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viernes, 3 de enero de 2020

"El ocaso de la república oligárquica", de Martín O. Castro.

El libro de Martín Castro recorre la historia política argentina en los inicios del siglo XX, cuando Julio A. Roca deja su segunda presidencia y comienza un proceso de profundas mutaciones dentro de las fuerzas conservadoras. Y lo hace con criterio analítico, erudición, respaldado con amplia documentación, manteniendo un buen ritmo para el lector. La tarea comienza con la crisis del PAN o Partido Nacional en 1901, cuando el entonces senador y ex presidente Carlos Pellegrini se distancia del presidente Julio Roca, con motivo del debate por la unificación de la deuda. En esas tensas jornadas de discusión parlamentaria, la opinión pública despertó y salió a las calles para expresar su desacuerdo con vehemencia. Roca retiró el proyecto del Congreso, y Pellegrini se sintió desairado en su defensa del mismo. Martín Castro le otorga especial significación a este debate parlamentario, por las consecuencias que tuvo tanto para la unidad del Partido Nacional, claramente hegemónico desde 1880 en Argentina, como para expresar el descontento de buena parte de la opinión pública. A su criterio, este fue el detonante de la reforma electoral de 1902 que impulsó Roca, de circunscripciones uninominales, que contó con el ministro Joaquín V. González como principal expositor del Poder Ejecutivo. El debate parlamentario de la reforma electoral de 1902 no sólo contemplaba el establecimiento de circunscripciones uninominales para la elección de diputados nacionales, electores de presidente y electores de senador nacional por la Capital Federal, sino también el voto secreto, nuevas sanciones ante su incumplimiento y el sufragio para los extranjeros que fueran propietarios o profesionales universitarios -esta última modificación fue rápidamente dejada de lado por los diputados-. Para Martín Castro, el eje de esta reforma fue el estado de la opinión pública en 1901 y la ruptura del Partido Nacional. La fragmentación del sistema de partidos en Argentina, sumado a que el sistema de lista completa bloqueaba el acceso de las minorías al Congreso, llevaba a un juego de personalismos y facciones que el Partido Nacional utilizaba para neutralizar a algunos sectores opositores a través de acuerdos para integrar listas comunes, como era el caso con la mitrista Unión Cívica Nacional. 
Carlos Pellegrini creó el Partido Autonomista en 1903, en tanto que el mitrismo se reagrupó en el Partido Republicano, liderado desde 1902 hasta 1909 por Emilio Mitre. Julio Roca tenía las riendas del Partido Nacional, que en rigor no era una formación orgánica y estructurada, sino una alianza de situaciones provinciales y gobernadores. Ante la proximidad de una nueva elección presidencial, el oficialismo propició la llamada "Convención de notables", en la cual se elegiría una fórmula de consenso. El pellegrinismo intentó, en vano, tomar el control de esa convención, que terminó impulsando la candidatura de Manuel Quintana para el sexenio 1904-1910.
El autor analiza la configuración del gobierno de Quintana, el realineamiento de las fuerzas opositoras en la Capital Federal -el pellegrinista Partido Autonomista y el mitrista Partido Republicano, que forman la Coalición Popular-, la influencia de diarios como La Nación y La Prensa, así como el retorno a la lista completa con la reforma electoral de 1905. El fallecimiento del primer magistrado y el ascenso de Figueroa Alcorta a la presidencia entre 1906 y 1910, retrata el desmantelamiento del sistema roquista y la agonía del PAN, sostenido por los gobernadores provinciales. El presidente Figueroa Alcorta busca apoyos en el antirroquismo en el universo conservador, sumando a figuras como Estanislao Zeballos y Roque Sáenz Peña, así como promovió a personas de su cercanía. 
Fue Roque Sáenz Peña quien logró tejer una alianza de sectores unidos en su rechazo a Julio Roca y su sistema partidario: antiguos juaristas, políticos católicos, sectores empresariales que no habían contado con el apoyo roquista. De este modo, Sáenz Peña formó la Unión Nacional aunque no logró organizarla como partido político orgánico. Los gobernadores provinciales acompañaron con reticencia, sin presentar un candidato alternativo.
Los partidos de cuadros, "orgánicos", eran la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista. El primero se estaba reorganizando desde 1903 e hizo una revolución en 1905 contra Manuel Quintana, infructuosamente, aunque logró mostrar la capacidad operativa del partido. Los socialistas, por su parte, no lograban salir del ámbito estrecho de la ciudad de Buenos Aires.
La Ley Sáenz Peña, que estableció el voto obligatorio y secreto y el sistema de lista incompleta, supuso un intento de "regeneración moral" que alentaban los sectores antirroquistas, que veían en Roca la suma de todos los males: los católicos, desde la moral; los conservadores antirroquistas, como una reparación histórica al ser desplazados durante tantos años. Fue la acción del presidente Sáenz Peña la que posibilitó que el Congreso aprobara su reforma, que fue puesta en vigor a partir de las elecciones legislativas de 1912. 
Las fuerzas conservadoras, en su conjunto, fueron incapaces de amalgamarse en torno a un solo partido político común, ya que comenzaron a competir entre ellas, lo que favoreció el triunfo de la UCR en sucesivos comicios. La creación del Partido Demócrata Progresista fue puesta en jaque por el gobernador bonaerense Marcelino Ugarte, sin advertir que se abría un nuevo escenario político con las reglas del juego que habían cambiado. 
Un libro necesario y recomendable para comprender esta etapa de grandes mutaciones de la vida política argentina, cuya lectura sugiero para adentrarse en la complejidad de nuestra historia.

