jueves, 22 de febrero de 2018

"Stolen Words: The Nazi Plunder of Jewish Books", de Mark Glickman.

Los libros son parte esencial de la milenaria cultura judía, ya sea los de carácter religioso como aquellos más vinculados a la vida de la comunidad. La dedicación al estudio ha sido, durante siglos, uno de los rasgos característicos del judaísmo, un hábito disciplinado que sirvió como herramienta de ascenso social durante la modernidad. Los libros como el Talmud fueron prohibidos en gran parte de la cristiandad, con la quema de volúmenes o bien con la censura de párrafos enteros. 
Los nazis, que nacieron y se desarrollaron en un país de gran cultura como Alemania, eran plenamente concientes del valor del libro como instrumento para pensar. Ya en 1929, los periódicos nazis como Völkischer Beobachter o Der Angriff salieron a combatir en sus páginas a los autores "antialemanes", y las hordas partidarias acosaban a autores como Thomas Mann. Hicieron listas negras de autores que debían prohibirse, con abundancia de escritores judíos, acusándolos de "bolchevismo cultural". 
Mark Glickman señala que en 1933 había dos agrupaciones de estudiantes que compitieron ferozmente por demostrar cuál era la más antisemita, y así ganarse el aprecio de las autoridades: la Deutsche Studentenschaft (DS) y la Nationalsozialistiche Deutsche Studentenbund (NDS). En mayo de 1933 se lanzaron a desvalijar librerías y bibliotecas, y luego organizaron las fogatas de libros en varias ciudades y pueblos, incluyendo universidades. A estos actos concurrían grandes multitudes, deseosas de observar cómo las llamas consumían el papel impreso. Esta campaña, sin embargo, levantó una gran ola de críticas fuera de Alemania, y los nazis utilizaron métodos más sutiles para la destrucción de la cultura judía. 
En 1936, con los juegos olímpicos en Berlín, el gobierno se preocupó por ocultar el verdadero rostro y evitó las proclamas antisemitas, pretendiendo mostrarse como civilizado y respetuoso. 
Una figura clave para el nacionalsocialismo fue Alfred Rosenberg, a quien el autor le presta especial atención. Nacido y educado en Estonia, se graduó en arquitecto y se fue a vivir a Alemania, cuando comenzaba la revolución bolchevique. Tomó contacto con Dietrich Eckart y se integró a la Sociedad Thule, embrión de lo que luego fue el partido nacionasocialista NSDAP. Adolf Hitler se integró después al minúsculo partido, entonces uno más de la corriente völkisch. Rosenberg era una persona instruida y le dio un sello intelectual al nazismo, que necesitaba presentar una argumentación articulada para llegar a otros sectores. Y si bien no formó parte del círculo más íntimo de Hitler, él tenía buena consideración de Rosenberg. Probablemente se sintiera intimidado con su vasta cultura. Ocupó cargos clave en la jerarquía, como ministro de los territorios ocupados en el Este europeo, o supervisando el mundo intelectual del nazismo. Por ejemplo, el Institut für Erforschung der Judenfrage (Instituto para la Investigación de la Cuestión Judía). Los aproximadamente 350.000 volúmenes de la colección de libros judíos de la Biblioteca municipal de Frankfurt, en gran parte donada por la familia Rothschild, fue a parar al IEJ, a los que luego se le sumaron bibliotecas y archivos saqueados en los Países Bajos y Francia, como la biblioteca de la Alliance Israelite Universelle. Para ir a estos lugares, Hitler autorizó la creación de un grupo llamado Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg, ERR (Equipo de trabajo del Reichsleiter Rosenberg). No obstante, también Heinrich Himmler, al mando de la SS, estaba interesado en robar libros judíos. La biblioteca reunida por la SS tenía ejemplares robados en la Kristallnacht en Alemania, y en la invasiones a Checoslovaquia y Polonia. Por consiguiente, desde dos 
agencias diferentes hubo saqueo de libros. 
Castillo en Hungen
Inevitable y paradojalmente, el IEJ de Rosenberg debió contar con judíos que lo ayudaran en las tareas de catalogación; de ellos, sólo dos sobrevivieron a la Shoá. Los millones de libros saqueados por la ERR fueron enviados a un castillo en Hungen, en las afueras de Frankfurt. Los libros masónicos fueron acumulados en Hinzerhain. También se depositaron libros en Ratibor, en la antigua Silesia alemana, y se distribuyeron en distintos sitios en esa región, provenientes de los territorios invadidos en el Este.
Pero también hubo resistencia a entregar los libros: hubo circulación clandestina en los ghettos. En Terezín, el campo de concentración en el llamado "Protectorado de Bohemia y Moravia", muchos judíos tomaron contacto con su propia cultura a través de los pocos textos que había allí. Como era una población calificada, asimilada y cosmopolita, no había prestado atención a la propia tradición. En esa situación límite, muchos judíos retornaron a las fuentes, lejos de renegar de su condición. Pero incluso en comunidades religiosas del Este, ya Simon Dubnow había hallado escaso interés por el propio pasado e impulsó la creación de archivos. En 1925, en Vilna/Vilnius se creó el YIVO, Yidischer Visnshaftlekher Institut (Instituto Científico Idish), con cientos de miles de ejemplares y documentos. Su consejo asesor había estado integrado por personalidades como Dubnow, Einstein y Freud. En esa ciudad también se hallaba la Biblioteca Strashun, 
con cuarenta mil libros. 
Biblioteca Strashun
Cuando los alemanes invadieron Vilna/Vilnius (entonces parte de Polonia), la ERR se encontró con millones de libros y documentos concentrados en bibliotecas, museos y sinagogas. Para la clasificación, debieron recurrir a bibliotecarios y académicos judíos. El propósito era enviar el 30% más valioso a Frankfurt, en tanto que el 70% restante se reciclaría como papel. Por supuesto que los bibliotecarios y académicos lograron salvar textos muy valiosos, que escondían en los altillos, sótanos o rincones. Se creó, entonces, la "brigada del papel": muchos textos los clasificaban para la destrucción, algunos valiosos para la ERR, y los de mayor significación se escondían para ser salvados de los dos destinos fatales. Cuando los guardias los descubrían, eran golpeados y amenazados de represalias aún peores.

