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sábado, 14 de noviembre de 2015

"Foreign Cults in Rome", de Eric M. Orlin.

Roma, una de nuestras fuentes de civilización, se nos presenta como un extraño universo religioso, muy distante a lo que hoy concebimos. A su historia de diferentes regímenes políticos y la expansión por el Mediterráneo, debemos agregarle la sedimentación e incorporación de expresiones religiosas de culturas a las que absorbieron en su órbita. La idea del "panteón", en donde incorporaban a las deidades de los pueblos conquistados, no es del todo exacta y obedece a circunstancias políticas e históricas, pero no a un sistema de sumas sin criterio alguno.
Afirma Eric Orlin que hubo una romanización de los cultos incorporados, de adopción y adaptación de los ritos y concepciones. Asimismo, hubo un criterio de estrategia política al sumar deidades de pueblos vecinos o bien lejanos, atendiendo a las alianzas militares. La cosmovisión romana estaba fundada en la pax deorum, la armonía entre los dioses y los humanos, que podía romperse por circunstancias terrestres y enmendarse con ritos y expiaciones. 
Estos cambios en las creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculados a la transformación de la ciudad-Estado en un imperio mediterráneo, forjada a lo largo de varios enfrentamientos militares. La segunda guerra púnica, librada en la península itálica, fue uno de los eslabones clave para el desarrollo de una concepción religiosa en la que se incorporaron y adoptaron otras expresiones del culto. 
Como ejemplos de estas integraciones, caben destacarse las diferentes formas de culto a Venus, a Juno, y la adopción de la Magna Mater. En algunos casos, se sumaban también sacerdotes extranjeros, como los harúspices etruscos o los galli frigios, que oficiaban en torno a la Magna Mater. Los harúspices eran reconocidos por su especialidad en comprender ciertos prodigios que señalaban la ruptura de la pax deorum. Sus consejos eran especialmente tenidos en cuenta cuando había lluvia de meteoritos o nacimientos de niños hermafroditas, aunque la palabra última sobre qué era -y qué no era- un prodigio, estaba en manos del Senado. Los galli, en cambio, se mantenían aparte de la comunidad romana por su carácter de eunucos y sus ceremonias, aunque la élite romana formó sodalitates para participar en las ceremonias a la Magna Mater, que tenía su templo en el monte capitolino.
Y es que la élite gobernante tuvo presente el concepto de la romanidad, procurando establecer los límites de la misma, aun cuando fue incorporando al populus romanus a otros pueblos a lo largo de las centurias.
Los ludi, los juegos, formaban parte de este despliegue de creencias, siempre en honor a una deidad y con una regularidad ya establecida en los calendarios. Y para que los ciudadanos romanos que vivían allende el ager romanus pudieran participar, se extendieron por más días, a fin de sumar su presencia en estas ceremonias que ayudaban a configurar la idea de la romanitas.
El libro, pues, nos adentra en una perspectiva diferente y rica a la vida romana, nos aporta una luz sobre la complejidad de sus relaciones y en cómo se fue adaptando y recreando en su historia para conformar uno de los imperios que más huella han dejado en la historia de la humanidad.

Eric M. Orlin, Foreign Cults in Rome: Creating a Roman Empire. New York, Oxford University Press, 2010.

jueves, 26 de diciembre de 2013

"The Christian Rejection of Animal Sacrifice", de Daniel Ullucci.

