sábado, 14 de noviembre de 2015

"Foreign Cults in Rome", de Eric M. Orlin.

Roma, una de nuestras fuentes de civilización, se nos presenta como un extraño universo religioso, muy distante a lo que hoy concebimos. A su historia de diferentes regímenes políticos y la expansión por el Mediterráneo, debemos agregarle la sedimentación e incorporación de expresiones religiosas de culturas a las que absorbieron en su órbita. La idea del "panteón", en donde incorporaban a las deidades de los pueblos conquistados, no es del todo exacta y obedece a circunstancias políticas e históricas, pero no a un sistema de sumas sin criterio alguno.
Afirma Eric Orlin que hubo una romanización de los cultos incorporados, de adopción y adaptación de los ritos y concepciones. Asimismo, hubo un criterio de estrategia política al sumar deidades de pueblos vecinos o bien lejanos, atendiendo a las alianzas militares. La cosmovisión romana estaba fundada en la pax deorum, la armonía entre los dioses y los humanos, que podía romperse por circunstancias terrestres y enmendarse con ritos y expiaciones. 
Estos cambios en las creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculados a la transformación de la ciudad-Estado en un imperio mediterráneo, forjada a lo largo de varios enfrentamientos militares. La segunda guerra púnica, librada en la península itálica, fue uno de los eslabones clave para el desarrollo de una concepción religiosa en la que se incorporaron y adoptaron otras expresiones del culto. 
Como ejemplos de estas integraciones, caben destacarse las diferentes formas de culto a Venus, a Juno, y la adopción de la Magna Mater. En algunos casos, se sumaban también sacerdotes extranjeros, como los harúspices etruscos o los galli frigios, que oficiaban en torno a la Magna Mater. Los harúspices eran reconocidos por su especialidad en comprender ciertos prodigios que señalaban la ruptura de la pax deorum. Sus consejos eran especialmente tenidos en cuenta cuando había lluvia de meteoritos o nacimientos de niños hermafroditas, aunque la palabra última sobre qué era -y qué no era- un prodigio, estaba en manos del Senado. Los galli, en cambio, se mantenían aparte de la comunidad romana por su carácter de eunucos y sus ceremonias, aunque la élite romana formó sodalitates para participar en las ceremonias a la Magna Mater, que tenía su templo en el monte capitolino.
Y es que la élite gobernante tuvo presente el concepto de la romanidad, procurando establecer los límites de la misma, aun cuando fue incorporando al populus romanus a otros pueblos a lo largo de las centurias.
Los ludi, los juegos, formaban parte de este despliegue de creencias, siempre en honor a una deidad y con una regularidad ya establecida en los calendarios. Y para que los ciudadanos romanos que vivían allende el ager romanus pudieran participar, se extendieron por más días, a fin de sumar su presencia en estas ceremonias que ayudaban a configurar la idea de la romanitas.
El libro, pues, nos adentra en una perspectiva diferente y rica a la vida romana, nos aporta una luz sobre la complejidad de sus relaciones y en cómo se fue adaptando y recreando en su historia para conformar uno de los imperios que más huella han dejado en la historia de la humanidad.

Eric M. Orlin, Foreign Cults in Rome: Creating a Roman Empire. New York, Oxford University Press, 2010.

martes, 20 de octubre de 2015

"The Khmer Rouge", de Boraden Nhem.

La extensa y singularmente cruel guerra civil en Camboya, país en el que se impuso el régimen de Pol Pot entre 1975 y 1979, puede parecer un capítulo marginal en el gran escenario de la guerra fría. No obstante, y si bien los principales actores del enfrentamiento planetario no estuvieron directamente involucrados en los sucesos de Camboya, esta guerra civil no puede comprendida sin tener en cuenta que simultáneamente se desarrolló la guerra de Vietnam, la rivalidad entre Unión Soviética y la República Popular China y la intervención de Estados Unidos en Asia Sudoriental para contener al comunismo, de acuerdo a la teoría del dominó formulada por Dwight Eisenhower.
El teniente coronel Boraden Nhem tiene una aproximación novedosa al fenómeno del llamado Khmer Rouge, trazando el itinerario de sus líderes y cómo se camufló durante años, sosteniendo que apoyaba la restauración monárquica del príncipe Norodom Sihanouk.
Sihanouk procuró, como Jefe de Estado de Camboya, mantener la neutralidad de su país en la guerra del Sudeste asiático, llegando incluso a cortar relaciones con Estados Unidos por algunos años. Esta intención de equidistancia lo llevó a buscar relaciones fluidas con la Unión Soviética, la República Popular China, Francia y los dos Vietnam. Por su enorme prestigio y popularidad, los partidos camboyanos evitaban cuestionarlo, pero en 1970 se produjo el golpe de Estado del entonces primer ministro Lon Nol, que estableció la República de Camboya.
Ahí es cuando empezó a cobrar relevancia el Khmer Rouge. Hasta entonces, el término "Khmer Rouge" englobaba a todas las corrientes de izquierda en Camboya, así como el "Khmer Bleu" a los partidos del centro y derecha. El principal partido de la izquierda era el Partido Revolucionario del Pueblo Camboyano, en el que estaba Pol Pot -su verdadero nombre era Saloth Sar- como un miembro más. Esta izquierda apoyó la restauración de Sihanouk a partir de 1970, escudándose en la popularidad del monarca derrocado que vivía en el exilio. Se formó el Gouvernment Royal d'Union Nationale du Kampuchea (GRUNK), en cuyo nombre actuaban los líderes del Khmer Rouge en el terreno, combatiendo a Lon Nol. A Sihanouk no lo dejaban retornar a Camboya, ni aun a los territorios controlados por el GRUNK, por lo que ignoraba la situación en Camboya. 
Cuando la ciudad capital, Phnom Penh, es tomada en 1975, el Khmer Rouge demostró su verdadero rostro. Pol Pot mandó a abandonar la ciudad a más de un millón de habitantes el 17 de abril, instalándolos en pequeñas aldeas agrícolas. La ciudad quedó habitada únicamente por el gobierno de Kampuchea Democrática, y el retornado Sihanouk quedó detenido en el palacio. Curiosamente, por intervención de Mao el monarca no fue enviado a los campos de trabajo, en donde hubiera muerto.
Se instaló uno de los regímenes más demenciales de la historia humana, con uno de los experimentos más crueles de la ingeniería social inspirada en el marxismo. Aun cuando Marx hubiera renegado de esta aberración de una utopía agraria, buena parte de la izquierda ya había abandonado la vieja concepción decimonónica de la sociedad hiperindustrial proletaria por la de la nostalgia igualitaria bucólico-rousseauniana, poniendo en evidencia la fragilidad conceptual de esta corriente ideológica. El régimen de Pol Pot abolió la propiedad, la familia, el dinero, la religión, las costumbres ancestrales y el sistema judicial. Prohibió la lectura, el uso de gafas, las joyas, el esmalte de uñas y el uso de otras lenguas. Como no había un sistema legal y judicial, las autoridades locales aplicaban la pena de muerte ante cualquier desviación o por arbitrariedad. En el centro de detención S-21 se aplicaba sistemáticamente la tortura. Duch, encargado de esa sección, sacaba las confesiones más absurdas a sus detenidos, que llegaban a afirmar que eran agentes de la CIA, KGB y Vietnam simultáneamente. Asesinaron profesionales, ex funcionarios, ex policías y militares, científicos, técnicos y sacerdotes. Quisieron crear, como los jacobinos, una nueva humanidad borrando el pasado y a quienes se habían formado en ese pretérito.
Expresión de este corte completo con el pasado fue la utilización de niños como soldados, ya que no estaban "contaminados" por el capitalismo...
Impuso, también, un severo sistema de planificación agrícola totalmente voluntarista, exigiendo una producción de arroz muy superior a las posibilidades y sin uso de maquinaria agrícola. En 1977, por primera vez Pol Pot habló de la existencia del Partido Comunista de Camboya, cuya fecha de creación remontaba a 1960. Hasta entonces, sólo se hablaba de la "organización" (angkar, en jmer). Máquina de guerra, carecía de elementos intelectuales que le permitieran desarrollar una administración y, mucho menos, una estrategia diplomática y militar en tanto Estado. De allí el error de Pol Pot de provocar una guerra con Vietnam, que lo superaba en número y organización. El autor sostiene que los líderes de este movimiento eran profundamente anti-vietnamitas, por lo que ese empecinamiento fue el que los llevó al colapso con el país vecino.  
La República Socialista de Vietnam invadió Camboya y estableció la República Popular de Camboya, por lo que el Khmer Rouge volvió a la lucha de guerrillas en la jungla. El príncipe Sihanouk organizó su propia milicia y movimiento, ANS y FUNCINPEC, respectivamente. Pero ambos estaban sostenidos por la República Popular China, que quería impedir el fortalecimiento de Vietnam en tanto aliado a la URSS en la región meridional, con lo que continuó la guerra civil en el país de los jmers.
El fin llegó con los aires de perestroika: Gorbachov comenzó a quitar asistencia militar a Vietnam, que terminó de retirar sus tropas en 1988. El primer ministro Hun Sen y el príncipe Sihanouk comenzaron a reunirse en Francia, hasta llegar a los acuerdos de París de 1991 con el apoyo de la ONU. El Khmer Rouge se quedó sin apoyo militar de la República Popular China, por lo que intentó participar en el proceso de paz. La UNTAC, administración transitoria para Camboya, cuyo representante era el diplomático japonés Yasushi Akashi procuró que todas las partes se presentaran a elecciones. No obstante, Pol Pot y su grupo sabían que no sólo eran rechazados por sus crímenes, sino que además iban a ser juzgados por ello. Ya sin los vietnamitas en suelo camboyano, el Khmer Rouge había perdido su última razón de ser contra el invasor.
En las elecciones de 1993, los monárquicos ganaron la elección, seguidos por los antiguos partidarios de la República Popular de Camboya, ahora llamados Partido del Pueblo de Camboya. La consecuencia fue un gobierno de coalición y la restauración de la monarquía, con el rey Sihanouk. El complejo sistema de transición creaba dos primeros ministros que debían actuar coordinadamente: el primer primer ministro fue Norodom Ranariddh, de FUNCINPEC, y el segundo primer ministro Hun Sen, del PPC.
El Khmer Rouge, portador de una ideología derrotada y odiado por sus crímenes aberrantes, se embarcó en actividades de secuestros, contrabando y robos. La ironía es que aquellos que habían abolido el dinero, ahora se convertían en traficantes. La antigua e iluminada "vanguardia del proletariado" se había transformado en una banda de lumpenproletarios en la frontera con Thailandia.
Para derrotar al Khmer Rouge, el gobierno del primer ministro Hun Sen llevó adelante una política de "win-win", con el que dividió, aisló a los líderes del movimiento, e integró a los elementos con los que se podía negociar. Esto desató una ola de violencia dentro del Khmer Rouge, ya que Pol Pot y sus partidarios de línea dura se sentían cada vez más aislados ante el resquebrajamiento por la política de integración. Cuando el gobierno de Camboya presentó ante la Asamblea General de la ONU el proyecto de juzgar los crímenes cometidos durante el régimen comunista de Pol Pot, aumentó la desesperación de los antiguos jerarcas. Pero Pol Pot murió en 1998, oculto en la selva, quizás por un infarto o bien por suicidio.
Si bien Pol Pot murió en la selva sin llegar a ser juzgado por sus crímenes, sí lo fueron varios de los líderes del Khmer Rouge, como está ocurriendo con Khieu Samphan y Nuon Chea. Ambos ya fueron declarados culpables por la marcha forzada de Phnom Penh en 1975, y ahora están siendo juzgados por genocidio contra la minoría cham.
Un extenso y doloroso camino el de los camboyanos, hasta alcanzar no sólo su independencia como nación, sino la transición hacia la democracia y la economía de mercado en una atmósfera de paz, justicia y reconciliación. El libro es un excelente e inteligente relato sobre el experimento social del Khmer Rouge, su fracaso hasta llegar al abismo más profundo del crimen sistemático.

