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martes, 21 de enero de 2020

"The Great Fear", de James Harris.

Este libro de James Harris se concentra en el período del terror stalinista de los años treinta, aunque previamente hace un recorrido por el uso de la represión sistemática en la etapa de la conformación del poder zarista y en la revolución bolchevique, para resaltar que la violencia estatal fue una constante en la vida rusa.
Pero el acento está, claramente, no en la personalidad de Stalin sino en la dinámica del sistema socialista, en la que un poder sin límites pudo desplegar una ola de purgas contra la élite y personas comunes. En esto, Stalin heredó prácticas que venían de períodos precedentes, y también la maquinaria que supo montar Lenin durante la guerra civil. El autor establece con acierto un contexto de sensación de aislamiento y percepción de hostilidad externa hacia la Unión Soviética, que muchas veces utilizaron otros países para alimentar esa histeria paranoica del stalinismo.
Lo cierto es que el socialismo soviético, como tantos otros sistemas de planificación central, al anular los mecanismos de la economía de mercado, creó un complejo mecanismo estatal que se tornó burocrático, ineficaz y destructivo de todos los incentivos para la producción. El mantenimiento de la NEP (Nueva Política Económica) en el largo plazo, hubiera significado la admisión de que el mercado es más eficiente en la producción y distribución de bienes básicos para el consumo de los habitantes. La NEP salvó de la muerte por inanición a millones de habitantes, a diferencia del comunismo de guerra de la primera etapa bolchevique. No obstante, Stalin era consciente de que necesitaba un golpe de rumbo para emprender la acelerada industrialización de la URSS, pero se enfrentaba a un problema básico del marxismo: ¿cómo se acumula capital en una economía de planificación central, sin propiedad privada? La respuesta de Stalin fue la colectivización de la agricultura en las granjas colectivas (koljoz), con lo cual obtenía divisas por la exportación de productos y las volcaba a la industrialización. De este modo, Stalin concentraba más poder y libraba una lucha de clases contra el kulak, que reemplazaba o encarnaba de un nuevo modo al burgués. Toda crítica a su política era observada como un delito, ya que tanto los opositores por izquierda -Trotski, Zinoviev, Kamenev-, como los más prudentes como Bujarin, eran tildados y perseguidos como criminales contrarrevolucionarios. En este sentido, comparto la postura del autor en subrayar que no se trataba de una cuestión de rasgos personales de Stalin, sino en un sistema que se nutría de una visión conspiratoria, que le permitía justificar sus mecanismos de opresión en todos los niveles. Toda falencia personal, todo error, era explicado a través de la idea de la conspiración contra el sistema socialista, desde dentro y afuera, con enemigos agazapados en un vasto complot.
Pero el gran despliegue del terror, con juicios sumarios y rápidas ejecuciones, se dio a partir de 1934 con el asesinato de Sergei Kirov, líder del Partido Comunista de Leningrado. Si bien todo apunta a que se trata de un homicidio sin ramificaciones, Stalin interpretó que se trataba de una vasta conjura contra él. Una gran cantidad de funcionarios fueron víctimas de la persecución de la NKVD, la poderosa seguridad soviética, que utilizaba la tortura como un mecanismo habitual para la extracción de confesiones. Se desató una ola de acusaciones y delaciones, en el que cualquier acto fallido era considerado un sabotaje. Como todo régimen del terror, también llegó a los propios actores que lo impulsaban, como Iagoda o Ieshov, y fue utilizado para desestabilizarlo desde afuera, como fue la invención de información sobre el mariscal Tujachevski por parte de Reinhard Heydrich, de la Sicherheitsdienst, para provocar el descabezamiento de las fuerzas armadas soviéticas.
En 1938 se fue aplacando esta ola de purgas, ya que la atención se centró fundamentalmente en el escenario europeo. La inminencia de una guerra y la necesidad de armarse ante un hecho que Stalin consideraba inevitable, puso paños fríos al terror rojo. Stalin estaba seriamente preocupado por peligros desde Asia Oriental, desde inicios de los años treinta, con una eventual invasión japonesa, así como desde Occidente por parte de países como Alemania, Polonia, Rumania, Finlandia y los países bálticos. 
El libro resume adecuadamente la política represiva del régimen comunista, así como la preocupación de Stalin de ataques externos, presentándolo en un panorama amplio. Recomendable para quien busque adentrarse en los pormenores de la historia soviética.

James Harris, The Great Fear: Stalin's Terror of the 1930's. Oxford, Oxford University Press, 2016.

miércoles, 8 de enero de 2020

"Communists and Their Victims", de Roman David

Cómo retribuir a las víctimas de un sistema totalitario que duró cuatro decenios, con la hiperpolitización de la vida cotidiana en todos sus aspectos, fue uno de los capítulos más complejos de las transiciones del comunismo a la democracia liberal en el continente europeo.
En este caso, el autor se centró en Checoslovaquia y, más específicamente, en la República Checa y cómo influyó en el desarrollo de la democracia en los años siguientes a la revolución de terciopelo. Es un caso muy singular en Europa, ya que fue un país ocupado -pero no devastado- por la Alemania nazi entre 1939 y 1945, y luego del golpe de estado comunista de febrero de 1948, quedó como un satélite de la Unión Soviética hasta fines de 1989, cuando el régimen socialista se desmoronó en la revolución de terciopelo.
A partir de 1990 comenzó un proceso de restitución de propiedades a los herederos de aquellas personas que fueron perjudicadas por la implantación del régimen socialista a partir de 1948, así como muchos antiguos disidentes y prisioneros políticos recibieron una indemnización. Se hicieron públicos los listados de aquellos que fueron parte o colaboraron con la Seguridad del Estado (StB), el organismo de seguridad interna que vigilaba, acechaba y detenía a los opositores al régimen. Se aplicó, a partir de 1991, la lustración, por la cual antiguos miembros de la StB y destacados miembros del PC checoslovaco, no pudieron ocupar más funciones en el Estado. En 1993, a instancias de la coalición gubernamental de centro-derecha en República Checa, se votó favorablemente la ley de declaración de ilegitimidad del régimen comunista. Hubo, entonces, varias decisiones que significaron retribuciones o reconocimientos tanto en el plano material como en el simbólico. No obstante, para muchos antiguos disidentes, estas medidas no fueron suficientes, ya que persistió el aislamiento social que habían padecido durante el régimen socialista. Y percibían, además, que antiguos miembros del PC y de la StB no fueron debidamente sancionados.
El antiguo Partido Comunista checoslovaco no cambió su nombre ni su ideología, tan sólo su nombre por el de Partido Comunista de Chequia y Moravia. Preservó, de este modo, un caudal electoral más o menos estable a lo largo de los decenios, y apenas esbozó una tibia disculpa que, para sus afiliados, fue más que suficiente. Pero en términos generales, este PC se mantiene férreo en su defensa nostálgica del régimen totalitario. Sus miembros desconocen abiertamente las violaciones contra los derechos individuales y se lamentan de que las propiedades que tuvo esta fuerza política hayan sido convertidas, por los gobiernos democráticos, en hoteles o residencias. 
El autor hizo numerosas entrevistas con antiguos detenidos políticos, miembros de la StB y el PC, así como ciudadanos comunes, para analizar las perspectivas, y señala que considera que a partir de 1990 no hubo una política que buscara la reconciliación, que sólo podría salir como resultado del reconocimiento y disculpa de los miembros del PC y del conocimiento de la verdad sobre la opresión durante cuatro decenios en ese país centroeuropeo.
Se trata de un trabajo minucioso, sistemático y analítico de los procesos de justicia en Chequia, una obra que debe ser tenida en cuenta para comprender no sólo el pasado y presente de esa nación, sino también como herramienta de comparación con otros países que atraviesen situaciones similares.

Roman David, Communists and Their Victims: The Quest for Justice in the Czech Republic. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2018.  