Durante ocho mil años, en el mundo mediterráneo se practicaron los sacrificios de animales hasta que, en los primeros siglos del cristianismo comenzó a abandonarse. Daniel Ullucci explora en este libro las diferentes posturas de cristianos, filósofos paganos y judíos en torno al sacrificio animal, buscando las claves de ese cambio.
Con rigor y precisión, primero señala que el sacrificio de animales era el modo de honrar y ganarse el favor de los dioses en la antigüedad, así como dejaba claras las jerarquías sociales. El sacrificio se realizaba frente al templo y posteriormente se realizaba un banquete en el que participaba toda la comunidad.
De allí que, cuando los cristianos no fueron parte de estas celebraciones, no sólo se identificaban frente a la comunidad, sino que eran percibidos como elementos peligrosos que desequilibraban el orden cósmico.
Ullucci señala que hubo autores críticos hacia las formas del sacrificio antes del cristianismo, y repasa a Platón, los estoicos y epicúreos. No obstante, acierta en señalar que sus observaciones eran sobre cómo se realizaban o su utilidad, pero no cuestionaban la práctica en sí misma, a diferencia de los pitagóricos y órficos, que eran vegetarianos. Lo mismo precisa en el judaísmo, con ejemplos como Filón de Alejandría o la comunidad de Qumran: criticaban cómo o quién lo hacía, pero no el sacrificio de animales en el templo de Jerusalem.
En los primeros siglos del cristianismo, la postura no fue clara. San Pablo se opuso a que los cristianos participaran en los sacrificios celebrados a dioses inexistentes, una postura que fue acompañada por padres de la Iglesia como Justino e Ireneo de Lyon. Es probable que los primeros cristianos sí participaran de los sacrificios celebrados en el templo de Jerusalem, destruido en el año 70.
El desarrollo teológico cristiano de los siglos posteriores asimiló la muerte de Jesús -y la de los mártires- con el sacrificio, pero esto distaba de ser la concepción que imperaba en la antigüedad. 
A mi juicio, el autor plantea el problema pero no ha logrado responder a la pregunta de porqué los cristianos no hicieron sacrificios de animales, ya que esto no respetaba la tradición del Antiguo Testamento. Ullucci propone una causa histórica: la destrucción del templo de Jerusalem, por lo que no habría una razón religiosa sino un evento humano el que llevó a abandonar esa práctica cruel. 
El último capítulo lo dedica al emperador Juliano II, "el Apóstata", que intentó en vano revivir la religión pagana con criterios muy estrictos. A pesar de sus esfuerzos, no lo logró: el cristianismo había logrado cambiar sustancialmente las costumbres y nadie concurrió a la celebración de sacrificios que intentó en Antioquía. 
Creo que la obra de Ullucci es valiosa, meritoria, pero que hay eslabones que no ha logrado encontrar, o que ya no están disponibles. Deja interrogantes al lector, que son semillas para provocar nuevas lecturas e investigaciones.

Daniel Ullucci, The Christian Rejection of Animal Sacrifice. New York, Oxford University Press, 2012.

domingo, 22 de diciembre de 2013

"Magic in the Roman World: Pagans, Jews, and Christians", de Naomi Janowitz.

El afán por controlar fuerzas sobrenaturales a través de conjuros y ritos es rastreado en las tres religiones del mundo romano durante los tres primeros siglos de nuestra era. La palabra "magia" deriva de los magi, los sacerdotes persas, y de allí se introdujo en nuestro vocabulario. Si bien la connotación era negativa, por tratarse de un enemigo de griegos y romanos, se presumía que los magos persas tenían el conocimiento esotérico para controlar esas fuerzas.
Cristianos, judíos y sacerdotes de la religión clásica grecorromana se acusaban mutuamente de practicar la magia, no porque esta fuera un fraude, sino porque consideraban que era una manipulación de fuerzas demoníacas.
Daimon era el término para referirse a criaturas sobrenaturales que podían actuar a favor o en contra, y a quienes se les aplacaba o se ganaba su apoyo a través de rituales muy precisos. Será el cristianismo el que identifique a los daimones como demonios al servicio de Satán. 
Naomi Janowitz nos señala distintos tipos de magia: los conjuros de sanación, las fórmulas para lograr el amor, e incluso los rituales para alcanzar la deificación. Remarca que judíos y cristianos de estos primeros siglos buscaban -aunque hoy nos parezca extraño en la cosmovisión monoteísta- su conversión en dioses a través de elaborados rituales.
El desarrollo de la alquimia, entonces llamada "arte sagrado", era un conocimiento esotérico que despertaba los recelos de sacerdotes y rabinos, pero que escapaba a sus posibilidades de comprensión. Pone de relieve a la figura de María la Judía, también conocida como María de Alejandría, una notable mujer alquimista de la que se ignora cuándo vivió, aunque se presume que fue en Alejandría y se le atribuye la creación de un procedimiento llamado balneum Mariae: el baño María. La autora señala que muchas prácticas que entonces eran rechazadas por estas religiones, en realidad eran la preservación de conocimientos y rituales anteriores, y nos presenta varios fragmentos bíblicos en apoyo de su conjetura.
El libro es interesante porque nos presenta al mundo antiguo desde una perspectiva que enriquece nuestra visión de aquellos tiempos; el intento de aproximación a lo oculto, lo vedado, a la búsqueda de códigos y prácticas que permitan sobrellevar el sufrimiento y, aún más, alcanzar la inmortalidad.

