El libro de Jennifer Pitts es uno de esos textos que lo colocan a uno ante aspectos poco luminosos de los autores por los que uno siente cercanía, y por eso le doy la bienvenida entre mis lecturas. Remueve, provoca, presenta y sugiere. Aunque no esté del todo de acuerdo con muchos de sus planteos -o quizás por eso mismo-, me parece un libro de gran valor.
Los autores que podemos ubicar en la corriente liberal del siglo XVIII -el término es extemporáneo- advertían de los riesgos y costos de las aventuras coloniales de Gran Bretaña y Francia. Adam Smith y Edmund Burke, por ejemplo, veían con escepticismo al colonialismo británico. Como bien señala Pitts, si bien los autores de la Ilustración escocesa como Smith y Adam Ferguson sostenían que había varias etapas en el progreso humano, no atribuían los primeros estadios a la falta de inteligencia, sino a la adaptación de sus instituciones y costumbres a las circunstancias que vivían las diferentes culturas. Tampoco tenían un juicio valorativo en estas categorías, sino que simplemente las utilizaban como una herramienta conceptual. Adam Smith en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say en Francia, señalaban que las aventuras coloniales sólo generaban pérdidas para las metrópolis, proponiendo en cambio el libre comercio pacífico entre los pueblos como la forma de promover la prosperidad general.
Edmund Burke fue un gran crítico, desde su banca en el Parlamento y como abogado, de la Compañía de las Indias Orientales. Burke y Smith tenían una concepción universal del ser humano, creyendo en su inteligencia y sentido común más allá de las fronteras culturales, lingüísticas y religiosas. Benjamin Constant, también parlamentario durante la Restauración borbónica, fue un gran crítico del imperialismo francés. Pero tras estas dos generaciones de liberales críticos de las posturas de expansiones imperiales, hubo otra que defendió las conquistas ultramarinas, como la de John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville.
John Stuart Mill se nutrió de dos poderosas fuentes intelectuales: Jeremy Bentham y de su padre, James Mill, ambos utilitaristas. Bentham fue un crítico sagaz del imperialismo, a diferencia de James Mill, un entusiasta funcionario de la Compañía de Indias Orientales. Si bien John Stuart Mill se apartó de las ideas de su progenitor en varios aspectos, no fue así con respecto a la India, ya que también fue funcionario del organismo mencionado hasta su disolución. Y es que John Stuart Mill estaba imbuido de la idea de que los británicos tenían el deber de civilizar a los pueblos "atrasados", ya claramente enrolado en la teoría del progreso que tanto daño hizo al mundo en la centuria decimonónica, y que estuvo -y sigue estando- presente en varias corrientes ideológicas. Si bien J. S. Mill nunca adhirió a las teorías racistas que ya empezaban a esbozarse, sí consideraba que había estadios evolutivos de salvajismo y barbarie que mantenían en situación inmóvil a los pueblos del Oriente, América y África, en una "infancia" que los hacía sujetos del despotismo benevolente de Occidente. Mill creía en una tecnocracia benefactora para la India como modelo a ser replicado en Irlanda, por ejemplo. Nunca viajó a la India para conocer la gran civilización que los británicos estaban dominando, por lo que se mantuvo incólume en sus ideas.
El caso de Alexis de Tocqueville es, particularmente, el que me resultó más interesante. A mi parecer -este juicio es enteramente subjetivo-, Jennifer Pitts es muy dura en sus apreciaciones sobre la postura de Tocqueville con respecto a la colonización de Argelia. Su honestidad intelectual es implacable y le dedica dos capítulos del libro. Alexis de Tocqueville fue un activo parlamentario durante la Monarquía de Julio, constituyente y durante pocos meses ministro de Asuntos Exteriores en la Segunda República. Desde su escaño, se convirtió en una de las voces autorizadas sobre Argelia, a donde viajó en dos oportunidades y dejó plasmadas sus ideas en artículos y ensayos, así como en intervenciones parlamentarias.
