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lunes, 15 de abril de 2019

"Raphaël Lemkin and the Concept of Genocide", de Douglas Irvin-Erickson

Esta obra, dedicada a la vida y el pensamiento del jurista Raphaël Lemkin, recorre su trayectoria intelectual y vital, sus desvelos para lograr que los genocidios tuvieran una sanción en un mundo hostil a sus ideas, en pleno auge de las ideas totalitarias y durante el inicio de la guerra fría.
Lemkin vivió sus primeros años dentro del Imperio Ruso, luego parte de la Polonia independiente, renacida tras la primera guerra mundial. Se formó en el terreno de la abogacía en varias universidades, comenzando sus estudios en Lviv/Lemberg, en lo que fue la capital cosmopolita de la antigua Galitzia. Fue durante la primera conflagración que su familia, ante el avance de las tropas germanas, se preocupó por ocultar los libros en los bosques, temerosos de lo que pudiera ocurrir con la biblioteca familiar. De este modo, es posible observar que Lemkin fue educado en un entorno que daba prioridad al estudio, tal como solía ocurrir con los judíos que habían adherido a la filosofía de la Haskalá. Y es que Raphaël Lemkin no sólo fue una persona cultivada en el derecho, sino también en literatura, lingüística, música y filosofía, conocedor de varias lenguas. De allí que tanto apreciara las diferencias culturales y que las viera como elementos valiosos para la civilización humana, parte constituyente de la persona. El autor señala que Lemkin estudió y acuñó el concepto de genocidio, pero con su mirada puesta en los derechos individuales que eran vulnerados. Ya en los años treinta, tomando como ejemplos históricos recientes a los genocidios contra los armenios y los ucranianos, así como la creciente persecución antisemita del nazismo, propuso que la fallida Sociedad de las Naciones tipificara como delitos a la "barbarie" y el "vandalismo", porque aún no había desarrollado el concepto de genocidio. 
Cuando las tropas de Hitler invadieron Polonia, Lemkin logró huir hacia Suecia y, de allí, a los Estados Unidos. En su estadía en el país escandinavo neutral, logró reunir documentación legal sobre el proceso de destrucción que estaba llevando adelante el régimen nazi en el continente europeo, cuestión que ordenó y sistematizó en su libro sobre el dominio del Eje en los países ocupados, publicado en el exilio hacia el final de la guerra. Su libro fue clave para arrojar luz sobre la arquitectura legal montada por el nazismo para aplicar su política de exterminio y esclavización, en nombre de la "pureza racial", y por consiguiente fue de gran utilidad para los jueces en Nuremberg. Observado con desconfianza por los soviéticos, que en todo momento buscaron impedir el avance de los conceptos planteados por Lemkin. 
Tanto en la Declaración Universal sobre Derechos Humanos como en la Convención sobre Genocidio, Raphaël Lemkin procuró ejercer su influencia para que este tipo de crímenes fuera severamente castigado, pero halló que la lógica bipolar de la guerra fría se impuso sobre sus preocupaciones humanistas. Obsesivo en su causa, no supo ganarse el apoyo del establishment político de los Estados Unidos, ya que sus ideas resultaban sospechosas para quienes querían mantener el status quo de segregación racial en los estados meridionales de los Estados Unidos. 
Sus ideas y preocupaciones, no obstante, sobrevivieron a la guerra fría y comenzaron a revalorizarse en los años noventa, por los genocidios en la ex Yugoslavia y Ruanda, universalizando la visión en torno al respeto a la vida, la integridad y la libertad de millones de seres humanos. 

Douglas Irvin-Erickson, Raphaël Lemkin and the Concept of Genocide. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2017.

jueves, 27 de septiembre de 2018

"Go-Betweens for Hitler", de Karina Urbach.

El libro se enfoca en actores casi invisibles, aquellos que sirvieron como intermediarios en tiempos de paz y de guerra, por caminos diferentes a la diplomacia tradicional. Karina Urbach se centra en los aristócratas europeos, sobre todos alemanes, que estuvieron al servicio de los emperadores de Austria-Hungría, de Alemania y luego, en los años treinta, de Adolf Hitler. La autora remarca las características singulares de la aristocracia europea: con familiares a todo lo largo y ancho del continente, tiene un lenguaje, hábitos y códigos comunes, que le permite entretejer una serie de lazos que trascienden las generaciones. Señala que, siendo la mayoría de los profesionales de la historia y de las ciencias sociales de orígenes de clases medias, no prestan atención a lo que consideran una casta perimida y decadente. Estas familias, a su vez, recelan de abrir sus archivos, por lo que los investigadores del pretérito humano no acceden a documentación valiosa y que puede arrojar una luz nueva sobre los acontecimientos políticos y diplomáticos del siglo XX. 
La mitad del libro está dedicada a los aristócratas que prestaron sus servicios como mensajeros e intermediarios de los emperadores de Alemania (Guillermo II) y de Austria-Hungría (Carlos) para finalizar la Gran Guerra. Fürstenberg era muy cercano al kaiser alemán, pero a su vez tenía una destacada actuación política en el Imperio Austro-Húngaro, cercano a la corte en Viena. Durante años trabajó como un puente entre las dos casas reales, manteniendo viva la alianza de las dos grandes potencias centrales. El caso más célebre de un aristócrata que sirvió como mediador entre Austria-Hungría y Francia fue el del príncipe Sixto de Borbón-Parma que, al salir a luz, perjudicó letalmente las posibilidades de que el emperador Carlos pudiera negociar una paz por separado en 1917. 
El fin de la Gran Guerra y el colapso de las monarquías en Austria-Hungría y Alemania no significó, empero, el fin de las aristocracias. Si bien el ex Kaiser Guillermo II intentó su restauración, varios aristócratas se enrolaron en las distintas vertientes del nacionalismo völkisch, temerosos de una revolución al estilo bolchevique. Por su formación y temperamento, los aristócratas que analiza tampoco adherían al constitucionalismo liberal ni a la democracia, por lo que algunos como el Duque de Coburgo Carl Eduard y Max Egon Hohenlohe adhirieron al nazismo. Una arribista como la princesa Stephanie Hohenlohe también hizo carrera gracias al título que obtuvo por su matrimonio, el que le abrió las puertas en Alemania y Gran Bretaña. 
El Duque de Coburgo Carl Eduard, nacido como Charles Edward en Inglaterra y nieto de la reina Victoria, arribó a los quince a Coburgo como heredero y fue tutelado por el kaiser. Tras la primera guerra mundial, puso su fortuna y propiedades al servicio de la extrema derecha alemana, siendo muy cercano a Hitler. Sus castillos fueron puestos al servicio de actividades criminales, encubriendo a nazis perseguidos por la policía durante la República de Weimar, así como para guardar armas. Intervino abiertamente a favor del NSDAP y gracias a su actividad proselitista, fue la primera alcaldía en donde ganó el nazismo. El duque de Coburgo intervino activamente para acercarse a los sectores más proclives a la política del apaciguamiento que había en Gran Bretaña. En esas gestiones también intervino la princesa Stephanie Hohenlohe, acompañada por Fritz Wiedemann, actuando sin informar apenas al entonces embajador Ribbentrop. Tuvieron, así, acceso a sectores del conservadorismo, de la aristocracia y de la prensa, siendo ayudados por Lord Rothermere, magnate de varios medios de comunicación. Sus gestiones ayudaron a sostener la postura nazi en la crisis de los Sudetes de Checoslovaquia, pero después de 1938 la princesa Hohenlohe y su amante Wiedemann cayeron en desgracia en el entorno de Hitler. Recaló en los Estados Unidos, en donde trabó relaciones con varios personajes locales, enredándose en aventuras con el alcaide en donde estuvo detenida brevemente. Luego supo reciclarse, tras la guerra, y se transformó en una suerte de nexo de prensa con periodistas alemanes ubicados en Estados Unidos.
El duque de Coburgo se mantuvo fiel al nazismo hasta después de la guerra, en tanto el príncipe Max Egon Hohenlohe se convirtió en una figura del jet set de Marbella... Tras la segunda conflagración planetaria, si bien sigue habiendo figuras que actúan como intermediarios por fuera de las estructuras de la diplomacia tradicional, ya no necesariamente son parte de la aristocracia europea. Karina Urbach hace una contribución descollante, por la singularidad del tema y el rastreo de documentos hasta ahora ignorados.