Martín O. Castro, El ocaso de la república oligárquica. Buenos Aires, Edhasa, 2012.

domingo, 29 de septiembre de 2019

"Bartolomé Mitre", de Eduardo Míguez.

Comprimir una vida tan intensa como la de Bartolomé Mitre, con una trayectoria que que entrelazaba la política, el periodismo y la labor del historiador, requiere poner el acento en aquello que para el autor es significativo. En este sentido, este texto sumamente recomendable de Eduardo Míguez pone el acento en la etapa formativa -personal e intelectual- de Mitre en la orilla oriental del Plata, pudiendo haber optado por la ciudadanía uruguaya y, seguramente, alcanzado también la primera magistratura. Pero prefirió el suelo en donde tuvo lugar su natalicio, y desplegó una existencia política intensa durante medio siglo, con un protagonismo que fue menguando, pero jamás al punto de la irrelevancia o el olvido. Muy por el contrario, a medida que su partido político se iba desdibujando en el Acuerdo con el PAN de Julio Roca, la figura simbólica de Mitre se realzaba hacia el final de sus días.
Miembro de la llamada Generación del 37 en exilio de Montevideo, Chile y Bolivia, supo tomar contacto con las ideas de Mazzini y Garibaldi, con quienes se sintió identificado. De allí se puede rastrear su posición conciliadora de lo republicano y lo liberal con lo nacional, tan propia de mediados de la centuria decimonónica, hasta que el nacionalismo se volcó hacia expresiones autoritarias y exclusivistas. El republicanismo de Mitre se distanciaba de las posturas más escépticas de Sarmiento y, sobre todo, de Alberdi; y si bien no avanzó en la práctica en medidas favorables por la limpieza del sufragio -de hecho, utilizó los mecanismos habituales de su época-, siempre fue un elemento constante en su discurso.
El itinerario vital de Mitre entremezcla lo político con lo intelectual, su pasión por la acción con la avidez de lectura y conocimiento. Esa ambición la pudo plasmar en su inicio como vocero de la causa porteña tras la batalla de Caseros cuando, desde su banca en la Legislatura provincial y director del diario Los Debates, se plantó frente al Acuerdo de San Nicolás, marcando un hito en su carrera política. Mitre buscó siempre, y esto lo subraya Míguez, fundar sus acciones en principios políticos: no siempre pudo lograrlo, y las más de las veces debió acomodarse a las contingencias de los acontecimientos. Los actores políticos se encuentran en un tiempo y en una geografía de la que no pueden huir, y con los elementos disponibles, Bartolomé Mitre se propuso armonizar su visión de porteño con la de argentino, en una época en la que la nacionalidad era una aspiración abstracta, en la que pesaban más las identificaciones provinciales que con la de una República en plena etapa formativa. De allí, entonces, que fuera liberal a la vez que nacionalista, en el sentido de que no formaba parte de aquellos grupos porteños que aspiraban a la independencia de su provincia, frente a la Confederación Argentina. Y que, como gobernador de la Provincia de Buenos Aires y vencedor en la batalla de Pavón, en 1861, respetó a Urquiza como gobernador entrerriano, en lugar de aprovechar ese triunfo militar para provocar la secesión porteña. Desde esa perspectiva, no resulta sorprendente que la palabra "nación" resultara tan ligada a su vida pública: fundador de los diarios "La Nación Argentina" y luego, en 1870, "La Nación", que su fracción política durante un tiempo se llamara "nacionalista" -que, a la vez, en ese juego fluido de los partidos decimonónicos argentinos alternara con las denominaciones de "liberal" o "Partido de la Libertad"- y, tras la separación de la Unión Cívica, su agrupación se denominara "Unión Cívica Nacional". 
Eduardo Míguez explora, con acierto, la construcción que Bartolomé Mitre hizo de sí mismo como figura política e intelectual, y que sus historias de Belgrano y San Martín fueran plataformas narrativas para su acción, probablemente viéndose a sí mismo como un continuador y eslabón en la constitución de esa Nación Argentina. De hecho, así lo recordamos, como primer presidente constitucional de la Argentina unificada, labor que se fue consolidando durante los períodos de la organización nacional, hasta que el Estado nacional se solidifica en los años 1880, con Julio Roca en la primera magistratura. 
Subraya el autor que Mitre en varias oportunidades, tras salir de la presidencia en 1868, debió seguir los pasos de sus seguidores y se vio involucrado, con más o menos visibilidad y protagonismo, en las revoluciones de 1874, 1880 y 1890, logrando salir de todas ellas. De estos acontecimientos y turbulencias, su partido fue exponiéndose como una visión ante todo porteña, con escasa proyección 
hacia el interior del país. 
A mi criterio, Míguez establece claramente la responsabilidad de Bartolomé Mitre y del gobierno de la República Argentina en la Guerra del Paraguay, remarcando el espíritu bélico de Francisco Solano López, su invasión a la provincia de Corrientes y cómo se lo combatió en suelo argentino. También los límites del gobierno nacional del presidente Mitre, ya que el grueso de las tropas las aportó Buenos Aires, y cómo era síntoma de que aún no existía un concepto acabado de nacionalidad en las latitudes sudamericanas. Este habrá de ser, hasta la actualidad, uno de los temas con los que las corriente del llamado revisionismo histórico han atacado a la figura de Mitre.
Bartolomé Mitre fue amigo y luego rival de Sarmiento; fue rival y luego cercano a Urquiza; fue rival y luego socio político de Roca. Defensor del laicismo, se unió electoralmente a los sectores católicos en 1886, para hacer un frente común ante la candidatura presidencial de Miguel Ángel Juárez Celman. En esos juegos de la competencia siempre procuró mostrarse en equilibrio, manteniendo un liderazgo de un sector representativo de Buenos Aires. Su figura se agigantó en los años 1880, y llegó a barajarse seriamente su candidatura presidencial en 1892, como una transacción de unidad entre el Partido Autonomista Nacional y la Unión Cívica Nacional. Roca en gran medida contribuyó a crear la imagen del Mitre "patricio", la de un prócer nacional que debía ubicarse en el Panteón de los grandes argentinos.
El libro es altamente recomendable por su mesura, documentación, interpretación de los matices y búsqueda honesta en los pliegues de una personalidad compleja, consciente de su rol histórico y de sus propias ambigüedades. 

