En este libro se analizan seis países post-comunistas, muy diferentes entre sí: Kazajistán, Georgia, Estonia, Eslovenia, República Checa y Polonia. Los tres primeros fueron parte de la Unión Soviética; Eslovenia fue la primera república que se independizó de la ex Yugoslavia, en tanto que la República Checa y Polonia fueron satélites de la URSS.
Sally Cummings aborda el caso de Kazajistán, cuyo gobierno de mano de hierro de Nursultan Nazarbaiev continúa desde la descomposición soviética. Los kazajos lograron ser la mayoría de la población varios años después de la independencia por la emigración de los rusos que allí habitaban. La fuerte presencia de la minoría rusa, que habita en la zona boreal, fronteriza con la Federación de Rusia, llevó a que el régimen autoritario sea más unitario, a la vez que reconoció la lengua rusa como segundo idioma oficial. Kazajistán juega entre Rusia y la República Popular China, y en menor grado con los Estados Unidos, la Unión Europea y otros países asiáticos para mantener un grado de autonomía con respecto a sus grandes vecinos. Los cuantiosos ingresos por la explotación de sus recursos naturales le permiten mantener el régimen autoritario y corrupto de Nazarbaiev frente a sus opositores dispersos y sin posibilidad de acceder a los medios de comunicación, manipulados por el poder.
Georgia, país inestable del Cáucaso, ha tenido una difícil transición post-comunista por las tendencias separatistas de abjazios y osetios -apoyados por Rusia- así como por el régimen clientelista montado -o preservado- por Eduard Shevardnadze, el otrora ministro de Asuntos Exteriores de Mijail Gorbachov. Si bien la Revolución de las Rosas de Saakashvili logró la renuncia de Shevardnadze y una política de reformas democráticas y de economía de mercado, el país sigue en jaque por las presiones exteriores.
Estonia, en cambio, exhibe un contrapunto interesante: no sólo es una democracia liberal y una próspera economía de mercado, sino que también logró ingresar en la OTAN y la Unión Europea. Tutelada por una élite política muy joven, logró la formación de un estado nacional que privó de la ciudadanía a la numerosa minoría rusa -en su mayor parte, asentada tras la ocupación soviética resultante del pacto Ribbentropp-Molotov de 1939-. Su meta era clara: asegurar la supervivencia de Estonia con la adhesión a las grandes alianzas occidentales, para separarse de toda influencia rusa. Esto llevó a la formación de varias coaliciones de centro-derecha que bloquearon toda posibilidad de que la centroizquierda -percibida como filorrusa- tuviese posibilidades de acceder al gobierno.
Eslovenia es un caso atípico: la ex Yugoslavia socialista del Mariscal Tito hizo su propio camino al separarse del modelo soviético y dejó una fuerte impronta. Asimismo, hay una fuerte tradición corporativista que se expresa en el Consejo Nacional, la cámara alta, en la que están representados los intereses económicos y regionales del país. Se advierte una gran desconfianza hacia los partidos políticos. Sin embargo, su alto nivel de vida, la vecindad con Austria e Italia y la estabilidad política y económica le permitieron ingresar a la Unión Europea y la OTAN.
La República Checa tuvo una rápida transición a la economía de mercado y un desarrollo pacífico hacia la democracia liberal. El acento del capítulo escrito por Rick Fawn está puesto en que desde la revolución de terciopelo hasta hoy, todos los gobiernos han sido de coalición, ya que ninguno de los partidos logró tener una mayoría propia en el Parlamento. El liderazgo de Václav Havel como presidente le permitió a la República Checa tener una gran presencia internacional, ya que se desmarcó de las opiniones de Václav Klaus -a la sazón primer ministro-. El autor no ha señalado los gobiernos "técnicos" que hubo en algunos períodos. Si bien los partidos más votados han sido el ODS (Partido Cívico Democrático) durante muchos años liderado por Klaus, y el ČSSD, ninguno de ellos ha tenido la mayoría parlamentaria, y tuvieron que formar coaliciones con otras expresiones de centro derecha y la democracia cristiana. Hasta ahora, ha habido un consenso general de que el Partido Comunista de Bohemia y Moravia, que mantiene una representación parlamentaria más o menos estable, no forme parte de ningún gobierno. Este mapa habría de cambiar significativamente en los próximos comicios parlamentarios, adelantados, del 25 y 26 de octubre, ya que el ODS se está derrumbando en la intención de voto, desplazado por TOP 09.
Polonia, el último de los países bajo análisis, es el que más lentamente hizo sus reformas económicas y administrativas para ingresar a la UE, a las que les dio celeridad e intensidad bajo presión tras advertencias desde Bruselas.
Lars Johannsen y Karin Hilmer Pedersen (comp.), Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries. Aarhus, Aarhus University Press, 2009.
Bitácora de lecturas de Ricardo López Göttig. Historia, literatura, mitología, orientalismo y filosofía política.
domingo, 15 de septiembre de 2013
"Pathways: A Study of Six Post-Communist Countries", de Lars Johannsen (comp.).
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lunes, 9 de septiembre de 2013
"Faith and Power", de Bernard Lewis.
Este libro de Bernard Lewis, reconocido especialista en el mundo árabe, es una selección de artículos, conferencias y discursos que busca establecer un puente de conocimiento sobre la civilización islámica. Como toda cultura, tiene sus luces y sombras, sus procesos y dinámicas, concepciones y vocabulario que lo hacen diferente y a veces despierta la perplejidad, otras la admiración y también la indignación del observador occidental.
Bernard Lewis se esmera con paciencia en desbrozar el camino, señalando qué es lo específicamente islámico y qué no, a lo largo de las catorce centurias de su existencia. Y lo hace desde el estudio y la reflexión, no desde el sentimiento de culpa, la apología o el panfleto incendiario.
El autor nos recuerda que Muhammad (Mahoma) no sólo fue el profeta que dio origen a una nueva religión, sino también un gobernante. Esta diferencia en el nacimiento del Islam es clave para comprender su distancia con respecto, por ejemplo, al judaísmo (Moisés no pudo entrar a la tierra prometida) y al cristianismo, que fue religión estatal tres siglos después de la muerte de Jesús. De allí que en el Islam no exista la diferencia entre la religión y el Estado, o de lo sagrado y lo profano, tal como en Occidente. No hay una autoridad "eclesiástica" de los musulmanes, y la ley y el gobierno están inspirados por la religión, tomando como modelo el tiempo en que el profeta Muhammad fue el líder político de Medina. Por otro lado, tanto el cristianismo como el Islam se consideran a sí mismos como la revelación definitiva de Dios, y ambos se asientan en civilizaciones de gran arraigo histórico.
Cuando surgió el Islam, la cristiandad estaba difundida no sólo en Europa, sino también en el norte de África y el Medio Oriente: el imperio bizantino se extendía por Siria, Irak y Palestina. Allí están, como recuerdo de ese pasado, los cristianos sirios e irakíes, así como los coptos de Egipto. Bernard Lewis señala que el Islam no es la religión de la paz -ya que se expandió por medio de la guerra hacia Occidente y Oriente-, pero que tampoco hace de la guerra su finalidad, y que tanto en el Corán como en los Hadith y el desarrollo jurisprudencial, tiene reglas claras y precisas sobre los enfrentamientos bélicos. Lewis lo subraya: el terrorismo no es islámico, ni tampoco el suicidio. De hecho, propone a los jóvenes que actualmente se entrenan para colocar bombas que matan a inocentes, que lean las fuentes del conocimiento musulmán, para que puedan descubrir que son manipulados en contra de la enseñanza islámica.
El vocabulario construido por ambas civilizaciones no ha contribuido para hallar caminos de convivencia: musulmanes y cristianos se han acusado de infieles y no creyentes, y tampoco han reconocido al otro como religión. Los musulmanes se han referido a los cristianos por sus nacionalidades: francos, romanos, eslavos, o bien con el término derogatorio de "nazarenos". Los cristianos, por su lado, hablaron de sarracenos, árabes, turcos o tátaros, o bien con la denominación -aún extendida- de "mahometanos".