Karina Urbach, Go-Betweens for Hitler. Oxford, Oxford University Press, 2015.

martes, 12 de junio de 2018

"The Science of the Swastika", de Bernard Mees.

La llegada del nazismo al poder en Alemania y la implantación de su régimen racista y antisemita fueron el resultado de un extenso período en el que se fueron desarrollando las teorías que sustentaban ambas posturas, adentrándose en el mundo académico antes de irrumpir en la política. Desde la cartografía hasta la medicina y la biología, hasta la lingüística y la arqueología fueron campos en los que los partidarios del movimiento völkisch tuvieron acción, que luego fueron sostenidos desde las esferas gubernamentales a partir de 1933. El movimiento völkisch es anterior a la Gran Guerra, pero el armisticio de 1918 y, sobre todo, el Tratado de Versalles de 1919, fueron el terreno fértil que permitieron que este conjunto de ideas pseudocientíficas y delirantes se expandieran como una alternativa frente a la República de Weimar, tan frágil y cuestionada desde los extremos ideológicos.
La aplicación de este corpus ideológico a la arqueología y la lingüística, en especial al estudio de los símbolos rúnicos (Sinnbildforschung), con la finalidad de ensalzar a la "raza aria" y demostrar su supuesta superioridad y rol fundamental en la historia de la humanidad, llevaron a una serie de disparates, en principio impulsados por personajes marginales, pero que luego fueron sostenidos por miembros del universo académico para obtener favores, financiamiento y posiciones. 
Guido von List
En el contexto del mundo völkisch, cobraron relevancia los impulsores de la "ariosofía", una gnosis esotérica desarrollada por Guido von List y Lanz von Liebenfels. El primero buscó hallar claves de la sabiduría antigua aria en las runas; el segundo, más osado, presentó una extravagante teoría conocida como "teozoología", intentando conciliar el racismo ario con las escrituras bíblicas, llegando a aseverar que las razas "inferiores" descendían de la cópula de Eva con Satanás... En la arqueología, el introductor de la visión völkisch fue Gustaf Kossinna, quien sostuvo que la civilización no provenía del Oriente -ex Oriente lux-, sino del genio ario del pasado, ubicado en el norte europeo -ex Septentrione lux-. De este modo, afirmó -sin mayor sustento empírico- que las grandes civilizaciones del Mediterráneo debían sus conocimientos a los arios.


A Adolf Hitler no le interesaban las elucubraciones sobre el pasado remoto de los germanos, pero entendía la utilidad de este discurso völkisch para sus propósitos políticos y bélicos. Sí les interesaba a dos personajes que rivalizaron dentro del nazismo, a saber, Alfred Rosenberg y Heinrich Himmler. Los dos anhelaron ser los grandes ideólogos del nacionalsocialismo y por ello crearon sus propios sistemas de instituciones culturales. Lo curioso es que fue Himmler, a través de las SS, quien logró sumar a numerosos arqueólogos a sus objetivos de impulsar una disciplina que tuviera como propósito descarado el de hacer la apología al pretérito germano y vikingo en Europa. Fue así como reclutó a varios académicos para realizar excavaciones en Alemania, Rusia y Ucrania, nucleados en la SS-Ahnenerbe. El autor señala que los arqueólogos Langsdorff, Jankuhn y Paulsen fueron activos en el saqueo de bienes culturales en los países ocupados. Esta competencia de saquear también se daba entre Rosenberg y Himmler en torno a los libros judíos.
Heinrich Himmler protegió y financió a Herman Wirth, un filólogo de orígen flamenco que se radicó en Alemania, y que manifestó inequívocas simpatías por la corriente völkisch. Su teoría disparatada y sin el menor sustento empírico fue que los arios provenían del continente perdido de la Atlántida, al que ubicaba entre Europa y Groenlandia. Estos hiperbóreos, puros y blondos, migraron hacia la península escandinava y eran los grandes creadores de la civilización humana. Se adhería, entonces, a la postura de ex Septentrione lux, y a través de las SS se financió la Ahnenerbe, una usina de ideas y teorías al servicio del nacionalsocialismo alemán. Las pretensiones académicas de Wirth chocaban no sólo con la evidencia empírica, sino también con sus propias falencias personales, ya que su inconstancia y mal manejo de los fondos lo llevaron a ser desplazado por el propio Himmler como figura central de la Ahnenerbe. No obstante, los críticos de Wirth, como Helmut Arntz, no prosperaban en su carrera académica y se los declaraba racialmente "sospechosos" -Arntz tuvo una bisabuela judía-, aun cuando fueran considerados arios de acuerdo a la legislación racista del nazismo. Herman Wirth no estaba solo en el planteo y publicación de ideas fantásticas; en esos años, también hizo carrera Otto Rahn, quien sostenía que el Santo Grial había estado en posesión de los cátaros, en el sur de Francia, en donde hizo varias investigaciones con el visto bueno de Himmler.
A pesar del apoyo directo que recibieron estos autores más propios de la literatura fantástica, el universo académico fue estableciendo algunos parámetros en las universidades al estudiar la escritura rúnica y la filología germánica. El estudio de las runas y de la antigüedad germánica quedó desacreditado tras la guerra mundial, ya que gran parte de sus académicos habían sido militantes de la causa nazi. Si bien administraron los campos de exterminio, sí contribuyeron a forjar una fantasía racista que llevó a la muerte de millones de personas en el continente europeo. Un triste y tenebroso resultado de colocar a la ciencia y la academia al servicio de la ideología.

Bernard Mees, The Science of the Swastika. Budapest, Central European University Press, 2008.

martes, 27 de febrero de 2018

"The Holocaust: History and Memory", de Jeremy Black.

El autor ha desarrollado la tarea difícil y abrumadora de escribir una historia del Holocausto, o Shoá: han pasado decenios  y aún el abismo del horror sobrepasa toda nuestra capacidad de comprensión. Porque se trata de una historia de nuestra especie humana, que nos interpela sobre nuestra capacidad de transformar al otro en una cosa que puede ser aniquilada fríamente.
La deshumanización de los judíos no comenzó con el nazismo, pero fue esta ideología racista la que sistematizó un conjunto de ideas en una política que llevó adelante desde el poder, en un continente que fue pasivo las más de las veces, o bastante activo en algunos de sus componentes más allá de las fronteras de Alemania. 
El antisemitismo fue uno de los dos vectores de la ideología nacionalsocialista: fue esencial para el régimen nazi la persecución y expulsión, en su primera etapa, y luego el asesinato masivo y el exterminio sistemático de los judíos, ya a partir de la invasión a la URSS hasta sus últimos días. El objetivo de "purificar" la raza nórdica hizo que la eliminación de los judíos fuera el rasgo que determinó a toda la política nazi, la obsesión patológica de Hitler. Fue un antisemitismo de nuevo cuño: el antiguo, que era de carácter religioso, tenía la salida de la conversión. Pero el nuevo antisemitismo, con toda su apariencia de "científico", era estrictamente biológico y ante ello no había posibilidad de huir del laberinto. Esto desembocó, inevitablemente, 
en los campos de exterminio.
Ahora bien, el autor se interroga en torno a la cooperación brindada por el ejército alemán (Wehrmacht), los alemanes de a pie, y también la de los países aliados al Eje o los gobiernos que colaboraron con los invasores. Si bien hubo diferencias notables, hubo regímenes como el de los Ustasha en Croacia, Vichy en Francia y el del mariscal Antonescu en Rumania que pusieron en marcha mecanismos de deportación y crimen con un celo que asombraba a la propia SS. Algunos regímenes, como el de Croacia, Eslovaquia y Francia, que lo hicieron en nombre de la cristiandad. Otros, en cambio, colaboraron desde el nacionalismo más estrecho. Pero esta aquiescencia, a veces con la acción espontánea de muchos en los países bálticos o Ucrania, puso en evidencia el arraigo profundo del prejuicio contra los judíos a lo largo y ancho del continente europeo.
Jeremy Black, autor prolífico, desarrolla las distintas etapas de la Shoá. Quizás lo más interesante del libro, lo que provoca al lector, lo que sale a interpelar nuestras conciencias, son los capítulos finales, cuando narra los juicios y, sobe todo, cómo se actuó en Europa al finalizar la guerra mundial. En términos numéricos, fueron muy pocos los responsables que fueron juzgados. El inicio de la guerra fría cambió el debate político, y los nazis y colaboracionistas de ayer se transformaron en profesionales, académicos y funcionarios, de uno y otro lado de la cortina de hierro. El antisemitismo no había desaparecido, los viejos prejuicios y odios siguieron allí, latentes. 
Si bien el discurso genético se fue desvaneciendo, permanece la idea de la "conspiración" y la manipulación desde las sombras. El viejo antijudaísmo se transformó en el antisionismo, es decir, la crítica despiadada a la legitimidad del Estado de Israel. Esto despertó la adhesión de grandes segmentos de la población árabe y musulmana en general, y en 1967 se plegó gran parte de la izquierda europea que, sin sorpresas, mucha terminó recalando en los años noventa en formaciones ultranacionalistas. 
¿Cómo enseñar qué fue la Shoá, cómo ubicar este genocidio con toda su singularidad en la historia europea del siglo XX? Episodio sombrío en el pretérito reciente de muchos países que, después, también padecieron decenios de regímenes totalitarios de otro signo. ¿Cómo evitar la relativización y la comparación vulgar para la tribuna política, de lo que fue un proceso sistemático de exterminio? ¿Y cómo, también, rebatir los argumentos falaces de quienes están en el campo del negacionismo, muchas veces disfrazados de historiadores (David Irving) o que ocupan puestos relevantes de gobierno (Ahmadinejad)? La Shoá no es un hecho lejano del pasado, sino un interrogante del presente, que nos sacude y estremece.


