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domingo, 29 de septiembre de 2019

"Bartolomé Mitre", de Eduardo Míguez.

Comprimir una vida tan intensa como la de Bartolomé Mitre, con una trayectoria que que entrelazaba la política, el periodismo y la labor del historiador, requiere poner el acento en aquello que para el autor es significativo. En este sentido, este texto sumamente recomendable de Eduardo Míguez pone el acento en la etapa formativa -personal e intelectual- de Mitre en la orilla oriental del Plata, pudiendo haber optado por la ciudadanía uruguaya y, seguramente, alcanzado también la primera magistratura. Pero prefirió el suelo en donde tuvo lugar su natalicio, y desplegó una existencia política intensa durante medio siglo, con un protagonismo que fue menguando, pero jamás al punto de la irrelevancia o el olvido. Muy por el contrario, a medida que su partido político se iba desdibujando en el Acuerdo con el PAN de Julio Roca, la figura simbólica de Mitre se realzaba hacia el final de sus días.
Miembro de la llamada Generación del 37 en exilio de Montevideo, Chile y Bolivia, supo tomar contacto con las ideas de Mazzini y Garibaldi, con quienes se sintió identificado. De allí se puede rastrear su posición conciliadora de lo republicano y lo liberal con lo nacional, tan propia de mediados de la centuria decimonónica, hasta que el nacionalismo se volcó hacia expresiones autoritarias y exclusivistas. El republicanismo de Mitre se distanciaba de las posturas más escépticas de Sarmiento y, sobre todo, de Alberdi; y si bien no avanzó en la práctica en medidas favorables por la limpieza del sufragio -de hecho, utilizó los mecanismos habituales de su época-, siempre fue un elemento constante en su discurso.
El itinerario vital de Mitre entremezcla lo político con lo intelectual, su pasión por la acción con la avidez de lectura y conocimiento. Esa ambición la pudo plasmar en su inicio como vocero de la causa porteña tras la batalla de Caseros cuando, desde su banca en la Legislatura provincial y director del diario Los Debates, se plantó frente al Acuerdo de San Nicolás, marcando un hito en su carrera política. Mitre buscó siempre, y esto lo subraya Míguez, fundar sus acciones en principios políticos: no siempre pudo lograrlo, y las más de las veces debió acomodarse a las contingencias de los acontecimientos. Los actores políticos se encuentran en un tiempo y en una geografía de la que no pueden huir, y con los elementos disponibles, Bartolomé Mitre se propuso armonizar su visión de porteño con la de argentino, en una época en la que la nacionalidad era una aspiración abstracta, en la que pesaban más las identificaciones provinciales que con la de una República en plena etapa formativa. De allí, entonces, que fuera liberal a la vez que nacionalista, en el sentido de que no formaba parte de aquellos grupos porteños que aspiraban a la independencia de su provincia, frente a la Confederación Argentina. Y que, como gobernador de la Provincia de Buenos Aires y vencedor en la batalla de Pavón, en 1861, respetó a Urquiza como gobernador entrerriano, en lugar de aprovechar ese triunfo militar para provocar la secesión porteña. Desde esa perspectiva, no resulta sorprendente que la palabra "nación" resultara tan ligada a su vida pública: fundador de los diarios "La Nación Argentina" y luego, en 1870, "La Nación", que su fracción política durante un tiempo se llamara "nacionalista" -que, a la vez, en ese juego fluido de los partidos decimonónicos argentinos alternara con las denominaciones de "liberal" o "Partido de la Libertad"- y, tras la separación de la Unión Cívica, su agrupación se denominara "Unión Cívica Nacional". 
Eduardo Míguez explora, con acierto, la construcción que Bartolomé Mitre hizo de sí mismo como figura política e intelectual, y que sus historias de Belgrano y San Martín fueran plataformas narrativas para su acción, probablemente viéndose a sí mismo como un continuador y eslabón en la constitución de esa Nación Argentina. De hecho, así lo recordamos, como primer presidente constitucional de la Argentina unificada, labor que se fue consolidando durante los períodos de la organización nacional, hasta que el Estado nacional se solidifica en los años 1880, con Julio Roca en la primera magistratura. 
Subraya el autor que Mitre en varias oportunidades, tras salir de la presidencia en 1868, debió seguir los pasos de sus seguidores y se vio involucrado, con más o menos visibilidad y protagonismo, en las revoluciones de 1874, 1880 y 1890, logrando salir de todas ellas. De estos acontecimientos y turbulencias, su partido fue exponiéndose como una visión ante todo porteña, con escasa proyección 
hacia el interior del país. 
A mi criterio, Míguez establece claramente la responsabilidad de Bartolomé Mitre y del gobierno de la República Argentina en la Guerra del Paraguay, remarcando el espíritu bélico de Francisco Solano López, su invasión a la provincia de Corrientes y cómo se lo combatió en suelo argentino. También los límites del gobierno nacional del presidente Mitre, ya que el grueso de las tropas las aportó Buenos Aires, y cómo era síntoma de que aún no existía un concepto acabado de nacionalidad en las latitudes sudamericanas. Este habrá de ser, hasta la actualidad, uno de los temas con los que las corriente del llamado revisionismo histórico han atacado a la figura de Mitre.
Bartolomé Mitre fue amigo y luego rival de Sarmiento; fue rival y luego cercano a Urquiza; fue rival y luego socio político de Roca. Defensor del laicismo, se unió electoralmente a los sectores católicos en 1886, para hacer un frente común ante la candidatura presidencial de Miguel Ángel Juárez Celman. En esos juegos de la competencia siempre procuró mostrarse en equilibrio, manteniendo un liderazgo de un sector representativo de Buenos Aires. Su figura se agigantó en los años 1880, y llegó a barajarse seriamente su candidatura presidencial en 1892, como una transacción de unidad entre el Partido Autonomista Nacional y la Unión Cívica Nacional. Roca en gran medida contribuyó a crear la imagen del Mitre "patricio", la de un prócer nacional que debía ubicarse en el Panteón de los grandes argentinos.
El libro es altamente recomendable por su mesura, documentación, interpretación de los matices y búsqueda honesta en los pliegues de una personalidad compleja, consciente de su rol histórico y de sus propias ambigüedades. 

