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lunes, 22 de abril de 2013

"Afghanistan. A Cultural and Political History", de Thomas J. Barfield.

El antropólogo Thomas Barfield nos invita a explorar, con la maestría de su pluma y la amplia visión de su especialidad, la historia de Afganistán desde el siglo XIX hasta el actual. 
De variada composición étnica, Afganistán se halla al sur de lo que fue el Asia Central ocupada por el Imperio Ruso y luego la Unión Soviética, así como al noroeste del antiguo Raj Británico de la India -que incluía al actual Pakistán-, por lo que fue una de las piezas disputadas en el Gran Juego que tuvo lugar en la centuria decimonónica. En este atribulado país viven pashtunes, tadjikos, uzbekos, hazaras, turkmenos, nuristanis, baluchis y otras etnias menores, que a su vez se dividen en confederaciones tribales y clanes que son decisivos en la vida cotidiana de las regiones y comunidades. Los pashtunes, etnia que tendría un 40% de la población, también tienen fuerte presencia en Pakistán, sobre todo en la Provincia del Noroeste, otrora llamada North Western Frontier Province y ahora Federally Administered Tribal Areas (FATA). Dentro de los pashtunes, quienes tuvieron el rol predominante en el gobierno durante más de dos siglos fueron los Durrani, confederación que agrupa a las familias tribales más influyentes de Afganistán.
Para el autor, fueron las dos guerras contra los británicos las que afectaron sensiblemente la política interna de Afganistán. Por un lado, despertaron el deseo de lucha contra un ocupante al que consideraban infiel; por el otro, los emires instalados en Kabul fueron centralizando el poder en detrimento de las regiones. Es interesante observar que los emires, a pesar de su prédica interna en contra de los infieles -británicos o rusos-, recibieron jugosos estipendios del Raj británico que utilizaron para crear una vasta red de complacencia con las tribus cercanas. La centralización llegó a su clímax con el emir Abdur Rahman, que fue el único de los Durrani que pudo morir tranquilamente y dejar el trono en manos del sucesor previamente elegido. El emir Habibullah debió enfrentar las presiones para liberarse completamente de la tutela británica durante la primera guerra mundial. Empero, el Imperio Ruso y el Reino Unido ya habían terminado sus diferencias en 1907 y fueron aliados en la Gran Guerra contra las potencias centrales europeas. Habibullah recibió cartas del Kaiser Guillermo II y del sultán otomano para crear un frente de guerra contra la India, pero debió declarar la neutralidad afgana para evitar una eventual invasión ruso-británica. Muerto en circunstancias sospechosas aún no conocidas, su hermano Nasrullah se proclamó emir. Fue el tercer hijo de Habibullah, Amanullah, quien se rebeló con apoyo del ejército y logró el trono. En abril de 1919 proclamó la tercera guerra contra los británicos, de emancipación nacional y en términos de jihad, que finalmente terminó con la tutela sobre la política exterior afgana con el Tratado de Rawalpindi en agosto. La consecuencia económica, sin embargo, fue perjudicial para la monarquía, ya que significó el fin de los subsidios. El emir Amanullah ganó un enorme prestigio internacional y apoyó a los musulmanes en la India y las independencias de Jiva y Bujara en la guerra civil rusa. Esta fase panislámica de Amanullah fue breve, porque luego impulsó reformas en cuestiones matrimoniales, de impuestos y servicio militar, que despertaron la ira de los sectores religiosos más tradicionales. Los intentos del emir Amanullah de occidentalizar las costumbres y, en particular, de mejorar las condiciones de vida de las mujeres, fueron resistidos y provocaron una gran rebelión en 1929 que desembocó en una guerra civil y la caída del rey. Thomas Barfield nos recuerda que los pashtunes tienen un código de honor muy severo, el pashtunwali, que es el que rige sus costumbres. Si bien lo asimilan a la sharia, el pashtunwali es el que predomina y el que observan los sectores más tradicionales, tal como ocurrió con los Taliban a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Finalmente se instauró la monarquía de Nadir Shah, tras un breve período del kohistani Habibullah, pero el nuevo rey fue asesinado en 1933. Lo sucedió su hijo Zahir Shah, que fue el monarca hasta el golpe de Estado de 1973.