Jeremy Black, The Holocaust: History and Memory. Bloomington, Indiana University Press, 2016.

lunes, 12 de febrero de 2018

"Hitler's Millennial Reich", de David Redles.

El nazismo, producto del período de entreguerras en la República Alemana de Weimar, es uno de los más claros ejemplos de religión política que hubo en el siglo XX. David Redles lo ubica como un milenarismo apocalíptico. En principio, cabe subrayar que apocalipsis no sólo significa la destrucción de un orden, sino también la emergencia de uno nuevo, completamente renovado sobre las cenizas del anterior. En este sentido, el milenarismo racista del nazismo se proponía barrer con lo existente para erigir un nuevo imperio ario que generara una raza purificada. 
El nazismo no sólo nació de las vertientes nacionalistas völkisch que tanto proliferaron tras la derrota en la primera guerra mundial, sino también hunde sus raíces en corrientes ocultistas que se nutrían de la llamada "ariosofía", corriente creada por dos vieneses: Guido von List y Lanz von Liebenfels. Combinaron el darwinismo social, la teosofía, la eugenesia y sus ensueños de un pasado mítico ario, para sostener que se aproximaba un apocalipsis racial, del cual podían lograr la salvación de los nórdicos. Para evitar la destrucción de su raza, debían no sólo detener la mezcla con otros grupos étnicos, sino también aplicar estrictas medidas de eugenesia. De este modo, volverían a alcanzar la categoría de semidioses del pasado y salvar al mundo. Inspirado por la ariosofía, Rudolf von Sebottendorff creó en 1918 la Sociedad Thule, que se propuso combatir a la supuesta conspiración judeobolchevique. Fundadores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, muchos fueron apartados por Hitler, pero el NSDAP siguió teniendo a muchos seguidores de la Sociedad Thule (Thule Gesellschaft) en su seno, como Alfred Rosenberg, Dietrich Eckart, Hans Frank y Rudolf Hess. De esta Sociedad también salió gran parte de la simbología nazi, como el uso de la svástica, de orígenes antiquísimos. Convencidos de la veracidad de los Protocolos de los Sabios de Sión -en rigor, un texto falso redactado varios años antes por la policía secreta zarista, la Ojrana-, hallaron al enemigo racial al cual arrojar la culpa de todos los males que acechaba a la 
Alemania derrotada en la Gran Guerra. 
La atmósfera enrarecida de la República de Weimar fue el humus en el que germinaron rápidamente las ideas del racismo. Alemania, derrotada en la Gran Guerra, salió humillada en el Tratado de Versalles: perdió territorio, sus colonias, su ejército y Armada se redujeron a niveles mínimos, y se impusieron severas indemnizaciones por el conflicto bélico. Las vertientes nacionalistas culpabilizaron de esta situación a una conspiración judía junto a los bolcheviques, masones y capitalistas de Occidente. Con la hiperinflación de 1922-1923 y luego la crisis financiera mundial de 1929 en adelante, muchos alemanes se arrojaron a las promesas de salvación del nazismo, que les proponía un futuro brillante y orgulloso. Weimar simbolizaba todo lo "antialemán": su cultura moderna, cosmopolitismo, democracia parlamentaria, el nuevo rol de la mujer. El jazz era uno de los síntomas de esa "descomposición" que no era azarosa, sino planificada... 
Hitler se veía a sí mismo como un profeta y mesías que habría de salvar a los arios del cataclismo racial: el enfrentamiento con los judíos era concebido por los nazis como una guerra escatológica, en el que habría de prevalecer uno u otro en forma definitiva. Era un Armageddón cósmico entre la luz y las sombras. Aseveraba que los judíos habían sido creados de otra fuente, por otro dios, siendo un ser contrario a la naturaleza. Eran los arios, según Hitler, el auténtico pueblo de Dios, en tanto que los judíos 
eran hijos de Satanás. 
Para sus seguidores, la pertenencia al partido nazi y a sus milicias les otorgaba una misión de salvación de la humanidad, un rol protagónico en el amanecer de una nueva era. Los nazis se concebían a sí mismos como portadores de una misión redentora, y Hitler invocaba la necesidad de una conversión interna para llevar adelante esa tarea. Sólo en el espíritu de comunidad racial se alcanzaría la fraternidad entre pares, un auténtico paraíso en este mundo. De allí la necesidad de llevar esa conversión profunda, esa mutación interior, a los niños, que no sólo serían los herederos de su utopía racial, sino además que serían los portadores y custodios del nuevo orden mundial. En tanto se sentían portadores de una fe y una verdad absoluta, los nazis se arrojaban a un proselitismo que les daba un sentido en la vida, formando parte de una gran comunidad racial y que les daba trascendencia. Los testimonios que aporta David Redles, en cada una de sus páginas, son elocuentes del sentimiento de ser parte de una misión fundamental.
La escenografía de los actos partidarios, el mensaje, el clima de unión racial y la fe fanática de sus seguidores, creaban un clima que seducía e "iluminaba" a quienes concurrían. Aquella situación caótica y desastrosa cobraba un sentido al escuchar una visión articulada que culpabilizaba de todo a un enemigo singular, el judío; en él se generaba todo el mal, y se lo deshumanizaba y satanizaba, se lo cosificaba como un "subhumano". Por consiguiente, se buscaba legitimar la violencia contra los judíos al despojarlos de todo rasgo humano, y se abonaba el terreno para su ulterior exterminio.
Adolf Hitler estaba convencido de su rol providencial, de haber sido ungido por una fuerza sobrenatural. Lo "guiaba" una voz interior, y se sentía invencible. Era esa fuerza interior la que dejaba traslucir en su oratoria, como si fuera un médium que liberaba su inconsciente. Lo cierto es que, más allá su patología psiquiátrica, sus seguidores estaban dispuestos a creer fervientemente en él y desplegaron un movimiento que provocaba una fascinación hipnótica en mentes propensas a creer en su discurso apocalíptico, mesiánico y destructivo. 


Hitler soñaba con un Armageddon entre los arios y los judíos, y la Operación Barbarroja para conquistar el "espacio vital" (Lebensraum) en la Rusia europea, era esa batalla final. En este sentido, la Ostkrieg era una Vernichtungskrieg, una guerra de exterminio, y a la vez la guerra final. Redles considera que la decisión del aniquilamiento de los judíos se tomó meses antes de la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942, y por ello los Einsatzgruppen comenzaron a fusilar sistemáticamente a todos los judíos que hallaban en la URSS invadida, a partir de agosto de 1941, incluyendo a niños, mujeres y ancianos. -No era una guerra convencional de ocupación y conquista, sino una guerra ideológica, un conflicto bélico tras el cual se establecería el milenio nazi.
El autor se adentra, en este texto, en el mundo de las creencias y el ocultismo, tan arraigadas en la Europa de entreguerras y, sobre todo, tan difundidas en un mundo que parecía estar al borde del precipicio tras la Gran Guerra. Se trata, entonces, de una dimensión a tener presente en el estudio del siglo XX, marcado a fuego y sangre por la confrontación de religiones políticas.