Boraden Nhem, The Khmer Rouge: Ideology, Militarism, and the Revolution That Consumed a Generation. Santa Barbara, Praeger, 2013.

domingo, 27 de septiembre de 2015

"Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990" (¿Revolución constitucional o existencial? Václav Havel y la Asamblea Federal 1989/1990), de Jiří Suk.

Cuando comenzó el inesperado proceso de transición a la sociedad abierta en -la desaparecida- Checoslovaquia socialista, los grupos disidentes checos se organizaron en el movimiento Foro Cívico, en tanto que sus pares eslovacos en la Opinión Pública Contra la Violencia. Dado que la parte checa reunía a dos tercios de la población, y la capital se hallaba en Praga, el protagonismo del Foro Cívico fue fundamental en la demolición del sistema del socialismo real. Asimismo, la posición de liderazgo del FC fue ejercida por el dramaturgo y ensayista disidente Václav Havel quien, curiosamente, era un escéptico de las organizaciones jerárquicas y de los partidos políticos. Pero su renombre internacional lo colocó en el centro de la escena.
El 10 de diciembre de 1989 asumió un gobierno de comprensión nacional del FC, la OPCV y el Partido Comunista, en el que hubo ministros de estas expresiones políticas. Cobró especial relevancia, hasta los comicios generales de junio de 1990, la Asamblea Federal de Checoslovaquia, a la que ingresaron por un complejo proceso de revocatoria de mandatos de más de un centenar de diputados comunistas, negociación y cooptación a través del mecanismo de la Mesa Redonda. De este modo, y de un modo no convencional, la Asamblea Federal tuvo diputados de los movimientos disidentes y transformaron a este parlamento en el escenario de vivas discusiones constitucionales.
Jiří Suk, reconocido especialista en la revolución de terciopelo e investigador en el Instituto de Historia Contemporánea de la Academia de Ciencias de la República Checa, se abocó al debate en torno a la nueva denominación del país. Václav Havel, presidente desde fines de diciembre de 1989, entendió que debía hacerse una profunda transformación desde el plano simbólico, y por consiguiente propuso el cambio de nombre de la República Socialista Checoslovaca por el de República Checoslovaca, el mismo del período de entreguerras. Así, buscaba conectarse con el pretérito de la presidencia de T. G. Masaryk, liberal y humanista. No obstante, y para su sorpresa, los eslovacos insistieron en un cambio de denominación que los contuviera. La primera propuesta fue "Federación Checo-Eslovaca", luego "República Checo-Eslovaca", en lo que se conoció como la "guerra del guión". Y es que el checoslovaquismo fue pragocéntrico, por lo que el retorno a ese antiguo nombre significaba la pérdida de toda posibilidad de autonomía e identidad para Eslovaquia.
Era este un asunto delicado en la historia del país, ya que Eslovaquia gozó de una "independencia" breve gracias a la ocupación alemana al territorio checo en 1939, conformando el "Protectorado de Bohemia y Moravia", en tanto que Eslovaquia se formó como un Estado independiente, aliado al Eje. Y en los años del socialismo real, específicamente en los de la "normalización" posterior a 1968, Eslovaquia fue la sede de grandes inversiones en el área de la industria armamentista. Finalmente, se arribó a la fórmula de transacción de República Federativa Checo-Eslovaca.
Suk divide su libro en dos partes: la primera, los debates de carácter constitucional y simbólicos; en la segunda, aporta una serie de documentos que se encuentran en los archivos del Instituto de Historia Contemporánea. Una vez más, brinda valiosos aportes a la comprensión de uno de los momentos históricos más ricos e interesantes de fines del siglo XX.

Jiří Suk, Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990. Praga, Ústav pro Soudobé Dějiny2014.

jueves, 24 de septiembre de 2015

"Party Colonisation of the Media in Central and Eastern Europe", de Péter Bajomi-Lázár.

El desplome de la Unión Soviética y la desaparición de los regímenes socialistas en Europa Oriental, fue reemplazado por un paisaje con varias democracias liberales en esa región. El autor explora cómo ha sido la relación de los gobiernos con los medios de comunicación tras la desaparición de las leyes y mecanismos de censura, así como de la privatización de la prensa. Se centra en cinco países: Hungría, Polonia, Estonia, Bulgaria y Rumania. 
Péter Bajomi-Lázár toma las tres condiciones elementales que señalan los transitólogos para la consolidación de democracias liberales, a saber: la condición institucional; la condición de comportamiento de los actores políticos, que asumen que los valores e instituciones democráticas son legítimas; y la condición actitudinal de los ciudadanos, que también se comprometen con esos valores. A esto, entonces, el autor añade cuatro condiciones más para la libertad de prensa: la condición profesional -luego de decenios en los que los periodistas se comportaron como "soldados del partido"-; la condición empresarial, en la que los propietarios buscan ganar dinero y no establecer una agenda política; la condición económica, en la que al tener una gran cantidad de anunciantes que no sean del Estado, le brinda independencia a los medios con respecto al poder político; y la condición externa, en la que los medios sirven como contrapeso.
El autor se concentra en la colonización partidaria de los medios públicos de comunicación, ya que utilizan fondos de los contribuyentes para sus propios fines, sin transparencia, lo que lo diferencia de los medios que estrictamente responden a los partidos.
El primer caso analizado es el de Hungría, que se desembarazó del socialismo a fines de 1989 y tuvo sus primeras elecciones libres y pluralistas en 1990. A partir de entonces, encontramos una diferenciación entre izquierda y derecha, en la que la primera se presenta como liberal y orientada hacia la economía de mercado, y la otra de carácter nacionalista y estatista, con fuerte acento en la religión. Asimismo, hay representación parlamentaria de la ultraderecha, en tanto que el Partido de los Trabajadores (extrema izquierda) no ha logrado pasar el umbral mínimo de votos para tener escaños. Pero la apertura de los medios comenzó antes, en 1986, en tiempos en que el deshielo de la Perestroika y Glasnost también llegaban a tierras magiares. Este proceso se aceleró en la etapa de transición, con un proceso de auto-privatización de los medios, que a fines de 1991 alcanzó a estar en un 70% en propiedad de inversores extranjeros. No obstante, el primer gobierno electo por las urnas, de signo demócrata-cristiano y conservador, intentó ejercer cierto control sobre los medios, desplazando periodistas independientes y volviendo a nacionalizar algunos medios. A pesar de la orientación favorable al gobierno en la radio y televisión húngara oficial, en 1994 triunfó el Partido Socialista -una buena prueba, una vez más, de que la posesión de los medios de comunicación no necesariamente tuerce a la opinión pública-, que formó una coalición con los liberales. En su etapa inicial, el gobierno de Gyula Horn comenzó su propia colonización de los medios, removiendo periodistas y programas, en tanto que después abandonó esta práctica. Un cambio fundamental que se vivió en los años de la transición, fue que los partidos contrataron a especialistas occidentales en comunicación que introdujeron técnicas de marketing político, con lo que las fuerzas políticas dejaron de intentar manipular los hechos para acomodarlos a una "verdad" oficial y se concentraron en conocer a la opinión pública. Durante el primer gobierno de Viktor Orbán se intentó remover a todos los periodistas no oficialistas, bajo el argumento de que todavía estaba vigente una red comunista. Tras este período, le sucedieron dos gobiernos de coalición de socialistas y liberales, pero Viktor Orbán retornó a la jefatura de Gobierno en 2010, una coalición que alcanza a los dos tercios del parlamento. Con esta aplastante mayoría, reformó las leyes, los boards de los medios de comunicación estatales y de las autoridades en la materia. Es de este modo que el discurso de los medios oficiales está enfocado en la defensa del cristianismo y la concepción tradicional de la familia. Los programas de la Televisión Húngara son provistos por productores vinculados al partido Fidesz, del primer ministro Orbán. A personas próximas al gobierno se le otorgaron licencias de radio, que además reciben importantes pautas publicitarias del gobierno, sus agencias y empresas. En la comparación entre Gyula Horn y Viktor Orbán queda claro, entonces, que en los gobiernos de signo conservador-democristiano no ha reinado el pluralismo en los medios, se volcaron los recursos únicamente hacia aquellos que eran favorables al gobierno y se confrontó con otras corrientes de pensamiento. Es por ello que en los índices de Freedom House, Hungría ha ido cayendo en sus posiciones de libertad de prensa, hasta ser considerado un país "parcialmente libre".
Otro país analizado, Bulgaria, tuvo su primer gobierno post-comunista en 1997 cuando Ivan Kostov, de la Unión de Fuerzas Democráticas, fue electo primer ministro. El Partido Socialista, ex comunista, había gobernado hasta entonces tras desembarazarse de las figuras más cuestionadas. Lo cierto es que durante el gobierno de Kostov hubo desplazamiento de periodistas a los que se identificaba con el Partido Socialista. Pero cabe añadir que en Bulgaria nunca hubo una tradición de periodismo independiente, ya que no tuvo momentos de democracia liberal y su historia está marcada por una sucesión de regímenes autoritarios: el Imperio Otomano durante varios siglos, luego la participación búlgara en las dos guerras mundiales en alianza con Alemania, y luego el dominio soviético. Durante el periodo de gobierno de Simeón II (el ex monarca convertido en primer ministro) se crearon organismos para darle mayor independencia a los medios oficiales, como el Consejo de Medios Electrónicos; no obstante, estos funcionarios son elegidos por simple mayoría parlamentaria, por lo que responden a la fuerza gobernante. Simeón II, acostumbrado a la vida en Europa occidental, aceptaba de buena manera las críticas que se formulaban en los medios a su gobierno, a diferencia de sus antecesores, ni tampoco hizo diferencias entre sus partidarios y los opositores. De este modo, logró reducir las tensiones de la polarización en la sociedad búlgara. Y es que, habiendo sido Rey de Bulgaria antes del golpe de Estado comunista, buscaba actuar como un factor de moderación y unidad imbuido del espíritu de las monarquías parlamentarias europeas aunque ahora actuaba como primer ministro, incluyendo a los socialistas (ex comunistas). Pero un gran problema de Bulgaria, es que la antigua élite comunista -sobre todo los que formaron parte de los organismos de seguridad- se transformó en una red de empresarios de características mafiosas, que trabaja estrechamente con el crimen organizado. De modo que las fuerzas democráticas y la sociedad civil son frágiles para contrarrestar a los viejos círculos.
Otro escenario es el de Polonia, en donde se analizan los períodos de Leszek Miller y Marek Belka (izquierda, 2001-2005) y de Kazimierz Marcinkiewicz y Jarosław Kaczyński (derecha, 2005-2007). Pero la izquierda socialdemócrata polaca, que en gran parte fueron miembros del comunismo, es de carácter europeísta y abierta a la integración y la modernidad. Si bien en los índices internacionales de Freedom House y Reporters Without Borders los dos períodos son de libertad, en el segundo gobierno bajó algunas posiciones. En este país, la presencia de la Iglesia Católica con sus propios medios de comunicación y fuerte influencia en algunos partidos, le dan un fuerte carácter local que lo diferencia de sus vecinos. Para el autor, la Radio Maryja sostiene un discurso nacionalista, tradicional y anti-europeo, y las licencias de radio fueron obtenidas por el lobby ejercido por la Iglesia, asociada a los partidos de derecha. Todos los analistas coinciden, unánimemente, en que la Televisión Polaca está hiperpolitizada y que cada gobierno, de distintos signos políticos, ha instalado a su propia gente en los directorios de los medios públicos. Pero fue en el período de Marcinkiewicz-Kaczyński en el que se apuntó contra los "enemigos": alemanes, rusos, judíos y funcionarios del gobierno anterior, a los que se refirieron como "traidores" al servicio de Moscú y Bruselas... En el caso polaco, por consiguiente, en el período Miller-Belka hubo colonización partidista de los medios oficiales, pero no se estableció una agenda ideológica ni hubo exclusión de la oposición, lo que sí ocurrió en el de Marcinkiewicz-Kaczyński. 
En el ejemplo rumano, la transición a la sociedad abierta fue más lenta por el protagonismo que tuvo la antigua nomenklatura en las posiciones gubernamentales y empresariales después de 1989. Hay un notorio subdesarrollo en la calidad de los medios de comunicación, una fuerte identificación con los partidos existentes y claras rupturas con la ética periodística. El autor subraya que las escuelas de formación periodística carecen del rigor necesario, y que son pocos los que tienen formación universitaria. Si bien se han abierto las puertas a la inversión extranjera en este campo, los medios deben tener presencia local, por lo que su calidad es baja en comparación con la del resto del continente. Asimismo, la prensa gráfica es extremadamente voluble a las presiones directas o indirectas del poder, ya que la publicidad es escasa y depende mayormente de las pautas oficiales, sobre todo en tiempos electorales.
Muy diferente es el escenario en Eslovenia, en donde los medios y los periodistas no están al servicio de partidos y gobiernos. Se destaca el alto grado de profesionalismo y pluralismo en un país estable en sus instituciones y que no tiene conflictos de carácter étnico y religioso. No obstante, también ha habido casos de favoritismo en la venta de publicidad de las agencias y empresas estatales para los diarios próximos al gobierno de turno, en particular durante los dos gobiernos de centro-derecha del ex primer ministro Janez Janša.
Si bien gracias a la incorporación a la Unión Europea se han adoptado leyes y procedimientos democráticos y pluralistas, aún resta un largo camino por recorrer en la aceptación de estas prácticas entre los partidos, líderes políticos y ciudadanos en general. El peso del pretérito reciente se hace sentir, sobre todo en aquellos países en donde las transiciones fueron llevadas adelante por las viejas nomenklaturas -Bulgaria, Rumania-, o en donde persisten los viejos clivajes que dividen a las sociedades desde mucho antes de la segunda o, incluso, primera guerra mundial.

