Estudiar y reflexionar los cincuenta y dos tomos de la obra de Sarmiento requiere de un sistema y un propósito, y estos fueron los motores que impulsaron a Francisco M. Goyogana en esta obra sobre las inquietudes filosóficas del político y autor sanjuanino. Goyogana es autor, ya, de tres libros en torno al estadista argentino del siglo XIX: el primero, dedicado a Sarmiento y la Patagonia; el segundo, a su defensa del laicismo; el tercero, en buena medida es un complemento del segundo, que nos permite adentrarnos en los itinerarios recorridos por un lector tan voraz como prolífica y cautivante fue su pluma.
Sarmiento no buscó teorizar en el vacío ni para su sólo provecho personal, sino que lo hizo para volcar ideas transformadoras en la Argentina decimonónica, en tiempos de la organización constitucional. De allí su pasión desbordante por atrapar cuanto libro se atravesara, desmenuzándolo y aprendiendo de conversaciones silenciosas que entablaba con cada autor.
Goyogana nos plantea un recorrido por cada autor con el que dialogó Sarmiento como lector, desde los clásicos griegos hasta sus contemporáneos. El autor nos introduce a las ideas de los filósofos que frecuentó Sarmiento, y pone a dialogar al político sanjuanino con esos pensadores. Los agrupa en varias ramas: la filosofía y las ciencias naturales de Gran Bretaña, los franceses, alemanes, holandeses, italianos y estadounidenses. La variedad de libros que leía Sarmiento le permitió abordar el pensamiento humano desde múltiples ángulos: filosofía política, ciencias naturales, epistemología, educación, historia. Cada lectura, aprovechada hasta el máximo, ayudó a crear un humus en donde fructificaron muchas ideas sarmientinas.
Sarmiento fue afecto a los pensadores que también fueron hombres políticos. Eran tiempos en que muchas figuras del pensamiento se volcaban de lleno a la arena política, sin temor al barro de las pasiones humanas y las refriegas. Así, se volcó por autores de envergadura como Tocqueville, Constant, Guizot, Thiers, Jefferson, Franklin, Thomas Paine, Burke, Locke, John Stuart Mill, entre tantos otros. Propenso a la observación, Sarmiento fue más un empirista que un teórico de laboratorio, y por ello buscó la experiencia acumulada de otros pueblos. De allí que explorara las obras de Adam Smith, David Hume y la ilustración escocesa. Pero también frecuentó la lectura de autores como Proudhon, Fourier, Saint Simon, Comte y Rousseau, con quienes no necesariamente coincidió, pero sí le brindaron perspectivas novedosas. Sabido es que Sarmiento cambia su visión sobre Europa, a la que suponía en la cumbre de la civilización humana, cuando viaja en 1847 a Francia. Su modelo habrá de cambiar por el de los Estados Unidos, a donde va luego y se asombra por un país pujante que le servirá como modelo en la presidencia. Esto lo acerca aún más a autores como Tocqueville, a los que hacen de la observación de la conducta y los movimientos humanos el método para explorar los caminos del progreso social y material. Y, como John Stuart Mill, no vaciló en defender el valor de la educación pública para elevar las condiciones materiales de los más pobres, así como el de elevar a la mujer por medio de su instrucción en un mundo que la relegaba a una mera función reproductiva y de crianza de los niños en el hogar.
Goyogana nos expone el interés que Sarmiento tenía por las ciencias naturales, a las que se sentía atraído también por su capacidad de aplicación en las feraces tierras argentinas. De allí que se volcara decididamente por las teorías del evolucionismo, siendo un conocedor profundo de la obra de Charles Darwin, de quien brindó una extensa conferencia a las pocas semanas de su fallecimiento. Esta pasión por la ciencia lo acercó al positivismo y al darwinismo, sintiendo cercanía por el pensamiento de Spencer en sus últimos años de vida.