lunes, 30 de diciembre de 2019

"Generation Stalin", de Andrew Sobanet

Francia fue y es uno de los más vibrantes centros intelectuales del planeta, y fue también uno de los lugares en Europa occidental donde el Partido Comunista local tuvo arraigo a lo largo de decenios. En este libro, el autor recorre las travesías de cuatro intelectuales que tuvieron militancia activa en el PCF y que contribuyeron poderosamente, con sus herramientas, a replicar y agrandar el culto a la personalidad de Iósif Stalin. Cuatro intelectuales que pusieron su talento al servicio del endiosamiento de un régimen totalitario y de su líder, en campañas coordinadas con la Unión Soviética.
Comienza con Henri Barbusse, autor de una biografía (en rigor, una hagiografía) de Stalin, que fue uno de los eslabones en la configuración del culto a la personalidad del dictador en el período de entreguerras. Barbusse hizo su primer viaje a la Unión Soviética en 1927, cuando se celebró el decenio de la revolución bolchevique, y luego sumó otros periplos en los que se vinculó con Stalin, relación que continuó por vía epistolar. Escribió libros laudatorios sobre la Unión Soviética, Georgia y Stalin, con amplia repercusión -y aprobación previa del departamento de cultura y propaganda del Comité Central del PC soviético- no sólo en la propia URSS, sino también en la cultura francesa. El libro sobre Stalin, severamente criticado por Nikita Jruschov en tiempos de la desestalinización, contenía un retrato legendario de Stalin y sobre su participación en la revolución bolchevique, con actos heroicos inexistentes. Era Stalin un superhombre, heredero legítimo de Lenin. Barbusse tenía un singular talento en teñir de comunista a figuras históricas que nada tenían que ver con el bolchevismo, como Jesús o Gandhi, pero su pluma era una herramienta eficaz para transformar la realidad en una ficción que recibía el aplauso de su sector político.
La gran incorporación a las filas del stalinismo fue Romain Rolland, el Premio Nobel de Literatura de 1915, un militante del pacifismo durante la primera guerra mundial y que se fue acercando a la Unión Soviética y al stalinismo en el período de entreguerras, ante el ascenso del fascismo y el nazismo en Europa. Rolland tuvo un largo viaje desde el pacifismo durante la primera guerra mundial, la adhesión a la no violencia de Gandhi, la crítica a los métodos violentos de la revolución bolchevique, hasta su aproximación a la URSS y, finalmente, su adhesión pública a Stalin y su régimen. El periplo que realizó a la URSS en 1934, organizado por la agencia VOKS, lo transformó en uno de los puntales del culto a la personalidad de Stalin dentro y fuera del régimen. El autor señala que la publicación en 1936 de Retour de l'URSS, de André Gide, provocó una conmoción en el mundo intelectual galo y en las filas del PCF: crítico severo de lo que vio en su viaje a la Unión Soviética, Gide ponía el acento en la pobreza, la persecución al pensamiento crítico, el conformismo, el desconocimiento de cuanto ocurría en el mundo exterior y el culto a la personalidad de Stalin. Lo que agravaba la crítica es que Gide había querido ver, antes de su periplo, en la URSS una tabla de salvación para la humanidad. Rolland salió a embestir públicamente a Gide, una vez más ensalzando a Stalin. Y aquí, sin embargo, encontramos un rasgo de duplicidad de Romain Rolland en el que pone el acento el autor, ya que en sus diarios personales desplegó toda su crítica a la opresión stalinista, la pobreza generalizada en la URSS. Esto significa que, íntimamente, Rolland conocía la realidad que se vivía en el stalinismo de las purgas y los juicios fabricados, así como adhería a lo que Gide se animaba a plantear en público. ¿Por qué esta deshonestidad intelectual y grave falla ética? ¿Temía más al ascenso del nazismo y del fascismo, o bien no se animaba a romper con la maquinaria propagandística soviética y el PCF? Es un dato relevante y a tener en cuenta que el PCF tenía un desarrollado sistema propio de prensa, con periódicos y revistas, que se le volvería en contra en el caso de expresar lo que realmente opinaba sobre la URSS. El Pacto Ribbentropp-Molotov entre la URSS y la Alemania nazi, que significó la declaración de ilegalidad del PCF, también marcó el distanciamiento de Rolland. No obstante, la invasión alemana a la URSS de 1941 colocó al régimen comunista en las filas de los enemigos del Eje, por lo que Rolland pudo callar a su conciencia atribulada, y en sus últimos días de vida en 1944 volvió a formar parte de la pléyade de los intelectuales del PCF. Sus diarios íntimos se conocieron en 1992, cuando ya había caído la Unión Soviética y el marxismo-leninismo entraba en un ocaso temporal.
El tercero de los intelectuales que se analizan en el libro es Paul Eluard, entrando en el período de la posguerra e inicios de la guerra fría. La figura de Maurice Thorez, líder del PCF, recibió también un culto a su personalidad, aunque no como el de Stalin. El PCF elaboró una interpretación histórica que enhebraba al patriotismo francés con el soviético, uniendo a ambos países en un entramado que iba desde el jacobinismo de Robespierre, la Comuna de París y figuras como Jean-Jaurés y Victor Hugo, incluyendo a la Resistencia en tiempos de la ocupación alemana.
En esa clave narrativa que buscaba instalar a Stalin como una figura decisiva de la historia francesa, Paul Eluard hizo el guión del film propagandístico Staline: l'homme que nous aimons le plus, de 1949, en homenaje al septuagésimo natalicio del dictador soviético. El PCF, en sintonía con los dictados de Moscú, pretendía asimilar al Plan Marshall y a la OTAN con la ocupación alemana durante la guerra, en tanto que la URSS representaba no sólo el futuro de la humanidad, sino también a la democracia y el antiimperialismo. 
Paul Eluard se mantuvo fiel a André Breton y el movimiento surrealista hasta 1938; Louis Aragon, en cambio, rompió con Breton para incorporarse al PCF, en el que fue un activo militante y propagandista hasta su muerte en 1982. De este modo, gran parte de su vida política transcurrió bajo el stalinismo en clave gala, siempre sosteniendo la línea -sinuosa y cambiante- del Partido Comunista. A diferencia Thorez, que migró a la URSS antes de la guerra, Aragon sí estuvo en las filas francesas frente a la invasión alemana de 1940. Su voluminosa obra Les Communistes (1949-51 y 1966) es parte de su militancia literaria y partidaria, y las dos versiones presentan variaciones directamente relacionadas con el contexto del comunismo en las etapas del stalinismo tardío y con la URSS posterior a la desestalinización.
De un modo ameno y bien documentado, Andrew Sobanet nos transporta a la obra, las ideas políticas y la militancia partidaria de cuatro intelectuales que orbitaron en el universo del comunismo francés en torno a la figura de Stalin, cimentando el culto a su personalidad en tierras galas. 

Andrew Sobanet, Generation Stalin: French Writers, the Fatherland, and the Cult of Personality. Bloomington, Indiana University Press, 2018. 

viernes, 11 de enero de 2019

"Reconstructing the Cold War", de Ted Hopf

Los primeros años de la guerra fría, período en el que las dos supepotencias emergentes de la segunda guerra mundial comenzaron a desplegar sus recursos y estrategias, son los que se analizan en este libro, poniendo la lupa en la URSS del stalinismo de posguerra y los comienzos de la era Jruschov, sin ingresar en los años sesenta.
Al contrario de lo que muchos soviéticos aspiraron, el stalinismo de posguerra restableció con vigor los engranajes de la represión, la censura y la persecución a aquellos que clasificaba como "enemigos del pueblo". El ungido de ayer podía ser el condenado de hoy, inesperadamente, en un clima de histeria que repetía los oscuros años treinta, con sus purgas y escenificaciones de juicios arreglados. Ted Hopf, uno de los teóricos de la escuela constructivista de las relaciones internacionales, sostiene que esa característica era sistémica, más allá de las peculiaridades de la personalidad conspiranoica de Stalin. De allí, entonces, que ponga el acento en las percepciones creídas y propaladas por el régimen soviético, asumidas como ciertas que llevaron a un marcado aislamiento al considerar a la URSS como rodeada por enemigos hostiles, una lógica binaria que reproducía internamente.
Los regímenes totalitarios se caracterizan por una hiperpolitización de la vida: todo es político y puede ser leído con la óptica ideológica, toda conducta tiene una significación que se interpreta como aceptable o inaceptable, de acuerdo al canon establecido. De este modo, la cultura se transforma en uno de los escenarios en el que la visión totalitaria instaura sus verdades inapelables, convirtiendo a la ciencia, la literatura y las artes en campos de batalla. Hopf señala que, por un lado, se construyó el concepto de una enemistad letal con los Estados Unidos y el Occidente en general, y a ese bloque se le atribuyó tener una red de espionaje y sabotaje en el interior de la URSS. En la visión stalinista, dentro de la URSS el rol de vanguardia modernista y desarrollada la tenía Rusia por sobre el resto, y Moscú por encima de otras ciudades. Asia central y Siberia, consideradas subdesarrolladas y premodernas, debían ser guiadas por los más desarrollados, con Rusia en el pináculo. Esta supremacía de lo ruso se trasladaba a la cinematografía, la literatura y el teatro, y no sólo implicaba disminuir a las otras nacionalidades dentro de la URSS, sino también la rusificación de la población judía, en una política antisemita que la aproximaron a la Alemania nazi en sus inicios. 
Lo mismo ocurría con los países que pasaron a integrarse como satélites en Europa oriental, a los que Stalin les marcaba el ritmo. Mantuvo la distancia respecto a Mao hasta que fue evidente que iba a tomar el poder; la República Democrática Alemana comenzó su giro al marxismo en 1952, cuando Stalin comprendió que no era viable la reunificación de Alemania como un país neutral; fue él quien dio el visto bueno a la invasión a Corea del Sur, suponiendo erróneamente que los estadounidenses no habrían de intervenir en el conflicto.
Con la muerte de Stalin y el ascenso de Nikita Jrushchov, se inició la etapa del deshielo en la que se reconocieron "errores" -léase crímenes- de la etapa stalinista, llegando en su apogeo al célebre informe presentado en el vigésimo congreso del PC soviético.
Jrushchov aceptó el carácter socialista de Yugoslavia, se aproximó a los líderes nacionalistas del tercer mundo como Nasser y Nehru, así como buscó mejorar su relación con Mao. No obstante, la admisión de que Stalin y la URSS no eran infalibles, también alentó la búsqueda de caminos alternativos en Polonia, así como el intento de salir del bloque de Imre Nagy, en Hungría, aplastado por la fuerza. El deshielo cultural lo puso en un brete cuando salió publicado Doctor Zhivago en Italia, por iniciativa de Feltrinelli.
Hopf subraya que esta nueva política -la "coexistencia pacífica"- era el resultado de que la URSS ya había ganado confianza en sí misma, consolidada tras la segunda guerra mundial, y que por lo tanto ya no veía al mundo de un modo binario, sino que podía advertir tonalidades de grises, incluso dentro del propio bloque occidental. A mi criterio, al haber cortado el período en 1958, dejando de lado el levantamiento del Muro de Berlín (1961), la crisis de los misiles en Cuba (1962) y la ruptura sino-soviética, no reflejan con claridad las ambivalencias, vaivenes y laberintos sin salida del experimento de Jrushchov. No obstante, el libro presenta conclusiones interesantes, abre nuevos caminos y brinda perspectivas que deben seguir siendo estudiadas.

