sábado, 14 de febrero de 2015

"Sui-Tang China and Its Turko-Mongol Neighbors", de Jonathan Karam Skaff.

Desde hace algunos años, los historiadores de Asia Oriental e Interior tienen una aproximación crítica hacia la documentación que disponen sobre las dinastías chinas, que les ha permitido descubrir una mayor policromía y complejidad de las relaciones de China con los pueblos de las estepas del norte, ya sean los turcos, uigures y mongoles. Al haberse basado mayormente en las fuentes disponibles de los eruditos y funcionarios chinos confucianos, la visión quedó distorsionada. Y es que estos eruditos proyectaron una imagen del imperio chino como étnicamente homogéneo, además de plantear una cosmovisión binaria en la que el "otro" del norte era bárbaro, cruel y casi no humano. 
Lo cierto es que al disponer de más fuentes, el panorama es por completo diferente. Por un lado, los imperios chinos han sido habitados por diversos pueblos con sus propias costumbres y, por el otro, las relaciones interculturales en las fronteras fueron más fluidas de lo que se suponía.
En este valioso libro, el autor nos presenta un mundo mucho más interrelacionado entre chinos, turcos, mongoles, uigures y tibetanos, de cosmovisiones y costumbres similares. Las alianzas matrimoniales, el poco peso de las capitales sobre las periferias, las relaciones de lealtad personal entre los monarcas con sus vasallos a través de un extendido sistema patrimonial, hicieron de las regiones fronterizas un universo con sus propios códigos de conducta que poco tenían que ver con la ortodoxia confuciana. Asimismo, el aporte de los conocimientos obtenidos por los cambios en el medio ambiente han permitido observar la influencia de éste en las necesidades de los pueblos nómadas de las estepas. 
El entramado de relaciones entre estos pueblos respondía a costumbres profundamente arraigadas, en los que eran de importancia crucial los intercambios comerciales, de obsequios, el protocolo, la recepción de grandes comitivas de visitas y banquetes, el comercio de equinos a cambio de seda y un intrincado sistema de investidura y vasallaje, extremadamente frágil por su carácter personal y no institucional. 
Así, las dinastías Sui y Tang no habrán de diferir mayormente de las anteriores y posteriores en su trato con los pueblos vecinos, buscando aquietar las posibles incursiones militares y articular alianzas defensivas y comerciales. 

Jonathan Karam Skaff, Sui-Tang China and Its Turko-Mongol Neighbors: Culture, Power, and Connections 580-800. New York, Oxford University Press, 2012.

viernes, 13 de febrero de 2015

"Starý pes, nové kousky" (Perro viejo, trucos nuevos), de Petr Roubal.

La revolución de terciopelo, tal como se conoce al proceso de transición del comunismo a la democracia liberal en la ex Checoslovaquia, fue también un proceso de profundas transformaciones constitucionales. A partir de la legalidad vigente del régimen socialista se fue desmontando este sistema, para dar lugar a una república parlamentaria, democracia pluripartidista y economía de mercado. Algo similar a lo que ocurrió a fines de los años setenta en España, en donde se dio una reforma y revolución en modo simultáneo, a partir del orden legal existente.
El autor, Petr Roubal, fija su atención en la asamblea federal, un parlamento que hasta ese entonces no era más que una fachada en la que el todopoderoso Partido Comunista era el verdadero centro del poder. Pero con la elección de Václav Havel como -último- presidente de la República Socialista Checoslovaca en diciembre de 1989, además de un gabinete de coalición del PC con las dos grandes fuerzas opositoras, la checa Foro Cívico y la eslovaca Opinión Pública Contra la Violencia, la asamblea federal pasó a cobrar importancia central. 
Y aquí la figura descollante para el cambio constitucional fue Zdeněk Jičinský, un reformista comunista que estuvo con Dubček en el experimento fallido del "socialismo con rostro humano" de 1968 y luego miembro de Carta 77. Él propuso recurrir a la revocatoria del mandato y cooptación de diputados, para reemplazar a miembros de la Asamblea Federal por figuras de las fuerzas opositoras hasta las elecciones generales de junio de 1990. En diciembre. Esta cooptación, que no era nueva en la historia de Checoslovaquia, permitía la gobernabilidad y la autoparlamentarización de la Asamblea Federal, así como de los parlamentos checo y eslovaco y de gobiernos municipales. En diciembre de 1989 ingresaron así una veintena de figuras de la oposición -entre ellos Dubček, que fue electo presidente de la Asamblea-, y en enero una nueva oleada con unos cien parlamentarios, entre los que cabe mencionar a Miloš Zeman, años después líder del partido socialdemócrata, primer ministro y actual presidente de la República Checa. 
Esta política de cooptación fue posible gracias a las negociaciones con el Partido Comunista en la llamada mesa redonda, en donde esta fuerza en retirada, jaqueada y abandonada por su aliado soviético, fue haciendo concesiones a las demandas de las agrupaciones opositoras. Petr Roubal señala con acierto que este fue un hecho único en las transiciones de Europa oriental y central, ya que en Polonia la transición fue posible por la elección de Solidaridad para un tercio del parlamento -Sejm- y 99 de los cien escaños del Senado, en tanto que en Hungría ya había figuras independientes desde antes de la perestroika en el parlamento.
Se trata, pues, de un capítulo luminoso de la historia reciente de Europa, un ejemplo de transición pacífica hacia la democracia liberal poco conocido para el lector de habla castellana.

