Notable historiador italiano, Emilio Gentile narra detalladamente la marcha sobre Roma de 1922, cuando el fascismo se impuso como solución violenta ante un régimen parlamentario asediado por sectores cada vez más radicalizados. En libros anteriores, como La vía italiana al totalitarismo y El culto del littorio, Gentile se centró en la dinámica de vocación totalitaria del régimen y en sus trazos religiosos; en este libro, en cambio, recrea la atmósfera previa a la toma del poder, las discusiones, las dudas y los errores de los partidos democráticos.
Tras ser el ala más radical del Partido Socialista italiano, Benito Mussolini se embarcó en la defensa de la participación italiana en la primera guerra mundial. Esta ruptura con la izquierda italiana lo llevó por un nuevo itinerario, propio y novedoso, al ser uno de los líderes de los fasci de combattimento que quedaron tras la Gran Guerra. Y recalcamos que fue uno de los líderes, ya que Benito Mussolini no era el único, y que incluso el podio fue durante un tiempo ocupado por Gabriele D'Annunzio, un aventurero de la política.
Durante el llamado "bienio rojo", cuando en 1920-21 los socialistas maximalistas y comunistas crearon un ambiente de caos dispuestos a impulsar una revolución de cuño bolchevique en la península italiana, los sectores liberales y democráticos se vieron desbordados y aparecieron con fuerza los escuadristas del fascismo, organizados en milicias, que enfrentaron violentamente a los grupos radicalizados. La democracia parlamentaria italiana, pues, estaba asediada por dos grupos que renegaban del constitucionalismo y el imperio de la Ley, ambos dispuestos a derrumbar los cimientos en que se apoyaba. Liberales y demócratas supusieron, erróneamente, que la incorporación de los fascistas al parlamento los aplacaría, integrándolos a la política de partidos.
Si bien la estrella de Mussolini pareció menguar, supo rápidamente retomar el centro del escenario, ubicándose como líder de los escuadristas y fue subiendo el tono de sus críticas al orden liberal con una prédica incendiaria, dispuesto a demoler el parlamentarismo. Con una franqueza insólita, los fascistas hablaron abiertamente en contra de las libertades individuales, el parlamento, la democracia y el sufragio, un discurso que fue ganando terreno ante las crisis ministeriales de los gabinetes liberales de Luigi Facta. Los principales políticos del liberalismo italiano, como Giovanni Giolitti, no supieron comprender la nueva dinámica política que se estaba desarrollando con el fascismo, y cuando las escuadras avanzaron hacia Roma, las dudas que los carcomían terminaron por devorarlos.
No obstante, Mussolini también era un prisionero de los escuadristas, que querían desplegar su violencia a cualquier precio, impulsados por Michele Bianchi, en tanto que otros sectores minoritarios del PNF (Partito Nazionale Fascista) querían evitar la toma del poder y llegar a un acuerdo con los partidos tradicionales. Mussolini se decidió por capturar el "instante huidizo" a fines de octubre de 1922 en un juego de disimulos y ocupación efectiva de ciudades, muchas veces con el visto bueno y la pasividad de las fuerzas policiales y militares. El rey Vittorio Emanuele III, que podría haber puesto freno a la avanzada fascista hacia Roma con la declaración de estado de sitio, se negó en el momento oportuno, una decisión de la que se desconoce la razón, aniquilando con ello la supervivencia de la dinastía después de la segunda guerra mundial.
Mussolini y los fascistas, ya en el poder, implantaron la lógica del partido único con vocación totalitaria, persiguiendo y acallando toda voz crítica, estableciendo el monopolio de la expresión de la nación italiana, como si el resto hubieran sido enemigos de la patria. Fueron pocos los contemporáneos que advirtieron el nacimiento de un nuevo régimen con características singulares, siendo los más los que suponían su derrumbe inmediato o que se trataba de un simple aventurero. Así, pues, los fascistas supieron aprovechar los errores de los sectores democráticos y liberales, su dispersión e inacción, para marchar sobre Roma e implantar la dictadura.
Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma. Buenos Aires, Edhasa, 2014.
Bitácora de lecturas de Ricardo López Göttig. Historia, literatura, mitología, orientalismo y filosofía política.
domingo, 27 de marzo de 2016
viernes, 25 de marzo de 2016
"Reconfiguring the Silk Road", de Victor H. Mair et al.
Con la contribución de la arqueología y los estudios lingüísticos, se abren nuevos horizontes en el estudio de la "ruta de la seda" o, como señalan varios autores, las rutas de la seda, en plural. Así bautizada por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen hacia fines del siglo XIX, se la concibió durante decenios como un camino comercial que unía a Roma con la China de la dinastía Han.