Naomi Janowitz, Magic in the Roman World: Pagans, Jews and Christians. London, Routledge, 2001.

martes, 8 de octubre de 2013

"The Tibetan Book of the Dead: A Biography", de Donald S. Lopez.

En Occidente es muy conocido y leído el llamado Libro Tibetano de los Muertos, un texto sobre el que Donald S. Lopez escribe una biografía, centrándose en la singular vida de quien fue su compilador y difusor, el antropólogo estadounidense Walter Evans-Wentz. 
Walter Yeeling Wentz -luego se agregó el apellido Evans- era un seguidor de la Teosofía de Madame Helena P. Blavatsky y el capitán Olcott y, como tal, desde esa óptica realizó estudios de la literatura celta y luego incursionó en estudios sobre Egipto, la India y el Tíbet. Estudió literatura en Stanford y antropología en Oxford. Durante la primera guerra mundial vivió en la tierra de los antiguos faraones, migrando luego a la India, en donde adquirió los textos que luego compiló y denominó Libro Tibetano de los Muertos, asemejándolo al Libro Egipcio de los muertos. Desde el punto de partida de la teosofía, Evans-Wentz sostenía que se trataba de un conocimiento antiquísimo con origen en la desaparecida Atlántida. Lo cierto es que estos textos tibetanos se remontan, legendariamente, a la presencia de Padmasambhava en el siglo VIII en el Tíbet, en donde predicó el budismo. Si bien sabemos que Padmasambhava estuvo pocos meses en esa región, la leyenda sostiene que dejó numerosos textos enterrados o escondidos, que van siendo revelados paulatinamente. Uno de los monjes que halló esos textos sagrados, el Bardo Tödöl, fue Karma Lingpa. Este texto trata sobre la estación intermedia entre la muerte y el renacimiento, a fin de guiar a las personas en su tránsito en esos días en el más allá.
Walter Evans-Wentz tradujo al inglés una compilación, con sus propias anotaciones, pero él ignoraba la lengua tibetana. La traducción estuvo a cargo de Kazi Dawa Samdup, tal como siempre lo hizo constar Evans-Wentz, y así se publicó a partir de 1927 en adelante en Occidente. 
Donald S. Lopez Jr. señala que el libro es conocido y leído en Occidente, en tanto que en el Tíbet es apenas utilizado. Y es que algunas de sus partes son para los iniciados al budismo tántrico, a la par los monjes budistas tibetanos emplean otros textos para acompañar al muerto en ese tránsito.

Donald S. Lopez Jr., The Tibetan Book of the Dead: A Biography. Princeton, Princeton University Press, 2011.

domingo, 22 de septiembre de 2013

"Hesiod's Cosmos", de Jenny Strauss Clay.

Jenny Strauss Clay ha dedicado este libro al cosmos de Hesíodo, conformado por su Teogonía y Los trabajos y los días. En su visión, que sostiene con acierto a lo largo del libro, ambas obras son complementarias y muestran, por un lado, el cosmos de los dioses olímpicos y, por el otro, la vida humana.
La Teogonía se nos presenta como una espiga, abigarrada, y la autora saca una por una cada semilla para mostrarnos toda la fecundidad del libro. Es así como nos explica la lucha generacional de Urano, Cronos y Zeus, así como las alianzas que este último sabe articular para quedar como jefe del panteón, tras haber derrotado a los Titanes y a Tifón. La diosa Gea, insiste Jenny Strauss Clay, colaboró sistemáticamente en ayudar siempre al pretendiente más joven, tierra fértil que da nacimiento a la vida, vientre feraz de deidades. Zeus, no obstante, supo tejer un orden cósmico que se mantiene en equilibrio, a la par que logró no ser enfrentado por ninguno de sus descendientes.
Asimismo, dedica un capítulo muy interesante a Prometeo a partir de su tratamiento en los dos libros, y rescata a la diosa Hécate, colocándola en un plano más elevado, completamente diferente del habitual, ya que su actuación es la que determina el éxito de cualquier empresa. 
De gran relevancia es el tratamiento que tiene la antropogonía y las cinco edades de la humanidad. Las dos primeras, de oro y plata, fracasaron por su imposibilidad de reproducirse. La tercera, de bronce, se dedicó enteramente a la guerra, por lo que la intervención divina participó en la génesis de la de los héroes, comparable a la edad dorada, pero luego la humanidad cae en la edad de hierro por el alejamiento de los dioses. 
Este libro fue escrito con inteligencia, conocimiento y perspicacia, mostrándonos cómo es posible seguir nutriéndonos con la cultura clásica con el transcurso de los siglos.