Ted Hopf, Reconstructing the Cold War: The Early Years, 1945-1958. New York, Oxford University Press, 2012.

sábado, 17 de febrero de 2018

"Hot Books in the Cold War", de Alfred Reisch.

Con la imposición de regímenes socialistas en Europa central y oriental, tras la "cortina de hierro", las democracias de Occidente buscaron formas de hacer llegar información a través de folletos y libros, horadando la rígida censura. La guerra fría fue un enfrentamiento en todos los terrenos, no sólo político y militar, sino que fundaba en el campo de las ideas y se extendía hacia las artes, los deportes, la ciencia y el entretenimiento. 
En esa gélida pugna los libros tuvieron un lugar central, pero ¿cómo hacerlos llegar a destino, sin que cayeran en manos de los censores? Desde la CIA se utilizaron métodos de distribución de folletos a la población general, enviando globos a Checoslovaquia, Polonia y Hungría, con material traducido a las lenguas locales. Fueron las operaciones Prospero (1953) y Veto (1954) para Checoslovaquia, a donde fueron enviados unos cincuenta millones de folletos; Operación Focus para Hungría, en 1953-54, unos dieciséis millones; y Operación Spotlight, en Polonia, en 1955, con apenas 260 mil. Los aviones checos derribaban en el aire a estos globos, y se prohibía estrictamente a la población a que tomara y leyera esos textos. Los gobiernos de Europa Oriental y la URSS exigían el cese de envío de estos materiales a sus pares de Estados Unidos y la República Federal Alemana -desde donde se lanzaban-. De la impresión se encargaba Free Europe Press, ubicada en Munich y financiada por Estados Unidos, con el objetivo de que su producción bibliográfica fuera 
un ariete mental contra el totalitarismo.
Globos lanzados desde Alemania hacia Europa Oriental
Pero el programa se orientó, luego, al envío de libros a personas que pudieran influir en el desarrollo futuro de los acontecimientos, extendiendo el área a Rumania y Bulgaria. Estos textos se enviaban desde diferentes puntos de Europa, incluso países neutrales como Suiza y Suecia, para escapar a la suspicacia de los servicios de inteligencia, con remitentes falsos y aparentemente inocentes. Se enviaban libros sobre la vida en Occidente, de otras corrientes del marxismo -Rosa Luxemburgo, Jean Paul Sartre, Milovan Djilas-, autores no marxistas como Raymond Aron, André Malraux, Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Ionesco, Pasternak y Czesław Miłosz, clásicos como 1984 de George Orwell -cuya crítica era, precisamente, al stalinismo- o bien el célebre informe de Nikita Jruschov sobre los crímenes cometidos por Stalin. 
Se buscaba crear fisuras, dudas y disidencias en las élites de Europa oriental, apuntando a académicos y políticos. También se les enviaba información sobre las novedades en los terrenos del arte, la filosofía, arquitectura, tecnología y ciencias, cuestiones vedadas por los estrictos criterios oficiales del marxismo-leninismo. En la atmósfera estéril que impregnaba al socialismo real, faltaba el pensamiento humanista que tan vigorosamente había recorrido durante siglos a toda Europa, y del que habían sido protagonistas grandes intelectuales polacos, checos, húngaros... Ese espíritu humanista que había caracterizado los años de Masaryk y Beneš durante la Primera República Checoslovaca, estaba clausurado y se mantenía oculto por su carácter "burgués". El zhdanovismo, ese stalinismo brutal que impuso su sello en la cultura, estaba embruteciendo a quienes ostentaban títulos académicos.
Cuando en los años sesenta se dio a conocer que Free Europe Press y Radio Free Europe estaban siendo financiados por la CIA desde los inicios, el programa de libros fue transferido a entidades ficticias como la International Advisory Council, que después se fusionó con Radio Liberty. Cambió, entonces, el nombre por International Literary Center. Ambas entidades fueron dirigidas por George Minden -nacido en Rumania, educado en Cambridge y que años después obtuvo la ciudadanía estadounidense- hasta 1991. El autor, Alfred Reisch, fue parte de este proyecto, por lo que en las páginas hay colorido, humanidad, intensidad y nostalgia.
Los libros eran enviados a instituciones académicas, bibliotecas y personalidades de la cultura y la ciencia: entre ellos, el dramaturgo Václav Havel y el cardenal polaco Karół Wojtiła... La recepción de los envíos dependía en gran medida de la censura de los regímenes socialistas pero que, a su vez, los libros incautados llegaban a circular en el mercado negro. El impacto de cada libro se multiplicaba, ya que los lectores los prestaban y hacían circular en sus círculos, y algunos llegaban a ser reseñados en revistas literarias. Los partidos comunistas hacían frecuentes campañas advirtiendo sobre los libros extranjeros "hostiles" y las "cartas subversivas" que podían llegar, solicitando a la población que las entregara. Los correos y censores participaron en este rol de impedir el acceso a la literatura externa, aunque esto variaba en cada país, siendo los más estrictos Rumania y los tres países bálticos, que formaban parte de la URSS. Se estima que entre los años 50 hasta los 70, más de dos millones y medio de libros fueron enviados a Europa Oriental, ya sea por correo o a través de personas que los entregaron personalmente. De los años posteriores aún no hay datos certeros, ya que mucha documentación todavía no ha sido desclasificada. El objetivo era resquebrajar el pensamiento único impuesto por el marxismo-leninismo, y de ese modo saltar por sobre la cortina de hierro. 
El proyecto se desactivó en septiembre de 1991, cuando ya se habían celebrado elecciones libres y democráticas en Europa Oriental, y la URSS daba señales claras de su inminente descomposición.

Alfred Reisch, Hot Books in the Cold War: The CIA-Funded Secret Western Book Distribution Program behind the Iron Curtain. Budapest, Central European University Press, 2013.

martes, 21 de noviembre de 2017

"The Last Superpower Summits", de Svetlana Savranskaya et al.

Libro voluminoso de más de mil páginas, esta recopilación de documentos sobre las reuniones cumbre de los presidentes estadounidenses Ronald Reagan y George H. W. Bush con el secretario general del Partido Comunista soviético, Mijail Gorbachov, nos presenta un entramado rico de conversaciones diplomáticas en el más alto nivel. 
La desconfianza mutua, que parecía haberse relajado durante el tiempo de la distensión, recobró su intensidad en 1979, año en que la URSS invadió Afganistán y se produjo la revolución contra Somoza en Nicaragua. Los presidentes Carter y Reagan retomaron la carrera armamentista en intensidad, y durante el primer término del mandatario republicano se formuló el proyecto de la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocido como Star Wars, que estudiaba la creación de un escudo antimisiles en el espacio. Este salto tecnológico, en etapa experimental, fue interpretado por los jerarcas soviéticos como un primer paso hacia una ofensiva nuclear, ya que la URSS quedaría con poca posibilidad de respuesta ante un ataque de misiles procedente de Occidente. El presidente Reagan, en cambio, lo veía como un camino hacia la abolición de los misiles nucleares, ya que los convertiría en obsoletos. La primer ministro británica Margaret Thatcher, por su parte, era escéptica en cuanto a la abolición del arsenal nuclear, ya que lo consideraba necesario como elemento de disuasión y planteaba que el escudo no sería completamente efectivo para contener un ataque.
Con el arribo de Gorbachov al poder soviético, tras las sucesivas muertes de Brezhnev, Andrópov y Chernenko, tuvo una primera reunión con Ronald Reagan en Ginebra, a fines de 1985, en la que ambos se conocieron personalmente y presentaron sus argumentos sobre la IDE, Afganistán y Europa Oriental. Reagan era más intuitivo y comprendió que había encontrado un líder soviético con el que podía llegar a acuerdos de largo alcance; a la vez, se sorprendía por la percepción hostil que tenía hacia los Estados Unidos. 
En 1986 se planteó una segunda reunión, esta vez en Reykjavik, la capital de Islandia, en la que ambos mandatarios fueron planteando sus ideas sobre la abolición nuclear. El desastre de Chernobyl afianzó esa idea en Gorbachov. En ese escenario, Reagan planteó la abolición completa de las armas atómicas y la puesta a disposición de la tecnología de la IDE a la URSS, una propuesta que los propios asesores y funcionarios del presidente estadounidense se encargaron de relativizar y cuestionar, acostumbrados a pensar en los términos de la Destrucción Mutua Asegurada. Gorbachov, por su lado, desconfiaba de la IDE pero comprendió la sinceridad que animaba al presidente Reagan.