Bien remarca Barfield que durante el extenso reinado de Zahir Shah no se introdujeron reformas sociales en las comunidades rurales, quedando el proceso de modernización restringido a Kabul. Zahir Shah logró tomar el control del gobierno recién en 1964, tras años en que tanto sus tíos como su primo Mohammed Daud ocuparon la función de primer ministro. Durante estos años de estabilidad y paz interna, los más extensos de la historia afgana, el país utilizó su posición fronteriza con la URSS para lograr créditos e inversiones tanto del bloque socialista como de Occidente.
En 1973, Mohammed Daud dio un golpe de Estado y proclamó la república, aunque el poder permaneció en las manos de la misma familia y de los Durrani. En 1978, la facción Jalq del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), de carácter socialista, dio un nuevo golpe contra Daud y buscó el apoyo soviético. No sólo emprendieron un proyecto audaz de revolución de la sociedad afgana, de ingeniería social, sino que además purgaron al propio partido de la facción Parcham, moderada, Y aquí, la visión del antropólogo viene en nuestro auxilio: los Jalq eran de la tribu Ghilzai (pashtún), por lo que buscaban desplazar a los Durrani del poder. Fue inevitable el levantamiento de los sectores más tradicionales contra la política socialista de los Jalq y, por ello, solicitaron el auxilio de la Unión Soviética, que invadió Afganistán en diciembre de 1979
El autor señala que esta fue la mayor ruptura de la historia afgana, con consecuencias que persisten hasta el presente. Los pashtunes con una visión radicalizada del Islam se asentaron en Pakistán con apoyo económico de Arabia Saudí, con lo que se convirtieron en el sector opositor más numeroso y mejor financiado. Los gobiernos de Estados Unidos, deseosos de contener a la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría, se volcaron por este sector a fin de derrumbar al nuevo estado socialista. Uno de los principales beneficiarios de esta ayuda fue Pakistán, que canalizó los fondos a través de su servicio de inteligencia, el ISI, que habrá de intervenir activamente en la política interna afgana.
Con Mijail Gorbachov como secretario general del PC soviético se comenzaron los cambios en Afganistán, reemplazando a Babrak Karmal por Najibullah, que desmontó parte del simbolismo socialista del PDPA. Hizo ofertas a las facciones rebeldes para integrar el gabinete, que fueron rechazadas por la presencia de las tropas soviéticas. Con el retiro de este ejército en 1989, Najibullah se presentó como un buen musulmán y nacionalista afgano, en tanto que la retirada de la URSS quitó incentivos a Estados Unidos y a Arabia Saudí para continuar financiando a los mujahidin, quedando Pakistán como única fuente de recursos para proseguir la guerra civil, en particular al líder islamista Hekmatyar.
El gobierno de Najibullah sobrevivió hasta 1992, cuando dejó de recibir fondos de la desaparecida Unión Soviética. Tras la instalación del gobierno de Rabbani y Hekmatyar, ambos rivalizaron por el poder en un país que ya no era importante en el tablero del poder mundial, con el fin de la guerra fría. 
Fue en estas circunstancias en las que se nutrió el grupo de los Taliban, liderados por el Mullah Omar de Kandahar, que pretendía la instauración de un califato en Afganistán. Los Taliban, que significa "estudiantes", eran jóvenes que en su mayoría se socializaron en los campos de refugiados en Pakistán y que carecían de la formación elemental del Islam, puesto que ignoraban el árabe clásico y mezclaban groseramente la religión con el pashtunwali. En un comienzo tuvieron apoyo al lograr la imposición de la ley y el orden en un país convulsionado, pero luego aplicaron su propia versión de la sharia y el pashtunwali, persiguiendo al sufismo, a la shia y aplicando una iconoclasia rígida y absurda. Al lograr el control de Kabul, en 1996, sólo lograron el reconocimiento internacional de Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. 
Ignorantes del mundo más allá de las fronteras afganas, su aislamiento se hizo más evidente cuando dieron asilo a las facciones más radicales del islamismo, como Al Qaeda. Y como nunca  lograron el control total del territorio afgano, utilizaron a estos inmigrantes combatientes en la guerra civil contra los enemigos internos.
