sábado, 4 de abril de 2015

"On the Edge of the Cold War", de Igor Lukes.

El historiador Igor Lukes se introduce en el fascinante mundo de la diplomacia y el espionaje de Estados Unidos en la Checoslovaquia renacida tras la segunda guerra mundial, tras haber sido ocupada por la Alemania nazi. El destino fatal de países como Polonia y Hungría, así como de los bálticos, ya había sido trazada antes de que finalizara la conflagración planetaria; no era así con Checoslovaquia, que había tenido una república parlamentaria hasta 1938.
En octubre de 1938, luego de que las democracias europeas capitularon ante las exigencias de Hitler de ocupar los Sudetes en Checoslovaquia en el ominoso Pacto de Munich, el hasta entonces presidente Edvard Beneš se exilió en Londres. Allí, al comenzar la guerra, formó el gobierno provisional y fue reconocido como primer magistrado de la desaparecida nación centroeuropea por los países aliados. 
El regreso de Beneš fue un anticipo de la silenciosa pugna entre Occidente y la Unión Soviética por atraer a Checoslovaquia. El presidente en el exilio se propuso ser un puente entre ambos polos y, de hecho, el país fue una zona gris entre ambos al finalizar la gran guerra planetaria. Los soviéticos avanzaron hacia el Oeste y llevaron a Beneš a la ciudad de Košice, en Eslovaquia, en donde retomó in situ su presidencia. El presidente hizo muchas concesiones a la Unión Soviética, como tolerar en silencio que Rutenia, la región más oriental de Checoslovaquia, fuera anexada de hecho por Stalin. Pero el regreso de Beneš se hizo rodeándolo de una burbuja soviética y con comunistas checoslovacos, impidiendo su contacto con políticos democráticos y diplomáticos estadounidenses y británicos.
El tercer Ejército de Estados Unidos tuvo la oportunidad de liberar Praga, ya que había llegado inesperadamente hasta Plzen pero, por órdenes de Truman, Eisenhower y Marshall, las tropas debieron detenerse a poco menos de cien kilómetros, a pedido de Stalin. Esto sirvió para que el Ejército Rojo y los comunistas checoslovacos ocuparan posiciones de preeminencia en el control y gobierno del país, exhibiéndose como los genuinos liberadores.
Lo cierto es que, si bien las autoridades estadounidenses eran plenamente conscientes de la importancia estratégica de Checoslovaquia por su ubicación en el centro de Europa, fueron en extremo negligentes en atraer al país hacia la órbita occidental. Culturalmente, Checoslovaquia era el país más próximo al Occidente, y tenía un reciente pasado como democracia parlamentaria, encarnado por Edvard Beneš. Mas la larga sombra del ominoso Pacto de Munich, en el que el Reino Unido y Francia abandonaron al país centroeuropeo a la voracidad nazi, hizo que Beneš buscara una sólida alianza con la URSS para detener una posible revancha germánica.
El primer embajador de Estaos Unidos enviado a Praga en la posguerra fue Laurence Steinhardt, cuya actuación en Checoslovaquia contrastó con toda su carrera previa en el servicio exterior. Se desempeñó como embajador en la Unión Soviética hasta que fue invadida por los alemanes, y luego fue enviado a Turquía, en donde exitosamente logró que ese país se mantuviera neutral, siendo una posición clave en el entramado del espionaje. Pero Steinhardt retornó a Estados Unidos antes de ir a Praga, y allí volvió a involucrarse activamente en su labor como abogado. Steinhardt llegó a la capital checoslovaca a mediados de 1945, en un tiempo enormemente valioso en el que las fuerzas democráticas hubieran precisado del apoyo activo de Estados Unidos frente al avance soviético. Y es que el Partido Comunista checoslovaco, apoyado por el Ejército Rojo, tomó posesión de los principales ministerios -Interior, Defensa, Agricultura- y gran parte de las funciones en las demás áreas, llegando a tener pleno dominio de la policía y de los nuevos organismos de inteligencia.
El embajador, muy lejos de buscar representar a los valores de la democracia en una frontera aún no definida con el coloso socialista, se dedicó a realizar reformas al edificio de la embajada, el Palacio Schönborn, a operaciones inmobiliarias bastante reñidas con la ética, y a involucrarse socialmente y sentimentalmente con la aristocracia checa. Sus interlocutores eran miembros de la élite social con los que jugaba al bridge, y por ello enviaba regularmente informes distorsionados sobre la realidad política y económica del país, teñidos de una gran ingenuidad sobre el comportamiento del Partido Comunista. 
