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viernes, 11 de enero de 2019

"Reconstructing the Cold War", de Ted Hopf

Los primeros años de la guerra fría, período en el que las dos supepotencias emergentes de la segunda guerra mundial comenzaron a desplegar sus recursos y estrategias, son los que se analizan en este libro, poniendo la lupa en la URSS del stalinismo de posguerra y los comienzos de la era Jruschov, sin ingresar en los años sesenta.
Al contrario de lo que muchos soviéticos aspiraron, el stalinismo de posguerra restableció con vigor los engranajes de la represión, la censura y la persecución a aquellos que clasificaba como "enemigos del pueblo". El ungido de ayer podía ser el condenado de hoy, inesperadamente, en un clima de histeria que repetía los oscuros años treinta, con sus purgas y escenificaciones de juicios arreglados. Ted Hopf, uno de los teóricos de la escuela constructivista de las relaciones internacionales, sostiene que esa característica era sistémica, más allá de las peculiaridades de la personalidad conspiranoica de Stalin. De allí, entonces, que ponga el acento en las percepciones creídas y propaladas por el régimen soviético, asumidas como ciertas que llevaron a un marcado aislamiento al considerar a la URSS como rodeada por enemigos hostiles, una lógica binaria que reproducía internamente.
Los regímenes totalitarios se caracterizan por una hiperpolitización de la vida: todo es político y puede ser leído con la óptica ideológica, toda conducta tiene una significación que se interpreta como aceptable o inaceptable, de acuerdo al canon establecido. De este modo, la cultura se transforma en uno de los escenarios en el que la visión totalitaria instaura sus verdades inapelables, convirtiendo a la ciencia, la literatura y las artes en campos de batalla. Hopf señala que, por un lado, se construyó el concepto de una enemistad letal con los Estados Unidos y el Occidente en general, y a ese bloque se le atribuyó tener una red de espionaje y sabotaje en el interior de la URSS. En la visión stalinista, dentro de la URSS el rol de vanguardia modernista y desarrollada la tenía Rusia por sobre el resto, y Moscú por encima de otras ciudades. Asia central y Siberia, consideradas subdesarrolladas y premodernas, debían ser guiadas por los más desarrollados, con Rusia en el pináculo. Esta supremacía de lo ruso se trasladaba a la cinematografía, la literatura y el teatro, y no sólo implicaba disminuir a las otras nacionalidades dentro de la URSS, sino también la rusificación de la población judía, en una política antisemita que la aproximaron a la Alemania nazi en sus inicios. 
Lo mismo ocurría con los países que pasaron a integrarse como satélites en Europa oriental, a los que Stalin les marcaba el ritmo. Mantuvo la distancia respecto a Mao hasta que fue evidente que iba a tomar el poder; la República Democrática Alemana comenzó su giro al marxismo en 1952, cuando Stalin comprendió que no era viable la reunificación de Alemania como un país neutral; fue él quien dio el visto bueno a la invasión a Corea del Sur, suponiendo erróneamente que los estadounidenses no habrían de intervenir en el conflicto.
Con la muerte de Stalin y el ascenso de Nikita Jrushchov, se inició la etapa del deshielo en la que se reconocieron "errores" -léase crímenes- de la etapa stalinista, llegando en su apogeo al célebre informe presentado en el vigésimo congreso del PC soviético.
Jrushchov aceptó el carácter socialista de Yugoslavia, se aproximó a los líderes nacionalistas del tercer mundo como Nasser y Nehru, así como buscó mejorar su relación con Mao. No obstante, la admisión de que Stalin y la URSS no eran infalibles, también alentó la búsqueda de caminos alternativos en Polonia, así como el intento de salir del bloque de Imre Nagy, en Hungría, aplastado por la fuerza. El deshielo cultural lo puso en un brete cuando salió publicado Doctor Zhivago en Italia, por iniciativa de Feltrinelli.
Hopf subraya que esta nueva política -la "coexistencia pacífica"- era el resultado de que la URSS ya había ganado confianza en sí misma, consolidada tras la segunda guerra mundial, y que por lo tanto ya no veía al mundo de un modo binario, sino que podía advertir tonalidades de grises, incluso dentro del propio bloque occidental. A mi criterio, al haber cortado el período en 1958, dejando de lado el levantamiento del Muro de Berlín (1961), la crisis de los misiles en Cuba (1962) y la ruptura sino-soviética, no reflejan con claridad las ambivalencias, vaivenes y laberintos sin salida del experimento de Jrushchov. No obstante, el libro presenta conclusiones interesantes, abre nuevos caminos y brinda perspectivas que deben seguir siendo estudiadas.

Ted Hopf, Reconstructing the Cold War: The Early Years, 1945-1958. New York, Oxford University Press, 2012.

domingo, 31 de mayo de 2015

"Nasser's Gamble", de Jesse Ferris.