La suerte de los Taliban quedó sellada con los atentados de septiembre del 2001 en Estados Unidos: la coalición internacional apoyó a los antiguos enemigos de los Taliban y en pocas semanas desalojaron a este régimen de Kabul, debiendo esconderse en las montañas fronterizas con Pakistán. Por el acuerdo de Bonn entre las diferentes facciones afganas -excepto los Taliban- se arribó al consenso de que Hamid Karzai, pashtún Durrani del clan Popalzai, ocupara la presidencia provisional. El rey Zahir Shah, en el exilio, fue entonces un consejero del nuevo gobierno provisional. Si bien muchos pashtunes y no pashtunes apoyaban la restauración de la monarquía, este objetivo no estaba contemplado por el entonces gobierno de George W. Bush, por lo que fue descartada.
Se optó, entonces, por un régimen presidencialista fuerte y centralizado, en el que el presidente designa a los gobernadores y toma decisiones triviales para la vida de las comunidades, como el pago de sueldos a los maestros. Señala Barfield que esta fue una debilidad para Karzai, paradojalmente, ya que todo caso de corrupción e ineficiencia era atribuido al presidente. Asimismo, el autor remarca que la legitimidad en Afganistán no está dada por el origen democrático, sino por el ejercicio eficaz del poder, de modo que el respaldo en las urnas poco significó para la población.
Los Taliban e islamistas siguieron siendo financiados por Pakistán, en donde tuvieron asilo a pesar de su proclamada alianza con los Estados Unidos, buscando desestabilizar al país vecino. Karzai, que ganó la reelección en el 2009 en circunstancias que generaron el rechazo de la comunidad democrática occidental, aún no logró consolidar el poder del estado afgano y persiste el conflicto.
Thomas Barfield cierra el libro con comentarios sumamente interesantes sobre las alianzas económicas y políticas para un Afganistán que pueda progresar hacia la paz, la libertad y la mayor integración de su comercio internacional.
El enfoque desde la antropología arroja un torrente de luz en un conflicto de difícil comprensión para los occidentales, demostrando así, una vez más, el valor de los enfoques desde las más variadas disciplinas.

Thomas J. Barfield, Afghanistan. A Cultural and Political History. Princeton, Princeton University Press, 2010.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

"Un imperio fallido", de Vladislav Zubok.

El libro de Vladislav Zubok, Un imperio fallido, es un excelente libro que estudia el desarrollo y ocaso de la Unión Soviética durante la guerra fría, hasta su implosión en 1991. El autor utiliza archivos recientemente desclasificados, por lo que cuenta con un material de extraordinaria riqueza e interés sobre los debates que se produjeron en el Politburó durante el largo período de Stalin después de la segunda guerra mundial hasta Mijail Gorbachov. El autor, que es un historiador ruso, plantea que con Stalin se instaló un paradigma revolucionario-imperial en el que convergía el pensamiento socialista bolchevique de la revolución de 1917 con la extensa tradición del expansionismo zarista. Stalin no dudó en llevar adelante ese paradigma con un altísimo costo en vidas humanas y se atrevió a enfrentar a Occidente en escenarios como Europa central y oriental –especialmente en Alemania-, en la península coreana, en Irán, Turquía y Asia central.
Nikita Jruschchov no desmanteló este paradigma, y lo consolidó poniendo un marcado acento en la carrera armamentista nuclear, llevando al mundo a la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, que bordeó el precipicio de la conflagración nuclear. Pero este fracaso en Cuba, el levantamiento del oprobioso Muro de Berlín en 1961 y los efectos de la desestalinización y el deshielo cultural en la URSS, condujeron a que fuera destituido en 1964 para coronar a Leonid Brezhnev.
Vladislav Zubok dedica un interesante capítulo a la situación interna de la URSS durante el período de la desestalinización y cómo afectó este proceso –a pesar de sus limitaciones- a favor de un cambio en la visión que tenía una nueva generación de soviéticos sobre su país y el exterior, al que poco conocían. Los líderes soviéticos no supieron responder a la aparición de intelectuales que se atrevieron a pensar y escribir por fuera de los lineamientos oficiales, como Borís Pasternak, Solzhenitsin, a los planteos pacifistas de Andrei Sajarov o al del cellista Mstislav Rostropovich. También actuaron con torpeza ante el justo reclamo de la minoría judía en la URSS, que deseaba emigrar al Estado de Israel con el apoyo del movimiento sionista y políticos demócratas y republicanos de Estados Unidos.