Péter Bajomi-Lázár, Party Colonisation of the Media in Central and Eastern Europe. New York, Central European University Press, 2014.

martes, 15 de septiembre de 2015

"Before Orientalism", de Kim M. Phillips.

Los viajes de europeos medievales hacia el Oriente, tierras de fantasía, monstruos y reinos exóticos, fue un género que despertó la curiosidad de los lectores durante generaciones. El nombre de Marco Polo sigue resonando a través de los siglos, como un ejemplo de aquellos que se adentraron en el vasto continente asiático, lleno de peligros y maravillas. 
En este texto, la historiadora medievalista Kim Phillips recorre lo que nos legaron aquellos viajeros en sus relatos, trazando similitudes entre ellos, así como distinguiéndolos netamente de las narrativas de los tiempos coloniales posteriores. Comienza desarticulando y estableciendo los límites del "orientalismo" conceptualizado por Edward Said, una construcción intelectual maniquea que, deliberadamente, dejó a un costado aquellos enfoques y estudios que no encajaban en su teoría. Pero el libro de Phillips es previo a la expansión colonial europea, es anterior a muchos estereotipos racistas e imperialistas que fueron elaborados a partir del siglo XVIII para justificar las conquistas militares. Y es, por consiguiente, de enorme interés.
Toma los textos de monjes -Giovanni de Pian di Carpine, Willem van Ruysbroeck, Ricold de Monte Croce, Giovanni de Marignolli y Odorico de Pordenone- o mercaderes -Francesco Balducci Pegolotti, Marco Polo, Niccolo dei Conti-. Algunos de ellos fueron enviados por el Papa; otros, como Ruy González de Clavijo, por el rey Enrique III de Castilla. Otros textos que circularon fueron escritos por falsos viajeros, como Sir John Mandeville, a la vez que se divulgó la carta del Preste Juan, un personaje legendario que tantas fantasías despertó en el mundo cristiano, al suponer que había un par con las mismas creencias en Asia.
Las temáticas que abordó Phillips son variadas y reveladoras: las comidas y las costumbres alimenticias, las mujeres, el sexo, el cuerpo, los monstruos que habitan los márgenes -blemios, monópodos y cíclopes, por ejemplo, a los que la imaginación europea ubicaba en la isla de Taprobana-. Es de remarcar que la actitud de estos europeos no fue la observación desde el atalaya de la superioridad, sino la de hallar un mundo no cristiano pero en el que había otras civilizaciones, siendo de especial relevancia la admiración que despertaba China en tiempos de la dinastía mongola Yuan. 
Los mongoles fueron observados con interés por sus capacidades militares y costumbres, algunas de ellas en abierto contraste con los hábitos europeos. Pero lejos de despertar la repulsa generalizada, autores como Hetoum de Armenia buscaron despertar simpatía por este pueblo, ya que el objetivo político era trazar un puente de comunicación con la Cristiandad para enfrentar juntos al Islam.
La aproximación crítica a estas fuentes es digna de ser subrayada, porque muchos de estos autores no escribieron de primera mano estos textos, sino a través de escribas que agregaron descripciones de su propio cuño, como fue el caso con Marco Polo. 
Lo remarcable de este libro, entonces, es que nos brinda una visión muy diferente a la que los europeos tuvieron sobre el Oriente en los siglos XVIII y XIX, cuando buscaron justificar la expansión colonial en nombre de la supuesta superioridad intelectual y física del hombre blanco. Porque ni siquiera se intentó justificar una conquista militar en nombre de la religión, como hubiera sido de esperar en tiempos medievales. Y es que estos misioneros, emisarios y mercaderes eran conscientes de la gran capacidad militar de los pueblos asiáticos, del desarrollo social y tecnológico de China, del poderoso despliegue de energías que estaba en ebullición en el Oriente.

Kim M. Phillips, Before Orientalism: Asian Peoples and Cultures in European Travel Writing, 1245-1510. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2014.

sábado, 29 de agosto de 2015

"Ovejas negras", de Roberto Di Stefano.

Historiador del desarrollo de la Iglesia Católica en Argentina, Di Stefano inevitablemente se fue topando en sus investigaciones con las expresiones desafiantes, ya desde tiempos coloniales hasta mitades del siglo XX. En consecuencia, con esa valiosa documentación disponible emprendió este valioso libro sobre los anticlericales argentinos, ya desde aquellos que se apartaron de los caminos de la ortodoxia y ortopraxia católica, pasando por la de los blasfemos e idólatras, hasta llegar a los procesos de secularización que en la segunda mitad de la centuria decimonónica impulsaron los sectores liberales en el gobierno.
El mapa que uno podía suponer de homogeneidad y estricta observancia del catolicismo en tiempos coloniales, Di Stefano lo desbarata y nos presenta un mundo insospechado de herejías, apostasías, blasfemias y presencia viva de prácticas precoloniales. 
La emancipación abrió las puertas a las libertades, ya que la Iglesia, en tanto pilar de la monarquía cristiana española, también tuvo partidarios entre el clero. Fue la reforma eclesiástica del ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, la que provocó los grandes debates y cruce de diatribas en la activa prensa local, repleta de pasquines incendiarios. Con Juan Manuel de Rosas en la gobernación, en cambio, la Iglesia encontró un remanso, a pesar de que seguía vigente el tratado con el Reino Unido de 1825, por el cual se permitía a los anglicanos la práctica de su culto en Buenos Aires. 
Con la organización constitucional de 1853, renacieron los debates legislativos, en la prensa, la tribuna y las calles. La Constitución reconocía la libertad de cultos, un derecho que despertó la ira de algunos convencionales constituyentes. Luego, los gobiernos fueron avanzando en un lento camino a la secularización, quitándoles el monopolio de los cementerios a la Iglesia Católica, estableciendo la ley 1420 de educación laica, creando el matrimonio civil y el registro civil, medidas que impulsaban el pluralismo religioso y la llegada de inmigrantes. En este clima, en el que figuras como Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre tomaron partido por el laicismo, el presidente Julio Roca debió incluso cortar las relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante dieciocho años. La orden iniciática masónica contó, en esos años, con miembros de la más alta relevancia política e intelectual en sus filas, como los mencionados Mitre y Sarmiento -que fueron grandes maestres-, así como Leandro Alem, José Hernández, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Francisco Barroetaveña, Marcelo T. de Alvear e Hipólito Yrigoyen, entre tantos otros en un amplio abanico de partidos y extracciones. No obstante, el último gran debate de los laicistas de esa generación tuvo lugar en 1902 cuando se discutió la ley de divorcio en el Congreso, que por dos votos no fue incorporado al código civil. Los congresos de librepensamiento eran frecuentes y auspiciados por las figuras más señeras hasta principios del siglo XX. Pero, a diferencia de lo que aconteció en la vecina República Oriental del Uruguay, no se llegó a separar Iglesia y Estado en el texto constitucional, tal como ya lo propugnaban algunas figuras de la política local.
Di Stefano plantea que, dada la gran masa inmigrante que seguía arribando a Argentina, hubo un cambio de paradigma en las élites gobernantes, que se reflejó en una recatolización del Estado. Hipótesis interesante y que merece ser abordada. Lo cierto es que en los años treinta, en entreguerras, el mito de la nación católica había alcanzado su apogeo: al Estado liberal y laico, lo reemplazaba la concepción de la Argentina católica, fuertemente impulsada por el nacionalismo.
Esa recatolización fue uno de los fundamentos del golpe de Estado de 1943, que por decreto restauró la educación religiosa en las escuelas, gracias al entonces ministro de Instrucción Pública Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo literario Hugo Wast, autor de libelos antisemitas. En su primera presidencia, Juan Domingo Perón la convirtió en ley; mas en su segundo y consecutivo período presidencial tuvo su conocido enfrentamiento con la Iglesia Católica, que lo llevó a promover la separación de Iglesia y Estado.
El último gran debate que Di Stefano señala en este contexto, fue el de la creación de las universidades privadas durante la presidencia de Arturo Frondizi, en las que muchas de las casas de altos estudios que habrían de surgir tenían un sello religioso. Aquella discusión, que hoy nos parece tan absurdo como distante, se vivió entonces con viva intensidad y ardor.
El libro es útil e inevitable para quien quiera conocer la historia argentina desde una perspectiva desde el mundo de las ideas, que son, en definitiva, los poderosos motores que mueven a la humanidad.

