lunes, 29 de abril de 2013

"Mil grullas", de Yasunari Kawabata.

Kawabata juega con sus personajes, los hace vivir intensamente en los detalles sutiles, los hace gozar, sentir, amar y sentir dolor. Y cada uno de ellos, casi sin quererlo, va exhibiendo los pliegues de su personalidad, sus ricas complejidades, en un delicado entramado como el de Mil grullas. Kikuji, un hombre de 25 años, visita en una ceremonia del té a una antigua amante de su padre, la señorita Chikako, que permaneció soltera por -quizás sí, quizás no- tener una mancha que cubría la mitad de su seno izquierdo. El padre de Kikuji, el señor Mitani, luego frecuentó a la señora Ota, viuda y con una hija, hasta que falleció.
Kikuji se hallará enredado en la espesa relación que dejó su padre al morir, y el escenario se desarrollará en torno a la ceremonia del té, tan importante para su progenitor. Así, conocerá a la hija de la señora Ota, Fumiko, en tanto que Chikako procurará que Kikuji contraiga matrimonio con una joven llamada Yukiko, que llevaba un pañuelo con mil grullas el día en que la conoció.
Novela que navega en el erotismo, sugerente, de profunda densidad, que recorre cada página con naturalidad. 
Una obra maestra de Yasunari Kawabata.

Yasunari Kawabata, Mil grullas. Buenos Aires, Emecé, 2003.

lunes, 22 de abril de 2013

"Afghanistan. A Cultural and Political History", de Thomas J. Barfield.