En los catorce siglos, hubo avances y repliegues de ambas partes, quedando los judíos en medio del enfrentamiento, debiendo adaptarse lo mejor posible en ambas culturas. Lewis señala diferencias notorias entre los judíos del mundo cristiano, de los judíos que vivieron en el universo islámico, cuestión sobre la que escribió un libro anteriormente.
Lo cierto es que cristianos y judíos pudieron desarrollar sus comunidades en los países musulmanes, con sus autoridades religiosas y costumbres, siendo el Imperio Otomano un ejemplo de ello, a pesar de las imposiciones gubernamentales. El otro gran ejemplo, no citado por Lewis, fue la España musulmana, Al Andalus, con su espléndida cultura, aunque fue la periferia del mundo árabe. No ocurrió lo mismo, bien lo sabemos, con los judíos y musulmanes en la Europa de la Edad Media, en donde hubo expulsiones, bautismos forzados y persecuciones.
Si bien Bernard Lewis recuerda que es historiador y que, como tal, su material de estudio es el pasado y no el futuro, se adentra en territorios como la posibilidad de la democracia liberal en el mundo islámico, rescatando algunos elementos que podrían ayudarla a crecer. Advierte al lector, sí, que los regímenes autoritarios de Medio Oriente no han sido lo habitual, en el sentido de que los gobiernos tradicionales no han tenido un poder casi ilimitado como el que han dispuesto Hussein, Assad o Gaddafi. Nos recuerda que el partido Baath fue fundado bajo el modelo fascista en los años cuarenta, bajo la influencia del régimen de Vichy, y luego reconvertido al modelo leninista soviético. Pero, además, pone de relieve que la centralización del poder se fue acrecentando con la incorporación de nuevas tecnologías. Si bien en el mundo islámico no hay una tradición parlamentaria, sí hubo una costumbre de buscar consejos de los diversos sectores de la sociedad.
También pone énfasis en un aspecto significativo: para los musulmanes, lo que distingue un buen gobierno de uno malo, es que sea justo, no que sea libre. Y esa justicia, inevitablemente en el contexto islámico, es que esté de acuerdo al Corán. No obstante, y por la creciente influencia de los medios occidentales, la concepción de la libertad individual se abre camino en esa cultura.
Lewis dedica gran espacio a la situación de la mujer en el Islam, que tanto nos choca a los occidentales. Si bien hay mucho por recorrer, también en esto la modernización abrirá nuevas puertas, y ahí está el modelo turco para demostrarlo. Y aquí agrego: la mujer musulmana tenía una gran libertad cuando los árabes eran nómadas, en aquellas caravanas que atravesaban los desiertos, pero pierde y se la encierra cuando se transforman en sociedades urbanas. Los rastros de esa libertad perdida se hallan en la literatura árabe clásica, exquisita y refinada expresión de una cultura que estuvo abierta a la fantasía y el despliegue de la imaginación.
El autor deplora que el islamismo radical tenga simpatizantes en Occidente, ya sea de la izquierda -por su antiamericanismo-, o por la derecha -por su antijudaísmo-. La influencia y difusión del wahhabismo en Europa se debe a los cuantiosos recursos que dispone.
El libro es una invitación a reflexionar. Si bien muchos de sus argumentos se reiteran en varios capítulos, su buena e inteligente prosa ayuda a navegar en un océano que, infortunadamente, se nos presenta turbulento en estas jornadas en las que se debate la posible intervención en Siria.
Bernard Lewis, Faith and Power: Religion and Politics in the Middle East. New York, Oxford University Press, 2010.
Bernard Lewis se esmera con paciencia en desbrozar el camino, señalando qué es lo específicamente islámico y qué no, a lo largo de las catorce centurias de su existencia. Y lo hace desde el estudio y la reflexión, no desde el sentimiento de culpa, la apología o el panfleto incendiario.
El autor nos recuerda que Muhammad (Mahoma) no sólo fue el profeta que dio origen a una nueva religión, sino también un gobernante. Esta diferencia en el nacimiento del Islam es clave para comprender su distancia con respecto, por ejemplo, al judaísmo (Moisés no pudo entrar a la tierra prometida) y al cristianismo, que fue religión estatal tres siglos después de la muerte de Jesús. De allí que en el Islam no exista la diferencia entre la religión y el Estado, o de lo sagrado y lo profano, tal como en Occidente. No hay una autoridad "eclesiástica" de los musulmanes, y la ley y el gobierno están inspirados por la religión, tomando como modelo el tiempo en que el profeta Muhammad fue el líder político de Medina. Por otro lado, tanto el cristianismo como el Islam se consideran a sí mismos como la revelación definitiva de Dios, y ambos se asientan en civilizaciones de gran arraigo histórico.
Cuando surgió el Islam, la cristiandad estaba difundida no sólo en Europa, sino también en el norte de África y el Medio Oriente: el imperio bizantino se extendía por Siria, Irak y Palestina. Allí están, como recuerdo de ese pasado, los cristianos sirios e irakíes, así como los coptos de Egipto. Bernard Lewis señala que el Islam no es la religión de la paz -ya que se expandió por medio de la guerra hacia Occidente y Oriente-, pero que tampoco hace de la guerra su finalidad, y que tanto en el Corán como en los Hadith y el desarrollo jurisprudencial, tiene reglas claras y precisas sobre los enfrentamientos bélicos. Lewis lo subraya: el terrorismo no es islámico, ni tampoco el suicidio. De hecho, propone a los jóvenes que actualmente se entrenan para colocar bombas que matan a inocentes, que lean las fuentes del conocimiento musulmán, para que puedan descubrir que son manipulados en contra de la enseñanza islámica.
El vocabulario construido por ambas civilizaciones no ha contribuido para hallar caminos de convivencia: musulmanes y cristianos se han acusado de infieles y no creyentes, y tampoco han reconocido al otro como religión. Los musulmanes se han referido a los cristianos por sus nacionalidades: francos, romanos, eslavos, o bien con el término derogatorio de "nazarenos". Los cristianos, por su lado, hablaron de sarracenos, árabes, turcos o tátaros, o bien con la denominación -aún extendida- de "mahometanos".
En los catorce siglos, hubo avances y repliegues de ambas partes, quedando los judíos en medio del enfrentamiento, debiendo adaptarse lo mejor posible en ambas culturas. Lewis señala diferencias notorias entre los judíos del mundo cristiano, de los judíos que vivieron en el universo islámico, cuestión sobre la que escribió un libro anteriormente.
Lo cierto es que cristianos y judíos pudieron desarrollar sus comunidades en los países musulmanes, con sus autoridades religiosas y costumbres, siendo el Imperio Otomano un ejemplo de ello, a pesar de las imposiciones gubernamentales. El otro gran ejemplo, no citado por Lewis, fue la España musulmana, Al Andalus, con su espléndida cultura, aunque fue la periferia del mundo árabe. No ocurrió lo mismo, bien lo sabemos, con los judíos y musulmanes en la Europa de la Edad Media, en donde hubo expulsiones, bautismos forzados y persecuciones.
Si bien Bernard Lewis recuerda que es historiador y que, como tal, su material de estudio es el pasado y no el futuro, se adentra en territorios como la posibilidad de la democracia liberal en el mundo islámico, rescatando algunos elementos que podrían ayudarla a crecer. Advierte al lector, sí, que los regímenes autoritarios de Medio Oriente no han sido lo habitual, en el sentido de que los gobiernos tradicionales no han tenido un poder casi ilimitado como el que han dispuesto Hussein, Assad o Gaddafi. Nos recuerda que el partido Baath fue fundado bajo el modelo fascista en los años cuarenta, bajo la influencia del régimen de Vichy, y luego reconvertido al modelo leninista soviético. Pero, además, pone de relieve que la centralización del poder se fue acrecentando con la incorporación de nuevas tecnologías. Si bien en el mundo islámico no hay una tradición parlamentaria, sí hubo una costumbre de buscar consejos de los diversos sectores de la sociedad.
También pone énfasis en un aspecto significativo: para los musulmanes, lo que distingue un buen gobierno de uno malo, es que sea justo, no que sea libre. Y esa justicia, inevitablemente en el contexto islámico, es que esté de acuerdo al Corán. No obstante, y por la creciente influencia de los medios occidentales, la concepción de la libertad individual se abre camino en esa cultura.
