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martes, 24 de diciembre de 2024

"La ciudad y sus muros inciertos", de Haruki Murakami

La narrativa de Murakami entrelaza el mundo real con el imaginario de un modo sutil, casi inadvertido, sin sobresaltos en el pasaje de uno al otro. Este quizás sea uno de los motivos de su atractivo en tiempos en los que pareciera ser que la ficción está agonizando. Y aquí está, una vez más, Haruki Murakami con una novela extensa, como todas las que escribe, y que además retoma un tema que ya se desarrolló en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, como es el de la ciudad amurallada en la que, además de humanos, vivían unicornios. Con variantes, sí, y con una existencia más real que en la otra versión. 

En esta novela, el protagonista había conocido en tiempos de sus estudios de secundario a una joven de otro instituto que, repentinamente, vuelve a esa ciudad de la que tanto le hablaba en sus salidas. Él busca la llave de ingreso a esa extraña urbe, de pocos habitantes, pero de la que fue conociendo detalles por las narraciones de su novia. 

Aquí se entremezclan historias de quienes se buscan a sí mismos, que tienen sueños que se perdieron, de travesías vitales que tantean en una extraña cartografía sobre quiénes son realmente. El auténtico yo, alojado en esa ciudad. Y como suele ocurrir en los textos de Murakami, hay una búsqueda de sí mismo alejándose hacia pequeños pueblos de Japón, entre las montañas, rehaciéndose desde la reflexión y el afrontar desafíos rayanos en lo mágico.

La literatura japonesa contemporánea tiene un embajador en Murakami, que además de la valía de su propia pluma, permite adentrarse en el bellísimo laberinto de la cultura milenaria del archipiélago oriental.


Haruki Murakami, La ciudad y sus muros inciertos. Buenos Aires, Tusquets, 2024.

sábado, 23 de marzo de 2019

"La muerte del comendador", de Haruki Murakami.

En esta nueva novela de dos tomos, Haruki Murakami despliega -una vez más- su universo en el que se entrecruza lo real con lo fantástico, lo cotidiano con lo extraordinario. A diferencia de las novelas anteriores, en esta se introduce lentamente en una trama que irá envolviendo al lector en la vida del protagonista, un artista plástico dedicado a los retratos por encargo, alejado de la gran urbe por una separación, en una circunstancia que lo involucrará con lo sobrenatural. Murakami tiene la singularidad de saber mezclar los elementos fantásticos y de introducirlos en la narrativa sin forzar las situaciones, permitiendo que cada personaje desarrolle una vinculación propia, casi íntima, con aquello que pertenece a universos no visibles. 
El primer tomo es la gran preparación, el desarrollo hacia el segundo en el que elementos desconocidos irrumpen con fuerza y toman el escenario, dejando pistas de lo que son o pueden llegar a ser.
Los diálogos tienen exquisitez y profundidad: los personajes se desenvuelven en una reflexión sobre sus propias identidades, temores y llegan a vislumbrar sus propios abismos, pero sin precipitarse 
en la pérdida de control.
De allí, pues, la fluidez con la que se desliza la pluma de Murakami, en una danza inteligente de personajes enigmáticos que mantienen la tensión en la lectura.
Los detalles no son banales, guardan un significado que no siempre se devela, pero que sugiere para que la imaginación del lector no sea ofendida con resoluciones simples, bruscas y anticipables.
Esto permite a Haruki Murakami ubicarse entre los autores japoneses que pueden salir con su narrativa más allá del archipiélago, universalizarse sin perder el sabor local ni la cosmovisión que los singulariza, sabiendo conectar lo propio con lo occidental, tan presente en su cultura desde hace siglo y medio.

Haruki Murakami, La muerte del comendador. Buenos Aires, Tusquets, 2018 y 2019.

sábado, 3 de diciembre de 2016

"La caza del carnero salvaje", de Haruki Murakami.

Murakami juega con fronteras difusas, no discernibles, que le permiten pasar de lo trivial y cotidiano al absurdo. Una conversación con el chofer de un mafioso puede tener resonancias metafísicas, un viaje pasa a tener significados iniciáticos, o un animal de apariencia anodina e inocua puede albergar deseos de dominación planetaria. Este paso de una dimensión a otra, no lo hace en modo forzado, sino con una naturalidad asombrosa que cautiva al lector, atrapándolo en el vértigo de las páginas. 
El estilo de Murakami es fluido, con situaciones que están concatenadas y cada una articulada en un sentido general, sin elementos que sobren, más allá de su colorido. Los guiños al lector son frecuentes, estableciendo un diálogo inteligente y hasta pícaro, condimentado con un exquisito sentido del humor. 
El eje que atraviesa la novela es la identidad: ninguno de los personajes tiene un nombre propio, o bien se lo conoce a través de un apodo. Pero no tienen un nombre y apellido. Ni tan siquiera el gato del protagonista tenía un nombre que lo identificara -aquí un guiño al lector japonés, familiarizado con el clásico Yo, el gato de Natsume Sōseki, con un felino protagonista simplemente apodado "gato" por pereza de su dueño-. Pero no sólo no tienen nombre -y esto transcurre sin sobresaltos a lo largo de las páginas-, sino que la individualidad puede ser absorbida por una fuerza externa, siendo las personas utilizadas como meras cáscaras por un tiempo. 
Paralelas a la identidad, las preocupaciones de Haruki Murakami son, una y otra vez, las mismas: la búsqueda del amor y la felicidad, el tedio de la vida moderna, la necesidad de hallar un sentido a la existencia, la fragilidad y la incertidumbre de lo que aparenta ser sólido.

Haruki Murakami, La caza del carnero salvaje. Buenos Aires, Tusquets, 2016.

domingo, 20 de marzo de 2016

"El elefante desaparece", de Haruki Murakami

Fiel a su estilo singular, Murakami despliega su talento en esta serie de relatos en los que entreteje lo cotidiano con lo fantástico, un desplazamiento que se produce sin sobresaltos, con absoluta naturalidad. Desde situaciones prosaicas se pasa al ámbito de lo inesperado, a veces en frecuencia onírica, como si no hubiera muros que separaran a ambos planos de la realidad. Una mujer que simplemente deja de dormir y se apasiona con la literatura rusa en una vida oculta, un empleado en la fábrica de elefantes que hace un trato con un enanito bailarín, un hombre que incendia establos en desuso sin razón aparente, son algunos de los relatos que abarca esta serie. El primero de ellos es el inicio de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, probablemente un esbozo de lo que después desarrolló como novela. Los personajes no tienen nada de extraordinario, no son héroes: son personas comunes, con sus desvelos, errores y tragedias, aburrimientos y secretos. 
Murakami nos muestra que la separación entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo "normal" y lo insólito no es una muralla de difícil paso, sino una débil tela que apenas separa un escenario del otro, y de que cuanto nos rodea puede transformarse en un universo inesperado inadvertidamente. 

Haruki Murakami, El elefante desaparece. Buenos Aires, Tusquets, 2016.

lunes, 11 de noviembre de 2013

"La corrupción de un ángel", de Yukio Mishima.

La corrupción de un ángel es el último libro de la tetralogía El mar de la fertilidad, cuyo hilo unificador es el personaje del juez Shigekuni Honda como testigo. Última obra de Mishima y publicada en forma póstuma -ya que se suicidó en su fallido intento de asonada por la restauración plena del poder imperial-, se advierte que tiene contradicciones en un mismo párrafo o bien un ritmo alborotado, quizás pistas del estado de tensión interior de Mishima en aquellas jornadas previas a su muerte.
Mishima tiene admiración por el mal y la crueldad, no escatima en cincelar a sus personajes con el perfil más perverso y maquinador, que gozan en la desgracia propia y la autodestrucción más degradante. En esta novela, el ya anciano juez Honda decide adoptar como hijo al adolescente Tōru para dejarle su fortuna, además de brindarle educación, inserción en la sociedad y una nueva forma de vida. En el instante de conocerlo, percibió un destello de maldad en este joven. 
Comienza un juego de dos personalidades que avanzan uno sobre el otro, aguardando sus respectivas muertes, mientras Honda resistía acechado por una vejez que le pesaba a diario, y Tōru con un destino de muerte prematura que ignoraba de sus sucesivas transmigraciones. 