El antropólogo Thomas Barfield nos invita a explorar, con la maestría de su pluma y la amplia visión de su especialidad, la historia de Afganistán desde el siglo XIX hasta el actual. 
De variada composición étnica, Afganistán se halla al sur de lo que fue el Asia Central ocupada por el Imperio Ruso y luego la Unión Soviética, así como al noroeste del antiguo Raj Británico de la India -que incluía al actual Pakistán-, por lo que fue una de las piezas disputadas en el Gran Juego que tuvo lugar en la centuria decimonónica. En este atribulado país viven pashtunes, tadjikos, uzbekos, hazaras, turkmenos, nuristanis, baluchis y otras etnias menores, que a su vez se dividen en confederaciones tribales y clanes que son decisivos en la vida cotidiana de las regiones y comunidades. Los pashtunes, etnia que tendría un 40% de la población, también tienen fuerte presencia en Pakistán, sobre todo en la Provincia del Noroeste, otrora llamada North Western Frontier Province y ahora Federally Administered Tribal Areas (FATA). Dentro de los pashtunes, quienes tuvieron el rol predominante en el gobierno durante más de dos siglos fueron los Durrani, confederación que agrupa a las familias tribales más influyentes de Afganistán.
Para el autor, fueron las dos guerras contra los británicos las que afectaron sensiblemente la política interna de Afganistán. Por un lado, despertaron el deseo de lucha contra un ocupante al que consideraban infiel; por el otro, los emires instalados en Kabul fueron centralizando el poder en detrimento de las regiones. Es interesante observar que los emires, a pesar de su prédica interna en contra de los infieles -británicos o rusos-, recibieron jugosos estipendios del Raj británico que utilizaron para crear una vasta red de complacencia con las tribus cercanas. La centralización llegó a su clímax con el emir Abdur Rahman, que fue el único de los Durrani que pudo morir tranquilamente y dejar el trono en manos del sucesor previamente elegido. El emir Habibullah debió enfrentar las presiones para liberarse completamente de la tutela británica durante la primera guerra mundial. Empero, el Imperio Ruso y el Reino Unido ya habían terminado sus diferencias en 1907 y fueron aliados en la Gran Guerra contra las potencias centrales europeas. Habibullah recibió cartas del Kaiser Guillermo II y del sultán otomano para crear un frente de guerra contra la India, pero debió declarar la neutralidad afgana para evitar una eventual invasión ruso-británica. Muerto en circunstancias sospechosas aún no conocidas, su hermano Nasrullah se proclamó emir. Fue el tercer hijo de Habibullah, Amanullah, quien se rebeló con apoyo del ejército y logró el trono. En abril de 1919 proclamó la tercera guerra contra los británicos, de emancipación nacional y en términos de jihad, que finalmente terminó con la tutela sobre la política exterior afgana con el Tratado de Rawalpindi en agosto. La consecuencia económica, sin embargo, fue perjudicial para la monarquía, ya que significó el fin de los subsidios. El emir Amanullah ganó un enorme prestigio internacional y apoyó a los musulmanes en la India y las independencias de Jiva y Bujara en la guerra civil rusa. Esta fase panislámica de Amanullah fue breve, porque luego impulsó reformas en cuestiones matrimoniales, de impuestos y servicio militar, que despertaron la ira de los sectores religiosos más tradicionales. Los intentos del emir Amanullah de occidentalizar las costumbres y, en particular, de mejorar las condiciones de vida de las mujeres, fueron resistidos y provocaron una gran rebelión en 1929 que desembocó en una guerra civil y la caída del rey. Thomas Barfield nos recuerda que los pashtunes tienen un código de honor muy severo, el pashtunwali, que es el que rige sus costumbres. Si bien lo asimilan a la sharia, el pashtunwali es el que predomina y el que observan los sectores más tradicionales, tal como ocurrió con los Taliban a fines del siglo XX y comienzos del XXI. Finalmente se instauró la monarquía de Nadir Shah, tras un breve período del kohistani Habibullah, pero el nuevo rey fue asesinado en 1933. Lo sucedió su hijo Zahir Shah, que fue el monarca hasta el golpe de Estado de 1973.
Bien remarca Barfield que durante el extenso reinado de Zahir Shah no se introdujeron reformas sociales en las comunidades rurales, quedando el proceso de modernización restringido a Kabul. Zahir Shah logró tomar el control del gobierno recién en 1964, tras años en que tanto sus tíos como su primo Mohammed Daud ocuparon la función de primer ministro. Durante estos años de estabilidad y paz interna, los más extensos de la historia afgana, el país utilizó su posición fronteriza con la URSS para lograr créditos e inversiones tanto del bloque socialista como de Occidente.
En 1973, Mohammed Daud dio un golpe de Estado y proclamó la república, aunque el poder permaneció en las manos de la misma familia y de los Durrani. En 1978, la facción Jalq del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), de carácter socialista, dio un nuevo golpe contra Daud y buscó el apoyo soviético. No sólo emprendieron un proyecto audaz de revolución de la sociedad afgana, de ingeniería social, sino que además purgaron al propio partido de la facción Parcham, moderada, Y aquí, la visión del antropólogo viene en nuestro auxilio: los Jalq eran de la tribu Ghilzai (pashtún), por lo que buscaban desplazar a los Durrani del poder. Fue inevitable el levantamiento de los sectores más tradicionales contra la política socialista de los Jalq y, por ello, solicitaron el auxilio de la Unión Soviética, que invadió Afganistán en diciembre de 1979