Petr Roubal, Starý pes, nové kousky. Kooptace do Federálního shromáždění a vytváření polistopadové politické kultury. Praga, Ústav pro Soudobé Dějiny, 2013.  

viernes, 9 de enero de 2015

"Czech, German, and Noble", de Rita Krueger.

El Reino de Bohemia, parte integrante del Imperio Austríaco -llamado Austro-Húngaro a partir de 1867- y a la vez del Sacro Imperio Romano, tuvo una posición singular dentro del mundo germánico por sus raíces eslavas. La aristocracia bohemia, desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, tuvo una serie de transformaciones que ayudó a delinear el discurso patriótico, primero en el marco de las ideas de la Ilustración, y luego en el del romanticismo.
La autora pone el acento en varios aristócratas que se involucraron en el desarrollo de las ciencias en Bohemia y Moravia -la actual República Checa-, no sólo como un medio de extender y ampliar el conocimiento, sino con el fin patriótico de volver a colocar a Praga en el circuito de las grandes discusiones académicas. Este estamento nobiliario hablaba alemán, francés e italiano en forma cotidiana; la lengua checa, en cambio, era de uso vulgar y recién en los inicios de la centuria decimonónica habrá un creciente interés por recuperarla y darle vigor.
En la atmósfera convulsionada y bélica de la revolución francesa y las invasiones napoleónicas, aristócratas como Kaspar Sternberg se volcaron al estudio sistemático de la botánica y mineralogía, haciendo aportes significativos. Pero estos esfuerzos no quedaron encerrados en los gabinetes de estudio, sino que pusieron esmero en difundirlos y crear instituciones en las que trabajaron científicos de orígenes burgueses. Es así como nacieron sociedades científicas y el Museo Nacional, que representó y reunió las contribuciones de Bohemia a las ciencias biológicas, geológicas, históricas y la literatura. También dieron impulso a las colecciones de artes plásticas y la difusión de la música y la ópera, siendo un gran ejemplo el del Teatro Nostitz, luego conocido como Teatro de los Estados a partir de 1798. Esta expansión de la ciencia y la educación, con miras a mejorar la productividad y a enaltecer la perfectibilidad humana a través de la instrucción y la racionalidad, fueron metas de la masonería en Bohemia, orden iniciática en la que se encontraban aristócratas y burgueses en un plano de igualdad.
Estas instituciones científicas creadas por el impulso de la aristocracia, permitieron que muchos burgueses pudieran desarrollar prolíficas carreras. Asimismo, algunos de estos burgueses, como František Palacký, tuvieron acceso a las bibliotecas que venían reuniendo los nobles. La aristocracia bohemia era anglófila en su inclinación política, y ello quedó en evidencia cuando se convocaron los estamentos en 1791, en los que expusieron las ideas del contractualismo de John Locke, del constitucionalismo británico, y de autores como Montesquieu y Voltaire. Políticamente no tenían ambiciones de emancipación nacional -esto ocurrirá a principios del siglo XX-, sino de recuperar la autonomía y el prestigio dentro del marco del imperio austríaco, difundiendo las ideas del constitucionalismo liberal.
En el libro se pone de relieve que para la creación de una nación no sólo se precisa de una narrativa histórico-política, sino también la creación de instituciones en los mundos de las artes y las ciencias, ya que en este caso se buscaba reinstalar a Bohemia -y a Praga, en particular- en la constelación de las grandes culturas europeas.


Rita Krueger, Czech, German, and Noble. Status and National Identity in Habsburg Bohemia. New York, Oxford University Press, 2009. 

sábado, 3 de enero de 2015

"Ottoman Brothers", de Michelle U. Campos.