David Redles, Hitler's Millennial Reich: Apocalyptic Belief and the Search for Salvation. New York, New York University Press, 2005.

jueves, 1 de febrero de 2018

"Mussolini", de Martin Clark.

Aventurero de la política, Mussolini supo fascinar a gran parte de sus contemporáneos, dentro y fuera de Italia. Desde sus orígenes socialistas, durante la primera guerra mundial se transformó en un ardiente defensor de la participación de su país en el conflicto bélico, e incluso combatió en las trincheras. Fue, ante todo, un divulgador de ideas, sin originalidad, pero que supo usar las herramientas del periodismo para construirse una imagen, una reputación y resonancia. Viajó poco -sólo a países limítrofes y siempre vinculado a las comunidades italianas-, leyó en forma desordenada y con poca profundidad. Como señala el autor, leyó el Manifiesto Comunista pero no El Capital, en su etapa socialista.
Creó su propio diario, Il Popolo d'Italia, para sostener la participación de Italia en la Gran Guerra contra Alemania y, en particular, contra el Imperio Austro-Húngaro. Esto significaba la ruptura de la llamada Triple Alianza. Finalmente, en 1915 rompió esa alianza para sumarse con sus armas a Francia y Gran Bretaña, con el objetivo de ocupar la costa dálmata, la ciudad del Fiume (actual Rejika) y el Alto Adigio. Tras ser herido en el frente de guerra, Mussolini retornó a Milán para seguir escribiendo a favor del patriotismo y el refuerzo de las tropas en la guerra. 
Los resultados, no obstante, no fueron los buscados. Italia sumó al Alto Adigio pero no logró recompensas en el Adriático. Los efectos de la revolución bolchevique se hicieron sentir en la península, provocando huelgas y despertando sueños revolucionarios en los socialistas. Gabriele D'Annunzio fue una voz que se alzó en clave nacionalista y ocupó Fiume durante unos meses, ante la pasividad de las fuerzas armadas italianas y el gobierno. Benito Mussolini, que observaba con cautela, no se sumó a esta aventura. Sabía que a los italianos no les preocupaba la adquisición de territorios en la costa dálmata. De allí que se proclamara como un sostén del orden frente a los socialistas, y aprovechó a los grupos escuadristas que se enfrentaban a los huelguistas. En la práctica, los escuadristas -antiguos combatientes y jóvenes- no le obedecían a él, sino a líderes locales a los que se llamaba "ras". Sin embargo, con suma habilidad supo crearse la imagen de líder que los impulsaba y, a la vez, que controlaba su fuerza para que no se desbordaran. 
Con estos elementos conformó el Partido Nacional Fascista. El liberal Giovanni Giolitti, acechado por el Partido Socialista y el Partido Popular (católico), sumó al fascismo al Bloque Nacional en los comicios parlamentarios, con la esperanza de controlar esa fuerza. Al renunciar Giolitti, lo sucedió Facta, señal de un régimen que se iba debilitando frente a las amenazas emergentes. Martin Clark remarca el carácter improvisado y aventurero de Mussolini al llegar al poder tras la demostración de fuerza en la marcha sobre Roma, de 1922, una jugada que le resultó afortunada porque el Rey Víctor Manuel III no quiso detenerlo pero, sobre todo, por el vacío político en el que actuaba. Y en la política, como en la naturaleza, existe el horror vacui y alguien o algo siempre, siempre lo ocupa.
Martin Clark traza una neta distinción entre el fascismo y el mussolinismo: el fascismo era el escuadrismo y, cuando Mussolini lo fue desactivando para darle importancia al Estado, se fue transformando en un culto a la figura del Duce. En rigor, nunca hubo una definición del fascismo ni Mussolini jamás logró articular una visión de la historia del movimiento que encabezaba, por lo que sus pretensiones totalitarias -que las manifestó- nunca las pudo desplegar. Fue un régimen autoritario, sí, pero que nunca logró el control total de la sociedad italiana y que debió convivir con contrapesos tradicionales: la Iglesia, la monarquía, las fuerzas armadas, la aristocracia. Y a pesar de su voluntad de crear un hombre nuevo italiano, buscando antecedentes en la antigua Roma, sólo consiguió que una gran mayoría de los italianos fuera a-fascista, logrando acomodarse en la vida cotidiana a los requerimientos del régimen.
Mussolini ambicionaba crear un gran imperio mediterráneo y africano. Esto lo condujo a la invasión de Etiopía, una nación independiente que integraba la Liga de las Naciones. Desde Eritrea y Somalía italiana, ambas colonias, se lanzó un ataque contra este antiguo imperio africano y fue repudiado especialmente por el Reino Unido. La voz más fuerte fue la de Anthony Eden. Mussolini se sintió descolocado por el rechazo británico y francés, ya que Italia había sido aliada de estos países en la primera guerra mundial. La Liga de las Naciones llamó a aplicar sanciones económicas a Italia, lo que le dio a esta guerra una gran popularidad al herir el orgullo nacional. La victoria militar le dio impulso a Mussolini y la corona imperial fue otorgada a Víctor Manuel III. No obstante, el costo de esta guerra fue su alejamiento de Gran Bretaña y Francia, con el consecuente acercamiento a Alemania. Esto se tradujo en un guiño favorable a la ocupación militar alemana de Renania, el visto bueno a una mayor ingerencia de Berlín en Austria y hasta una aproximación a las posturas antisemitas. Esperaba, ingenuamente, que Hitler lo tomara como un par y que le dejara tener las manos libres en el Mediterráneo, los Balcanes y África. Si bien el dictador alemán estaba obsesionado con la limpieza étnica y la ocupación de Europa Oriental, nunca establecieron claramente sus respectivas esferas de influencia ni tampoco coordinaron políticas exteriores comunes. Mussolini, solo y sin nadie en quien confiar, se fue plegando a los deseos del régimen nazi y se fue transformando en un actor de segunda. La participación italiana en la guerra civil española, a favor de Franco, fue creando informalmente el Eje antes de que existiera un pacto en ese sentido.
Así fue como se dejó sorprender, una y otra vez, por decisiones que Hitler tomaba, como la invasión a Checoslovaquia en 1939, el ataque a Francia y, luego, a la URSS. Mussolini era plenamente conciente de las falencias de sus fuerzas armadas y estimaba que podía estar en condiciones recién en 1942. Su involucramiento en la guerra, en 1940, en parte fue para evitar quedar como un actor menor, y en parte para demostrarle a Hitler que él podía ser el amo del Mediterráneo. Esto lo llevó a un callejón suicida: el ataque a Egipto, la invasión a Grecia, el envío de tropas a la URSS, no sólo dispersaron sus tropas, sino que además fueron decisiones fallidas en el plano militar. La guerra no era popular entre los italianos que, además, resentían de los alemanes. Su caída en 1943 y su reinstalación por parte de los alemanes hasta 1945 en su ficticia "República Social Italiana", no hicieron más que poner en evidencia que era una figura en rápida decadencia, una marioneta, desesperado por salvar los últimos jirones de su régimen.
Martin Clark dedica un último capítulo a los historiadores del período fascista, una cuestión difícil en sí misma, y que el fin de la guerra fría ayudó a abrir nuevas puertas para la investigación.

Martin Clark, Mussolini. London, Routledge, 2014.

lunes, 13 de noviembre de 2017

"The Origins of the Second World War in Europe", de P. M. H. Bell.