Roberto Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.

domingo, 23 de agosto de 2015

"Reorienting the East", de Martin Jacobs.

Durante  la Edad Media europea, algunos viajeros judíos se adentraron en las tierras bajo dominio musulmán en el Cercano Oriente, ya sea con el propósito de comerciar, o bien el de peregrinar a Jerusalem con fines religiosos. Lo interesante de estos periplos es que los judíos no se sentían plenamente parte de ninguno de los dos mundos que se encontraban en el Mediterráneo, el cristiano y el islámico, por lo que sus observadores entre los siglos XII y XVI expresaron sus visiones desde puntos de vista completamente diferentes a los que solemos hallar en viajeros como Marco Polo.
Utilizando las herramientas conceptuales de la otredad, Martin Jacobs incursiona con inteligencia y habilidad quirúrgica en los variados textos que nos han llegado, contando con un amplio abanico de viajeros y, por consiguiente, de perspectivas.
Así, nos encontramos con Benjamín de Tudela, judío español que añora los tiempos de Al Andalus, y que se maravilla con el mundo islámico del Cercano Oriente. O con el rabino Petahyah de Regensburg, ashkenazi, que viaja desde el centro de Europa hacia el Oriente, atravesando las llanuras de Rusia, la península de Crimea y el Cáucaso. Más tarde, con el comerciante Meshullam de Volterra, bastante integrado al estilo de vida italiano y que, como tal, desdeña las costumbres de árabes y judíos que observa en Oriente. Otros textos son de autores anónimos, o bien otros son correspondencia que, afortunadamente, llegó hasta nuestros días. El viajero llega al destino oriental e inevitablemente compara, juzga, selecciona de acuerdo a lo que conoce: los más, ponderan la convivencia de musulmanes y judíos -aunque con sus límites-, en contraste con la actitud de sospecha con la que vivían en la Europa cristiana. Y es que, a diferencia del cristianismo, el Islam sí tiene un espacio para los pueblos con creencias bíblicas, los dhimmi, que si bien debían llevar indumentaria distintiva y pagar la jizya -impuesto personal-, podían practicar el culto en un ámbito acotado. El cristianismo medieval, en cambio, sostenía la idea del deicidio como culpabilización colectiva al pueblo judío, legitimando las persecuciones y conversiones forzosas. Expresión de esto fue la prohibición de habitantes judíos en Jerusalem durante el reino cristiano latino de Jerusalem, disposición cancelada por Saladino tras su conquista de la ciudad. Asimismo, la tensión entre las tres grandes religiones se vivía en los lugares santos, aquellos en los que se solapaban las tradiciones. La actitud islámica, en términos generales, era más permisiva que la de los cristianos en tiempos de los cruzados.
Pero Martin Jacobs también arroja luz sobre otro aspecto fundamental: los judíos europeos observaban con asombro la prosperidad de las comunidades en Bagdad y Alejandría, lo que les brindaba un elemento de seguridad psicológica frente a la situación de amenaza que tenían en los reinos de Occidente. La certeza de que había un exilarca respetado en las antiguas latitudes de Babilonia -siglos antes del cristianismo y el islam-, servía de contrapeso ante las humillaciones cotidianas. Parte de esta certeza eran las leyendas en torno a las tribus perdidas, a las que imaginaciones fértiles ubicaban en la península arábiga, preservando su independencia y con cientos de miles de aguerridos miembros. Estos relatos, que David Reuveni llevó ante la corte portuguesa, animaron a los europeos a buscar aliados frente al común peligro otomano.
El encuentro con judíos no rabínicos como los caraítas y los samaritanos, también llevó a reflexionar sobre esos "otros" no tan distantes, y algunos viajeros los incluyeron dentro de su mundo imaginario, en tanto que la mayoría los clasificó fuera del mismo.
Las referencias a la Cristiandad y el Islam son, claramente, derogatorias: Jesús era "ese hombre" y el profeta Muhammad, "el loco". Los cristianos eran los "incircuncisos" y "edomitas", en tanto que los árabes, los "ismaelitas". Iglesias y mezquitas eran blasfemias, las peregrinaciones cristianas y musulmanas eran de personas confundidas. Pero eran lo suficientemente inteligentes para evitar estas expresiones en público, en un entorno que rápidamente podía volverse hostil, por lo que se mantenían en reserva y viajaban con bajo perfil.
El libro, entonces, nos presenta una mirada diferente sobre el Oriente próximo, distante en tiempo y en perspectiva de aquella que luego se impondrá en Occidente al construir un "otro" oriental pasivo, decadente, fatalista y atrasado.

Martin Jacobs, Reorienting the East: Jewish Travelers in the Medieval Muslim World. Philadelphia, University of Pennsilvania Press, 2014.

miércoles, 3 de junio de 2015

"Islam in the Balance", de Lawrence Rubin.