Igor Lukes nos presenta, a lo largo de las páginas bien documentadas de este libro, cómo los diplomáticos estadounidenses fueron incapaces de prever el triunfo electoral comunista de 1946, así como no supieron crear un entramado de inteligencia en el país. Charles Katek, encargado de llevar adelante las labores de inteligencia, creó un círculo social en la Military Mission, ubicada en Loretanské Náměstí, en un edificio en el que la única llave de la puerta principal la tenía el portero -vrátný- y donde los dos primeros pisos estaban ocupados por una comisaría... Y como en la Military Mission no tenía un guardia durante la noche, los policías entraban en horario nocturno para revisar los papeles. A esto, se añade que Katek había hecho de su sede un ámbito de sociabilidad, al que concurrían gente de variados segmentos, pero a la vista de la fuerza policial. Fue luego reemplazado por Spencer Taggart, que había estado en los años treinta en el país como misionero mormón y que, por su devoción religiosa, tenía un horario estricto de trabajo pero sin involucrarse en la vida social de Praga en la noche.
El Partido Comunista checoslovaco aumentaba su cantidad de afiliados porque a él acudían aventureros y ventajistas, deseosos de lograr una posición en el nuevo orden que se estaba delineando. Contaba con el apoyo de Moscú, y la sombra del Ejército Rojo -que se retiró en diciembre de 1945, tras meses de violaciones, saqueos, robos y maltratos- se proyectaba amenazante, pero a la vez como único seguro frente a Alemania.
Durante 1947, el embajador Steinhardt pasó más de la mitad del año en Estados Unidos, atendiendo sus negocios personales, por lo que su conocimiento del deterioro político en Checoslovaquia era escaso. Sus informes eran siempre optimistas sobre la democracia y la recuperación económica, y sus consejos contrarios sobre un posible préstamo al gobierno checoslovaco no hicieron más que debilitar la imagen de Estados Unidos. El Partido Comunista, entonces, se fue fortaleciendo ante la debilidad de sus rivales democráticos -el Socialismo Nacional de Beneš, la socialdemocracia y el Partido Popular, de carácter socialcristiano, así como los partidos eslovacos-. Los medios de comunicación estaban prácticamente monopolizados por el PC y el 70% de la economía estaba nacionalizada, por lo que Checoslovaquia estaba cada día más detrás de la cortina de hierro. 
Por indicaciones de Stalin, el gobierno checoslovaco se negó a formar parte del Plan Marshall y, tras esto, el PC comenzó una furiosa campaña contra los políticos democráticos, incluso atentando contra los ministros Prokop Drtina -Justicia-, Jan Masaryk -Relaciones Exteriores- y el viceprimer ministro Petr Zenkl. En esta atmósfera cada vez más enrarecida, el embajador Steinhardt volvió a Estados Unidos por dos meses... En febrero de 1948, cuando el golpe de Estado comunista ya estaba en marcha, Taggart se había tomado vacaciones en Italia con su familia.
Para sorpresa del cuerpo diplomático estadounidense en Praga, el 25 de febrero de 1948 el Partido Comunista tomaba el poder con el control de las calles, sus milicias desplegadas y con absoluto control de la policía, los servicios de inteligencia y el ejército. El ministro Jan Masaryk, que permaneció en su función, apareció muerto quince días después, habiéndose montado la escenificación del suicidio. El desolado Edvard Beneš renunció en junio de 1948, falleciendo en septiembre.
Ante la anexión de Checoslovaquia a la órbita soviética, el embajador Steinhardt tuvo especial deferencia en salvar a sus antiguos compañeros de bridge, encargando al tercer secretario en las operaciones clandestinas. Pero también, a requerimiento del Departamento de Estado, se ayudó a partir al exilio a políticos demócratas como Petr Zenkl.
Una suma de errores e incomprensión del escenario político, llevaron a la inacción y la consiguiente pérdida de Checoslovaquia para el bloque occidental. Steinhardt, que había conocido el horror del régimen stalinista y del que era un gran crítico, no supo hacer la lectura adecuada del proceso en marcha. Los miembros del servicio exterior enviados a Praga, no recibían preparación sobre Checoslovaquia; los encargados de tejer una red de información e inteligencia, actuaron como aficionados. La falibilidad humana y el desinterés por expresar con claridad los valores liberales y democráticos, dejaron que el país centroeuropeo que en 1918 liberó el presidente-filósofo T. G. Masaryk quedara en manos del tosco stalinista Klement Gottwald, que recibía órdenes directas de Moscú y contaba con un partido disciplinado.
En suma, un libro magnífico.

Igor Lukes, On the Edge of the Cold War: American Diplomats and Spies in Postwar Prague. New York, Oxford University Press, 2012.

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