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martes, 12 de junio de 2018

"The Science of the Swastika", de Bernard Mees.

La llegada del nazismo al poder en Alemania y la implantación de su régimen racista y antisemita fueron el resultado de un extenso período en el que se fueron desarrollando las teorías que sustentaban ambas posturas, adentrándose en el mundo académico antes de irrumpir en la política. Desde la cartografía hasta la medicina y la biología, hasta la lingüística y la arqueología fueron campos en los que los partidarios del movimiento völkisch tuvieron acción, que luego fueron sostenidos desde las esferas gubernamentales a partir de 1933. El movimiento völkisch es anterior a la Gran Guerra, pero el armisticio de 1918 y, sobre todo, el Tratado de Versalles de 1919, fueron el terreno fértil que permitieron que este conjunto de ideas pseudocientíficas y delirantes se expandieran como una alternativa frente a la República de Weimar, tan frágil y cuestionada desde los extremos ideológicos.
La aplicación de este corpus ideológico a la arqueología y la lingüística, en especial al estudio de los símbolos rúnicos (Sinnbildforschung), con la finalidad de ensalzar a la "raza aria" y demostrar su supuesta superioridad y rol fundamental en la historia de la humanidad, llevaron a una serie de disparates, en principio impulsados por personajes marginales, pero que luego fueron sostenidos por miembros del universo académico para obtener favores, financiamiento y posiciones. 
Guido von List
En el contexto del mundo völkisch, cobraron relevancia los impulsores de la "ariosofía", una gnosis esotérica desarrollada por Guido von List y Lanz von Liebenfels. El primero buscó hallar claves de la sabiduría antigua aria en las runas; el segundo, más osado, presentó una extravagante teoría conocida como "teozoología", intentando conciliar el racismo ario con las escrituras bíblicas, llegando a aseverar que las razas "inferiores" descendían de la cópula de Eva con Satanás... En la arqueología, el introductor de la visión völkisch fue Gustaf Kossinna, quien sostuvo que la civilización no provenía del Oriente -ex Oriente lux-, sino del genio ario del pasado, ubicado en el norte europeo -ex Septentrione lux-. De este modo, afirmó -sin mayor sustento empírico- que las grandes civilizaciones del Mediterráneo debían sus conocimientos a los arios.


A Adolf Hitler no le interesaban las elucubraciones sobre el pasado remoto de los germanos, pero entendía la utilidad de este discurso völkisch para sus propósitos políticos y bélicos. Sí les interesaba a dos personajes que rivalizaron dentro del nazismo, a saber, Alfred Rosenberg y Heinrich Himmler. Los dos anhelaron ser los grandes ideólogos del nacionalsocialismo y por ello crearon sus propios sistemas de instituciones culturales. Lo curioso es que fue Himmler, a través de las SS, quien logró sumar a numerosos arqueólogos a sus objetivos de impulsar una disciplina que tuviera como propósito descarado el de hacer la apología al pretérito germano y vikingo en Europa. Fue así como reclutó a varios académicos para realizar excavaciones en Alemania, Rusia y Ucrania, nucleados en la SS-Ahnenerbe. El autor señala que los arqueólogos Langsdorff, Jankuhn y Paulsen fueron activos en el saqueo de bienes culturales en los países ocupados. Esta competencia de saquear también se daba entre Rosenberg y Himmler en torno a los libros judíos.
Heinrich Himmler protegió y financió a Herman Wirth, un filólogo de orígen flamenco que se radicó en Alemania, y que manifestó inequívocas simpatías por la corriente völkisch. Su teoría disparatada y sin el menor sustento empírico fue que los arios provenían del continente perdido de la Atlántida, al que ubicaba entre Europa y Groenlandia. Estos hiperbóreos, puros y blondos, migraron hacia la península escandinava y eran los grandes creadores de la civilización humana. Se adhería, entonces, a la postura de ex Septentrione lux, y a través de las SS se financió la Ahnenerbe, una usina de ideas y teorías al servicio del nacionalsocialismo alemán. Las pretensiones académicas de Wirth chocaban no sólo con la evidencia empírica, sino también con sus propias falencias personales, ya que su inconstancia y mal manejo de los fondos lo llevaron a ser desplazado por el propio Himmler como figura central de la Ahnenerbe. No obstante, los críticos de Wirth, como Helmut Arntz, no prosperaban en su carrera académica y se los declaraba racialmente "sospechosos" -Arntz tuvo una bisabuela judía-, aun cuando fueran considerados arios de acuerdo a la legislación racista del nazismo. Herman Wirth no estaba solo en el planteo y publicación de ideas fantásticas; en esos años, también hizo carrera Otto Rahn, quien sostenía que el Santo Grial había estado en posesión de los cátaros, en el sur de Francia, en donde hizo varias investigaciones con el visto bueno de Himmler.
A pesar del apoyo directo que recibieron estos autores más propios de la literatura fantástica, el universo académico fue estableciendo algunos parámetros en las universidades al estudiar la escritura rúnica y la filología germánica. El estudio de las runas y de la antigüedad germánica quedó desacreditado tras la guerra mundial, ya que gran parte de sus académicos habían sido militantes de la causa nazi. Si bien administraron los campos de exterminio, sí contribuyeron a forjar una fantasía racista que llevó a la muerte de millones de personas en el continente europeo. Un triste y tenebroso resultado de colocar a la ciencia y la academia al servicio de la ideología.

