoy es motivo de debate académico. Sin embargo, hay coincidencia en que la guerra de conquista de Etiopía acercó a Mussolini con Hitler. Pero mucho antes de ese conflicto en África, Mussolini tenía como director de las publicaciones Il Tevere y Quadrivio a Telesio Interlandi, un propagandista del antisemitismo y las teorías conspirativas. Fue él quien impulsó a Giulio Cogni, un seguidor de Günther y las teorías eugenésicas. En 1938, tras la visita de Hitler a Italia, Mussolini estableció leyes raciales antisemitas que apartaron a los judíos de la función pública y las fuerzas armadas. Interlandi se convirtió en director del bisemanario La Difesa della Razza (La defensa de la raza), subsidiada por el Estado italiano. Pero la corriente predominante en la antropología italiana era la que sostenía la tesis de la raza mediterránea, diferente a la aria.
Otros miembros del Eje también se sumaron a la ideología racista, cada uno aplicándolo de un modo elástico a su propia conveniencia. Los gobiernos de ultraderecha en Rumania, Hungría y Croacia, así como los letones y estonios colaboracionistas, se las ingeniaron para hacer grandes acrobacias argumentales. El nazismo los precisaba como aliados y todos ellos compartieron su antisemitismo y rechazo a los gitanos, pero elaboraron variantes locales. Los croatas agregaron a los serbios a la lista de los rechazados; los rumanos y los magiares se miraron con suspicacias; en tanto que los estonios y letones fueron además antirrusos. Movimientos inspirados en el fascismo como la Guardia de Hierro de Codreanu, y la Ustasha croata, pusieron un gran empeño en un antisemitismo que solía superar al de la SS. Pero también inventaron, como fue el caso de la Ustasha, la categoría de "arios honoríficos" para salvar la situación de unos pocos de sus miembros que tenían orígenes judíos. 
Toda la ingeniería social del nazismo apuntaba al exterminio de millones de personas a las que en su taxonomía racista ubicaban como "indeseables" o "infrahumanos". Pero a pesar de todos sus intentos por justificarse, es claro que eran concientes de cometer un asesinato en masa: no se atrevieron a decirlo abiertamente, ni siquiera en la Conferencia de Wannsee, ni tampoco Hitler dejaba órdenes por escrito, siendo todas de carácter verbal. Como todo colectivismo, se impuso una visión rígida, estrecha, miserable y aborrecible de la existencia humana.

Anton Weiss-Bendt, Rory Yeomans et al., Racial Science in Hitler's New Europe, 1938-1945. Lincoln, University of Nebraska Press, 2013. 

sábado, 17 de febrero de 2018

"Hot Books in the Cold War", de Alfred Reisch.

