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domingo, 29 de septiembre de 2019

"Bartolomé Mitre", de Eduardo Míguez.

Comprimir una vida tan intensa como la de Bartolomé Mitre, con una trayectoria que que entrelazaba la política, el periodismo y la labor del historiador, requiere poner el acento en aquello que para el autor es significativo. En este sentido, este texto sumamente recomendable de Eduardo Míguez pone el acento en la etapa formativa -personal e intelectual- de Mitre en la orilla oriental del Plata, pudiendo haber optado por la ciudadanía uruguaya y, seguramente, alcanzado también la primera magistratura. Pero prefirió el suelo en donde tuvo lugar su natalicio, y desplegó una existencia política intensa durante medio siglo, con un protagonismo que fue menguando, pero jamás al punto de la irrelevancia o el olvido. Muy por el contrario, a medida que su partido político se iba desdibujando en el Acuerdo con el PAN de Julio Roca, la figura simbólica de Mitre se realzaba hacia el final de sus días.
Miembro de la llamada Generación del 37 en exilio de Montevideo, Chile y Bolivia, supo tomar contacto con las ideas de Mazzini y Garibaldi, con quienes se sintió identificado. De allí se puede rastrear su posición conciliadora de lo republicano y lo liberal con lo nacional, tan propia de mediados de la centuria decimonónica, hasta que el nacionalismo se volcó hacia expresiones autoritarias y exclusivistas. El republicanismo de Mitre se distanciaba de las posturas más escépticas de Sarmiento y, sobre todo, de Alberdi; y si bien no avanzó en la práctica en medidas favorables por la limpieza del sufragio -de hecho, utilizó los mecanismos habituales de su época-, siempre fue un elemento constante en su discurso.
El itinerario vital de Mitre entremezcla lo político con lo intelectual, su pasión por la acción con la avidez de lectura y conocimiento. Esa ambición la pudo plasmar en su inicio como vocero de la causa porteña tras la batalla de Caseros cuando, desde su banca en la Legislatura provincial y director del diario Los Debates, se plantó frente al Acuerdo de San Nicolás, marcando un hito en su carrera política. Mitre buscó siempre, y esto lo subraya Míguez, fundar sus acciones en principios políticos: no siempre pudo lograrlo, y las más de las veces debió acomodarse a las contingencias de los acontecimientos. Los actores políticos se encuentran en un tiempo y en una geografía de la que no pueden huir, y con los elementos disponibles, Bartolomé Mitre se propuso armonizar su visión de porteño con la de argentino, en una época en la que la nacionalidad era una aspiración abstracta, en la que pesaban más las identificaciones provinciales que con la de una República en plena etapa formativa. De allí, entonces, que fuera liberal a la vez que nacionalista, en el sentido de que no formaba parte de aquellos grupos porteños que aspiraban a la independencia de su provincia, frente a la Confederación Argentina. Y que, como gobernador de la Provincia de Buenos Aires y vencedor en la batalla de Pavón, en 1861, respetó a Urquiza como gobernador entrerriano, en lugar de aprovechar ese triunfo militar para provocar la secesión porteña. Desde esa perspectiva, no resulta sorprendente que la palabra "nación" resultara tan ligada a su vida pública: fundador de los diarios "La Nación Argentina" y luego, en 1870, "La Nación", que su fracción política durante un tiempo se llamara "nacionalista" -que, a la vez, en ese juego fluido de los partidos decimonónicos argentinos alternara con las denominaciones de "liberal" o "Partido de la Libertad"- y, tras la separación de la Unión Cívica, su agrupación se denominara "Unión Cívica Nacional". 