Yukio Mishima, La corrupción de un ángel.

miércoles, 17 de julio de 2013

"The Kokugo Revolution", de Paul H. Clark.

Este interesante libro se enfoca en un aspecto pocas veces atendido, como es el de las reformas a la lengua japonesa durante la restauración Meiji, el período en que termina el shogunato y se reestablece al Emperador como figura central de la política del archipiélago. Con el inicio de las etapas de modernización económica, social y política, la educación iba varios pasos atrás por la diversidad lingüística, ya sea regional como estamental, que había entre los japoneses. 
El sistema de escritura oficial kanbun, de origen chino, requería varios años de estudio para llegar a manejar con suficiencia los diez mil caracteres (kanji), por lo que no resultaba práctico para la alfabetización masiva de los niños. Este largo tiempo de aprendizaje impedía dedicar horas al estudio de otros conocimientos considerados necesarios, y tampoco garantizaban la posibilidad de comunicación efectiva entre las distintas regiones, estamentos y oficios. Además del kanbun -del que había variantes-, estaban también los sistemas yomikudashi sōrōbun y wabun, entre otros. A esto, debemos sumarle las variantes orales de cada región. El kanbun había contado con el prestigio de la civilización china pero, asediada por los países occidentales durante el siglo XIX, el antiguo imperio perdía su aire venerable como la gran cultura. Los japoneses comenzaron a mirar despectivamente a la cultura china a partir de la guerra sino-japonesa de 1894-1895, cuando las tropas del imperio insular se impusieron. 
A la par de naciones europeas como Francia y el entonces Imperio Alemán, los gobernantes japoneses y la élite académica tuvieron un vivo debate sobre la lengua y la escritura, suponiendo que un idioma codificado y homogéneo contribuiría al desarrollo del país como la gran potencia de Asia Oriental. 
Maejima Hisoka (1835-1919), traductor del shogunato y buen conocedor del inglés y el holandés, propuso el reemplazo de los kanji por el alfabeto kana, propiamente japonés. Mori Arinori -que en 1885 llegó a ser ministro de Educación- sostuvo que debía utilizarse la lengua inglesa, lo que le valió la crítica implacable durante toda su vida. En 1884, un grupo de intelectuales fundó la Sociedad Rōmaji, que sostenía el uso del alfabeto latino, al que se identificaba como una de las claves del progreso occidental. 
Con el nombramiento de Mori como ministro de Educación, se puso mayor énfasis en la ideología kokugaku como guía de la enseñanza. Esta corriente propugnaba lo estrictamente japonés y procuraba deshacerse de los elementos chinos, teniendo como objetivo la formación de una ciudadanía nipona que fuera absolutamente leal al orden imperial y la religión oficial. También cobró fuerza el movimiento genbun'itchi, que buscaba la unificación de la lengua oral con la escrita.
El personaje intelectual más interesante fue Ueda Kazutoshi, un lingüista que fue discípulo del gran Basil Hall Chamberlain -es tristemente famoso su hermano menor Houston Stewart Chamberlain, un teórico del racismo a comienzos del siglo XX- y que estudió en Leipzig. Basil Hall Chamberlain fue profesor en la Universidad de Tōkyō, un gran académico de la lengua japonesa y que legó su nutrida biblioteca de miles de volúmenes a Ueda. 
Ueda Kazutoshi fue un estudioso sistemático y prolífico de la lengua japonesa, luego funcionario, y que influyó en la adopción posterior del dialecto coloquial de las clases alta y media de la capital imperial, el llamado Tōkyōgo. Este se fue transformando, rápidamente a través del sistema educativo y la prensa, en la lengua nacional, el kokugo.
Otra figura relevante fue Yamada Yoshio, un intelectual conservador que sostuvo que el kokugo tenía un carácter espiritual que lo hacía único, el alma de la nacionalidad japonesa que ligaba a todos al Emperador. Este proceso iniciado en la era Meiji, se continuó en las eras Taishō y Shōwa.
El libro es relevante para comprender el proceso de construcción desde el poder del nacionalismo, una arquitectura de símbolos que despiertan sentimientos artificialmente creados desde un laboratorio de ingeniería social, puesto que no brotaron espontáneamente por la libre interacción entre los individuos.

Paul H. Clark, The Kokugo Revolution: Education, Identity, and Language Policy in Imperial Japan. Berkeley, Institute of Asian Studies, 2009.

sábado, 8 de junio de 2013

"Hong Kong, Empire and the Anglo-American Alliance at War, 1941-1945", de Andrew J. Whitfield.

