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lunes, 12 de febrero de 2018

"Hitler's Millennial Reich", de David Redles.

El nazismo, producto del período de entreguerras en la República Alemana de Weimar, es uno de los más claros ejemplos de religión política que hubo en el siglo XX. David Redles lo ubica como un milenarismo apocalíptico. En principio, cabe subrayar que apocalipsis no sólo significa la destrucción de un orden, sino también la emergencia de uno nuevo, completamente renovado sobre las cenizas del anterior. En este sentido, el milenarismo racista del nazismo se proponía barrer con lo existente para erigir un nuevo imperio ario que generara una raza purificada. 
El nazismo no sólo nació de las vertientes nacionalistas völkisch que tanto proliferaron tras la derrota en la primera guerra mundial, sino también hunde sus raíces en corrientes ocultistas que se nutrían de la llamada "ariosofía", corriente creada por dos vieneses: Guido von List y Lanz von Liebenfels. Combinaron el darwinismo social, la teosofía, la eugenesia y sus ensueños de un pasado mítico ario, para sostener que se aproximaba un apocalipsis racial, del cual podían lograr la salvación de los nórdicos. Para evitar la destrucción de su raza, debían no sólo detener la mezcla con otros grupos étnicos, sino también aplicar estrictas medidas de eugenesia. De este modo, volverían a alcanzar la categoría de semidioses del pasado y salvar al mundo. Inspirado por la ariosofía, Rudolf von Sebottendorff creó en 1918 la Sociedad Thule, que se propuso combatir a la supuesta conspiración judeobolchevique. Fundadores del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, muchos fueron apartados por Hitler, pero el NSDAP siguió teniendo a muchos seguidores de la Sociedad Thule (Thule Gesellschaft) en su seno, como Alfred Rosenberg, Dietrich Eckart, Hans Frank y Rudolf Hess. De esta Sociedad también salió gran parte de la simbología nazi, como el uso de la svástica, de orígenes antiquísimos. Convencidos de la veracidad de los Protocolos de los Sabios de Sión -en rigor, un texto falso redactado varios años antes por la policía secreta zarista, la Ojrana-, hallaron al enemigo racial al cual arrojar la culpa de todos los males que acechaba a la 
Alemania derrotada en la Gran Guerra. 
La atmósfera enrarecida de la República de Weimar fue el humus en el que germinaron rápidamente las ideas del racismo. Alemania, derrotada en la Gran Guerra, salió humillada en el Tratado de Versalles: perdió territorio, sus colonias, su ejército y Armada se redujeron a niveles mínimos, y se impusieron severas indemnizaciones por el conflicto bélico. Las vertientes nacionalistas culpabilizaron de esta situación a una conspiración judía junto a los bolcheviques, masones y capitalistas de Occidente. Con la hiperinflación de 1922-1923 y luego la crisis financiera mundial de 1929 en adelante, muchos alemanes se arrojaron a las promesas de salvación del nazismo, que les proponía un futuro brillante y orgulloso. Weimar simbolizaba todo lo "antialemán": su cultura moderna, cosmopolitismo, democracia parlamentaria, el nuevo rol de la mujer. El jazz era uno de los síntomas de esa "descomposición" que no era azarosa, sino planificada... 
Hitler se veía a sí mismo como un profeta y mesías que habría de salvar a los arios del cataclismo racial: el enfrentamiento con los judíos era concebido por los nazis como una guerra escatológica, en el que habría de prevalecer uno u otro en forma definitiva. Era un Armageddón cósmico entre la luz y las sombras. Aseveraba que los judíos habían sido creados de otra fuente, por otro dios, siendo un ser contrario a la naturaleza. Eran los arios, según Hitler, el auténtico pueblo de Dios, en tanto que los judíos 
eran hijos de Satanás. 
Para sus seguidores, la pertenencia al partido nazi y a sus milicias les otorgaba una misión de salvación de la humanidad, un rol protagónico en el amanecer de una nueva era. Los nazis se concebían a sí mismos como portadores de una misión redentora, y Hitler invocaba la necesidad de una conversión interna para llevar adelante esa tarea. Sólo en el espíritu de comunidad racial se alcanzaría la fraternidad entre pares, un auténtico paraíso en este mundo. De allí la necesidad de llevar esa conversión profunda, esa mutación interior, a los niños, que no sólo serían los herederos de su utopía racial, sino además que serían los portadores y custodios del nuevo orden mundial. En tanto se sentían portadores de una fe y una verdad absoluta, los nazis se arrojaban a un proselitismo que les daba un sentido en la vida, formando parte de una gran comunidad racial y que les daba trascendencia. Los testimonios que aporta David Redles, en cada una de sus páginas, son elocuentes del sentimiento de ser parte de una misión fundamental.
La escenografía de los actos partidarios, el mensaje, el clima de unión racial y la fe fanática de sus seguidores, creaban un clima que seducía e "iluminaba" a quienes concurrían. Aquella situación caótica y desastrosa cobraba un sentido al escuchar una visión articulada que culpabilizaba de todo a un enemigo singular, el judío; en él se generaba todo el mal, y se lo deshumanizaba y satanizaba, se lo cosificaba como un "subhumano". Por consiguiente, se buscaba legitimar la violencia contra los judíos al despojarlos de todo rasgo humano, y se abonaba el terreno para su ulterior exterminio.
Adolf Hitler estaba convencido de su rol providencial, de haber sido ungido por una fuerza sobrenatural. Lo "guiaba" una voz interior, y se sentía invencible. Era esa fuerza interior la que dejaba traslucir en su oratoria, como si fuera un médium que liberaba su inconsciente. Lo cierto es que, más allá su patología psiquiátrica, sus seguidores estaban dispuestos a creer fervientemente en él y desplegaron un movimiento que provocaba una fascinación hipnótica en mentes propensas a creer en su discurso apocalíptico, mesiánico y destructivo. 