Bernard Mees, The Science of the Swastika. Budapest, Central European University Press, 2008.

lunes, 12 de febrero de 2018

"Hitler's Millennial Reich", de David Redles.

El nazismo, producto del período de entreguerras en la República Alemana de Weimar, es uno de los más claros ejemplos de religión política que hubo en el siglo XX. David Redles lo ubica como un milenarismo apocalíptico. En principio, cabe subrayar que apocalipsis no sólo significa la destrucción de un orden, sino también la emergencia de uno nuevo, completamente renovado sobre las cenizas del anterior. En este sentido, el milenarismo racista del nazismo se proponía barrer con lo existente para erigir un nuevo imperio ario que generara una raza purificada. 
El nazismo no sólo nació de las vertientes nacionalistas völkisch que tanto proliferaron tras la derrota en la primera guerra mundial, sino también hunde sus raíces en corrientes ocultistas que se nutrían de la llamada "ariosofía", corriente creada por dos vieneses: Guido von List y Lanz von Liebenfels. Combinaron el darwinismo social, la teosofía, la eugenesia y sus ensueños de un pasado mítico ario, para sostener que se aproximaba un apocalipsis racial, del cual podían lograr la salvación de los nórdicos. Para evitar la destrucción de su raza, debían no sólo detener la mezcla con otros grupos étnicos, sino también aplicar estrictas medidas de eugenesia. De este modo, volverían a alcanzar la categoría de semidioses del pasado y salvar al mundo. Inspirado por la ariosofía, Rudolf von Sebottendorff creó en 1918 la Sociedad Thule, que se propuso combatir a la supuesta conspiración judeobolchevique. Fundadores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, muchos fueron apartados por Hitler, pero el NSDAP siguió teniendo a muchos seguidores de la Sociedad Thule (Thule Gesellschaft) en su seno, como Alfred Rosenberg, Dietrich Eckart, Hans Frank y Rudolf Hess. De esta Sociedad también salió gran parte de la simbología nazi, como el uso de la svástica, de orígenes antiquísimos. Convencidos de la veracidad de los Protocolos de los Sabios de Sión -en rigor, un texto falso redactado varios años antes por la policía secreta zarista, la Ojrana-, hallaron al enemigo racial al cual arrojar la culpa de todos los males que acechaba a la 
Alemania derrotada en la Gran Guerra. 
La atmósfera enrarecida de la República de Weimar fue el humus en el que germinaron rápidamente las ideas del racismo. Alemania, derrotada en la Gran Guerra, salió humillada en el Tratado de Versalles: perdió territorio, sus colonias, su ejército y Armada se redujeron a niveles mínimos, y se impusieron severas indemnizaciones por el conflicto bélico. Las vertientes nacionalistas culpabilizaron de esta situación a una conspiración judía junto a los bolcheviques, masones y capitalistas de Occidente. Con la hiperinflación de 1922-1923 y luego la crisis financiera mundial de 1929 en adelante, muchos alemanes se arrojaron a las promesas de salvación del nazismo, que les proponía un futuro brillante y orgulloso. Weimar simbolizaba todo lo "antialemán": su cultura moderna, cosmopolitismo, democracia parlamentaria, el nuevo rol de la mujer. El jazz era uno de los síntomas de esa "descomposición" que no era azarosa, sino planificada... 
Hitler se veía a sí mismo como un profeta y mesías que habría de salvar a los arios del cataclismo racial: el enfrentamiento con los judíos era concebido por los nazis como una guerra escatológica, en el que habría de prevalecer uno u otro en forma definitiva. Era un Armageddón cósmico entre la luz y las sombras. Aseveraba que los judíos habían sido creados de otra fuente, por otro dios, siendo un ser contrario a la naturaleza. Eran los arios, según Hitler, el auténtico pueblo de Dios, en tanto que los judíos 