Campo fértil para controversias, las causas de la segunda guerra mundial, aun cuando han pasado decenios de su fin, sigue despertando debates académicos y políticos. El libro de Philip Bell es una de esas obras que sacuden la mente, que provocan la reflexión, que nos llevan por caminos que resultaban insospechados. Ya con varias ediciones, es preciso leerlo y releerlo para poner en consideración sus hipótesis, que se alejan de las explicaciones más aceptadas y generalizadas. En su visión, Neville Chamberlain fue un hombre de gran carácter y determinación, cuyo objetivo era evitar una nueva guerra. 
En su perspectiva, la teoría que afirma que desde 1914 hasta 1945 se libró una misma guerra con una etapa de cese de fuego en el medio, es insostenible. Esta teoría deja a un lado las coordenadas ideológicas del nazismo para centrarse en los elementos comunes del Imperio Alemán con el del Tercer Reich, como ser la conformación de un estado germano con predominio en Europa. Bell sostiene que Hitler, en sus primeros años, actuó con suma prudencia hasta 1935, cuando se empeñó en desplegar una política exterior de expansión, tal como lo había sostenido desde sus inicios en la política en los años veinte. Ya desde el comienzo en el poder, desde enero de 1933, impulsó la remilitarización de Alemania y el desarrollo de una maquinaria bélica capaz de dominar el continente en los años cuarenta. 
Bell remarca la adhesión que despertó la Sociedad de las Naciones en Europa occidental, en especial en la opinión pública británica. Este status quo comenzó a resquebrajarse aceleradamente con la crisis económica de los años treinta, que fueron el terreno feraz en el que se desenvolvieron los movimientos antidemocráticos, nacionalistas e irredentistas. El ascenso del nazismo está estrechamente vinculado a esta crisis, ya que hasta entonces era un partido marginal en la República de Weimar. El fascismo, en cambio, si bien ya llevaba varios años en el poder, nunca logró poner en marcha su dinámica totalitaria, a pesar de las pretensiones de Mussolini. 
Si bien había sintonía entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán en cuanto a percepciones sobre el uso de la violencia, el desprecio por las libertades y la vida, el primero no estaba imbuido del antisemitismo que caracterizaba al nazismo y que fundamentaba su teoría racial de la historia humana. Mussolini, además, tenía influencia en Austria y tenía ambiciones de expansión en el Mediterráneo, pero intentaba no chocar con franceses y británicos. El distanciamiento italiano de sus antiguos aliados durante la Gran Guerra tendrá comienzo con la guerra de Etiopía, ocasión en la que la Sociedad de las Naciones impuso sanciones al régimen de Mussolini. Luego la guerra civil española sirvió para alejar a Italia aún más de las democracias occidentales. En opinión de Bell, la Italia fascista participó en ese conflicto más por una cuestión de supervivencia que por afinidad con Franco: la República se presentó como un régimen netamente antifascista, por lo que su eventual triunfo en la guerra hubiera puesto en jaque al régimen de Mussolini. Fue recién en 1938 que el fascismo adhirió a las tesis racistas del nazismo, probablemente para no malquistarse con su aliado alemán. 


Hitler avanzó a paso rápido: reestableció el servicio militar, la Luftwaffe, remilitarizó Renania, anexó a Austria tras hacer caer al canciller austríaco con una llamada telefónica, logró la cesión de los Sudetes de Checoslovaquia, impuso el Protectorado de Bohemia-Moravia y ocupó Memel con extrema facilidad. Todo esto, ante la mirada pasiva de los gobernantes británicos y franceses. Estos decidieron poner un límite a Hitler, que era Polonia, y por ello buscaron un acercamiento con la URSS a fin de establecer una alianza que disuadiera al Tercer Reich. Stalin negoció simultáneamente con los occidentales y con los nazis, hasta el 23 de agosto de 1939, cuando finalmente rubricó el Pacto Ribbentrop-Molotov, con un protocolo secreto de reparto de varios países europeos. Stalin optó por aquel que podía darle ganancias territoriales. Las autoridades polacas pusieron de manifiesto que no establecerían alianzas con los vecinos que los acechaban, dispuestos a perecer antes de ser esclavizados pasivamente. Según el autor, aquí se expresó la verdadera personalidad determinada de Chamberlain -¡aunque demasiado tarde!, agregamos-. Los alemanes comenzaron su invasión a Polonia el 1° de septiembre de 1939; el 3 de septiembre, por la mañana, el Reino Unido declaró la guerra a Alemania, y Francia lo hizo durante la tarde. Esto, sin embargo, no pasaba del nivel simbólico, ya que no podían enviar tropas. Los británicos no demostraron con hechos su interés por salvar a Polonia en los meses previos, y los franceses habían desplegado una estrategia defensiva, nunca ofensiva.
Con la conquista de Polonia se desplegó la política racista del nazismo: la servidumbre de los polacos al servicio de los alemanes, la reclusión de los judíos en ghettos, sobreviviendo con raciones mínimas, y la germanización con población implantada. Bell señala la relación cordial de la URSS con Alemania hasta junio de 1941, y que incluso Hitler llegó a proponer el reparto del Imperio Británico en una acción conjunta de Alemania, URSS, Italia y Japón. No obstante estas discusiones y propuestas, la ambición de Hitler era la conquista de la URSS europea para establecer el Lebensraum, y que por ello perdió la oportunidad de sumar a grupos nacionales que hubieran colaborado con la invasión. Era la Ostkrieg. La guerra, entonces, estaba encaminada hacia objetivos ideológicos claros por parte de los nazis, a punto tal que privilegiaron la ideología sobre la estrategia militar.
El libro de P. M. H. Bell tiene desarrollos interesantes y permite una visión amplia de la guerra europea, observándola como dos guerras simultáneas: la de Alemania, poniendo énfasis en Europa oriental y para ello asegurándose las fronteras occidentales y septentrionales; y la guerra italiana en el Mediterráneo. Este texto no trata el otro escenario, el del Pacífico y Asia Oriental, con actores diferentes.

P. M. H. Bell, The Origins of the Second World War in Europe. London, Routledge, 2013.

domingo, 20 de noviembre de 2016

"Descenso a los infiernos", de Ian Kershaw.

