lunes, 9 de septiembre de 2013

"Faith and Power", de Bernard Lewis.

Este libro de Bernard Lewis, reconocido especialista en el mundo árabe, es una selección de artículos, conferencias y discursos que busca establecer un puente de conocimiento sobre la civilización islámica. Como toda cultura, tiene sus luces y sombras, sus procesos y dinámicas, concepciones y vocabulario que lo hacen diferente y a veces despierta la perplejidad, otras la admiración y también la indignación del observador occidental. 
Bernard Lewis se esmera con paciencia en desbrozar el camino, señalando qué es lo específicamente islámico y qué no, a lo largo de las catorce centurias de su existencia. Y lo hace desde el estudio y la reflexión, no desde el sentimiento de culpa, la apología o el panfleto incendiario. 
El autor nos recuerda que Muhammad (Mahoma) no sólo fue el profeta que dio origen a una nueva religión, sino también un gobernante. Esta diferencia en el nacimiento del Islam es clave para comprender su distancia con respecto, por ejemplo, al judaísmo (Moisés no pudo entrar a la tierra prometida) y al cristianismo, que fue religión estatal tres siglos después de la muerte de Jesús. De allí que en el Islam no exista la diferencia entre la religión y el Estado, o de lo sagrado y lo profano, tal como en Occidente. No hay una autoridad "eclesiástica" de los musulmanes, y la ley y el gobierno están inspirados por la religión, tomando como modelo el tiempo en que el profeta Muhammad fue el líder político de Medina. Por otro lado, tanto el cristianismo como el Islam se consideran a sí mismos como la revelación definitiva de Dios, y ambos se asientan en civilizaciones de gran arraigo histórico.
Cuando surgió el Islam, la cristiandad estaba difundida no sólo en Europa, sino también en el norte de África y el Medio Oriente: el imperio bizantino se extendía por Siria, Irak y Palestina. Allí están, como recuerdo de ese pasado, los cristianos sirios e irakíes, así como los coptos de Egipto. Bernard Lewis señala que el Islam no es la religión de la paz -ya que se expandió por medio de la guerra hacia Occidente y Oriente-, pero que tampoco hace de la guerra su finalidad, y que tanto en el Corán como en los Hadith y el desarrollo jurisprudencial, tiene reglas claras y precisas sobre los enfrentamientos bélicos. Lewis lo subraya: el terrorismo no es islámico, ni tampoco el suicidio. De hecho, propone a los jóvenes que actualmente se entrenan para colocar bombas que matan a inocentes, que lean las fuentes del conocimiento musulmán, para que puedan descubrir que son manipulados en contra de la enseñanza islámica.
El vocabulario construido por ambas civilizaciones no ha contribuido para hallar caminos de convivencia: musulmanes y cristianos se han acusado de infieles y no creyentes, y tampoco han reconocido al otro como religión. Los musulmanes se han referido a los cristianos por sus nacionalidades: francos, romanos, eslavos, o bien con el término derogatorio de "nazarenos". Los cristianos, por su lado, hablaron de sarracenos, árabes, turcos o tátaros, o bien con la denominación -aún extendida- de "mahometanos". 
En los catorce siglos, hubo avances y repliegues de ambas partes, quedando los judíos en medio del enfrentamiento, debiendo adaptarse lo mejor posible en ambas culturas. Lewis señala diferencias notorias entre los judíos del mundo cristiano, de los judíos que vivieron en el universo islámico, cuestión sobre la que escribió un libro anteriormente.
Lo cierto es que cristianos y judíos pudieron desarrollar sus comunidades en los países musulmanes, con sus autoridades religiosas y costumbres, siendo el Imperio Otomano un ejemplo de ello, a pesar de las imposiciones gubernamentales. El otro gran ejemplo, no citado por Lewis, fue la España musulmana, Al Andalus, con su espléndida cultura, aunque fue la periferia del mundo árabe. No ocurrió lo mismo, bien lo sabemos, con los judíos y musulmanes en la Europa de la Edad Media, en donde hubo expulsiones, bautismos forzados y persecuciones.
Si bien Bernard Lewis recuerda que es historiador y que, como tal, su material de estudio es el pasado y no el futuro, se adentra en territorios como la posibilidad de la democracia liberal en el mundo islámico, rescatando algunos elementos que podrían ayudarla a crecer. Advierte al lector, sí, que los regímenes autoritarios de Medio Oriente no han sido lo habitual, en el sentido de que los gobiernos tradicionales no han tenido un poder casi ilimitado como el que han dispuesto Hussein, Assad o Gaddafi. Nos recuerda que el partido Baath fue fundado bajo el modelo fascista en los años cuarenta, bajo la influencia del régimen de Vichy, y luego reconvertido al modelo leninista soviético. Pero, además, pone de relieve que la centralización del poder se fue acrecentando con la incorporación de nuevas tecnologías. Si bien en el mundo islámico no hay una tradición parlamentaria, sí hubo una costumbre de buscar consejos de los diversos sectores de la sociedad. 
También pone énfasis en un aspecto significativo: para los musulmanes, lo que distingue un buen gobierno de uno malo, es que sea justo, no que sea libre. Y esa justicia, inevitablemente en el contexto islámico, es que esté de acuerdo al Corán. No obstante, y por la creciente influencia de los medios occidentales, la concepción de la libertad individual se abre camino en esa cultura. 
Lewis dedica gran espacio a la situación de la mujer en el Islam, que tanto nos choca a los occidentales. Si bien hay mucho por recorrer, también en esto la modernización abrirá nuevas puertas, y ahí está el modelo turco para demostrarlo. Y aquí agrego: la mujer musulmana tenía una gran libertad cuando los árabes eran nómadas, en aquellas caravanas que atravesaban los desiertos, pero pierde y se la encierra cuando se transforman en sociedades urbanas. Los rastros de esa libertad perdida se hallan en la literatura árabe clásica, exquisita y refinada expresión de una cultura que estuvo abierta a la fantasía y el despliegue de la imaginación.
El autor deplora que el islamismo radical tenga simpatizantes en Occidente, ya sea de la izquierda -por su antiamericanismo-, o por la derecha -por su antijudaísmo-. La influencia y difusión del wahhabismo en Europa se debe a los cuantiosos recursos que dispone.
El libro es una invitación a reflexionar. Si bien muchos de sus argumentos se reiteran en varios capítulos, su buena e inteligente prosa ayuda a navegar en un océano que, infortunadamente, se nos presenta turbulento en estas jornadas en las que se debate la posible intervención en Siria.

Bernard Lewis, Faith and Power: Religion and Politics in the Middle East. New York, Oxford University Press, 2010.

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