Hong Kong fue la primera pieza colonial que los británicos lograron en China tras la guerra del opio, concluida con el Tratado de Nanking, que dio inicio a la era de los tratados desiguales de extraterritorialidad. La isla fue cedida "a perpetuidad", en tanto que en 1898 se obtuvieron los llamados "Nuevos Territorios", en el continente frente a la ínsula, hasta 1997.
Los británicos libraron la guerra en forma solitaria contra Alemania tras la rendición francesa, hasta que las tropas de Hitler invadieron en junio de 1941 la Unión Soviética, en tanto que en Asia Oriental la guerra golpeó al viejo imperio con el ataque japonés a Pearl Harbour. Simultáneamente, los japoneses atacaron Hong Kong, en diciembre de 1941, en tanto que luego avanzaron hacia las colonias británicas en Malasia, Singapur y Birmania.
A fines de 1941, el primer ministro Winston Churchill se negó a enviar más tropas para la defensa de Hong Kong, ya que hubiera significado distraer tropas necesarias en la guerra en Europa, así como era imposible defender esa posición. Tras dos semanas de combate, los japoneses tomaron la ciudad, tras luchar contra soldados británicos y canadienses allí apostados.
No obstante, Churchill y Anthony Eden, a cargo del Foreign Office, se empeñaron en preservar el status de Hong Kong como parte integral del imperio británico ante las exigencias del gobierno nacionalista chino en Chungking, al mando del Generalísimo Chiang Kai-shek.
Comenzó un juego de posiciones en vista al futuro entre Chiang Kai-shek, Churchill y Franklin Delano Roosevelt.
Whitfield sostiene que había un amplio consenso en la élite británica, formada en los mismos centros de estudio, de preservar al imperio. Incluso había consenso entre conservadores y laboristas, ya que sus diferencias se limitaban a la vida interna de la metrópoli. Sin embargo, había visiones encontradas entre los funcionarios del Foreign Office, de gran prestigio, y el Colonial Office, entonces a cargo de Oliver Stanley, un tory cercano a Neville Chamberlain. De acuerdo al autor, el deseo de recuperar Hong Kong era por motivos de prestigio nacional y no por objetivos económicos, ya que la colonia comenzó a despegar como un gran centro financiero internacional después de la segunda guerra mundial. Posiblemente así haya sido, ya que las cancillerías europeas se guiaban por lo que los austríacos llamaban la Prestige Frage, la cuestión de prestigio.
Franklin D. Roosevelt tenía su propia política exterior, de la que tenía apartado al secretario de Estado Cordell Hull, a quien ni siquiera llevaba a las conferencias internacionales como las de El Cairo y Teherán, ambas cruciales, en 1943. Si bien demostraba querer desarticular los imperios coloniales de franceses y británicos, tampoco podía hacer una declaración formal, ya que precisaba la alianza británica. Asimismo, Churchill sabía que también necesitaba a los Estados Unidos durante la guerra, por lo que ambos evitaban el enfrentamiento por la cuestión colonial antes de que finalizara la conflagración contra el Eje. Chiang Kai-shek, cuyo gobierno se caracterizaba por su corrupción desenfrenada y el enriquecimiento de su entorno, jugó con la carta estadounidense todo lo que pudo, solicitando más préstamos y armamento, a pesar de que su desempeño militar era deplorable ante las tropas japonesas. Roosevelt intentaba presentar a Chiang Kai-shek como un líder de proyección mundial, así como un hombre de concepciones democráticas, en lo que era acompañado por la prensa de los Estados Unidos. Asimismo, el gobierno de Estados Unidos no dejaba de ver a los británicos como imperialistas y, de tanto en tanto, no dejaban de recordar la guerra del opio. A esto, los funcionarios del Foreign Office tampoco se permitían olvidar que, contemporáneamente a esa guerra con el Imperio Chino, los Estados Unidos emprendieron la expansión hacia el Pacífico a expensas de México.
En 1943, el Reino Unido firmó un tratado con China por el cual se cancelaba la extraterritorialidad, un hecho altamente simbólico aunque sin contenido práctico, ya que los puertos involucrados estaban en posesión de los japoneses. Inicialmente, la postura de Chiang Kai-shek era agregar a Hong Kong en este tratado, sobre todo a los Nuevos Territorios, pero la posición británica había mejorado en 1942 con triunfos militares en la guerra europea. Si bien muchos ingleses suponían que tras la guerra no lograrían recuperar el imperio, la ¿tozudez o tenacidad? de Churchill llevó a muchos, poco a poco, a recobrar la esperanza. El mejor aliado para la recuperación de Hong Kong, paradojalmente, fue el mismísimo Chiang Kai-shek, al poner en evidencia su impericia militar y política, puesto que ni siquiera tenía pleno control de su gobierno en Chungking. De hecho, cuando estuvo de visita en la Conferencia de El Cairo, en donde se reunió con Roosevelt y Churchill, hubo un intento de golpe de Estado en la capital de la China nacionalista, en el que habrían participado sus familiares políticos de la familia Soong. Chiang tenía escaso conocimiento de la política exterior y no hablaba en inglés, siendo la traductora su esposa, Madame Chiang, que probablemente cambiaba el contenido en uno y otro sentido. El hermano de Madame Chiang no era otro que T. V. Soong, el ministro de Relaciones Exteriores de Chiang, y una de sus hermanas estaba casada con el Dr. Kung, ministro de Finanzas, considerado el hombre más rico de China y, quizás, del mundo...
La posición de Chiang dependía enteramente de su aliado estadounidense, hecho del cual Roosevelt era plenamente consciente y lo utilizaba. En la Conferencia de El Cairo, el presidente Roosevelt había prometido a Chiang llevar una ofensiva en Birmania para abrir una ruta hacia China en el sur. En la Conferencia de Teherán dejó a un lado esta promesa y se plegó al pedido de Stalin y Churchill de impulsar el desembarco en Normandía en 1944, para abrir un frente occidental ante Alemania. El autor contrapone, una y otra vez, la diferencia operativa entre ambos gobiernos: Churchill debía elaborar un amplio consenso en un gobierno de unidad nacional y mantener el apoyo parlamentario, así como elaborar las líneas de acción con el Foreign Office y el Colonial Office. Roosevelt, en cambio, concentró en su persona una gran masa de poder y consultaba sólo a sus amigos más cercanos sobre la estrategia a seguir, sin dar espacio al Departamento de Estado y, ni siquiera, al vicepresidente. Aceptó a regañadientes que Louis Mountbatten, británico, estuviera al frente del SEAC, el South East Asia Command; pero tanto el almirante Nimitz como el general MacArthur procuraron reducir toda importancia a la presencia inglesa en la ofensiva contra los japoneses en el Océano Pacífico.
El gobierno británico priorizó la guerra en Europa, aun cuando no dejaba de insistir en que Hong Kong era parte de su territorio. Prueba de su interés por el enclave en Asia Oriental fue la creación, en agosto de 1943, del Hong Kong Planning Unit (HKPU), que tenía a su cargo la preparación para el gobierno colonial en cuanto se expulsara a los invasores japoneses. Sus funcionarios fueron pensando, durante la guerra, cómo habría de ser el porvenir de Hong Kong.
En la Conferencia de Yalta de 1945, en la que participaron Roosevelt, Churchill y Stalin, se establecieron los grandes lineamientos del mundo de la posguerra. Roosevelt hizo grandes concesiones a la Unión Soviética no sólo en Europa, sino también en Asia a expensas de China y Japón -sin saber de qué se trataba, dio el visto bueno a la toma de las islas Kuril-. Esto disminuía aún más la posición de Chiang Kai-shek, a quien no sólo no se le consultaba sobre estas concesiones, sino que además había demostrado una vez más sus falencias ante la Operación Ichigo, la ofensiva japonesa en China continental. Si bien el Generalísimo nacionalista una y otra vez daba a entender que expulsaría a los japoneses de Hong Kong, era claro que sus posibilidades eran nulas. 
El viraje de la política exterior estadounidense tuvo lugar con el fallecimiento de Roosevelt quien, a pesar de su enfermedad, no dejó instrucciones ni testamento político. Su sucesor, el vicepresidente Harry Truman, cambió la posición con respecto a la Unión Soviética y apoyó la postura británica de recuperar Hong Kong. El consenso de conservadores y laboristas sobre el imperio quedó en evidencia cuando a mitad de la Conferencia de Potsdam hubo recambio de primeros ministros: Winston Churchill había sido batido en las urnas por Clement Attlee, que no varió en un ápice la visión hasta entonces sostenida en el escenario internacional.
A fines de agosto de 1945, tras la rendición del imperio japonés por órdenes de Hirohito, el ejército invasor entregó la posesión de Hong Kong a los británicos, sin que Chiang Kai-shek pudiera hacer nada. Este enclave se convirtió, con el triunfo de la República Popular China, en una puerta de entrada e información para el espionaje durante la guerra fría.

Andrew J. Whitfield, Hong Kong, Empire and the Anglo-American Alliance at War, 1941-1945. New York. Palgrave, 2001.

lunes, 29 de abril de 2013

"Mil grullas", de Yasunari Kawabata.

Kawabata juega con sus personajes, los hace vivir intensamente en los detalles sutiles, los hace gozar, sentir, amar y sentir dolor. Y cada uno de ellos, casi sin quererlo, va exhibiendo los pliegues de su personalidad, sus ricas complejidades, en un delicado entramado como el de Mil grullas. Kikuji, un hombre de 25 años, visita en una ceremonia del té a una antigua amante de su padre, la señorita Chikako, que permaneció soltera por -quizás sí, quizás no- tener una mancha que cubría la mitad de su seno izquierdo. El padre de Kikuji, el señor Mitani, luego frecuentó a la señora Ota, viuda y con una hija, hasta que falleció.
Kikuji se hallará enredado en la espesa relación que dejó su padre al morir, y el escenario se desarrollará en torno a la ceremonia del té, tan importante para su progenitor. Así, conocerá a la hija de la señora Ota, Fumiko, en tanto que Chikako procurará que Kikuji contraiga matrimonio con una joven llamada Yukiko, que llevaba un pañuelo con mil grullas el día en que la conoció.
Novela que navega en el erotismo, sugerente, de profunda densidad, que recorre cada página con naturalidad. 
Una obra maestra de Yasunari Kawabata.

Yasunari Kawabata, Mil grullas. Buenos Aires, Emecé, 2003.

sábado, 23 de febrero de 2013

"Eastern Destiny", de Patrick March.