Lewis dedica gran espacio a la situación de la mujer en el Islam, que tanto nos choca a los occidentales. Si bien hay mucho por recorrer, también en esto la modernización abrirá nuevas puertas, y ahí está el modelo turco para demostrarlo. Y aquí agrego: la mujer musulmana tenía una gran libertad cuando los árabes eran nómadas, en aquellas caravanas que atravesaban los desiertos, pero pierde y se la encierra cuando se transforman en sociedades urbanas. Los rastros de esa libertad perdida se hallan en la literatura árabe clásica, exquisita y refinada expresión de una cultura que estuvo abierta a la fantasía y el despliegue de la imaginación.
El autor deplora que el islamismo radical tenga simpatizantes en Occidente, ya sea de la izquierda -por su antiamericanismo-, o por la derecha -por su antijudaísmo-. La influencia y difusión del wahhabismo en Europa se debe a los cuantiosos recursos que dispone.
El libro es una invitación a reflexionar. Si bien muchos de sus argumentos se reiteran en varios capítulos, su buena e inteligente prosa ayuda a navegar en un océano que, infortunadamente, se nos presenta turbulento en estas jornadas en las que se debate la posible intervención en Siria.
Bernard Lewis, Faith and Power: Religion and Politics in the Middle East. New York, Oxford University Press, 2010.
martes, 6 de agosto de 2013
"Stalin's Genocides", de Norman Naimark.
El historiador Norman Naimark, profesor en Stanford, escribió un libro breve, bien documentado y reflexivo sobre la naturaleza genocida del régimen de Stalin, enfocado en el período de entreguerras.
Naimark nos recuerda el nacimiento del concepto de genocidio por iniciativa del jurista Lemkin, antes de la segunda guerra mundial, y cuyo impulso sirvió para que fuera adoptado por las Naciones Unidas en 1948. No obstante, las delegaciones soviética y estadounidense hicieron varios reparos a una definición amplia, por lo que se limitó a la eliminación física con criterios de nacionalidad, etnia y religión, dejando a un lado los grupos sociales y políticos.
Y es que la Unión Soviética fue uno de los países victoriosos de la segunda guerra mundial y, como bien lo recuerda el autor, ya durante los juicios de Nuremberg hizo todo lo necesario para que matanzas como la de Katyn fuesen atribuidas a los nazis, un hecho que recién durante la presidencia de Boris Ieltsin se reconoció la responsabilidad soviética.
Naimark toma la deskulakización -que era la lucha contra el kulak como "enemigo de clase"- para alcanzar la colectivización de la agricultura, el holodomor -la hambruna provocada particularmente en Ucrania, pero también en Kazajistán- como eliminación del pueblo ucraniano, las deportaciones masivas de pueblos dentro de la URSS (alemanes, polacos, coreanos, tátaros de Crimea, chechenos e ingushes) y el Gran Terror de 1937-1938 como hechos históricos para determinar si fue o no genocida la política de Stalin.
No sólo por el enorme número de muertos por ejecución, hambre o frío, deportados, encarcelados en el GULAG, sino por las características de guerra de clase de la deskulakización y la política de eliminación de nacionalidades, como en el caso de los pueblos deportados, se arriba a la conclusión de que Stalin fue un genocida consciente, con pleno conocimiento y aprobación de cuanto ocurría. Fue él quien impartió las órdenes, y así consta en la documentación que hoy está siendo puesta a disposición de los historiadores. Diferente fue la cuestión del Gran Terror que, si bien fue de crímenes masivos, su misma arbitrariedad no permite clasificarla como genocidio.
La singularidad de la Shoá, con su política de exterminio sistemático del pueblo judío en nombre de la falsa superioridad biológica de los arios, no está en discusión. Quien era llevado a Treblinka o Birkenau, por mencionar sólo dos de los campos de exterminio, no tenía posibilidad de sobrevivir. El GULAG, en cambio, tenía como finalidad la "reeducación" y el disciplinamiento para el socialismo real, si es que se lograba sobrevivir al trabajo forzado, el frío extremo y la pésima alimentación. Sin embargo, también compartía con el nazismo la idea de la "culpabilidad", en este caso de clase, ya sea como kulak, antiguo burgués o terrateniente, o bien por haber pertenecido a alguno de los antiguos partidos no bolcheviques.
Stalin no vaciló en eliminar a los viejos bolcheviques con las acusaciones más disparatadas, como las conspiraciones conjuntas de trotskistas, británicos, japoneses y nazis. Así cayeron Kamenev, Zinoviev, Bujarin, Tujachevski y Rykov, entre tantos otros. La paranoia criminal de Stalin no hizo más que debilitar a la Unión Soviética, diezmando al ejército ante el inminente peligro alemán. Los mismos ejecutores fueron víctimas, como Iagoda y Ieshov, antiguos dirigentes de los servicios de seguridad, OGPU y NKVD. Nadie, excepto el mismísimo Stalin, estaba plenamente a salvo.
La reflexión final es en torno a la naturaleza criminal de los sistemas totalitarios. Todos ellos, persiguiendo una utopía -de clase, de superioridad biológica o nacional- no vacilan en exterminar a quienes no se acomodan a sus estándares. Hay quienes suponen que el problema ha sido la personalidad de Hitler, Stalin o Mao, pero lo cierto es que los regímenes totalitarios eliminan todos los límites al poder, dejando vía libre a la aniquilación de opositores -reales o ficticios- para lograr el triunfo de una sociedad perfecta como etapa última y definitiva de la historia humana.
Norman Naimark, Stalin's Genocides. Princeton, Princeton University Press, 2010.
Naimark nos recuerda el nacimiento del concepto de genocidio por iniciativa del jurista Lemkin, antes de la segunda guerra mundial, y cuyo impulso sirvió para que fuera adoptado por las Naciones Unidas en 1948. No obstante, las delegaciones soviética y estadounidense hicieron varios reparos a una definición amplia, por lo que se limitó a la eliminación física con criterios de nacionalidad, etnia y religión, dejando a un lado los grupos sociales y políticos.
Y es que la Unión Soviética fue uno de los países victoriosos de la segunda guerra mundial y, como bien lo recuerda el autor, ya durante los juicios de Nuremberg hizo todo lo necesario para que matanzas como la de Katyn fuesen atribuidas a los nazis, un hecho que recién durante la presidencia de Boris Ieltsin se reconoció la responsabilidad soviética.
Naimark toma la deskulakización -que era la lucha contra el kulak como "enemigo de clase"- para alcanzar la colectivización de la agricultura, el holodomor -la hambruna provocada particularmente en Ucrania, pero también en Kazajistán- como eliminación del pueblo ucraniano, las deportaciones masivas de pueblos dentro de la URSS (alemanes, polacos, coreanos, tátaros de Crimea, chechenos e ingushes) y el Gran Terror de 1937-1938 como hechos históricos para determinar si fue o no genocida la política de Stalin.
No sólo por el enorme número de muertos por ejecución, hambre o frío, deportados, encarcelados en el GULAG, sino por las características de guerra de clase de la deskulakización y la política de eliminación de nacionalidades, como en el caso de los pueblos deportados, se arriba a la conclusión de que Stalin fue un genocida consciente, con pleno conocimiento y aprobación de cuanto ocurría. Fue él quien impartió las órdenes, y así consta en la documentación que hoy está siendo puesta a disposición de los historiadores. Diferente fue la cuestión del Gran Terror que, si bien fue de crímenes masivos, su misma arbitrariedad no permite clasificarla como genocidio.
La singularidad de la Shoá, con su política de exterminio sistemático del pueblo judío en nombre de la falsa superioridad biológica de los arios, no está en discusión. Quien era llevado a Treblinka o Birkenau, por mencionar sólo dos de los campos de exterminio, no tenía posibilidad de sobrevivir. El GULAG, en cambio, tenía como finalidad la "reeducación" y el disciplinamiento para el socialismo real, si es que se lograba sobrevivir al trabajo forzado, el frío extremo y la pésima alimentación. Sin embargo, también compartía con el nazismo la idea de la "culpabilidad", en este caso de clase, ya sea como kulak, antiguo burgués o terrateniente, o bien por haber pertenecido a alguno de los antiguos partidos no bolcheviques.