A partir de 1987, Gorbachov dejó de preocuparse por la Iniciativa de Defensa Estratégica, porque muchos científicos y asesores le informaron que aún se hallaba en una etapa experimental y que no había certeza de que pudiera funcionar. Así, pasó a concentrarse en el desarme de las fuerzas nucleares intermedias, alcanzando el acuerdo de desmantelamiento de las INF con Reagan en diciembre de 1987, durante la cumbre de Washington. Gorbachov había descubierto sus habilidades en las relaciones públicas en sus viajes a Occidente y Europa oriental, por lo que también recurrió a ellas en su visita a Washington. En este periplo se reunió con Bush, aún vicepresidente y probable candidato republicano para las elecciones de 1988. Si bien no lograron acuerdos en otros terrenos, como América Central, Afganistán y Medio Oriente, Gorbachov cosechó un éxito mejorando la imagen internacional de la URSS. A su vez, la cumbre de Moscú en 1988 fue un triunfo de las relaciones públicas del presidente Reagan en la URSS, hablando en la Universidad y reuniéndose con disidentes y líderes religiosos. Como era el último año de la segunda presidencia de Reagan, poco podía lograrse en materia de acuerdos, pero sí guardaba un alto grado de simbolismo que fortalecía la posición de Gorbachov en la arena interna, frente a sus críticos del ala dura del Partido Comunista. Antes de esta reunión cumbre en la capital soviética, George Shultz y Shevardnadze tuvieron tres encuentros, siendo el más significativo el de Ginebra, ocasión en la que se estableció la fecha de salida de las tropas de la URSS del atribulado Afganistán. Sea como fuere, Reagan ya era un lame duck y los soviéticos comprendieron que un tratado START, de reducción de armas, debería quedar para la futura administración, ya fuese de signo republicano o demócrata.
En diciembre de 1988, con motivo del viaje de Gorbachov a New York para hablar ante la ONU, tuvo lugar la última cumbre oficial con Reagan en Governors Island, a la que discretamente asistió Bush en carácter de presidente electo. Es interesante señalar que la transición fue vista como de palomas a halcones, ya que Bush y sus futuros funcionarios eran escépticos sobre los propósitos de Gorbachov y su perestroika. En su presentación ante las Naciones Unidas, Gorbachov propuso una reducción importante de las fuerzas convencionales del Pacto de Varsovia, señalando el fin de la guerra fría, dejando descolocados a quienes se incorporarían a la Administración Bush.
Durante 1989, los acontecimientos se precipitaron: los soviéticos se retiraron finalmente de Afganistán, se celebraron elecciones pluralistas en la URSS y los regímenes socialistas cayeron en Europa oriental. El presidente Bush desconfiaba de lo que estaba ocurriendo en "la otra Europa" y hasta se oponía a que los disidentes llegaran al poder. En diciembre de 1989 tuvo lugar su reunión con Gorbachov en la isla de Malta, en la que no discutieron la base de ningún acuerdo, y en la que intercambiaron personalmente sus puntos de vista. De la documentación surge la prevención de Bush y el espíritu constructivo de Gorbachov.
Muy diferente fue la intervención de Gorbachov en la conferencia de Washington y Camp David, en 1990. Ya no era un par, sino un líder de un país que estaba en crisis económica, precisando créditos, y con fuertes señales de inestabilidad política y tendencias a la desintegración en los países bálticos. Crecientemente cuestionado por el ala dura del PC, Gorbachov debía dar señales de que sus políticas mejoraban la calidad de vida de los habitantes de la URSS, lo que no estaba ocurriendo. Debía afrontar el desafío de la reunificación alemana -aceptada a regañadientes como un hecho inevitable por Mitterrand, Bush y Thatcher-, un proceso mucho más acelerado que el que querían los líderes europeos. La ubicación de Alemania en la OTAN, el Pacto de Varsovia o la neutralidad era, también, una cuestión crucial para Gorbachov, que finalmente debió acceder a su plena integración a la alianza occidental, recibiendo un flujo importante de dinero para el regreso de las tropas soviéticas a su hogar. En la segunda mitad del año, la mirada estadounidense se fijó en la invasión irakí a Kuwait, del 2 de agosto de 1990, por lo que las tribulaciones de Gorbachov pasaron a un segundo plano.


La invasión a Kuwait puso a Gorbachov en una situación incómoda: Irak era el principal aliado de la URSS en la región, y se había ayudado al régimen de Saddam Hussein con armas y asesores, que pagaba puntualmente. No obstante, Gorbachov rechazó la invasión pero no supo actuar como mediador en el conflicto. En la reunión de Helsinki, de septiembre de 1990, Bush se comprometió a realizar una conferencia sobre Medio Oriente tras resolver la crisis del Golfo, en la que la URSS sería un socio. Gorbachov era reacio al uso de la fuerza para resolver las crisis internacionales, pero simultáneamente necesitaba tener presencia en este conflicto, a fin de mantener la apariencia de superpotencia. Claramente ya no lo era, porque la segunda parte del encuentro se dedicó a la difícil situación económica que estaba atravesando la Unión Soviética, cuestión en la que Bush no se comprometió a brindar soluciones concretas. El líder soviético se empeñó en mantenerse en el escenario mundial con propuestas de paz, pero su vulnerabilidad interna le restaba margen de acción.
En la conferencia de París, de noviembre de 1990, Gorbachov aspiraba a la disolución de los dos bloques militares y a realzar el protagonismo de la OSCE (institución nacida en la convención de Helsinki de 1975), cubriendo desde Vancouver hasta Vladivostok. En ese encuentro, el presidente Bush planteó la necesidad de una resolución de la ONU que contemplara el uso de la fuerza contra Irak, a fin de presionar a Saddam Hussein. Thatcher era más drástica y consideraba a la política estadounidense como demasiado cautelosa. Gorbachov, finalmente, dio su consentimiento a la resolución 678, lo que paradojalmente lo fue relegando a una posición secundaria.
La renuncia de Shevardnadze en diciembre de 1990, puso en evidencia la creciente debilidad de Gorbachov, cada vez más estrecho en sus márgenes de acción entre los duros del PC y los demócratas, ambas partes críticas de su falta de resultados. La intransigencia de Hussein, a pesar de las conversaciones de Gorbachov para evitar el uso de la fuerza militar, ayudó a la opción militar de Bush.
En julio de 1991 se realizó la reunión cumbre en Moscú: Gorbachov estaba asediado por las aspiraciones independentistas de las repúblicas bálticas y la crisis económica. Si bien en marzo de ese año se realizó un plebiscito en nueve de las quince repúblicas para mantener la Unión, con porcentajes abrumadores de apoyo, su continuidad en el poder era frágil. En su participación previa en la conferencia del G7 en Londres, Gorbachov hizo mayores concesiones de desarme con la esperanza de obtener un "plan Marshall" que acompañara las reformas democráticas y de mercado en la URSS. Estados Unidos, sin embargo, ya entraba en la recesión que habría de costarle la reelección a Bush al año siguiente. Volvió a Moscú con muchas palmadas en la espalda, pero sin nada en el bolsillo.
Tras el intento fallido de golpe de Estado de agosto de 1991, Gorbachov entró en un rápido ocaso. La desintegración de la URSS ya era un hecho, y la figura de Boris Ieltsin se afianzaba. 
La Conferencia de Madrid, que tenía como cuestión central el inicio de conversaciones de paz para Medio Oriente, fue el último encuentro de carácter formal de Bush y Gorbachov. Boris Ieltsin, aprovechando la ausencia del líder soviético, enunció ante el Parlamento sus medidas radicales de transición, apartándose de todo lo acordado previamente. El Tratado de la Unión entraba en colapso y en los meses siguientes tuvo lugar la disolución de la URSS.
De la documentación que el libro contiene, surge el protagonismo de actores relevantes como Kohl, Mitterrand y Thatcher, así como las actuaciones diplomáticas de Shevardnadze, Shultz y Baker. Los estadounidenses lograron confiar en Gorbachov demasiado tarde, por lo que este no pudo lograr convencerlos de la necesidad imperiosa de proveerle de auxilio económico para evitar la dispersión de la Unión Soviética. 


Svetlana Savranskaya et al., The Last Superpower Summits. Gorbachov, Reagan, and Bush. Budapest, Central European University Press, 2016.

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Descenso a los infiernos", de Ian Kershaw.