El prestigioso historiador británico Ian Kershaw, ya conocido por su monumental biografía sobre Adolf Hitler y otros libros referentes a la Alemania nazi, se extiende en este grueso volumen en la historia de Europa entre el inicio de la primera guerra mundial y los comienzos de la Guerra Fría. Es el retrato de cómo un continente que presumió de ser la cumbre de la civilización se arrojó al más intenso salvajismo en dos conflagraciones de dimensiones planetarias, y cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días.
Es un período en el que los gobiernos de Alemania buscaron un rol protagónico en el esquema mundial, ya sea con la Weltpolitik del Kaiser Guillermo II, ya con los planes de genocidio y conquista del Este europeo del nazismo. El primero intentó que el entonces Imperio Alemán tuviera el mismo peso político y militar que ya tenía en su desarrollo económico, siendo una de las cuatro grandes economías industriales del planeta. La segunda guerra, en cambio, corrió por los carriles ideológicos del nacionalsocialismo, una corriente político del nacionalismo alemán que sostenía la superioridad racial aria y que, en consecuencia, debía eliminar físicamente a los judíos y pueblos eslavos de Europa central y oriental, así como ocupar las regiones más feraces para ocupar su "espacio vital", el Lebensraum.
El objetivo del Kaiser hubiera supuesto la consolidación del orden imperial aristocrático, de jerarquía social tradicional; el de Adolf Hitler, en cambio, anheló la reestructuración "racial" de Europa y la reconfiguración de las fronteras, una utopía de superioridad étnica que aspiraba a la creación de un "hombre nuevo" ario.
Kershaw pone el acento en el período de entreguerras, cuando tres grandes corrientes ideológicas compitieron en el Viejo Continente: la democracia liberal, el marxismo y el fascismo. Los demócratas liberales se vieron severamente cuestionados por las otras dos corrientes que buscaban demoler los cimientos de las sociedades pluralistas, que crecían electoralmente alimentándose mutuamente en sus mutuos temores. A ello se añadía el vacío dejado por Estados Unidos que, con su repliegue tras la primera guerra mundial, dejó abierto el camino para que las dos fuerzas antiliberales aumentaran su influencia en Europa. La Gran Guerra, con su secuela de militarización de las sociedades y el desplome de los viejos imperios, no pudo ver tras su final el orden democrático y de libre comercio que había auspiciado el presidente Wilson. 
La dinámica de los revolucionarios bolcheviques y de los grupos fascistas configuró una etapa marcada por la violencia más cruda, en la que se ensalzó la intolerancia. El autor se recuesta, en los primeros capítulos del libro, en el recurso fácil de las "clases" como si fueran compactos homogéneos, con contornos definidos y sin fisuras. Bien sabemos que ni siquiera Karl Marx se atrevió a dar una definición de la clase social, a pesar de basar su teoría de la historia en las clases. De modo que no resulta preciso ni útil recurrir a estas herramientas conceptuales tan endebles, más propias del discurso político que del rigor académico. No obstante, esto no le quita méritos al libro en su conjunto. 
Lo cierto es que el período de entreguerras estuvo marcado por la frustración de los ex combatientes en el continente, por los ascensos de los totalitarismos, la aparición de las legiones fascistas y las brigadas comunistas, la hiperinflación y luego la crisis financiera y económica de 1929. En esta atmósfera se produjo una explosión de vitalidad artística, vía de escape de las tribulaciones diarias, acompañada y aumentada por las nuevas formas de comunicación. En este sentido, Kershaw articula magistralmente las tribulaciones políticas y sociales con la vibrante atmósfera cultural del período, lo que amplía las perspectivas de estudio y de reflexión del lector y del especialista. Las ideas del constitucionalismo, el poder limitado y la expansión de una economía de mercado a nivel planetario se descartaban al rincón de las cosas viejas, y el mundo se cerraba y aclamaba a líderes que quería ver sobrehumanos. 
Stalin pudo cometer sus genocidios en la URSS y Adolf Hitler alcanzar el poder, sin que el mundo democrático -bastante pequeño, bastante debilitado- quisiera hacer nada. Británicos y franceses optaron por la vía del apaciguamiento, un camino que no hizo más que postergar lo inevitable y envalentonar al nazismo. 
El título del libro es, sin dudas, adecuado. Ese descenso a los infiernos fue un hundimiento hacia los abismos del salvajismo totalitario, llevado adelante por hombres que decidieron y planificaron crímenes masivos, con la industrialización de la muerte. Kershaw pone el acento, a lo largo de toda la obra, en el antisemitismo antes, durante y después del nazismo, a lo largo de toda Europa. No era un fenómeno nuevo, pero sí tenía algo novedoso al ser un antisemitismo de carácter genético, no religioso. No obstante, el silencio de muchas iglesias cristianas ante los atropellos y, luego, las deportaciones y asesinatos, fue de complicidad. Pero el autor también señala las acciones silenciosas del Papa para salvar judíos en plena hecatombe, aun cuando su principal obsesión era la vida de sus feligreses cristianos. 
Ian Kershaw conoce en profundidad la historia alemana en general, y la del nazismo en particular. Pero tiene una visión de menos hondura sobre países vecinos como Checoslovaquia y Polonia; de allí, entonces, que no pusiera suficientemente énfasis en el atropello letal de la anexión de los Sudetes, la invasión a Checoslovaquia y su desmembramiento, porque a mi juicio no pone en relieve la significación democrática de ese país centroeuropeo cuando era una isla de libertad en un mar de autoritarismos.  La magnitud del desastroso Pacto de Munich, entonces, se apaga si se persiste en observar a Checoslovaquia como una nación periférica del Viejo Continente. 
El libro cierra con los comienzos de la Guerra Fría, subrayando la devastación general en que quedó el continente europeo, con millones de personas sin hogar, deportaciones masivas, escasos alimentos y corrimiento del centro del mundo. De los escombros nació otra situación, completamente nueva, en la que los Estados Unidos encarnaba el liderazgo del mundo democrático liberal, y la URSS el campo socialista. 
El libro es un esfuerzo encomiable, escrito con una buena prosa, de lectura ágil, sumamente recomendable para quien busque adentrarse en el siglo XX.

Ian Kershaw, Descenso a los infiernos. Europa, 1914-1949. Barcelona, Crítica, 2016.

lunes, 5 de septiembre de 2016

"Ostkrieg", de Stephen Fritz

Stephen Fritz se concentra en el núcleo ideológico de la guerra iniciada por el nazismo: la expansión hacia el Este de Europa, particularmente en la Unión Soviética, para incorporar ese vasto territorio al Lebensraum (espacio vital). Este programa significaba la aniquilación de millones de personas que habitaban Ucrania, Bielorrusia, Rusia y el Cáucaso, además de la esclavización de los sobrevivientes. Los dos ejes ideológicos del nacionalsocialismo, que eran el antisemitismo y la expansión territorial hacia el Oriente europeo, se enhebraban en la conquista de la fértil llanura europea de la Unión Soviética.
Y el autor nos pone frente a una cifra para ubicarnos en la dimensión de este aspecto de la segunda guerra mundial: ocho de cada diez alemanes que combatieron, murieron en la guerra del Este, la Ostkrieg. La invasión de Checoslovaquia y de Polonia eran pasos previos a esta expansión gigantesca, así como el ataque e invasión de Francia en 1940 fue para evitar una conflagración en dos frentes simultáneos, con el objetivo de repeler rápida y decisivamente a sus enemigos occidentales.
Lo cierto es que Adolf Hitler se dejó llevar por sus propias concepciones ideológicas al suponer cómo se comportarían sus enemigos: la primera, que los británicos se unirían a la Alemania nazi en la guerra contra la Unión Soviética, una guerra librada por anglosajones y germanos contra los pueblos eslavos. La segunda, la inferioridad racial de los eslavos, que serían rápidamente vencidos por los arios germanos genéticamente "superiores"... La tercera suposición errónea, era que el régimen stalinista se desmoronaría como un castillo de naipes. La Blitzkrieg fue efectiva en territorios reducidos, como Polonia y Francia, mas no tuvo el mismo efecto en la operación Barbarroja en suelo soviético. Asimismo, las tropas soviéticas eran numéricamente superiores a lo que los alemanes suponían, y se resistieron con denuedo frente al invasor. 
La limpieza étnica del Generalplan Ost suponía la muerte de unos treinta a cuarenta y cinco millones de soviéticos, considerados "inútiles", y deberían perecer de hambre o por ejecución. A esto se agregaban los dos millones de judíos que mayormente vivían en la parte europea de la URSS, por lo que se enviaron los Einstazgruppen para llevar adelante fusilamientos masivos. También se sumaron los médicos que en Alemania habían empleado prácticas de eutanasia contra personas con discapacidad y enfermos, llevando consigo las técnicas del envenenamiento con gas. El plan implicaba la limpieza étnica, la repoblación con elementos germánicos, la desurbanización y la construcción de una gran muralla en los Urales, la Wehrgrenze, para contener a las hambrientas masas asiáticas, eslavas y judías... Cabe acotar que el espacio del Lebensraum ya había sido ocupado durante 1918 tras el acuerdo de Brest-Litovsk, por el cual el régimen bolchevique llegaba a un pacto de paz con el Imperio Alemán tras abandonar la región más fértil del fenecido Imperio de Rusia. Esta anexión fue incluso teorizada por el político nacionalista alemán Alfred Hugenberg, de quien se nutrió Hitler, que nunca fue un actor original. No obstante, aquella ocupación no significó limpieza étnica, sino la creación de estados satélites para alimentar a los países centrales y continuar la Gran Guerra. 
Con esta invasión al suelo soviético, Stalin se alió al Reino Unido y luego a los Estados Unidos para enfrentar al enemigo común. Los occidentales contribuyeron decisivamente al sostén de la URSS a través del sistema de Lend-Lease, proveyéndole de armas para hacer frente a las hordas germánicas. La virulencia de la Ostheer, empeñada en el exterminio y esclavización, sólo podía ser respondida con igual grado de violencia, sin posibilidad de zonas grises. Ambas partes, pues, se entregaron a la guerra total. 
Esta invasión puso en evidencia las falencias del ejército alemán, que no sólo era sobrepasado numéricamente por las tropas soviéticas, sino también su falta de equipos militares para tamaña conquista. El voluntarismo de Hitler, enceguecido dogmáticamente por su utopía racial, lo condujo a situaciones catastróficas como la batalla de Stalingrado, sacrificando cientos de miles de soldados alemanes en un enfrentamiento sin sentido estratégico, desviándose de su objetivo de ocupar el Cáucaso, región petrolera. Cuando los Aliados desembarcaron en África, luego en Italia y finalmente en Normandía, la multiplicación de frentes debilitó aún más a la Alemania nazi.
Paradojalmente, la guerra total significó la importación de mano de obra esclava de los países eslavos hacia Alemania, llegando a contabilizarse casi ocho millones en las fábricas, así como la utilización de los prisioneros judíos en los campos de exterminio, agotándolos hasta la muerte. Los nazis, obtusos en la creencia de una conspiración planetaria judeo-bolchevique-capitalista, estaban convencidos de librar una guerra por la supervivencia de su raza frente a los soviéticos y estadounidenses, ambos manejados tras las sombras por el judaísmo. De allí que, a partir de 1943, la guerra se transformó en una contención frente al avance de las tropas enemigas, esfuerzo inútil en el que se entregaron con mayor furia al exterminio sistemático de los judíos en los centros de aniquilación. 
Consecuencia no buscada, sí hubo en Europa oriental y central una recomposición étnica: los alemanes se vieron expulsados de varios países al finalizar la segunda conflagración planetaria, reduciendo su territorio a favor de Polonia y la URSS. Por la Shoá y la deportación de los prusianos, Polonia pasó a ser un país étnicamente homogéneo, Checoslovaquia expulsó a los alemanes de los Sudetes y desapareció la otrora floreciente comunidad judía de Praga. Y Stalin logró sovietizar a varios países de Europa central y oriental durante cuarenta años, imponiendo un sistema de satélites que le permitió dominar grandes porciones del Viejo Continente durante la guerra fría. 
El despliegue hacia el Oriente de Europa es sólo comprensible a través de la utopía racial que se sostenía en la pseudociencia de la eugenesia, una guerra con fines ideológicos para crear un vasto imperio colonial que tuviera la fuerza para enfrentar a enemigos externos del futuro. Esta guerra de la Volksgemeinschaft alemana, entendida como un desafío del darwinismo social más desquiciado y delirante, sepultó millones de personas en el mundo, introdujo técnicas de aniquilación masivas y redujo a cenizas las concepciones de la jerarquía racial.