El libro de Patrick March sobre la expansión asiática del antiguo principado de Moscovia, luego Imperio de Rusia y, ya en el siglo XX, la Unión Soviética, nos abre las puertas a un ángulo poco visitado en los estudios universitarios.
Bien señala el autor que el punto de partida fue con el príncipe de Moscovia Iván III que, al hacer suya la cosmovisión césaropapista del caído Imperio Bizantino, desplegó sus fuerzas hacia los cuatro puntos cardinales. No sólo comenzó a liberar a los rusos de la dominación mongola de la Horda de Oro, sino que además los unificó en torno a su concepción autocrática.
El primer Zar Iván IV, nieto de Iván III, otorgó las primeras concesiones más allá de los Urales, así como conquistó Kazán y llegó a las orillas del Mar Caspio. El único puerto de acceso al comercio con ingleses y holandeses que tenía Rusia era Arjangelsk, en el norte, y el principal producto de exportación eran las pieles, por lo que para mantener ese tráfico se lanzaron hacia el Oriente. Los buscadores de pieles no eran cazadores, sino que obligaban a los pueblos locales -no eslavos, sino tunguses- a dárselas como tributo bajo amenazas y secuestros. 
En la expansión asiática, los rusos tuvieron cuidado de mantenerse al norte de la estepa, poblada por mongoles y turcomanos, pueblos bien organizados y guerreros con los que no hubieran podido enfrentarse victoriosamente. En el siglo XVII alcanzaron las costas del Mar de Ojotsk y llegaron a la península de Kamchatka, tomando el primer contacto con los japoneses. 
La expansión chocó con las fronteras del imperio chino, entonces gobernado por la dinastía Qing, de origen manchú. Las relaciones con el imperio celestial eran complejas, puesto que el Hijo del Cielo y su corte suponían que las otras naciones les rendían tributo, por lo que no podían negociar como pares. Aun así, se arribaron a algunos tratados de índole comercial y de fronteras, como el de Nerchinsk en 1689, Kiajta en 1728 y Kuldja en 1851. Cuando el imperio de los Qing comenzó a demostrar su debilidad frente a las naciones occidentales a partir de la guerra del Opio, los rusos presionaron para establecer la frontera Amur-Ussuri, otorgando al imperio de los zares vastas regiones que teóricamente habían estado bajo dominio manchú.
Muy diferente fue el trato con el imperio japonés. Ya antes de salir de su aislamiento, los japoneses fueron advertidos del avance ruso en las costas del Pacífico norte, por lo que iniciaron sus exploraciones de las islas del norte, como Sajalin y las Kuril, entonces únicamente habitadas por los Ainu. Por el Tratado de Shimoda, de 1855, las islas sur de las Kuril se reconocieron a Japón de Iturup (al sur), y las del norte a Rusia (de Urup al norte). Sobre la isla Sajalin no se llegó a ningún acuerdo, estableciéndose un condominio con acceso para las dos partes. El ministro japonés Soejima Taneomi impulsó la compra de Sajalin en 1872, a propuesta del secretario de Estado William Seward, por dos millones de yenes de oro. También propusieron la partición de la isla, en vano.
Por el Tratado de San Petersburgo de 7 de mayo de 1875, la totalidad de Sajalin fue reconocida a Rusia y las Kuril a Japón.
La expansión llegó al estrecho de Bering y cruzó hacia Alaska. El zar Pablo I otorgó la cédula a la Compañía Ruso-Americana que, a pesar de tantos esfuerzos, siempre fue deficitaria. El zar Alejandro II comprendió que las costas del Pacífico norte eran sumamente vulnerables ante un posible ataque naval franco-británico, tal como lo aprendió durante la guerra de Crimea, y por ello decidió vender la región de Alaska al gobierno de los Estados Unidos en 1867. Otro problema vital que enfrentaban los exploradores y pobladores rusos era el déficit alimentario, puesto que no podían sobrevivir sólo de la caza y la pesca como los pobladores nativos. 
El siglo XIX fue también el escenario de la expansión hacia el Asia Central, conquistando o declarando "protectorados" a los antiguos janatos como Kokand, Jiva y Bujara. Aquí chocaron con la presencia británica con asiento en la India -lo que se conoció como el "Gran Juego" o "Torneo de Sombras"- y con la dinastía Qing, que estaba presente en el Xinjiang. Presionados por el juego de estos tres imperios, los pueblos turcomanos lucharon por mantener sus estados independientes, como la breve Kashgaria de Yakub Beg, a fines de la centuria decimonónica. Eran escaques que iban siendo ocupados en una partida implacable y silenciosa, que se prolongó hasta inicios del siglo XX. 
Fue clave en ese avance hacia el Oriente la construcción del ferrocarril Transiberiano, empresa arriesgada que conectó a la Rusia europea hasta el puerto de Vladivostok, atravesando estepas, bosques y lagos.
La presencia rusa fue contenida en Asia Oriental por la expansión japonesa en Manchuria y Corea, en donde libraron la guerra ruso-japonesa ante la impotencia de la dinastía Qing, en la que los rusos perdieron el sur de Sajalin (Karafuto para los japoneses). La situación china se enervó aún más con la proclamación de la república y el consiguiente período de la guerra civil, circunstancias que fueron utilizadas por los japoneses para la instauración del régimen de Manchukuo en 1932. También la Mongolia Exterior tuvo una curiosa autonomía tutelada primero por la Rusia zarista y luego la Unión Soviética, hasta que tras la segunda guerra mundial se reconoció su independencia.
Tras la revolución bolchevique de 1917, la Rusia asiática estuvo bajo dominio del ejército blanco durante la guerra civil, contando con el apoyo de los legionarios checos y de asistencia militar de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón. La fragilidad y volatilidad de esa vasta región queda en evidencia por la creación de entidades ficticias como la supuesta monarquía constitucional del Jebtsundamba Khutukhtu en Mongolia bajo amparo soviético, la proclamación de la breve "República del Lejano Oriente" presidida por Aleksandr Krasnoshchiokov, la paradójica "República de Tuva": todos fantasmas que, finalmente, cayeron bajo la órbita directa de la Unión Soviética. 
El Tratado de Neutralidad firmado por la Unión Soviética y Japón en 1941 fue de gran ayuda para Stalin durante la gran conflagración mundial, puesto que debió hacer frente a la invasión alemana en su flanco europeo. Tras la conferencia de Potsdam, la URSS declaró la guerra a Japón e invadió rápidamente Manchuria y el norte de la península coreana, así como ocupó la totalidad de Sajalin y las islas Kuril. La anexión de esta cadena insular sigue siendo el principal obstáculo para el tratado de paz entre ambas naciones, que no tienen importancia económica pero sí son de valor estratégico como barrera natural ante un eventual ataque naval a las costas rusas en el Mar de Ojotsk. Durante la guerra fría, esta región no sólo fue clave por su proximidad a los Estados Unidos, sino porque también fue la base de operaciones de la Armada soviética, cuyo puerto de submarinos nucleares en el Pacífico se halla en Petropavlovsk, en la costa oriental de Kamchatka
El libro es rico en detalles, brinda un panorama amplio sobre la expansión rusa en Asia, en donde el águila bicéfala cobija bajo sus alas un tercio del continente.

Patrick March, Eastern Destiny. Russia in Asia and the North Pacific. Westport, Praeger, 1996. 

sábado, 15 de septiembre de 2012

"Hirohito and the Making of Modern Japan", de Herbert Bix.