El prestigioso historiador británico Ian Kershaw, ya conocido por su monumental biografía sobre Adolf Hitler y otros libros referentes a la Alemania nazi, se extiende en este grueso volumen en la historia de Europa entre el inicio de la primera guerra mundial y los comienzos de la Guerra Fría. Es el retrato de cómo un continente que presumió de ser la cumbre de la civilización se arrojó al más intenso salvajismo en dos conflagraciones de dimensiones planetarias, y cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días.
Es un período en el que los gobiernos de Alemania buscaron un rol protagónico en el esquema mundial, ya sea con la Weltpolitik del Kaiser Guillermo II, ya con los planes de genocidio y conquista del Este europeo del nazismo. El primero intentó que el entonces Imperio Alemán tuviera el mismo peso político y militar que ya tenía en su desarrollo económico, siendo una de las cuatro grandes economías industriales del planeta. La segunda guerra, en cambio, corrió por los carriles ideológicos del nacionalsocialismo, una corriente político del nacionalismo alemán que sostenía la superioridad racial aria y que, en consecuencia, debía eliminar físicamente a los judíos y pueblos eslavos de Europa central y oriental, así como ocupar las regiones más feraces para ocupar su "espacio vital", el Lebensraum.
El objetivo del Kaiser hubiera supuesto la consolidación del orden imperial aristocrático, de jerarquía social tradicional; el de Adolf Hitler, en cambio, anheló la reestructuración "racial" de Europa y la reconfiguración de las fronteras, una utopía de superioridad étnica que aspiraba a la creación de un "hombre nuevo" ario.
Kershaw pone el acento en el período de entreguerras, cuando tres grandes corrientes ideológicas compitieron en el Viejo Continente: la democracia liberal, el marxismo y el fascismo. Los demócratas liberales se vieron severamente cuestionados por las otras dos corrientes que buscaban demoler los cimientos de las sociedades pluralistas, que crecían electoralmente alimentándose mutuamente en sus mutuos temores. A ello se añadía el vacío dejado por Estados Unidos que, con su repliegue tras la primera guerra mundial, dejó abierto el camino para que las dos fuerzas antiliberales aumentaran su influencia en Europa. La Gran Guerra, con su secuela de militarización de las sociedades y el desplome de los viejos imperios, no pudo ver tras su final el orden democrático y de libre comercio que había auspiciado el presidente Wilson. 
La dinámica de los revolucionarios bolcheviques y de los grupos fascistas configuró una etapa marcada por la violencia más cruda, en la que se ensalzó la intolerancia. El autor se recuesta, en los primeros capítulos del libro, en el recurso fácil de las "clases" como si fueran compactos homogéneos, con contornos definidos y sin fisuras. Bien sabemos que ni siquiera Karl Marx se atrevió a dar una definición de la clase social, a pesar de basar su teoría de la historia en las clases. De modo que no resulta preciso ni útil recurrir a estas herramientas conceptuales tan endebles, más propias del discurso político que del rigor académico. No obstante, esto no le quita méritos al libro en su conjunto. 
Lo cierto es que el período de entreguerras estuvo marcado por la frustración de los ex combatientes en el continente, por los ascensos de los totalitarismos, la aparición de las legiones fascistas y las brigadas comunistas, la hiperinflación y luego la crisis financiera y económica de 1929. En esta atmósfera se produjo una explosión de vitalidad artística, vía de escape de las tribulaciones diarias, acompañada y aumentada por las nuevas formas de comunicación. En este sentido, Kershaw articula magistralmente las tribulaciones políticas y sociales con la vibrante atmósfera cultural del período, lo que amplía las perspectivas de estudio y de reflexión del lector y del especialista. Las ideas del constitucionalismo, el poder limitado y la expansión de una economía de mercado a nivel planetario se descartaban al rincón de las cosas viejas, y el mundo se cerraba y aclamaba a líderes que quería ver sobrehumanos. 
Stalin pudo cometer sus genocidios en la URSS y Adolf Hitler alcanzar el poder, sin que el mundo democrático -bastante pequeño, bastante debilitado- quisiera hacer nada. Británicos y franceses optaron por la vía del apaciguamiento, un camino que no hizo más que postergar lo inevitable y envalentonar al nazismo. 
El título del libro es, sin dudas, adecuado. Ese descenso a los infiernos fue un hundimiento hacia los abismos del salvajismo totalitario, llevado adelante por hombres que decidieron y planificaron crímenes masivos, con la industrialización de la muerte. Kershaw pone el acento, a lo largo de toda la obra, en el antisemitismo antes, durante y después del nazismo, a lo largo de toda Europa. No era un fenómeno nuevo, pero sí tenía algo novedoso al ser un antisemitismo de carácter genético, no religioso. No obstante, el silencio de muchas iglesias cristianas ante los atropellos y, luego, las deportaciones y asesinatos, fue de complicidad. Pero el autor también señala las acciones silenciosas del Papa para salvar judíos en plena hecatombe, aun cuando su principal obsesión era la vida de sus feligreses cristianos. 
Ian Kershaw conoce en profundidad la historia alemana en general, y la del nazismo en particular. Pero tiene una visión de menos hondura sobre países vecinos como Checoslovaquia y Polonia; de allí, entonces, que no pusiera suficientemente énfasis en el atropello letal de la anexión de los Sudetes, la invasión a Checoslovaquia y su desmembramiento, porque a mi juicio no pone en relieve la significación democrática de ese país centroeuropeo cuando era una isla de libertad en un mar de autoritarismos.  La magnitud del desastroso Pacto de Munich, entonces, se apaga si se persiste en observar a Checoslovaquia como una nación periférica del Viejo Continente. 
El libro cierra con los comienzos de la Guerra Fría, subrayando la devastación general en que quedó el continente europeo, con millones de personas sin hogar, deportaciones masivas, escasos alimentos y corrimiento del centro del mundo. De los escombros nació otra situación, completamente nueva, en la que los Estados Unidos encarnaba el liderazgo del mundo democrático liberal, y la URSS el campo socialista. 
El libro es un esfuerzo encomiable, escrito con una buena prosa, de lectura ágil, sumamente recomendable para quien busque adentrarse en el siglo XX.

Ian Kershaw, Descenso a los infiernos. Europa, 1914-1949. Barcelona, Crítica, 2016.

domingo, 27 de septiembre de 2015

"Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990" (¿Revolución constitucional o existencial? Václav Havel y la Asamblea Federal 1989/1990), de Jiří Suk.

Cuando comenzó el inesperado proceso de transición a la sociedad abierta en -la desaparecida- Checoslovaquia socialista, los grupos disidentes checos se organizaron en el movimiento Foro Cívico, en tanto que sus pares eslovacos en la Opinión Pública Contra la Violencia. Dado que la parte checa reunía a dos tercios de la población, y la capital se hallaba en Praga, el protagonismo del Foro Cívico fue fundamental en la demolición del sistema del socialismo real. Asimismo, la posición de liderazgo del FC fue ejercida por el dramaturgo y ensayista disidente Václav Havel quien, curiosamente, era un escéptico de las organizaciones jerárquicas y de los partidos políticos. Pero su renombre internacional lo colocó en el centro de la escena.
El 10 de diciembre de 1989 asumió un gobierno de comprensión nacional del FC, la OPCV y el Partido Comunista, en el que hubo ministros de estas expresiones políticas. Cobró especial relevancia, hasta los comicios generales de junio de 1990, la Asamblea Federal de Checoslovaquia, a la que ingresaron por un complejo proceso de revocatoria de mandatos de más de un centenar de diputados comunistas, negociación y cooptación a través del mecanismo de la Mesa Redonda. De este modo, y de un modo no convencional, la Asamblea Federal tuvo diputados de los movimientos disidentes y transformaron a este parlamento en el escenario de vivas discusiones constitucionales.
Jiří Suk, reconocido especialista en la revolución de terciopelo e investigador en el Instituto de Historia Contemporánea de la Academia de Ciencias de la República Checa, se abocó al debate en torno a la nueva denominación del país. Václav Havel, presidente desde fines de diciembre de 1989, entendió que debía hacerse una profunda transformación desde el plano simbólico, y por consiguiente propuso el cambio de nombre de la República Socialista Checoslovaca por el de República Checoslovaca, el mismo del período de entreguerras. Así, buscaba conectarse con el pretérito de la presidencia de T. G. Masaryk, liberal y humanista. No obstante, y para su sorpresa, los eslovacos insistieron en un cambio de denominación que los contuviera. La primera propuesta fue "Federación Checo-Eslovaca", luego "República Checo-Eslovaca", en lo que se conoció como la "guerra del guión". Y es que el checoslovaquismo fue pragocéntrico, por lo que el retorno a ese antiguo nombre significaba la pérdida de toda posibilidad de autonomía e identidad para Eslovaquia.
Era este un asunto delicado en la historia del país, ya que Eslovaquia gozó de una "independencia" breve gracias a la ocupación alemana al territorio checo en 1939, conformando el "Protectorado de Bohemia y Moravia", en tanto que Eslovaquia se formó como un Estado independiente, aliado al Eje. Y en los años del socialismo real, específicamente en los de la "normalización" posterior a 1968, Eslovaquia fue la sede de grandes inversiones en el área de la industria armamentista. Finalmente, se arribó a la fórmula de transacción de República Federativa Checo-Eslovaca.
Suk divide su libro en dos partes: la primera, los debates de carácter constitucional y simbólicos; en la segunda, aporta una serie de documentos que se encuentran en los archivos del Instituto de Historia Contemporánea. Una vez más, brinda valiosos aportes a la comprensión de uno de los momentos históricos más ricos e interesantes de fines del siglo XX.

Jiří Suk, Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990. Praga, Ústav pro Soudobé Dějiny2014.

sábado, 4 de abril de 2015

"On the Edge of the Cold War", de Igor Lukes.

