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lunes, 1 de enero de 2018

"Repúblicas y Monarquías", de Natalio Botana.

Como todas las obras de Natalio Botana, este libro es un minucioso ejercicio reflexivo sobre el devenir y la conformación de un sistema constitucional en las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata. Itinerario fallido, puesto que el texto constitucional de 1819 fue rechazado por los líderes federales de Santa Fe y Entre Ríos, y arrumbado al desván de los recuerdos, aunque influye en los proyectos posteriores.
Inevitablemente, Botana rastrea en el pretérito del concepto del constitucionalismo, que tanta fuerza cobra hacia fines del siglo XVIII tanto en las trece colonias de América del Norte, como en la Francia revolucionaria. El disloque profundo de las invasiones napoleónicas repercute en las remotas latitudes rioplatenses, primero con las dos incursiones bélicas británicas, y luego con la proclamación de la primera Junta de Gobierno en Buenos Aires, en 1810. Y es que, implantado el hermano de Napoleón Bonaparte como monarca español, se desata en el reino ibérico una guerra de guerrillas a las que las águilas imperiales francesas no pudieron contener, azotadas una y otra vez en un prolongado desgaste. En ese escenario, en Cádiz se debatió y aprobó un nuevo esquema con la Constitución que estableció una monarquía constitucional, cuyas influencias intelectuales llegaron a las agitadas regiones de Hispanoamérica. 
Las autoridades rioplatenses llamaron al Congreso que declaró la emancipación en 1816, un manifiesto exigido por el general San Martín: ¿se podía ir a la guerra por una nación que aún no había nacido formalmente? A esta declaración, por supuesto, le seguía un texto constitucional, proyecto que promovió un vivo y rico debate en torno a la forma de gobierno. Monarquía o república, era ese el dilema del tiempo. Manuel Belgrano y José de San Martín se inclinaron por la forma monárquica, fórmula del orden que se había consagrado en el Congreso de Viena de 1814, tras la tormenta napoleónica. Una monarquía constitucional, siguiendo los pasos de Gran Bretaña, que desde 1688 evolucionó políticamente por ese sendero. Belgrano le sumó el color local, al proponer a un miembro de la depuesta dinastía de los Incas para el trono de esa nación. Era un modo de ganar la simpatía de las comunidades indígenas, de presentar a la emancipación como una reparación histórica frente a los españoles, de alejarse de las contiendas europeas. La impugnación de todo lo español era la tónica del momento, la identificación del otro como la suma de todos los males, como suele ocurrir en circunstancias revolucionarias.
No obstante, la forma republicana fue ganando adeptos con el correr del tiempo, y allí entran los sesudos debates en torno al origen de la legitimidad: ¿representantes del pueblo o de la Nación? ¿Quiénes componían el cuerpo de ciudadanos, qué derechos individuales se le reconocía, hasta dónde llegaban las libertades? La libertad de opinión y de religión, por ejemplo, se mantenían en los estrechos moldes heredados, lo que no constituía una rareza en esa primera mitad de la centuria decimonónica. El texto de 1819 recogía esas ambigüedades: el catolicismo era la religión del Estado, pero se toleraban las expresiones cristianas disidentes sólo por una cuestión de utilidad, ya que se esperaba una inmigración que provendría de latitudes díscolas hacia el trono de San Pedro. 
Pero esta constitución callaba lo esencial: ¿era una república -aunque sea transitoria- o una monarquía? El texto nada decía al respecto, y tras ser juramentada, comenzaron las gestiones secretas por parte de Valentín Gómez en las cortes europeas, para instaurar al Duque de Luca como rey rioplatense. Las circunstancias políticas derrumbaron la delicada armazón que se iba formando para poner en vigencia esa constitución: las provincias que no formaron parte del Congreso de Tucumán permanecían fuera de esa endeble congregación que tenía al Director Supremo como Poder Ejecutivo. El liderazgo del oriental Artigas, que propugnaba una república federal, se había extendido hacia Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones. De allí vendrán las impugnaciones al orden directorial, y los ejércitos de los Andes y del Norte no acudieron al llamado del general Rondeau para salvar lo que quedaba.
En el epílogo, Botana llama a Alberdi, Sarmiento, Mitre y Vicente F. López a que presenten sus reflexiones e interpretaciones; luego le siguen Joaquín V. González y José Ingenieros, cada uno con un ángulo diferente, rico, sugestivo.
Obra ineludible para quien quiera conocer más sobre los grandes debates constitucionales y políticos de la historia argentina, se suma a esos grandes clásicos que nos obsequia Natalio Botana.