El Imperio Otomano, que dominó desde las orillas del Golfo Pérsico hasta Argelia, y desde los Balcanes hasta el Mar Rojo, inició su lento derrumbe durante el siglo XIX, empujado por las potencias europeas y los nacionalismos emergentes. Este "hombre enfermo de Europa", cuyos fragmentos eran codiciados por varias naciones, hizo pocos esfuerzos por modernizarse, y en forma tardía. Anclados en la nostalgia de sus tiempos de expansión militar, los sultanes-califas no advertían el impulso de las nuevas ideas, confusamente mezcladas, de aspiraciones nacionalistas de emancipación de algunos pueblos con los principios del constitucionalismo liberal. Un intento de reforma fue el Tanzimat de 1839, así como la constitución parlamentaria de 1876, luego derogada por el Sultán durante la guerra con Rusia de 1878.
El sistema político, jurídico y social del Imperio Otomano estaba estructurado en torno a los millet, las comunidades etno-religiosas que lo componían. Las naciones europeas intervenían en defensa de las comunidades cristianas que allí vivían, por lo que la soberanía del Imperio era limitada en grado creciente. Era un entramado complejo, en el que las diversas comunidades coexistían y convivían con sus propios códigos.
En 1908, un regimiento de Salónica con el apoyo del Comité de la Unión y el Progreso (CUP) se alzó en armas para exigir la restauración de la constitución parlamentaria. Ante este pronunciamiento, el sultán Abdülhamid II reconoció de inmediato esa constitución, temeroso de que esta revolución se propagara sin control hasta las puertas de Estambul.
El libro de la doctora Michelle U. Campos, brillante y original, se centra en el período del constitucionalismo entre 1908 hasta los comienzos de la primera guerra mundial. Época fértil, de desenvolvimiento de la prensa, los partidos, la sociedad civil y la reflexión en torno al patriotismo otomano. Se discutía el concepto de ciudadanía otomana, pero allí se entrecruzaban distintas vertientes: liberal, republicana, comunitaria, etno-religiosa. Y desde esas perspectivas de la otomanidad se debatían el nuevo servicio militar obligatorio, la anexión de Bosnia-Herzegovina por parte del Imperio Austro-Húngaro, el sistema electoral y las aspiraciones nacionalistas de los sionistas y el arabismo emergente. Estas reflexiones en torno a lo cívico y la otomanidad se vieron enriquecidas por la explosión periodística en los distintos idiomas locales, además del inglés, francés y alemán. Como puente entre las comunidades, sobre todo entre los profesionales, actuó la masonería, que reunía miembros musulmanes, cristianos y judíos en un ámbito de fraternidad.
Las elecciones parlamentarias, con un sistema de segundo grado, pusieron en evidencia la sobrerrepresentación de la población musulmana, al calificar al sufragante por su capacidad impositiva. No obstante estas imperfecciones, el clima de ideas ayudó a difundir conceptos como el de "libertad", "representación" y "gobierno responsable", hasta entonces vedados por la censura gubernamental. 
Michelle U. Campos pone de relieve que estas comunidades religiosas, en particular las minoritarias, estaban fragmentadas: en Jerusalem había dieciséis denominaciones cristianas, así como rivalidades entre los judíos sefaradíes y ashkenazíes. Dentro de la comunidad judía, había quienes rechazaban al sionismo, como el destacado líder Albert Antébi, que buscaba una mayor autonomía pero sin salir del Imperio Otomano.
En 1909, el sultán Abdülhamid II intentó detener este proceso de constitucionalización, pero la consecuencia fue su reemplazo en el trono. Este episodio demostró la gran popularidad del constitucionalismo y la gran adhesión que despertaba en la población.
Sin embargo, esta modernización política fue tardía: en 1908, se independizó Bulgaria y Bosnia Herzegovina fue anexada al Imperio Austro Húngaro; en 1911, los italianos invadieron la actual Libia; en 1912 fueron las guerras balcánicas, que redujeron la presencia turca a la península de Tracia; en 1914, se desató la Gran Guerra, con los otomanos alineados con los imperios centrales. Fue en ese contexto bélico que los Jóvenes Turcos abandonaron el patriotismo cívico a favor de uno étnico religioso, que puso al panturanismo como objetivo de expansión militar hacia el Asia Central, que desembocó en el genocidio armenio.
El libro expone con rigor documental una etapa poco conocida y breve del Imperio Otomano, lo que lo convierte en un texto imprescindible para explorar el universo tan diverso, policromo y conflictivo del Medio Oriente.