Eduardo Míguez, Bartolomé Mitre. Buenos Aires, Edhasa, 2018.

lunes, 28 de noviembre de 2016

"Sarmiento", de Miguel Ángel De Marco.

Una vida tan intensa, prolífica y apasionante como la de Domingo Faustino Sarmiento, no puede ser contenida en cuatrocientas páginas. Encuadrarlo en ese límite físico es el esfuerzo que hizo Miguel Ángel De Marco -ex presidente de la Academia Nacional de la Historia- en esta biografía, que resume trabajos anteriores de gran envergadura sobre el político argentino, cuya obra periodística y literaria abarca 52 tomos.
La figura de Sarmiento arranca pasiones en pro y en contra, porque él mismo fue un hombre que ponía una energía colosal en todo lo que acometía, muchas veces sin prudencia en la expresión ni mesura en la polémica. No obstante, sus críticos más acérrimos no vacilan en quitar de contexto muchas de sus aseveraciones, como si las palabras no fueran dinámicas con el curso de los años, cambiando los significados. 
De Marco evita enrolarse en debates, simplemente exponiendo las facetas discutibles de Sarmiento. La obra atraviesa toda su existencia, desde la niñez hasta la muerte, recurriendo a las imágenes tan coloridas que el propio protagonista nos legó a lo largo de sus páginas. 
El propósito del libro es evidente: presentar al lector el recorrido existencial de Sarmiento, con su obra en pinceladas generales, su tiempo como estadista, su acción como periodista infatigable y propulsor de las ideas que consideraba beneficiosas; sus idas y venidas como hombre en una Argentina que recién empezaba a trazarse en los contornos de la modernidad. Resulta inevitable asimilar a Sarmiento con el impulso a la alfabetización e instrucción, condiciones necesarias para la formación de ciudadanos respetuosos de la ley, productivos y pacíficos. 
Como no tuvo formación sistemática, se nutrió de cuanto autor llegó a sus manos, pero más fuerte en él fue la experiencia de sus viajes -a los Estados Unidos, en particular- que volcaba en la acción de gobierno, ya sea en el Ejecutivo, ya en las bancas legislativas. Nada de lo que ocurrió en la polis le fue ajeno: promovió el asociacionismo -desde la protección de los animales, las bibliotecas populares y las comunidades de inmigrantes-, la fundación de periódicos y el fomento de las ciencias naturales y astronómicas. Escasos políticos -muy pocos son los estadistas- son los que fomentan y perseveran en su impulso a la ciencia y la educación, y Argentina tuvo en Sarmiento a una de esas figuras extrañas en los ajetreos de la lucha electoral.
No tuvo partido, gobernó con un Congreso con el que debió negociar cada ley, se enfrentó a quienes tomaron las armas para derrocar a los gobiernos constitucionales con todo el vigor que fuera posible. Se enroló con vehemencia en la causa de la educación laica, habiendo sido un destacado miembro del liberalismo decimonónico y de la Masonería, de la que llegó a ser Gran Maestre tras dejar la primera magistratura de la República. Lejos de encerrarse en el Olimpo lejos de los mortales, se consagró con energía a la dirección general de escuelas de la Provincia de Buenos Aires al terminar la presidencia, como si fuera una magistratura superior.
Esa consagración total a la vida pública lo distanció de su amigo Bartolomé Mitre, un alejamiento que comenzó al ser enviado como ministro plenipotenciario a Chile, Perú y los Estados Unidos, y que se acentuaría en la pugna electoral. Fue, durante su presidencia entre 1868 y 1874 que fue cobrando notoriedad el entonces coronel Julio A. Roca, que luego llegaría a la primera magistratura en 1880 y que tanto lo respetaría.
Miguel Ángel De Marco escribió sobre Sarmiento para un público que lo observa con hostilidad, de reojo, tras decenios de  ser cuestionado por las variadas corrientes del revisionismo vernáculo -católico, nacionalista, populista-, intentando mostrar una figura que se escapa travieso de las taxonomías, un hombre político que no dudaba en ir contra la corriente mayoritaria en pos de defender una causa que consideraba justa. Atendiendo, pues, a que el autor se dirige a un público no especializado, ávido de incorporar conocimientos generales de la historia argentina, el libro es una introducción valiosa.

Miguel Ángel De Marco, Sarmiento. Buenos Aires, Emecé, 2016.

sábado, 29 de agosto de 2015

"Ovejas negras", de Roberto Di Stefano.