Eduardo Míguez explora, con acierto, la construcción que Bartolomé Mitre hizo de sí mismo como figura política e intelectual, y que sus historias de Belgrano y San Martín fueran plataformas narrativas para su acción, probablemente viéndose a sí mismo como un continuador y eslabón en la constitución de esa Nación Argentina. De hecho, así lo recordamos, como primer presidente constitucional de la Argentina unificada, labor que se fue consolidando durante los períodos de la organización nacional, hasta que el Estado nacional se solidifica en los años 1880, con Julio Roca en la primera magistratura. 
Subraya el autor que Mitre en varias oportunidades, tras salir de la presidencia en 1868, debió seguir los pasos de sus seguidores y se vio involucrado, con más o menos visibilidad y protagonismo, en las revoluciones de 1874, 1880 y 1890, logrando salir de todas ellas. De estos acontecimientos y turbulencias, su partido fue exponiéndose como una visión ante todo porteña, con escasa proyección 
hacia el interior del país. 
A mi criterio, Míguez establece claramente la responsabilidad de Bartolomé Mitre y del gobierno de la República Argentina en la Guerra del Paraguay, remarcando el espíritu bélico de Francisco Solano López, su invasión a la provincia de Corrientes y cómo se lo combatió en suelo argentino. También los límites del gobierno nacional del presidente Mitre, ya que el grueso de las tropas las aportó Buenos Aires, y cómo era síntoma de que aún no existía un concepto acabado de nacionalidad en las latitudes sudamericanas. Este habrá de ser, hasta la actualidad, uno de los temas con los que las corriente del llamado revisionismo histórico han atacado a la figura de Mitre.
Bartolomé Mitre fue amigo y luego rival de Sarmiento; fue rival y luego cercano a Urquiza; fue rival y luego socio político de Roca. Defensor del laicismo, se unió electoralmente a los sectores católicos en 1886, para hacer un frente común ante la candidatura presidencial de Miguel Ángel Juárez Celman. En esos juegos de la competencia siempre procuró mostrarse en equilibrio, manteniendo un liderazgo de un sector representativo de Buenos Aires. Su figura se agigantó en los años 1880, y llegó a barajarse seriamente su candidatura presidencial en 1892, como una transacción de unidad entre el Partido Autonomista Nacional y la Unión Cívica Nacional. Roca en gran medida contribuyó a crear la imagen del Mitre "patricio", la de un prócer nacional que debía ubicarse en el Panteón de los grandes argentinos.
El libro es altamente recomendable por su mesura, documentación, interpretación de los matices y búsqueda honesta en los pliegues de una personalidad compleja, consciente de su rol histórico y de sus propias ambigüedades. 

