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jueves, 1 de febrero de 2018

"Mussolini", de Martin Clark.

Aventurero de la política, Mussolini supo fascinar a gran parte de sus contemporáneos, dentro y fuera de Italia. Desde sus orígenes socialistas, durante la primera guerra mundial se transformó en un ardiente defensor de la participación de su país en el conflicto bélico, e incluso combatió en las trincheras. Fue, ante todo, un divulgador de ideas, sin originalidad, pero que supo usar las herramientas del periodismo para construirse una imagen, una reputación y resonancia. Viajó poco -sólo a países limítrofes y siempre vinculado a las comunidades italianas-, leyó en forma desordenada y con poca profundidad. Como señala el autor, leyó el Manifiesto Comunista pero no El Capital, en su etapa socialista.
Creó su propio diario, Il Popolo d'Italia, para sostener la participación de Italia en la Gran Guerra contra Alemania y, en particular, contra el Imperio Austro-Húngaro. Esto significaba la ruptura de la llamada Triple Alianza. Finalmente, en 1915 rompió esa alianza para sumarse con sus armas a Francia y Gran Bretaña, con el objetivo de ocupar la costa dálmata, la ciudad del Fiume (actual Rejika) y el Alto Adigio. Tras ser herido en el frente de guerra, Mussolini retornó a Milán para seguir escribiendo a favor del patriotismo y el refuerzo de las tropas en la guerra. 
Los resultados, no obstante, no fueron los buscados. Italia sumó al Alto Adigio pero no logró recompensas en el Adriático. Los efectos de la revolución bolchevique se hicieron sentir en la península, provocando huelgas y despertando sueños revolucionarios en los socialistas. Gabriele D'Annunzio fue una voz que se alzó en clave nacionalista y ocupó Fiume durante unos meses, ante la pasividad de las fuerzas armadas italianas y el gobierno. Benito Mussolini, que observaba con cautela, no se sumó a esta aventura. Sabía que a los italianos no les preocupaba la adquisición de territorios en la costa dálmata. De allí que se proclamara como un sostén del orden frente a los socialistas, y aprovechó a los grupos escuadristas que se enfrentaban a los huelguistas. En la práctica, los escuadristas -antiguos combatientes y jóvenes- no le obedecían a él, sino a líderes locales a los que se llamaba "ras". Sin embargo, con suma habilidad supo crearse la imagen de líder que los impulsaba y, a la vez, que controlaba su fuerza para que no se desbordaran. 
Con estos elementos conformó el Partido Nacional Fascista. El liberal Giovanni Giolitti, acechado por el Partido Socialista y el Partido Popular (católico), sumó al fascismo al Bloque Nacional en los comicios parlamentarios, con la esperanza de controlar esa fuerza. Al renunciar Giolitti, lo sucedió Facta, señal de un régimen que se iba debilitando frente a las amenazas emergentes. Martin Clark remarca el carácter improvisado y aventurero de Mussolini al llegar al poder tras la demostración de fuerza en la marcha sobre Roma, de 1922, una jugada que le resultó afortunada porque el Rey Víctor Manuel III no quiso detenerlo pero, sobre todo, por el vacío político en el que actuaba. Y en la política, como en la naturaleza, existe el horror vacui y alguien o algo siempre, siempre lo ocupa.
