Mostrando entradas con la etiqueta Egipto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Egipto. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2015

"Islam in the Balance", de Lawrence Rubin.

Analizar los conflictos en Medio Oriente desde una nueva perspectiva, centrada en el poder de las ideas, es el gran mérito de este libro de Lawrence Rubin. Su aproximación, poniendo el énfasis en cómo las versiones islamistas de Irán y Sudán desestabilizan a los regímenes existentes en esta explosiva región, arroja luz para una mejor comprensión de cuanto allí acontece.
Durante la "guerra fría árabe" que se libró en los años cincuentas y sesentas entre el Egipto de Gamal Abdel Nasser, portavoz del panarabismo, y la monarquía de Arabia Saudí, llevó a que este reino se volcara por la promoción del Islam como fuente de legitimidad, frente a la república secular de El Cairo. Por la custodia de dos grandes ciudades sagradas para el Islam, Makka y Medina, los reyes de la Casa de Saud se proyectan como líderes musulmanes, a la vez que del mundo árabe. Pero esta narrativa comenzó a ser severamente cuestionada por las corrientes islamistas que buscaron una versión radical de la sociedad musulmana, con la más estricta vigencia de la Sharia. Claro que hay diferentes interpretaciones teológicas y jurídicas del gobierno islámico, algunas muy literales, en tanto que otras más abiertas a los cambios. Y es que en el universo islámico no hay una separación nítida entre lo religioso y lo jurídico como sí ocurre en Occidente, pero también cabe recordar que el corpus normativo del derecho romano se fue desarrollando antes de la llegada del cristianismo al Imperio mediterráneo. También cabe añadir que el profeta Mahoma (o Muhammad) sí gobernó en la ciudad de Medina, en tanto que ni los profetas judíos como Moisés lo hicieron, ni mucho menos Jesús. No obstante, los califas y reyes musulmanes también incorporaron las normas y costumbres existentes, de modo que el Islam se imbricó con lo consuetudinario.
La narrativa ideológica del panarabismo puso el acento en el carácter nacional, en la lengua y cultura unificantes, con lo que englobaban a musulmanes y cristianos, pero con un fuerte carácter anti-occidental (venían de independizarse de la tutela británica y francesa) y anti-israelí. El panarabismo nasserista también suponía una ruptura con los liderazgos tradicionales, representados por las monarquías como la del derrocado Faruk en Egipto y, por consiguiente, la de los Saud. Con pretensiones de modernidad, alentó la secularización, la prohibición de los partidos religiosos, el socialismo en versión árabe, pero nunca alcanzó el desarrollo. 
Rubin, pues, pone el foco en las amenazas de las ideas: esas ideas que trascienden las fronteras y que hacen dudar de la legitimidad de los regímenes imperantes, sean éstos de carácter secular como el egipcio, o tradicional monárquico como el saudí. La propia dinámica de la guerra fría árabe abrió las compuertas a la promoción de la religión como el cimiento de la legitimidad. Ideólogos islamistas como Sayyid Qutb en Egipto cuestionaron al régimen egipcio no sólo por sus rasgos laicos, sino también por su aproximación a Estados Unidos y el acuerdo de Camp David, de 1978, por el cual este país árabe reconoció al Estado de Israel y recibió, a cambio, la península del Sinaí perdida en la guerra de los seis días de 1967.
Pero el desafío islamista tuvo su gran despliegue a partir de la instauración de la República Islámica de Irán, liderada por Jomeini, que depuso al Sha Mohammed Reza Pahlevi, en 1979. Hasta entonces, Irán era uno de los pilares del esquema defensivo de Occidente en la región en el escenario de la guerra fría. Pero es, también, un país mayoritariamente de origen persa y shiíta, lo que lo aparta del mundo árabe, en donde la versión islámica que predomina es la sunnita. 
El régimen iraní supo expandir su mensaje más allá de sus fronteras, provocando cimbronazos en el mundo árabe sunnita, ya que supo utilizar las herramientas simbólicas comunes a todo el Islam. Así, no se presentó como una exportación de la Shía, sino como panislámico y, por consiguiente, transnacional. La buena relación existente de Sadat con el depuesto Sha, al que le otorgó asilo, y el hecho de que el régimen gobernante en Egipto fuera cuestionado por su alianza con Estados Unidos y el tratado con Israel, le dio mayor vigor a la retórica panislamista de Jomeini. El régimen de Arabia Saudí también se vio cuestionada cuando Jomeini criticó las monarquías, calificándolas como opuestas al Islam, y despertó a los demonios islamistas que en 1979 tomaron la ciudad de La Meca, el gran centro de peregrinaciones para esa religión monoteísta. 