Jenny Strauss Clay, Hesiod's Cosmos. Cambridge, Cambridge University Press, 2003.

lunes, 6 de agosto de 2012

"Nacimiento y renacimiento", de Mircea Eliade.

Nacimiento y renacimiento es una obra en la que Mircea Eliade, conocido historiador de las religiones, se aboca a estudiar los ritos iniciáticos en Australia, América del Sur, África, Siberia y antiguas culturas, como Grecia.
En las culturas que están caracterizadas por lo sagrado, el rito de iniciación puede ser de pasaje de la niñez a la adultez, el de la iniciación de un chamán, o bien de incorporación a una hermandad esotérica.
Mircea Eliade abunda en detalles y paralelismos de estos tres grandes tipos de iniciación. 
¿Qué es la iniciación? No sólo hay una transmisión de conocimientos sagrados y míticos al neófito, sino que lo más importante es la transmutación espiritual del mismo. Antes, era un profano, un niño ignorante envuelto en las tinieblas; con la iniciación, conoce los misterios que antes le eran vedados y puede ver la luz del conocimiento. Es el retorno al útero, la muerte del hombre profano para mutar en un ser espiritual pleno y consciente de la sacralidad del mundo. Una muerte y renacimiento, una profunda mutación ontológica, tal como la que se observa en los períodos de la naturaleza.
De particular interés resulta su estudio sobre el chamanismo desde la perspectiva iniciática, que en rigor trata con más claridad y profundidad en su libro El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis.
Mircea Eliade señala los rasgos iniciáticos del cristianismo, que se difundió en el imperio Romano en tiempos de crisis. Esta nueva religión, para adquirir un carácter universal, debió nutrirse de los misterios grecoorientales así como de la filosofía. Tanto el bautismo como la eucaristía, entonces, pueden ser estudiados desde este costado no explorado. Es claro que el bautismo es un rito de pasaje y purificación que, en tiempos originales, era para adultos. Pero Eliade se distancia del teólogo y sacerdote Alfred Loisy que, a principios del siglo XX y para escándalo de la Iglesia Católica Romana, señalaba una fuerte influencia de los misterios grecoorientales en el cristianismo. Si bien los misterios de Eleusis perduraron un milenio en la Hélade, de ellos son pocos los rastros que nos han llegado, lamentablemente, no sólo por el fuerte secreto que los envolvía, sino también por haber sido borrados por el cristianismo.
Eliade señala que muchos movimientos de carácter esotérico y ocultista intentan llevar adelante algunos ritos de tipo iniciático, aunque en forma burda, pero que a su criterio demuestran la necesidad de religiosidad en el mundo contemporáneo. Para el autor, la única sociedad iniciática seria y consistente del mundo moderno es la masonería, desdeñando el resto como imitaciones sin mayor sustento. 

Mircea Eliade, Nacimiento y renacimiento. Madrid, Kairós, 2000. ISBN 84-7245-485-1

miércoles, 25 de abril de 2012

"Marsilio Ficino: his Theology, his Philosophy, his Legacy", de Michael Allen y Valery Rees.