Analizar los conflictos en Medio Oriente desde una nueva perspectiva, centrada en el poder de las ideas, es el gran mérito de este libro de Lawrence Rubin. Su aproximación, poniendo el énfasis en cómo las versiones islamistas de Irán y Sudán desestabilizan a los regímenes existentes en esta explosiva región, arroja luz para una mejor comprensión de cuanto allí acontece.
Durante la "guerra fría árabe" que se libró en los años cincuentas y sesentas entre el Egipto de Gamal Abdel Nasser, portavoz del panarabismo, y la monarquía de Arabia Saudí, llevó a que este reino se volcara por la promoción del Islam como fuente de legitimidad, frente a la república secular de El Cairo. Por la custodia de dos grandes ciudades sagradas para el Islam, Makka y Medina, los reyes de la Casa de Saud se proyectan como líderes musulmanes, a la vez que del mundo árabe. Pero esta narrativa comenzó a ser severamente cuestionada por las corrientes islamistas que buscaron una versión radical de la sociedad musulmana, con la más estricta vigencia de la Sharia. Claro que hay diferentes interpretaciones teológicas y jurídicas del gobierno islámico, algunas muy literales, en tanto que otras más abiertas a los cambios. Y es que en el universo islámico no hay una separación nítida entre lo religioso y lo jurídico como sí ocurre en Occidente, pero también cabe recordar que el corpus normativo del derecho romano se fue desarrollando antes de la llegada del cristianismo al Imperio mediterráneo. También cabe añadir que el profeta Mahoma (o Muhammad) sí gobernó en la ciudad de Medina, en tanto que ni los profetas judíos como Moisés lo hicieron, ni mucho menos Jesús. No obstante, los califas y reyes musulmanes también incorporaron las normas y costumbres existentes, de modo que el Islam se imbricó con lo consuetudinario.
La narrativa ideológica del panarabismo puso el acento en el carácter nacional, en la lengua y cultura unificantes, con lo que englobaban a musulmanes y cristianos, pero con un fuerte carácter anti-occidental (venían de independizarse de la tutela británica y francesa) y anti-israelí. El panarabismo nasserista también suponía una ruptura con los liderazgos tradicionales, representados por las monarquías como la del derrocado Faruk en Egipto y, por consiguiente, la de los Saud. Con pretensiones de modernidad, alentó la secularización, la prohibición de los partidos religiosos, el socialismo en versión árabe, pero nunca alcanzó el desarrollo. 
Rubin, pues, pone el foco en las amenazas de las ideas: esas ideas que trascienden las fronteras y que hacen dudar de la legitimidad de los regímenes imperantes, sean éstos de carácter secular como el egipcio, o tradicional monárquico como el saudí. La propia dinámica de la guerra fría árabe abrió las compuertas a la promoción de la religión como el cimiento de la legitimidad. Ideólogos islamistas como Sayyid Qutb en Egipto cuestionaron al régimen egipcio no sólo por sus rasgos laicos, sino también por su aproximación a Estados Unidos y el acuerdo de Camp David, de 1978, por el cual este país árabe reconoció al Estado de Israel y recibió, a cambio, la península del Sinaí perdida en la guerra de los seis días de 1967.
Pero el desafío islamista tuvo su gran despliegue a partir de la instauración de la República Islámica de Irán, liderada por Jomeini, que depuso al Sha Mohammed Reza Pahlevi, en 1979. Hasta entonces, Irán era uno de los pilares del esquema defensivo de Occidente en la región en el escenario de la guerra fría. Pero es, también, un país mayoritariamente de origen persa y shiíta, lo que lo aparta del mundo árabe, en donde la versión islámica que predomina es la sunnita. 
El régimen iraní supo expandir su mensaje más allá de sus fronteras, provocando cimbronazos en el mundo árabe sunnita, ya que supo utilizar las herramientas simbólicas comunes a todo el Islam. Así, no se presentó como una exportación de la Shía, sino como panislámico y, por consiguiente, transnacional. La buena relación existente de Sadat con el depuesto Sha, al que le otorgó asilo, y el hecho de que el régimen gobernante en Egipto fuera cuestionado por su alianza con Estados Unidos y el tratado con Israel, le dio mayor vigor a la retórica panislamista de Jomeini. El régimen de Arabia Saudí también se vio cuestionada cuando Jomeini criticó las monarquías, calificándolas como opuestas al Islam, y despertó a los demonios islamistas que en 1979 tomaron la ciudad de La Meca, el gran centro de peregrinaciones para esa religión monoteísta. 
Egipto enfrentó al islamismo iraní desde una perspectiva nacional, y así quedó de manifiesto durante la guerra entre Irán e Irak, apoyando al régimen de Saddam Hussein. Lo presentó como una conflagración entre lo "árabe-sunnita" contra lo "persa-shiíta", quitándole la dimensión transnacional y panislámica a la que apuntaba Jomeini. Si bien el presidente Anwar al-Sadat fue asesinado por el grupo islamista de al-Jihad en 1981, su sucesor Hosni Mubarak continuó esa línea discursiva. En 1989, Sudán también tuvo un golpe de Estado islamista con Omar al-Bashir, inspirado por el jurista y teólogo Hassan al-Turani (formado en Arabia Saudí, Londres y París), pero sunnita. De este modo, Sudán se apartó de la alianza con Estados Unidos, apoyó a Irak en su invasión a Kuwait en 1990-1991, se aproximó a Irán y sirvió de refugio para grupos islamistas egipcios, así como a Osama bin Laden. Además, este giro islamista significó la imposición de su código a los cristianos del Sur, que finalmente se independizaron en 2011. Se tejió el eje Teherán-Jartum, con una fuerte proyección islamista hacia Medio Oriente y el norte de África. En términos de Lawrence Rubin, se articuló un internacionalismo islámico que socava los fundamentos de la legitimidad -republicana o monárquica- de los estados nacionales en la región. Una herramienta para la expansión de este internacionalismo islámico fue la Conferencia Popular Árabe e Islámica, en la que participaba la Hermandad Musulmana de Egipto. Pero el aislamiento político y económico llevaron a un apaciguamiento de la exportación islamista del gobierno de Sudán a mediados de los años noventa, cuando enfrió su alianza con Irán y pidió a Osama bin Laden que se fuera del país, tras haber sido el gran inversor en obras públicas. El autor señala que, si bien la islamización de Sudán comenzó en 1983 con Numeiri, no despertó la preocupación egipcia porque su política se quedó restringida en los límites del país, sin intenciones de exportarla como modelo hacia el resto del continente.
La República Islámica de Irán, en cambio, no cambió su expansión ideológica ni con la muerte de Jomeini. Sus gobernantes siguieron acusando a Mubarak de ser anti-islámico y títere del imperialismo y el sionismo, así como boicotearon los procesos de paz entre israelíes y palestinos al apoyar a Hamas, Jihad Islámica y Hizballah. Es en el terreno de lo simbólico en el que el régimen iraní golpea duramente a Israel y los países árabes que buscan una solución diplomática, desestabilizando la región y transformando a Palestina en una causa religiosa. Egipto y Arabia Saudí consideran a Palestina como un problema árabe y, por consiguiente, terrenal; los iraníes, en cambio, como una cuestión islámica, introduciendo a Dios en un combate sagrado entre bien y mal. En el plano interno, la Casa de Saud es cuestionada por el movimiento Sahwa (Despertar), que propugna una mayor islamización de la sociedad árabe y quitarle privilegios a la familia real.
La guerra de Irak del 2003 y la caída de Saddam Hussein, el ascenso al poder de Ahmadinejad, las guerras del Estado de Israel en Líbano y Gaza, han servido para la expansión de la narrativa islamista en Medio Oriente. La primavera árabe, con sus nefastas consecuencias no buscadas, ha puesto en evidencia la amplia difusión esta corriente política, que también logró crecer gracias a las nuevas formas de comunicación a través de internet y las redes sociales. 
Se podría suponer que el triunfo de la Hermandad Musulmana hubiera sido bien vista por el gobierno de Arabia Saudí; sin embargo, se veía con temor una aproximación entre Teherán y El Cairo, y de allí que apoyó al golpe militar contra el presidente Mursi. 
En suma, este libro enriquece el conocimiento sobre Medio Oriente a través de un prisma que permite observar los conflictos de la región con otras herramientas conceptuales, una dimensión simbólica que no se comprende desde el Occidente secularizado.

Lawrence Rubin, Islam in the Balance: Ideational Threats in Arab Politics. Stanford, Stanford Security Studies, 2014.

domingo, 31 de mayo de 2015

"Nasser's Gamble", de Jesse Ferris.

Guerra olvidada, guerra que se libró en los márgenes del enfrentamiento planetario entre dos grandes bloques, Yemen fue escenario del choque entre dos aspirantes a liderar al mundo árabe: el Egipto de Nasser y la monarquía de Arabia Saudí. 
El nasserismo, mezcla de nacionalismo árabe, socialismo y no alineamiento, fue más una retórica cargada de simbolismos que de realizaciones. Tuvo pretensiones de unir al universo árabe tras su liderazgo, pero su economía tenía débiles fundamentos, a los que su propio régimen socialista se encargó de hacer más frágiles aún con su política de nacionalizaciones y expropiaciones, expulsando a los sectores dinámicos y emprendedores del país. 
Tras un breve período de haber establecido la República Árabe Unida con Siria, este país se retiró unilateralmente de esa fusión en 1961, contrariando a Nasser. Asimismo, esa República Árabe Unida había formado con Yemen del Norte (Reino Mutawakkilita de Yemen) los Estados Árabes Unidos, ménage à trois que se descompuso el mismo año. 
Ante esta separación de las tres unidades, Nasser recibió con entusiasmo el golpe de estado republicano en Yemen del Norte, cuando en septiembre de 1962 los militares depusieron al nuevo imám y rey Muhammad al Badr una semana después de su entronización. El régimen egipcio apoyó con tropas a la "República Árabe del Yemen", en tanto que las fuerzas fieles a la monarquía yemení iniciaron una larga guerra de guerrillas contra el nuevo presidente Sallal. El imam Muhammad al-Badr recibió el apoyo militar de Arabia Saudí, ya que el reino de las dunas miraba con recelo la presencia de tropas egipcias en la península. 
Así fue como Nasser se involucró en su propio Vietnam, al que entró para sostener un régimen militar "republicano" calcado del egipcio, pero que significó un enorme costo en vidas humanas, recursos y tiempo. Nasser tuvo la ayuda de la Unión Soviética, que contribuyó con el traslado aéreo de las tropas y financiación, pero perdió la ayuda económica que hasta entonces le había brindado Estados Unidos. Los egipcios debieron desplegar hasta setenta mil soldados en el territorio, librando una guerra desigual contra guerrillas y en las que debieron lidiar con dudosa fidelidad de las tribus locales.
La guerra fría árabe se libró entre el Egipto "republicano" y "progresista", respaldado por la URSS, y la monarquía saudí "reaccionaria", sostenida por Gran Bretaña y Estados Unidos. Entrampado en Yemen tras años sin victorias, Nasser apostó por el enfrentamiento militar contra el Estado de Israel en 1967, que lo llevó a la derrota vergonzosa en la que perdió la posesión de la península del Sinaí por un decenio. Señala Ferris que el gran ganador de la guerra de los seis días fue Arabia Saudí, que logró entonces que los egipcios se replegaran de Yemen tras el fracaso militar de 1967.
¿Por qué Gamal Abdel Nasser se involucró en esta guerra en Yemen? Buscando un triunfo que le devolviera prestigio como líder del panarabismo, se plegó al golpe de Estado suponiendo que era una pieza fácil, además de poner un pie en la península arábiga. Asimismo, esta aventura bélica reforzaba el carácter militarista de su régimen, expandiendo las Fuerzas Armadas que, no obstante, eran incapaces en el terreno. Se imaginó como árbitro fundamental en el mundo, pero endeudó y empobreció a su país, prefiriendo gastar en cañones y no en manteca. Los límites del nasserismo quedaron en evidencia en la guerra de los seis días, que sí acaparó la atención mundial en junio de 1967.

Jesse Ferris, Nasser's Gamble: How Intervention in Yemen Caused the Six-Day War and the Decline of Egyptian Power. Princeton, Princeton University Press, 2013.

sábado, 2 de mayo de 2015

"New Babylonians", de Orit Bashkin.