El autor señala que esta fue la mayor ruptura de la historia afgana, con consecuencias que persisten hasta el presente. Los pashtunes con una visión radicalizada del Islam se asentaron en Pakistán con apoyo económico de Arabia Saudí, con lo que se convirtieron en el sector opositor más numeroso y mejor financiado. Los gobiernos de Estados Unidos, deseosos de contener a la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría, se volcaron por este sector a fin de derrumbar al nuevo estado socialista. Uno de los principales beneficiarios de esta ayuda fue Pakistán, que canalizó los fondos a través de su servicio de inteligencia, el ISI, que habrá de intervenir activamente en la política interna afgana.
Con Mijail Gorbachov como secretario general del PC soviético se comenzaron los cambios en Afganistán, reemplazando a Babrak Karmal por Najibullah, que desmontó parte del simbolismo socialista del PDPA. Hizo ofertas a las facciones rebeldes para integrar el gabinete, que fueron rechazadas por la presencia de las tropas soviéticas. Con el retiro de este ejército en 1989, Najibullah se presentó como un buen musulmán y nacionalista afgano, en tanto que la retirada de la URSS quitó incentivos a Estados Unidos y a Arabia Saudí para continuar financiando a los mujahidin, quedando Pakistán como única fuente de recursos para proseguir la guerra civil, en particular al líder islamista Hekmatyar.
El gobierno de Najibullah sobrevivió hasta 1992, cuando dejó de recibir fondos de la desaparecida Unión Soviética. Tras la instalación del gobierno de Rabbani y Hekmatyar, ambos rivalizaron por el poder en un país que ya no era importante en el tablero del poder mundial, con el fin de la guerra fría. 
Fue en estas circunstancias en las que se nutrió el grupo de los Taliban, liderados por el Mullah Omar de Kandahar, que pretendía la instauración de un califato en Afganistán. Los Taliban, que significa "estudiantes", eran jóvenes que en su mayoría se socializaron en los campos de refugiados en Pakistán y que carecían de la formación elemental del Islam, puesto que ignoraban el árabe clásico y mezclaban groseramente la religión con el pashtunwali. En un comienzo tuvieron apoyo al lograr la imposición de la ley y el orden en un país convulsionado, pero luego aplicaron su propia versión de la sharia y el pashtunwali, persiguiendo al sufismo, a la shia y aplicando una iconoclasia rígida y absurda. Al lograr el control de Kabul, en 1996, sólo lograron el reconocimiento internacional de Pakistán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. 
Ignorantes del mundo más allá de las fronteras afganas, su aislamiento se hizo más evidente cuando dieron asilo a las facciones más radicales del islamismo, como Al Qaeda. Y como nunca  lograron el control total del territorio afgano, utilizaron a estos inmigrantes combatientes en la guerra civil contra los enemigos internos.
La suerte de los Taliban quedó sellada con los atentados de septiembre del 2001 en Estados Unidos: la coalición internacional apoyó a los antiguos enemigos de los Taliban y en pocas semanas desalojaron a este régimen de Kabul, debiendo esconderse en las montañas fronterizas con Pakistán. Por el acuerdo de Bonn entre las diferentes facciones afganas -excepto los Taliban- se arribó al consenso de que Hamid Karzai, pashtún Durrani del clan Popalzai, ocupara la presidencia provisional. El rey Zahir Shah, en el exilio, fue entonces un consejero del nuevo gobierno provisional. Si bien muchos pashtunes y no pashtunes apoyaban la restauración de la monarquía, este objetivo no estaba contemplado por el entonces gobierno de George W. Bush, por lo que fue descartada.
Se optó, entonces, por un régimen presidencialista fuerte y centralizado, en el que el presidente designa a los gobernadores y toma decisiones triviales para la vida de las comunidades, como el pago de sueldos a los maestros. Señala Barfield que esta fue una debilidad para Karzai, paradojalmente, ya que todo caso de corrupción e ineficiencia era atribuido al presidente. Asimismo, el autor remarca que la legitimidad en Afganistán no está dada por el origen democrático, sino por el ejercicio eficaz del poder, de modo que el respaldo en las urnas poco significó para la población.
Los Taliban e islamistas siguieron siendo financiados por Pakistán, en donde tuvieron asilo a pesar de su proclamada alianza con los Estados Unidos, buscando desestabilizar al país vecino. Karzai, que ganó la reelección en el 2009 en circunstancias que generaron el rechazo de la comunidad democrática occidental, aún no logró consolidar el poder del estado afgano y persiste el conflicto.
Thomas Barfield cierra el libro con comentarios sumamente interesantes sobre las alianzas económicas y políticas para un Afganistán que pueda progresar hacia la paz, la libertad y la mayor integración de su comercio internacional.
El enfoque desde la antropología arroja un torrente de luz en un conflicto de difícil comprensión para los occidentales, demostrando así, una vez más, el valor de los enfoques desde las más variadas disciplinas.