El Emperador Hirohito (1901-1989) de Japón es una de las figuras más controvertidas de la segunda guerra mundial. Por un lado, están quienes afirman que estuvo fuertemente involucrado en las decisiones que llevaron a su nación a la invasión a Manchuria, China y la guerra en el Pacífico contra Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda; por el otro, quienes niegan este protagonismo y lo colocan como un monarca que sólo a último momento, cuando las bombas atómicas asolaron Nagasaki e Hiroshima, intervino para detener a las tropas. El libro de Herbert Bix se inscribe en esta segunda corriente.
Heredero de la estructura imperial de la restauración Meiji, su padre el emperador Yoshihito (era Taishō) fue una figura débil y enferma que formalmente reinó en el breve período de 1912 a 1926, pero que en sus últimos cinco años precisó la regencia de su hijo Hirohito. Desde muy joven recibió una educación marcial, política y religiosa con la impronta idealizada de su abuelo Meiji, cuyo modelo debía emular. Heredero de la ideología imperial del kokutai, que ponía en el monarca el centro de las decisiones políticas, económicas y militares de Japón, Hirohito recibió una larga educación en los principios que sustentaban la Constitución Meiji de 1889. De acuerdo a esta carta constitucional, que tomó el modelo prusiano de la época, el primer ministro era responsable sólo ante el Emperador; la Dieta imperial se reunía brevemente para aprobar impuestos y el presupuesto, en tanto que las Fuerzas Armadas estaban bajo la órbita directa del monarca, sin injerencia civil. 
Hirohito, al asumir formalmente como emperador, quiso desvanecer el recuerdo de fragilidad de su padre y antecesor, vinculándose directamente con el recuerdo -imaginario- de la era Meiji, en tiempos en que en el mundo estaba cobrando vigencia el auge del fascismo. El ejército japonés en Kwantung, en la península de Liaodong (Manchuria) tomó por su cuenta la iniciativa bélica de asesinar al señor de la guerra de Manchuria, Chang Tsu lin, y luego, en 1931, provocó deliberadamente el incidente del ferrocarril de Manchuria del sur para comenzar la invasión a esa región y posterior creación del estado títere del Manchukuo. De hecho, el ejército de Kwantung tomó sus propias decisiones sin consultar ni avisar previamente al gobierno de Japón, ni siquiera a su inmediato superior, el Emperador. 
Desde el asesinato del primer ministro Inukai, el ejército y la Armada japonesa se vieron agitados por la lucha de dos facciones, ambas militaristas: la del Control, que mantenía la estructura de la Constitución Meiji, y la de la Vía Imperial, que sostenía que el Emperador debía gobernar directamente. Lo cierto es que el emperador Hirohito siempre sostuvo a los de la primera corriente, hecho que se reforzó cuando en 1936 los partidarios de la Vía Imperial intentaron dar un golpe de Estado y, probablemente, hubiesen entronizado a su hermano menor Chichibu como Emperador. En 1936, Japón firmó el Pacto Anti Komintern con la Alemania nazi, al que se adhirió al año siguiente la Italia fascista.
En 1937, el ejército de Kwantung provocó una nueva guerra contra el régimen nacionalista chino de Chiang Kai-shek, con el fin de invadir el norte y la costa de ese país. Con los ataques a Shanghai y la masacre de Nanjing, el ejército japonés se involucró de lleno en una guerra de ocho largos años, instalando el régimen títere de Wang Ching-wei (o Wang Jingwei), proveniente del "ala izquierda" del Kuomintang.
Como bien señala Bix, a partir de la invasión japonesa a China, Hirohito comenzó a involucrarse en las decisiones estratégicas. 
Cuando en 1940 y 1941 las tropas japonesas llegaron a la Indochina francesa, primero ocupando el norte y luego el sur, creció la tensión con Estados Unidos y Gran Bretaña. Los países occidentales interpretaron que los japoneses se estaban preparando para una ofensiva contra Malasia, Singapur y Birmania (colonias británicas), las Indias Orientales Holandesas (la actual Indonesia) y Filipinas (bajo protección de los Estados Unidos). Ante esto, el gobierno de Franklin D. Roosevelt impuso fuertes sanciones económicas para ahogar a Japón, prohibiendo la exportación de petróleo al país asiático. 
En abril de 1941, el gobierno japonés firmó un pacto de neutralidad con la Unión Soviética, aun cuando en sus hipótesis de conflicto se tenía al coloso socialista como el enemigo número uno. Es claro que se prefería terminar con la conquista de China para abrir, luego, un nuevo frente en el norte. Cuando los alemanes invadieron a la URSS, sin avisar a Japón, los sectores más belicistas propusieron atacar Siberia pero el Emperador Hirohito los detuvo, consciente del suicidio que hubiese significado.
La decisión de atacar simultáneamente Pearl Harbor, en Hawaii, Malasia y las Indias holandesas fue tomada por el gobierno japonés con la anuencia de Hirohito, según Herbert Bix. El argumento fue que se les estaban acabando las reservas de petróleo y, por consiguiente, buscaban ganar tiempo antes de que los Estados Unidos tuvieran la capacidad de rearmarse. Es claro que los japoneses se enamoraron fatalmente de dos hipótesis falsas: la primera, que Japón era una tierra divina; la segunda, que todo se podía definir en una batalla naval decisiva, como ocurrió en el estrecho de Tsushima en la guerra ruso-japonesa. Ambas presunciones demostraron ser equivocadas. Señala Bix que Hirohito no estaba del todo convencido del ataque a Pearl Harbor.
Hirohito demandó a la Armada esa batalla decisiva que nunca ocurrió. El rearme occidental fue más rápido de lo que los japoneses supusieron, así como también comenzó el retroceso alemán en sus distintos frentes de guerra en Europa y África. Cabe señalar que en ningún momento hubo una coordinación de los países del Eje durante la guerra; de hecho, hubo dos guerras simultáneamente, una con el escenario en el Pacífico, y la otra en Europa y el norte de África.
En 1945, durante la conferencia de Potsdam, los países aliados exigieron la rendición incondicional de Japón. Según Bix, el único interés del Emperador era mantener el régimen del kokutai inalterado. Con las dos bombas atómicas y la declaración de guerra por parte de los soviéticos, finalmente el Emperador se rindió públicamente ante las fuerzas aliadas y ordenó el cese de fuego al Ejército y la Armada.
Los países vencedores reconocieron como comandante supremo de las fuerzas aliadas al general Douglas MacArthur, quien se instaló en el archipiélago desde fines de agosto de 1945 hasta 1951, cuando fue sucedido por Ridgway. Rápidamente comenzó su tarea de desmilitarizar y democratizar al Japón, estableciendo una buena relación con Hirohito. MacArthur se empeñó en no considerar al Emperador como criminal de guerra desde el inicio. Hirohito fue un elemento clave para la desmilitarización y desmovilización de las tropas, así como un aliado firme para la preservación del orden en una sociedad devastada y desmoralizada. Si bien el Emperador quiso conservar su protagonismo político, el esquema constitucional que impusieron las fuerzas aliadas lo convirtió en un símbolo de la unidad de la nación, y ya no el centro de la vida política y militar. Asimismo, MacArthur presionó para que Hirohito hiciese su célebre "declaración de humanidad". El carismático general fue el arquitecto de la monarquía constitucional japonesa que está vigente desde entonces.
Durante los juicios de Tokyo, apenas se mencionó a Hirohito, pero en ningún momento fue llamado a declarar como testigo. Las presiones para su abdicación a favor de su hijo, el príncipe Akihito, fueron menguando tras el tratado de paz firmado en 1952 en San Francisco. 
Hacia el final del libro, Bix carga las tintas contra el Emperador, con lo cual pierde el equilibrio que se puede leer en los capítulos anteriores. 
El libro de Herbert Bix es altamente recomendable y sugiero su lectura, aun cuando no comparta muchas de sus apreciaciones. Es un esfuerzo académico serio, de envergadura, para aproximarse y comprender lo poco que se puede conocer de esta figura enigmática que, con habilidad, supo rehacerse políticamente tras la derrota en la segunda guerra mundial.

Herbert Bix, Hirohito and the Making of Modern Japan. Londres, Duckworth, 2001. ISBN 0 7156 3077 6

sábado, 7 de julio de 2012

"Nicolas II", de Hélène Carrère D’Encausse.