Eduardo Míguez, Bartolomé Mitre. Buenos Aires, Edhasa, 2018.

lunes, 30 de julio de 2012

"Con luz y taquígrafos", de Mercedes Cabrera et al.

Con luz y taquígrafos se centra en el Congreso de los Diputados durante el período final de la Restauración borbónica, desde 1913 a 1923, el decenio previo a la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Con la constitución de 1876 se inició un período de larga experiencia parlamentaria cuyo arquitecto fue Cánovas del Castillo, tomando la idea de Benjamin Constant del poder moderador: el Rey como una institución que equilibraba el juego de los partidos en la cámara legislativa. Este modelo de monarquía constitucional tuvo vigencia en Brasil y Portugal, y tuvo como consecuencia un acuerdo de alternancia entre el Partido Conservador, liderado por Antonio Cánovas del Castillo, y el Partido Liberal, de Sagasta. El pacto de esta alternancia suponía que ningún partido gobernaría más de dos legislaturas consecutivas, además de una buena sintonía entre ambas fuerzas políticas.
Este equilibrio comenzó a perderse con la fragmentación de los dos partidos dinásticos en varias formaciones articuladas por líderes, al punto que los conservadores se dividieron en seguidores de Antonio Maura, Eduardo Dato y Javier de la Cierva, en tanto que los liberales en seguidores del Conde de Romanones, Rafael Gasset, Santiago Alba y demócratas. Hubo partidos claramente antidinásticos con bancas en la cámara baja, como los republicanos y socialistas, así como otros con un pie dentro y otro fuera, como los regionalistas catalanes. 
El libro está compuesto por trabajos de Mercedes Cabrera, José Luis Gómez-Navarro, Miguel Martorell Linares, Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey Reguillo. Los capítulos tienen una excelente sincronía y brindan un panorama de conjunto que ayuda a comprender la experiencia constitucional española previa a la primera dictadura del siglo XX. Es un trabajo encomiable, puesto que no es frecuente hallar investigaciones sobre historia parlamentaria, centrándose la mayoría en los poderes ejecutivos. Y lo cierto es que el Congreso de los Diputados -la cámara baja en España- era un centro de debate y pieza elemental para la formación de los gobiernos. Si bien era el Rey quien pedía a uno de los partidos la formación de gabinete, este precisaba de la confianza en las Cortes. El Senado, a diferencia de la cámara baja, estaba formada por una mitad de miembros nombrados por la Corona, o bien por Grandes de España, Obispos, ex diputados. Era, pues, un trípode de la Corona, el Gobierno y las Cortes.
En el libro se analizan los orígenes sociales de los diputados -en su gran mayoría, abogados de clases ascendientes en el período restauracionista, incluyendo a nobles recientes-, cómo se negociaban las listas oficiales de los partidos dinásticos -el "encasillado"-, cómo se negociaba el "turno" de alternancia, así como detalles cotidianos de los debates y la organización de la cámara. 
La fragmentación de los partidos contribuyó decisivamente al deterioro del prestigio del parlamentarismo, así como un clima de ideas cada vez más hostil hacia el liberalismo en el mundo. El ascenso de una extrema derecha con inspiración en las ideas de Charles Maurras y el modelo del fascismo italiano, sumado a las corrientes tradicionalistas como el carlismo y el sueño corporativista de medios industriales y mercantiles, llevó a que el Ejército hiciera el pronunciamiento en 1923. La idea "regeneracionista" venía ganando terreno desde la crisis de 1898, y cobró más impulso gracias a Antonio Maura y, con él, el maurismo. Todos ellos abrevaban  en el catolicismo social que veía en el liberalismo, el parlamentarismo y el sistema de partidos las causas de todos los males. Bien señala Fernando del Rey Reguillo que la implantación de un régimen autoritario no hubiera tenido éxito sin el visto bueno del Rey Alfonso XIII, cada vez más próximo al Ejército y temeroso de una revolución bolchevique en la península ibérica.
Creo que los autores logran mostrar una etapa viva del constitucionalismo liberal español, lejos de las sombras que han buscado desprestigiarlo. El sistema, lentamente, iba entrando en una fase de democratización que fue interrumpida por el golpe de Estado de Primo de Rivera, cortando una evolución que hubiera evitado el derramamiento de sangre de los decenios posteriores.


Mercedes Cabrera (Dir.), Con luz y taquígrafos. Madrid, Taurus, 1998. ISBN 84-306-0293-3