Stalin no vaciló en eliminar a los viejos bolcheviques con las acusaciones más disparatadas, como las conspiraciones conjuntas de trotskistas, británicos, japoneses y nazis. Así cayeron Kamenev, Zinoviev, Bujarin, Tujachevski y Rykov, entre tantos otros. La paranoia criminal de Stalin no hizo más que debilitar a la Unión Soviética, diezmando al ejército ante el inminente peligro alemán. Los mismos ejecutores fueron víctimas, como Iagoda y Ieshov, antiguos dirigentes de los servicios de seguridad, OGPU y NKVD. Nadie, excepto el mismísimo Stalin, estaba plenamente a salvo.
La reflexión final es en torno a la naturaleza criminal de los sistemas totalitarios. Todos ellos, persiguiendo una utopía -de clase, de superioridad biológica o nacional- no vacilan en exterminar a quienes no se acomodan a sus estándares. Hay quienes suponen que el problema ha sido la personalidad de Hitler, Stalin o Mao, pero lo cierto es que los regímenes totalitarios eliminan todos los límites al poder, dejando vía libre a la aniquilación de opositores -reales o ficticios- para lograr el triunfo de una sociedad perfecta como etapa última y definitiva de la historia humana.
Norman Naimark, Stalin's Genocides. Princeton, Princeton University Press, 2010.
sábado, 3 de agosto de 2013
"Central Asia in World History", de Peter Golden.
El centro de Asia es una enorme región que vivió invasiones, ocupaciones y guerras durante milenios desde los más tempranos registros de la historia humana. Es, también, un escenario de grandes intercambios comerciales -la Ruta de la Seda- y de desarrollo y vida de concepciones religiosas muy variadas, desde el chamanismo, budismo, zoroastrismo, maniqueísmo, cristianismo nestoriano y el Islam.
Su diversidad étnica es testimonio de las oleadas humanas que arribaron con cada conquistador: indoiranios, turcomanos, árabes, mongoles y rusos, entre otros.
El libro de Peter Golden es un resumen de siglos de historia de la humanidad en Asia Central, comprendiendo no sólo a las ex repúblicas soviéticas de la región, sino también extendiendo el concepto hacia el actual Xinjiang, en la República Popular China, y Mongolia. Y es que es inevitable tener una visión amplia y abarcativa, ya que han sido varios los pueblos que tuvieron presencia y erigieron imperios en esa latitud. El autor parte de los primeros asentamientos y nos recuerda la presencia persa; luego los reinos de Bactria y Sogdiana, en los cuales hubo una maravillosa y exquisita fusión greco-budista; la llegada de los turcomanos, los xiongnu, los hunos, el inicio de la islamización en el siglo VIII con los árabes, el extenso imperio de los mongoles al mando de Chingiss Jan.
Asia Central se fue quedando en los márgenes cuando comenzó el desarrollo de la navegación ultramarina, con los viajes de los navegantes de Occidente al Oriente, de menor costo y duración que las antiguas caravanas. El uso de la pólvora, asimismo, dejó obsoletos a los viejos ejércitos nómadas de las estepas, que se negaron a modernizarse, o que no tuvieron recursos para hacerlo.
Ya en el siglo XIX, Bujara y Jiva fueron declarados protectorados por el Imperio Ruso, así como Kokand fue anexada. El otrora Turkestán ruso fue un laboratorio de ingeniería social durante el período soviético, que no sólo instrumentó mutaciones en las lenguas e historias locales, sino también dejó una tierra contaminada con lamentables consecuencias para la población. El Xinjiang, en la que los uigures fueron la mayoría durante siglos, es hoy una región en la que la presión demográfica de los inmigrantes chinos provoca tensiones explosivas.
Es un buen libro para quien quiera adentrarse en este territorio poco conocido para los occidentales, al margen de las habituales narrativas históricas.
Peter Golden, Central Asia in World History. New York, Oxford University Press, 2011.
Su diversidad étnica es testimonio de las oleadas humanas que arribaron con cada conquistador: indoiranios, turcomanos, árabes, mongoles y rusos, entre otros.
El libro de Peter Golden es un resumen de siglos de historia de la humanidad en Asia Central, comprendiendo no sólo a las ex repúblicas soviéticas de la región, sino también extendiendo el concepto hacia el actual Xinjiang, en la República Popular China, y Mongolia. Y es que es inevitable tener una visión amplia y abarcativa, ya que han sido varios los pueblos que tuvieron presencia y erigieron imperios en esa latitud. El autor parte de los primeros asentamientos y nos recuerda la presencia persa; luego los reinos de Bactria y Sogdiana, en los cuales hubo una maravillosa y exquisita fusión greco-budista; la llegada de los turcomanos, los xiongnu, los hunos, el inicio de la islamización en el siglo VIII con los árabes, el extenso imperio de los mongoles al mando de Chingiss Jan.
Asia Central se fue quedando en los márgenes cuando comenzó el desarrollo de la navegación ultramarina, con los viajes de los navegantes de Occidente al Oriente, de menor costo y duración que las antiguas caravanas. El uso de la pólvora, asimismo, dejó obsoletos a los viejos ejércitos nómadas de las estepas, que se negaron a modernizarse, o que no tuvieron recursos para hacerlo.
Ya en el siglo XIX, Bujara y Jiva fueron declarados protectorados por el Imperio Ruso, así como Kokand fue anexada. El otrora Turkestán ruso fue un laboratorio de ingeniería social durante el período soviético, que no sólo instrumentó mutaciones en las lenguas e historias locales, sino también dejó una tierra contaminada con lamentables consecuencias para la población. El Xinjiang, en la que los uigures fueron la mayoría durante siglos, es hoy una región en la que la presión demográfica de los inmigrantes chinos provoca tensiones explosivas.
Es un buen libro para quien quiera adentrarse en este territorio poco conocido para los occidentales, al margen de las habituales narrativas históricas.
Peter Golden, Central Asia in World History. New York, Oxford University Press, 2011.
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lunes, 29 de julio de 2013
"A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France", de Jennifer Pitts.
El libro de Jennifer Pitts es uno de esos textos que lo colocan a uno ante aspectos poco luminosos de los autores por los que uno siente cercanía, y por eso le doy la bienvenida entre mis lecturas. Remueve, provoca, presenta y sugiere. Aunque no esté del todo de acuerdo con muchos de sus planteos -o quizás por eso mismo-, me parece un libro de gran valor.
Los autores que podemos ubicar en la corriente liberal del siglo XVIII -el término es extemporáneo- advertían de los riesgos y costos de las aventuras coloniales de Gran Bretaña y Francia. Adam Smith y Edmund Burke, por ejemplo, veían con escepticismo al colonialismo británico. Como bien señala Pitts, si bien los autores de la Ilustración escocesa como Smith y Adam Ferguson sostenían que había varias etapas en el progreso humano, no atribuían los primeros estadios a la falta de inteligencia, sino a la adaptación de sus instituciones y costumbres a las circunstancias que vivían las diferentes culturas. Tampoco tenían un juicio valorativo en estas categorías, sino que simplemente las utilizaban como una herramienta conceptual. Adam Smith en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say en Francia, señalaban que las aventuras coloniales sólo generaban pérdidas para las metrópolis, proponiendo en cambio el libre comercio pacífico entre los pueblos como la forma de promover la prosperidad general.
Edmund Burke fue un gran crítico, desde su banca en el Parlamento y como abogado, de la Compañía de las Indias Orientales. Burke y Smith tenían una concepción universal del ser humano, creyendo en su inteligencia y sentido común más allá de las fronteras culturales, lingüísticas y religiosas. Benjamin Constant, también parlamentario durante la Restauración borbónica, fue un gran crítico del imperialismo francés. Pero tras estas dos generaciones de liberales críticos de las posturas de expansiones imperiales, hubo otra que defendió las conquistas ultramarinas, como la de John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville.