Guerra olvidada, guerra que se libró en los márgenes del enfrentamiento planetario entre dos grandes bloques, Yemen fue escenario del choque entre dos aspirantes a liderar al mundo árabe: el Egipto de Nasser y la monarquía de Arabia Saudí. 
El nasserismo, mezcla de nacionalismo árabe, socialismo y no alineamiento, fue más una retórica cargada de simbolismos que de realizaciones. Tuvo pretensiones de unir al universo árabe tras su liderazgo, pero su economía tenía débiles fundamentos, a los que su propio régimen socialista se encargó de hacer más frágiles aún con su política de nacionalizaciones y expropiaciones, expulsando a los sectores dinámicos y emprendedores del país. 
Tras un breve período de haber establecido la República Árabe Unida con Siria, este país se retiró unilateralmente de esa fusión en 1961, contrariando a Nasser. Asimismo, esa República Árabe Unida había formado con Yemen del Norte (Reino Mutawakkilita de Yemen) los Estados Árabes Unidos, ménage à trois que se descompuso el mismo año. 
Ante esta separación de las tres unidades, Nasser recibió con entusiasmo el golpe de estado republicano en Yemen del Norte, cuando en septiembre de 1962 los militares depusieron al nuevo imám y rey Muhammad al Badr una semana después de su entronización. El régimen egipcio apoyó con tropas a la "República Árabe del Yemen", en tanto que las fuerzas fieles a la monarquía yemení iniciaron una larga guerra de guerrillas contra el nuevo presidente Sallal. El imam Muhammad al-Badr recibió el apoyo militar de Arabia Saudí, ya que el reino de las dunas miraba con recelo la presencia de tropas egipcias en la península. 
Así fue como Nasser se involucró en su propio Vietnam, al que entró para sostener un régimen militar "republicano" calcado del egipcio, pero que significó un enorme costo en vidas humanas, recursos y tiempo. Nasser tuvo la ayuda de la Unión Soviética, que contribuyó con el traslado aéreo de las tropas y financiación, pero perdió la ayuda económica que hasta entonces le había brindado Estados Unidos. Los egipcios debieron desplegar hasta setenta mil soldados en el territorio, librando una guerra desigual contra guerrillas y en las que debieron lidiar con dudosa fidelidad de las tribus locales.
La guerra fría árabe se libró entre el Egipto "republicano" y "progresista", respaldado por la URSS, y la monarquía saudí "reaccionaria", sostenida por Gran Bretaña y Estados Unidos. Entrampado en Yemen tras años sin victorias, Nasser apostó por el enfrentamiento militar contra el Estado de Israel en 1967, que lo llevó a la derrota vergonzosa en la que perdió la posesión de la península del Sinaí por un decenio. Señala Ferris que el gran ganador de la guerra de los seis días fue Arabia Saudí, que logró entonces que los egipcios se replegaran de Yemen tras el fracaso militar de 1967.
¿Por qué Gamal Abdel Nasser se involucró en esta guerra en Yemen? Buscando un triunfo que le devolviera prestigio como líder del panarabismo, se plegó al golpe de Estado suponiendo que era una pieza fácil, además de poner un pie en la península arábiga. Asimismo, esta aventura bélica reforzaba el carácter militarista de su régimen, expandiendo las Fuerzas Armadas que, no obstante, eran incapaces en el terreno. Se imaginó como árbitro fundamental en el mundo, pero endeudó y empobreció a su país, prefiriendo gastar en cañones y no en manteca. Los límites del nasserismo quedaron en evidencia en la guerra de los seis días, que sí acaparó la atención mundial en junio de 1967.

Jesse Ferris, Nasser's Gamble: How Intervention in Yemen Caused the Six-Day War and the Decline of Egyptian Power. Princeton, Princeton University Press, 2013.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

"Un imperio fallido", de Vladislav Zubok.