Egipto enfrentó al islamismo iraní desde una perspectiva nacional, y así quedó de manifiesto durante la guerra entre Irán e Irak, apoyando al régimen de Saddam Hussein. Lo presentó como una conflagración entre lo "árabe-sunnita" contra lo "persa-shiíta", quitándole la dimensión transnacional y panislámica a la que apuntaba Jomeini. Si bien el presidente Anwar al-Sadat fue asesinado por el grupo islamista de al-Jihad en 1981, su sucesor Hosni Mubarak continuó esa línea discursiva. En 1989, Sudán también tuvo un golpe de Estado islamista con Omar al-Bashir, inspirado por el jurista y teólogo Hassan al-Turani (formado en Arabia Saudí, Londres y París), pero sunnita. De este modo, Sudán se apartó de la alianza con Estados Unidos, apoyó a Irak en su invasión a Kuwait en 1990-1991, se aproximó a Irán y sirvió de refugio para grupos islamistas egipcios, así como a Osama bin Laden. Además, este giro islamista significó la imposición de su código a los cristianos del Sur, que finalmente se independizaron en 2011. Se tejió el eje Teherán-Jartum, con una fuerte proyección islamista hacia Medio Oriente y el norte de África. En términos de Lawrence Rubin, se articuló un internacionalismo islámico que socava los fundamentos de la legitimidad -republicana o monárquica- de los estados nacionales en la región. Una herramienta para la expansión de este internacionalismo islámico fue la Conferencia Popular Árabe e Islámica, en la que participaba la Hermandad Musulmana de Egipto. Pero el aislamiento político y económico llevaron a un apaciguamiento de la exportación islamista del gobierno de Sudán a mediados de los años noventa, cuando enfrió su alianza con Irán y pidió a Osama bin Laden que se fuera del país, tras haber sido el gran inversor en obras públicas. El autor señala que, si bien la islamización de Sudán comenzó en 1983 con Numeiri, no despertó la preocupación egipcia porque su política se quedó restringida en los límites del país, sin intenciones de exportarla como modelo hacia el resto del continente.
La República Islámica de Irán, en cambio, no cambió su expansión ideológica ni con la muerte de Jomeini. Sus gobernantes siguieron acusando a Mubarak de ser anti-islámico y títere del imperialismo y el sionismo, así como boicotearon los procesos de paz entre israelíes y palestinos al apoyar a Hamas, Jihad Islámica y Hizballah. Es en el terreno de lo simbólico en el que el régimen iraní golpea duramente a Israel y los países árabes que buscan una solución diplomática, desestabilizando la región y transformando a Palestina en una causa religiosa. Egipto y Arabia Saudí consideran a Palestina como un problema árabe y, por consiguiente, terrenal; los iraníes, en cambio, como una cuestión islámica, introduciendo a Dios en un combate sagrado entre bien y mal. En el plano interno, la Casa de Saud es cuestionada por el movimiento Sahwa (Despertar), que propugna una mayor islamización de la sociedad árabe y quitarle privilegios a la familia real.
La guerra de Irak del 2003 y la caída de Saddam Hussein, el ascenso al poder de Ahmadinejad, las guerras del Estado de Israel en Líbano y Gaza, han servido para la expansión de la narrativa islamista en Medio Oriente. La primavera árabe, con sus nefastas consecuencias no buscadas, ha puesto en evidencia la amplia difusión esta corriente política, que también logró crecer gracias a las nuevas formas de comunicación a través de internet y las redes sociales. 
Se podría suponer que el triunfo de la Hermandad Musulmana hubiera sido bien vista por el gobierno de Arabia Saudí; sin embargo, se veía con temor una aproximación entre Teherán y El Cairo, y de allí que apoyó al golpe militar contra el presidente Mursi. 
En suma, este libro enriquece el conocimiento sobre Medio Oriente a través de un prisma que permite observar los conflictos de la región con otras herramientas conceptuales, una dimensión simbólica que no se comprende desde el Occidente secularizado.