Mark Glickman señala que en una oportunidad, uno de los académicos pidió permiso para llevar papeles sin valor y ser usados para prender el horno de su casa, en el ghetto. Obtuvo el visto bueno y llevó manuscritos del Gaón de Vilna, cartas de Tolstoi y dibujos de Marc Chagall. Por supuesto que el destino de esos documentos no fue el de encender una fogata. 
Cuando la ciudad fue liberada de los invasores, los sobrevivientes se preocuparon por salvar los libros y documentos que no habían sido destruidos por bombardeos e incendios. Y lo hicieron con prisa, ya que sospechaban que los soviéticos podrían continuar con la labor destructiva. Uno de ellos, Shmerke Kaczerginski, que había formado parte de la "brigada del papel" y luego logró escapar del ghetto y se unió a los partisanos, tras la guerra emigró a Argentina. Kaczerginski y Abraham Sutzkever lograron contrabandear una importante cantidad de libros hacia el YIVO en Estados Unidos. Los soviéticos, por su lado, ordenaron al Dr. Antanas Ulpis a que destruyera los libros encontrados. Ulpis desobedeció en silencio y logró esconder los textos en una cámara subterránea, que fue descubierta en 1988. En ese año fueron 
enviados al YIVO en New York. 
Para salvaguardar y restituir el patrimonio cultural que había sido robado, el presidente Roosevelt creó una comisión encabezada por el juez Owen Roberts. En Offenbach am Main, en las afueras de Frankfurt, se estableció el depósito de los libros saqueados para devolverlos a las bibliotecas. El operativo estuvo a cargo del capitán y archivista estadounidense Seymour Pomrenze, y del bibliotecario Leslie Poste. Aproximadamente tres millones de libros pasaron por este centro, formalmente llamado Offenbach Archival Depot (OAD). La Universidad Hebrea de Jerusalem envió a Gershom Scholem para investigar los libros y manuscritos en Offenbach. Él participó con otros miembros de la universidad en el contrabando de ejemplares hacia Jerusalem, e incluso llegaron a planear incorporar algunos textos en la biblioteca personal que Chaim Weizman estaba enviando en ese momento desde Amberes. Por iniciativa de académicos como Salo Baron, Cecil Roth y Judah Magnes, se conformó la comisión de Jewish Cultural Reconstruction (JCR), dedicada específicamente al destino que se le iba a dar a los libros robados. Simultáneamente, se había creado la Jewish Restitution Successor Organization (JRSO), que se encargaba de todos los bienes saqueados, de modo que formalmente la JCR quedaba bajo su órbita, pero en la práctica fue un órgano autónomo. La gran duda era a quién entregar los libros, ya que muchos de sus antiguos dueños habían sido asesinados. La solución fue que el 40% de los textos y documentos serían enviados a la Universidad Hebrea de Jerusalem, el 40% a los Estados Unidos, y el 20% restante a las comunidades en Gran Bretaña y Sudáfrica. Lo que significaba que en Europa continental quedaría escasa cantidad de libros judíos, pero la devastación no permitía otra perspectiva. En mayo de 1948 se terminó de vaciar el depósito en Offenbach, pero había otros en el resto del continente. Para el siguiente período de la JCR, la persona clave fue la intelectual Hannah Arendt, quien había sido alumna de Salo Baron y su protegida al arribar a los Estados Unidos. Por su iniciativa, y para que se tuviera plena conciencia del itinerario que habían tenido esos ejemplares para que llegara a las manos del lector, se colocó un sticker con el símbolo de la JCR.
El nazismo no sólo intentó exterminar físicamente a los judíos de Europa -y, en el largo plazo, del planeta-, sino también apropiarse de toda la cultura que desarrollaron durante milenios y que dejaron plasmada en libros en diferentes lenguas: hebreo, idish, ladino e idiomas de varias nacionalidades. Una cultura vibrante, viva, que no se conformaba y que siempre estuvo atenta a los grandes problemas existenciales. 
Un libro impecable, bien escrito y documentado, que refleja un costado de una de las tragedias más salvajes de la historia humana.


Mark Glickman, Stolen Words: The Nazi Plunder of Jewish Books. Lincoln, University of Nebraska Press, 2016.

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