El libro de Vladislav Zubok, Un imperio fallido, es un excelente libro que estudia el desarrollo y ocaso de la Unión Soviética durante la guerra fría, hasta su implosión en 1991. El autor utiliza archivos recientemente desclasificados, por lo que cuenta con un material de extraordinaria riqueza e interés sobre los debates que se produjeron en el Politburó durante el largo período de Stalin después de la segunda guerra mundial hasta Mijail Gorbachov. El autor, que es un historiador ruso, plantea que con Stalin se instaló un paradigma revolucionario-imperial en el que convergía el pensamiento socialista bolchevique de la revolución de 1917 con la extensa tradición del expansionismo zarista. Stalin no dudó en llevar adelante ese paradigma con un altísimo costo en vidas humanas y se atrevió a enfrentar a Occidente en escenarios como Europa central y oriental –especialmente en Alemania-, en la península coreana, en Irán, Turquía y Asia central.
Nikita Jruschchov no desmanteló este paradigma, y lo consolidó poniendo un marcado acento en la carrera armamentista nuclear, llevando al mundo a la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, que bordeó el precipicio de la conflagración nuclear. Pero este fracaso en Cuba, el levantamiento del oprobioso Muro de Berlín en 1961 y los efectos de la desestalinización y el deshielo cultural en la URSS, condujeron a que fuera destituido en 1964 para coronar a Leonid Brezhnev.
Vladislav Zubok dedica un interesante capítulo a la situación interna de la URSS durante el período de la desestalinización y cómo afectó este proceso –a pesar de sus limitaciones- a favor de un cambio en la visión que tenía una nueva generación de soviéticos sobre su país y el exterior, al que poco conocían. Los líderes soviéticos no supieron responder a la aparición de intelectuales que se atrevieron a pensar y escribir por fuera de los lineamientos oficiales, como Borís Pasternak, Solzhenitsin, a los planteos pacifistas de Andrei Sajarov o al del cellista Mstislav Rostropovich. También actuaron con torpeza ante el justo reclamo de la minoría judía en la URSS, que deseaba emigrar al Estado de Israel con el apoyo del movimiento sionista y políticos demócratas y republicanos de Estados Unidos.
Tanto Jrushchov como Brezhnev eran novatos en su política exterior, y se comportaban más como burócratas que como herederos de un país con aspiraciones revolucionarias, lo que produjo fricciones con la China maoísta, la Yugoslavia del mariscal Tito, el Vietnam de Ho Chi Minh y la Cuba de Fidel Castro, entre otros. En Estados Unidos, Brezhnev encontró a un presidente como Richard Nixon que estaba dispuesto a llegar a acuerdos concretos y duraderos para alcanzar la distensión, a pesar de la conocida retórica anticomunista de este político republicano antes de alcanzar la primera magistratura. No obstante, como bien señala el autor, Brezhnev irá sufriendo un acelerado deterioro de sus facultades mentales y fortaleza física por su adicción a los calmantes, que comenzó a ingerir en 1968 cuando ordenó invadir a Checoslovaquia para detener el proceso de liberalización conocido como la “Primavera de Praga” liderado por Dubček. El Politburó siguió manejando los hilos del poder sin remover al secretario general, y tomó decisiones críticas para el futuro de la URSS y que hicieron peligrar la paz mundial, como la invasión a Afganistán en 1979, manipulando a Brezhnev. Zubok subraya el protagonismo de Andropov –luego sucesor de Brezhnev desde 1982 a 1984, porque asumió enfermo como secretario general- tanto en la invasión a Checoslovaquia en 1968, en donde a la sazón era embajador, así como la irrupción en Afganistán, siendo director del KGB. En ambas situaciones, Andropov manipuló la información disponible para sacar provecho y fortalecer su posición en la nomenklatura. Entre 1982 y 1985, los fugaces Andropov y Chernenko mantuvieron la inercia de la gerontocracia hasta que asumió Mijail Gorbachov como secretario general del partido.
El autor remarca la preocupación constante de Gorbachov ante la propuesta lanzada por Ronald Reagan, en 1983, de desarrollar la Iniciativa de Defensa Estratégica, un escudo antibalístico que aspiraba a neutralizar cualquier ataque nuclear contra los Estados Unidos desde el espacio. Si bien ya en tiempos de Lyndon Johnson y Brezhnev se intentó impedir el desarrollo de los ABM (misiles antibalísticos), la iniciativa de Reagan –popularmente conocida como Star Wars- provocó una seria preocupación en Gorbachov. De allí que se empeñara sinceramente en llevar adelante una política de desarme, en la que halló eco en el presidente estadounidense de manera insospechada para los miembros del Politburó. Gorbachov entendía que el severo retraso económico y social de la Unión Soviética requería un giro fundamental en la política exterior, para poder dedicar la gran masa de recursos que se invertía en la carrera armamentista y en el mantenimiento de estados satélites hacia mejoras sustanciales para la población.
El libro concluye con el desplome del sistema socialista en Europa oriental y la posterior desaparición de la Unión Soviética en 1991, a pesar de los intentos de Gorbachov para mantenerla de otra forma renovada. Es que, a criterio del autor, Gorbachov fue un gobernante que, por sus características personales, no actuó como tal: no se propuso utilizar la coerción en ninguna circunstancia, aun cuando ello significara observar sin actuar ante el ejercicio de la violencia de un grupo contra otro, como ocurrió con algunos movimientos nacionalistas. Y el primer deber de todo gobernante es, claramente, impedir que se dañe a los ciudadanos. Tampoco supo negociar la retirada de la URSS de Europa oriental, ya que fue concediendo sin exigir contrapartidas. Bien señala Zubok que Mijail Gorbachov tomó como modelo a la no violencia de Gandhi, pero él no fue el fundador de un estado, como sí lo fue Nehru.
Como complemento de este libro, sugiero la lectura de las memorias de Anatoli Dobrinin, quien fue embajador soviético durante casi 25 años en los Estados Unidos, publicadas en castellano por el Fondo de Cultura Económica con el título En confianza y del que pronto haré un comentario en este blog.
Se trata de un texto bien documentado, de buena lectura, indispensable para el estudioso del siglo XX y para el lector que quiera comprender qué ocurrió en ese mundo en el que imperaba el silencio y la opresión.

Vladislav Zubok, Un imperio fallido. Barcelona, Crítica, 2008. ISBN 978-84-8432-756-1