Stephen Fritz, Ostkrieg: Hitler's War of Extermination in the East. Lexington, University Press of Kentucky, 2011.

martes, 31 de marzo de 2015

"Was Hitler a Riddle?", de Abraham Ascher.

Este libro es un gran estudio sobre los embajadores del Reino Unido, Francia y Estados Unidos en la Alemania nazi antes de la conflagración planetaria. Página tras página, desmenuza cómo los diplomáticos acreditados en Berlín fueron informando a sus cancillerías sobre el régimen nazi. ¿Era Hitler un acertijo? Abraham Ascher, un autor perspicaz, nos va descubriendo que los embajadores y, en menor medida, los cónsules fueron advirtiendo sobre los grandes trazos del totalitarismo que se estaba construyendo aceleradamente en Alemania.
Entre 1933 y 1939, hubo tres embajadores británicos en Berlín: Horace Rumbold, Eric Phipps y Nevile Henderson. Habiendo sido Gran Bretaña la gran potencia planetaria desde el siglo XIX hasta el fin de la segunda guerra mundial, su rol era clave en el equilibrio europeo.
Ascher señala los límites de la política exterior del Reino Unido en tiempos de entreguerras. Tras la crisis financiera y económica de 1929, sumado al gran desarrollo del sentimiento pacifista en la opinión pública, había un enorme rechazo al rearme y a pensar, en el horizonte, más o menos cercano, en una nueva confrontación con Alemania. A esto, se añadía la incomprensión del liderazgo sobre el nuevo fenómeno político e ideológico que emergía en el centro de Europa. No obstante, los embajadores Rumbold y Phipps fueron alertando y describiendo acertadamente sobre la naturaleza criminal del nazismo, las personalidades patológicas de Hitler, Göring y Goebbels, así como de las persecuciones antisemitas. Horace Rumbold, en abril de 1937, elaboró un breve e inteligente despacho que circuló en los ámbitos gubernamentales de Gran Bretaña y el Imperio, llegando a ser difundido en las cancillerías de países aliados. En él, describió la ideología racista, antisemita, militarista y expansionista del nazismo tras haber leído el Mein Kampf, anticipando la pesadilla que se aproximaba. A juicio de Ascher, el nazismo hubiera podido ser contenido efectivamente en marzo de 1936 cuando el ejército alemán, aún débil, ocupó la Renania desmilitarizada. Si en ese momento los gobiernos de Gran Bretaña y Francia hubieran concertado una acción común, hubieran dado una estocada letal al rearme, así como habrían puesto en evidencia la falibilidad de Adolf Hitler.
En 1937, con el arribo de Neville Chamberlain al 10 de Downing Street, se puso en marcha la política del appeasement, el apaciguamiento a la bestia nazi, buscando calmar a la fiera con concesiones territoriales. También en 1937 llegó un nuevo embajador a Berlín, Nevile Henderson, que fue en exceso un apaciguador que buscaba congraciarse con el régimen nazi. El embajador Henderson reportaba directamente al círculo próximo a Chamberlain, esquivando al Foreign Office, en donde se lo consideraba indiscreto y de poca confianza. Anthony Eden debió recriminarle en privado varias de sus actuaciones, pero luego al frente del Foreign Office quedó otro appeaser, Lord Halifax, con quien tuvo mejor sintonía. Precisamente por esta ausencia de diplomáticos apaciguadores, Chamberlain recurrió a emisarios para tomar contacto directo con Hitler, como Lord Lothian y Lord Halifax, llegando a viajar él mismo en tres ocasiones para tratar personalmente con el dictador alemán. Estos periplos, sin embargo, lejos de lograr el cometido, no hacían más que envalentonar al régimen nazi, que exigía cada vez más concesiones de las "débiles y cobardes" democracias occidentales. Abraham Ascher señala tres grandes grupos de apaciguadores: los "realistas", como Chamberlain, que sólo querían contener a Alemania, siempre y cuando no atacara a Gran Bretaña, el Imperio Británico, Francia, Holanda, Bélgica y la flota naval. El segundo grupo, el de los pacifistas, que se negaban a toda posibilidad de guerra, aún en caso de que la isla fuera atacada; y el tercero, el de los "ideólogos", que simpatizaba con el nazismo o los fascismos europeos.
La otra gran nación europea analizada, Francia, estaba atribulada con constantes crisis gubernamentales en tiempos de la III República. Habiendo sido el país que más sufrió durante la primera conflagración, había perdido más de un millón de habitantes y observaba con recelo al nazismo. El país galo había quedado también debilitado por la crisis económica, por lo que sus políticos sólo se concentraban en las cuestiones inmediatas. La alternancia constante de los gabinetes ministeriales impidió una política exterior coherente y de largo plazo. Así, el embajador francés en Berlín, desde 1931 hasta 1938, fue André François-Poncet, un político conservador sumamente activo. También fue advirtiendo sobre las conductas patológicas de los líderes nazis, las persecuciones antisemitas e internas dentro del partido único. Pero la política francesa estaba atada a la británica, que optaba por desinteresarse por el Este europeo. En 1938 fue sucedido brevemente por Robert Coulondre, hasta que se desataron las hostilidades. Es interesante subrayar que François-Poncet volvió a ser embajador, tras la segunda guerra mundial, ante el gobierno de la República Federal Alemana en Bonn.
El tercer país analizado fue Estados Unidos, que observaba desde lejos el escenario europeo. Custodiado por dos océanos, el coloso de América del Norte evitaba involucrarse en las querellas del Viejo Continente y la política internacional. Tuvo tres embajadores en el período estudiado: Frederic Sackett (1930-1933), William Dodd (1933-1937) y Hugh Wilson (1937-1940), siendo únicamente el tercero del cuerpo diplomático. Los tres prestaron atención a las persecuciones antisemitas y, también, a la creciente intromisión del nazismo en las iglesias cristianas. A diferencia de británicos y franceses, no prestaron atención a las pretensiones de expansión germana hacia el resto del continente, pero sí fueron advirtiendo de la naturaleza criminal del régimen en forma sistemática. Un funcionario clave fue el cónsul George Messersmith, muy activo en otorgar visas para refugiados judíos y buen conocedor de la historia y cultura alemanas. 
A subrayar es que los diplomáticos occidentales fueron entreviendo que la política antisemita desplegada por el nazismo no se iba a detener en la marginación y expulsión de los judíos, sino que ya había señales que alertaban sobre las intenciones de exterminio. Muchos elaboraron informes sobre el antisemitismo en pequeños pueblos, desmontando con cifras y estadísticas las falacias de la narrativa implantada por el nazismo. Desde esta perspectiva, Hitler no fue un acertijo: más allá de sus declaraciones de paz, quienes tuvieron trato con él y su entorno pudieron advertir los lineamientos de su ideología, su extremismo y su furibunda prédica antisemita. Este libro nos brinda, entonces, un enfoque enriquecedor para el estudio de la historia diplomática y de la Alemania nacionalsocialista.