Martin Clark traza una neta distinción entre el fascismo y el mussolinismo: el fascismo era el escuadrismo y, cuando Mussolini lo fue desactivando para darle importancia al Estado, se fue transformando en un culto a la figura del Duce. En rigor, nunca hubo una definición del fascismo ni Mussolini jamás logró articular una visión de la historia del movimiento que encabezaba, por lo que sus pretensiones totalitarias -que las manifestó- nunca las pudo desplegar. Fue un régimen autoritario, sí, pero que nunca logró el control total de la sociedad italiana y que debió convivir con contrapesos tradicionales: la Iglesia, la monarquía, las fuerzas armadas, la aristocracia. Y a pesar de su voluntad de crear un hombre nuevo italiano, buscando antecedentes en la antigua Roma, sólo consiguió que una gran mayoría de los italianos fuera a-fascista, logrando acomodarse en la vida cotidiana a los requerimientos del régimen.
Mussolini ambicionaba crear un gran imperio mediterráneo y africano. Esto lo condujo a la invasión de Etiopía, una nación independiente que integraba la Liga de las Naciones. Desde Eritrea y Somalía italiana, ambas colonias, se lanzó un ataque contra este antiguo imperio africano y fue repudiado especialmente por el Reino Unido. La voz más fuerte fue la de Anthony Eden. Mussolini se sintió descolocado por el rechazo británico y francés, ya que Italia había sido aliada de estos países en la primera guerra mundial. La Liga de las Naciones llamó a aplicar sanciones económicas a Italia, lo que le dio a esta guerra una gran popularidad al herir el orgullo nacional. La victoria militar le dio impulso a Mussolini y la corona imperial fue otorgada a Víctor Manuel III. No obstante, el costo de esta guerra fue su alejamiento de Gran Bretaña y Francia, con el consecuente acercamiento a Alemania. Esto se tradujo en un guiño favorable a la ocupación militar alemana de Renania, el visto bueno a una mayor ingerencia de Berlín en Austria y hasta una aproximación a las posturas antisemitas. Esperaba, ingenuamente, que Hitler lo tomara como un par y que le dejara tener las manos libres en el Mediterráneo, los Balcanes y África. Si bien el dictador alemán estaba obsesionado con la limpieza étnica y la ocupación de Europa Oriental, nunca establecieron claramente sus respectivas esferas de influencia ni tampoco coordinaron políticas exteriores comunes. Mussolini, solo y sin nadie en quien confiar, se fue plegando a los deseos del régimen nazi y se fue transformando en un actor de segunda. La participación italiana en la guerra civil española, a favor de Franco, fue creando informalmente el Eje antes de que existiera un pacto en ese sentido.
Así fue como se dejó sorprender, una y otra vez, por decisiones que Hitler tomaba, como la invasión a Checoslovaquia en 1939, el ataque a Francia y, luego, a la URSS. Mussolini era plenamente conciente de las falencias de sus fuerzas armadas y estimaba que podía estar en condiciones recién en 1942. Su involucramiento en la guerra, en 1940, en parte fue para evitar quedar como un actor menor, y en parte para demostrarle a Hitler que él podía ser el amo del Mediterráneo. Esto lo llevó a un callejón suicida: el ataque a Egipto, la invasión a Grecia, el envío de tropas a la URSS, no sólo dispersaron sus tropas, sino que además fueron decisiones fallidas en el plano militar. La guerra no era popular entre los italianos que, además, resentían de los alemanes. Su caída en 1943 y su reinstalación por parte de los alemanes hasta 1945 en su ficticia "República Social Italiana", no hicieron más que poner en evidencia que era una figura en rápida decadencia, una marioneta, desesperado por salvar los últimos jirones de su régimen.
Martin Clark dedica un último capítulo a los historiadores del período fascista, una cuestión difícil en sí misma, y que el fin de la guerra fría ayudó a abrir nuevas puertas para la investigación.