El historiador Igor Lukes se introduce en el fascinante mundo de la diplomacia y el espionaje de Estados Unidos en la Checoslovaquia renacida tras la segunda guerra mundial, tras haber sido ocupada por la Alemania nazi. El destino fatal de países como Polonia y Hungría, así como de los bálticos, ya había sido trazada antes de que finalizara la conflagración planetaria; no era así con Checoslovaquia, que había tenido una república parlamentaria hasta 1938.
En octubre de 1938, luego de que las democracias europeas capitularon ante las exigencias de Hitler de ocupar los Sudetes en Checoslovaquia en el ominoso Pacto de Munich, el hasta entonces presidente Edvard Beneš se exilió en Londres. Allí, al comenzar la guerra, formó el gobierno provisional y fue reconocido como primer magistrado de la desaparecida nación centroeuropea por los países aliados. 
El regreso de Beneš fue un anticipo de la silenciosa pugna entre Occidente y la Unión Soviética por atraer a Checoslovaquia. El presidente en el exilio se propuso ser un puente entre ambos polos y, de hecho, el país fue una zona gris entre ambos al finalizar la gran guerra planetaria. Los soviéticos avanzaron hacia el Oeste y llevaron a Beneš a la ciudad de Košice, en Eslovaquia, en donde retomó in situ su presidencia. El presidente hizo muchas concesiones a la Unión Soviética, como tolerar en silencio que Rutenia, la región más oriental de Checoslovaquia, fuera anexada de hecho por Stalin. Pero el regreso de Beneš se hizo rodeándolo de una burbuja soviética y con comunistas checoslovacos, impidiendo su contacto con políticos democráticos y diplomáticos estadounidenses y británicos.
El tercer Ejército de Estados Unidos tuvo la oportunidad de liberar Praga, ya que había llegado inesperadamente hasta Plzen pero, por órdenes de Truman, Eisenhower y Marshall, las tropas debieron detenerse a poco menos de cien kilómetros, a pedido de Stalin. Esto sirvió para que el Ejército Rojo y los comunistas checoslovacos ocuparan posiciones de preeminencia en el control y gobierno del país, exhibiéndose como los genuinos liberadores.
Lo cierto es que, si bien las autoridades estadounidenses eran plenamente conscientes de la importancia estratégica de Checoslovaquia por su ubicación en el centro de Europa, fueron en extremo negligentes en atraer al país hacia la órbita occidental. Culturalmente, Checoslovaquia era el país más próximo al Occidente, y tenía un reciente pasado como democracia parlamentaria, encarnado por Edvard Beneš. Mas la larga sombra del ominoso Pacto de Munich, en el que el Reino Unido y Francia abandonaron al país centroeuropeo a la voracidad nazi, hizo que Beneš buscara una sólida alianza con la URSS para detener una posible revancha germánica.
El primer embajador de Estaos Unidos enviado a Praga en la posguerra fue Laurence Steinhardt, cuya actuación en Checoslovaquia contrastó con toda su carrera previa en el servicio exterior. Se desempeñó como embajador en la Unión Soviética hasta que fue invadida por los alemanes, y luego fue enviado a Turquía, en donde exitosamente logró que ese país se mantuviera neutral, siendo una posición clave en el entramado del espionaje. Pero Steinhardt retornó a Estados Unidos antes de ir a Praga, y allí volvió a involucrarse activamente en su labor como abogado. Steinhardt llegó a la capital checoslovaca a mediados de 1945, en un tiempo enormemente valioso en el que las fuerzas democráticas hubieran precisado del apoyo activo de Estados Unidos frente al avance soviético. Y es que el Partido Comunista checoslovaco, apoyado por el Ejército Rojo, tomó posesión de los principales ministerios -Interior, Defensa, Agricultura- y gran parte de las funciones en las demás áreas, llegando a tener pleno dominio de la policía y de los nuevos organismos de inteligencia.
El embajador, muy lejos de buscar representar a los valores de la democracia en una frontera aún no definida con el coloso socialista, se dedicó a realizar reformas al edificio de la embajada, el Palacio Schönborn, a operaciones inmobiliarias bastante reñidas con la ética, y a involucrarse socialmente y sentimentalmente con la aristocracia checa. Sus interlocutores eran miembros de la élite social con los que jugaba al bridge, y por ello enviaba regularmente informes distorsionados sobre la realidad política y económica del país, teñidos de una gran ingenuidad sobre el comportamiento del Partido Comunista. 
Igor Lukes nos presenta, a lo largo de las páginas bien documentadas de este libro, cómo los diplomáticos estadounidenses fueron incapaces de prever el triunfo electoral comunista de 1946, así como no supieron crear un entramado de inteligencia en el país. Charles Katek, encargado de llevar adelante las labores de inteligencia, creó un círculo social en la Military Mission, ubicada en Loretanské Náměstí, en un edificio en el que la única llave de la puerta principal la tenía el portero -vrátný- y donde los dos primeros pisos estaban ocupados por una comisaría... Y como en la Military Mission no tenía un guardia durante la noche, los policías entraban en horario nocturno para revisar los papeles. A esto, se añade que Katek había hecho de su sede un ámbito de sociabilidad, al que concurrían gente de variados segmentos, pero a la vista de la fuerza policial. Fue luego reemplazado por Spencer Taggart, que había estado en los años treinta en el país como misionero mormón y que, por su devoción religiosa, tenía un horario estricto de trabajo pero sin involucrarse en la vida social de Praga en la noche.
El Partido Comunista checoslovaco aumentaba su cantidad de afiliados porque a él acudían aventureros y ventajistas, deseosos de lograr una posición en el nuevo orden que se estaba delineando. Contaba con el apoyo de Moscú, y la sombra del Ejército Rojo -que se retiró en diciembre de 1945, tras meses de violaciones, saqueos, robos y maltratos- se proyectaba amenazante, pero a la vez como único seguro frente a Alemania.
Durante 1947, el embajador Steinhardt pasó más de la mitad del año en Estados Unidos, atendiendo sus negocios personales, por lo que su conocimiento del deterioro político en Checoslovaquia era escaso. Sus informes eran siempre optimistas sobre la democracia y la recuperación económica, y sus consejos contrarios sobre un posible préstamo al gobierno checoslovaco no hicieron más que debilitar la imagen de Estados Unidos. El Partido Comunista, entonces, se fue fortaleciendo ante la debilidad de sus rivales democráticos -el Socialismo Nacional de Beneš, la socialdemocracia y el Partido Popular, de carácter socialcristiano, así como los partidos eslovacos-. Los medios de comunicación estaban prácticamente monopolizados por el PC y el 70% de la economía estaba nacionalizada, por lo que Checoslovaquia estaba cada día más detrás de la cortina de hierro. 
Por indicaciones de Stalin, el gobierno checoslovaco se negó a formar parte del Plan Marshall y, tras esto, el PC comenzó una furiosa campaña contra los políticos democráticos, incluso atentando contra los ministros Prokop Drtina -Justicia-, Jan Masaryk -Relaciones Exteriores- y el viceprimer ministro Petr Zenkl. En esta atmósfera cada vez más enrarecida, el embajador Steinhardt volvió a Estados Unidos por dos meses... En febrero de 1948, cuando el golpe de Estado comunista ya estaba en marcha, Taggart se había tomado vacaciones en Italia con su familia.
Para sorpresa del cuerpo diplomático estadounidense en Praga, el 25 de febrero de 1948 el Partido Comunista tomaba el poder con el control de las calles, sus milicias desplegadas y con absoluto control de la policía, los servicios de inteligencia y el ejército. El ministro Jan Masaryk, que permaneció en su función, apareció muerto quince días después, habiéndose montado la escenificación del suicidio. El desolado Edvard Beneš renunció en junio de 1948, falleciendo en septiembre.
Ante la anexión de Checoslovaquia a la órbita soviética, el embajador Steinhardt tuvo especial deferencia en salvar a sus antiguos compañeros de bridge, encargando al tercer secretario en las operaciones clandestinas. Pero también, a requerimiento del Departamento de Estado, se ayudó a partir al exilio a políticos demócratas como Petr Zenkl.
Una suma de errores e incomprensión del escenario político, llevaron a la inacción y la consiguiente pérdida de Checoslovaquia para el bloque occidental. Steinhardt, que había conocido el horror del régimen stalinista y del que era un gran crítico, no supo hacer la lectura adecuada del proceso en marcha. Los miembros del servicio exterior enviados a Praga, no recibían preparación sobre Checoslovaquia; los encargados de tejer una red de información e inteligencia, actuaron como aficionados. La falibilidad humana y el desinterés por expresar con claridad los valores liberales y democráticos, dejaron que el país centroeuropeo que en 1918 liberó el presidente-filósofo T. G. Masaryk quedara en manos del tosco stalinista Klement Gottwald, que recibía órdenes directas de Moscú y contaba con un partido disciplinado.
En suma, un libro magnífico.

Igor Lukes, On the Edge of the Cold War: American Diplomats and Spies in Postwar Prague. New York, Oxford University Press, 2012.

viernes, 13 de febrero de 2015

"Starý pes, nové kousky" (Perro viejo, trucos nuevos), de Petr Roubal.