Los itinerarios recorridos por Tocqueville en la cuestión argelina reflejan las tensiones que le provocaba: por un lado, partidario de mantener la colonia, siendo plenamente consciente de que para ello se debía recurrir al uso de la fuerza. Por el otro, crítico de los colonos y su sentimiento de falsa superioridad, así como escéptico de las posibilidades de fusionar las culturas en Argelia. Su visión estaba teñida por la necesidad de mantener bajo control la costa meridional del Mediterráneo ante la posible expansión británica, y también para fomentar el espíritu patriótico en Francia. La autora sostiene que Tocqueville tenía la mira puesta en la política interna de su país cuando propició la colonización de Argelia, anhelando mantener a Francia como gran potencia frente a los británicos, a los que admiraba y de los que recelaba. Pitts rescata del injusto olvido a la contracara de Tocqueville que se oponía al imperialismo en tiempos de la monarquía orleanista, Amédée Desjobert, un liberal ubicado en la "izquierda" parlamentaria de aquel entonces, figura política poco estudiada y que requiere ser leído para comprender mejor el debate de la época con más amplitud.
Es sabido que Tocqueville tampoco adhirió a las teorías racistas de superioridad biológica y se opuso a la postura de su antiguo discípulo, el conde Gobineau.
Si bien hace afirmaciones con las que discrepo, el libro es inteligente, bien fundamentado y documentado, de valor y de lectura provechosa.
Jennifer Pitts, A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France. Princeton, Princeton University Press, 2006.
Bitácora de lecturas de Ricardo López Göttig. Historia, literatura, mitología, orientalismo y filosofía política.
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lunes, 29 de julio de 2013
"A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France", de Jennifer Pitts.
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lunes, 22 de abril de 2013
"Afghanistan. A Cultural and Political History", de Thomas J. Barfield.
El antropólogo Thomas Barfield nos invita a explorar, con la maestría de su pluma y la amplia visión de su especialidad, la historia de Afganistán desde el siglo XIX hasta el actual.
De variada composición étnica, Afganistán se halla al sur de lo que fue el Asia Central ocupada por el Imperio Ruso y luego la Unión Soviética, así como al noroeste del antiguo Raj Británico de la India -que incluía al actual Pakistán-, por lo que fue una de las piezas disputadas en el Gran Juego que tuvo lugar en la centuria decimonónica. En este atribulado país viven pashtunes, tadjikos, uzbekos, hazaras, turkmenos, nuristanis, baluchis y otras etnias menores, que a su vez se dividen en confederaciones tribales y clanes que son decisivos en la vida cotidiana de las regiones y comunidades. Los pashtunes, etnia que tendría un 40% de la población, también tienen fuerte presencia en Pakistán, sobre todo en la Provincia del Noroeste, otrora llamada North Western Frontier Province y ahora Federally Administered Tribal Areas (FATA). Dentro de los pashtunes, quienes tuvieron el rol predominante en el gobierno durante más de dos siglos fueron los Durrani, confederación que agrupa a las familias tribales más influyentes de Afganistán.
Para el autor, fueron las dos guerras contra los británicos las que afectaron sensiblemente la política interna de Afganistán. Por un lado, despertaron el deseo de lucha contra un ocupante al que consideraban infiel; por el otro, los emires instalados en Kabul fueron centralizando el poder en detrimento de las regiones. Es interesante observar que los emires, a pesar de su prédica interna en contra de los infieles -británicos o rusos-, recibieron jugosos estipendios del Raj británico que utilizaron para crear una vasta red de complacencia con las tribus cercanas. La centralización llegó a su clímax con el emir Abdur Rahman, que fue el único de los Durrani que pudo morir tranquilamente y dejar el trono en manos del sucesor previamente elegido. El emir Habibullah debió enfrentar las presiones para liberarse completamente de la tutela británica durante la primera guerra mundial. Empero, el Imperio Ruso y el Reino Unido ya habían terminado sus diferencias en 1907 y fueron aliados en la Gran Guerra contra las potencias centrales europeas. Habibullah recibió cartas del Kaiser Guillermo II y del sultán otomano para crear un frente de guerra contra la India, pero debió declarar la neutralidad afgana para evitar una eventual invasión ruso-británica. Muerto en circunstancias