Marsilio Ficino: his Theology, his Philosophy, his Legacy es una recopilación de ensayos eruditos en torno a este filósofo, sacerdote, traductor y médico de la Florencia renacentista, un hombre cultivado que dejó una impronta que trascendió los siglos con su obra.
Bajo el mecenazgo de los Médici, especialmente de Cosimo de Medici, Marsilio Ficino fue el traductor obras de Platón, Plotino y Hermes Trismegisto al latín, textos que hasta los tiempos del renacimiento no habían llegado al Occidente. De hecho, Ficino creó la llamada "Academia Platónica" en Florencia, sobre la que hay discusión con respecto a su naturaleza y alcance.
Marsilio Ficino, alma inquieta de esa época de cambios fecundos y en una tierra pródiga en talentos, fue primero médico y luego se convirtió al sacerdocio. Esto, sostenía Ficino, era la consecuencia lógica de quien quiere curar el cuerpo y el alma, tal como se desprendía del Nuevo Testamento. El propósito de este filósofo era conciliar al cristianismo con el neoplatonismo y, como tantos otros autores de su tiempo, suponía que la revelación no se había limitado sólo al pueblo judío y de allí al resto de la humanidad con Jesús, sino que en otros pueblos también hubo una preparación para el monoteísmo.
De allí que afirmara que los primeros grandes maestros fueron Zoroastro, Hermes Trismegistus, Pitágoras, Platón y Aristóteles, aun cuando en algunas oportunidades intercalaba a Moisés y a Orpheus.
Estos intentos de conciliación del neoplatonismo con el cristianismo databan de mucho antes. Ya en 1434, una delegación griega arribó a Florencia para debatir con teólogos italianos a este respecto, ya que era parte de un intento más vasto de reunificación de la cristiandad en sus dos grandes ramas de entonces, la Iglesia de Roma y la de Bizancio.
Cuando Cosimo de Medici adquirió el Corpus Hermeticum (o Pimander), hizo que Ficino suspendiera sus traducciones de Platón para dedicarse por entero a este texto, al que supusieron anterior al del fundador de la Academia. Dos siglos más tarde, se pudo determinar que Hermes Trismegistus fue un autor posterior a Platón, gracias a la ingente labor de Isaac Casaubon, teólogo francés. Sobre la influencia que habría tenido Ficino en Copérnico y su teoría heliocéntrica, Dilwyn Knox es más bien escéptico, en oposición a las conjeturas de varios autores, entre ellos Mircea Eliade que así lo afirma en La búsqueda.
No obstante, debemos tener en consideración que autores como Marsilio Ficino, que se atrevían a leer textos de otras tradiciones, despertaban las sospechas de las autoridades eclesiásticas, quizás aún más por ser él mismo un sacerdote. Poco es lo que podemos saber de su interés por la astrología y la magia, mucho se ignora sobre el verdadero carácter de la Academia que formó en Florencia, ya que no sólo no se dispone de documentación escrita que haya llegado a nuestro tiempo, sino también por la prudencia natural de estos personajes para no dejar rastros materiales. ¿Cómo podríamos saber si fue un iniciado a misterios que no nos han llegado, siguiendo la tradición griega de la transmisión oral de conocimientos esotéricos, a la que intuimos que adhirió Platón? Sea como fuere, el historiador siempre se halla ante estas lagunas que no puede llenar, sobre las que sólo cabe especular y dejar sentada una sospecha, pero sin la posibilidad de hacer afirmación alguna.
El volumen es, de principio a fin, impecable por la seriedad de los estudios que contiene, habiendo una gran diversidad de enfoques y opiniones. Una obra excelente que invita a seguir estudiando esa época extraordinaria que fue el Renacimiento.

Michael J. B. Allen y Valery Rees, Marsilio Ficino: his Theology, his Philosophy, his Legacy. Leiden, Brill, 2002. ISBN 90-04-11855-1

sábado, 21 de abril de 2012

"Alquimia asiática", de Mircea Eliade.