Hitler soñaba con un Armageddon entre los arios y los judíos, y la Operación Barbarroja para conquistar el "espacio vital" (Lebensraum) en la Rusia europea, era esa batalla final. En este sentido, la Ostkrieg era una Vernichtungskrieg, una guerra de exterminio, y a la vez la guerra final. Redles considera que la decisión del aniquilamiento de los judíos se tomó meses antes de la Conferencia de Wannsee, de enero de 1942, y por ello los Einsatzgruppen comenzaron a fusilar sistemáticamente a todos los judíos que hallaban en la URSS invadida, a partir de agosto de 1941, incluyendo a niños, mujeres y ancianos. -No era una guerra convencional de ocupación y conquista, sino una guerra ideológica, un conflicto bélico tras el cual se establecería el milenio nazi.
El autor se adentra, en este texto, en el mundo de las creencias y el ocultismo, tan arraigadas en la Europa de entreguerras y, sobre todo, tan difundidas en un mundo que parecía estar al borde del precipicio tras la Gran Guerra. Se trata, entonces, de una dimensión a tener presente en el estudio del siglo XX, marcado a fuego y sangre por la confrontación de religiones políticas.

David Redles, Hitler's Millennial Reich: Apocalyptic Belief and the Search for Salvation. New York, New York University Press, 2005.