Lawrence Rubin, Islam in the Balance: Ideational Threats in Arab Politics. Stanford, Stanford Security Studies, 2014.

domingo, 31 de mayo de 2015

"Nasser's Gamble", de Jesse Ferris.

Guerra olvidada, guerra que se libró en los márgenes del enfrentamiento planetario entre dos grandes bloques, Yemen fue escenario del choque entre dos aspirantes a liderar al mundo árabe: el Egipto de Nasser y la monarquía de Arabia Saudí. 
El nasserismo, mezcla de nacionalismo árabe, socialismo y no alineamiento, fue más una retórica cargada de simbolismos que de realizaciones. Tuvo pretensiones de unir al universo árabe tras su liderazgo, pero su economía tenía débiles fundamentos, a los que su propio régimen socialista se encargó de hacer más frágiles aún con su política de nacionalizaciones y expropiaciones, expulsando a los sectores dinámicos y emprendedores del país. 
Tras un breve período de haber establecido la República Árabe Unida con Siria, este país se retiró unilateralmente de esa fusión en 1961, contrariando a Nasser. Asimismo, esa República Árabe Unida había formado con Yemen del Norte (Reino Mutawakkilita de Yemen) los Estados Árabes Unidos, ménage à trois que se descompuso el mismo año. 
Ante esta separación de las tres unidades, Nasser recibió con entusiasmo el golpe de estado republicano en Yemen del Norte, cuando en septiembre de 1962 los militares depusieron al nuevo imám y rey Muhammad al Badr una semana después de su entronización. El régimen egipcio apoyó con tropas a la "República Árabe del Yemen", en tanto que las fuerzas fieles a la monarquía yemení iniciaron una larga guerra de guerrillas contra el nuevo presidente Sallal. El imam Muhammad al-Badr recibió el apoyo militar de Arabia Saudí, ya que el reino de las dunas miraba con recelo la presencia de tropas egipcias en la península. 
Así fue como Nasser se involucró en su propio Vietnam, al que entró para sostener un régimen militar "republicano" calcado del egipcio, pero que significó un enorme costo en vidas humanas, recursos y tiempo. Nasser tuvo la ayuda de la Unión Soviética, que contribuyó con el traslado aéreo de las tropas y financiación, pero perdió la ayuda económica que hasta entonces le había brindado Estados Unidos. Los egipcios debieron desplegar hasta setenta mil soldados en el territorio, librando una guerra desigual contra guerrillas y en las que debieron lidiar con dudosa fidelidad de las tribus locales.
La guerra fría árabe se libró entre el Egipto "republicano" y "progresista", respaldado por la URSS, y la monarquía saudí "reaccionaria", sostenida por Gran Bretaña y Estados Unidos. Entrampado en Yemen tras años sin victorias, Nasser apostó por el enfrentamiento militar contra el Estado de Israel en 1967, que lo llevó a la derrota vergonzosa en la que perdió la posesión de la península del Sinaí por un decenio. Señala Ferris que el gran ganador de la guerra de los seis días fue Arabia Saudí, que logró entonces que los egipcios se replegaran de Yemen tras el fracaso militar de 1967.
¿Por qué Gamal Abdel Nasser se involucró en esta guerra en Yemen? Buscando un triunfo que le devolviera prestigio como líder del panarabismo, se plegó al golpe de Estado suponiendo que era una pieza fácil, además de poner un pie en la península arábiga. Asimismo, esta aventura bélica reforzaba el carácter militarista de su régimen, expandiendo las Fuerzas Armadas que, no obstante, eran incapaces en el terreno. Se imaginó como árbitro fundamental en el mundo, pero endeudó y empobreció a su país, prefiriendo gastar en cañones y no en manteca. Los límites del nasserismo quedaron en evidencia en la guerra de los seis días, que sí acaparó la atención mundial en junio de 1967.