Que la alquimia fue el precedente de la química es algo bien sabido pero, ¿qué buscaban en realidad estos alquimistas? Mircea Eliade separa dos nacimientos de la alquimia: una en China, inspirada por el taoísmo, y otra babilónica y continuada en Alejandría. En este libro, Alquimia asiática, trata sobre el desarrollo en China en su afán por lograr el rejuvenecimiento, una vida prolongada y, finalmente, la inmortalidad. De allí que, a criterio de Eliade, se distancie de lo que conocemos como la alquimia greco-egipcia que tuvo lugar en el Mediterráneo, que se habría caracterizado por criterios más científicos.
Lo que buscaban chinos e indios era la "piedra filosofal", la sustancia que transmutara los metales en oro alquímico. No para acumular oro -no era este el objetivo-, sino que esa sustancia era la que permitía prolongar la vida e, incluso, lograr la inmortalidad. Ese conocimiento alquímico se transmitía del maestro al discípulo iniciado, era una enseñanza de carácter esotérico. Eliade señala que muchos místicos de India y China consumían mercurio con la convicción de que esta sustancia ayudaría a extender los años de vida. En el caso de la India, Eliade lo relaciona estrechamente con el tantrismo.
En rigor, señala el reconocido historiador de las religiones, todos los alquimistas eran iniciados. Los alquimistas chinos eran taoístas; los de la India, estaban vinculados al tantrismo; en Egipto, eran gnósticos; en Grecia, eran de los grupos herméticos. De hecho, para ser alquimista y manejar ese conocimiento poderoso del elixir que prolonga la vida había que ser un iniciado, y sólo aquel que pasaba por el regressus ad uterum -un nuevo nacimiento-, podía alcanzar ese conocimiento.
Señala un aspecto interesante que quizás hoy muchos ignoren, y es que se creía que el oro era un fruto maduro de la tierra. Todos los minerales eran potencialmente oro, pero que eran sacados prematuramente. Es por ello que ese elixir o piedra filosofal hacía madurar los minerales en oro: un oro puro, el oro alquímico.
En Occidente, la alquimia tuvo auge gracias en los tiempos del Renacimiento, cuando llegó el influjo del neoplatonismo y el hermetismo -véase la figura de Marsilio Ficino, por ejemplo-. En los principios del siglo XVII nacerá la orden de los Rosacruces, que buscará la renovación universal a partir del conocimiento de la filosofía química, despertando la adhesión de numerosos seguidores. Un célebre alquimista fue Newton, que escribió numerosos escritos alquímicos que no publicó en vida, porque temía que este conocimiento se vulgarizara por los riesgos que ello conllevaba. Su descubrimiento de la fuerza de gravedad era una pieza más en su exploración de la relación del microcosmos -cuerpo humano- con el macrocosmos. De hecho, Newton habría intentado integrar la alquimia dentro de la filosofía mecánica. Eliade señala que "Newton y sus contemporáneos esperaban que la revolución científica tomase un rumbo muy distinto del que de hecho tomó". Lo que anhelaban era la perfección del hombre. Es decir, que el hombre hubiese sido capaz de restaurar la perfección original, perdida in illo tempore según todas las mitologías.
Mitos que, afirma Eliade y que yo suscribo, fueron reemplazados por el del progreso indefinido y de que la ciencia podrá eliminar todas las barreras de la vejez y la muerte.

Mircea Eliade, Alquimia asiática. Barcelona, Paidós, 1992. ISBN 978-84-7509-825-8.

viernes, 20 de abril de 2012

"El islamismo y el judeocristianismo", de Jacques Ellul.