Thomas J. Barfield, Afghanistan. A Cultural and Political History. Princeton, Princeton University Press, 2010.

miércoles, 3 de abril de 2013

"Poemas del río Wang", de Wang Wei.

Los veinte poemas que escribió Wang Wei en su casa a orillas del río Wang, en donde solía descansar lejos de la corte imperial, son una bella colección atravesada por diversas corrientes de pensamiento que entretejen la singular cosmovisión del milenario pueblo chino. Allí están presentes el taoísmo -en sus versiones filosófica y religiosa-, el budismo chan y el yin-yang.
Los poemas fueron traducidos y comentados por Pilar González España, quien traza bellas pinceladas con sus reflexiones tras cada poema, ayudando y provocando al lector a zambullirse en un océano de símbolos que sacude y conmueve, que se sugiere como un susurro al lector dispuesto a escuchar. Bien lo señala en su estudio preliminar: "Todo poema está abocado a decir lo indecible. La economía verbal está muy cerca del silencio físico y metafísico. Cuantas menos palabras, mayor es la ambigüedad, sus posibilidades significativas se multiplican hasta el infinito. Cuanto menos dice el poeta, más piensa y siente el lector, más dice el silencio". 

Wang Wei, Poemas del río Wang. Madrid, Trotta, 2004.

lunes, 1 de abril de 2013

"For Prophet and Tsar", de Robert Crews.

Robert Crews se adentra en un territorio desconocido para muchos occidentales, que es de la relación que tuvieron los Zares y sus administradores con los musulmanes del Volga, el Cáucaso y la vasta región del Asia Central. En un comentario previo en este blog, he tratado sobre el libro de Patrick March en torno a la expansión de los rusos hacia el Oriente. En este libro, el autor se concentra en la anexión de Asia Central y, en particular, en la relación de las autoridades zaristas con el mundo islámico.
El punto de partida es la zarina Catalina la Grande que, en tanto monarca de fines del siglo XVIII en pleno auge del iluminismo, alentó una política de tolerancia hacia los musulmanes residentes en el imperio  de Rusia que crecía hacia el este y el sur. A diferencia de Pedro el Grande, que había buscado cristianizar a los nuevos súbditos en su expansión, Catalina deseaba demostrar que gobernaría con justicia y armonía, impidiendo las conversiones forzosas que otrora llevaron adelante los obispos ortodoxos. Asimismo, la zarina suponía que la religión, cualquiera que fuese, ayudaba a preservar el orden. El Islam no era visto como una religión de aspiraciones universales, sino como la creencia particular de los turcos. Claro que su política de tolerancia no admitía el librepensamiento, la "herejía" o el ateísmo; y presuponía que esta atmósfera de justicia llevaría, en el futuro, a la conversión de los musulmanes al cristianismo.
Para tratar con los musulmanes dentro del Imperio, se estableció una jerarquía similar a las que tienen las denominaciones religiosas en Occidente. Para ello, se creó la Asamblea Eclesiástica "Mahometana" de Orenburg, liderada por el muftí Jusainov. Esta Asamblea buscó ser el intérprete y juez en los conflictos entre musulmanes, a la vez que un instrumento del zarismo para extender su dominio. Pero no todos los musulmanes fueron dóciles. Los sufíes fueron un problema para los rusos en el norte del Cáucaso en los años 1840, sobre todo por los derviches provenientes de Bujara, Tashkent y Jiva. El muftí Gabdrajimov hizo llamamientos patrióticos y de obediencia al Zar, como padre de todos los súbditos del imperio. En las mezquitas se oraba por la salud del Zar y su familia.
Una de las cuestiones a las que las autoridades rusas le prestaron gran atención, y que se reflejó en la Asamblea de Orenburg, fue la composición familiar. Los muftíes procuraron que las familias musulmanas fueran armoniosas, castigando el adulterio, la prostitución, el maltrato a las mujeres y el abandono de las esposas con hijos, ya que estas conductas perjudicaban a la sociedad. Resulta interesante observar que los rusos se preocuparon por castigar el maltrato a las mujeres, así como por establecer que el divorcio debía ser consentido por ambas partes. Las mujeres musulmanas tuvieron oportunidad de litigar en las cortes por divorcios o maltratos, y fue habitual que enviaran peticiones al Zar por abusos y maltratos. Las leyes rusas prohibían los casamientos y arreglos nupciales de niños, habituales en las comunidades islámicas de Asia Central. De este modo, se fue creando un cuerpo de jurisprudencia muy rico, tal como estaba ocurriendo en la India británica.
La centuria decimonónica fue el inicio del orientalismo patrocinado por el Estado, a fin de conocer a los pueblos que se dominaba en Asia. Dos figuras interesantes de esta corriente fueron el shiita converso al cristianismo Mirza Alexander Kazem Bek, que procuró sistematizar el derecho islámico y que tuvo gran influencia en los estamentos burocráticos, y su rival el kazajo Chokan Valijanov, de corta vida, que fue elogiado por Dostoyevski.
Los kazajos, que comenzaron a ser incorporados en la primera mitad del siglo XIX, no eran musulmanes estrictos, ya que tenían costumbres shamánicas y algunas creencias de origen maniqueo. El otro gran impacto para los rusos fue con la conquista de Kokand y la declaración de los protectorados de Jiva y Bujara, importantes centros de formación islámica desde hacía algunos siglos. 
El gobernador Von Kaufmann, con habilidad, procuró "ignorar al Islam" y propagar la civilización occidental sin forzar las costumbres, con la esperanza de que la demostración evidente de los beneficios llevaría la verdad a los musulmanes, que habrían de convertirse al cristianismo con el paso del tiempo. Esta actitud impidió choques inútiles para el imperio en una zona frágil. Zares conservadores como Alejandro III y Nicolás II no intentaron expandir el cristianismo ortodoxo y fueron cuidadosos en el trato con el Islam, pero sí persiguieron a las que se consideraban "sectas heréticas" que podían poner en peligro el orden establecido. Ya en 1905 se advirtió que los musulmanes habían cobrado importancia política en la región, llegando a tener diputados en la Duma, que exigían igualdad de trato con los cristianos. Su objetivo era una monarquía constitucional como la que proponían los liberales del partido Demócrata Constitucional, aunque en ocasiones acompañaron las propuestas de la izquierda. En la primera guerra mundial, muchos musulmanes se enrolaron en las filas del ejército ruso y otros, en 1916, fueron reclutados para tareas de apoyo tras las líneas de combate.
El libro es sumamente interesante porque resalta un aspecto pocas veces tenido en cuenta, como fue la política zarista hacia estas comunidades que iba anexando. Lejos de haber tenido una visión monolítica, las autoridades fueron prudentes y exploraron formas de incorporarlas en un imperio de múltiples nacionalidades y religiones, proyectando la concepción de un Zar protector de todas las religiones.