John Stuart Mill se nutrió de dos poderosas fuentes intelectuales: Jeremy Bentham y de su padre, James Mill, ambos utilitaristas. Bentham fue un crítico sagaz del imperialismo, a diferencia de James Mill, un entusiasta funcionario de la Compañía de Indias Orientales. Si bien John Stuart Mill se apartó de las ideas de su progenitor en varios aspectos, no fue así con respecto a la India, ya que también fue funcionario del organismo mencionado hasta su disolución. Y es que John Stuart Mill estaba imbuido de la idea de que los británicos tenían el deber de civilizar a los pueblos "atrasados", ya claramente enrolado en la teoría del progreso que tanto daño hizo al mundo en la centuria decimonónica, y que estuvo -y sigue estando- presente en varias corrientes ideológicas. Si bien J. S. Mill nunca adhirió a las teorías racistas que ya empezaban a esbozarse, sí consideraba que había estadios evolutivos de salvajismo y barbarie que mantenían en situación inmóvil a los pueblos del Oriente, América y África, en una "infancia" que los hacía sujetos del despotismo benevolente de Occidente. Mill creía en una tecnocracia benefactora para la India como modelo a ser replicado en Irlanda, por ejemplo. Nunca viajó a la India para conocer la gran civilización que los británicos estaban dominando, por lo que se mantuvo incólume en sus ideas.
El caso de Alexis de Tocqueville es, particularmente, el que me resultó más interesante. A mi parecer -este juicio es enteramente subjetivo-, Jennifer Pitts es muy dura en sus apreciaciones sobre la postura de Tocqueville con respecto a la colonización de Argelia. Su honestidad intelectual es implacable y le dedica dos capítulos del libro. Alexis de Tocqueville fue un activo parlamentario durante la Monarquía de Julio, constituyente y durante pocos meses ministro de Asuntos Exteriores en la Segunda República. Desde su escaño, se convirtió en una de las voces autorizadas sobre Argelia, a donde viajó en dos oportunidades y dejó plasmadas sus ideas en artículos y ensayos, así como en intervenciones parlamentarias.
Los itinerarios recorridos por Tocqueville en la cuestión argelina reflejan las tensiones que le provocaba: por un lado, partidario de mantener la colonia, siendo plenamente consciente de que para ello se debía recurrir al uso de la fuerza. Por el otro, crítico de los colonos y su sentimiento de falsa superioridad, así como escéptico de las posibilidades de fusionar las culturas en Argelia. Su visión estaba teñida por la necesidad de mantener bajo control la costa meridional del Mediterráneo ante la posible expansión británica, y también para fomentar el espíritu patriótico en Francia. La autora sostiene que Tocqueville tenía la mira puesta en la política interna de su país cuando propició la colonización de Argelia, anhelando mantener a Francia como gran potencia frente a los británicos, a los que admiraba y de los que recelaba. Pitts rescata del injusto olvido a la contracara de Tocqueville que se oponía al imperialismo en tiempos de la monarquía orleanista, Amédée Desjobert, un liberal ubicado en la "izquierda" parlamentaria de aquel entonces, figura política poco estudiada y que requiere ser leído para comprender mejor el debate de la época con más amplitud.
Es sabido que Tocqueville tampoco adhirió a las teorías racistas de superioridad biológica y se opuso a la postura de su antiguo discípulo, el conde Gobineau.
Si bien hace afirmaciones con las que discrepo, el libro es inteligente, bien fundamentado y documentado, de valor y de lectura provechosa.
Jennifer Pitts, A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France. Princeton, Princeton University Press, 2006.
Los autores que podemos ubicar en la corriente liberal del siglo XVIII -el término es extemporáneo- advertían de los riesgos y costos de las aventuras coloniales de Gran Bretaña y Francia. Adam Smith y Edmund Burke, por ejemplo, veían con escepticismo al colonialismo británico. Como bien señala Pitts, si bien los autores de la Ilustración escocesa como Smith y Adam Ferguson sostenían que había varias etapas en el progreso humano, no atribuían los primeros estadios a la falta de inteligencia, sino a la adaptación de sus instituciones y costumbres a las circunstancias que vivían las diferentes culturas. Tampoco tenían un juicio valorativo en estas categorías, sino que simplemente las utilizaban como una herramienta conceptual. Adam Smith en Gran Bretaña y Jean Baptiste Say en Francia, señalaban que las aventuras coloniales sólo generaban pérdidas para las metrópolis, proponiendo en cambio el libre comercio pacífico entre los pueblos como la forma de promover la prosperidad general.
Edmund Burke fue un gran crítico, desde su banca en el Parlamento y como abogado, de la Compañía de las Indias Orientales. Burke y Smith tenían una concepción universal del ser humano, creyendo en su inteligencia y sentido común más allá de las fronteras culturales, lingüísticas y religiosas. Benjamin Constant, también parlamentario durante la Restauración borbónica, fue un gran crítico del imperialismo francés. Pero tras estas dos generaciones de liberales críticos de las posturas de expansiones imperiales, hubo otra que defendió las conquistas ultramarinas, como la de John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville.
John Stuart Mill se nutrió de dos poderosas fuentes intelectuales: Jeremy Bentham y de su padre, James Mill, ambos utilitaristas. Bentham fue un crítico sagaz del imperialismo, a diferencia de James Mill, un entusiasta funcionario de la Compañía de Indias Orientales. Si bien John Stuart Mill se apartó de las ideas de su progenitor en varios aspectos, no fue así con respecto a la India, ya que también fue funcionario del organismo mencionado hasta su disolución. Y es que John Stuart Mill estaba imbuido de la idea de que los británicos tenían el deber de civilizar a los pueblos "atrasados", ya claramente enrolado en la teoría del progreso que tanto daño hizo al mundo en la centuria decimonónica, y que estuvo -y sigue estando- presente en varias corrientes ideológicas. Si bien J. S. Mill nunca adhirió a las teorías racistas que ya empezaban a esbozarse, sí consideraba que había estadios evolutivos de salvajismo y barbarie que mantenían en situación inmóvil a los pueblos del Oriente, América y África, en una "infancia" que los hacía sujetos del despotismo benevolente de Occidente. Mill creía en una tecnocracia benefactora para la India como modelo a ser replicado en Irlanda, por ejemplo. Nunca viajó a la India para conocer la gran civilización que los británicos estaban dominando, por lo que se mantuvo incólume en sus ideas.
El caso de Alexis de Tocqueville es, particularmente, el que me resultó más interesante. A mi parecer -este juicio es enteramente subjetivo-, Jennifer Pitts es muy dura en sus apreciaciones sobre la postura de Tocqueville con respecto a la colonización de Argelia. Su honestidad intelectual es implacable y le dedica dos capítulos del libro. Alexis de Tocqueville fue un activo parlamentario durante la Monarquía de Julio, constituyente y durante pocos meses ministro de Asuntos Exteriores en la Segunda República. Desde su escaño, se convirtió en una de las voces autorizadas sobre Argelia, a donde viajó en dos oportunidades y dejó plasmadas sus ideas en artículos y ensayos, así como en intervenciones parlamentarias.
Los itinerarios recorridos por Tocqueville en la cuestión argelina reflejan las tensiones que le provocaba: por un lado, partidario de mantener la colonia, siendo plenamente consciente de que para ello se debía recurrir al uso de la fuerza. Por el otro, crítico de los colonos y su sentimiento de falsa superioridad, así como escéptico de las posibilidades de fusionar las culturas en Argelia. Su visión estaba teñida por la necesidad de mantener bajo control la costa meridional del Mediterráneo ante la posible expansión británica, y también para fomentar el espíritu patriótico en Francia. La autora sostiene que Tocqueville tenía la mira puesta en la política interna de su país cuando propició la colonización de Argelia, anhelando mantener a Francia como gran potencia frente a los británicos, a los que admiraba y de los que recelaba. Pitts rescata del injusto olvido a la contracara de Tocqueville que se oponía al imperialismo en tiempos de la monarquía orleanista, Amédée Desjobert, un liberal ubicado en la "izquierda" parlamentaria de aquel entonces, figura política poco estudiada y que requiere ser leído para comprender mejor el debate de la época con más amplitud.