Historiador del desarrollo de la Iglesia Católica en Argentina, Di Stefano inevitablemente se fue topando en sus investigaciones con las expresiones desafiantes, ya desde tiempos coloniales hasta mitades del siglo XX. En consecuencia, con esa valiosa documentación disponible emprendió este valioso libro sobre los anticlericales argentinos, ya desde aquellos que se apartaron de los caminos de la ortodoxia y ortopraxia católica, pasando por la de los blasfemos e idólatras, hasta llegar a los procesos de secularización que en la segunda mitad de la centuria decimonónica impulsaron los sectores liberales en el gobierno.
El mapa que uno podía suponer de homogeneidad y estricta observancia del catolicismo en tiempos coloniales, Di Stefano lo desbarata y nos presenta un mundo insospechado de herejías, apostasías, blasfemias y presencia viva de prácticas precoloniales. 
La emancipación abrió las puertas a las libertades, ya que la Iglesia, en tanto pilar de la monarquía cristiana española, también tuvo partidarios entre el clero. Fue la reforma eclesiástica del ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, la que provocó los grandes debates y cruce de diatribas en la activa prensa local, repleta de pasquines incendiarios. Con Juan Manuel de Rosas en la gobernación, en cambio, la Iglesia encontró un remanso, a pesar de que seguía vigente el tratado con el Reino Unido de 1825, por el cual se permitía a los anglicanos la práctica de su culto en Buenos Aires. 
Con la organización constitucional de 1853, renacieron los debates legislativos, en la prensa, la tribuna y las calles. La Constitución reconocía la libertad de cultos, un derecho que despertó la ira de algunos convencionales constituyentes. Luego, los gobiernos fueron avanzando en un lento camino a la secularización, quitándoles el monopolio de los cementerios a la Iglesia Católica, estableciendo la ley 1420 de educación laica, creando el matrimonio civil y el registro civil, medidas que impulsaban el pluralismo religioso y la llegada de inmigrantes. En este clima, en el que figuras como Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre tomaron partido por el laicismo, el presidente Julio Roca debió incluso cortar las relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante dieciocho años. La orden iniciática masónica contó, en esos años, con miembros de la más alta relevancia política e intelectual en sus filas, como los mencionados Mitre y Sarmiento -que fueron grandes maestres-, así como Leandro Alem, José Hernández, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Francisco Barroetaveña, Marcelo T. de Alvear e Hipólito Yrigoyen, entre tantos otros en un amplio abanico de partidos y extracciones. No obstante, el último gran debate de los laicistas de esa generación tuvo lugar en 1902 cuando se discutió la ley de divorcio en el Congreso, que por dos votos no fue incorporado al código civil. Los congresos de librepensamiento eran frecuentes y auspiciados por las figuras más señeras hasta principios del siglo XX. Pero, a diferencia de lo que aconteció en la vecina República Oriental del Uruguay, no se llegó a separar Iglesia y Estado en el texto constitucional, tal como ya lo propugnaban algunas figuras de la política local.
Di Stefano plantea que, dada la gran masa inmigrante que seguía arribando a Argentina, hubo un cambio de paradigma en las élites gobernantes, que se reflejó en una recatolización del Estado. Hipótesis interesante y que merece ser abordada. Lo cierto es que en los años treinta, en entreguerras, el mito de la nación católica había alcanzado su apogeo: al Estado liberal y laico, lo reemplazaba la concepción de la Argentina católica, fuertemente impulsada por el nacionalismo.
Esa recatolización fue uno de los fundamentos del golpe de Estado de 1943, que por decreto restauró la educación religiosa en las escuelas, gracias al entonces ministro de Instrucción Pública Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo literario Hugo Wast, autor de libelos antisemitas. En su primera presidencia, Juan Domingo Perón la convirtió en ley; mas en su segundo y consecutivo período presidencial tuvo su conocido enfrentamiento con la Iglesia Católica, que lo llevó a promover la separación de Iglesia y Estado.