Robert Crews, For Prophet and Tsar. Islam and Empire in Russia and Central Asia. Cambridge, Harvard University Press, 2006.

sábado, 23 de febrero de 2013

"Eastern Destiny", de Patrick March.

El libro de Patrick March sobre la expansión asiática del antiguo principado de Moscovia, luego Imperio de Rusia y, ya en el siglo XX, la Unión Soviética, nos abre las puertas a un ángulo poco visitado en los estudios universitarios.
Bien señala el autor que el punto de partida fue con el príncipe de Moscovia Iván III que, al hacer suya la cosmovisión césaropapista del caído Imperio Bizantino, desplegó sus fuerzas hacia los cuatro puntos cardinales. No sólo comenzó a liberar a los rusos de la dominación mongola de la Horda de Oro, sino que además los unificó en torno a su concepción autocrática.
El primer Zar Iván IV, nieto de Iván III, otorgó las primeras concesiones más allá de los Urales, así como conquistó Kazán y llegó a las orillas del Mar Caspio. El único puerto de acceso al comercio con ingleses y holandeses que tenía Rusia era Arjangelsk, en el norte, y el principal producto de exportación eran las pieles, por lo que para mantener ese tráfico se lanzaron hacia el Oriente. Los buscadores de pieles no eran cazadores, sino que obligaban a los pueblos locales -no eslavos, sino tunguses- a dárselas como tributo bajo amenazas y secuestros. 
En la expansión asiática, los rusos tuvieron cuidado de mantenerse al norte de la estepa, poblada por mongoles y turcomanos, pueblos bien organizados y guerreros con los que no hubieran podido enfrentarse victoriosamente. En el siglo XVII alcanzaron las costas del Mar de Ojotsk y llegaron a la península de Kamchatka, tomando el primer contacto con los japoneses. 
La expansión chocó con las fronteras del imperio chino, entonces gobernado por la dinastía Qing, de origen manchú. Las relaciones con el imperio celestial eran complejas, puesto que el Hijo del Cielo y su corte suponían que las otras naciones les rendían tributo, por lo que no podían negociar como pares. Aun así, se arribaron a algunos tratados de índole comercial y de fronteras, como el de Nerchinsk en 1689, Kiajta en 1728 y Kuldja en 1851. Cuando el imperio de los Qing comenzó a demostrar su debilidad frente a las naciones occidentales a partir de la guerra del Opio, los rusos presionaron para establecer la frontera Amur-Ussuri, otorgando al imperio de los zares vastas regiones que teóricamente habían estado bajo dominio manchú.
Muy diferente fue el trato con el imperio japonés. Ya antes de salir de su aislamiento, los japoneses fueron advertidos del avance ruso en las costas del Pacífico norte, por lo que iniciaron sus exploraciones de las islas del norte, como Sajalin y las Kuril, entonces únicamente habitadas por los Ainu. Por el Tratado de Shimoda, de 1855, las islas sur de las Kuril se reconocieron a Japón de Iturup (al sur), y las del norte a Rusia (de Urup al norte). Sobre la isla Sajalin no se llegó a ningún acuerdo, estableciéndose un condominio con acceso para las dos partes. El ministro japonés Soejima Taneomi impulsó la compra de Sajalin en 1872, a propuesta del secretario de Estado William Seward, por dos millones de yenes de oro. También propusieron la partición de la isla, en vano.
Por el Tratado de San Petersburgo de 7 de mayo de 1875, la totalidad de Sajalin fue reconocida a Rusia y las Kuril a Japón.
La expansión llegó al estrecho de Bering y cruzó hacia Alaska. El zar Pablo I otorgó la cédula a la Compañía Ruso-Americana que, a pesar de tantos esfuerzos, siempre fue deficitaria. El zar Alejandro II comprendió que las costas del Pacífico norte eran sumamente vulnerables ante un posible ataque naval franco-británico, tal como lo aprendió durante la guerra de Crimea, y por ello decidió vender la región de Alaska al gobierno de los Estados Unidos en 1867. Otro problema vital que enfrentaban los exploradores y pobladores rusos era el déficit alimentario, puesto que no podían sobrevivir sólo de la caza y la pesca como los pobladores nativos. 