sospechosas aún no conocidas, su hermano Nasrullah se proclamó emir. Fue el tercer hijo de Habibullah, Amanullah, quien se rebeló con apoyo del ejército y logró el trono. En abril de 1919 proclamó la tercera guerra contra los británicos, de emancipación nacional y en términos de jihad, que finalmente terminó con la tutela sobre la política exterior afgana con el Tratado de Rawalpindi en agosto. La consecuencia económica, sin embargo, fue perjudicial para la monarquía, ya que significó el fin de los subsidios. El emir Amanullah ganó un enorme prestigio internacional y apoyó a los musulmanes en la India y las independencias de Jiva y Bujara en la guerra civil rusa. Esta fase panislámica de Amanullah fue breve, porque luego impulsó reformas en cuestiones matrimoniales, de impuestos y servicio militar, que despertaron la ira de los sectores religiosos más tradicionales. Los intentos del emir Amanullah de occidentalizar las costumbres y, en particular, de mejorar las condiciones de vida de las mujeres, fueron resistidos y provocaron una gran rebelión en 1929 que desembocó en una guerra civil y la caída del rey. Thomas Barfield nos recuerda que los pashtunes tienen un código de honor muy severo, el pashtunwali, que es el que rige sus costumbres. Si bien lo asimilan a la sharia, el pashtunwali es el que predomina y el que observan los sectores más tradicionales, tal como ocurrió con los Taliban a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Finalmente se instauró la monarquía de Nadir Shah, tras un breve período del kohistani Habibullah, pero el nuevo rey fue asesinado en 1933. Lo sucedió su hijo Zahir Shah, que fue el monarca hasta el golpe de Estado de 1973.
Bien remarca Barfield que durante el extenso reinado de Zahir Shah no se introdujeron reformas sociales en las comunidades rurales, quedando el proceso de modernización restringido a Kabul. Zahir Shah logró tomar el control del gobierno recién en 1964, tras años en que tanto sus tíos como su primo Mohammed Daud ocuparon la función de primer ministro. Durante estos años de estabilidad y paz interna, los más extensos de la historia afgana, el país utilizó su posición fronteriza con la URSS para lograr créditos e inversiones tanto del bloque socialista como de Occidente.
En 1973, Mohammed Daud dio un golpe de Estado y proclamó la república, aunque el poder permaneció en las manos de la misma familia y de los Durrani. En 1978, la facción Jalq del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), de carácter socialista, dio un nuevo golpe contra Daud y buscó el apoyo soviético. No sólo emprendieron un proyecto audaz de revolución de la sociedad afgana, de ingeniería social, sino que además purgaron al propio partido de la facción Parcham, moderada, Y aquí, la visión del antropólogo viene en nuestro auxilio: los Jalq eran de la tribu Ghilzai (pashtún), por lo que buscaban desplazar a los Durrani del poder. Fue inevitable el levantamiento de los sectores más tradicionales contra la política socialista de los Jalq y, por ello, solicitaron el auxilio de la Unión Soviética, que invadió Afganistán en diciembre de 1979.
El autor señala que esta fue la mayor ruptura de la historia afgana, con consecuencias que persisten hasta el presente. Los pashtunes con una visión radicalizada del Islam se asentaron en Pakistán con apoyo económico de Arabia Saudí, con lo que se convirtieron en el sector opositor más numeroso y mejor financiado. Los gobiernos de Estados Unidos, deseosos de contener a la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría, se volcaron por este sector a fin de derrumbar al nuevo estado socialista. Uno de los principales beneficiarios de esta ayuda fue Pakistán, que canalizó los fondos a través de su servicio de inteligencia, el ISI, que habrá de intervenir activamente en la política interna afgana.
Con Mijail Gorbachov como secretario general del PC soviético se comenzaron los cambios en Afganistán, reemplazando a Babrak Karmal por Najibullah, que desmontó parte del simbolismo socialista del PDPA. Hizo ofertas a las facciones rebeldes para integrar el gabinete, que fueron rechazadas por la presencia de las tropas soviéticas. Con el retiro de este ejército en 1989, Najibullah se presentó como un buen musulmán y nacionalista afgano, en tanto que la retirada de la URSS quitó incentivos a Estados Unidos y a Arabia Saudí para continuar financiando a los mujahidin, quedando Pakistán como única fuente de recursos para proseguir la guerra civil, en particular al líder islamista Hekmatyar.