No obstante, los estudios han ido demostrando que esta vía ya existía mucho antes del comercio de la seda, hacia fines del segundo milenio y principios del primer milenio aC. Asimismo, no es una ruta sino un complejo entramado de varias rutas que se articulaban en el intercambio de bienes, personas, ideas, concepciones religiosas, símbolos.
La investigación arqueológica en la región del Xinjiang arroja nuevas luces sobre Asia Central y sus particularidades religiosas y políticas, así como las contribuciones que en esta vasta región se han hecho al desarrollo de las civilizaciones. En tiempos pretéritos, las lenguas indoeuropeas circularon de Occidente hacia Oriente; siglos más tarde, el camino fue inverso. Allí vivieron pueblos que sirvieron como nexos entre mundos, como los sogdianos, que actuaron como puentes intermediarios de culturas diferentes. No existía un viajero que fuera desde Europa hasta el Lejano Oriente, ida y vuelta, sino que se realizaban tramos cortos en los que se iban intercambiando a lo largo de los caminos.
Lejos de la idea romántica que atrajo a tantos europeos, este sistema de rutas permitía vincular a reinos e imperios, religiones y filosofías a través de intercambios de alto valor simbólico que prestigiaban a las dinastías involucradas.
Victor H. Mair, Jane Hickman et al., Reconfiguring the Silk Road: New Research on East-West Exchange in Antiquity. Philadelphia, University of Pennsylvania Museum of Archaeology and Anthropology, 2014.
No obstante, los estudios han ido demostrando que esta vía ya existía mucho antes del comercio de la seda, hacia fines del segundo milenio y principios del primer milenio aC. Asimismo, no es una ruta sino un complejo entramado de varias rutas que se articulaban en el intercambio de bienes, personas, ideas, concepciones religiosas, símbolos.
La investigación arqueológica en la región del Xinjiang arroja nuevas luces sobre Asia Central y sus particularidades religiosas y políticas, así como las contribuciones que en esta vasta región se han hecho al desarrollo de las civilizaciones. En tiempos pretéritos, las lenguas indoeuropeas circularon de Occidente hacia Oriente; siglos más tarde, el camino fue inverso. Allí vivieron pueblos que sirvieron como nexos entre mundos, como los sogdianos, que actuaron como puentes intermediarios de culturas diferentes. No existía un viajero que fuera desde Europa hasta el Lejano Oriente, ida y vuelta, sino que se realizaban tramos cortos en los que se iban intercambiando a lo largo de los caminos.
Lejos de la idea romántica que atrajo a tantos europeos, este sistema de rutas permitía vincular a reinos e imperios, religiones y filosofías a través de intercambios de alto valor simbólico que prestigiaban a las dinastías involucradas.
Victor H. Mair, Jane Hickman et al., Reconfiguring the Silk Road: New Research on East-West Exchange in Antiquity. Philadelphia, University of Pennsylvania Museum of Archaeology and Anthropology, 2014.
domingo, 20 de marzo de 2016
"El elefante desaparece", de Haruki Murakami
Fiel a su estilo singular, Murakami despliega su talento en esta serie de relatos en los que entreteje lo cotidiano con lo fantástico, un desplazamiento que se produce sin sobresaltos, con absoluta naturalidad. Desde situaciones prosaicas se pasa al ámbito de lo inesperado, a veces en frecuencia onírica, como si no hubiera muros que separaran a ambos planos de la realidad. Una mujer que simplemente deja de dormir y se apasiona con la literatura rusa en una vida oculta, un empleado en la fábrica de elefantes que hace un trato con un enanito bailarín, un hombre que incendia establos en desuso sin razón aparente, son algunos de los relatos que abarca esta serie. El primero de ellos es el inicio de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, probablemente un esbozo de lo que después desarrolló como novela. Los personajes no tienen nada de extraordinario, no son héroes: son personas comunes, con sus desvelos, errores y tragedias, aburrimientos y secretos.
Murakami nos muestra que la separación entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo "normal" y lo insólito no es una muralla de difícil paso, sino una débil tela que apenas separa un escenario del otro, y de que cuanto nos rodea puede transformarse en un universo inesperado inadvertidamente.
Haruki Murakami, El elefante desaparece. Buenos Aires, Tusquets, 2016.
Murakami nos muestra que la separación entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo "normal" y lo insólito no es una muralla de difícil paso, sino una débil tela que apenas separa un escenario del otro, y de que cuanto nos rodea puede transformarse en un universo inesperado inadvertidamente.