Siempre es bueno retornar a viejas lecturas tras diez, quince o veinte años. Este es el caso con Nicolas II, de Hélène Carrère D’Encausse, libro que no fue traducido al castellano como sí lo fueron otros de la conocida autora francesa, especialista en historia rusa. 
Al recorrer las quinientas páginas de la biografía, uno halla que el último zar fue una persona desafortunada en lo personal y lo político. Ya conocemos su trágico final, el sello que termina de marcar una existencia de pocos momentos felices.
Nicolás II fue el heredero de la autocracia rusa en la que los zares se empeñaron en mantener las riendas del imperio más extenso del mundo, a la par que intentaron modernizarlo económicamente. Su extensión era su principal fortaleza y, a la vez, su gran debilidad.
La gran oportunidad para el inicio de una monarquía constitucional fue en 1825, con el intento fallido de los decembristas; empero los zares lograron imponer el régimen autocrático. Las fallas de este sistema, sin embargo, se hicieron evidentes en la guerra de Crimea, en la que los rusos fueron derrotados por la coalición de turcos, británicos, franceses y piamonteses. Tras esta contienda bélica y con la llegada al trono del nuevo zar Alejandro II,  se dio el comienzo a una serie de reformas que fueron auspiciosas. El zar libertador fue quien terminó con la servidumbre, aun cuando establecía un pesado régimen de indemnizaciones a los antiguos propietarios. Reformó sustancialmente el poder judicial, acercándolo a los parámetros de Occidente. Propició la formación de los zemstva, asambleas regionales, en las que despuntó un tímido retoño de la representación. No obstante este camino emprendido, la intelligentsia rusa se sentía cada vez más próxima a ideas radicales como la de los narodnik, que promovían la ruptura con la modernidad y tenían una visión idílica de la vida campesina, que tan bien supieron retratar las plumas magistrales de Turgeniev y Dostoyevski. El zar Alejandro II murió en un atentado en 1881, con lo que la política de reformas se vio cercenada de su principal impulsor. Su hijo Alejandro III, dio un gran giro a la autocracia. La muerte de Alejandro II despertó a las fuerzas más siniestras que llevaron adelante los pogroms de 1881 y 1882 contra la numerosa población judía, que sufrió una deliberada política de aislamiento, persecución y discriminación. 
Alejandro III continuó la política de modernización económica que llevaba adelante su padre. De la guerra de Crimea, había resultada clara la debilidad económica y social del gran imperio, por lo que se precisaban capitales para invertir en ferrocarriles, comunicaciones y fábricas. El nuevo zar estableció la alianza con la III República francesa ante el surgimiento del II Imperio Alemán, motorizado por la ascendente Prusia. Este autócrata en ningún momento se preocupó seriamente por la formación de su hijo, el zarevich, el heredero Nicolás, que pasó su juventud en el ejército y entretenido en la frivolidad. A sugerencia del gran político Sergei Witte, el zarevich Nicolás viajó con un séquito por Asia, y fue en Japón donde tuvo una experiencia que lo marcó: un japonés le dio un gran golpe en la cabeza. Desde entonces, sintió una gran repulsión y desdén por el mundo nipón. 
Alejandro III murió en 1894 y Nicolás II asumió el trono a los veintiséis años, inexperto pero con la idea firme de preservar la autocracia. Así había sido formado por el jurista Pobiedonóstsev, procurador del Santo Sínodo y uno de los principales ministros de su padre. Se casó con Alexandra, princesa de origen alemán, que se bautizó según el rito bizantino para ser admitida. 
El gran ministro de finanzas de Nicolás II fue Sergei Witte, que llevó adelante una ambiciosa política ferroviaria, estableció el patrón oro y mejoró significativamente las cuentas del imperio, atrayendo los capitales occidentales. Fue, al decir de Carrère D’Encausse, el "Colbert de Rusia". Pero él comprendía que los cambios económicos y sociales debían ser acompañados por una transición al constitucionalismo, lo que Nicolás II rechazaba. El zar consideraba que su misión le había sido otorgada por Dios y que, por consiguiente, no estaba en sus manos cambiar la naturaleza de la autocracia. A esta idea se aferrará hasta sus últimos momentos.
Rusia, pues, se modernizaba aceleradamente, pero mantenía congelada la autocracia política. Se expandía la alfabetización, crecía la clase media, mejoraban lentamente las condiciones de vida, pero se mantuvo firme la política represiva. 
La guerra ruso-japonesa de 1904-1905 alterará ese mundo. Nicolás II llamaba "simios" a los japoneses, por lo que minusvaloraba el poder del imperio del sol naciente. La autora recuerda los primeros instantes de fervor patriótico en la población, tiempos en que el zar y su familia eran aclamados en cada aparición pública. Este entusiasmo se desvaneció con las primeras derrotas en Oriente. En enero de 1905, cuando el monje Gapon llevó a un numeroso grupo de obreros al palacio del Zar a solicitar la reincorporación de algunos trabajadores que habían sido despedidos y fueron reprimidos, comenzó una revolución que se anticipó en doce años a la que abolió el imperio. En plena guerra, la situación interna demostró el profundo rechazo a la autocracia y Nicolás II debió conceder la creación de una Duma que, si bien no tendría las funciones propias de un Parlamento, era el embrión del mismo. Nuevamente debió acudir a la sapiencia de Sergei Witte, quien negoció un exitoso acuerdo de paz con Japón en Portsmouth, evitando el pago de indemnizaciones. Fue por ello que fue nombrado primer ministro en esa etapa de transición. Witte fue breve en el cargo de jefe de gobierno, porque entendía que debía transitarse al constitucionalismo, por lo que fue reemplazado por Stolypin, un personaje interesante que ocupó el cargo hasta 1911, cuando fue asesinado. Piotr Stolypin se embarcó en una importante reforma agraria que otorgaba la propiedad de tierras a campesinos, con el objetivo de crear una clase media en el campo que fuera emprendedora, conservadora y alejada de los devaneos revolucionarios. De haber continuado en el tiempo con esa política, quizás la historia de Rusia hubiese sido completamente diferente. Nicolás II hizo cuanto pudo para evitar dar más poder a la Duma y los zemstva, en donde convergían los partidos políticos que habían sido autorizados. Stolypin se las ingenió para que la tercera y cuarta Duma fueran más propicias a las políticas gubernamentales, alterando el sistema electoral e incluso negando la representación a regiones díscolas, como el Asia central. No obstante, y visto desde la perspectiva del tiempo, fue una transición lenta que pudo haber tenido un final feliz. 
Pero fue la primera guerra mundial la que sepultó a los grandes imperios en Europa. Rusia estaba fuertemente comprometida por su alianza con Francia y Gran Bretaña y se embarcó en esta contienda mundial, a la que todos suponían que sería breve. Nicolás II cometió el gravísimo error de asumir el mando del ejército en el frente contra Alemania y Austria-Hungría, por lo que las derrotas se le adjudicarían directamente a él. Asimismo, dejó el gobierno en manos de la emperatriz Alexandra, cuyo origen alemán la convertía en motivo de rumores y acusaciones de traición. Acompañada y asesorada por Rasputín, el microclima de histeria mística de la emperatriz la llevó a cometer muchos errores e influyó en decisiones de Nicolás II. Y es que Rasputín, un personaje extraño, era el único que podía contener el sufrimiento del zarevich Alexis, enfermo de hemofilia. Demostración de la falta de tacto político de la zarina y su mentor, es que nombró a Boris Stürmer como jefe de gobierno en 1916: su apellido alemán no hizo más que alimentar la convicción popular de la traición. En este ambiente de rumores, derrotas y conspiraciones, Rasputín fue asesinado por miembros de la familia real en diciembre de 1916. A pesar de las crecientes exigencias por una constitución, el zar permaneció sordo a esos reclamos y persistió en la autocracia, que pretendía legar intacta a su hijo en el futuro.
Será en febrero de 1917 cuando una huelga de obreras de Petrogrado desate una ola de insurrección generalizada en la capital, que contagiará al resto de las grandes ciudades y al ejército. La falta de alimentos, la crudeza del invierno, las acusaciones de traición, las derrotas en el frente no hicieron más que demoler los cimientos del imperio zarista. En esto colaboraron activamente los alemanes, deseosos de expandirse hacia el Este, y por ello solventaron económicamente a los bolcheviques, que desde 1914 con Lenin a la cabeza buscaban la derrota de Rusia en la guerra.
Los liberales del partido Demócrata Constitucional, presentes en la Duma, propusieron un gobierno provisional para evitar que cayera en manos de los sectores revolucionarios. Hicieron los últimos intentos de proclamar una monarquía constitucional, e incluso sugirieron que Nicolás II abdicara a favor de su hijo Alexis, con una regencia de su tío Miguel hasta la mayoría de edad. El zar abdicó en su nombre y en el de su hijo enfermo, a favor de su hermano Miguel, que no aceptó la corona. Aquí, el autócrata fue consciente de que hijo no estaba en condiciones de asumir la responsabilidad y actuó como padre. La familia real quedó, entonces, confinada en Tsarskoie Selo esperando partir al exilio y para ello se abrieron negociaciones -infructuosas- con Gran Bretaña y Dinamarca. Los gobiernos provisionales se fueron sucediendo unos a otros, cobrando importancia la figura de Kerenski, de los socialistas revolucionarios. El gobierno se desplomaba, el ejército era sacudido por nuevas derrotas y estaba hundido en la indisciplina, los soviets tomaban cada vez más fuerza y Lenin abogaba por la toma del poder. Será en noviembre de 1917 -octubre en el calendario juliano- que los bolcheviques tomarán el poder e irán estableciendo las bases de un nuevo régimen que pretendía borrar todas las huellas del antiguo régimen y de la experiencia semiconstitucional de la Duma. En julio de 1918, el zar y su familia fueron ejecutados en la casa Ipatiev, en Iekaterinburgo, en donde estaban prisioneros, para que la oposición a los bolcheviques no tuviera una figura a la cual rendir lealtad. 
Hélène Carrère D’Encausse señala que con el golpe de Estado bolchevique, Nicolás II comprendió que había cometido un gran error al abdicar para lograr la paz interna. Sin embargo, ya era tarde para una restauración. Tampoco alimentó deseos de retornar al trono. 
De las páginas de esta biografía, surge una personalidad que hubiera sido un gran monarca constitucional de haber comprendido que ese era el mejor camino para Rusia. Atribulado por el peso de la herencia y angustiado por la enfermedad de su hijo, se aferró a lo que creyó que era su destino, con un fin trágico para él, los suyos y su país.