El gobierno de Najibullah sobrevivió hasta 1992, cuando dejó de recibir fondos de la desaparecida Unión Soviética. Tras la instalación del gobierno de Rabbani y Hekmatyar, ambos rivalizaron por el poder en un país que ya no era importante en el tablero del poder mundial, con el fin de la guerra fría.
Fue en estas circunstancias en las que se nutrió el grupo de los Taliban, liderados por el Mullah Omar de Kandahar, que pretendía la instauración de un califato en Afganistán. Los Taliban, que significa "estudiantes", eran jóvenes que en su mayoría se socializaron en los campos de refugiados en Pakistán y que carecían de la formación elemental del Islam, puesto que ignoraban el árabe clásico y mezclaban groseramente la religión con el pashtunwali. En un comienzo tuvieron apoyo al lograr la imposición de la ley y el orden en un país convulsionado, pero luego aplicaron su propia versión de la sharia y el pashtunwali, persiguiendo al sufismo, a la shia y aplicando una iconoclasia rígida y absurda. Al lograr el control de Kabul, en 1996, sólo lograron el reconocimiento internacional de Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.
Ignorantes del mundo más allá de las fronteras afganas, su aislamiento se hizo más evidente cuando dieron asilo a las facciones más radicales del islamismo, como Al Qaeda. Y como nunca lograron el control total del territorio afgano, utilizaron a estos inmigrantes combatientes en la guerra civil contra los enemigos internos.
La suerte de los Taliban quedó sellada con los atentados de septiembre del 2001 en Estados Unidos: la coalición internacional apoyó a los antiguos enemigos de los Taliban y en pocas semanas desalojaron a este régimen de Kabul, debiendo esconderse en las montañas fronterizas con Pakistán. Por el acuerdo de Bonn entre las diferentes facciones afganas -excepto los Taliban- se arribó al consenso de que Hamid Karzai, pashtún Durrani del clan Popalzai, ocupara la presidencia provisional. El rey Zahir Shah, en el exilio, fue entonces un consejero del nuevo gobierno provisional. Si bien muchos pashtunes y no pashtunes apoyaban la restauración de la monarquía, este objetivo no estaba contemplado por el entonces gobierno de George W. Bush, por lo que fue descartada.
Se optó, entonces, por un régimen presidencialista fuerte y centralizado, en el que el presidente designa a los gobernadores y toma decisiones triviales para la vida de las comunidades, como el pago de sueldos a los maestros. Señala Barfield que esta fue una debilidad para Karzai, paradojalmente, ya que todo caso de corrupción e ineficiencia era atribuido al presidente. Asimismo, el autor remarca que la legitimidad en Afganistán no está dada por el origen democrático, sino por el ejercicio eficaz del poder, de modo que el respaldo en las urnas poco significó para la población.
Los Taliban e islamistas siguieron siendo financiados por Pakistán, en donde tuvieron asilo a pesar de su proclamada alianza con los Estados Unidos, buscando desestabilizar al país vecino. Karzai, que ganó la reelección en el 2009 en circunstancias que generaron el rechazo de la comunidad democrática occidental, aún no logró consolidar el poder del estado afgano y persiste el conflicto.
Thomas Barfield cierra el libro con comentarios sumamente interesantes sobre las alianzas económicas y políticas para un Afganistán que pueda progresar hacia la paz, la libertad y la mayor integración de su comercio internacional.
El enfoque desde la antropología arroja un torrente de luz en un conflicto de difícil comprensión para los occidentales, demostrando así, una vez más, el valor de los enfoques desde las más variadas disciplinas.
Thomas J. Barfield, Afghanistan. A Cultural and Political History. Princeton, Princeton University Press, 2010.
De variada composición étnica, Afganistán se halla al sur de lo que fue el Asia Central ocupada por el Imperio Ruso y luego la Unión Soviética, así como al noroeste del antiguo Raj Británico de la India -que incluía al actual Pakistán-, por lo que fue una de las piezas disputadas en el Gran Juego que tuvo lugar en la centuria decimonónica. En este atribulado país viven pashtunes, tadjikos, uzbekos, hazaras, turkmenos, nuristanis, baluchis y otras etnias menores, que a su vez se dividen en confederaciones tribales y clanes que son decisivos en la vida cotidiana de las regiones y comunidades. Los pashtunes, etnia que tendría un 40% de la población, también tienen fuerte presencia en Pakistán, sobre todo en la Provincia del Noroeste, otrora llamada North Western Frontier Province y ahora Federally Administered Tribal Areas (FATA). Dentro de los pashtunes, quienes tuvieron el rol predominante en el gobierno durante más de dos siglos fueron los Durrani, confederación que agrupa a las familias tribales más influyentes de Afganistán.