El último gran debate que Di Stefano señala en este contexto, fue el de la creación de las universidades privadas durante la presidencia de Arturo Frondizi, en las que muchas de las casas de altos estudios que habrían de surgir tenían un sello religioso. Aquella discusión, que hoy nos parece tan absurdo como distante, se vivió entonces con viva intensidad y ardor.
El libro es útil e inevitable para quien quiera conocer la historia argentina desde una perspectiva desde el mundo de las ideas, que son, en definitiva, los poderosos motores que mueven a la humanidad.

Roberto Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.

sábado, 18 de abril de 2015

"La república en ciernes", de Ezequiel Gallo.


Por sus conocimientos, reflexión crítica y amplitud de lecturas, Ezequiel Gallo es un gran historiador de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina. En este libro se reúnen varios ensayos de su autoría, originalmente desperdigados en otras obras como capítulos o prólogos. Felizmente fusionados en este volumen, el lector tiene a su disposición sus aproximaciones a figuras como Mitre, Alberdi, Sarmiento y Pellegrini, así como a cuestiones de la historia económica y social de la Argentina decimonónica.
Gallo se empeña en poner matices y explorar la complejidad de los cincuenta años de crecimiento económico entre 1880 y 1930, arrojando luz sobre terrenos en donde imperan narrativas ideológicas. Utilizando fuentes primarias, como los censos nacionales y provinciales, así como las memorias de instituciones bancarias, rastrea las mutaciones aceleradas del sur de Santa Fe y de la Provincia de Buenos Aires, en donde los nuevos emprendimientos agropecuarios y el arribo de la inmigración modificaron el escenario. Es así como señala a los ganadores y perdedores de este proceso de transformación y modernización, en el que hubo una señalada movilidad social ascendente con la expansión de la urbanización, alfabetización y acceso a la propiedad.
Este período no estuvo exento de controversias políticas, teñidas por enfrentamientos entre líderes que no diferían entre sí por su cosmovisión. Y es que el Partido Autonomista Nacional, hegemónico en la época hasta la sanción de la ley electoral de Roque Sáenz Peña, no buscó innovaciones en el mundo de las ideas, sino la aplicación de las experiencias exitosas del mundo occidental. No obstante, sus políticas económicas fueron heterodoxas a pesar de reconocer los aciertos de la escuela clásica, con esquemas proteccionistas que fueron cuestionados, sí, por el radicalismo de Leandro Alem y el Partido Socialista de Juan B. Justo, ambos partidarios del librecambio. Habrá de ser Hipólito Yrigoyen, en la Unión Cívica Radical, quien en su debate con Pedro Molina llame a su partido a no declararse ni librecambista ni proteccionista, con el objetivo político de aglutinar todas las fuerzas posibles y no dispersarlas en discusiones programáticas. Ezequiel Gallo, que abrió las puertas de la investigación en estos campos, pone en evidencia el crecimiento de la industria en Argentina en todo el período tratado, lo que se contrapone con el relato predominante sobre un supuesto desinterés del Estado argentino por ese sector.
De particular interés es el capítulo en el que trata sobre el pensamiento conservador, esquivo y difuso en Argentina. Se trata, más bien, de una tradición política que de una doctrina articulada, que no prestó mayor atención a un desarrollo reflexivo, y que por ello se encontró a la defensiva y casi sin herramientas conceptuales ante la aparición de los autores nacionalistas que en el período de entreguerras anhelaron la imposición de un modelo próximo al fascismo, atrayendo a buena parte de las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica y la intelectualidad. Tras la desaparición física de los grandes líderes del PAN, como Julio Roca, Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña, los sectores conservadores quedaron sin figuras aglutinantes y de alcance nacional, debiendo recurrir a políticos de otras extracciones como candidatos, tal como ocurrió en 1916 con Lisandro de la Torre, o en 1928 apoyando al binomio antipersonalista de Leopoldo Melo y Vicente Gallo.
Gallo, también, fue un pionero en el estudio de las cuestiones monetarias. Es por ello que su capítulo sobre la ley de convertibilidad de 1899 es un excelente cierre para el libro, sumergiéndonos en el gran debate que despertó la adopción del patrón oro que rigió hasta los inicios de la Gran Guerra de 1914, que significó estabilidad monetaria y más de un decenio de expansión comercial y progreso social.