Es sabido que Tocqueville tampoco adhirió a las teorías racistas de superioridad biológica y se opuso a la postura de su antiguo discípulo, el conde Gobineau.
Si bien hace afirmaciones con las que discrepo, el libro es inteligente, bien fundamentado y documentado, de valor y de lectura provechosa.
Jennifer Pitts, A Turn to Empire: The Rise of Imperial Liberalism in Britain and France. Princeton, Princeton University Press, 2006.
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miércoles, 17 de julio de 2013
"The Kokugo Revolution", de Paul H. Clark.
Este interesante libro se enfoca en un aspecto pocas veces atendido, como es el de las reformas a la lengua japonesa durante la restauración Meiji, el período en que termina el shogunato y se reestablece al Emperador como figura central de la política del archipiélago. Con el inicio de las etapas de modernización económica, social y política, la educación iba varios pasos atrás por la diversidad lingüística, ya sea regional como estamental, que había entre los japoneses.
El sistema de escritura oficial kanbun, de origen chino, requería varios años de estudio para llegar a manejar con suficiencia los diez mil caracteres (kanji), por lo que no resultaba práctico para la alfabetización masiva de los niños. Este largo tiempo de aprendizaje impedía dedicar horas al estudio de otros conocimientos considerados necesarios, y tampoco garantizaban la posibilidad de comunicación efectiva entre las distintas regiones, estamentos y oficios. Además del kanbun -del que había variantes-, estaban también los sistemas yomikudashi, sōrōbun y wabun, entre otros. A esto, debemos sumarle las variantes orales de cada región. El kanbun había contado con el prestigio de la civilización china pero, asediada por los países occidentales durante el siglo XIX, el antiguo imperio perdía su aire venerable como la gran cultura. Los japoneses comenzaron a mirar despectivamente a la cultura china a partir de la guerra sino-japonesa de 1894-1895, cuando las tropas del imperio insular se impusieron.
A la par de naciones europeas como Francia y el entonces Imperio Alemán, los gobernantes japoneses y la élite académica tuvieron un vivo debate sobre la lengua y la escritura, suponiendo que un idioma codificado y homogéneo contribuiría al desarrollo del país como la gran potencia de Asia Oriental.
Maejima Hisoka (1835-1919), traductor del shogunato y buen conocedor del inglés y el holandés, propuso el reemplazo de los kanji por el alfabeto kana, propiamente japonés. Mori Arinori -que en 1885 llegó a ser ministro de Educación- sostuvo que debía utilizarse la lengua inglesa, lo que le valió la crítica implacable durante toda su vida. En 1884, un grupo de intelectuales fundó la Sociedad Rōmaji, que sostenía el uso del alfabeto latino, al que se identificaba como una de las claves del progreso occidental.
Con el nombramiento de Mori como ministro de Educación, se puso mayor énfasis en la ideología kokugaku como guía de la enseñanza. Esta corriente propugnaba lo estrictamente japonés y procuraba deshacerse de los elementos chinos, teniendo como objetivo la formación de una ciudadanía nipona que fuera absolutamente leal al orden imperial y la religión oficial. También cobró fuerza el movimiento genbun'itchi, que buscaba la unificación de la lengua oral con la escrita.
El personaje intelectual más interesante fue Ueda Kazutoshi, un lingüista que fue discípulo del gran Basil Hall Chamberlain -es tristemente famoso su hermano menor Houston Stewart Chamberlain, un teórico del racismo a comienzos del siglo XX- y que estudió en Leipzig. Basil Hall Chamberlain fue profesor en la Universidad de Tōkyō, un gran académico de la lengua japonesa y que legó su nutrida biblioteca de miles de volúmenes a Ueda.
Ueda Kazutoshi fue un estudioso sistemático y prolífico de la lengua japonesa, luego funcionario, y que influyó en la adopción posterior del dialecto coloquial de las clases alta y media de la capital imperial, el llamado Tōkyōgo. Este se fue transformando, rápidamente a través del sistema educativo y la prensa, en la lengua nacional, el kokugo.
Otra figura relevante fue Yamada Yoshio, un intelectual conservador que sostuvo que el kokugo tenía un carácter espiritual que lo hacía único, el alma de la nacionalidad japonesa que ligaba a todos al Emperador. Este proceso iniciado en la era Meiji, se continuó en las eras Taishō y Shōwa.
El libro es relevante para comprender el proceso de construcción desde el poder del nacionalismo, una arquitectura de símbolos que despiertan sentimientos artificialmente creados desde un laboratorio de ingeniería social, puesto que no brotaron espontáneamente por la libre interacción entre los individuos.
Paul H. Clark, The Kokugo Revolution: Education, Identity, and Language Policy in Imperial Japan. Berkeley, Institute of Asian Studies, 2009.
El sistema de escritura oficial kanbun, de origen chino, requería varios años de estudio para llegar a manejar con suficiencia los diez mil caracteres (kanji), por lo que no resultaba práctico para la alfabetización masiva de los niños. Este largo tiempo de aprendizaje impedía dedicar horas al estudio de otros conocimientos considerados necesarios, y tampoco garantizaban la posibilidad de comunicación efectiva entre las distintas regiones, estamentos y oficios. Además del kanbun -del que había variantes-, estaban también los sistemas yomikudashi, sōrōbun y wabun, entre otros. A esto, debemos sumarle las variantes orales de cada región. El kanbun había contado con el prestigio de la civilización china pero, asediada por los países occidentales durante el siglo XIX, el antiguo imperio perdía su aire venerable como la gran cultura. Los japoneses comenzaron a mirar despectivamente a la cultura china a partir de la guerra sino-japonesa de 1894-1895, cuando las tropas del imperio insular se impusieron.
A la par de naciones europeas como Francia y el entonces Imperio Alemán, los gobernantes japoneses y la élite académica tuvieron un vivo debate sobre la lengua y la escritura, suponiendo que un idioma codificado y homogéneo contribuiría al desarrollo del país como la gran potencia de Asia Oriental.
Maejima Hisoka (1835-1919), traductor del shogunato y buen conocedor del inglés y el holandés, propuso el reemplazo de los kanji por el alfabeto kana, propiamente japonés. Mori Arinori -que en 1885 llegó a ser ministro de Educación- sostuvo que debía utilizarse la lengua inglesa, lo que le valió la crítica implacable durante toda su vida. En 1884, un grupo de intelectuales fundó la Sociedad Rōmaji, que sostenía el uso del alfabeto latino, al que se identificaba como una de las claves del progreso occidental.
Con el nombramiento de Mori como ministro de Educación, se puso mayor énfasis en la ideología kokugaku como guía de la enseñanza. Esta corriente propugnaba lo estrictamente japonés y procuraba deshacerse de los elementos chinos, teniendo como objetivo la formación de una ciudadanía nipona que fuera absolutamente leal al orden imperial y la religión oficial. También cobró fuerza el movimiento genbun'itchi, que buscaba la unificación de la lengua oral con la escrita.
El personaje intelectual más interesante fue Ueda Kazutoshi, un lingüista que fue discípulo del gran Basil Hall Chamberlain -es tristemente famoso su hermano menor Houston Stewart Chamberlain, un teórico del racismo a comienzos del siglo XX- y que estudió en Leipzig. Basil Hall Chamberlain fue profesor en la Universidad de Tōkyō, un gran académico de la lengua japonesa y que legó su nutrida biblioteca de miles de volúmenes a Ueda.
Ueda Kazutoshi fue un estudioso sistemático y prolífico de la lengua japonesa, luego funcionario, y que influyó en la adopción posterior del dialecto coloquial de las clases alta y media de la capital imperial, el llamado Tōkyōgo. Este se fue transformando, rápidamente a través del sistema educativo y la prensa, en la lengua nacional, el kokugo.
Otra figura relevante fue Yamada Yoshio, un intelectual conservador que sostuvo que el kokugo tenía un carácter espiritual que lo hacía único, el alma de la nacionalidad japonesa que ligaba a todos al Emperador. Este proceso iniciado en la era Meiji, se continuó en las eras Taishō y Shōwa.