Para el autor, fueron las dos guerras contra los británicos las que afectaron sensiblemente la política interna de Afganistán. Por un lado, despertaron el deseo de lucha contra un ocupante al que consideraban infiel; por el otro, los emires instalados en Kabul fueron centralizando el poder en detrimento de las regiones. Es interesante observar que los emires, a pesar de su prédica interna en contra de los infieles -británicos o rusos-, recibieron jugosos estipendios del Raj británico que utilizaron para crear una vasta red de complacencia con las tribus cercanas. La centralización llegó a su clímax con el emir Abdur Rahman, que fue el único de los Durrani que pudo morir tranquilamente y dejar el trono en manos del sucesor previamente elegido. El emir Habibullah debió enfrentar las presiones para liberarse completamente de la tutela británica durante la primera guerra mundial. Empero, el Imperio Ruso y el Reino Unido ya habían terminado sus diferencias en 1907 y fueron aliados en la Gran Guerra contra las potencias centrales europeas. Habibullah recibió cartas del Kaiser Guillermo II y del sultán otomano para crear un frente de guerra contra la India, pero debió declarar la neutralidad afgana para evitar una eventual invasión ruso-británica. Muerto en circunstancias sospechosas aún no conocidas, su hermano Nasrullah se proclamó emir. Fue el tercer hijo de Habibullah, Amanullah, quien se rebeló con apoyo del ejército y logró el trono. En abril de 1919 proclamó la tercera guerra contra los británicos, de emancipación nacional y en términos de jihad, que finalmente terminó con la tutela sobre la política exterior afgana con el Tratado de Rawalpindi en agosto. La consecuencia económica, sin embargo, fue perjudicial para la monarquía, ya que significó el fin de los subsidios. El emir Amanullah ganó un enorme prestigio internacional y apoyó a los musulmanes en la India y las independencias de Jiva y Bujara en la guerra civil rusa. Esta fase panislámica de Amanullah fue breve, porque luego impulsó reformas en cuestiones matrimoniales, de impuestos y servicio militar, que despertaron la ira de los sectores religiosos más tradicionales. Los intentos del emir Amanullah de occidentalizar las costumbres y, en particular, de mejorar las condiciones de vida de las mujeres, fueron resistidos y provocaron una gran rebelión en 1929 que desembocó en una guerra civil y la caída del rey. Thomas Barfield nos recuerda que los pashtunes tienen un código de honor muy severo, el pashtunwali, que es el que rige sus costumbres. Si bien lo asimilan a la sharia, el pashtunwali es el que predomina y el que observan los sectores más tradicionales, tal como ocurrió con los Taliban a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Finalmente se instauró la monarquía de Nadir Shah, tras un breve período del kohistani Habibullah, pero el nuevo rey fue asesinado en 1933. Lo sucedió su hijo Zahir Shah, que fue el monarca hasta el golpe de Estado de 1973.
Bien remarca Barfield que durante el extenso reinado de Zahir Shah no se introdujeron reformas sociales en las comunidades rurales, quedando el proceso de modernización restringido a Kabul. Zahir Shah logró tomar el control del gobierno recién en 1964, tras años en que tanto sus tíos como su primo Mohammed Daud ocuparon la función de primer ministro. Durante estos años de estabilidad y paz interna, los más extensos de la historia afgana, el país utilizó su posición fronteriza con la URSS para lograr créditos e inversiones tanto del bloque socialista como de Occidente.