Jesse Ferris, Nasser's Gamble: How Intervention in Yemen Caused the Six-Day War and the Decline of Egyptian Power. Princeton, Princeton University Press, 2013.

martes, 5 de noviembre de 2013

"Amor bajo la lluvia", de Naguib Mahfuz.

Esta novela de Naguib Mahfuz está ambientada en el Egipto de Nasser después de la derrota en la Guerra de los Seis Días, de 1967. La atmósfera de la obra es de desconcierto, rabia y frustración, de deseos de revancha en el campo de batalla, que se soñaba inminente. En estas páginas no hay un protagonista descollante, sino varios personajes cuyas vidas están enhebradas por el deseo de alcanzar una posición material que los saque de la desazón y la pobreza, así como se entregan a una vida sexual sin amor ni esperanza. La aspiración de muchos de los personajes es emigrar a Occidente para buscar la satisfacción de una existencia más plena, sin saber muy bien a qué querían dirigirse o, en el caso de las mujeres, la estabilidad matrimonial que les asegurara un futuro sin incertidumbre. 
Abundan personajes sin moralidad ni escrúpulos como Hosni Higasi y Ahmad Raduán, ambos de la industria cinematográfica, que juegan con los destinos humanos como si fueran dados, usando los sueños de los más jóvenes, anhelando sólo la satisfacción de su ego sexual. 
Mahfuz nos muestra un Egipto laberíntico, de jóvenes profesionales que no hallan la salida a sus tribulaciones, decepcionados ante las promesas incumplidas de la revolución nasserista.

Naguib Mahfuz, Amor bajo la lluvia.

lunes, 9 de septiembre de 2013

"Faith and Power", de Bernard Lewis.