Hélène Carrère D’Encausse, Nicolas II. La transition interrompue. París, Hachette, 1996.

martes, 8 de noviembre de 2011

"1Q84" libro 3, de Haruki Murakami

Quien ya haya leído alguna de las obras de Haruki Murakami, no se sorprenderá al saber que esta es una de esas novelas que generan adicción al lector, que queda atrapado desde las primeras páginas y no quiere abandonar el libro hasta concluirlo.
La parte 3 de 1Q84 es la conclusión de la historia de Aomame y Tengo, envueltos en una extraña historia en la que la "realidad" se entrelaza con aquello que parece ser una fantasía literaria creada por una escritora adolescente. En el libro 3, aparece como nuevo protagonista Ishikawa quien, ya en el libro 2 había insinuado su presencia como un personaje secundario.
¿Qué me gusta de este libro? Que no tiene todas las respuestas, que deja librada a la imaginación del lector un sinfín de interrogantes, que confía en la reflexión que debe seguir a todo libro que se ha concluido. Haruki Murakami es un autor brillante, incitante, que con humor y una prosa extraordinaria, sabe adentrarnos en universos en los que todo es posible, poniendo a prueba la lógica y la imaginación.

Haruki Murakami, 1Q84. (Libro 3). Tusquets, Buenos Aires, 2011. ISBN 978-987-670-070-2

viernes, 2 de septiembre de 2011

"Tokio Blues. Norwegian wood", de Haruki Murakami.

Tokio Blues. Norwegian wood es una novela en la que Haruki Murakami explora la soledad humana, acrecentada por la cercanía de la muerte. En este relato, Watanabe recuerda, tras escuchar la canción Norwegian wood, de los Beatles, su época estudiante universitario de literatura cuando tenía 19 años. Hacía muy poco, cuando frecuentaba las aulas, que su amigo Kizuki se había suicidado sin haber dejado una nota.
Watanabe se involucra con quien fuera la novia del fallecido Kizuki, la joven Naoko. Pero ella, tras unos meses de vida universitaria, debió ser internada. Watanabe, pues, se siente vinculado estrechamente a Naoko, a la par que conoce a una joven con la que cursaba una asignatura, Midori. Junto a otro estudiante, emprende una existencia vacía en la que frecuentan bares y mujeres simplemente para ocupar el tiempo, intentando escapar de un vacío que lo atormenta. En vano querrá huir, porque Watanabe deberá enfrentar y madurar ante la fragilidad de la vida.

Haruki Murakami, Tokio blues. Norwegian wood. Buenos Aires, Tusquets, 2011. ISBN 978-987-1210-72-5

miércoles, 17 de agosto de 2011

"Caballos desbocados", de Yukio Mishima.

Caballos desbocados es una extensa novela de Yukio Mishima en la que dos personajes, el juez Honda y el joven universitario y kendoista Isao Iinuma, se encuentran con sus vidas entrelazadas, aparentemente por casualidad, pero en la que el magistrado va encontrando anticipos que le fue dejando su fallecido amigo Kiyoaki Matsugae. El juez Honda, un aplicado hombre de la justicia, descubre que el joven Isao es la reencarnación de su amigo muerto prematuramente, a los 19 años.
Isao Iinuma es hijo del director de la Academia de Patriotismo, un hombre vinculado al pensamiento de la derecha restauradora en tiempos de entreguerra en el Japón. Es una época en la que los políticos y empresarios temen por sus vidas, cuando el Ejército está avanzando no sólo en Manchuria, sino también en la vida institucional del país. Es, también, una época de zozobra económica por las repercusiones mundiales de la crisis de 1929.
El joven Isao Iinuma formó un grupo de estudiantes, cuyo objetivo es asesinar a quienes consideran como los principales responsables de la crisis política y económica, restaurar el poder imperial en toda su plenitud y luego suicidarse ritualmente. Él y su grupo estaban convencidos de que los dioses los favorecían, y pretendían imitar a la Liga del Viento Divino, que en los años setenta del siglo XIX aborrecieron de la modernidad e intentaron -en vano- implantar el espíritu samurai. Esta búsqueda de Isao provocará cambios en el juez Honda, que abandonará su vida muelle y ordenada para asistir al joven.
En este clima antioccidental y contrario a la modernidad, Isao Iinuma busca la pureza y el triunfo del Emperador.
Mishima -que simpatizó con la idea de la restauración en tiempos de posguerra- recrea magistralmente el clima de este período tan agitado en la vida japonesa. Su pluma ágil contribuye a comprender la atmósfera ideológica, cargada de violencia, de los años treinta en el archipiélago nipón.

Yukio Mishima, Caballos desbocados. Madrid, Alianza, 2004. ISBN 978-84-206-6667-9

domingo, 12 de junio de 2011

"1Q84", de Haruki Murakami.

1Q84 es la novela más reciente de Haruki Murakami, publicada este año. En rigor, sabemos que los libros 1 y 2 aparecen en este primer volumen, pero desconozco cuántos serán en su totalidad.
Al igual que en novelas anteriores como Kafka en la orilla, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, la pluma de Murakami fluye entre este mundo "real" y otro que convive al lado, al que llegamos por alguna puerta que se entreabre de modo inesperado. Los protagonistas son la joven Aomame, profesora en un gimnasio y que comete homicidios por encargo, y el joven Tengo, profesor de matemática y aspirante a escritor. Tengo, que trabaja para un editor, es el lector de varias novelas que aspiran a ganar un premio literario. Así es como se encuentra con la novela "La crisálida del aire" de la adolescente Fukaeri, un relato sumamente extraño en el que trata sobre la Little People y un mundo en el que hay dos lunas... Será Tengo, pues, el encargado de corregir esta novela y, de ese modo, se involucra de una forma que él no comprenderá sino hacia el final del volumen. La enigmática Fukaeri tendrá un pasado difícil de conocer, en el que pueblan sombras que superan la realidad cotidiana.
Aomame y Tengo se habían conocido en la escuela primaria, pero nunca habían llegado a cruzarse una palabra. Sin embargo, ambos estaban enamorados desde entonces, a pesar de que nunca más se vieron.
Como ya lo adelanté, este volumen reúne los libros 1 y 2. El libro cierra con un momento de máxima tensión, dejando al lector en el asombro. Y aquí dejo de adentrarme en el libro con la esperanza de que nuevos lectores puedan disfrutarlo y sorprenderse con el correr de las páginas.
Mientras tanto, aguardo a que aparezca el nuevo volumen de 1Q84.