Rastrear las fuentes intelectuales de Sarmiento no es una tarea sencilla, no sólo por la extensión voluminosa de su obra, sino por el apasionamiento que ponía en cuanto realizaba. Polemista audaz, no dudaba en combatir por las causas en las que creía recurriendo a un vasto arsenal de ideas, exhibiendo su erudición de gran complejidad. Este apasionamiento le ganó enemigos durante su vida y tras su muerte, que aún hoy arrojan anatemas e insultos sin ubicar a Sarmiento en su contexto vital. Esto hace más meritoria la obra de Francisco M. Goyogana, que coloca a Domingo F. Sarmiento en su tiempo y latitud sudamericana.
Francisco M. Goyogana, Sarmiento filósofo. Introducción a las ideas del prócer. Buenos Aires, Claridad, 2016.
Bitácora de lecturas de Ricardo López Göttig. Historia, literatura, mitología, orientalismo y filosofía política.
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lunes, 16 de mayo de 2016
"Sarmiento filósofo", de Francisco M. Goyogana.
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lunes, 29 de julio de 2013
"A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France", de Jennifer Pitts.
El libro de Jennifer Pitts es uno de esos textos que lo colocan a uno ante aspectos poco luminosos de los autores por los que uno siente cercanía, y por eso le doy la bienvenida entre mis lecturas. Remueve, provoca, presenta y sugiere. Aunque no esté del todo de acuerdo con muchos de sus planteos -o quizás por eso mismo-, me parece un libro de gran valor.
Los autores que podemos ubicar en la corriente liberal del siglo XVIII -el término es extemporáneo- advertían de los riesgos y costos de las aventuras coloniales de Gran Bretaña y Francia. Adam Smith y Edmund Burke, por ejemplo, veían con escepticismo al colonialismo británico. Como bien señala Pitts, si bien los autores de la Ilustración escocesa como Smith y Adam Ferguson sostenían que había varias etapas en el progreso humano, no atribuían los primeros estadios a la falta de inteligencia, sino a la adaptación de sus instituciones y costumbres a las circunstancias que vivían las diferentes culturas. Tampoco tenían un juicio valorativo en estas categorías, sino que simplemente las utilizaban como una herramienta conceptual. Adam Smith en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say en Francia, señalaban que las aventuras coloniales sólo generaban pérdidas para las metrópolis, proponiendo en cambio el libre comercio pacífico entre los pueblos como la forma de promover la prosperidad general.
Edmund Burke fue un gran crítico, desde su banca en el Parlamento y como abogado, de la Compañía de las Indias Orientales. Burke y Smith tenían una concepción universal del ser humano, creyendo en su inteligencia y sentido común más allá de las fronteras culturales, lingüísticas y religiosas. Benjamin Constant, también parlamentario durante la Restauración borbónica, fue un gran crítico del imperialismo francés. Pero tras estas dos generaciones de liberales críticos de las posturas de expansiones imperiales, hubo otra que defendió las conquistas ultramarinas, como la de John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville.
John Stuart Mill se nutrió de dos poderosas fuentes intelectuales: Jeremy Bentham y de su padre, James Mill, ambos utilitaristas. Bentham fue un crítico sagaz del imperialismo, a diferencia de James Mill, un entusiasta funcionario de la Compañía de Indias Orientales. Si bien John Stuart Mill se apartó de las ideas de su progenitor en varios aspectos, no fue así con respecto a la India, ya que también fue funcionario del organismo mencionado hasta su disolución. Y es que John Stuart Mill estaba imbuido de la idea de que los británicos tenían el deber de civilizar a los pueblos "atrasados", ya claramente enrolado en la teoría del progreso que tanto daño hizo al mundo en la centuria decimonónica, y que estuvo -y sigue estando- presente en varias corrientes ideológicas. Si bien J. S. Mill nunca adhirió a las teorías racistas que ya empezaban a esbozarse, sí consideraba que había estadios evolutivos de salvajismo y barbarie que mantenían en situación inmóvil a los pueblos del Oriente, América y África, en una "infancia" que los hacía sujetos del despotismo benevolente de Occidente. Mill creía en una tecnocracia benefactora para la India como modelo a ser replicado en Irlanda, por ejemplo. Nunca viajó a la India para conocer la gran civilización que los británicos estaban dominando, por lo que se mantuvo incólume en sus ideas.