El último de los libros escritos por el historiador y teólogo Jacques Ellul, El islamismo y el judeocristianismo es una obra que nos arroja a pensar en la relación que hay entre estas tres religiones monoteístas, que tanta polémica, incomprensión y conflictos provoca.
Ellul señala, en breves páginas, lo que él denomina irónicamente los "tres pilares del conformismo", que desmenuza con erudición e inteligencia. Se refiere a los tres aspectos que pueden confundir al occidental en su aproximación al Islam, a saber: que las tres religiones son tributarias de Abraham, son monoteístas y del Libro.
Tengamos presente que el profeta Muhammad -Mahoma- tuvo contacto con cristianos monofisitas y nestorianos, que no tenían la misma concepción de la naturaleza de Jesús, entre tantas otras cuestiones teológicas fundamentales, que el resto de la cristiandad de la época. Es de esas fuentes que abreva el Islam en sus inicios, por lo que si bien hay referencias a Adán, Abraham, Moisés, María y Jesús que pueden despertar la creencia de que se está hablando en los mismos términos que en el judaísmo y el cristianismo. Sin embargo no es así, ya que para los musulmanes Adán, Abrahám, Moisés y Jesús fueron profetas del Islam pero sus enseñanzas fueron tergiversadas. Es por ello que, si bien reconocen a la Biblia, no la utilizan, ya que consideran que su contenido fue deformado por judíos y cristianos. Asimismo, estos profetas no son tomados en su contexto histórico. A Abraham -Ibrahim para el Islam- se lo encuentra estableciendo la peregrinación a la Kaaba en La Meca -Makka-, lo que choca frontalmente con la historia bíblica.
El otro aspecto analizado por Jacques Ellul es la concepción del monoteísmo que -señala acertadamente-, puede parecer un punto en común, más entre judíos y musulmanes que con los cristianos, ya que la idea de la Trinidad resulta difícil de comprender aún para sus mismos creyentes. En primer término, señala el autor, a la Trinidad la componen tres maneras de ser de Dios, y no tres personas. Por otro lado, remarca que para los musulmanes María es uno de los tres miembros de la Trinidad, quitando al Espíritu Santo, con lo que la confusión es mayor. Pero, ante todo, Ellul explica la diferencia esencial de la relación del Dios bíblico judeocristiano que el Dios coránico: el primero establece una relación con el hombre, en tanto el de la concepción islámica es distante e inaccesible: no es un Dios que sea Padre ni tampoco "histórico".
Finalmente, la tercera diferencia es la idea de las "religiones del Libro". Bien afirma que no es ni la primera ni la última religión que se basa en un texto: Mein Kampf de Hitler y el Libro Rojo de Mao Zedong fueron, a su manera, libros religiosos. Asimismo, ¿cuál es el valor de esos textos, sea la Biblia o el Corán? La Biblia -judía y cristiana- está compuesta por textos inspirados, a la vez que el Corán es un libro dictado y, por consiguiente, no susceptible de interpretación. Esta diferencia -esencial y abismal- conduce a la inflexibilidad de la enseñanza islámica.
El libro cierra con el prólogo que Jacques Ellul escribió para un estudio de Bat Ye'or sobre los dhimmi en las sociedades islámicas. Los dhimmi, "protegidos", eran y son las minorías no musulmanas en países islámicos. Que si bien su situación es incuestionablemente mejor que la vida de los judíos en la Europa cristiana medieval, pero que no deja de ser la condición de un siervo al que se le han concedido derechos y, en consecuencia, también pueden ser revocados. Ellul advierte que muchos intelectuales europeos, en particular los franceses, tenían una actitud de benevolencia hacia el Islam debido al complejo de culpa por la guerra de Argelia, lo que los llevaba a enceguecerse con las virtudes de los pueblos musulmanes. En esto, por cierto, hay matices. El Occidente debe buena parte de su acervo cultural a la influencia árabe, que supo conservar muchos textos filosóficos de la antigüedad, así como fue puente para una gran cantidad de conocimientos científicos provenientes del resto de Asia. Bien, pero debe parte, no el todo. También es claro e indiscutible que la vida de las minorías judías y cristianas en Al Andalus era incomparablemente mejor que en la Europa cristiana, pero no fue así en el vasto Imperio Otomano, para citar un ejemplo más reciente.
Una observación que cabe hacer es que Ellul toma al Islam como una concepción monolítica, sin prestar atención a sus diferentes corrientes y variantes. Así como es un error severo tomar al cristianismo como si fuese uno solo -cuando hay una gran variedad de denominaciones-, lo mismo ocurre con el Islam.
Pero más allá de lo que acabo de señalar precedentemente, el libro de Ellul no peca de ingenuidad y llama al estudio serio del Islam y su historia, de sus creencias y en no caer en las supuestas similitudes que pueden esconderse en aparentes coincidencias de lenguaje. Un libro académico que no es un panfleto, en estos tiempos de maniqueísmos que encienden pasiones, hogueras, guerras y persecuciones; para ser leído y analizado con mente abierta y honesta.

Jacques Ellul, El islamismo y el judeocristianismo. Madrid, Katz, 2008. ISBN 978-84-96859-22-7