Eduardo Míguez, Bartolomé Mitre. Buenos Aires, Edhasa, 2018.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Sarmiento", de Miguel Ángel De Marco.

Una vida tan intensa, prolífica y apasionante como la de Domingo Faustino Sarmiento, no puede ser contenida en cuatrocientas páginas. Encuadrarlo en ese límite físico es el esfuerzo que hizo Miguel Ángel De Marco -ex presidente de la Academia Nacional de la Historia- en esta biografía, que resume trabajos anteriores de gran envergadura sobre el político argentino, cuya obra periodística y literaria abarca 52 tomos.
La figura de Sarmiento arranca pasiones en pro y en contra, porque él mismo fue un hombre que ponía una energía colosal en todo lo que acometía, muchas veces sin prudencia en la expresión ni mesura en la polémica. No obstante, sus críticos más acérrimos no vacilan en quitar de contexto muchas de sus aseveraciones, como si las palabras no fueran dinámicas con el curso de los años, cambiando los significados. 
De Marco evita enrolarse en debates, simplemente exponiendo las facetas discutibles de Sarmiento. La obra atraviesa toda su existencia, desde la niñez hasta la muerte, recurriendo a las imágenes tan coloridas que el propio protagonista nos legó a lo largo de sus páginas. 
El propósito del libro es evidente: presentar al lector el recorrido existencial de Sarmiento, con su obra en pinceladas generales, su tiempo como estadista, su acción como periodista infatigable y propulsor de las ideas que consideraba beneficiosas; sus idas y venidas como hombre en una Argentina que recién empezaba a trazarse en los contornos de la modernidad. Resulta inevitable asimilar a Sarmiento con el impulso a la alfabetización e instrucción, condiciones necesarias para la formación de ciudadanos respetuosos de la ley, productivos y pacíficos. 
Como no tuvo formación sistemática, se nutrió de cuanto autor llegó a sus manos, pero más fuerte en él fue la experiencia de sus viajes -a los Estados Unidos, en particular- que volcaba en la acción de gobierno, ya sea en el Ejecutivo, ya en las bancas legislativas. Nada de lo que ocurrió en la polis le fue ajeno: promovió el asociacionismo -desde la protección de los animales, las bibliotecas populares y las comunidades de inmigrantes-, la fundación de periódicos y el fomento de las ciencias naturales y astronómicas. Escasos políticos -muy pocos son los estadistas- son los que fomentan y perseveran en su impulso a la ciencia y la educación, y Argentina tuvo en Sarmiento a una de esas figuras extrañas en los ajetreos de la lucha electoral.
No tuvo partido, gobernó con un Congreso con el que debió negociar cada ley, se enfrentó a quienes tomaron las armas para derrocar a los gobiernos constitucionales con todo el vigor que fuera posible. Se enroló con vehemencia en la causa de la educación laica, habiendo sido un destacado miembro del liberalismo decimonónico y de la Masonería, de la que llegó a ser Gran Maestre tras dejar la primera magistratura de la República. Lejos de encerrarse en el Olimpo lejos de los mortales, se consagró con energía a la dirección general de escuelas de la Provincia de Buenos Aires al terminar la presidencia, como si fuera una magistratura superior.
Esa consagración total a la vida pública lo distanció de su amigo Bartolomé Mitre, un alejamiento que comenzó al ser enviado como ministro plenipotenciario a Chile, Perú y los Estados Unidos, y que se acentuaría en la pugna electoral. Fue, durante su presidencia entre 1868 y 1874 que fue cobrando notoriedad el entonces coronel Julio A. Roca, que luego llegaría a la primera magistratura en 1880 y que tanto lo respetaría.
Miguel Ángel De Marco escribió sobre Sarmiento para un público que lo observa con hostilidad, de reojo, tras decenios de  ser cuestionado por las variadas corrientes del revisionismo vernáculo -católico, nacionalista, populista-, intentando mostrar una figura que se escapa travieso de las taxonomías, un hombre político que no dudaba en ir contra la corriente mayoritaria en pos de defender una causa que consideraba justa. Atendiendo, pues, a que el autor se dirige a un público no especializado, ávido de incorporar conocimientos generales de la historia argentina, el libro es una introducción valiosa.