Este libro de Bernard Lewis, reconocido especialista en el mundo árabe, es una selección de artículos, conferencias y discursos que busca establecer un puente de conocimiento sobre la civilización islámica. Como toda cultura, tiene sus luces y sombras, sus procesos y dinámicas, concepciones y vocabulario que lo hacen diferente y a veces despierta la perplejidad, otras la admiración y también la indignación del observador occidental. 
Bernard Lewis se esmera con paciencia en desbrozar el camino, señalando qué es lo específicamente islámico y qué no, a lo largo de las catorce centurias de su existencia. Y lo hace desde el estudio y la reflexión, no desde el sentimiento de culpa, la apología o el panfleto incendiario. 
El autor nos recuerda que Muhammad (Mahoma) no sólo fue el profeta que dio origen a una nueva religión, sino también un gobernante. Esta diferencia en el nacimiento del Islam es clave para comprender su distancia con respecto, por ejemplo, al judaísmo (Moisés no pudo entrar a la tierra prometida) y al cristianismo, que fue religión estatal tres siglos después de la muerte de Jesús. De allí que en el Islam no exista la diferencia entre la religión y el Estado, o de lo sagrado y lo profano, tal como en Occidente. No hay una autoridad "eclesiástica" de los musulmanes, y la ley y el gobierno están inspirados por la religión, tomando como modelo el tiempo en que el profeta Muhammad fue el líder político de Medina. Por otro lado, tanto el cristianismo como el Islam se consideran a sí mismos como la revelación definitiva de Dios, y ambos se asientan en civilizaciones de gran arraigo histórico.
Cuando surgió el Islam, la cristiandad estaba difundida no sólo en Europa, sino también en el norte de África y el Medio Oriente: el imperio bizantino se extendía por Siria, Irak y Palestina. Allí están, como recuerdo de ese pasado, los cristianos sirios e irakíes, así como los coptos de Egipto. Bernard Lewis señala que el Islam no es la religión de la paz -ya que se expandió por medio de la guerra hacia Occidente y Oriente-, pero que tampoco hace de la guerra su finalidad, y que tanto en el Corán como en los Hadith y el desarrollo jurisprudencial, tiene reglas claras y precisas sobre los enfrentamientos bélicos. Lewis lo subraya: el terrorismo no es islámico, ni tampoco el suicidio. De hecho, propone a los jóvenes que actualmente se entrenan para colocar bombas que matan a inocentes, que lean las fuentes del conocimiento musulmán, para que puedan descubrir que son manipulados en contra de la enseñanza islámica.
El vocabulario construido por ambas civilizaciones no ha contribuido para hallar caminos de convivencia: musulmanes y cristianos se han acusado de infieles y no creyentes, y tampoco han reconocido al otro como religión. Los musulmanes se han referido a los cristianos por sus nacionalidades: francos, romanos, eslavos, o bien con el término derogatorio de "nazarenos". Los cristianos, por su lado, hablaron de sarracenos, árabes, turcos o tátaros, o bien con la denominación -aún extendida- de "mahometanos". 
En los catorce siglos, hubo avances y repliegues de ambas partes, quedando los judíos en medio del enfrentamiento, debiendo adaptarse lo mejor posible en ambas culturas. Lewis señala diferencias notorias entre los judíos del mundo cristiano, de los judíos que vivieron en el universo islámico, cuestión sobre la que escribió un libro anteriormente.
Lo cierto es que cristianos y judíos pudieron desarrollar sus comunidades en los países musulmanes, con sus autoridades religiosas y costumbres, siendo el Imperio Otomano un ejemplo de ello, a pesar de las imposiciones gubernamentales. El otro gran ejemplo, no citado por Lewis, fue la España musulmana, Al Andalus, con su espléndida cultura, aunque fue la periferia del mundo árabe. No ocurrió lo mismo, bien lo sabemos, con los judíos y musulmanes en la Europa de la Edad Media, en donde hubo expulsiones, bautismos forzados y persecuciones.
Si bien Bernard Lewis recuerda que es historiador y que, como tal, su material de estudio es el pasado y no el futuro, se adentra en territorios como la posibilidad de la democracia liberal en el mundo islámico, rescatando algunos elementos que podrían ayudarla a crecer. Advierte al lector, sí, que los regímenes autoritarios de Medio Oriente no han sido lo habitual, en el sentido de que los gobiernos tradicionales no han tenido un poder casi ilimitado como el que han dispuesto Hussein, Assad o Gaddafi. Nos recuerda que el partido Baath fue fundado bajo el modelo fascista en los años cuarenta, bajo la influencia del régimen de Vichy, y luego reconvertido al modelo leninista soviético. Pero, además, pone de relieve que la centralización del poder se fue acrecentando con la incorporación de nuevas tecnologías. Si bien en el mundo islámico no hay una tradición parlamentaria, sí hubo una costumbre de buscar consejos de los diversos sectores de la sociedad. 
También pone énfasis en un aspecto significativo: para los musulmanes, lo que distingue un buen gobierno de uno malo, es que sea justo, no que sea libre. Y esa justicia, inevitablemente en el contexto islámico, es que esté de acuerdo al Corán. No obstante, y por la creciente influencia de los medios occidentales, la concepción de la libertad individual se abre camino en esa cultura. 
Lewis dedica gran espacio a la situación de la mujer en el Islam, que tanto nos choca a los occidentales. Si bien hay mucho por recorrer, también en esto la modernización abrirá nuevas puertas, y ahí está el modelo turco para demostrarlo. Y aquí agrego: la mujer musulmana tenía una gran libertad cuando los árabes eran nómadas, en aquellas caravanas que atravesaban los desiertos, pero pierde y se la encierra cuando se transforman en sociedades urbanas. Los rastros de esa libertad perdida se hallan en la literatura árabe clásica, exquisita y refinada expresión de una cultura que estuvo abierta a la fantasía y el despliegue de la imaginación.
El autor deplora que el islamismo radical tenga simpatizantes en Occidente, ya sea de la izquierda -por su antiamericanismo-, o por la derecha -por su antijudaísmo-. La influencia y difusión del wahhabismo en Europa se debe a los cuantiosos recursos que dispone.
El libro es una invitación a reflexionar. Si bien muchos de sus argumentos se reiteran en varios capítulos, su buena e inteligente prosa ayuda a navegar en un océano que, infortunadamente, se nos presenta turbulento en estas jornadas en las que se debate la posible intervención en Siria.