El caso de Alexis de Tocqueville es, particularmente, el que me resultó más interesante. A mi parecer -este juicio es enteramente subjetivo-, Jennifer Pitts es muy dura en sus apreciaciones sobre la postura de Tocqueville con respecto a la colonización de Argelia. Su honestidad intelectual es implacable y le dedica dos capítulos del libro. Alexis de Tocqueville fue un activo parlamentario durante la Monarquía de Julio, constituyente y durante pocos meses ministro de Asuntos Exteriores en la Segunda República. Desde su escaño, se convirtió en una de las voces autorizadas sobre Argelia, a donde viajó en dos oportunidades y dejó plasmadas sus ideas en artículos y ensayos, así como en intervenciones parlamentarias.
Los itinerarios recorridos por Tocqueville en la cuestión argelina reflejan las tensiones que le provocaba: por un lado, partidario de mantener la colonia, siendo plenamente consciente de que para ello se debía recurrir al uso de la fuerza. Por el otro, crítico de los colonos y su sentimiento de falsa superioridad, así como escéptico de las posibilidades de fusionar las culturas en Argelia. Su visión estaba teñida por la necesidad de mantener bajo control la costa meridional del Mediterráneo ante la posible expansión británica, y también para fomentar el espíritu patriótico en Francia. La autora sostiene que Tocqueville tenía la mira puesta en la política interna de su país cuando propició la colonización de Argelia, anhelando mantener a Francia como gran potencia frente a los británicos, a los que admiraba y de los que recelaba. Pitts rescata del injusto olvido a la contracara de Tocqueville que se oponía al imperialismo en tiempos de la monarquía orleanista, Amédée Desjobert, un liberal ubicado en la "izquierda" parlamentaria de aquel entonces, figura política poco estudiada y que requiere ser leído para comprender mejor el debate de la época con más amplitud.
Es sabido que Tocqueville tampoco adhirió a las teorías racistas de superioridad biológica y se opuso a la postura de su antiguo discípulo, el conde Gobineau.
Si bien hace afirmaciones con las que discrepo, el libro es inteligente, bien fundamentado y documentado, de valor y de lectura provechosa.
Jennifer Pitts, A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France. Princeton, Princeton University Press, 2006.
Los autores que podemos ubicar en la corriente liberal del siglo XVIII -el término es extemporáneo- advertían de los riesgos y costos de las aventuras coloniales de Gran Bretaña y Francia. Adam Smith y Edmund Burke, por ejemplo, veían con escepticismo al colonialismo británico. Como bien señala Pitts, si bien los autores de la Ilustración escocesa como Smith y Adam Ferguson sostenían que había varias etapas en el progreso humano, no atribuían los primeros estadios a la falta de inteligencia, sino a la adaptación de sus instituciones y costumbres a las circunstancias que vivían las diferentes culturas. Tampoco tenían un juicio valorativo en estas categorías, sino que simplemente las utilizaban como una herramienta conceptual. Adam Smith en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say en Francia, señalaban que las aventuras coloniales sólo generaban pérdidas para las metrópolis, proponiendo en cambio el libre comercio pacífico entre los pueblos como la forma de promover la prosperidad general.