Tanto Jrushchov como Brezhnev eran novatos en su política exterior, y se comportaban más como burócratas que como herederos de un país con aspiraciones revolucionarias, lo que produjo fricciones con la China maoísta, la Yugoslavia del mariscal Tito, el Vietnam de Ho Chi Minh y la Cuba de Fidel Castro, entre otros. En Estados Unidos, Brezhnev encontró a un presidente como Richard Nixon que estaba dispuesto a llegar a acuerdos concretos y duraderos para alcanzar la distensión, a pesar de la conocida retórica anticomunista de este político republicano antes de alcanzar la primera magistratura. No obstante, como bien señala el autor, Brezhnev irá sufriendo un acelerado deterioro de sus facultades mentales y fortaleza física por su adicción a los calmantes, que comenzó a ingerir en 1968 cuando ordenó invadir a Checoslovaquia para detener el proceso de liberalización conocido como la “Primavera de Praga” liderado por Dubček. El Politburó siguió manejando los hilos del poder sin remover al secretario general, y tomó decisiones críticas para el futuro de la URSS y que hicieron peligrar la paz mundial, como la invasión a Afganistán en 1979, manipulando a Brezhnev. Zubok subraya el protagonismo de Andropov –luego sucesor de Brezhnev desde 1982 a 1984, porque asumió enfermo como secretario general- tanto en la invasión a Checoslovaquia en 1968, en donde a la sazón era embajador, así como la irrupción en Afganistán, siendo director del KGB. En ambas situaciones, Andropov manipuló la información disponible para sacar provecho y fortalecer su posición en la nomenklatura. Entre 1982 y 1985, los fugaces Andropov y Chernenko mantuvieron la inercia de la gerontocracia hasta que asumió Mijail Gorbachov como secretario general del partido.
El autor remarca la preocupación constante de Gorbachov ante la propuesta lanzada por Ronald Reagan, en 1983, de desarrollar la Iniciativa de Defensa Estratégica, un escudo antibalístico que aspiraba a neutralizar cualquier ataque nuclear contra los Estados Unidos desde el espacio. Si bien ya en tiempos de Lyndon Johnson y Brezhnev se intentó impedir el desarrollo de los ABM (misiles antibalísticos), la iniciativa de Reagan –popularmente conocida como Star Wars- provocó una seria preocupación en Gorbachov. De allí que se empeñara sinceramente en llevar adelante una política de desarme, en la que halló eco en el presidente estadounidense de manera insospechada para los miembros del Politburó. Gorbachov entendía que el severo retraso económico y social de la Unión Soviética requería un giro fundamental en la política exterior, para poder dedicar la gran masa de recursos que se invertía en la carrera armamentista y en el mantenimiento de estados satélites hacia mejoras sustanciales para la población.
El libro concluye con el desplome del sistema socialista en Europa oriental y la posterior desaparición de la Unión Soviética en 1991, a pesar de los intentos de Gorbachov para mantenerla de otra forma renovada. Es que, a criterio del autor, Gorbachov fue un gobernante que, por sus características personales, no actuó como tal: no se propuso utilizar la coerción en ninguna circunstancia, aun cuando ello significara observar sin actuar ante el ejercicio de la violencia de un grupo contra otro, como ocurrió con algunos movimientos nacionalistas. Y el primer deber de todo gobernante es, claramente, impedir que se dañe a los ciudadanos. Tampoco supo negociar la retirada de la URSS de Europa oriental, ya que fue concediendo sin exigir contrapartidas. Bien señala Zubok que Mijail Gorbachov tomó como modelo a la no violencia de Gandhi, pero él no fue el fundador de un estado, como sí lo fue Nehru.
Como complemento de este libro, sugiero la lectura de las memorias de Anatoli Dobrinin, quien fue embajador soviético durante casi 25 años en los Estados Unidos, publicadas en castellano por el Fondo de Cultura Económica con el título En confianza y del que pronto haré un comentario en este blog.
Se trata de un texto bien documentado, de buena lectura, indispensable para el estudioso del siglo XX y para el lector que quiera comprender qué ocurrió en ese mundo en el que imperaba el silencio y la opresión.

Vladislav Zubok, Un imperio fallido. Barcelona, Crítica, 2008. ISBN 978-84-8432-756-1