Bernard Lewis, Faith and Power: Religion and Politics in the Middle East. New York, Oxford University Press, 2010.

jueves, 25 de octubre de 2012

"El Cairo Nuevo", de Naguib Mahfuz.

El Cairo Nuevo es una novela que Naguib Mahfuz escribió en 1945, pero la historia transcurre en el decenio de los treinta en Egipto. El protagonista es el joven estudiante de Letras Mahyub Abdudaim, de muy escasos recursos y que había adoptado una actitud escéptica ante la vida. Su falta de compromiso contrastaba con la de sus compañeros de estudios Alí Taha (socialista) y Mamún Riduan (islamista), a quienes envidiaba por sus posiciones sociales.
Mahyub Abdudaim se verá en grandes aprietos, a pocos meses de graduarse, cuando su padre caiga enfermo y le reduce drásticamente su ayuda económica. Es entonces cuando conoce el hambre y la más angustiante desesperación. Intenta pedir ayuda a un familiar rico, pero éste, sencillamente, no le prestó atención.
Lo que creyó una balsa de salvación vino de la mano de un antiguo vecino de él que supo insertarse en la función pública, Alajxidi, que logra ubicarlo en la burocracia a un precio altísimo: un matrimonio de conveniencia, para encubrir la amante de un ministro. Mahuyb accede, pero ello no será más que una ilusión pasajera que lo llevará al derrumbe.
Naguib Mahfuz no pretende crear personajes heroicos y moralizantes. La suya es una descripción descarnada, cruda, de la miseria de muchos egipcios y su desesperación para sobrevivir a cualquier precio, aún de los más nobles principios.

Naguib Mahfuz, El Cairo Nuevo. Madrid, Alianza, 2002. ISBN 84-206-7292-0

sábado, 20 de octubre de 2012

"Naguib Mahfouz's Egypt: Existential Themes in his Writings", de Haim Gordon.

El libro Naguib Mahfouz's Egypt: Existential Themes in his Writings es un trabajo de exploración en varias novelas y algunos cuentos del escritor egipcio Naguib Mahfuz, que fue galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1988.
El autor se encontró varias veces con el autor para bucear en los libros, buscando rastros de las grandes cuestiones existenciales para el egipcio del siglo XX.
Haim Gordon rastrea las características principales de la sociedad egipcia en las páginas de Mahfuz, señalando algunas huidas que considera significativas: de la libertad, de la confrontación y de asumir la situación de la mujer en ese país. 
Lo cierto es que Mahfuz no intenta ser otra cosa que un narrador, aun cuando en la elección de sus personajes queda claro que procura poner sobre el papel las tensiones de una sociedad que enfrentó su modernización como consecuencia de la segunda guerra mundial y, luego, a partir del gobierno de Nasser. El choque de la tradición con la modernidad, asumida como la incorporación de bienes materiales y el ascenso social a cualquier precio, son elementos presentes en la obra del autor egipcio. 
Si bien es cierto que Mahfuz no trata sobre la falta de libertad en esos decenios en su patria, quizás no lo considerara deseable o, tal vez, no la comprendiera tal como se la concibe en Occidente, al que nunca visitó, ni siquiera cuando obtuvo el premio Nobel. 
En algunos tramos del libro, Haim Gordon pareciera exigir más de lo que Mahfuz estaba dispuesto a escribir. ¿Estaba dispuesto, quería o podía? Pues no lo sabemos, pero allí nos dejó una cuantiosa obra, que se lee con gusto, y que nos ayuda a adentrarnos en el mundo egipcio contemporáneo.