El libro es relevante para comprender el proceso de construcción desde el poder del nacionalismo, una arquitectura de símbolos que despiertan sentimientos artificialmente creados desde un laboratorio de ingeniería social, puesto que no brotaron espontáneamente por la libre interacción entre los individuos.
Paul H. Clark, The Kokugo Revolution: Education, Identity, and Language Policy in Imperial Japan. Berkeley, Institute of Asian Studies, 2009.
lunes, 1 de julio de 2013
"The Rise and Fall of Al-Qaeda", de Fawaz Gerges.
Desde hace casi doce años, Al Qaeda se convirtió en una pesadilla espectral para Occidente. Los atentados de septiembre del 2001 contra varios objetivos civiles y políticos, así como la secuela que le siguió en Asia y Europa, quedaron grabados y persisten, una y otra vez, en los recuerdos de millones de personas que se sintieron vulnerables a un ataque inesperado en las circunstancias más cotidianas.
Fawaz Gerges, profesor en la prestigiosa London School of Economics and Political Science y especialista en Medio Oriente, nos presenta una visión diferente sobre esta formación terrorista, desde sus inicios hasta el 2011, año que se publicó el libro.
Gerges explica que Al Qaeda fue una entidad formada en torno a su líder fundador, Osama bin Laden, hijo de un constructor millonario de origen yemení que labró su fortuna en Arabia Saudí. Él siguió los pasos de su progenitor, como empresario, a la par que se involucró en la ayuda a los mujahidin que, con base en Pakistán, lucharon contra la invasión soviética a Afganistán entre 1979 y 1989, con sostén económico, entrenamiento y obrando como nexo con Arabia Saudí. Tras la retirada soviética, Osama bin Laden volvió a su hogar como un héroe de la jihad contra el ateísmo. Su voz se alzará, crítica, contra la presencia de las tropas estadounidenses en Arabia Saudí durante la guerra del Golfo en 1990 y 1991, por lo que luego emigró a Sudán, desde donde continuó su arenga contra la familia real de los Saud. Allí tomó contacto con Ayman al Zawahiri, egipcio y seguidor de Sayyid Qutb, que defendía la necesidad de deponer al régimen instaurado por Nasser, Sadat y Mubarak en su país para restaurar lo que él consideraba un gobierno de acuerdo al Corán. Gerges señala con claridad que la propuesta de Qutb, a la que adhirió Zawahiri, se restringía al renacimiento islámico en el mundo árabe a partir del cambio de gobernantes que adherían a las ideas y costumbres provenientes de Europa y Estados Unidos, pero no significaba el ataque al Occidente. No obstante, Zawahiri se sumará en grado creciente a la visión de Osama bin Laden por una cuestión simple: financiación. Lo que Osama bin Laden fue articulando era una postura de guerra abierta contra el Occidente, para que los Estados Unidos se retiraran definitivamente del mundo musulmán en general, y de Arabia Saudí y Yemen, en particular. Esta jihad transnacional implicaba para quien fue el fundador de Al Qaeda la práctica terrorista en los países occidentales, a saber: los ataques a civiles en Estados Unidos y Europa. Suponía que esto provocaría un clamor de retirada -la suposición, tan compartida por autoritarios de distintos signos ideológicos de que los ciudadanos de las democracias son débiles y cobardes-, debilitando a los gobernantes árabes que bloqueaban la restauración del califato islámico. En Sudán fue un huésped que hizo inversiones, pero también declaraciones altisonantes que generaban entusiasmo en algunos sectores de Arabia Saudí. Finalmente, debió viajar a Afganistán junto a su familia y seguidores en 1996, poco tiempo antes de que los Taliban lograran apoderarse de Kabul. Lo acompañaron numerosos ex mujahidin árabes que habían combatido en ese escenario, y también nuevos seguidores yemeníes, del Magreb y otras latitudes. En 1998, formalmente, estableció Al Qaeda, entidad terrorista que atentó contra embajadas y embarcaciones estadounidenses.
El régimen de los Taliban le dio refugio a bin Laden suponiendo que habría de invertir en Afganistán. Por un lado, los miembros de Al Qaeda se sumaron como combatientes en la guerra contra los afganos que resistieron a los Talibán, sobre todo a la Alianza del Norte. Por el otro, el Mullah Omar entendía que tenía un deber de hospitalidad con estos antiguos mujahidin de acuerdo al código del pashtunwali. El Mullah Omar y los Taliban tenían un desconocimiento y desinterés completo por la política internacional, pero comprendían que los llamamientos de Osama bin Laden a la jihad mundial a través de los medios de comunicación, no hacían más que perjudicar al peculiar emirato que estaban erigiendo en Afganistán. Gerges señala que hay testimonios de que el Mullah Omar hizo reiterados pedidos a Osama bin Laden para que cesara su prédica incendiaria -Thomas Barfield, en su libro ya reseñado, también indica que a los Taliban no les interesaba la jihad internacional porque tenían una visión etnocéntrica-, sugerencias que fueron desdeñadas por el líder de Al Qaeda. Y es que, en secreto -incluso con Zawahiri- fue planificando los atentados en Estados Unidos desde 1999, reclutando, entrenando y financiando a quienes ejecutarían los ataques a objetivos civiles y políticos.
Tras los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono, tanto Al Qaeda como Afganistán se convirtieron en el centro de atención mundial, y los Estados Unidos pudieron articular un frente internacional para la lucha contra el terrorismo. Gerges remarca que en el mundo islámico hubo una voz de rechazo hacia los atentados, porque muchos teólogos pusieron de manifiesto que el Islam se opone a la matanza de niños, mujeres, ancianos y civiles en general. Claro que el simplismo se apoderó de muchos, que aún consideran a los musulmanes como terroristas potenciales, una idea alentada por políticos y comentaristas xenófobos en Occidente.
Los Taliban fueron fácilmente derrotados en Afganistán por las tropas de la OTAN en conjunto con la Alianza del Norte, y se estableció el gobierno provisional de Hamid Karzai. Pero los Taliban y Al Qaeda se refugiaron en la llamada Federally Administered Tribal Areas (FATA) en Pakistán, donde predominan los pashtunes. Gerges sostiene que la invasión de Estados Unidos a Irak en el 2003 le dio nueva vida a Al Qaeda, militarmente derrotada, porque parecía darle la razón al argumento de que Occidente se hallaba en guerra contra el Islam. En Irak se formó Al Qaeda bajo el liderazgo de Abu Musab al Zarqawi pero que, en los hechos, no respondió a los mandatos de Osama bin Laden, recluido en Pakistán. Zarqawi comenzó a atentar contra civiles árabes, alienándose el apoyo potencial de la población contra la presencia extranjera, que incluso colaboró con la erradicación del movimiento terrorista. La otra rama que sirvió para mantener la ficción de la extensión de Al Qaeda fue AQAP, en Yemen, liderada por Anwar al Awlaki, ultimado por un ataque aéreo de Estados Unidos en el 2011.
A juicio del autor, Barack Obama no logró cambiar la narrativa del terrorismo creada por los neoconservadores durante la administración de George W. Bush, y quedó prisionero de la lógica de las agencias de seguridad, manteniendo su financiamiento colosal contra un enemigo pequeño, derrotado y escondido.
Fawaz Gerges sostiene que varios terroristas individuales se atribuyeron la pertenencia a Al Qaeda, identificándose con este movimiento, aun cuando no fueron entrenados ni financiados. A Bin Laden le servía para mantener la fantasía de su jihad mundial, en tanto que los organismos de seguridad, que se multiplicaron desde el 2001 en adelante, mantuvieron el discurso del peligro de esta organización para obtener financiamiento.
Los planteos del autor deben ser tenidos en cuenta para cambiar la visión y la relación que Occidente tiene con el mundo islámico: por un lado, comprender que Al Qaeda fue derrotada, que apenas tiene un puñado de seguidores en Pakistán liderado ahora por Zawahiri, y que no representa un peligro planetario. Asimismo, que es imprescindible que Occidente contribuya a crear las condiciones de paz, prosperidad y gobierno de la ley en Medio Oriente, particularmente en las negociaciones para la creación de un Estado palestino, junto al Estado de Israel. A mi juicio, lo que sostiene en su libro sobre la "primavera árabe" es ingenuo, pero es comprensible porque fue publicado en los inicios de esos movimientos que depusieron regímenes autoritarios para, ¿establecer otras dictaduras?