Michelle U. Campos, Ottoman Brothers: Muslims, Christians, and Jews in Early Twentieth-Century Palestine. Stanford, Stanford University Press, 2011.

jueves, 1 de enero de 2015

"Las tumbas de Atuan", de Ursula K. Le Guin.

La niña Tenar es llevada a los cinco años a el Lugar, donde se hallan los templos a los Sin Nombre y al Dios-Rey, por ser la reencarnación de Arha, la Sacerdotisa Única. Allí vivirá con otras jóvenes educadas para el sacerdocio, pero su posición la diferenciará de las otras novicias. Ya en la adolescencia, Arha -ya el nombre de Tenar se desvaneció de sus recuerdos, tal como el de los primeros años con su familia biológica-, es iniciada en los conocimientos -o en la recuperación de sus conocimientos, adquiridos en innumerables reencarnaciones-y se adentró en lo que su ámbito específico del complejo sagrado: el Laberinto en donde habitan los Sin Nombre. 
Los recorrerá con paciencia y esmero, sin recurrir a luces -vedadas en aquellas tinieblas-, incorporándolos paso a paso, con cada una de sus cámaras, criptas y pasillos sin salida. Poco a poco fue advirtiendo la rivalidad de la sacerdotisa del Dios-Rey, que creía más en el poder que en las antiguas deidades. Ello explotó cuando Arha descubrió en el Laberinto a un intruso, un extranjero de los que había escuchado en narraciones sobre invasores que no tienen alma. 
Ese extranjero. Ged, será perturbador para Arha: un hechicero que conoce su verdadero nombre, Tenar, así como es un maestro del ilusionismo. Pero, ante todo, la expondrá ante lo que ella creía que eran sus creencias. Es así como Tenar-Arha se debate internamente en sus convicciones más profundas, decidida a mantener con vida a ese intruso extranjero que había irrumpido en ese ámbito en busca de un objeto sagrado. Tenar-Arha será una Ariadna que ayudará a este Teseo a salir del Laberinto. El mal no está corporizado por un Minotauro, sino que su presencia será esquiva, en esas tinieblas furiosas llamadas los Sin Nombre. Tenar quiere renacer, quiere volver a la vida, pero Ged le advierte que para ello debe morir Arha: mutación ontológica, paso iniciático hacia una vida plena lejos del oscuro laberinto para ver la luz, prohibida en aquel templo consagrado al mal. Ursula K. Le Guin resume ese tránsito en este vibrante párrafo: "Lo que estaba empezando a descubrir era el peso de la libertad. La libertad es una carga pesada, extraña y abrumadora para el espíritu que ha de llevarla. No es cómoda. No es un regalo que se recibe, sino una elección que se hace, y la elección puede ser difícil. El camino asciende hacia la luz; pero el viajero que soporta la carga acaso no llegue jamás a la meta". La libertad metafísica, meta del iniciado, supone la muerte del antiguo ser para emprender el sendero hacia un nuevo ser: pleno, libre, sin las ataduras de la ignorancia, pero que requiere esfuerzo, trabajo y voluntad.
Pieza magistral que reúne el saber iniciático, el trazado fundamental de las antiguas mitologías mediterráneas y lo mejor de la literatura fantástica.

Ursula K. Le Guin, Las tumbas de Atuan. Buenos Aires, Minotauro, 1987.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

"Battle for the Castle", de Andrea Orzoff.