eran hijos de Satanás. 
Para sus seguidores, la pertenencia al partido nazi y a sus milicias les otorgaba una misión de salvación de la humanidad, un rol protagónico en el amanecer de una nueva era. Los nazis se concebían a sí mismos como portadores de una misión redentora, y Hitler invocaba la necesidad de una conversión interna para llevar adelante esa tarea. Sólo en el espíritu de comunidad racial se alcanzaría la fraternidad entre pares, un auténtico paraíso en este mundo. De allí la necesidad de llevar esa conversión profunda, esa mutación interior, a los niños, que no sólo serían los herederos de su utopía racial, sino además que serían los portadores y custodios del nuevo orden mundial. En tanto se sentían portadores de una fe y una verdad absoluta, los nazis se arrojaban a un proselitismo que les daba un sentido en la vida, formando parte de una gran comunidad racial y que les daba trascendencia. Los testimonios que aporta David Redles, en cada una de sus páginas, son elocuentes del sentimiento de ser parte de una misión fundamental.
La escenografía de los actos partidarios, el mensaje, el clima de unión racial y la fe fanática de sus seguidores, creaban un clima que seducía e "iluminaba" a quienes concurrían. Aquella situación caótica y desastrosa cobraba un sentido al escuchar una visión articulada que culpabilizaba de todo a un enemigo singular, el judío; en él se generaba todo el mal, y se lo deshumanizaba y satanizaba, se lo cosificaba como un "subhumano". Por consiguiente, se buscaba legitimar la violencia contra los judíos al despojarlos de todo rasgo humano, y se abonaba el terreno para su ulterior exterminio.
Adolf Hitler estaba convencido de su rol providencial, de haber sido ungido por una fuerza sobrenatural. Lo "guiaba" una voz interior, y se sentía invencible. Era esa fuerza interior la que dejaba traslucir en su oratoria, como si fuera un médium que liberaba su inconsciente. Lo cierto es que, más allá su patología psiquiátrica, sus seguidores estaban dispuestos a creer fervientemente en él y desplegaron un movimiento que provocaba una fascinación hipnótica en mentes propensas a creer en su discurso apocalíptico, mesiánico y destructivo. 


Hitler soñaba con un Armageddon entre los arios y los judíos, y la Operación Barbarroja para conquistar el "espacio vital" (Lebensraum) en la Rusia europea, era esa batalla final. En este sentido, la Ostkrieg era una Vernichtungskrieg, una guerra de exterminio, y a la vez la guerra final. Redles considera que la decisión del aniquilamiento de los judíos se tomó meses antes de la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942, y por ello los Einsatzgruppen comenzaron a fusilar sistemáticamente a todos los judíos que hallaban en la URSS invadida, a partir de agosto de 1941, incluyendo a niños, mujeres y ancianos. -No era una guerra convencional de ocupación y conquista, sino una guerra ideológica, un conflicto bélico tras el cual se establecería el milenio nazi.
El autor se adentra, en este texto, en el mundo de las creencias y el ocultismo, tan arraigadas en la Europa de entreguerras y, sobre todo, tan difundidas en un mundo que parecía estar al borde del precipicio tras la Gran Guerra. Se trata, entonces, de una dimensión a tener presente en el estudio del siglo XX, marcado a fuego y sangre por la confrontación de religiones políticas.

David Redles, Hitler's Millennial Reich: Apocalyptic Belief and the Search for Salvation. New York, New York University Press, 2005.