El libro es útil, provocador, bien informado y documentado; necesario para refrescarnos de la óptica simplista islamófoba que abunda y hace tanto daño.
Fawaz Gerges, The Rise and Fall of Al-Qaeda. New York, Oxford University Press, 2011.
Fawaz Gerges, profesor en la prestigiosa London School of Economics and Political Science y especialista en Medio Oriente, nos presenta una visión diferente sobre esta formación terrorista, desde sus inicios hasta el 2011, año que se publicó el libro.
Gerges explica que Al Qaeda fue una entidad formada en torno a su líder fundador, Osama bin Laden, hijo de un constructor millonario de origen yemení que labró su fortuna en Arabia Saudí. Él siguió los pasos de su progenitor, como empresario, a la par que se involucró en la ayuda a los mujahidin que, con base en Pakistán, lucharon contra la invasión soviética a Afganistán entre 1979 y 1989, con sostén económico, entrenamiento y obrando como nexo con Arabia Saudí. Tras la retirada soviética, Osama bin Laden volvió a su hogar como un héroe de la jihad contra el ateísmo. Su voz se alzará, crítica, contra la presencia de las tropas estadounidenses en Arabia Saudí durante la guerra del Golfo en 1990 y 1991, por lo que luego emigró a Sudán, desde donde continuó su arenga contra la familia real de los Saud. Allí tomó contacto con Ayman al Zawahiri, egipcio y seguidor de Sayyid Qutb, que defendía la necesidad de deponer al régimen instaurado por Nasser, Sadat y Mubarak en su país para restaurar lo que él consideraba un gobierno de acuerdo al Corán. Gerges señala con claridad que la propuesta de Qutb, a la que adhirió Zawahiri, se restringía al renacimiento islámico en el mundo árabe a partir del cambio de gobernantes que adherían a las ideas y costumbres provenientes de Europa y Estados Unidos, pero no significaba el ataque al Occidente. No obstante, Zawahiri se sumará en grado creciente a la visión de Osama bin Laden por una cuestión simple: financiación. Lo que Osama bin Laden fue articulando era una postura de guerra abierta contra el Occidente, para que los Estados Unidos se retiraran definitivamente del mundo musulmán en general, y de Arabia Saudí y Yemen, en particular. Esta jihad transnacional implicaba para quien fue el fundador de Al Qaeda la práctica terrorista en los países occidentales, a saber: los ataques a civiles en Estados Unidos y Europa. Suponía que esto provocaría un clamor de retirada -la suposición, tan compartida por autoritarios de distintos signos ideológicos de que los ciudadanos de las democracias son débiles y cobardes-, debilitando a los gobernantes árabes que bloqueaban la restauración del califato islámico. En Sudán fue un huésped que hizo inversiones, pero también declaraciones altisonantes que generaban entusiasmo en algunos sectores de Arabia Saudí. Finalmente, debió viajar a Afganistán junto a su familia y seguidores en 1996, poco tiempo antes de que los Taliban lograran apoderarse de Kabul. Lo acompañaron numerosos ex mujahidin árabes que habían combatido en ese escenario, y también nuevos seguidores yemeníes, del Magreb y otras latitudes. En 1998, formalmente, estableció Al Qaeda, entidad terrorista que atentó contra embajadas y embarcaciones estadounidenses.
El régimen de los Taliban le dio refugio a bin Laden suponiendo que habría de invertir en Afganistán. Por un lado, los miembros de Al Qaeda se sumaron como combatientes en la guerra contra los afganos que resistieron a los Talibán, sobre todo a la Alianza del Norte. Por el otro, el Mullah Omar entendía que tenía un deber de hospitalidad con estos antiguos mujahidin de acuerdo al código del pashtunwali. El Mullah Omar y los Taliban tenían un desconocimiento y desinterés completo por la política internacional, pero comprendían que los llamamientos de Osama bin Laden a la jihad mundial a través de los medios de comunicación, no hacían más que perjudicar al peculiar emirato que estaban erigiendo en Afganistán. Gerges señala que hay testimonios de que el Mullah Omar hizo reiterados pedidos a Osama bin Laden para que cesara su prédica incendiaria -Thomas Barfield, en su libro ya reseñado, también indica que a los Taliban no les interesaba la jihad internacional porque tenían una visión etnocéntrica-, sugerencias que fueron desdeñadas por el líder de Al Qaeda. Y es que, en secreto -incluso con Zawahiri- fue planificando los atentados en Estados Unidos desde 1999, reclutando, entrenando y financiando a quienes ejecutarían los ataques a objetivos civiles y políticos.
Tras los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono, tanto Al Qaeda como Afganistán se convirtieron en el centro de atención mundial, y los Estados Unidos pudieron articular un frente internacional para la lucha contra el terrorismo. Gerges remarca que en el mundo islámico hubo una voz de rechazo hacia los atentados, porque muchos teólogos pusieron de manifiesto que el Islam se opone a la matanza de niños, mujeres, ancianos y civiles en general. Claro que el simplismo se apoderó de muchos, que aún consideran a los musulmanes como terroristas potenciales, una idea alentada por políticos y comentaristas xenófobos en Occidente.
Los Taliban fueron fácilmente derrotados en Afganistán por las tropas de la OTAN en conjunto con la Alianza del Norte, y se estableció el gobierno provisional de Hamid Karzai. Pero los Taliban y Al Qaeda se refugiaron en la llamada Federally Administered Tribal Areas (FATA) en Pakistán, donde predominan los pashtunes. Gerges sostiene que la invasión de Estados Unidos a Irak en el 2003 le dio nueva vida a Al Qaeda, militarmente derrotada, porque parecía darle la razón al argumento de que Occidente se hallaba en guerra contra el Islam. En Irak se formó Al Qaeda bajo el liderazgo de Abu Musab al Zarqawi pero que, en los hechos, no respondió a los mandatos de Osama bin Laden, recluido en Pakistán. Zarqawi comenzó a atentar contra civiles árabes, alienándose el apoyo potencial de la población contra la presencia extranjera, que incluso colaboró con la erradicación del movimiento terrorista. La otra rama que sirvió para mantener la ficción de la extensión de Al Qaeda fue AQAP, en Yemen, liderada por Anwar al Awlaki, ultimado por un ataque aéreo de Estados Unidos en el 2011.
A juicio del autor, Barack Obama no logró cambiar la narrativa del terrorismo creada por los neoconservadores durante la administración de George W. Bush, y quedó prisionero de la lógica de las agencias de seguridad, manteniendo su financiamiento colosal contra un enemigo pequeño, derrotado y escondido.
Fawaz Gerges sostiene que varios terroristas individuales se atribuyeron la pertenencia a Al Qaeda, identificándose con este movimiento, aun cuando no fueron entrenados ni financiados. A Bin Laden le servía para mantener la fantasía de su jihad mundial, en tanto que los organismos de seguridad, que se multiplicaron desde el 2001 en adelante, mantuvieron el discurso del peligro de esta organización para obtener financiamiento.
Los planteos del autor deben ser tenidos en cuenta para cambiar la visión y la relación que Occidente tiene con el mundo islámico: por un lado, comprender que Al Qaeda fue derrotada, que apenas tiene un puñado de seguidores en Pakistán liderado ahora por Zawahiri, y que no representa un peligro planetario. Asimismo, que es imprescindible que Occidente contribuya a crear las condiciones de paz, prosperidad y gobierno de la ley en Medio Oriente, particularmente en las negociaciones para la creación de un Estado palestino, junto al Estado de Israel. A mi juicio, lo que sostiene en su libro sobre la "primavera árabe" es ingenuo, pero es comprensible porque fue publicado en los inicios de esos movimientos que depusieron regímenes autoritarios para, ¿establecer otras dictaduras?
El libro es útil, provocador, bien informado y documentado; necesario para refrescarnos de la óptica simplista islamófoba que abunda y hace tanto daño.
Fawaz Gerges, The Rise and Fall of Al-Qaeda. New York, Oxford University Press, 2011.
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