Haim GordonNaguib Mahfouz's Egypt: Existential Themes in his Writings. New York, Greenwood, 1990.

sábado, 18 de febrero de 2012

"Divide y vencerás", de Henri Wesseling.

El libro de Henri L. Wesseling Divide y vencerás. El reparto de África, 1880-1914, es una gran introducción a lo que ocurrió en el continente africano a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en la era de la máxima expansión colonialista europea.
El autor recorre las distintas regiones de África para narrar la expansión europea, comenzando por las costas del Mediterráneo -en donde Francia ya había conquistado Argelia en 1830- en el marco de la rivalidad entre británicos y franceses por regiones que aún formaban parte del desfalleciente Imperio Otomano. De allí que la posesión de Túnez y Egipto pasaran a formar parte de una agenda mayor de la política exterior europea.
La aventura de Leopoldo II, rey de los belgas, en busca de una posesión en África fue el motivo de la célebre Conferencia de Berlín, orquestada por el canciller imperial alemán Otto von Bismarck, y en la que se resolvieron algunas cuestiones de ocupación de las costas africanas. En este sentido, el profesor Wesseling aporta precisión, ya que en general se supone que en este evento diplomático se "repartió" el continente, lo que se sostiene en la gran mayoría de los textos sobre historia diplomática. Como consecuencia de esta conferencia, quedaron claras las presencias europeas en las costas africanas, mas no en el interior, puesto que se desconocía la geografía. Hacia allí partieron numerosos exploradores como el famoso Dr. Livingstone y el aventurero Stanley.
Los británicos tuvieron claro que su objetivo era cuidar Egipto y, más en particular, el canal de Suez que los comunicaba con Asia. De allí que no vacilaron en recurrir a una gran demostración de fuerza frente a las pretensiones francesas en el conflicto de Fachoda, en 1898. En otras regiones, como en África oriental o central, la presencia británica tenía como objetivo no dejar librados esos espacios a sus rivales alemanes, portugueses o franceses.
En Francia, en cambio, nació un poderoso sector a favor de la carrera colonial y de la creación de un gran imperio, que canalizó la gran frustración por la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de los alemanes en 1870. Será a partir de 1904 cuando franceses y británicos logren cerrar sus conflictos coloniales y comerciales en Asia, África y América del Norte y comience a vertebrarse la Entente Cordiale que llevó a ambos países a permanecer aliados en la primera guerra mundial.
Los alemanes, impulsados primero por Bismarck y luego por el Kaiser Guillermo II, se aventuraron tardíamente en África, pero ello fue despertando el recelo de los británicos, cada vez más atentos al desarrollo de la Armada del imperio teutón.
Un capítulo aparte merece la guerra de los Boers librada en África del Sur por parte de los británicos contra las repúblicas de Transvaal y el Estado Libre de Orange, que fue un anticipo del tipo de guerra que se libraría en el escenario europeo en 1914 y que mostró las falencias del ejército imperial.
El libro cierra, naturalmente, con un incidente que hoy entendemos como un precedente de la primera guerra mundial: Marruecos. Allí, los británicos apoyaron la creación de un protectorado francés a pesar de las amenazas alemanas.
Resulta interesante para el lector la existencia de varios reinos y sultanatos independientes en África que en la enorme mayoría de los textos históricos son tratados con desdén o bien ignorados. Como bien señala el autor, la conquista de África nunca fue completa y en ella participaron los africanos en grado considerable.
África sigue siendo, aún hoy, un continente desconocido para muchos -entre los que me incluyo-. Un escenario en el que sigue habiendo guerras sangrientas, dictaduras asesinas, genocidios y destrucción sistemática de la naturaleza.

Henri L. Wesseling, Divide y vencerás. El reparto de África, 1880-1914. Barcelona, RBA, 2010. ISBN 9788498676938