La Primera República checoslovaca, la de los años de entreguerras hasta 1938, es la historia de un país que estableció su independencia tras siglos de dominación austríaca, así como la de un experimento democrático en un escenario y un tiempo signados por el auge de los totalitarismos. Sus figuras más destacadas fueron el primer presidente, Tomaš G. Masaryk, y el ministro de Relaciones Exteriores y luego segundo presidente, Edvard Beneš. 
Andrea Orzoff irrumpe en este esquema para buscar los matices y, sobre todo, para estudiar la narrativa construida desde el Castillo -sede del primer magistrado- en torno a la figura emblemática de Masaryk como presidente-libertador. La Primera República se caracterizó por tener un presidente que actuaba como un "rey filósofo" -de hecho, Masaryk era profesor de filosofía- y sin afiliación partidaria, a la vez que el Parlamento estaba dominado por los líderes de los partidos políticos, que negociaban por fuera del recinto legislativo. No había posibilidad de independencia de los parlamentarios, ya que las bancas eran de los partidos, no de los legisladores, lo que según el fallecido politólogo Jiří Kunc se llamó "cláusula checoslovaca" en la literatura de la época. Primero fue la "Pětka" -pět es cinco en checo-, el grupo de los cinco líderes de la coalición parlamentaria, la que negociaba la aprobación de las leyes por fuera del Parlamento, que luego se fue extendiendo a los nuevos socios. 
Andrea Orzoff pone el acento en este aspecto poco democrático o, más bien, poco parlamentario de la Primera República, para matizar la idea legendaria que se ha formado en torno a ese período. En rigor, cuando se realizó la transición democrática de los años 1989-1991, evitar una nueva Pětka fue uno de los objetivos del entonces presidente Václav Havel, que era un escéptico de los partidos políticos y privilegiaba a las personalidades. De modo que en este sentido no hubo una idealización sobre el funcionamiento parlamentario y partidario en los años de entreguerras.
Considero que un valioso aporte del libro es haber arrojado luz sobre el entorno del Castillo para la promoción del régimen político checoslovaco, a través de la editorial Orbis, periódicos más o menos vinculados a la política de Masaryk -Prager Presse, enteramente financiado por el Estado, o bien diarios que eran financieramente independientes pero que simpatizaban como lo fue el histórico Lidové Noviny, el semanario Přítomnost del periodista Ferdinand Peroutka-, y el Club Social (Společenský Klub), formado al estilo de los clubes británicos para vincularse con visitantes extranjeros. El objetivo político fundamental de Masaryk y Beneš era el de demostrar a los países occidentales que la República Checoslovaca se entroncaba con las mejores tradiciones europeas de democracia, parlamentarismo, libertad y racionalismo, y para ello elaboró un discurso que propagó dentro y fuera del país. Pero esta Checoslovaquia era sólo poco más de la mitad checa: en ella vivían unos tres millones de alemanes, seguidos por las minorías eslovaca, húngara y rutena. Si bien los partidos políticos democráticos alemanes fueron incorporados a las coaliciones a partir de 1926, esto no pudo detener la tormenta que se despertó con la crisis económica de 1929 y su enorme desempleo, que volcó a sus votantes hacia las filas de los partidos nacionalistas filonazis, como el de Konrad Henlein. 
La alternativa de la república parlamentaria no fue la primera que se barajó mientras se desarrollaba la primera guerra mundial. Los sectores conservadores, reunidos en torno a Karel Kramář, acariciaron la idea de restaurar el Reino de Bohemia con un Romanov como monarca eslavo. Pero esta idea se desvaneció con la revolución rusa de 1917, y Kramář asumió como primer ministro de la novel república parlamentaria, al frente del Partido Nacional Demócrata. La narrativa elaborada por el Castillo no tenía en cuenta a quienes como Kramář se habían quedado en su patria durante la Gran Guerra, sino que giraba en torno a los exiliados y los legionarios que combatieron en Siberia y en el frente occidental contra los alemanes.
Para articular este discurso, desde el Castillo hubo relaciones fluidas con el mundo intelectual, especialmente con el gran autor de literatura fantástica y de ciencia ficción Karel Čápek, que también se desenvolvía en el periodismo, o el ya mencionado Peroutka. Pero la relación estrecha era casi exclusivamente con la intelligentsia checa, cercenándose la posibilidad de articular un patriotismo cívico y cosmopolita que hallara un espacio para la cultura eslovaca y se diferenciara netamente de las aspiraciones irredentistas magiares y de unificación alemana. Y es que, en medio de la "tormenta del mundo" -expresión de Tulio Halperín Donghi para los años de entreguerras-, había que realizar esfuerzos mayúsculos para sostener a la democracia parlamentaria, cuando todo parecía dirigirse hacia el totalitarismo. A pesar de todas las falencias de esta democracia y de su sistema de partidos, fue una isla de libertad en la que muchos perseguidos hallaron refugio por un tiempo, hasta que fue invadida por la Alemania nazi en 1939.
El libro de Andrea Orzoff, a mi juicio, tiene aciertos que sobrepasan errores de apreciación, en especial al tratar figuras de relieve intelectual como Karel Čápek y Ferdinand Peroutka, así como para hacer un contorno acertado sobre la creación de la figura legendaria de Masaryk, que tanto influyó en el modelo a seguir tras el derrumbe del comunismo en 1989.


Andrea Orzoff, Battle for the Castle. The Myth of Czechoslovakia in Europe. 1914-1948. New York, Oxford University Press, 2009. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

"Los pasajeros del Weser", de Silvio Huberman.