Miguel Ángel De Marco, Sarmiento. Buenos Aires, Emecé, 2016.

lunes, 16 de mayo de 2016

"Sarmiento filósofo", de Francisco M. Goyogana.

Estudiar y reflexionar los cincuenta y dos tomos de la obra de Sarmiento requiere de un sistema y un propósito, y estos fueron los motores que impulsaron a Francisco M. Goyogana en esta obra sobre las inquietudes filosóficas del político y autor sanjuanino. Goyogana es autor, ya, de tres libros en torno al estadista argentino del siglo XIX: el primero, dedicado a Sarmiento y la Patagonia; el segundo, a su defensa del laicismo; el tercero, en buena medida es un complemento del segundo, que nos permite adentrarnos en los itinerarios recorridos por un lector tan voraz como prolífica y cautivante fue su pluma.
Sarmiento no buscó teorizar en el vacío ni para su sólo provecho personal, sino que lo hizo para volcar ideas transformadoras en la Argentina decimonónica, en tiempos de la organización constitucional. De allí su pasión desbordante por atrapar cuanto libro se atravesara, desmenuzándolo y aprendiendo de conversaciones silenciosas que entablaba con cada autor.
Goyogana nos plantea un recorrido por cada autor con el que dialogó Sarmiento como lector, desde los clásicos griegos hasta sus contemporáneos. El autor nos introduce a las ideas de los filósofos que frecuentó Sarmiento, y pone a dialogar al político sanjuanino con esos pensadores. Los agrupa en varias ramas: la filosofía y las ciencias naturales de Gran Bretaña, los franceses, alemanes, holandeses, italianos y estadounidenses. La variedad de libros que leía Sarmiento le permitió abordar el pensamiento humano desde múltiples ángulos: filosofía política, ciencias naturales, epistemología, educación, historia. Cada lectura, aprovechada hasta el máximo, ayudó a crear un humus en donde fructificaron muchas ideas sarmientinas.
Sarmiento fue afecto a los pensadores que también fueron hombres políticos. Eran tiempos en que muchas figuras del pensamiento se volcaban de lleno a la arena política, sin temor al barro de las pasiones humanas y las refriegas. Así, se volcó por autores de envergadura como Tocqueville, Constant, Guizot, Thiers, Jefferson, Franklin, Thomas Paine, Burke, Locke, John Stuart Mill, entre tantos otros. Propenso a la observación, Sarmiento fue más un empirista que un teórico de laboratorio, y por ello buscó la experiencia acumulada de otros pueblos. De allí que explorara las obras de Adam Smith, David Hume y la ilustración escocesa. Pero también frecuentó la lectura de autores como Proudhon, Fourier, Saint Simon, Comte y Rousseau, con quienes no necesariamente coincidió, pero sí le brindaron perspectivas novedosas. Sabido es que Sarmiento cambia su visión sobre Europa, a la que suponía en la cumbre de la civilización humana, cuando viaja en 1847 a Francia. Su modelo habrá de cambiar por el de los Estados Unidos, a donde va luego y se asombra por un país pujante que le servirá como modelo en la presidencia. Esto lo acerca aún más a autores como Tocqueville, a los que hacen de la observación de la conducta y los movimientos humanos el método para explorar los caminos del progreso social y material. Y, como John Stuart Mill, no vaciló en defender el valor de la educación pública para elevar las condiciones materiales de los más pobres, así como el de elevar a la mujer por medio de su instrucción en un mundo que la relegaba a una mera función reproductiva y de crianza de los niños en el hogar. 
Goyogana nos expone el interés que Sarmiento tenía por las ciencias naturales, a las que se sentía atraído también por su capacidad de aplicación en las feraces tierras argentinas. De allí que se volcara decididamente por las teorías del evolucionismo, siendo un conocedor profundo de la obra de Charles Darwin, de quien brindó una extensa conferencia a las pocas semanas de su fallecimiento. Esta pasión por la ciencia lo acercó al positivismo y al darwinismo, sintiendo cercanía por el pensamiento de Spencer en sus últimos años de vida. 
Rastrear las fuentes intelectuales de Sarmiento no es una tarea sencilla, no sólo por la extensión voluminosa de su obra, sino por el apasionamiento que ponía en cuanto realizaba. Polemista audaz, no dudaba en combatir por las causas en las que creía recurriendo a un vasto arsenal de ideas, exhibiendo su erudición de gran complejidad. Este apasionamiento le ganó enemigos durante su vida y tras su muerte, que aún hoy arrojan anatemas e insultos sin ubicar a Sarmiento en su contexto vital. Esto hace más meritoria la obra de Francisco M. Goyogana, que coloca a Domingo F. Sarmiento en su tiempo y latitud sudamericana.

Francisco M. Goyogana, Sarmiento filósofo. Introducción a las ideas del prócer. Buenos Aires, Claridad, 2016.

sábado, 29 de agosto de 2015

"Ovejas negras", de Roberto Di Stefano.