Martin Clark, Mussolini. London, Routledge, 2014.

sábado, 15 de septiembre de 2012

"Hirohito and the Making of Modern Japan", de Herbert Bix.

El Emperador Hirohito (1901-1989) de Japón es una de las figuras más controvertidas de la segunda guerra mundial. Por un lado, están quienes afirman que estuvo fuertemente involucrado en las decisiones que llevaron a su nación a la invasión a Manchuria, China y la guerra en el Pacífico contra Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda; por el otro, quienes niegan este protagonismo y lo colocan como un monarca que sólo a último momento, cuando las bombas atómicas asolaron Nagasaki e Hiroshima, intervino para detener a las tropas. El libro de Herbert Bix se inscribe en esta segunda corriente.
Heredero de la estructura imperial de la restauración Meiji, su padre el emperador Yoshihito (era Taishō) fue una figura débil y enferma que formalmente reinó en el breve período de 1912 a 1926, pero que en sus últimos cinco años precisó la regencia de su hijo Hirohito. Desde muy joven recibió una educación marcial, política y religiosa con la impronta idealizada de su abuelo Meiji, cuyo modelo debía emular. Heredero de la ideología imperial del kokutai, que ponía en el monarca el centro de las decisiones políticas, económicas y militares de Japón, Hirohito recibió una larga educación en los principios que sustentaban la Constitución Meiji de 1889. De acuerdo a esta carta constitucional, que tomó el modelo prusiano de la época, el primer ministro era responsable sólo ante el Emperador; la Dieta imperial se reunía brevemente para aprobar impuestos y el presupuesto, en tanto que las Fuerzas Armadas estaban bajo la órbita directa del monarca, sin injerencia civil. 
Hirohito, al asumir formalmente como emperador, quiso desvanecer el recuerdo de fragilidad de su padre y antecesor, vinculándose directamente con el recuerdo -imaginario- de la era Meiji, en tiempos en que en el mundo estaba cobrando vigencia el auge del fascismo. El ejército japonés en Kwantung, en la península de Liaodong (Manchuria) tomó por su cuenta la iniciativa bélica de asesinar al señor de la guerra de Manchuria, Chang Tsu lin, y luego, en 1931, provocó deliberadamente el incidente del ferrocarril de Manchuria del sur para comenzar la invasión a esa región y posterior creación del estado títere del Manchukuo. De hecho, el ejército de Kwantung tomó sus propias decisiones sin consultar ni avisar previamente al gobierno de Japón, ni siquiera a su inmediato superior, el Emperador. 
Desde el asesinato del primer ministro Inukai, el ejército y la Armada japonesa se vieron agitados por la lucha de dos facciones, ambas militaristas: la del Control, que mantenía la estructura de la Constitución Meiji, y la de la Vía Imperial, que sostenía que el Emperador debía gobernar directamente. Lo cierto es que el emperador Hirohito siempre sostuvo a los de la primera corriente, hecho que se reforzó cuando en 1936 los partidarios de la Vía Imperial intentaron dar un golpe de Estado y, probablemente, hubiesen entronizado a su hermano menor Chichibu como Emperador. En 1936, Japón firmó el Pacto Anti Komintern con la Alemania nazi, al que se adhirió al año siguiente la Italia fascista.
En 1937, el ejército de Kwantung provocó una nueva guerra contra el régimen nacionalista chino de Chiang Kai-shek, con el fin de invadir el norte y la costa de ese país. Con los ataques a Shanghai y la masacre de Nanjing, el ejército japonés se involucró de lleno en una guerra de ocho largos años, instalando el régimen títere de Wang Ching-wei (o Wang Jingwei), proveniente del "ala izquierda" del Kuomintang.
Como bien señala Bix, a partir de la invasión japonesa a China, Hirohito comenzó a involucrarse en las decisiones estratégicas. 
Cuando en 1940 y 1941 las tropas japonesas llegaron a la Indochina francesa, primero ocupando el norte y luego el sur, creció la tensión con Estados Unidos y Gran Bretaña. Los países occidentales interpretaron que los japoneses se estaban preparando para una ofensiva contra Malasia, Singapur y Birmania (colonias británicas), las Indias Orientales Holandesas (la actual Indonesia) y Filipinas (bajo protección de los Estados Unidos). Ante esto, el gobierno de Franklin D. Roosevelt impuso fuertes sanciones económicas para ahogar a Japón, prohibiendo la exportación de petróleo al país asiático. 