Edmund Burke fue un gran crítico, desde su banca en el Parlamento y como abogado, de la Compañía de las Indias Orientales. Burke y Smith tenían una concepción universal del ser humano, creyendo en su inteligencia y sentido común más allá de las fronteras culturales, lingüísticas y religiosas. Benjamin Constant, también parlamentario durante la Restauración borbónica, fue un gran crítico del imperialismo francés. Pero tras estas dos generaciones de liberales críticos de las posturas de expansiones imperiales, hubo otra que defendió las conquistas ultramarinas, como la de John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville.
John Stuart Mill se nutrió de dos poderosas fuentes intelectuales: Jeremy Bentham y de su padre, James Mill, ambos utilitaristas. Bentham fue un crítico sagaz del imperialismo, a diferencia de James Mill, un entusiasta funcionario de la Compañía de Indias Orientales. Si bien John Stuart Mill se apartó de las ideas de su progenitor en varios aspectos, no fue así con respecto a la India, ya que también fue funcionario del organismo mencionado hasta su disolución. Y es que John Stuart Mill estaba imbuido de la idea de que los británicos tenían el deber de civilizar a los pueblos "atrasados", ya claramente enrolado en la teoría del progreso que tanto daño hizo al mundo en la centuria decimonónica, y que estuvo -y sigue estando- presente en varias corrientes ideológicas. Si bien J. S. Mill nunca adhirió a las teorías racistas que ya empezaban a esbozarse, sí consideraba que había estadios evolutivos de salvajismo y barbarie que mantenían en situación inmóvil a los pueblos del Oriente, América y África, en una "infancia" que los hacía sujetos del despotismo benevolente de Occidente. Mill creía en una tecnocracia benefactora para la India como modelo a ser replicado en Irlanda, por ejemplo. Nunca viajó a la India para conocer la gran civilización que los británicos estaban dominando, por lo que se mantuvo incólume en sus ideas.
El caso de Alexis de Tocqueville es, particularmente, el que me resultó más interesante. A mi parecer -este juicio es enteramente subjetivo-, Jennifer Pitts es muy dura en sus apreciaciones sobre la postura de Tocqueville con respecto a la colonización de Argelia. Su honestidad intelectual es implacable y le dedica dos capítulos del libro. Alexis de Tocqueville fue un activo parlamentario durante la Monarquía de Julio, constituyente y durante pocos meses ministro de Asuntos Exteriores en la Segunda República. Desde su escaño, se convirtió en una de las voces autorizadas sobre Argelia, a donde viajó en dos oportunidades y dejó plasmadas sus ideas en artículos y ensayos, así como en intervenciones parlamentarias.
Los itinerarios recorridos por Tocqueville en la cuestión argelina reflejan las tensiones que le provocaba: por un lado, partidario de mantener la colonia, siendo plenamente consciente de que para ello se debía recurrir al uso de la fuerza. Por el otro, crítico de los colonos y su sentimiento de falsa superioridad, así como escéptico de las posibilidades de fusionar las culturas en Argelia. Su visión estaba teñida por la necesidad de mantener bajo control la costa meridional del Mediterráneo ante la posible expansión británica, y también para fomentar el espíritu patriótico en Francia. La autora sostiene que Tocqueville tenía la mira puesta en la política interna de su país cuando propició la colonización de Argelia, anhelando mantener a Francia como gran potencia frente a los británicos, a los que admiraba y de los que recelaba. Pitts rescata del injusto olvido a la contracara de Tocqueville que se oponía al imperialismo en tiempos de la monarquía orleanista, Amédée Desjobert, un liberal ubicado en la "izquierda" parlamentaria de aquel entonces, figura política poco estudiada y que requiere ser leído para comprender mejor el debate de la época con más amplitud.
Es sabido que Tocqueville tampoco adhirió a las teorías racistas de superioridad biológica y se opuso a la postura de su antiguo discípulo, el conde Gobineau.
Si bien hace afirmaciones con las que discrepo, el libro es inteligente, bien fundamentado y documentado, de valor y de lectura provechosa.
Jennifer Pitts, A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France. Princeton, Princeton University Press, 2006.
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