Historiador del desarrollo de la Iglesia Católica en Argentina, Di Stefano inevitablemente se fue topando en sus investigaciones con las expresiones desafiantes, ya desde tiempos coloniales hasta mitades del siglo XX. En consecuencia, con esa valiosa documentación disponible emprendió este valioso libro sobre los anticlericales argentinos, ya desde aquellos que se apartaron de los caminos de la ortodoxia y ortopraxia católica, pasando por la de los blasfemos e idólatras, hasta llegar a los procesos de secularización que en la segunda mitad de la centuria decimonónica impulsaron los sectores liberales en el gobierno.
El mapa que uno podía suponer de homogeneidad y estricta observancia del catolicismo en tiempos coloniales, Di Stefano lo desbarata y nos presenta un mundo insospechado de herejías, apostasías, blasfemias y presencia viva de prácticas precoloniales. 
La emancipación abrió las puertas a las libertades, ya que la Iglesia, en tanto pilar de la monarquía cristiana española, también tuvo partidarios entre el clero. Fue la reforma eclesiástica del ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, la que provocó los grandes debates y cruce de diatribas en la activa prensa local, repleta de pasquines incendiarios. Con Juan Manuel de Rosas en la gobernación, en cambio, la Iglesia encontró un remanso, a pesar de que seguía vigente el tratado con el Reino Unido de 1825, por el cual se permitía a los anglicanos la práctica de su culto en Buenos Aires. 
Con la organización constitucional de 1853, renacieron los debates legislativos, en la prensa, la tribuna y las calles. La Constitución reconocía la libertad de cultos, un derecho que despertó la ira de algunos convencionales constituyentes. Luego, los gobiernos fueron avanzando en un lento camino a la secularización, quitándoles el monopolio de los cementerios a la Iglesia Católica, estableciendo la ley 1420 de educación laica, creando el matrimonio civil y el registro civil, medidas que impulsaban el pluralismo religioso y la llegada de inmigrantes. En este clima, en el que figuras como Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre tomaron partido por el laicismo, el presidente Julio Roca debió incluso cortar las relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante dieciocho años. La orden iniciática masónica contó, en esos años, con miembros de la más alta relevancia política e intelectual en sus filas, como los mencionados Mitre y Sarmiento -que fueron grandes maestres-, así como Leandro Alem, José Hernández, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Francisco Barroetaveña, Marcelo T. de Alvear e Hipólito Yrigoyen, entre tantos otros en un amplio abanico de partidos y extracciones. No obstante, el último gran debate de los laicistas de esa generación tuvo lugar en 1902 cuando se discutió la ley de divorcio en el Congreso, que por dos votos no fue incorporado al código civil. Los congresos de librepensamiento eran frecuentes y auspiciados por las figuras más señeras hasta principios del siglo XX. Pero, a diferencia de lo que aconteció en la vecina República Oriental del Uruguay, no se llegó a separar Iglesia y Estado en el texto constitucional, tal como ya lo propugnaban algunas figuras de la política local.
Di Stefano plantea que, dada la gran masa inmigrante que seguía arribando a Argentina, hubo un cambio de paradigma en las élites gobernantes, que se reflejó en una recatolización del Estado. Hipótesis interesante y que merece ser abordada. Lo cierto es que en los años treinta, en entreguerras, el mito de la nación católica había alcanzado su apogeo: al Estado liberal y laico, lo reemplazaba la concepción de la Argentina católica, fuertemente impulsada por el nacionalismo.
Esa recatolización fue uno de los fundamentos del golpe de Estado de 1943, que por decreto restauró la educación religiosa en las escuelas, gracias al entonces ministro de Instrucción Pública Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo literario Hugo Wast, autor de libelos antisemitas. En su primera presidencia, Juan Domingo Perón la convirtió en ley; mas en su segundo y consecutivo período presidencial tuvo su conocido enfrentamiento con la Iglesia Católica, que lo llevó a promover la separación de Iglesia y Estado.
El último gran debate que Di Stefano señala en este contexto, fue el de la creación de las universidades privadas durante la presidencia de Arturo Frondizi, en las que muchas de las casas de altos estudios que habrían de surgir tenían un sello religioso. Aquella discusión, que hoy nos parece tan absurdo como distante, se vivió entonces con viva intensidad y ardor.
El libro es útil e inevitable para quien quiera conocer la historia argentina desde una perspectiva desde el mundo de las ideas, que son, en definitiva, los poderosos motores que mueven a la humanidad.

Roberto Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.

miércoles, 18 de julio de 2012

"Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas", de Lilia Ana Bertoni.