El siglo XIX fue también el escenario de la expansión hacia el Asia Central, conquistando o declarando "protectorados" a los antiguos janatos como Kokand, Jiva y Bujara. Aquí chocaron con la presencia británica con asiento en la India -lo que se conoció como el "Gran Juego" o "Torneo de Sombras"- y con la dinastía Qing, que estaba presente en el Xinjiang. Presionados por el juego de estos tres imperios, los pueblos turcomanos lucharon por mantener sus estados independientes, como la breve Kashgaria de Yakub Beg, a fines de la centuria decimonónica. Eran escaques que iban siendo ocupados en una partida implacable y silenciosa, que se prolongó hasta inicios del siglo XX. 
Fue clave en ese avance hacia el Oriente la construcción del ferrocarril Transiberiano, empresa arriesgada que conectó a la Rusia europea hasta el puerto de Vladivostok, atravesando estepas, bosques y lagos.
La presencia rusa fue contenida en Asia Oriental por la expansión japonesa en Manchuria y Corea, en donde libraron la guerra ruso-japonesa ante la impotencia de la dinastía Qing, en la que los rusos perdieron el sur de Sajalin (Karafuto para los japoneses). La situación china se enervó aún más con la proclamación de la república y el consiguiente período de la guerra civil, circunstancias que fueron utilizadas por los japoneses para la instauración del régimen de Manchukuo en 1932. También la Mongolia Exterior tuvo una curiosa autonomía tutelada primero por la Rusia zarista y luego la Unión Soviética, hasta que tras la segunda guerra mundial se reconoció su independencia.
Tras la revolución bolchevique de 1917, la Rusia asiática estuvo bajo dominio del ejército blanco durante la guerra civil, contando con el apoyo de los legionarios checos y de asistencia militar de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón. La fragilidad y volatilidad de esa vasta región queda en evidencia por la creación de entidades ficticias como la supuesta monarquía constitucional del Jebtsundamba Khutukhtu en Mongolia bajo amparo soviético, la proclamación de la breve "República del Lejano Oriente" presidida por Aleksandr Krasnoshchiokov, la paradójica "República de Tuva": todos fantasmas que, finalmente, cayeron bajo la órbita directa de la Unión Soviética. 
El Tratado de Neutralidad firmado por la Unión Soviética y Japón en 1941 fue de gran ayuda para Stalin durante la gran conflagración mundial, puesto que debió hacer frente a la invasión alemana en su flanco europeo. Tras la conferencia de Potsdam, la URSS declaró la guerra a Japón e invadió rápidamente Manchuria y el norte de la península coreana, así como ocupó la totalidad de Sajalin y las islas Kuril. La anexión de esta cadena insular sigue siendo el principal obstáculo para el tratado de paz entre ambas naciones, que no tienen importancia económica pero sí son de valor estratégico como barrera natural ante un eventual ataque naval a las costas rusas en el Mar de Ojotsk. Durante la guerra fría, esta región no sólo fue clave por su proximidad a los Estados Unidos, sino porque también fue la base de operaciones de la Armada soviética, cuyo puerto de submarinos nucleares en el Pacífico se halla en Petropavlovsk, en la costa oriental de Kamchatka
El libro es rico en detalles, brinda un panorama amplio sobre la expansión rusa en Asia, en donde el águila bicéfala cobija bajo sus alas un tercio del continente.

