martes, 14 de enero de 2014

"Showcasing the Great Experiment", de Michael David-Fox.

La Unión Soviética nació con la pretensión de ser la utopía cumplida: el gobierno del proletariado, una etapa histórica que inexorablemente sobrevendría en el resto del mundo y que, por circunstancias históricas, comenzaba en el gigantesco territorio del otrora Imperio de Rusia. No nacía, entonces, un nuevo país; ni mucho menos era la continuidad de Rusia. Era lo nuevo, una etapa superior en la historia de la humanidad, y debía demostrar sus avances a un Occidente que veían más culto y desarrollado.
Con un gran complejo de inferioridad con respecto a Europa occidental y, en grado diferente, de los Estados Unidos, las autoridades soviéticas se preocuparon por demostrar a través de la diplomacia cultural todo aquello que consideraban un avance que los alejaba del atraso heredado. El punto de comparación no eran las naciones desarrolladas de Occidente, sino el propio pasado zarista cuyos defectos se exageraban, a fin de ensalzar cada paso al socialismo.
El período estudiado por Michael David-Fox es el de entreguerras, tiempo en el que la Unión Soviética se afirmó con el liderazgo implacable de Stalin. El peregrinaje de intelectuales occidentales que visitaban la utopía socialista fue un fenómeno notable, porque muchos de ellos se convirtieron en activos propagandistas de la Unión Soviética, así como reforzaron el culto a la personalidad de Stalin en los años treinta.
La necesidad de demostrar los logros soviéticos ante los intelectuales occidentales partió de la necesidad de salir del aislamiento diplomático, así como de los estragos de la guerra civil y la hambruna de 1921-1923, en la cual se recibió la asistencia humanitaria de la American Relief Association, liderada por Herbert Hoover, años después presidente de los Estados Unidos.
Para contrarrestar la información que en Occidente circulaban los mencheviques y social-revolucionarios exiliados y ganar apoyo en la élite intelectual, se creó en 1925 el VOKS, la Sociedad de Toda la URSS para las Relaciones con el Exterior. VOKS tenía la apariencia de no ser gubernamental, cuando estrictamente todo era estatal en la Unión Soviética. En los primeros años, hasta 1929, Olga Kameneva estuvo a cargo de esta entidad: era hermana de Lev Trotski y esposa de Lev Kamenev. Aunque supo apartarse de ellos para no caer en la redada stalinista en los años veinte, no pudo sustraerse al destino que le tocó a tantos antiguos bolcheviques, siendo ejecutada en 1941. VOKS coordinó la información cultural que se le brindaba a Occidente, en particular a países como Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos. Por un lado, tendió puentes a centros académicos de los sectores nacionalistas alemanes, como el dirigido por el historiador Otto Hoetzsch; por el otro, enviaba información a las "sociedades de amigos de la URSS", en las que participaban profesionales y escritores que creían en la necesidad de reconocer a este nuevo país, aun cuando no compartieran del todo sus políticas, como Albert Einstein y John Maynard Keynes, entre otros. Diferente era el enfoque del alemán Willi Münzenberg, que hacía propaganda entre los sectores sociales que ideológicamente debían tener afinidad con la revolución bolchevique, por lo que tenía una estrategia diferente a la de Kameneva. 
VOKS supo reunir a empleados que no eran miembros del Partido, pero que estaban altamente calificados: por sus conocimientos de idiomas, naturalmente muchos eran judíos, por su inclinación a una educación más cosmopolita y universal. Sus publicaciones en varias lenguas eran enviadas a los países de Occidente, recibiendo libros y revistas académicas que luego eran remitidas a universidades y centros de estudio, previo paso por el tamiz de los censores.