Murakami, Haruki, 1Q84. Barcelona, Tusquets, 2011. ISBN 978-987-6700-269

martes, 7 de junio de 2011

"Yo, el Gato", de Natsume Soseki.

Yo, el Gato es una novela de Natsume Sōseki, autor japonés de inicios del siglo XX, en la que el protagonista es un felino que reflexiona sobre la sociedad nipona de su época, en tiempos de la guerra con Rusia. El gato no tiene nombre, porque su dueño es tan perezoso que no repara en ello. Desde muy pequeño, el felino llega accidentalmente a la casa de quien será su dueño, un maestro de inglés de escuela media llamado Kushami, quien vive junto a su esposa, sus tres hijas pequeñas y una criada en una casa modesta. Este hombre será sumamente inconstante en cada una de sus acciones, y se verá fuertemente influido por sus amistades como Meitei –un hombre dedicado a burlarse y fabular constantemente- y Kangetsu –un excéntrico bachiller en ciencias físicas-, entre otros personajes brotados de la fértil imaginación del autor.
El gato irá narrando y reflexionando a lo largo del libro sobre la sociedad humana que observa, se inmiscuirá en la casa de los vecinos e incluso de un baño público, para sacar divertidas conclusiones. A raíz de estas meditaciones, el felino llegará a considerarse un filósofo, elucubrando hipótesis y formulando aseveraciones que entretendrán al lector. En más de una ocasión me ha despertado la risa con sus pensamientos.
El autor se esmera en brindarnos una imagen vívida de los cambios sociales del Japón de la era Meiji (1868-1912), cuando irrumpen las ideas y costumbres de la modernidad occidental, contrastando con las tradiciones ancestrales del archipiélago nipón.
Una obra en verdad excelente, que ha pasado a formar parte de los clásicos de la literatura japonesa, recomendable para quien quiera ingresar a este maravilloso mundo de las letras orientales. Cuando se termina el libro, uno siente que habrá de extrañar a este simpático y ocurrente felino, que tantas sonrisas y meditaciones ha sabido despertar.

Sōseki, Natsume, Yo, el Gato. Madrid, Trotta. ISBN 84-8164-267-3

sábado, 26 de febrero de 2011

"Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", de Haruki Murakami.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami -de quien ya he tratado aquí sobre su obra Kafka en la orilla- es una novela en la que el protagonista, Tarō Okada, se halla en un mundo en el que lo real se distingue cada vez menos de otro mundo, no menos real pero intangible. Recibe llamadas extrañas, su esposa Kumiko desaparece, su vida se entreteje con personas que vivieron situaciones de extrema violencia en la ocupación japonesa en Manchuria, en el estado títere de Manchukuo. Todo ello va cobrando sentido en torno a una casa misteriosa y siniestra.
Su enemigo es su cuñado, Noboru Wataya, un famoso economista y político en ascenso que oculta rasgos oscuros de su personalidad, un manipulador perverso y elocuente que gana el aplauso de la opinión pública y los medios a pesar -o debido a- su falta de sustancia.
En lo personal y como historiador, he aprendido mucho sobre la guerra en Manchuria desde una perspectiva poco frecuente, un fragmento de la historia asiática que probablemente aún despierte encono y dolor en Asia-Pacífico.
Murakami, con enorme sentido del humor y una pluma extraordinaria, va llevando al lector a mundos que se entrecruzan por puertas invisibles y que pocas veces se abren. Una novela excelente.

Murakami, Haruki, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Buenos Aires, Tusquets, 2010. ISBN 978-987-1544-04-2

sábado, 29 de enero de 2011

"Sueño profundo", de Banana Yoshimoto.


Sueño profundo reúne tres relatos de Banana Yoshimoto, autora japonesa contemporánea. Sutilmente entrelazados por las situaciones extremas que pasaron las protagonistas, la autora explora la profunda soledad de quien atraviesa el abismo y la salida del encierro. En los tres relatos, el sueño conecta con otras realidades que ayudan a comprender la que estamos viviendo.
En los tres relatos, las protagonistas son mujeres japonesas jóvenes, estudiantes universitarias, angustiadas por sucesos dolorosos que las rodean. En el primero de los relatos, Terako se deja envolver por el sueño más profundo, hasta que una visión la impele a salir de ese sopor existencial, lentamente.
En el segundo, será la muerte de un hermano la que deja en la nada más abismal a una joven y a quien fue la novia del difunto, hasta que un encuentro inesperado le devuelve el sabor a la vida. En el tercero, una joven se arrastra hacia el alcohol, hasta que una cita con quien fuera su enemiga acérrima la saca de ese estado lastimoso.
Es el primer libro que leo de Banana Yoshimoto. Me ha dejado reflexionando, volveré a leerla próximamente.

Yoshimoto, Banana, Sueño profundo. Buenos Aires, Tusquets, 2007. ISBN 987-1210-33-7

sábado, 8 de enero de 2011

"El sonido de la montaña", de Yasunari Kawabata.

Yasunari Kawabata es uno de los autores japoneses del siglo XX que mejor ha escrito sobre la vida en su país en la posguerra. Su estilo es sosegado, tranquilo, sugerente, sin sobresaltos. En El sonido de la montaña trata sobre Ogata Shingo, un hombre de más de sesenta años que siente la fatiga del cuerpo y la mente y la pérdida de la memoria de los actos simples, de fechas de acontecimientos o, repentinamente, cómo hacerse la corbata. Y es que la novela fue publicada en 1954, tiempos en que los problemas de la edad se presentaban con mayor anticipación que en 2011. Asimismo, se interroga sobre los fracasos matrimoniales de sus hijos, a la vez que tiene una estrecha relación que lo une a su nuera Kikuko, residente en su hogar. Consternado por la vida que llevan sus hijos, se cuestiona si él ha tenido alguna relación con esos rumbos, así como advierte los cambios profundos que se vivían en Japón tras su derrota en la segunda guerra mundial.
El protagonista y sus dilemas frente a la vejez que empieza a mostrar sus signos recuerda, en buena medida, al de otra novela de Kawabata, El Maestro de Go, un gran jugador que celebrará su último encuentro con un joven promisorio en el Go y que tiene una personalidad desbordante y desafiante.
Uno y otro libro son reflexiones en torno a la vejez.
Para quien busca aventura y acción, no será Kawabata su autor predilecto. Para quien desee comprender un mundo distante y fascinante como el japonés, es una excelente puerta de ingreso.

Kawabata, Yasunari, El sonido de la montaña. Buenos Aires, Emecé, 2006. ISBN 978-950-04-2804-0

domingo, 26 de diciembre de 2010

"Kafka en la orilla", de Haruki Murakami.

Kafka en la orilla tiene como protagonista al quinceañero Kafka Tamura, quien huye del hogar paterno hacia el sur de Japón, con rumbo desconocido. O así lo cree él… En su periplo, su destino se haya entrelazado con la misteriosa y amable señora Saeki, directora de una singular biblioteca privada, y con el señor Kanata, quien en su infancia tuvo un episodio inexplicable que le borró la capacidad de leer, pero que no obstante tiene la extraña –y envidiable- facultad de hablar con los gatos… Haruki Murakami hilvana magistralmente las existencias de estos personajes en un mundo fantástico que se superpone con el cotidiano, con momentos de tensión filosófica e ironía.
Murakami es un autor que se interroga sobre la existencia humana, pero no por ello hace discursos farragosos y tediosos, sino que recurre al sentido del humor -tan escaso-, la imaginación y la paradoja.

Murakami, Haruki, Kafka en la orilla. Buenos Aires, Tusquets, 2010. ISBN 978-987-1544-18-9