Patrick March, Eastern Destiny. Russia in Asia and the North Pacific. Westport, Praeger, 1996. 

martes, 19 de febrero de 2013

"El Otoño de la Edad Media", de Johan Huizinga.

A los tiempos más lejanos solemos pintarlos con gruesos contornos para poder distinguirlos mentalmente. Así procedemos para que los podamos ubicar fácilmente en nuestra taxonomía mental, sin prestar atención a los matices, a los elementos que atraviesan todas las épocas y latitudes, ni tampoco a aquellas costumbres que no nacen de un día para el otro, sino que se van perfilando a lo largo de siglos. A esas pinceladas fáciles e inevitables, las podemos ir abandonando por los trazos más finos a medida que vamos desmalezando ese pretérito con más y más lectura, que nos permite discernir lo importante de lo accesorio, lo permanente de lo contingente.
Johan Huizinga, en este libro ya clásico sobre las postrimerías de la Edad Media en Francia y el Ducado de Borgoña, nos llama la atención sobre lo medieval que iba muriendo, pereciendo lánguidamente, y los modos de una nueva sociedad que iba emergiendo. 
Es así como Huizinga explora la literatura -en particular la poesía-, el arte pictórico, los hábitos de religiosidad, las costumbres cortesanas y de seducción. Iban quedando, como recuerdos de un pasado glorioso, la épica caballeresca y formas de devoción que hoy nos resultan extrañas, cada vez más vacías de aquello que le dio contenido.
No es un libro "fáctico": es una obra que permite adentrarnos en la cosmovisión medieval tardía de una región específica de Europa. Mucho menos, pues, una introducción a la Edad Media, que no debería faltar en la biblioteca del historiador o del curioso sistemático del pasado europeo.

Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media. Madrid, Alianza. 

jueves, 25 de octubre de 2012

"El Cairo Nuevo", de Naguib Mahfuz.

El Cairo Nuevo es una novela que Naguib Mahfuz escribió en 1945, pero la historia transcurre en el decenio de los treinta en Egipto. El protagonista es el joven estudiante de Letras Mahyub Abdudaim, de muy escasos recursos y que había adoptado una actitud escéptica ante la vida. Su falta de compromiso contrastaba con la de sus compañeros de estudios Alí Taha (socialista) y Mamún Riduan (islamista), a quienes envidiaba por sus posiciones sociales.
Mahyub Abdudaim se verá en grandes aprietos, a pocos meses de graduarse, cuando su padre caiga enfermo y le reduce drásticamente su ayuda económica. Es entonces cuando conoce el hambre y la más angustiante desesperación. Intenta pedir ayuda a un familiar rico, pero éste, sencillamente, no le prestó atención.
Lo que creyó una balsa de salvación vino de la mano de un antiguo vecino de él que supo insertarse en la función pública, Alajxidi, que logra ubicarlo en la burocracia a un precio altísimo: un matrimonio de conveniencia, para encubrir la amante de un ministro. Mahuyb accede, pero ello no será más que una ilusión pasajera que lo llevará al derrumbe.
Naguib Mahfuz no pretende crear personajes heroicos y moralizantes. La suya es una descripción descarnada, cruda, de la miseria de muchos egipcios y su desesperación para sobrevivir a cualquier precio, aún de los más nobles principios.

Naguib Mahfuz, El Cairo Nuevo. Madrid, Alianza, 2002. ISBN 84-206-7292-0