Pero los viajeros o peregrinos conocían la vieja historia de las aldeas Potiomkin (o Potemkin), una versión que databa del siglo XVIII según la cual se preparó una elaborada escenografía para mostrar a la zarina Catalina una prosperidad inexistente en el interior ruso. Los visitantes debían intentar cruzar la barrera del idioma, ayudados por los intérpretes que les asignaba VOKS, así como se ajustaban a los itinerarios establecidos por esta sociedad. De modo que las visitas a los establecimientos penitenciarios estaban cuidadosamente preparadas para exhibir un sistema inexistente, ocultando las verdades del GULAG y del trato a los delincuentes. No obstante, lo que no pudieron esconder fueron las condiciones precarias para recibir a los viajeros, que solían quejarse de las instalaciones paupérrimas en los hoteles. Esta escenografía montada para los visitantes se multiplicó con la hambruna en Ucrania de los años treinta, por lo que debían contrarrestar las noticias difundidas en Occidente.
A la par de VOKS, se estableció la agencia Intourist para atraer visitas que pagaran con moneda fuerte: el objetivo no era la diplomacia cultural, sino acumular divisas, por lo que hubo una inversión en hotelería y servicios a la que no accedía VOKS.
El autor dedica varios capítulos a Sidney y Beatrice Webb y George Bernard Shaw, fabianos británicos que fueron activos propagandistas de la Unión Soviética. Shaw admiraba a Stalin y Mussolini, una conducta que era habitual en los años de entreguerra, siendo otro ejemplo el escritor H. G. Wells. También señala el caso del escritor Romain Rolland, que ayudó a cimentar dentro de la URSS el culto a la personalidad de Stalin. Cuando se iniciaron los planes quinquenales y se enarboló la bandera del anti-fascismo con los llamados "frentes populares", los soviéticos desplegaron un gran esfuerzo de propaganda que atrajo a los intelectuales que rechazaban el ascenso del nazismo en Alemania, a la vez que reforzaban dentro de la URSS la posición de Stalin, llegando a justificar las purgas que puso en marcha a mediados de los años treinta. En palabras de George Bernard Shaw: "Our question is not to kill or not to kill, but how to select the right people to kill". A estas palabras, cabe recordar la fina ironía de Roberto Wilcock en su Sinagoga de los iconoclastas: "Los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etcétera: depende del plan. Reconforta pensar que, incluso sin plan, los hombres están y siempre estarán dispuestos a matar, torturar, incinerar, exiliar, esterilizar, descuartizar, bombardear, etcétera". 
Una de las más notables contribuciones de este magnífico libro son las páginas dedicadas al Arplan: Arbeistgemeinschaft zum Studium der Sowjetrussichen Planwirtschaft, una sociedad alemana dedicada al estudio de la planificación centralizada de la economía soviética, en la que participaron nacionalistas y socialistas, y que incluso visitaron la URSS en 1932, poco antes del gobierno nazi. En esta sociedad participaron György Lukacs, Karel Wittfogel, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Friedrich Hielscher, con el auspicio de Karl Radek desde el Komintern. Estas aproximaciones de los nacional-bolcheviques y la izquierda nazi con la URSS terminaron con la llegada de Adolf Hitler al poder. 
La propia dinámica totalitaria del stalinismo derivó en la más cruda xenofobia en tiempos de las grandes purgas, diezmando la composición de VOKS y cobrando la vida de Aleksandr Arosiev, director de este organismo. Las conexiones con el exterior se habían vuelto sospechosas y se quemaron libros y publicaciones, pero no en exhibiciones públicas como lo hacía el nazismo alemán. Es la etapa que David-Fox denomina "complejo de superioridad" del stalinismo, en abierta hostilidad con todo lo que fuera extranjero.
El ominoso Pacto Ribbentropp-Molotov significó un duro revés para quienes se consideraban amigos de la URSS en Occidente. La tónica neutra o respetuosa hacia Alemania en la prensa soviética indicaban un nuevo giro de la política exterior, que buscaba la coexistencia con la expansión germana. Fue la invasión de 1941 la que le devolvió a los soviéticos las credenciales de "antifascistas".
Este libro trata, pues, sobre lo que los intelectuales de Occidente querían ver y soñar de cuanto ocurría en el experimento soviético, y de lo que desde Moscú se quería proyectar como una sociedad más avanzada y culta.

Michael David-Fox, Showcasing the Great Experiment: Cultural Diplomacy and Western Visitors to Soviet Union, 1921-1941. New York, Oxford University Press, 2012.

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