La revolución de terciopelo, tal como se conoce al proceso de transición del comunismo a la democracia liberal en la ex Checoslovaquia, fue también un proceso de profundas transformaciones constitucionales. A partir de la legalidad vigente del régimen socialista se fue desmontando este sistema, para dar lugar a una república parlamentaria, democracia pluripartidista y economía de mercado. Algo similar a lo que ocurrió a fines de los años setenta en España, en donde se dio una reforma y revolución en modo simultáneo, a partir del orden legal existente.
El autor, Petr Roubal, fija su atención en la asamblea federal, un parlamento que hasta ese entonces no era más que una fachada en la que el todopoderoso Partido Comunista era el verdadero centro del poder. Pero con la elección de Václav Havel como -último- presidente de la República Socialista Checoslovaca en diciembre de 1989, además de un gabinete de coalición del PC con las dos grandes fuerzas opositoras, la checa Foro Cívico y la eslovaca Opinión Pública Contra la Violencia, la asamblea federal pasó a cobrar importancia central. 
Y aquí la figura descollante para el cambio constitucional fue Zdeněk Jičinský, un reformista comunista que estuvo con Dubček en el experimento fallido del "socialismo con rostro humano" de 1968 y luego miembro de Carta 77. Él propuso recurrir a la revocatoria del mandato y cooptación de diputados, para reemplazar a miembros de la Asamblea Federal por figuras de las fuerzas opositoras hasta las elecciones generales de junio de 1990. En diciembre. Esta cooptación, que no era nueva en la historia de Checoslovaquia, permitía la gobernabilidad y la autoparlamentarización de la Asamblea Federal, así como de los parlamentos checo y eslovaco y de gobiernos municipales. En diciembre de 1989 ingresaron así una veintena de figuras de la oposición -entre ellos Dubček, que fue electo presidente de la Asamblea-, y en enero una nueva oleada con unos cien parlamentarios, entre los que cabe mencionar a Miloš Zeman, años después líder del partido socialdemócrata, primer ministro y actual presidente de la República Checa. 
Esta política de cooptación fue posible gracias a las negociaciones con el Partido Comunista en la llamada mesa redonda, en donde esta fuerza en retirada, jaqueada y abandonada por su aliado soviético, fue haciendo concesiones a las demandas de las agrupaciones opositoras. Petr Roubal señala con acierto que este fue un hecho único en las transiciones de Europa oriental y central, ya que en Polonia la transición fue posible por la elección de Solidaridad para un tercio del parlamento -Sejm- y 99 de los cien escaños del Senado, en tanto que en Hungría ya había figuras independientes desde antes de la perestroika en el parlamento.
Se trata, pues, de un capítulo luminoso de la historia reciente de Europa, un ejemplo de transición pacífica hacia la democracia liberal poco conocido para el lector de habla castellana.

Petr Roubal, Starý pes, nové kousky. Kooptace do Federálního shromáždění a vytváření polistopadové politické kultury. Praga, Ústav pro Soudobé Dějiny, 2013.  

martes, 14 de enero de 2014

"Showcasing the Great Experiment", de Michael David-Fox.

La Unión Soviética nació con la pretensión de ser la utopía cumplida: el gobierno del proletariado, una etapa histórica que inexorablemente sobrevendría en el resto del mundo y que, por circunstancias históricas, comenzaba en el gigantesco territorio del otrora Imperio de Rusia. No nacía, entonces, un nuevo país; ni mucho menos era la continuidad de Rusia. Era lo nuevo, una etapa superior en la historia de la humanidad, y debía demostrar sus avances a un Occidente que veían más culto y desarrollado.
Con un gran complejo de inferioridad con respecto a Europa occidental y, en grado diferente, de los Estados Unidos, las autoridades soviéticas se preocuparon por demostrar a través de la diplomacia cultural todo aquello que consideraban un avance que los alejaba del atraso heredado. El punto de comparación no eran las naciones desarrolladas de Occidente, sino el propio pasado zarista cuyos defectos se exageraban, a fin de ensalzar cada paso al socialismo.
El período estudiado por Michael David-Fox es el de entreguerras, tiempo en el que la Unión Soviética se afirmó con el liderazgo implacable de Stalin. El peregrinaje de intelectuales occidentales que visitaban la utopía socialista fue un fenómeno notable, porque muchos de ellos se convirtieron en activos propagandistas de la Unión Soviética, así como reforzaron el culto a la personalidad de Stalin en los años treinta.
La necesidad de demostrar los logros soviéticos ante los intelectuales occidentales partió de la necesidad de salir del aislamiento diplomático, así como de los estragos de la guerra civil y la hambruna de 1921-1923, en la cual se recibió la asistencia humanitaria de la American Relief Association, liderada por Herbert Hoover, años después presidente de los Estados Unidos.
Para contrarrestar la información que en Occidente circulaban los mencheviques y social-revolucionarios exiliados y ganar apoyo en la élite intelectual, se creó en 1925 el VOKS, la Sociedad de Toda la URSS para las Relaciones con el Exterior. VOKS tenía la apariencia de no ser gubernamental, cuando estrictamente todo era estatal en la Unión Soviética. En los primeros años, hasta 1929, Olga Kameneva estuvo a cargo de esta entidad: era hermana de Lev Trotski y esposa de Lev Kamenev. Aunque supo apartarse de ellos para no caer en la redada stalinista en los años veinte, no pudo sustraerse al destino que le tocó a tantos antiguos bolcheviques, siendo ejecutada en 1941. VOKS coordinó la información cultural que se le brindaba a Occidente, en particular a países como Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos. Por un lado, tendió puentes a centros académicos de los sectores nacionalistas alemanes, como el dirigido por el historiador Otto Hoetzsch; por el otro, enviaba información a las "sociedades de amigos de la URSS", en las que participaban profesionales y escritores que creían en la necesidad de reconocer a este nuevo país, aun cuando no compartieran del todo sus políticas, como Albert Einstein y John Maynard Keynes, entre otros. Diferente era el enfoque del alemán Willi Münzenberg, que hacía propaganda entre los sectores sociales que ideológicamente debían tener afinidad con la revolución bolchevique, por lo que tenía una estrategia diferente a la de Kameneva. 
VOKS supo reunir a empleados que no eran miembros del Partido, pero que estaban altamente calificados: por sus conocimientos de idiomas, naturalmente muchos eran judíos, por su inclinación a una educación más cosmopolita y universal. Sus publicaciones en varias lenguas eran enviadas a los países de Occidente, recibiendo libros y revistas académicas que luego eran remitidas a universidades y centros de estudio, previo paso por el tamiz de los censores.
Pero los viajeros o peregrinos conocían la vieja historia de las aldeas Potiomkin (o Potemkin), una versión que databa del siglo XVIII según la cual se preparó una elaborada escenografía para mostrar a la zarina Catalina una prosperidad inexistente en el interior ruso. Los visitantes debían intentar cruzar la barrera del idioma, ayudados por los intérpretes que les asignaba VOKS, así como se ajustaban a los itinerarios establecidos por esta sociedad. De modo que las visitas a los establecimientos penitenciarios estaban cuidadosamente preparadas para exhibir un sistema inexistente, ocultando las verdades del GULAG y del trato a los delincuentes. No obstante, lo que no pudieron esconder fueron las condiciones precarias para recibir a los viajeros, que solían quejarse de las instalaciones paupérrimas en los hoteles. Esta escenografía montada para los visitantes se multiplicó con la hambruna en Ucrania de los años treinta, por lo que debían contrarrestar las noticias difundidas en Occidente.
A la par de VOKS, se estableció la agencia Intourist para atraer visitas que pagaran con moneda fuerte: el objetivo no era la diplomacia cultural, sino acumular divisas, por lo que hubo una inversión en hotelería y servicios a la que no accedía VOKS.
El autor dedica varios capítulos a Sidney y Beatrice Webb y George Bernard Shaw, fabianos británicos que fueron activos propagandistas de la Unión Soviética. Shaw admiraba a Stalin y Mussolini, una conducta que era habitual en los años de entreguerra, siendo otro ejemplo el escritor H. G. Wells. También señala el caso del escritor Romain Rolland, que ayudó a cimentar dentro de la URSS el culto a la personalidad de Stalin. Cuando se iniciaron los planes quinquenales y se enarboló la bandera del anti-fascismo con los llamados "frentes populares", los soviéticos desplegaron un gran esfuerzo de propaganda que atrajo a los intelectuales que rechazaban el ascenso del nazismo en Alemania, a la vez que reforzaban dentro de la URSS la posición de Stalin, llegando a justificar las purgas que puso en marcha a mediados de los años treinta. En palabras de George Bernard Shaw: "Our question is not to kill or not to kill, but how to select the right people to kill". A estas palabras, cabe recordar la fina ironía de Roberto Wilcock en su Sinagoga de los iconoclastas: "Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera: depende del plan. Reconforta pensar que, incluso sin plan, los hombres están y siempre estarán dispuestos a matar, torturar, incinerar, exiliar, esterilizar, descuartizar, bombardear, etcétera". 
Una de las más notables contribuciones de este magnífico libro son las páginas dedicadas al Arplan: Arbeistgemeinschaft zum Studium der Sowjetrussichen Planwirtschaft, una sociedad alemana dedicada al estudio de la planificación centralizada de la economía soviética, en la que participaron nacionalistas y socialistas, y que incluso visitaron la URSS en 1932, poco antes del gobierno nazi. En esta sociedad participaron György Lukacs, Karel Wittfogel, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Friedrich Hielscher, con el auspicio de Karl Radek desde el Komintern. Estas aproximaciones de los nacional-bolcheviques y la izquierda nazi con la URSS terminaron con la llegada de Adolf Hitler al poder. 
La propia dinámica totalitaria del stalinismo derivó en la más cruda xenofobia en tiempos de las grandes purgas, diezmando la composición de VOKS y cobrando la vida de Aleksandr Arosiev, director de este organismo. Las conexiones con el exterior se habían vuelto sospechosas y se quemaron libros y publicaciones, pero no en exhibiciones públicas como lo hacía el nazismo alemán. Es la etapa que David-Fox denomina "complejo de superioridad" del stalinismo, en abierta hostilidad con todo lo que fuera extranjero.
El ominoso Pacto Ribbentropp-Molotov significó un duro revés para quienes se consideraban amigos de la URSS en Occidente. La tónica neutra o respetuosa hacia Alemania en la prensa soviética indicaban un nuevo giro de la política exterior, que buscaba la coexistencia con la expansión germana. Fue la invasión de 1941 la que le devolvió a los soviéticos las credenciales de "antifascistas".
Este libro trata, pues, sobre lo que los intelectuales de Occidente querían ver y soñar de cuanto ocurría en el experimento soviético, y de lo que desde Moscú se quería proyectar como una sociedad más avanzada y culta.