Natalio Botana, Repúblicas y Monarquías. La encrucijada de la Independencia. Buenos Aires, Edhasa, 2016.

lunes, 30 de julio de 2012

"Con luz y taquígrafos", de Mercedes Cabrera et al.

Con luz y taquígrafos se centra en el Congreso de los Diputados durante el período final de la Restauración borbónica, desde 1913 a 1923, el decenio previo a la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Con la constitución de 1876 se inició un período de larga experiencia parlamentaria cuyo arquitecto fue Cánovas del Castillo, tomando la idea de Benjamin Constant del poder moderador: el Rey como una institución que equilibraba el juego de los partidos en la cámara legislativa. Este modelo de monarquía constitucional tuvo vigencia en Brasil y Portugal, y tuvo como consecuencia un acuerdo de alternancia entre el Partido Conservador, liderado por Antonio Cánovas del Castillo, y el Partido Liberal, de Sagasta. El pacto de esta alternancia suponía que ningún partido gobernaría más de dos legislaturas consecutivas, además de una buena sintonía entre ambas fuerzas políticas.
Este equilibrio comenzó a perderse con la fragmentación de los dos partidos dinásticos en varias formaciones articuladas por líderes, al punto que los conservadores se dividieron en seguidores de Antonio Maura, Eduardo Dato y Javier de la Cierva, en tanto que los liberales en seguidores del Conde de Romanones, Rafael Gasset, Santiago Alba y demócratas. Hubo partidos claramente antidinásticos con bancas en la cámara baja, como los republicanos y socialistas, así como otros con un pie dentro y otro fuera, como los regionalistas catalanes. 
El libro está compuesto por trabajos de Mercedes Cabrera, José Luis Gómez-Navarro, Miguel Martorell Linares, Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey Reguillo. Los capítulos tienen una excelente sincronía y brindan un panorama de conjunto que ayuda a comprender la experiencia constitucional española previa a la primera dictadura del siglo XX. Es un trabajo encomiable, puesto que no es frecuente hallar investigaciones sobre historia parlamentaria, centrándose la mayoría en los poderes ejecutivos. Y lo cierto es que el Congreso de los Diputados -la cámara baja en España- era un centro de debate y pieza elemental para la formación de los gobiernos. Si bien era el Rey quien pedía a uno de los partidos la formación de gabinete, este precisaba de la confianza en las Cortes. El Senado, a diferencia de la cámara baja, estaba formada por una mitad de miembros nombrados por la Corona, o bien por Grandes de España, Obispos, ex diputados. Era, pues, un trípode de la Corona, el Gobierno y las Cortes.
En el libro se analizan los orígenes sociales de los diputados -en su gran mayoría, abogados de clases ascendientes en el período restauracionista, incluyendo a nobles recientes-, cómo se negociaban las listas oficiales de los partidos dinásticos -el "encasillado"-, cómo se negociaba el "turno" de alternancia, así como detalles cotidianos de los debates y la organización de la cámara. 
La fragmentación de los partidos contribuyó decisivamente al deterioro del prestigio del parlamentarismo, así como un clima de ideas cada vez más hostil hacia el liberalismo en el mundo. El ascenso de una extrema derecha con inspiración en las ideas de Charles Maurras y el modelo del fascismo italiano, sumado a las corrientes tradicionalistas como el carlismo y el sueño corporativista de medios industriales y mercantiles, llevó a que el Ejército hiciera el pronunciamiento en 1923. La idea "regeneracionista" venía ganando terreno desde la crisis de 1898, y cobró más impulso gracias a Antonio Maura y, con él, el maurismo. Todos ellos abrevaban  en el catolicismo social que veía en el liberalismo, el parlamentarismo y el sistema de partidos las causas de todos los males. Bien señala Fernando del Rey Reguillo que la implantación de un régimen autoritario no hubiera tenido éxito sin el visto bueno del Rey Alfonso XIII, cada vez más próximo al Ejército y temeroso de una revolución bolchevique en la península ibérica.
Creo que los autores logran mostrar una etapa viva del constitucionalismo liberal español, lejos de las sombras que han buscado desprestigiarlo. El sistema, lentamente, iba entrando en una fase de democratización que fue interrumpida por el golpe de Estado de Primo de Rivera, cortando una evolución que hubiera evitado el derramamiento de sangre de los decenios posteriores.