Ezequiel Gallo, La república en ciernes. Buenos Aires, Siglo XXI, 2013.

miércoles, 18 de julio de 2012

"Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas", de Lilia Ana Bertoni.

Otra segunda lectura que me volvió a asombrar fue la de Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas, de Lilia Ana Bertoni, un libro del 2007. Un texto valioso que debería ser leído y comentado no sólo por los colegas de la Historia, sino por todos los interesados en las ciencias sociales y en la comprensión del pasado argentino.
El libro se centra en los debates en torno a la construcción de la nacionalidad en la Argentina a partir de 1887 hasta principios del siglo XX. Como país que recibía a cientos de miles de inmigrantes por año, de los cuales aproximadamente la mitad se quedaba en forma permanente, la República Argentina vio incrementada su población en poco tiempo por este aluvión que modificaba sustancialmente sus costumbres, lengua y fisonomía. 
En tiempos en que varios países europeos se habían enrolado en una frenética expansión colonial y veleidades imperiales, la existencia de una nutrida colonia italiana en Buenos Aires despertó las sospechas de los políticos argentinos, que veían que las escuelas de estos inmigrantes formaban nuevos ciudadanos italianos, sin apego a la nueva tierra. Entre ellos, se destacaron Domingo F. Sarmiento y Estanislao Zeballos. La educación privada había tenido una gran labor supliendo la ausencia de escuelas estatales, por lo que había sido bienvenida en la difusión de la alfabetización. Empero, esta se brindaba en las lenguas de cada comunidad inmigrante, a la par que se enseñaba la historia, geografía y costumbres de la patria lejana. Esta circunstancia, sumada a la prédica de algunos publicistas italianos que llamaban a la creación de colonias en América del Sur, provocaron la alarma de muchos argentinos, que temían ver los embriones de un estado dentro de otro estado.
La Constitución de 1853/60, tan generosa y liberal en su concepción de la inmigración y la nacionalidad, comenzó a estar en discusión sobre todo a partir de la revolución del Parque, de 1890, evento en el cual muchos extranjeros tomaron partido por la Unión Cívica. Una señal del cambio profundo que se estaba operando fue la eliminación en la provincia de Santa Fe del derecho al voto municipal que tenían los extranjeros en la reforma de la constitución local de 1890. 
Señala Lilia Ana Bertoni que los festejos de las fiestas patrias adquirieron otra tonalidad a partir del decenio de los ochenta en adelante, organizadas por el Estado sin la alegría espontánea que antes las hacía brillar, para darles un aire marcial y solemne. Comenzaron a formarse los "batallones infantiles" que procuraban infundir en los niños el apego por la patria. 
Un hecho que provocó la alarma y disparó los sentimientos encontrados fue la rebelión de los extranjeros en la provincia de Santa Fe en 1893, que llegaron a tomar la capital, reclamando mejor administración y el reconocimiento a su derecho al sufragio. Por un lado, sentían que tenían derecho a participar en el gobierno por ser promotores de la riqueza, aun cuando no estaban dispuestos a abandonar la ciudadanía de origen. Este enfrentamiento encendió los ánimos y llevó a vivas discusiones en el Congreso nacional, motivando la iniciativa legislativa de Indalecio Gómez -diputado salteño, que luego como ministro del Interior fue el promotor de la Ley Sáenz Peña de voto secreto y obligatorio- de establecer al castellano como idioma nacional, impidiendo la educación en otras lenguas. 
Acertadamente señala Bertoni que dos concepciones de la nacionalidad fueron debatidas en 1896 en la cámara legislativa: la de inspiración liberal, sostenida por Francisco Barroetaveña, que sostenía que la ciudadanía era un acto voluntario y contractual -la tesis francesa-; y la esencialista, de inspiración germana, que sostenía el vínculo sagrado y sanguíneo. Si bien la propuesta de Indalecio Gómez no contó con la mayoría de los sufragios, fue un antecedente del clima de ideas que fue creciendo en torno a un nuevo concepto de nacionalidad que tomó auge en los primeros decenios del siglo XX.
Estas discusiones tuvieron lugar en un momento de agitación patriótica ante el posible enfrentamiento bélico con la República de Chile por la cuestión limítrofe. Desde distintos ámbitos como el Club de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires y el Tiro Federal Argentino, se promovió la gimnástica y la práctica del tiro para la formación de ciudadanos aptos para el combate. La comunidad italiana se reconcilió con la opinión pública argentina al ofrecer la creación de la Legión Italiana, dispuesta a combatir. También hubo una reconsideración de la visión sobre el pasado hispánico, que llevó a suprimir del himno argentino las estrofas injuriosas hacia España, en 1900. En 1901, durante la segunda presidencia de Julio Roca, se estableció el servicio militar obligatorio no sólo con fines de defensa, sino también con la ambición de provocar una reforma moral, inspirada en el modelo prusiano.
Capítulo aparte merece en el libro la conquista de lo simbólico a través de la estatuaria y el proyecto de creación del Panteón Nacional, buscando influir con esta pedagogía cívica en la construcción de la nacionalidad. ¿Quiénes eran los héroes a venerar? Desde las historias que escribió Bartolomé Mitre, no había discusión en torno a San Martín y Belgrano. Pero luego sí estaban en debate figuras como Liniers y Álzaga -que se opusieron a las invasiones británicas pero que fueron leales a la monarquía española en tiempos de la Revolución de Mayo-, así como héroes militares como Guillermo Brown, José María Paz, Lavalle...
Es, pues, un libro excelente, bien redactado y documentado, para comprender esta etapa de la historia argentina, que luego tuvo nuevos protagonistas de carácter fuertemente nacionalista en el Centenario.

Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. Buenos Aires, FCE, 2007. ISBN 950-557-404-5

domingo, 19 de junio de 2011

"Jardines secretos, legitimaciones públicas", de Paula Alonso.

Paula Alonso escribió, hace algunos años atrás, un excelente libro sobre la Unión Cívica Radical intitulado Entre la revolución y las urnas, sobre la etapa inicial de ese partido político argentino. Ahora nos brinda una historia de los comienzos y desarrollo desde el poder, desde 1880 a 1892, del Partido Autonomista Nacional en su libro Jardines secretos, legitimaciones públicas.
Esta fuerza política surgió de la fusión del Partido Nacional -creado por Nicolás Avellaneda con restos del federalismo para alcanzar la presidencia- y del Partido Autonomista, de Adolfo Alsina. Tras la inesperada muerte del segundo, los autonomistas se volcaron hacia la ascendente figura del entonces ministro de Guerra, el joven general Julio Roca, que con su concuñado Miguel Juárez Celman -ministro de Gobierno en Córdoba- fueron tejiendo una densa urdimbre de conexiones políticas en el interior del país para llegar a la primera magistratura en 1880.
Tras vencer en el campo de batalla a los sectores porteñistas que se negaban a la federalización de la Ciudad de Buenos Aires, entonces capital de la provincia homónima, y que se habían nucleado en torno a la candidatura del gobernador Carlos Tejedor, Julio Roca desarrolló una activa política que se desplegó en todas las provincias de la Argentina. Sin oposición parlamentaria, el roquismo compitió en el seno del PAN con el rochismo -de Dardo Rocha, nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires y serio aspirante a suceder a Roca en 1886-, con el irigoyenismo -de Bernardo de Irigoyen, ministro del Interior de Roca, un jurista de destacada trayectoria y que también tenía ambiciones presidenciales para 1886- y el juarismo, capitaneado por Miguel Juárez Celman -fue gobernador de Córdoba y luego senador nacional.
Es sumamente interesante cómo Paula Alonso reconstruyó mediante el uso de fuentes documentales -porque así se hace el trabajo del historiador, es preciso recordarlo- la pugna interna dentro del Partido Autonomista Nacional. El rochismo fue una fuerza significativa y que seriamente amenazó las posibilidades de que Roca influyera en el nombre de su sucesor, y es por ello que buena parte de sus energías se enfocaron en debilitar al gobernador bonaerense. En este contexto es que debemos leer, en gran medida, la creación del peso como moneda nacional, en detrimento de la moneda bonaerense que circulaba con el respaldo del Banco de la Provincia de Buenos Aires, entre otras políticas que tendieron a la centralización.
Para derrotar al rochismo y, en menor medida, al irigoyenismo, Roca se alió con Juárez Celman y fue de este modo como el cordobés llegó a la presidencia en 1886. Paula Alonso nos recuerda que Rocha libró una batalla importante en la arena electoral, llegando a crear el Gran Comité Argentino, que hubiera sido -de haber prosperado- una pujante fuerza política opositora al roquismo. No obstante, y gracias al control de los fondos públicos, el presidente Roca logró que el PAN consagrara a Juárez Celman y mantuvo un férreo control del partido en los primeros meses de la nueva presidencia, aspirando a controlarla en los próximos años para arribar, en 1892, a un segundo período.