Con la imposición de regímenes socialistas en Europa central y oriental, tras la "cortina de hierro", las democracias de Occidente buscaron formas de hacer llegar información a través de folletos y libros, horadando la rígida censura. La guerra fría fue un enfrentamiento en todos los terrenos, no sólo político y militar, sino que fundaba en el campo de las ideas y se extendía hacia las artes, los deportes, la ciencia y el entretenimiento. 
En esa gélida pugna los libros tuvieron un lugar central, pero ¿cómo hacerlos llegar a destino, sin que cayeran en manos de los censores? Desde la CIA se utilizaron métodos de distribución de folletos a la población general, enviando globos a Checoslovaquia, Polonia y Hungría, con material traducido a las lenguas locales. Fueron las operaciones Prospero (1953) y Veto (1954) para Checoslovaquia, a donde fueron enviados unos cincuenta millones de folletos; Operación Focus para Hungría, en 1953-54, unos dieciséis millones; y Operación Spotlight, en Polonia, en 1955, con apenas 260 mil. Los aviones checos derribaban en el aire a estos globos, y se prohibía estrictamente a la población a que tomara y leyera esos textos. Los gobiernos de Europa Oriental y la URSS exigían el cese de envío de estos materiales a sus pares de Estados Unidos y la República Federal Alemana -desde donde se lanzaban-. De la impresión se encargaba Free Europe Press, ubicada en Munich y financiada por Estados Unidos, con el objetivo de que su producción bibliográfica fuera 
un ariete mental contra el totalitarismo.
Globos lanzados desde Alemania hacia Europa Oriental
Pero el programa se orientó, luego, al envío de libros a personas que pudieran influir en el desarrollo futuro de los acontecimientos, extendiendo el área a Rumania y Bulgaria. Estos textos se enviaban desde diferentes puntos de Europa, incluso países neutrales como Suiza y Suecia, para escapar a la suspicacia de los servicios de inteligencia, con remitentes falsos y aparentemente inocentes. Se enviaban libros sobre la vida en Occidente, de otras corrientes del marxismo -Rosa Luxemburgo, Jean Paul Sartre, Milovan Djilas-, autores no marxistas como Raymond Aron, André Malraux, Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Ionesco, Pasternak y Czesław Miłosz, clásicos como 1984 de George Orwell -cuya crítica era, precisamente, al stalinismo- o bien el célebre informe de Nikita Jruschov sobre
los crímenes cometidos por Stalin. 
Boris Pasternak
Se buscaba crear fisuras, dudas y disidencias en las élites de Europa oriental, apuntando a académicos y políticos. También se les enviaba información sobre las novedades en los terrenos del arte, la filosofía, arquitectura, tecnología y ciencias, cuestiones vedadas por los estrictos criterios oficiales del marxismo-leninismo. En la atmósfera estéril que impregnaba al socialismo real, faltaba el pensamiento humanista que tan vigorosamente había recorrido durante siglos a toda Europa, y del que habían sido protagonistas grandes intelectuales polacos, checos, húngaros... Ese espíritu humanista que había caracterizado los años de Masaryk y Beneš durante la Primera República Checoslovaca, estaba clausurado y se mantenía oculto por su carácter "burgués". El zhdanovismo, ese stalinismo brutal que impuso su sello en la cultura, estaba embruteciendo a quienes ostentaban títulos académicos.
Cuando en los años sesenta se dio a conocer que Free Europe Press y Radio Free Europe estaban siendo financiados por la CIA desde los inicios, el programa de libros fue transferido a entidades ficticias como la International Advisory Council, que después se fusionó con Radio Liberty. Cambió, entonces, el nombre por International Literary Center. Ambas entidades fueron dirigidas por George Minden -nacido en Rumania, educado en Cambridge y que años después obtuvo la ciudadanía estadounidense- hasta 1991. El autor, Alfred Reisch, fue parte de este proyecto, por lo que en las páginas hay colorido, humanidad, intensidad y nostalgia.
Los libros eran enviados a instituciones académicas, bibliotecas y personalidades de la cultura y la ciencia: entre ellos, el dramaturgo Václav Havel y el cardenal polaco Karół Wojtiła... La recepción de los envíos dependía en gran medida de la censura de los regímenes socialistas pero que, a su vez, los libros incautados llegaban a circular en el mercado negro. El impacto de cada libro se multiplicaba, ya que los lectores los prestaban y hacían circular en sus círculos, y algunos llegaban a ser reseñados en revistas literarias. Los partidos comunistas hacían frecuentes campañas advirtiendo sobre los libros extranjeros "hostiles" y las "cartas subversivas" que podían llegar, solicitando a la población que las entregara. Los correos y censores participaron en este rol de impedir el acceso a la literatura externa, aunque esto variaba en cada país, siendo los más estrictos Rumania y los tres países bálticos, que formaban parte de la URSS. Se estima que entre los años 50 hasta los 70, más de dos millones y medio de libros fueron enviados a Europa Oriental, ya sea por correo o a través de personas que los entregaron personalmente. De los años posteriores aún no hay datos certeros, ya que mucha documentación todavía no ha sido desclasificada. El objetivo era resquebrajar el pensamiento único impuesto por el marxismo-leninismo, y de ese modo saltar por sobre la cortina de hierro. 
El proyecto se desactivó en septiembre de 1991, cuando ya se habían celebrado elecciones libres y democráticas en Europa Oriental, y la URSS daba señales claras de su inminente descomposición.

Alfred Reisch, Hot Books in the Cold War: The CIA-Funded Secret Western Book Distribution Program behind the Iron Curtain. Budapest, Central European University Press, 2013.