Michael David-Fox, Showcasing the Great Experiment: Cultural Diplomacy and Western Visitors to Soviet Union, 1921-1941. New York, Oxford University Press, 2012.

domingo, 6 de octubre de 2013

"The Political Economy of Stalinism", de Paul Gregory

Paul R. Gregory es el autor de este libro dedicado a analizar la política económica del stalinismo en la que, ya estabilizada la Unión Soviética tras los años de la guerra civil y la aplicación de la llamada Nueva Política Económica (NEP), se embarcó en la planificación centralizada. Tras los debates internos del Politburó, en los que Stalin fue mutando sus posiciones para deshacerse de sus rivales del Partido (Trotski, Kamenev, Zinoviev y Bujarin), la economía centralizada primero requirió la colectivización de la agricultura para la "acumulación primitiva de capital", y luego pasó a la "super industrialización".
Gregory nos recuerda que fueron los economistas Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek los primeros en señalar la imposibilidad de la planificación centralizada de la economía. Años más tarde, Hayek subrayó en Camino de servidumbre la pérdida de las libertades individuales como consecuencia de la desaparición de la propiedad privada y la implantación del comando centralizado de la economía. A pesar del derrumbe soviético, de las advertencias de los economistas austríacos y de toda la experiencia histórica en distintos países en los que se aplicó el socialismo real, hay autores y políticos que persisten en esta idea: culpan al jinete y no al caballo. 
Paul Gregory, entonces, se zambulle en los archivos de la Unión Soviética para mostrarnos con abundancia de documentación que cuanto señalaron Mises y Hayek tuvo un gran acierto, pero asimismo se interroga cómo es que este sistema duró mucho más de lo que sus críticos hubieran sospechado. El libro es rico en historia fáctica, mostrándonos cómo es que se tomaban las decisiones de la economía socialista. Por un lado, el Politburó establecía los lineamientos generales de la economía en sus planes quinquenales, que eran reformulados una y otra vez durante la travesía. El mismísimo Stalin a veces se inmiscuía en detalles como las partes de los automóviles, la distribución de vehículos en las regiones, o bien cuántos carriles debía tener una ruta. Esto lo hacía para ser siempre quien tuviera la decisión final, a fin de conservar el poder y no relegarlo en los ministerios que, a su vez, se fueron multiplicando con el paso de los años. 
Ante la falta de incentivos, por un lado se aplicaron castigos drásticos al ausentismo, la pereza o la falta de productividad, poblando el sistema del Gulag. Por el otro, se toleraron con disimulo las metas que no se alcanzaban, cambiando sobre la marcha las metas de la planificación quinquenal. La "acumulación primitiva de capital" para la industrialización se realizó con la colectivización de la agricultura y la ganadería, que significó la muerte de una porción escalofriante de los pequeños campesinos conocidos como kulaky. El homo sovieticus tan proclamado y esperado no nacía, y los ministerios y empresas se manejaron con criterios de supervivencia política hasta los años ochenta. 
El autor remata aseverando que el problema fue el intento de planificación y no quién haya sido el jinete: la enorme cantidad de información no puede ser procesada ni siquiera con la aplicación de las nuevas tecnologías y, además, termina cimentando un sistema totalitario. O sea que el problema fue el caballo y no el jinete, ya que después de Stalin hubo otros como Jruschov, Brezhnev, Andropov, Chernenko y Gorbachov que no pudieron dominar a la fiera. 

Paul R. Gregory, The Political Economy of Stalinism: Evidence from the Soviet Secret Archives. Cambridge, Cambridge University Press, 2004.

domingo, 15 de septiembre de 2013

"Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries", de Lars Johannsen (comp.).

En este libro se analizan seis países post-comunistas, muy diferentes entre sí: Kazajistán, Georgia, Estonia, Eslovenia, República Checa y Polonia. Los tres primeros fueron parte de la Unión Soviética; Eslovenia fue la primera república que se independizó de la ex Yugoslavia, en tanto que la República Checa y Polonia fueron satélites de la URSS.
Sally Cummings aborda el caso de Kazajistán, cuyo gobierno de mano de hierro de Nursultan Nazarbaiev continúa desde la descomposición soviética. Los kazajos lograron ser la mayoría de la población varios años después de la independencia por la emigración de los rusos que allí habitaban. La fuerte presencia de la minoría rusa, que habita en la zona boreal, fronteriza con la Federación de Rusia, llevó a que el régimen autoritario sea más unitario, a la vez que reconoció la lengua rusa como segundo idioma oficial. Kazajistán juega entre Rusia y la República Popular China, y en menor grado con los Estados Unidos, la Unión Europea y otros países asiáticos para mantener un grado de autonomía con respecto a sus grandes vecinos. Los cuantiosos ingresos por la explotación de sus recursos naturales le permiten mantener el régimen autoritario y corrupto de Nazarbaiev frente a sus opositores dispersos y sin posibilidad de acceder a los medios de comunicación, manipulados por el poder.
Georgia, país inestable del Cáucaso, ha tenido una difícil transición post-comunista por las tendencias separatistas de abjazios y osetios -apoyados por Rusia- así como por el régimen clientelista montado -o preservado- por Eduard Shevardnadze, el otrora ministro de Asuntos Exteriores de Mijail Gorbachov. Si bien la Revolución de las Rosas de Saakashvili logró la renuncia de Shevardnadze y una política de reformas democráticas y de economía de mercado, el país sigue en jaque por las presiones exteriores.
Estonia, en cambio, exhibe un contrapunto interesante: no sólo es una democracia liberal y una próspera economía de mercado, sino que también logró ingresar en la OTAN y la Unión Europea. Tutelada por una élite política muy joven, logró la formación de un estado nacional que privó de la ciudadanía a la numerosa minoría rusa -en su mayor parte, asentada tras la ocupación soviética resultante del pacto Ribbentropp-Molotov de 1939-. Su meta era clara: asegurar la supervivencia de Estonia con la adhesión a las grandes alianzas occidentales, para separarse de toda influencia rusa. Esto llevó a la formación de varias coaliciones de centro-derecha que bloquearon toda posibilidad de que la centroizquierda -percibida como filorrusa- tuviese posibilidades de acceder al gobierno.
Eslovenia es un caso atípico: la ex Yugoslavia socialista del Mariscal Tito hizo su propio camino al separarse del modelo soviético y dejó una fuerte impronta. Asimismo, hay una fuerte tradición corporativista que se expresa en el Consejo Nacional, la cámara alta, en la que están representados los intereses económicos y regionales del país. Se advierte una gran desconfianza hacia los partidos políticos. Sin embargo, su alto nivel de vida, la vecindad con Austria e Italia y la estabilidad política y económica le permitieron ingresar a la Unión Europea y la OTAN.
La República Checa tuvo una rápida transición a la economía de mercado y un desarrollo pacífico hacia la democracia liberal. El acento del capítulo escrito por Rick Fawn está puesto en que desde la revolución de terciopelo hasta hoy, todos los gobiernos han sido de coalición, ya que ninguno de los partidos logró tener una mayoría propia en el Parlamento. El liderazgo de Václav Havel como presidente le permitió a la República Checa tener una gran presencia internacional, ya que se desmarcó de las opiniones de Václav Klaus -a la sazón primer ministro-. El autor no ha señalado los gobiernos "técnicos" que hubo en algunos períodos. Si bien los partidos más votados han sido el ODS (Partido Cívico Democrático) durante muchos años liderado por Klaus, y el ČSSD, ninguno de ellos ha tenido la mayoría parlamentaria, y tuvieron que formar coaliciones con otras expresiones de centro derecha y la democracia cristiana. Hasta ahora, ha habido un consenso general de que el Partido Comunista de Bohemia y Moravia, que mantiene una representación parlamentaria más o menos estable, no forme parte de ningún gobierno. Este mapa habría de cambiar significativamente en los próximos comicios parlamentarios, adelantados, del 25 y 26 de octubre, ya que el ODS se está derrumbando en la intención de voto, desplazado por TOP 09.
Polonia, el último de los países bajo análisis, es el que más lentamente hizo sus reformas económicas y administrativas para ingresar a la UE, a las que les dio celeridad e intensidad bajo presión tras advertencias desde Bruselas.

Lars Johannsen y Karin Hilmer Pedersen (comp.), Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries. Aarhus, Aarhus University Press, 2009.