Irak, escenario en donde nació una de las grandes civilizaciones, fue hogar de una gran comunidad judía durante centurias, hasta que debieron emigrar hacia el Estado de Israel por el giro antisionista del nacionalismo árabe. 
El libro de Orit Bashkin se concentra en la etapa final del Imperio Otomano y en los primeros decenios de la monarquía hachemita en Irak. Pone de relieve que la élite intelectual judía iraquí se observaba a sí misma como parte de la cultura árabe, y así era vista también por sus pares árabes musulmanes y cristianos. Los judíos eran una más de las tantas minorías del policromo Irak, en donde convivían musulmanes shiítas y sunníes, árabes y kurdos, y varias denominaciones cristianas. La emergente clase media judía, sobre todo la más educada que residía en Bagdad y Basra, se hallaba integrada y participó en la vida política del breve período constitucional del Imperio Otomano desde 1908 en adelante, y luego recibió con beneplácito la monarquía constitucional del rey Faisal I, conformada bajo el mandato británico, ya que era respetuosa de las minorías religiosas. En ese período fecundo, tuvo representación parlamentaria y hubo un gran despliegue de la vida intelectual, con figuras de relieve que se expresaron en lengua árabe, como Yaqub Balbul, Shalom Darwish y Anwar Shaul. El primer monarca hachemita tuvo éxito en su empeño en forjar un sentimiento irakí que estuviera por encima de las diferencias religiosas, en el marco del constitucionalismo que reconocía la libertad religiosa y la igualdad ante la ley, y así lo recuerdan los testimonios de la comunidad judía de la época. Y es que lo iraquí hundía sus raíces en milenios de la historia, lejos del nacimiento de esas tres grandes religiones bíblicas, otorgándole una dinámica identitaria que la contraponía con el disuelto Imperio Otomano y con el colonialismo británico. Los judíos iraquíes no se sentían parte de Occidente, sino del universo del Cercano Oriente y parte integral de la cultura árabe.
Bashkin señala el corrimiento ideológico de la comunidad judía, sobre todo sus intelectuales y jóvenes, hacia las expresiones de la izquierda, ya sea la socialdemocracia o el comunismo, por el temor que ejercía sobre ella el crecimiento del panarabismo. Este era identificado con el fascismo y trascendía las fronteras específicas de los países de la región, por lo que el acento en la singularidad de lo irakí buscaba aventar el peligro. El sionismo, en cambio, no despertaba mayor adhesión en una comunidad que se sentía integrada, a diferencia de lo que acontecía con los judíos europeos. La comparación con los infortunios, rechazo y persecuciones en Occidente, llevaba a reforzar esa identidad como judíos de cultura árabe conjugada con el patriotismo irakí.
En el Irak hachemita de entreguerras, y con la construcción de un Estado, muchos jóvenes judíos de las clases medias urbanas, educados en varias lenguas, tuvieron acceso a la función pública por sus calificaciones. Esta movilidad social ascendente tiñó de carácter cosmopolita a este segmento de la comunidad, relacionándola en espacios públicos con otros sectores similares que profesaban el Islam o el cristianismo, en un ambiente marcado por la secularidad y la modernidad. Irak se beneficiaba notablemente con estos sectores educados, ya que se estaba insertando en los mercados globales. A esta apertura al mundo contribuyó notablemente la Alliance Israélite Universelle, que estableció escuelas en las que la lengua principal era el francés, pero también se impartían clases de inglés, hebreo, turco y árabe, y que incorporó niñas a sus aulas. Durante la monarquía hachemita, ese universo se expandió en la instrucción pública que no se regía por fronteras religiosas. En las escuelas de la colectividad judía también enseñaban maestros musulmanes, lo que tendía puentes de comunicación y comprensión entre las comunidades y abría las puertas mentales hacia la integración cívica de Irak. Este espíritu de modernidad entraba en colisión con el liderazgo tradicional de los rabinos, que intentaban frenar la irrupción de la secularización.
Pero Irak no podía sustraerse a la tempestad de los totalitarismos del siglo XX ni a la segunda guerra mundial. En 1941 se produjo el golpe de Estado de Rashid Ali al-Gailani, que buscó alinearse con el Eje y salir de la órbita británica. Este pronunciamiento fue leído en clave independentista y tuvo gran popularidad. Rashid Ali fue depuesto por las fuerzas británicas tras semanas de combate, a pesar de los vanos intentos que el Eje trató de brindarle desde Siria, entonces en la órbita del régimen de Vichy. Tras su caída, y hasta que el regente de Irak volvió a Bagdad, el 1 y 2 de junio tuvo lugar un pogrom contra la colectividad judía, conocido Farhud, en el que habrían muerto 180 judíos. Hubo violaciones, heridos, propiedades saqueadas, ante la mirada pasiva o la participación de la policía, aunque también hay testimonios de cómo protegieron el hospital. Asimismo, hubo muchos musulmanes y cristianos que salvaron a sus vecinos judíos. Las interpretaciones en torno al Farhud varían de acuerdo a la óptica, sea esta sionista o irakí, pero el hecho escapa a las simplificaciones. Como siempre, las lecturas binarias no encajan al revisar los hechos.
La prédica del muftí de Jerusalem Hajj Amin al-Husayni, que llegó a Irak en 1939, contribuyó poderosamente a fomentar un clima antijudío, siendo él mismo un partidario de la Alemania nazi durante la conflagración planetaria. No obstante, la gran mayoría de la intelectualidad judía irakí sentía simpatía por los árabes palestinos y rechazaban al sionismo. A pesar de estos esfuerzos, la prédica panarabista y la propaganda de nazis y fascistas tuvo un gran impacto en la población, promoviendo su ideología y estética a través de organizaciones juveniles como Al-Futuwwa. Los británicos eran vistos como favorables a los judíos y, en particular, al sionismo, movimiento al que -ironía de la falibilidad y estulticia humana- se identificaba como asociado a la potencia colonial.
Atraídos por el discurso igualitario y por el prestigio de la guerra de la Unión Soviética contra la Alemania nazi, hubo judíos irakíes que se enrolaron en el Partido Comunista, situación que creció tras la guerra. Consideraban al sionismo como un instrumento del "imperialismo angloamericano", por lo que rechazaban al Estado de Israel y se solidarizaban con los árabes palestinos. Incluso fundaron una Liga de Lucha contra el Sionismo, que ganó adhesión en varios sectores de la opinión pública irakí. Es claro que ignoraban, o pretendían ignorar, el antijudaísmo de Stalin antes y después de la guerra mundial. Tanto el PC como la Liga eran ilegales en Irak, por lo que actuaban en la clandestinidad. El problema fue mayúsculo cuando la URSS apoyó el plan de partición del mandato de Palestina y reconoció al Estado de Israel, lo que el Partido Comunista de Irak apoyó con disciplina incondicional, quedando en ridículo ante sus críticos.
El momento más dramático para la comunidad judía iraquí fue a partir de 1948 con la guerra de independencia de Israel. Irak apoyó a los árabes palestinos, en conjunto con Egipto, Siria, Transjordania y Líbano. Se impuso, en pleno fragor del combate y con los tambores batiendo, la fácil pero no siempre exacta identificación de los judíos con el sionismo; de hecho, eran pocos los judíos iraquíes los que sentían simpatía por el sionismo. Pero se aprobó una serie de leyes restrictivas, prohibiendo al sionismo, comunismo y anarquismo con severas penas de prisión o muerte. La vida cotidiana de los judíos iraquíes comenzó a ser cada vez más estrecha, con impedimentos al comercio, ejercicio de profesiones liberales, viajes al exterior, correspondencia y empleo en el sector público. La voz solitaria del senador Ezra Menahem Daniel, político judío que sentía vivamente el patriotismo iraquí, no pudo contener la prédica de los sectores nacionalistas radicales. El gobierno iraquí estaba deseoso de que emigraran los judíos más pobres y políticamente comprometidos hacia Israel, y por ello abrió un registro para que pudieran marcharse, perdiendo la ciudadanía: inesperadamente, la cifra estuvo en torno a los 130 mil, por lo que casi toda la comunidad judía iraquí decidió partir hacia el Estado de Israel entre marzo de 1950 y marzo de 1951. Sólo permanecieron unos veinte mil. La intolerancia del gobierno iraquí lo llevó a cometer la torpeza de fortalecer a su enemigo, el Estado de Israel, con más población judía, debilitando las posibilidades de retorno o indemnización a los refugiados árabes palestinos. Y esa emigración judía iraquí, que no había simpatizado con el sionismo, fue un nuevo argumento para sostener la ideología fundacional de Theodor Herzl.
¿Por qué fue tan masiva la emigración? Observemos, por un lado, que las medidas restrictivas fueron similares a las desplegadas en la Alemania nazi en la etapa de la expulsión, previa a la guerra mundial. Por otro lado, el Farhud había sido muy reciente, y muchos judíos que no pensaban en emigrar del país en donde habían vivido durante siglos, temían quedarse solos en un ambiente crecientemente hostil.
Tras un período en el que la comunidad judía iraquí recuperó su tranquilidad, el arribo del partido Bath al poder en los sesentas fue una estocada letal, y una nueva emigración dejó apenas un puñado como testimonio de dos mil quinientos de presencia en Irak. 
Si bien no comparto algunas conclusiones de la autora, el texto es valioso y permite reflexionar sobre una experiencia histórica en la que fue posible conjugar la religión judía, la cultura árabe y el patriotismo iraquí, hasta que la tempestad que azotaba al mundo arremetió contra la convivencia existente en la monarquía hachemita.

Orit Bashkin, New Babylonians: A History of Jews in Modern Iraq. Stanford, Stanford University Press, 2012.

miércoles, 29 de abril de 2015

"Marxism, Fascism, and Totalitarianism", de A. James Gregor.