Roca supuso que el apoyo de los gobernadores habría de perdurar. Tras su periplo por Europa, al retornar halló que estos mandatarios provinciales se habían alineado en su enorme mayoría con el presidente Juárez Celman. Y es que el nuevo primer magistrado utilizó dos herramientas fundamentales: la concesión de nuevas vías férreas -el modo de transporte que unía al comercio internacional- y la creación de los "bancos garantidos", que significaba que cada banco estatal provincial podía emitir billetes con el solo respaldo de bonos de la tesorería nacional. De este modo, los gobernadores contaron con la posibilidad de emitir billetes para contratar nuevos empleados públicos, otorgar créditos baratos a sus amigos y aliados, y construir nuevos edificios gubernamentales. Muchas provincias argentinas, tanto entonces como hoy, son incapaces de generar sus propios recursos debido a la interferencia estatal, la corrupción y a la inercia centenaria de estructuras de prebendas y clientelismo. Estas emisiones de pesos llevaron al alza del oro y volvieron al país incapaz de pagar sus abultadas deudas en el exterior. El colapso económico y la soberbia de los "incondicionales" al presidente, que en 1889 habían proclamado la candidatura de Ramón Cárcano a la presidencia para 1892, llevaron al despertar de las fuerzas opositoras. Primero, reunidas por el joven abogado entrerriano Francisco Barroetaveña, de arraigadas ideas liberales, en la Unión Cívica de la Juventud. Luego, ampliado el arco político hacia figuras de trayectoria, se llamó Unión Cívica y aglutinó a personas como Bartolomé Mitre, Leandro Alem, Bernardo de Irigoyen y Vicente Fidel López, entre otros.
El fallido intento revolucionario de la Unión Cívica generó el desplome de Juárez Celman y el ascenso de Carlos Pellegrini -el vicepresidente-, Julio Roca y el general Levalle, ministro de Guerra. En agosto de 1890, Juárez Celman debió renunciar ante la imposibilidad de formar un nuevo gabinete de ministros.
Roca y Pellegrini habían renunciado a la posibilidad de ser candidatos a la presidencia para 1892. Roca intentó, en vano, lograr un Acuerdo con la Unión Cívica en torno al binomio Mitre-Uriburu. La fracción liderada por Bernardo de Irigoyen y Leandro Alem rechazó cualquier acuerdo con el Partido Autonomista Nacional, y crearon entonces la Unión Cívica Radical. Bartolomé Mitre, ante esta ruptura, también renunció a su candidatura. Pero el factor más temible venía por el resurgimiento del juarismo con el Partido Modernista que impulsaba al joven Roque Sáenz Peña y Manuel Dídimo Pizarro.
En resumen, lo considero un libro indispensable para quien quiera conocer y comprender el pretérito argentino durante el siglo XIX. El libro está bien escrito y mejor documentado, la autora no cae en los falsos y procaces maniqueísmos de buscar "culpables" y ensalzar héroes incomprendidos, sino que busca la comprensión de una época para que el lector pueda aprender y reflexionar. Y es que la autora no escribió para la tribuna, sino para lectores inteligentes.

Alonso, Paula, Jardines secretos, legitimaciones públicas. Buenos Aires, Edhasa, 2010. ISBN 978-987-628-107-2