Abraham Ascher, Was Hitler a Riddle? Western Democracies and National Socialism. Stanford, Stanford University Press, 2012.

domingo, 24 de octubre de 2010

"La dictadura nazi", de Ian Kershaw.

Ian Kershaw es autor de una monumental biografía de Adolf Hitler que ha sido publicada en dos volúmenes. A esa obra imprescindible para quien quiera conocer la historia europea de la primera mitad del siglo XX, se añade este libro dedicado a varios puntos sujetos a debate por parte de los historiadores -durante y después de la guerra fría.
El primer aspecto controversial que señala Kershaw es la definición del nazismo: ¿fue de tipo único, fue un tipo de totalitarismo o bien un tipo de fascismo? Argumentos para cada una de las posiciones abundan. Ahora bien: este debate estuvo teñido, durante cuatro decenios, de la posición marxista leninista oficial vigente en la fenecida RDA, la Alemania oriental. Siendo este el pensamiento único vigente del otro lado de la cortina de hierro, continuó identificando al fascismo –en forma genérica- como la etapa última del capitalismo. Esta caracterización databa desde los años veinte por parte de la Komintern y en 1935 se plasmó en la definición de Dimitroff. La RDA buscaba legitimarse en contraposición a la República Federal Alemana, en la que se siguió por el camino del orden constitucional liberal, parlamentario y la economía social de mercado. ¿Eran lo mismo la RFA que el nazismo? Dejaba pendiente una sombra sobre su vecina: en ella, por su propia lógica capitalista, estaba latente el resurgimiento del fascismo.
Es claro, entonces, que todos los estudios sobre el nacionalsocialismo que se realizaron en la Alemania oriental estaban en esa dirección, teñidos por su propia ideología.
Los debates más interesantes, por consiguiente, se produjeron en la RFA, una nación libre y pluralista. Se puso en duda el concepto de “totalitarismo”, así como se cuestionó –a mi criterio, acertadamente- la sinonimia entre nazismo y fascismo. Nuevos horizontes de interpretación se abrieron con la reunificación alemana y el fin de la guerra fría, habiéndose rehabilitado el concepto de "totalitarismo". Una variante interesante y poco explorada, fue la del nazismo como un tipo de “bonapartismo”, una categoría creada por Karl Marx al analizar el golpe de 1851 en Francia por parte de Luis Napoleón Bonaparte. Creo que si los autores marxistas hubiesen trabajado con este concepto, habrían logrado interesantes contribuciones.
Concatenado con esta cuestión, pues, viene la relación entre el nazismo y el capitalismo. Yo preferiría hablar de la relación entre los nazis y los empresarios: todos ellos fueron personas de carne y hueso, con intereses, visiones, cosmovisiones, temores, deseos y apetencias que los singularizan. Que muchos empresarios apoyaron al nazismo en sus etapas iniciales, no es ningún secreto. Esto habla de la responsabilidad que muchas personas de la élite política, social y empresarial tuvieron en la destrucción de la República de Weimar que, a pesar de todos sus errores y falencias, fue un sistema infinitamente mejor que el que lo reemplazó en 1933. Para los autores marxistas, esta relación se explica como una consecuencia lógica. A mi criterio, esto fue el resultado de una serie de decisiones basadas en el error de creer que Hitler era un personaje manipulable, poco serio, al que desdeñaban por sus oscuros orígenes y que sería la aristocracia prusiana la que realmente movería los hilos del poder. Los empresarios alemanes no querían un mercado libre ni una economía abierta: buscaban que el poder los protegiera, los amparara y les asegurara la rentabilidad. Ahora bien: estos sectores empresariales no tuvieron lugar alguno en el diseño de las políticas expansionistas del nazismo y, ya durante la guerra, se vieron cada vez más reducidos en su papel de proveedores para el régimen imperante. Hitler y el movimiento nazi lograron su plena autonomía, aun cuando no planificaron centralmente la economía al estilo soviético.
De acuerdo a Ian Kershaw, el plan Cuatrienal de 1936 fue preparado en sus detalles por especialistas de la empresa IG-Farben. Este plan tenía el objetivo de llevar a Alemania a la autarquía económica e iniciar la carrera armamentista, con lo que se fortaleció el poder del movimiento nazi, más específicamente el bloque de la SS-policía-SD, reduciendo el margen del ejército y de las empresas. Muchos empresarios aplaudieron y se enriquecieron con la anexión de Austria y la invasión a Checoslovaquia, pero no aprobaron la invasión a Polonia –aun cuando, también, se enriquecieron con esta expansión-. También se beneficiaron con la denominada “arianización” de la economía, que significó la pérdida de muchas empresas de antiguos propietarios judíos a manos de empresarios cercanos al nazismo. Pero lo que remarca Kershaw es que a partir de 1936 es que los objetivos políticos e ideológicos del nazismo tuvieron primacía clara sobre la situación económica. De este modo, pues, queda bastante claro que el Estado nazi fue avanzando sobre el mundo empresarial y la propiedad privada, aunque no lo ahogó porque lo necesitaba durante la conflagración mundial para alcanzar sus objetivos de genocidio del pueblo judío y de los gitanos, la esclavización de los eslavos y la invasión de los territorios en los que construiría su Lebensraum, hacia el Este de Europa.
Me sorprende que los historiadores del nazismo no presten atención al experimento realizado en lo que ocurrió en la actual República Checa, anexada al Tercer Reich con el nombre de "protectorado de Bohemia y Moravia". Allí se aplicó una política de germanización sobre la población checa y se nacionalizaron las grandes empresas y la banca. Autores checos sostienen que fue un laboratorio de lo que se procedería a hacer con el resto de Europa central y oriental después de la guerra.
La relación de Hitler con el genocidio judío, la Shoá, es motivo de debate entre dos grandes corrientes: los intencionalistas -que sostienen que el exterminio del pueblo judío fue una política concebida por Hitler desde 1919- y los estructuralistas -que arguyen que los nazis fueron tomando medidas ad hoc en el transcurso de los años. Ian Kershaw hizo una buena síntesis de ambas posiciones, sin mencionar al negacionismo o, mal llamado, "revisionismo". Fue más visible el protagonismo de Adolf Hitler en la política exterior, aun cuando es probable que él mismo no haya tenido muy claras sus objetivos al asumir como canciller en 1933. Hitler era el ideólogo del delirio criminal racista-imperialista, el impulsor de las líneas generales y no reparaba en los detalles.
De singular interés resulta el capítulo dedicado a repasar las controversias historiográficas sobre la resistencia al régimen dictatorial. Creo que Kershaw acierta en su razonamiento de que en un régimen como el nazi, quienes tenían posibilidades reales de derrocarlo eran los miembros de la élite, pero no deja de rescatar las actitudes de oposición cotidiana de muchos alemanes comunes que no adherían al nazismo, así como de algunos sacerdotes católicos y pastores evangélicos. Sin embargo, en comparación con el fascismo italiano, el nazismo sí habría logrado mayor penetración ideológica, legitimado por sus conquistas militares y el rearme.
La reunificación alemana en 1990, el derrumbe de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría han abierto nuevas perspectivas para el estudio de lo que fue el nazismo. Sin las anteojeras ideológicas de la guerra fría, es posible conocer mejor qué fue el nazismo y cómo se desarrolló. Qué fue, y no qué se quiere creer que fue.

Ian Kershaw, La dictadura nazi. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.