sábado, 10 de febrero de 2018

"Totalitarianism and Political Religion", de A. James Gregor

Estudiar los itinerarios intelectuales es una tarea ardua, en la que Gregor es un experto. Las corrientes de pensamiento que han desembocado en gobiernos totalitarios se desarrollaron durante los siglos XIX y XX y tuvieron características religiosas que el autor analiza y desmenuza. Fueron religiones seculares, que no trataban sobre el más allá sino sobre este mundo, pero que tuvieron concepciones teleológicas de la historia -el triunfo de una clase social o una raza-, así como profetas, apóstoles, creyentes, dogmas, liturgias y mártires. Y también heresiarcas y apóstatas. 
La trayectoria se inicia con Hegel y su concepción del Estado, sosteniendo que los individuos debían ser guiados por el poder para alcanzar la "verdadera libertad", que consistía en la obediencia y el sacrificio. Su concepción dialéctica influyó en las diversas corrientes hegelianas que le siguieron, ya fueran de izquierda o derecha, pero todas ellas con el elemento común de la supresión de la individualidad al servicio de un ente superior. Ludwig Feuerbach continuó por este camino, pero sostuvo que lo material determinaba al mundo del pensamiento; Moses Hess, por su parte, al materialismo le añadió la idea de la pauperización creciente de las masas, sosteniendo que sólo una sociedad comunista -tras una serie de contradicciones llegaba a esta síntesis final- podía lograr la auténtica emancipación y realización de la humanidad, y que, como buen hegeliano, creía que la Historia iba en este sentido. 
Los textos de Hegel, Feuerbach, Hess y Wilhelm Weitling influyeron en el pensamiento de Friedrich Engels desde muy joven. Engels, siguiendo a Hegel y Feuerbach, antropomorfizó a la Historia Universal y vio en ella un designio y sentido hacia la liberación humana. De Weitling tomó el concepto de que fue el inicio de la propiedad privada y el abandono de la propiedad comunitaria lo que provocó la división entre poseedores y proletarios, entre ricos y explotados. Ese "pecado original" habría de ser redimido por la Historia, con el triunfo de los proletarios y la propiedad colectiva, y en donde Engels estaba convencido de la inminencia de la revolución era en Gran Bretaña, Francia y Alemania. Weitling y Hess, en este sentido, formaban parte de la "Liga de los Justos" que auspiciaba esta liberación en los países mencionados. Engels, pues, reemplazó la rigidez de sus creencias religiosas cristianas por las de un nuevo dogma, la Historia y su redención final.
Karl Marx bebió de todas estas fuentes y así lo expresó en sus primeros escritos. En sus obras publicadas entre 1845 y 1848 (La ideología alemana, La pobreza de la filosofía y el Manifiesto del Partido Comunista, junto a Engels) quedó conformado el núcleo central del canon del pensamiento marxista, continuando lo que ya habían escrito Hess y Engels. Marx y Engels estaban convencidos de que la historia tenía un sentido, una teleología que llevaba inexorablemente a la liberación humana. Tenía un sentido moral, de redención final, tras atravesar un extenso purgatorio. En este esquema no había espacio para la voluntad humana: la Historia tenía leyes inexorables que se cumplían más allá de lo que hicieran o no los individuos.
El materialismo histórico, según James Gregor, rastrea el sentido de la existencia humana y su comportamiento, desde la introducción de la propiedad privada (similar al pecado y la expulsión del Edén) hasta su redención final (la sociedad comunista), en la que la humanidad volverá a su unidad y el fin de sus sufrimientos.  Marx y Engels fueron intolerantes y despreciaron a todo aquel que no aceptara en su totalidad su "socialismo científico", al que consideraron un cuerpo de verdades absolutas e irrefutables. Tras el Manifiesto Comunista, desarrollaron un sistema teórico complejo para sostenerlo. A la muerte de Engels, en 1895, el gran intérprete del marxismo fue Karl Kautsky, quien durante muchos años fue su colaborador. En Rusia, el introductor del pensamiento marxista fue Plejanov. Este intelectual ruso, narodnik en su juventud como tantos otros, se entregó de lleno al estudio del marxismo durante su exilio en Suiza. Según Gregor, Vladimir Ilich Ulyanov -a quien más tarde conoceremos por el seudónimo de Lenin- fue influido tanto por el marxismo de Plejanov como por la lectura de Nikolai Chernyshevsky, gran lector de Ludwig Feuerbach. Para Chernyshevsky, un grupo resuelto habría que conducir al resto hacia las grandes metas de la humanidad: esta idea se desarrolló en Lenin con la "vanguardia del proletariado", el rol del Partido para conducir a la revolución y a la sociedad socialista hacia la meta del comunismo. La variante leninista -una de las tantas corrientes del marxismo que sobrevivió gracias a su heterodoxia, tal como nos lo plantea James Gregor en Marxism, Fascism, and Totalitarianism- surge en el contexto de la intelligentsia rusa, una clase de intelectuales que tomaron contacto con los autores de Occidente pero en el marco de un imperio autocrático que procuraba desarrollarse aceleradamente en sus aspectos materiales, a la par que 
mantenía un férreo paternalismo del Zar. 
