domingo, 24 de octubre de 2010

"La dictadura nazi", de Ian Kershaw.

Ian Kershaw es autor de una monumental biografía de Adolf Hitler que ha sido publicada en dos volúmenes. A esa obra imprescindible para quien quiera conocer la historia europea de la primera mitad del siglo XX, se añade este libro dedicado a varios puntos sujetos a debate por parte de los historiadores -durante y después de la guerra fría.
El primer aspecto controversial que señala Kershaw es la definición del nazismo: ¿fue de tipo único, fue un tipo de totalitarismo o bien un tipo de fascismo? Argumentos para cada una de las posiciones abundan. Ahora bien: este debate estuvo teñido, durante cuatro decenios, de la posición marxista leninista oficial vigente en la fenecida RDA, la Alemania oriental. Siendo este el pensamiento único vigente del otro lado de la cortina de hierro, continuó identificando al fascismo –en forma genérica- como la etapa última del capitalismo. Esta caracterización databa desde los años veinte por parte de la Komintern y en 1935 se plasmó en la definición de Dimitroff. La RDA buscaba legitimarse en contraposición a la República Federal Alemana, en la que se siguió por el camino del orden constitucional liberal, parlamentario y la economía social de mercado. ¿Eran lo mismo la RFA que el nazismo? Dejaba pendiente una sombra sobre su vecina: en ella, por su propia lógica capitalista, estaba latente el resurgimiento del fascismo.
Es claro, entonces, que todos los estudios sobre el nacionalsocialismo que se realizaron en la Alemania oriental estaban en esa dirección, teñidos por su propia ideología.
Los debates más interesantes, por consiguiente, se produjeron en la RFA, una nación libre y pluralista. Se puso en duda el concepto de “totalitarismo”, así como se cuestionó –a mi criterio, acertadamente- la sinonimia entre nazismo y fascismo. Nuevos horizontes de interpretación se abrieron con la reunificación alemana y el fin de la guerra fría, habiéndose rehabilitado el concepto de "totalitarismo". Una variante interesante y poco explorada, fue la del nazismo como un tipo de “bonapartismo”, una categoría creada por Karl Marx al analizar el golpe de 1851 en Francia por parte de Luis Napoleón Bonaparte. Creo que si los autores marxistas hubiesen trabajado con este concepto, habrían logrado interesantes contribuciones.
Concatenado con esta cuestión, pues, viene la relación entre el nazismo y el capitalismo. Yo preferiría hablar de la relación entre los nazis y los empresarios: todos ellos fueron personas de carne y hueso, con intereses, visiones, cosmovisiones, temores, deseos y apetencias que los singularizan. Que muchos empresarios apoyaron al nazismo en sus etapas iniciales, no es ningún secreto. Esto habla de la responsabilidad que muchas personas de la élite política, social y empresarial tuvieron en la destrucción de la República de Weimar que, a pesar de todos sus errores y falencias, fue un sistema infinitamente mejor que el que lo reemplazó en 1933. Para los autores marxistas, esta relación se explica como una consecuencia lógica. A mi criterio, esto fue el resultado de una serie de decisiones basadas en el error de creer que Hitler era un personaje manipulable, poco serio, al que desdeñaban por sus oscuros orígenes y que sería la aristocracia prusiana la que realmente movería los hilos del poder. Los empresarios alemanes no querían un mercado libre ni una economía abierta: buscaban que el poder los protegiera, los amparara y les asegurara la rentabilidad. Ahora bien: estos sectores empresariales no tuvieron lugar alguno en el diseño de las políticas expansionistas del nazismo y, ya durante la guerra, se vieron cada vez más reducidos en su papel de proveedores para el régimen imperante. Hitler y el movimiento nazi lograron su plena autonomía, aun cuando no planificaron centralmente la economía al estilo soviético.
De acuerdo a Ian Kershaw, el plan Cuatrienal de 1936 fue preparado en sus detalles por especialistas de la empresa IG-Farben. Este plan tenía el objetivo de llevar a Alemania a la autarquía económica e iniciar la carrera armamentista, con lo que se fortaleció el poder del movimiento nazi, más específicamente el bloque de la SS-policía-SD, reduciendo el margen del ejército y de las empresas. Muchos empresarios aplaudieron y se enriquecieron con la anexión de Austria y la invasión a Checoslovaquia, pero no aprobaron la invasión a Polonia –aun cuando, también, se enriquecieron con esta expansión-. También se beneficiaron con la denominada “arianización” de la economía, que significó la pérdida de muchas empresas de antiguos propietarios judíos a manos de empresarios cercanos al nazismo. Pero lo que remarca Kershaw es que a partir de 1936 es que los objetivos políticos e ideológicos del nazismo tuvieron primacía clara sobre la situación económica. De este modo, pues, queda bastante claro que el Estado nazi fue avanzando sobre el mundo empresarial y la propiedad privada, aunque no lo ahogó porque lo necesitaba durante la conflagración mundial para alcanzar sus objetivos de genocidio del pueblo judío y de los gitanos, la esclavización de los eslavos y la invasión de los territorios en los que construiría su Lebensraum, hacia el Este de Europa.
Me sorprende que los historiadores del nazismo no presten atención al experimento realizado en lo que ocurrió en la actual República Checa, anexada al Tercer Reich con el nombre de "protectorado de Bohemia y Moravia". Allí se aplicó una política de germanización sobre la población checa y se nacionalizaron las grandes empresas y la banca. Autores checos sostienen que fue un laboratorio de lo que se procedería a hacer con el resto de Europa central y oriental después de la guerra.
La relación de Hitler con el genocidio judío, la Shoá, es motivo de debate entre dos grandes corrientes: los intencionalistas -que sostienen que el exterminio del pueblo judío fue una política concebida por Hitler desde 1919- y los estructuralistas -que arguyen que los nazis fueron tomando medidas ad hoc en el transcurso de los años. Ian Kershaw hizo una buena síntesis de ambas posiciones, sin mencionar al negacionismo o, mal llamado, "revisionismo". Fue más visible el protagonismo de Adolf Hitler en la política exterior, aun cuando es probable que él mismo no haya tenido muy claras sus objetivos al asumir como canciller en 1933. Hitler era el ideólogo del delirio criminal racista-imperialista, el impulsor de las líneas generales y no reparaba en los detalles.
De singular interés resulta el capítulo dedicado a repasar las controversias historiográficas sobre la resistencia al régimen dictatorial. Creo que Kershaw acierta en su razonamiento de que en un régimen como el nazi, quienes tenían posibilidades reales de derrocarlo eran los miembros de la élite, pero no deja de rescatar las actitudes de oposición cotidiana de muchos alemanes comunes que no adherían al nazismo, así como de algunos sacerdotes católicos y pastores evangélicos. Sin embargo, en comparación con el fascismo italiano, el nazismo sí habría logrado mayor penetración ideológica, legitimado por sus conquistas militares y el rearme.
La reunificación alemana en 1990, el derrumbe de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría han abierto nuevas perspectivas para el estudio de lo que fue el nazismo. Sin las anteojeras ideológicas de la guerra fría, es posible conocer mejor qué fue el nazismo y cómo se desarrolló. Qué fue, y no qué se quiere creer que fue.

Ian Kershaw, La dictadura nazi. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.

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