En 1973, Mohammed Daud dio un golpe de Estado y proclamó la república, aunque el poder permaneció en las manos de la misma familia y de los Durrani. En 1978, la facción Jalq del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), de carácter socialista, dio un nuevo golpe contra Daud y buscó el apoyo soviético. No sólo emprendieron un proyecto audaz de revolución de la sociedad afgana, de ingeniería social, sino que además purgaron al propio partido de la facción Parcham, moderada, Y aquí, la visión del antropólogo viene en nuestro auxilio: los Jalq eran de la tribu Ghilzai (pashtún), por lo que buscaban desplazar a los Durrani del poder. Fue inevitable el levantamiento de los sectores más tradicionales contra la política socialista de los Jalq y, por ello, solicitaron el auxilio de la Unión Soviética, que invadió Afganistán en diciembre de 1979.
El autor señala que esta fue la mayor ruptura de la historia afgana, con consecuencias que persisten hasta el presente. Los pashtunes con una visión radicalizada del Islam se asentaron en Pakistán con apoyo económico de Arabia Saudí, con lo que se convirtieron en el sector opositor más numeroso y mejor financiado. Los gobiernos de Estados Unidos, deseosos de contener a la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría, se volcaron por este sector a fin de derrumbar al nuevo estado socialista. Uno de los principales beneficiarios de esta ayuda fue Pakistán, que canalizó los fondos a través de su servicio de inteligencia, el ISI, que habrá de intervenir activamente en la política interna afgana.
Con Mijail Gorbachov como secretario general del PC soviético se comenzaron los cambios en Afganistán, reemplazando a Babrak Karmal por Najibullah, que desmontó parte del simbolismo socialista del PDPA. Hizo ofertas a las facciones rebeldes para integrar el gabinete, que fueron rechazadas por la presencia de las tropas soviéticas. Con el retiro de este ejército en 1989, Najibullah se presentó como un buen musulmán y nacionalista afgano, en tanto que la retirada de la URSS quitó incentivos a Estados Unidos y a Arabia Saudí para continuar financiando a los mujahidin, quedando Pakistán como única fuente de recursos para proseguir la guerra civil, en particular al líder islamista Hekmatyar.
El gobierno de Najibullah sobrevivió hasta 1992, cuando dejó de recibir fondos de la desaparecida Unión Soviética. Tras la instalación del gobierno de Rabbani y Hekmatyar, ambos rivalizaron por el poder en un país que ya no era importante en el tablero del poder mundial, con el fin de la guerra fría.
Fue en estas circunstancias en las que se nutrió el grupo de los Taliban, liderados por el Mullah Omar de Kandahar, que pretendía la instauración de un califato en Afganistán. Los Taliban, que significa "estudiantes", eran jóvenes que en su mayoría se socializaron en los campos de refugiados en Pakistán y que carecían de la formación elemental del Islam, puesto que ignoraban el árabe clásico y mezclaban groseramente la religión con el pashtunwali. En un comienzo tuvieron apoyo al lograr la imposición de la ley y el orden en un país convulsionado, pero luego aplicaron su propia versión de la sharia y el pashtunwali, persiguiendo al sufismo, a la shia y aplicando una iconoclasia rígida y absurda. Al lograr el control de Kabul, en 1996, sólo lograron el reconocimiento internacional de Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.
Ignorantes del mundo más allá de las fronteras afganas, su aislamiento se hizo más evidente cuando dieron asilo a las facciones más radicales del islamismo, como Al Qaeda. Y como nunca lograron el control total del territorio afgano, utilizaron a estos inmigrantes combatientes en la guerra civil contra los enemigos internos.
La suerte de los Taliban quedó sellada con los atentados de septiembre del 2001 en Estados Unidos: la coalición internacional apoyó a los antiguos enemigos de los Taliban y en pocas semanas desalojaron a este régimen de Kabul, debiendo esconderse en las montañas fronterizas con Pakistán. Por el acuerdo de Bonn entre las diferentes facciones afganas -excepto los Taliban- se arribó al consenso de que Hamid Karzai, pashtún Durrani del clan Popalzai, ocupara la presidencia provisional. El rey Zahir Shah, en el exilio, fue entonces un consejero del nuevo gobierno provisional. Si bien muchos pashtunes y no pashtunes apoyaban la restauración de la monarquía, este objetivo no estaba contemplado por el entonces gobierno de George W. Bush, por lo que fue descartada.