Chernyshevsky planteaba la idea de los "nuevos hombres", los "salvadores". Estos eran, en la concepción que habría de desarrollar Lenin, los revolucionarios profesionales que "inyectarían" la conciencia de clase en los proletarios que, hasta ese momento, estaban sin guía. Sin la dirección de estos iluminados, los proletarios sólo alcanzarían la conciencia gremial, pero no la de clase. Si bien en el pensamiento de Marx y Engels no hay espacio para las decisiones individuales, tampoco resultaba claro cuál era el margen para el libre albedrío si la Historia era inexorable en sus leyes del desenvolvimiento de la humanidad. Aquí hubo, pues, una innovación de Lenin para articular a los elementos revolucionarios y poner como objetivo la toma del poder. El libro de Chernyshevsky que influyó en Lenin se llamaba Qué hacer (что делать): el revolucionario ruso tomó ese mismo nombre para el texto en el que desarrolló los primeros contornos de lo que luego habría de conocerse como marxismo-leninismo. Ya en sus primeros pasos, la versión heterodoxa del leninismo fue severamente cuestionada por Rosa Luxemburgo, quien advirtió sobre la hipercentralización en torno a un líder y su dogmatismo cuasi-religioso. Estas críticas también las expresó Nikolai Berdiaev. Ya en 1906, Berdiaev anticipó que Lenin y los suyos impodrían un "socialismo religioso" y un Estado absoluto que anularía todas las libertades. Lenin fue implacable con todos sus críticos, reales o imaginarios, y los acusó sistemáticamente 
como "burgueses". 
En el caso del fascismo, si bien Mussolini tuvo orígenes políticos e ideológicos en el socialismo y el marxismo -fue un destacado dirigente del Partido Socialista italiano antes de la Gran Guerra, y director del diario Avanti!-, no sólo bebió de las fuentes de la ortodoxia del "socialismo científico", sino también de Sorel. Ya entonces comprendió la necesidad de una fe, que era la del mito convocante. Durante la primera guerra, Mussolini leyó con avidez la prosa patriótica de Giuseppe Mazzini y también los trabajos de Giovanni Gentile, que hizo del Estado -y del fascismo- una religión secular, en la que la comunidad estaba siempre por encima del individuo. Gentile fue ministro de Educación y senador de la Italia fascista, y uno de sus principales ideólogos. Lo cierto es que el fascismo vertebró una religión política con numerosos rituales, pero que nunca logró articular una teoría de la historia como el marxismo o el nacionalsocialismo.
El nacionalsocialismo alemán, que no surgió con Hitler sino que sus raíces se encuentran en la centuria decimonónica, se asentaba en un antisemitismo de nuevo cuño. James Gregor explora los trabajos de Richard Wagner -que buscaba recrear la religión germánica a través de su arte, para oponerla al cristianismo al que consideraba judaizado- y del conde de Gobineau, que desarrolló los cimientos de la teoría racial de la pretendida superioridad aria.
Gobineau aseveraba que sólo los arios, y entre ellos específicamente los germanos, eran los creativos que habían plantado las semillas de las grandes civilizaciones, como India, China, Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma. Pero que, al mezclarse con otros grupos, se degeneraban intelectualmente y con ellos comenzaba la decadencia de sus culturas. La raza, para Gobineau, era portadora de características genéticas que se expresaban en distinciones físicas, intelectuales y conductuales. En esta línea argumental prosiguió Houston Stewart Chamberlain. Para todos ellos, tanto los judíos como su concepción religiosa incidieron negativamente en el desenvolvimiento de los germanos, e incluso Chamberlain sostuvo que Jesús debió haber sido un ario.
Gregor observa atinadamente que Hitler no era una persona que citara libros o autores, y que su biblioteca se perdió. Si bien se puede deducir que se formó en este clima de pensamiento völkisch racista y antisemita, hubo otros personajes de su entorno que pudieron articular una concepción elaborada. Uno de ellos fue Alfred Rosenberg, quien pasó a la historia como el gran ideólogo del nazismo. Rosenberg, que nació en Estonia en tiempos del Imperio Ruso, tuvo una gran infuencia en Hitler quien, totalmente enfocado en la política, tomó sus ideas a grandes trazos. En su concepción racista, los nórdicos no sólo ocupaban la máxima jerarquía en la escala humana, sino que además para desarrollarse plenamente debían ocupar un "espacio vital" (Lebensraum) y fundamentalmente dedicarse a la vida rural, ya que las grandes ciudades corrompían. Los otros pueblos debían ser dominados por minorías nórdicas. Asimismo, el esquema de Rosenberg no sólo incluía la "pureza racial" -las mezclas habían "debilitado" a los nórdicos-, sino también la creación de una iglesia alemana, despojada de los elementos judíos del cristianismo. Adolf Hitler no quiso entrometerse con la religión durante la guerra, dejando este capítulo para después del conflicto bélico, aunque hay indicios de que quería favorecer una religión que recuperara las viejas creencias nórdicas precristianas. Los elementos religiosos aparecen en el nacionalsocialismo: la idea de una redención y del milenarismo, los rituales, las verdades incuestionables, aunque también con apariencia científica.
Las ideologías racistas fueron derrotadas en la segunda guerra mundial, pero no el marxismo-leninismo. Gregor dedica su último capítulo al maoísmo y a Pol Pot, derivados del marxismo soviético, aunque con el protagonismo de los campesinos, en un apartamiento completo del marxismo tradicional. El libro finaliza con una serie de reflexiones sobre otras corrientes nacionalistas autoritarias, aunque despojadas de la narrativa religiosa que tuvieron los fenómenos totalitarios.
Un texto que provoca reflexión, que despierta curiosidad y que genera interés en torno al siglo más sangriento de la historia humana.

A. James Gregor, Totalitarianism and Political Religion: An Intellectual History. Stanford, Stanford University Press, 2012.