Otra segunda lectura que me volvió a asombrar fue la de Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas, de Lilia Ana Bertoni, un libro del 2007. Un texto valioso que debería ser leído y comentado no sólo por los colegas de la Historia, sino por todos los interesados en las ciencias sociales y en la comprensión del pasado argentino.
El libro se centra en los debates en torno a la construcción de la nacionalidad en la Argentina a partir de 1887 hasta principios del siglo XX. Como país que recibía a cientos de miles de inmigrantes por año, de los cuales aproximadamente la mitad se quedaba en forma permanente, la República Argentina vio incrementada su población en poco tiempo por este aluvión que modificaba sustancialmente sus costumbres, lengua y fisonomía. 
En tiempos en que varios países europeos se habían enrolado en una frenética expansión colonial y veleidades imperiales, la existencia de una nutrida colonia italiana en Buenos Aires despertó las sospechas de los políticos argentinos, que veían que las escuelas de estos inmigrantes formaban nuevos ciudadanos italianos, sin apego a la nueva tierra. Entre ellos, se destacaron Domingo F. Sarmiento y Estanislao Zeballos. La educación privada había tenido una gran labor supliendo la ausencia de escuelas estatales, por lo que había sido bienvenida en la difusión de la alfabetización. Empero, esta se brindaba en las lenguas de cada comunidad inmigrante, a la par que se enseñaba la historia, geografía y costumbres de la patria lejana. Esta circunstancia, sumada a la prédica de algunos publicistas italianos que llamaban a la creación de colonias en América del Sur, provocaron la alarma de muchos argentinos, que temían ver los embriones de un estado dentro de otro estado.
La Constitución de 1853/60, tan generosa y liberal en su concepción de la inmigración y la nacionalidad, comenzó a estar en discusión sobre todo a partir de la revolución del Parque, de 1890, evento en el cual muchos extranjeros tomaron partido por la Unión Cívica. Una señal del cambio profundo que se estaba operando fue la eliminación en la provincia de Santa Fe del derecho al voto municipal que tenían los extranjeros en la reforma de la constitución local de 1890. 
Señala Lilia Ana Bertoni que los festejos de las fiestas patrias adquirieron otra tonalidad a partir del decenio de los ochenta en adelante, organizadas por el Estado sin la alegría espontánea que antes las hacía brillar, para darles un aire marcial y solemne. Comenzaron a formarse los "batallones infantiles" que procuraban infundir en los niños el apego por la patria. 
Un hecho que provocó la alarma y disparó los sentimientos encontrados fue la rebelión de los extranjeros en la provincia de Santa Fe en 1893, que llegaron a tomar la capital, reclamando mejor administración y el reconocimiento a su derecho al sufragio. Por un lado, sentían que tenían derecho a participar en el gobierno por ser promotores de la riqueza, aun cuando no estaban dispuestos a abandonar la ciudadanía de origen. Este enfrentamiento encendió los ánimos y llevó a vivas discusiones en el Congreso nacional, motivando la iniciativa legislativa de Indalecio Gómez -diputado salteño, que luego como ministro del Interior fue el promotor de la Ley Sáenz Peña de voto secreto y obligatorio- de establecer al castellano como idioma nacional, impidiendo la educación en otras lenguas. 
Acertadamente señala Bertoni que dos concepciones de la nacionalidad fueron debatidas en 1896 en la cámara legislativa: la de inspiración liberal, sostenida por Francisco Barroetaveña, que sostenía que la ciudadanía era un acto voluntario y contractual -la tesis francesa-; y la esencialista, de inspiración germana, que sostenía el vínculo sagrado y sanguíneo. Si bien la propuesta de Indalecio Gómez no contó con la mayoría de los sufragios, fue un antecedente del clima de ideas que fue creciendo en torno a un nuevo concepto de nacionalidad que tomó auge en los primeros decenios del siglo XX.
Estas discusiones tuvieron lugar en un momento de agitación patriótica ante el posible enfrentamiento bélico con la República de Chile por la cuestión limítrofe. Desde distintos ámbitos como el Club de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires y el Tiro Federal Argentino, se promovió la gimnástica y la práctica del tiro para la formación de ciudadanos aptos para el combate. La comunidad italiana se reconcilió con la opinión pública argentina al ofrecer la creación de la Legión Italiana, dispuesta a combatir. También hubo una reconsideración de la visión sobre el pasado hispánico, que llevó a suprimir del himno argentino las estrofas injuriosas hacia España, en 1900. En 1901, durante la segunda presidencia de Julio Roca, se estableció el servicio militar obligatorio no sólo con fines de defensa, sino también con la ambición de provocar una reforma moral, inspirada en el modelo prusiano.
Capítulo aparte merece en el libro la conquista de lo simbólico a través de la estatuaria y el proyecto de creación del Panteón Nacional, buscando influir con esta pedagogía cívica en la construcción de la nacionalidad. ¿Quiénes eran los héroes a venerar? Desde las historias que escribió Bartolomé Mitre, no había discusión en torno a San Martín y Belgrano. Pero luego sí estaban en debate figuras como Liniers y Álzaga -que se opusieron a las invasiones británicas pero que fueron leales a la monarquía española en tiempos de la Revolución de Mayo-, así como héroes militares como Guillermo Brown, José María Paz, Lavalle...
Es, pues, un libro excelente, bien redactado y documentado, para comprender esta etapa de la historia argentina, que luego tuvo nuevos protagonistas de carácter fuertemente nacionalista en el Centenario.

Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. Buenos Aires, FCE, 2007. ISBN 950-557-404-5