Tras varios años de investigación, armando un difícil rompecabezas con pocas piezas disponibles, el reconocido periodista Silvio Huberman escribió la historia de la primera inmigración judía organizada procedente desde el Imperio de Rusia, que llegó a bordo del Weser. Eran 824 pasajeros -hombres, mujeres, niños- que salían de la asfixiante Zona de Residencia que se había impuesto en la región más occidental del imperio, tras la anexión de esos territorios al gobierno autocrático de los Zares. A los judíos de Rusia le estaban vedados muchos oficios y profesiones, así como la movilidad dentro del vasto imperio. En 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II, se desató contra los judíos un pogrom de gran magnitud, persecución que despertó las conciencias de muchos occidentales para ayudar a esta comunidad asediada, así como motivó a cientos de miles de judíos a emigrar hacia el continente americano.
Argentina, en el imaginario decimonónico, era una tierra extraña; aún más para el habitante de las estepas eslavas. Por mandato constitucional y por genuina intención de los sucesivos gobernantes argentinos durante la segunda mitad del siglo XIX, se procuró atraer a las latitudes sudamericanas a inmigrantes europeos, rodeándolos de garantías, reconociendo sus libertades fundamentales y ayudándolos a costear los pasajes. Hubo intensos debates parlamentarios sobre la inmigración espontánea u organizada, llegando a ganar la segunda postura por una cuestión práctica: otras naciones lo estaban haciendo. Es que Argentina era un país de escasos pobladores: no nos referimos a las tierras incorporadas en las campañas militares dirigidas por el general Roca, sino a provincias feraces como Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires. 
Alentados por la idea del progreso que marcó esa centuria, se trazaron redes ferroviarias, líneas telegráficas, se levantaron pueblos y se estableció un marco normativo signado por la secularización.
En este escenario tuvo lugar la llegada de ese primer contingente de inmigrantes judíos en 1889 que, con dolores y pesares, y tras ser víctimas de fraudes por el camino, lograron asentarse en la colonia Moisés Ville. Sufrieron la muerte de decenas de sus niños al llegar; batallaron con sus brazos contra la langosta y el granizo, implacables enemigos del agricultor; debieron adaptarse y aprender la vida en el campo argentino a pura obstinación. El trazado de la colonia respondía a las necesidades defensivas contra los pogroms, tan frecuentes eran estos ataques contra las comunidades judías en la Rusia de Alejandro III. Algo similar ocurrió con los inmigrantes alemanes del Volga, también asentados en la provincia de Entre Ríos, que hacían viviendas semi enterradas, recuerdo de cuando debían protegerse de los ataques de kazajos en las fronteras con Asia Central. Si bien hubo algunos episodios lamentables, Silvio Huberman sostiene que fueron delitos comunes que no estuvieron inspirados por razones religiosas o políticas.
Tras ellos, llegaron otros contingentes con la ayuda de ese gran filántropo que fue el Barón Maurice de Hirsch y su Jewish Colonization Association, instalándose en provincias que hoy son fértiles y abundantes. Uno de los jóvenes que descolló de aquellos movimientos humanos fue Enrique Dickmann, que luego hizo sus estudios secundarios, se graduó de médico y se destacó como diputado del Partido Socialista.
El libro demuele, sin buscarlo, algunos prejuicios antijudíos de entonces y de ahora: el primero, el de que todos los judíos son ricos. La lectura de estas páginas frescas, tan bien escritas como documentadas, servirá para aventar tamaño disparate. El segundo, que los judíos no son aptos para el trabajo agrícola: allí están, como testimonio elocuente, las colonias que levantaron y la producción que incorporaron a la geografía argentina, como el girasol. No faltó, en ciertos círculos del nacionalismo antisemita argentino, quien llegara a negar la existencia de estas colonias agrícolas. Lo cierto es que muchos de sus descendientes migraron hacia las ciudades en busca de movilidad social ascendente, destacándose en las ciencias, las artes y el periodismo, de quienes el autor trazó una semblanza en los capítulos finales. 
Silvio Huberman nos deleita con su maestría en el uso de la palabra hablada y escrita, despliega el itinerario vital de esos inmigrantes, traza los contornos personales y nos ubica acertadamente en el tiempo y el espacio para comprender, un poco más, cómo fue el pretérito de los argentinos.


Silvio Huberman, Los pasajeros del Weser. Buenos Aires, Sudamericana, 2014.