Se optó, entonces, por un régimen presidencialista fuerte y centralizado, en el que el presidente designa a los gobernadores y toma decisiones triviales para la vida de las comunidades, como el pago de sueldos a los maestros. Señala Barfield que esta fue una debilidad para Karzai, paradojalmente, ya que todo caso de corrupción e ineficiencia era atribuido al presidente. Asimismo, el autor remarca que la legitimidad en Afganistán no está dada por el origen democrático, sino por el ejercicio eficaz del poder, de modo que el respaldo en las urnas poco significó para la población.
Los Taliban e islamistas siguieron siendo financiados por Pakistán, en donde tuvieron asilo a pesar de su proclamada alianza con los Estados Unidos, buscando desestabilizar al país vecino. Karzai, que ganó la reelección en el 2009 en circunstancias que generaron el rechazo de la comunidad democrática occidental, aún no logró consolidar el poder del estado afgano y persiste el conflicto.
Thomas Barfield cierra el libro con comentarios sumamente interesantes sobre las alianzas económicas y políticas para un Afganistán que pueda progresar hacia la paz, la libertad y la mayor integración de su comercio internacional.
El enfoque desde la antropología arroja un torrente de luz en un conflicto de difícil comprensión para los occidentales, demostrando así, una vez más, el valor de los enfoques desde las más variadas disciplinas.
Thomas J. Barfield, Afghanistan. A Cultural and Political History. Princeton, Princeton University Press, 2010.
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sábado, 18 de febrero de 2012
"Divide y vencerás", de Henri Wesseling.
El libro de Henri L. Wesseling Divide y vencerás. El reparto de África, 1880-1914, es una gran introducción a lo que ocurrió en el continente africano a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en la era de la máxima expansión colonialista europea.
El autor recorre las distintas regiones de África para narrar la expansión europea, comenzando por las costas del Mediterráneo -en donde Francia ya había conquistado Argelia en 1830- en el marco de la rivalidad entre británicos y franceses por regiones que aún formaban parte del desfalleciente Imperio Otomano. De allí que la posesión de Túnez y Egipto pasaran a formar parte de una agenda mayor de la política exterior europea.
La aventura de Leopoldo II, rey de los belgas, en busca de una posesión en África fue el motivo de la célebre Conferencia de Berlín, orquestada por el canciller imperial alemán Otto von Bismarck, y en la que se resolvieron algunas cuestiones de ocupación de las costas africanas. En este sentido, el profesor Wesseling aporta precisión, ya que en general se supone que en este evento diplomático se "repartió" el continente, lo que se sostiene en la gran mayoría de los textos sobre historia diplomática. Como consecuencia de esta conferencia, quedaron claras las presencias europeas en las costas africanas, mas no en el interior, puesto que se desconocía la geografía. Hacia allí partieron numerosos exploradores como el famoso Dr. Livingstone y el aventurero Stanley.
Los británicos tuvieron claro que su objetivo era cuidar Egipto y, más en particular, el canal de Suez que los comunicaba con Asia. De allí que no vacilaron en recurrir a una gran demostración de fuerza frente a las pretensiones francesas en el conflicto de Fachoda, en 1898. En otras regiones, como en África oriental o central, la presencia británica tenía como objetivo no dejar librados esos espacios a sus rivales alemanes, portugueses o franceses.
En Francia, en cambio, nació un poderoso sector a favor de la carrera colonial y de la creación de un gran imperio, que canalizó la gran frustración por la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de los alemanes en 1870. Será a partir de 1904 cuando franceses y británicos logren cerrar sus conflictos coloniales y comerciales en Asia, África y América del Norte y comience a vertebrarse la Entente Cordiale que llevó a ambos países a permanecer aliados en la primera guerra mundial.
Los alemanes, impulsados primero por Bismarck y luego por el Kaiser Guillermo II, se aventuraron tardíamente en África, pero ello fue despertando el recelo de los británicos, cada vez más atentos al desarrollo de la Armada del imperio teutón.
Un capítulo aparte merece la guerra de los Boers librada en África del Sur por parte de los británicos contra las repúblicas de Transvaal y el Estado Libre de Orange, que fue un anticipo del tipo de guerra que se libraría en el escenario europeo en 1914 y que mostró las falencias del ejército imperial.
