sábado, 17 de febrero de 2018

"Hot Books in the Cold War", de Alfred Reisch.

Con la imposición de regímenes socialistas en Europa central y oriental, tras la "cortina de hierro", las democracias de Occidente buscaron formas de hacer llegar información a través de folletos y libros, horadando la rígida censura. La guerra fría fue un enfrentamiento en todos los terrenos, no sólo político y militar, sino que fundaba en el campo de las ideas y se extendía hacia las artes, los deportes, la ciencia y el entretenimiento. 
En esa gélida pugna los libros tuvieron un lugar central, pero ¿cómo hacerlos llegar a destino, sin que cayeran en manos de los censores? Desde la CIA se utilizaron métodos de distribución de folletos a la población general, enviando globos a Checoslovaquia, Polonia y Hungría, con material traducido a las lenguas locales. Fueron las operaciones Prospero (1953) y Veto (1954) para Checoslovaquia, a donde fueron enviados unos cincuenta millones de folletos; Operación Focus para Hungría, en 1953-54, unos dieciséis millones; y Operación Spotlight, en Polonia, en 1955, con apenas 260 mil. Los aviones checos derribaban en el aire a estos globos, y se prohibía estrictamente a la población a que tomara y leyera esos textos. Los gobiernos de Europa Oriental y la URSS exigían el cese de envío de estos materiales a sus pares de Estados Unidos y la República Federal Alemana -desde donde se lanzaban-. De la impresión se encargaba Free Europe Press, ubicada en Munich y financiada por Estados Unidos, con el objetivo de que su producción bibliográfica fuera 
un ariete mental contra el totalitarismo.
Globos lanzados desde Alemania hacia Europa Oriental
Pero el programa se orientó, luego, al envío de libros a personas que pudieran influir en el desarrollo futuro de los acontecimientos, extendiendo el área a Rumania y Bulgaria. Estos textos se enviaban desde diferentes puntos de Europa, incluso países neutrales como Suiza y Suecia, para escapar a la suspicacia de los servicios de inteligencia, con remitentes falsos y aparentemente inocentes. Se enviaban libros sobre la vida en Occidente, de otras corrientes del marxismo -Rosa Luxemburgo, Jean Paul Sartre, Milovan Djilas-, autores no marxistas como Raymond Aron, André Malraux, Hannah Arendt, Isaiah Berlin, Ionesco, Pasternak y Czesław Miłosz, clásicos como 1984 de George Orwell -cuya crítica era, precisamente, al stalinismo- o bien el célebre informe de Nikita Jruschov sobre
los crímenes cometidos por Stalin. 
Boris Pasternak
Se buscaba crear fisuras, dudas y disidencias en las élites de Europa oriental, apuntando a académicos y políticos. También se les enviaba información sobre las novedades en los terrenos del arte, la filosofía, arquitectura, tecnología y ciencias, cuestiones vedadas por los estrictos criterios oficiales del marxismo-leninismo. En la atmósfera estéril que impregnaba al socialismo real, faltaba el pensamiento humanista que tan vigorosamente había recorrido durante siglos a toda Europa, y del que habían sido protagonistas grandes intelectuales polacos, checos, húngaros... Ese espíritu humanista que había caracterizado los años de Masaryk y Beneš durante la Primera República Checoslovaca, estaba clausurado y se mantenía oculto por su carácter "burgués". El zhdanovismo, ese stalinismo brutal que impuso su sello en la cultura, estaba embruteciendo a quienes ostentaban títulos académicos.
Cuando en los años sesenta se dio a conocer que Free Europe Press y Radio Free Europe estaban siendo financiados por la CIA desde los inicios, el programa de libros fue transferido a entidades ficticias como la International Advisory Council, que después se fusionó con Radio Liberty. Cambió, entonces, el nombre por International Literary Center. Ambas entidades fueron dirigidas por George Minden -nacido en Rumania, educado en Cambridge y que años después obtuvo la ciudadanía estadounidense- hasta 1991. El autor, Alfred Reisch, fue parte de este proyecto, por lo que en las páginas hay colorido, humanidad, intensidad y nostalgia.
Los libros eran enviados a instituciones académicas, bibliotecas y personalidades de la cultura y la ciencia: entre ellos, el dramaturgo Václav Havel y el cardenal polaco Karół Wojtiła... La recepción de los envíos dependía en gran medida de la censura de los regímenes socialistas pero que, a su vez, los libros incautados llegaban a circular en el mercado negro. El impacto de cada libro se multiplicaba, ya que los lectores los prestaban y hacían circular en sus círculos, y algunos llegaban a ser reseñados en revistas literarias. Los partidos comunistas hacían frecuentes campañas advirtiendo sobre los libros extranjeros "hostiles" y las "cartas subversivas" que podían llegar, solicitando a la población que las entregara. Los correos y censores participaron en este rol de impedir el acceso a la literatura externa, aunque esto variaba en cada país, siendo los más estrictos Rumania y los tres países bálticos, que formaban parte de la URSS. Se estima que entre los años 50 hasta los 70, más de dos millones y medio de libros fueron enviados a Europa Oriental, ya sea por correo o a través de personas que los entregaron personalmente. De los años posteriores aún no hay datos certeros, ya que mucha documentación todavía no ha sido desclasificada. El objetivo era resquebrajar el pensamiento único impuesto por el marxismo-leninismo, y de ese modo saltar por sobre la cortina de hierro. 
El proyecto se desactivó en septiembre de 1991, cuando ya se habían celebrado elecciones libres y democráticas en Europa Oriental, y la URSS daba señales claras de su inminente descomposición.

Alfred Reisch, Hot Books in the Cold War: The CIA-Funded Secret Western Book Distribution Program behind the Iron Curtain. Budapest, Central European University Press, 2013.

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