Libro notable el de A. James Gregor: se interna por los diferentes caminos que nacen desde una misma fuente, el pensamiento de Marx y Engels, y examina los derroteros intelectuales de lo que llama sus "heterodoxias": Josef Dietzgen, Eduard Bernstein, Ludwig Woltmann, Georges Sorel, Vladimir Ilich Lenin y Benito Mussolini, entre los más destacados. Pero, ¿qué hacen el racista Woltmann, uno de los teóricos de lo que años después de su muerte será el nazismo, y el fascista Benito Mussolini en este listado? He aquí el gran mérito de la labor del autor: al recorrer sus itinerarios, nos va descubriendo cómo cada uno de estos autores se fue nutriendo de la fuente del marxismo clásico.
Libro que sacude y remueve la concepción generalizada sobre el marxismo, porque nos presenta un árbol frondoso, con muchas ramas que parten de un mismo tronco. Con las muertes de Karl Marx (1883) y Friedrich Engels (1895), no hubo quien pudiera ser considerado el más puro representante de esas ideas, y es por ello que surgieron varios herederos que se proclamaron como los verdaderos custodios de esa "ciencia". Así, el marxismo de Karl Kautsky es uno de los tantos que salieron de esa causa común, que se erigió como el "ortodoxo" frente a otras versiones concurrentes. En Francia estaban los marxismos de Jules Guesde, Jean Allemane y Paul Brousse, por ejemplo, cada uno con su propia interpretación, o la corriente más reformista de Benoît Malon, de la que salió Jean Jaurès. Bernstein, que se proclamaba como marxista, ponía el acento en la necesidad de recabar datos cuantitativos sobre la supuesta pauperización de las masas proletarias, un fenómeno que él veía que no se cumplía, a pesar de seguir creyendo en los postulados de Marx y Engels.
Lo cierto es que fueron muchos los marxistas que no aceptaron mansamente que la llamada "superestructura" fuese un mero reflejo de las condiciones materiales y que, por consiguiente, las ideas políticas, las creencias religiosas, la moral, la ética y el arte -a lo que Marx y Engels llamaban "fantasmas en el cerebro"- estuvieran determinadas por el modo de producción. Los iniciadores del marxismo, más allá de la obra voluminosa que dejaron, no pudieron cubrir una enorme cantidad de huecos de la "ciencia" a la que daban luz.
Josef Dietzgen, por ejemplo, se preocupó por el rol de la voluntad en el compromiso revolucionario, lo que entraba en colisión con el rígido determinismo económico de Marx y Engels. ¿Cómo entraba allí, entonces, la voluntad? ¿Eran los humanos meros autómatas determinados por las condiciones materiales? ¿Cómo era posible, en consecuencia, que surgieran ideas de utopías igualitarias en contextos de sociedades con esclavos, como lo fue en tiempos del cristianismo primitivo, o el de Thomas Münzer en el siglo XVI? ¿Y la moral y la ética en el marxismo? Por su lado, Ludwig Woltmann intentó articular al marxismo con las ideas de Darwin, por lo que buscó enhebrar al determinismo económico con el biológico, acabando en el racismo que ubicaba a los nórdicos en la cima de la evolución humana, por lo que fue un antecedente del nazismo. ¿Y cómo es que Woltmann compatibilizó el marxismo con el racismo? Gregor señala varias expresiones racistas, típicamente eurocéntricas y decimonónicas, de Marx y Engels que dejaron aquí y allá, desperdigados en el extenso corpus de su producción escrita, contra los mexicanos, españoles, chinos y eslavos. 
Los movimientos sindicales que nacieron al combate a finales del siglo XIX, adhirieron a la idea de la huelga general como metodología de lucha contra el capitalismo, así como pedagogía para el proletariado. Uno de los principales teóricos de lo que se llamó el "sindicalismo revolucionario", Georges Sorel, desarrolló la idea del "mito movilizador", ya que pensaba que Marx y Engels no habían alcanzado a ahondar en la psicología humana. Sorel, señala el autor, en rigor buscaba un tipo de sociedad en la cual el individuo quedaba sometido a grandes designios éticos y morales, como en las antiguas Grecia y Roma, y en el cristianismo primitivo. Para él, el individualismo de las sociedades democráticas burguesas llevaba a la destrucción de la civilización, por lo que era imprescindible convocar al sacrificio, la disciplina y la acción para alcanzar grandes metas. De ahí que, para Sorel, un "mito movilizador" era la gran huelga general de los obreros para derribar al capitalismo, recurriendo a la violencia. Fue frontalmente hostil a la participación política y electoral de los obreros, y esta posición fue sumamente influyente para que parte del movimiento obrero no votara a representantes socialistas para integrar los parlamentos. 
Gregor, también autor de un libro publicado en 2006 sobre los intelectuales fascistas, traza el puente que fue desde el marxismo a través del sindicalismo revolucionario hasta aterrizar en el fascismo italiano: en esta travesía, nos encontramos con Robert Michels, Angelo Oliviero Olivetti, los autores de la revista La Voce como Giovanni Papini y Giuseppe Prezzolini, o Filippo Corridoni, entre otros, hasta llegar a Giovanni Gentile, en una atmósfera de discusión en torno a las clases sociales, el nacionalismo y las guerras libradas por Italia en los inicios del siglo XX. Los autores marxistas, ya fueran los austríacos o italianos, observaban que los proletarios tenían fuertes sentimientos de nacionalidad, una cuestión que debía ser analizada más allá de las limitaciones y vaguedades expresadas por Marx y Engels. Los bolcheviques, en cambio, siguieron considerando al nacionalismo como una estratagema de la burguesía, por lo que Lenin y Stalin observaban a este sentimiento como un problema transitorio.
El marxismo de Marx y Engels, asevera Gregor, había llegado a callejones sin salida. Será la gran conflagración de 1914 la que abra las compuertas a reformulaciones heterodoxas, a atajos revolucionarios como el leninismo y el fascismo, y con influencias a través de Woltmann en el nazismo. Pero el viejo marxismo ortodoxo, tal como lo elucubraron sus mentores, sólo quedará solitariamente defendido por Kautsky, una figura olvidada tras la revolución bolchevique en Rusia.
Lenin, pues, cambió sustancialmente la doctrina heredada: el partido con una élite intelectual revolucionaria profesional, erigida como vanguardia del proletariado, la teoría del imperialismo, la construcción del socialismo en un país básicamente agrario que recién estaba comenzando su industrialización. El autor sostiene que Lenin rediseñó al marxismo a su imagen, pero esta corriente quedó consagrada como la "ortodoxia" durante el pasado siglo XX. Sus ideas se plasmaron en el primer estado totalitario, sistema que habría de ser emulado en otras latitudes, con la implantación del disciplinamiento, la militarización del trabajo, el terror implacable y la planificación centralizada de la economía.
Con la primera guerra mundial, Mussolini -vocero oficial del Partido Socialista italiano, miembro del ala más ortodoxa de esa fuerza, y director del periódico Avanti!-, tras un primer momento en que rechazó la conflagración al considerarla "burguesa" e "imperialista", luego se tornó en un defensor de la participación en la misma a través de un nuevo periódico, Il Popolo d'Italia. Tras la guerra, el énfasis lo pondrá en el "mito movilizador" del nacionalismo, llamando al renacimiento del imperio en un país que no había obtenido ganancias territoriales y que se hallaba sumido en la desesperanza. Pero había rasgos comunes con el bolchevismo -además de un pasado común-, por lo que los marxistas-leninistas rápidamente ubicaron en la "extrema derecha" al fascismo, taxonomía que le sirvió para aparentar lejanía del nuevo fenómeno político italiano. Los rasgos comunes entre ambos señalan un origen común, que fue el marxismo clásico. Gregor, con buen criterio, señala que el marxismo clásico era una ideología moribunda a comienzos del siglo XX, y que fueron las heterodoxias las que prosiguieron el camino, creando gobiernos totalitarios que marcaron la centuria.
Las ideas tienen consecuencias, las ideas importan. La filosofía política, que pareciera ser un entretenimiento para unos pocos estudiosos alejados de la realidad, es un mapa que sirve de guía para el político profesional, aunque no lo advierta. De allí la importancia crucial de estos estudios sobre los itinerarios sinuosos, cruzados, y hasta caóticos de los autores que reflexionan sobre los asuntos públicos.

A. James Gregor, Marxism, Fascism, and Totalitarianism: Chapters in the Intellectual History of Radicalism. Stanford, Stanford University Press, 2009.

sábado, 18 de abril de 2015

"La república en ciernes", de Ezequiel Gallo.


Por sus conocimientos, reflexión crítica y amplitud de lecturas, Ezequiel Gallo es un gran historiador de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina. En este libro se reúnen varios ensayos de su autoría, originalmente desperdigados en otras obras como capítulos o prólogos. Felizmente fusionados en este volumen, el lector tiene a su disposición sus aproximaciones a figuras como Mitre, Alberdi, Sarmiento y Pellegrini, así como a cuestiones de la historia económica y social de la Argentina decimonónica.
Gallo se empeña en poner matices y explorar la complejidad de los cincuenta años de crecimiento económico entre 1880 y 1930, arrojando luz sobre terrenos en donde imperan narrativas ideológicas. Utilizando fuentes primarias, como los censos nacionales y provinciales, así como las memorias de instituciones bancarias, rastrea las mutaciones aceleradas del sur de Santa Fe y de la Provincia de Buenos Aires, en donde los nuevos emprendimientos agropecuarios y el arribo de la inmigración modificaron el escenario. Es así como señala a los ganadores y perdedores de este proceso de transformación y modernización, en el que hubo una señalada movilidad social ascendente con la expansión de la urbanización, alfabetización y acceso a la propiedad.
Este período no estuvo exento de controversias políticas, teñidas por enfrentamientos entre líderes que no diferían entre sí por su cosmovisión. Y es que el Partido Autonomista Nacional, hegemónico en la época hasta la sanción de la ley electoral de Roque Sáenz Peña, no buscó innovaciones en el mundo de las ideas, sino la aplicación de las experiencias exitosas del mundo occidental. No obstante, sus políticas económicas fueron heterodoxas a pesar de reconocer los aciertos de la escuela clásica, con esquemas proteccionistas que fueron cuestionados, sí, por el radicalismo de Leandro Alem y el Partido Socialista de Juan B. Justo, ambos partidarios del librecambio. Habrá de ser Hipólito Yrigoyen, en la Unión Cívica Radical, quien en su debate con Pedro Molina llame a su partido a no declararse ni librecambista ni proteccionista, con el objetivo político de aglutinar todas las fuerzas posibles y no dispersarlas en discusiones programáticas. Ezequiel Gallo, que abrió las puertas de la investigación en estos campos, pone en evidencia el crecimiento de la industria en Argentina en todo el período tratado, lo que se contrapone con el relato predominante sobre un supuesto desinterés del Estado argentino por ese sector.
De particular interés es el capítulo en el que trata sobre el pensamiento conservador, esquivo y difuso en Argentina. Se trata, más bien, de una tradición política que de una doctrina articulada, que no prestó mayor atención a un desarrollo reflexivo, y que por ello se encontró a la defensiva y casi sin herramientas conceptuales ante la aparición de los autores nacionalistas que en el período de entreguerras anhelaron la imposición de un modelo próximo al fascismo, atrayendo a buena parte de las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica y la intelectualidad. Tras la desaparición física de los grandes líderes del PAN, como Julio Roca, Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña, los sectores conservadores quedaron sin figuras aglutinantes y de alcance nacional, debiendo recurrir a políticos de otras extracciones como candidatos, tal como ocurrió en 1916 con Lisandro de la Torre, o en 1928 apoyando al binomio antipersonalista de Leopoldo Melo y Vicente Gallo.
Gallo, también, fue un pionero en el estudio de las cuestiones monetarias. Es por ello que su capítulo sobre la ley de convertibilidad de 1899 es un excelente cierre para el libro, sumergiéndonos en el gran debate que despertó la adopción del patrón oro que rigió hasta los inicios de la Gran Guerra de 1914, que significó estabilidad monetaria y más de un decenio de expansión comercial y progreso social.

Ezequiel Gallo, La república en ciernes. Buenos Aires, Siglo XXI, 2013.

sábado, 11 de abril de 2015

"Desafíos para el fortalecimiento democrático en la Argentina", de Carlos Gervasoni et al.