El libro cierra, naturalmente, con un incidente que hoy entendemos como un precedente de la primera guerra mundial: Marruecos. Allí, los británicos apoyaron la creación de un protectorado francés a pesar de las amenazas alemanas.
Resulta interesante para el lector la existencia de varios reinos y sultanatos independientes en África que en la enorme mayoría de los textos históricos son tratados con desdén o bien ignorados. Como bien señala el autor, la conquista de África nunca fue completa y en ella participaron los africanos en grado considerable.
África sigue siendo, aún hoy, un continente desconocido para muchos -entre los que me incluyo-. Un escenario en el que sigue habiendo guerras sangrientas, dictaduras asesinas, genocidios y destrucción sistemática de la naturaleza.
Henri L. Wesseling, Divide y vencerás. El reparto de África, 1880-1914. Barcelona, RBA, 2010. ISBN 9788498676938
El autor recorre las distintas regiones de África para narrar la expansión europea, comenzando por las costas del Mediterráneo -en donde Francia ya había conquistado Argelia en 1830- en el marco de la rivalidad entre británicos y franceses por regiones que aún formaban parte del desfalleciente Imperio Otomano. De allí que la posesión de Túnez y Egipto pasaran a formar parte de una agenda mayor de la política exterior europea.
La aventura de Leopoldo II, rey de los belgas, en busca de una posesión en África fue el motivo de la célebre Conferencia de Berlín, orquestada por el canciller imperial alemán Otto von Bismarck, y en la que se resolvieron algunas cuestiones de ocupación de las costas africanas. En este sentido, el profesor Wesseling aporta precisión, ya que en general se supone que en este evento diplomático se "repartió" el continente, lo que se sostiene en la gran mayoría de los textos sobre historia diplomática. Como consecuencia de esta conferencia, quedaron claras las presencias europeas en las costas africanas, mas no en el interior, puesto que se desconocía la geografía. Hacia allí partieron numerosos exploradores como el famoso Dr. Livingstone y el aventurero Stanley.
Los británicos tuvieron claro que su objetivo era cuidar Egipto y, más en particular, el canal de Suez que los comunicaba con Asia. De allí que no vacilaron en recurrir a una gran demostración de fuerza frente a las pretensiones francesas en el conflicto de Fachoda, en 1898. En otras regiones, como en África oriental o central, la presencia británica tenía como objetivo no dejar librados esos espacios a sus rivales alemanes, portugueses o franceses.
En Francia, en cambio, nació un poderoso sector a favor de la carrera colonial y de la creación de un gran imperio, que canalizó la gran frustración por la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de los alemanes en 1870. Será a partir de 1904 cuando franceses y británicos logren cerrar sus conflictos coloniales y comerciales en Asia, África y América del Norte y comience a vertebrarse la Entente Cordiale que llevó a ambos países a permanecer aliados en la primera guerra mundial.
Los alemanes, impulsados primero por Bismarck y luego por el Kaiser Guillermo II, se aventuraron tardíamente en África, pero ello fue despertando el recelo de los británicos, cada vez más atentos al desarrollo de la Armada del imperio teutón.
Un capítulo aparte merece la guerra de los Boers librada en África del Sur por parte de los británicos contra las repúblicas de Transvaal y el Estado Libre de Orange, que fue un anticipo del tipo de guerra que se libraría en el escenario europeo en 1914 y que mostró las falencias del ejército imperial.
El libro cierra, naturalmente, con un incidente que hoy entendemos como un precedente de la primera guerra mundial: Marruecos. Allí, los británicos apoyaron la creación de un protectorado francés a pesar de las amenazas alemanas.
Resulta interesante para el lector la existencia de varios reinos y sultanatos independientes en África que en la enorme mayoría de los textos históricos son tratados con desdén o bien ignorados. Como bien señala el autor, la conquista de África nunca fue completa y en ella participaron los africanos en grado considerable.
África sigue siendo, aún hoy, un continente desconocido para muchos -entre los que me incluyo-. Un escenario en el que sigue habiendo guerras sangrientas, dictaduras asesinas, genocidios y destrucción sistemática de la naturaleza.
Henri L. Wesseling, Divide y vencerás. El reparto de África, 1880-1914. Barcelona, RBA, 2010. ISBN 9788498676938
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