En abril de 1941, el gobierno japonés firmó un pacto de neutralidad con la Unión Soviética, aun cuando en sus hipótesis de conflicto se tenía al coloso socialista como el enemigo número uno. Es claro que se prefería terminar con la conquista de China para abrir, luego, un nuevo frente en el norte. Cuando los alemanes invadieron a la URSS, sin avisar a Japón, los sectores más belicistas propusieron atacar Siberia pero el Emperador Hirohito los detuvo, consciente del suicidio que hubiese significado.
La decisión de atacar simultáneamente Pearl Harbor, en Hawaii, Malasia y las Indias holandesas fue tomada por el gobierno japonés con la anuencia de Hirohito, según Herbert Bix. El argumento fue que se les estaban acabando las reservas de petróleo y, por consiguiente, buscaban ganar tiempo antes de que los Estados Unidos tuvieran la capacidad de rearmarse. Es claro que los japoneses se enamoraron fatalmente de dos hipótesis falsas: la primera, que Japón era una tierra divina; la segunda, que todo se podía definir en una batalla naval decisiva, como ocurrió en el estrecho de Tsushima en la guerra ruso-japonesa. Ambas presunciones demostraron ser equivocadas. Señala Bix que Hirohito no estaba del todo convencido del ataque a Pearl Harbor.
Hirohito demandó a la Armada esa batalla decisiva que nunca ocurrió. El rearme occidental fue más rápido de lo que los japoneses supusieron, así como también comenzó el retroceso alemán en sus distintos frentes de guerra en Europa y África. Cabe señalar que en ningún momento hubo una coordinación de los países del Eje durante la guerra; de hecho, hubo dos guerras simultáneamente, una con el escenario en el Pacífico, y la otra en Europa y el norte de África.
En 1945, durante la conferencia de Potsdam, los países aliados exigieron la rendición incondicional de Japón. Según Bix, el único interés del Emperador era mantener el régimen del kokutai inalterado. Con las dos bombas atómicas y la declaración de guerra por parte de los soviéticos, finalmente el Emperador se rindió públicamente ante las fuerzas aliadas y ordenó el cese de fuego al Ejército y la Armada.
Los países vencedores reconocieron como comandante supremo de las fuerzas aliadas al general Douglas MacArthur, quien se instaló en el archipiélago desde fines de agosto de 1945 hasta 1951, cuando fue sucedido por Ridgway. Rápidamente comenzó su tarea de desmilitarizar y democratizar al Japón, estableciendo una buena relación con Hirohito. MacArthur se empeñó en no considerar al Emperador como criminal de guerra desde el inicio. Hirohito fue un elemento clave para la desmilitarización y desmovilización de las tropas, así como un aliado firme para la preservación del orden en una sociedad devastada y desmoralizada. Si bien el Emperador quiso conservar su protagonismo político, el esquema constitucional que impusieron las fuerzas aliadas lo convirtió en un símbolo de la unidad de la nación, y ya no el centro de la vida política y militar. Asimismo, MacArthur presionó para que Hirohito hiciese su célebre "declaración de humanidad". El carismático general fue el arquitecto de la monarquía constitucional japonesa que está vigente desde entonces.
Durante los juicios de Tokyo, apenas se mencionó a Hirohito, pero en ningún momento fue llamado a declarar como testigo. Las presiones para su abdicación a favor de su hijo, el príncipe Akihito, fueron menguando tras el tratado de paz firmado en 1952 en San Francisco. 
Hacia el final del libro, Bix carga las tintas contra el Emperador, con lo cual pierde el equilibrio que se puede leer en los capítulos anteriores. 
El libro de Herbert Bix es altamente recomendable y sugiero su lectura, aun cuando no comparta muchas de sus apreciaciones. Es un esfuerzo académico serio, de envergadura, para aproximarse y comprender lo poco que se puede conocer de esta figura enigmática que, con habilidad, supo rehacerse políticamente tras la derrota en la segunda guerra mundial.

Herbert Bix, Hirohito and the Making of Modern Japan. Londres, Duckworth, 2001. ISBN 0 7156 3077 6