Ante el cambio de gobierno en Argentina y, quizás, de signo partidario, desde los ámbitos académicos se convoca a la reflexión sobre las instituciones y la necesidad de fortalecer los mecanismos de control propios de la democracia liberal. CADAL y la Konrad Adenauer Stiftung han reunido, en este libro compilado por Gabriel C. Salvia y prologado por Marcos Novaro, los textos de un grupo de especialistas en áreas variadas, que se presentan como los desafíos que deberán asumir las nuevas autoridades a partir de diciembre del 2015.
Marcos Novaro precisa el contorno y características sobresalientes del deterioro institucional argentino de los últimos doce años, y Carlos Gervasoni nos introduce en el estado del federalismo, con las peculiaridades de un sistema electoral que se ha apartado del texto constitucional. Gervasoni señala la sobrerrepresentación de provincia de escasa población en el Congreso argentino, una deformación heredada por la ley electoral vigente de 1983, que otorga un mínimo de diputados. Esto no ha hecho más de agravarse con el correr de los decenios, quedando congelada la representación de acuerdo al censo de 1980. Provincias poco pobladas reciben una colosal transferencia de recursos desde el gobierno federal, ya que estas forman una coalición que apoya sistemáticamente al presidente de turno. Así, mientras la provincia de Buenos Aires recibe $2100 por habitante, a Tierra del Fuego le son transferidos $15000 por habitante, aun cuando esta tenga, además, un régimen de "promoción industrial" y cobre regalías por la explotación gasífera. Gervasoni señala, entonces, la "periferización" del voto justicialista para los presidentes, poniendo de relieve que Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Sáa y Néstor Kirchner fueron líderes que provinieron de provincias con esas características.
Gerardo Scherlis pone el foco en el hiperdesarrollo del peronismo, que pareciera abarcar a todo el escenario político argentino, y el paralelo desgajamiento de la Unión Cívica Radical. Y esto, a pesar del proceso de desideologización imperante. Señala que la utilización del Estado en todos sus niveles, ha alimentado un partido del poder que se perpetúa y reproduce, en tanto que las alternativas se perciben como fugaces o con insuficiente despliegue territorial.
Aleardo Laría Rajneri habrá de desarrollar esta temática a partir de la multiplicación del empleo en el sector público durante los años del kirchnerismo para beneficiar a sus militantes, llamando la atención sobre la necesidad impostergable de que el próximo gobierno cumpla con las leyes y establezca en la práctica un sistema de concursos y oposiciones para ingresar al Estado.
María Clara Güida escribió un capítulo esclarecedor sobre el derecho a la información pública en Argentina y cómo esta es retaceada al ciudadano. Son varios los proyectos de ley que se han presentado en las dos cámaras del Congreso, aguardando ser debatidas desde hace años. Diego Hernán Armesto, por su lado, nos introduce al debilitamiento e intentos de colonización que ha puesto en marcha el kirchnerismo hacia los poderes Legislativo y Judicial, recurriendo a eufemismos como la "democratización de la Justicia". En esta línea, Néstor Osvaldo Loza se adentra en los organismos de control, los que no cumplen con la función que tienen asignados. Para cerrar la magnífica compilación, Néstor Sclauzero brinda el panorama de cómo los medios de comunicación son utilizados como instrumentos de propaganda gubernamental, y presenta las líneas fundamentales para tener un sistema de medios públicos altamente profesionalizado y pluralista, tal como los que hay en Chile, Reino Unido, Francia y Japón.
El libro es de necesaria lectura para el ciudadano genuinamente preocupado por los asuntos públicos, y de ineludible referencia para quienes se han comprometido en la política activa y quieren asumir funciones de relevancia en los próximos años. El universo académico tiene propuestas y enfoques de gran riqueza y contenido, que el mundo político debe atender. En este sentido, CADAL y la Konrad Adenauer Stiftung en Argentina vienen estableciendo puentes de encuentro entre estas dos esferas, a fin de fortalecer la democracia liberal y el Estado de Derecho.

Carlos Gervasoni et al., Desafíos para el fortalecimiento democrático en la Argentina. Buenos Aires, CADAL y Konrad Adenauer Stiftung, 2015.

viernes, 10 de abril de 2015

"Regime and Periphery in Northern Yemen. The Huthi Phenomenon", de Barak Salmoni et al.

Yemen, un país con una posición estratégica en el paso marítimo entre Europa y el Océano Índico, ha vuelto a aparecer en los medios de comunicación por la guerra civil en la que está envuelto, con la irrupción del movimiento Huthi que tomó el control de San'a, la capital. La perspectiva occidental tiende a observar los conflictos de Medio Oriente desde una óptica binaria, pero el fenómeno de los Huthi, visto en detalle, escapa a esas simplificaciones.
La familia Huthi, de la que el movimiento toma el nombre, es descendiente del Profeta Muhammad y, en la versión zaydi del Islam, son los que tienen la legitimidad política para gobernar la comunidad musulmana. El zaydismo es una rama de la Shía pero, a diferencia de la imperante en Irán e Irak -Shía duodecimana-, la línea sucesoria es diferente después de la quinta generación desde Alí, el califa yerno de Muhammad. Para los zaydíes, el quinto imám fue Zayd bin Alí, en tanto que para el resto de los shiítas fue Muhammad al Bakit. El zaydismo pone énfasis en la filosofía y el racionalismo, por ello ha tenido una buena relación con la escuela Shafí'i de los sunnitas, que es considerada como la más flexible de las escuelas de jurisprudencia. El centro religioso del zaydismo se ubica en Sa'da, ciudad del norte de Yemen, desde gobernaron los imames zaydíes hasta los años sesenta, cuando se instaura la república. El nuevo régimen republicano se asentó y priorizó las regiones de más recursos de Yemen, dejando olvidadas y marginadas a zonas como el norte, de clima hostil y atravesado por un sistema de tribus -qabyala-, en la predominaba un código de honor colectivo. Yemen, al igual que otros países árabes, tiene un escaso control sobre sus periferias, y el régimen político de Ali Abdullah Saleh se basaba en la cooptación de los liderazgos tribales como una forma de asentar la soberanía y evitar las tendencias centrífugas.
Pero en el decenio de los ochenta comenzó un renacimiento del zaydismo ante el patrocinio que tenía el salafismo en Yemen, que es de la rama sunní del Islam, fomentado tanto por el gobierno como por el wahhabismo de Arabia Saudí. A esto se añadía que muchos yemeníes zaydíes habían viajado, estudiado o trabajado en otros países de la región, por lo que sus perspectivas se ampliaron, así como hubo zaydíes que no eran descendientes del Profeta y que, al incorporar las herramientas de la educación formal, pudieron cuestionar a los liderazgos tradicionales de las tribus. Con la unificación de Yemen en 1990, los Hashimi -descendientes del Profeta Muhammad- formaron el partido Hizb al-Haqq como expresión de los intereses zaydíes, a la par que una red de instituciones civiles conocida como Juventud Creyente, de asociaciones deportivas y de tiempo libre para los jóvenes, sin importar las divisiones sociales o tribales. Allí estaban los hijos del reconocido líder zaydi Badr al-Din al-Huthi, respetados por su condición de Hashimi. De sus vástagos, habrá de ser Husayn al-Huthi quien descuelle por su liderazgo y sapiencia religiosa, envuelto en el prestigio del progenitor. 
En 2001, Saleh se convirtió en un aliado de Estados Unidos en la guerra internacional contra el terrorismo, recibiendo en consecuencia apoyo financiero y militar. Husayn al-Huthi cobró notoriedad por sus proclamas contra las intervenciones estadounidenses en Irak y Afganistán, echando culpas a esa nación norteamericana, a Israel y a los judíos en general de estar en una cruzada contra el Islam.
Los autores -tres académicos de prestigiosas universidades- trazan el contorno de la demografía, la topografía, la economía y el mercado de armas en la región boreal de Yemen, subrayando que entre las costumbres del país podemos hallar que la posesión de AK 47, Kalashnikov y lanzagranadas forma parte de una manifestación estentórea de masculinidad. Se suma la frontera porosa con Arabia Saudí y la proximidad de Somalía, corredores en los que circulan armas de origen soviético y chino que quedaron de decenios de guerras civiles. De allí que, además de la escasa presencia del estado central en las regiones periféricas y la confrontación religiosa, hay desde hace muchos una gran proliferación de armamento. El tránsito de la adolescencia a la vida adulta se expresa en la portación de un puñal como un elemento más del atuendo cotidiano.
Desde el centro se manejó el desdén hacia la región septentrional, identificando al tribalismo como feudal y bárbaro, una narrativa que también impulsó la República Democrática Popular de Yemen. Con la acusación de querer restaurar el imamato "reaccionario", el entonces presidente Saleh buscó arrinconar a la familia Huthi y sus partidarios a los márgenes de la política yemení. Saleh es zaydí, pero no proviene de una familia Hashimi. De las tres grandes confederaciones tribales, Saleh pertenece a la Hashidi, la que se ha beneficiado con las funciones gubernamentales. Pero los autores advierten al lector que las identificaciones de tribus con denominación religiosa no son exactas, y que las líneas se entrecruzan en un mar de complejidades.
El gobierno de Yemen, antes y después de la unificación, promocionó al salafismo como un modo de contrarrestar la influencia marxista de los socialistas de la República Democrática Popular de Yemen, así como para balancear a las élites zaydíes. Por otro lado, los trabajadores y estudiantes que habían emigrado a los países del Golfo Pérsico volvían con influencias wahhabíes, muchos de ellos convertidos. Y el wahhabismo pone en cuestión varios elementos del zaydismo, como la preeminencia de los Hashimi, los santuarios y las tumbas de los imames a los que se recordaba con devoción. Los yemeníes practicantes del salafismo formaron el partido Islah, con el que tuvo mucha relación el Congreso General del Pueblo, el partido del presidente Saleh.
El enfrentamiento armado entre el gobierno de Yemen y los Huthi comenzó en 2004. Si bien Husayn al Huthi hacía ardientes proclamas contra Estados Unidos, el Estado de Israel y los judíos, esto no era diferente a lo que abiertamente sostenían otras figuras prominentes del país y del mundo árabe. Pero es muy probable que el presidente Saleh temiera que este líder siguiera cobrando notoriedad y popularidad, sobre todo cuando se había alineado en la guerra contra el terrorismo a partir del 2001, diferenciándose de su neutralidad en la guerra del Golfo de 1990-1991. Indirectamente, lo que afirmaba Husayn al Huthi cuestionaba su carácter de "buen musulmán" y, muy probablemente por este temor, fue arrestado y ejecutado en 2004. A partir de ese momento, comenzó una espiral de violencia que fue escalando entre ambas partes, una guerra interna con atentados, violaciones de los derechos fundamentales y participación armada de Arabia Saudí en 2009 para combatir a los Huthi. El gobierno de Qatar intentó mediar, sin resultado, en 2007. El gobierno yemení acusó a los Huthi de estar sostenidos por Irán, aunque de esto no hay pruebas y, además, el zaydismo difiere teológicamente de la Shia duodecimana. Al morir Husayn, por breve tiempo el movimiento fue encabezado por su padre, pero luego la figura emergente y decisiva fue uno de los hermanos menores, Abd-al Malik al-Huthi, vástago del cuatro matrimonio de Badr al-Din al-Huthi.
Los autores hacen un análisis preciso de la estrategia de contrainsurgencia del gobierno yemení, así como de los Huthi como combatientes, en un contexto complejo en el que las tribus fueron utilizadas como fuerzas paramilitares y en la que también cobró importancia el AQAP, la rama de Al Qaeda de la Península Arábiga, que se desarrolló en los territorios que antes fueron parte de la República Democrática Popular del Yemen. Las líneas se cruzan y entrecruzan, con zaydíes apoyando al gobierno, con salafíes que miraban con recelo al poder central. Si bien el libro concluye en 2010, cuando fue publicado, el escenario se tornó más complejo aún con la salida del presidente Saleh y la formación de un nuevo gobierno, hoy combatiendo contra los Huthi en Aden, tras haber sido capturada la capital. Para desafiar los moldes blanquinegros, ahora las fuerzas leales al ex presidente Saleh apoyan militarmente a los Huthi. Todo esto se está precipitando en una nueva guerra civil y una crisis humanitaria de magnitud en una región inestable.
El propósito del libro es reflexionar desde la complejidad sobre el escenario yemení, a fin de no caer en los simplismos de taxonomías inadecuadas y perjudiciales.

Barak A. Salmoni, Bryce Loidolt y Madeleine Wells, Regime and Periphery in Northern Yemen. The Huthi Phenomenon. Santa Monica, Rand, 2010.