Mercedes Cabrera (Dir.), Con luz y taquígrafos. Madrid, Taurus, 1998. ISBN 84-306-0293-3

sábado, 28 de enero de 2012

"Poder, Estado y política", de Roberto Cortés Conde.

Poder, Estado y política es un estudio comparativo de dos países con regímenes fiscales muy diferentes desde su nacimiento como naciones: los Estados Unidos y la República Argentina.
Roberto Cortés Conde, destacado historiador económico, parte de un racconto de lo que fueron las teorías del Estado desde tiempos medievales hasta la modernidad, y cómo estas se vinculaban con la tributación, llegando al concepto de que no hay impuesto sin representación (no taxation without representation) que alegaron los revolucionarios de las trece colonias británicas de América del Norte.
El pretérito colonial de cada uno de estos países en grado considerable ha condicionado el desarrollo posterior de las fuentes de recursos para financiar a los Estados.
En las colonias británicas del norte de América, los trece gobiernos recibieron cartas del rey en las que les eran concedidas facultades de administración. Cada colonia tenía una asamblea en la que se votaban los impuestos, en su gran mayoría directos, es decir, a la propiedad. Con esos tributos se sustentaba la justicia, la seguridad y, en los ámbitos más locales, la educación y los hospitales. Durante el siglo XVII, mientras en la metrópoli se libraba una dura batalla entre el parlamentarismo y la supremacía del rey, las colonias lograron un mayor grado de desarrollo autónomo, sentando las bases para su propio desarrollo institucional. Tiempo atrás, he comentado en este blog el libro Democracy, Liberty, and Property sobre las experiencias constitucionales de Massachusetts, New York y Virginia. A diferencia de lo que ocurrió en Hispanoamérica, en las trece colonias jamás hubo una administración central.
En las colonias españolas, en cambio, sí hubo una clara presencia de la concentración del poder, y no hubo mecanismo de consultas para establecer impuestos. Asimismo, la gran fuente de ingresos era la minería que debía pagar las regalías, y los impuestos al comercio, sobre todo a través de las alcabalas, una suerte de aduanas interiores.
De este modo, en las nacientes repúblicas hispanoamericanas se carecía de una experiencia de gobierno propio y debió pasar del absolutismo centralizado a un ensayo de gobierno constitucional; y mientras en los Estados Unidos había impuestos locales y estaduales a los propietarios, esto resultó fácticamente imposible en las provincias argentinas por la falta de catastros, la escasa población y la falta de comunicaciones. Fue así como el Estado argentino logró consolidarse recién en el decenio de 1880 por la expansión del ferrocarril y el telégrafo, así como por la inserción en el comercio internacional que le permitió contar con los impuestos aduaneros para financiar al gobierno federal. Las provincias, ante la desaparición de las aduanas interiores y lo exiguo de sus ingresos por impuestos a la propiedad, se convirtieron en dependientes de los gobiernos de Buenos Aires.
A esta visión, agregaría que hubo un escaso desarrollo de la ciudadanía por pagar pocos impuestos, ya que el 90% de lo ingresado al Estado argentino provenía de las aduanas. Creo que el ciudadano medio se involucra en los asuntos públicos cuando siente la presión tributaria y quiere participar en su destino, de allí que en los municipios y condados de Estados Unidos se pueda exhibir un progreso de la vida cívica.

Roberto Cortés Conde, Poder, Estado y política. Buenos Aires, Edhasa, 2011. ISBN 978-987-628-135-5