domingo, 15 de abril de 2012

"El vuelo del ganso salvaje", de Joseph Campbell

Es bueno hacer relecturas más o menos periódicas de ciertos libros y autores. En este caso, de El vuelo del ganso salvaje, de Joseph Campbell, un autor que ha sabido despertar inquietudes y reflexiones durante decenios. ´
El libro abre con un capítulo dedicado a la ingente labor de los célebres hermanos Grimm que, en tiempos de las invasiones napoleónicas a lo que hoy es Alemania, emprendieron la recopilación de relatos que pervivían por transmisión oral de una generación a otra en los pequeños pueblos y regiones rurales. Establece con claridad la división entre mito, leyenda y cuento, y desarrolla cómo algunos mitos pueden convertirse en leyenda, así como algunas leyendas terminan siendo cuentos. Muchos de los cuentos populares europeos -bien lo sabemos hoy- han tenido origen en la India, sobre todo a partir del Panchatantra, que eran relatos para la educación de los príncipes, aquello que los árabes llamaban la "prosa de Adab".
Campbell recorre con su pluma ágil las escuelas de interpretación de los mitos: psicológica y sociológica. El mito tiene una función de orden en la sociedad, un rol de integración y que, además, brinda un equilibrio emocional a los miembros. Y así es como llega a las iniciaciones, el "segundo nacimiento", el instante vital para todo miembro de estas sociedades en las que, ya desarrollado físicamente, pasa a conocer los mitos fundantes del cosmos.
De gran interés son sus conjeturas sobre la mitogénesis y cómo se habrían difundido los mitos a partir de un mismo centro geográfico, llegando a todas las latitudes. Brinda varios ejemplos ilustrativos de mitos de las distintas etnias aborígenes de América del Norte, ricas en contenidos y simbolismo.
Finaliza el libro con un análisis del mito en las sociedades modernas, secularizadas, haciendo un llamamiento a las religiones institucionalizadas de Occidente -en particular al cristianismo-, a deshistorizar sus mitos (es interesante confrontar esta visión con la de Jacques Ellul). Señala positivamente el individualismo occidental -postura poco frecuente- y sostiene que a partir de esa valoración de la persona es como cada uno debe buscar su camino hacia lo trascendental, alejándose cada vez más de los mandatos establecidos por las jerarquías.

Joseph Campbell, El vuelo del ganso salvaje. Barcelona, Kairós, 1998. ISBN 978-84-7245-380-4

jueves, 5 de abril de 2012

"La búsqueda", de Mircea Eliade.

Mircea Eliade es uno de los grandes impulsores de la historia de las religiones, un autor prolífico que ha dejado una gran cantidad de libros y artículos que no sólo han dejado huella en su especialidad, sino también en el gran público, al que siempre prestó atención.
En La búsqueda, se recopila una serie de artículos sobre distintas problemáticas dentro de la historia de las religiones. Parte de un resumen de los diferentes enfoques que hubo en la nueva disciplina desde su nacimiento, y cómo recibió aportes desde la psicología, la sociología, la filología y la antropología. Luego, ingresa en el terreno especulativo de cuál fue el origen de las religiones, asunto que ha desvelado a muchos autores.
No pocos intelectuales del siglo XIX supusieron -erróneamente- que el contacto con las culturas orientales iba a generar un nuevo Renacimiento, tal como aconteció a finales de la edad media europea. Y es que, por un lado, la ciencia europea estaba entrando en un período de positivismo y la cultura, en general, en un cerrado etnocentrismo, que no permitieron abrir las mentes a la riqueza creativa que llegaba desde el Oriente. Esto, aún hoy, sigue marcando la incomprensión que caracteriza al occidental en su abordaje de lo que ocurre en Asia. Con respecto al Renacimiento, señala la influencia del Corpus Hermeticum traducido por Marsilio Ficino, un autor neoplatónico de gran influencia en la cultura de su tiempo, sobre el que haré un comentario más adelante.
Creo que los capítulos más interesantes para el lector general son aquellos en que trata sobre el paraíso y la utopía. Son dos elementos míticos que están presentes, aun cuando no se los quiera advertir como tales. El paraíso como ese lugar y estado de beatitud primordial, el sitio al que hay que retornar y que, bien lo señala Eliade, tan fuerte impronta ha dejado en la cultura estadounidense con el hombre adánico que tiene un nuevo comienzo en esa tierra de promisión. Este enfoque -que puede resultar perturbador para el hombre secularizado de hoy- nos abre nuevas perspectivas para comprender esa sociedad tan afecta a todo lo nuevo en sí mismo, que no mira hacia atrás y que desdeña su raíz europea como vieja, malsana y corrompida.
También dedica un capítulo a las iniciaciones, aunque Eliade ha dejado una producción más rica sobre la cuestión en libros como Iniciaciones místicas, Nacimiento y renacimiento y El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis.
Cierra el libro con un capítulo dedicado al dualismo religioso, de abordaje complejo y al que analiza con mitos de los aborígenes de América del Norte.

Mircea Eliade, La búsqueda. Barcelona, Kairós, 2000. ISBN 84-7245-432-0