Haruki Murakami, El elefante desaparece. Buenos Aires, Tusquets, 2016.
viernes, 18 de marzo de 2016
"La broma", de Milan Kundera.
Cuando se produjo la revolución comunista en Checoslovaquia en 1948, el joven Ludvik Jahn era uno de sus entusiastas partidarios. Dirigente juvenil y universitario, propagandista convencido, buscaba conquistar a la ingenua Marketa. No tuvo peor ocurrencia que escribirle una postal en la que se burlaba del optimismo, concluyendo la misiva con un "¡Viva Trotski!". Esa broma, la broma, es el inicio de la pesadilla vital de Ludvik Jahn, la ficción que magistralmente narra Milan Kundera en esta novela.
Expulsado del Partido Comunista y de la Universidad, enviado a trabajar en las minas de Ostrava durante varios años para "redimirse" de su "trotskismo", Ludvik Jahn vive mascullando el rencor por la vida extraviada por una broma en tiempos en los que no había el menor espacio para el humor. Allí sobrevive en un ambiente embrutecedor, militarizado, un paria sospechado que no logra escapar del rencor que lo alimenta. Herido, hiere a su entorno, lastima a la mujer que se le aproxima a pesar de su existencia semiesclava. Crece en edad, acumula años, pero no logra evadirse de ese pasado al que anhela corregir.
Planea, pues, una venganza contra el camarada Pavel Zemanek para humillarlo, ya que no lo defendió cuando pudo hacerlo ante el resto del Partido. Y el escenario será su antiguo pueblo natal en Moravia, en donde tropieza con figuras de su pasado a las que, de un modo u otro, también lastimó.
Jahn está absorto en su propio itinerario perdido, busca tontamente enmendar aquel episodio que lo llevó a una perdición absurda, con años de maltrato en las minas. Y es por ello que no logra leer los cambios que lo rodean, ni las consecuencias de sus propias acciones. Al buscar venganza, inspirado por un rencor que lo mantiene alerta, no advierte que se hace más y más daño a sí mismo, hasta que se da cuenta en una situación límite.
Obra de gran contenido de reflexión existencial, esta novela de Kundera -como tantas otras- se adentra en los pliegues más recónditos de la dimensión humana, exhibiendo la falibilidad y lo fragmentario del conocimiento que tenemos de cuanto nos rodea. Cada personaje se habla a sí mismo, apenas sin oír a los otros, en densos monólogos que no se articulan en conversaciones. Son vidas separadas por abismos de silencios, de dolores, que apenas se hablan con murmullos con disimulos. Con apenas 37 años, se siente abatido cuando advierte que sus planes de venganza son absurdos, comprendiendo la desesperada búsqueda de una reparación a la injusticia sufrida que nunca habría de llegar.
Una novela de profundo contenido humano más allá de las peripecias políticas que le sirven de escenario, que invita al lector a reiteradas y provechosas lecturas.
Milan Kundera, La broma. Buenos Aires, Tusquets, 2013.
Expulsado del Partido Comunista y de la Universidad, enviado a trabajar en las minas de Ostrava durante varios años para "redimirse" de su "trotskismo", Ludvik Jahn vive mascullando el rencor por la vida extraviada por una broma en tiempos en los que no había el menor espacio para el humor. Allí sobrevive en un ambiente embrutecedor, militarizado, un paria sospechado que no logra escapar del rencor que lo alimenta. Herido, hiere a su entorno, lastima a la mujer que se le aproxima a pesar de su existencia semiesclava. Crece en edad, acumula años, pero no logra evadirse de ese pasado al que anhela corregir.
Planea, pues, una venganza contra el camarada Pavel Zemanek para humillarlo, ya que no lo defendió cuando pudo hacerlo ante el resto del Partido. Y el escenario será su antiguo pueblo natal en Moravia, en donde tropieza con figuras de su pasado a las que, de un modo u otro, también lastimó.
Jahn está absorto en su propio itinerario perdido, busca tontamente enmendar aquel episodio que lo llevó a una perdición absurda, con años de maltrato en las minas. Y es por ello que no logra leer los cambios que lo rodean, ni las consecuencias de sus propias acciones. Al buscar venganza, inspirado por un rencor que lo mantiene alerta, no advierte que se hace más y más daño a sí mismo, hasta que se da cuenta en una situación límite.
Obra de gran contenido de reflexión existencial, esta novela de Kundera -como tantas otras- se adentra en los pliegues más recónditos de la dimensión humana, exhibiendo la falibilidad y lo fragmentario del conocimiento que tenemos de cuanto nos rodea. Cada personaje se habla a sí mismo, apenas sin oír a los otros, en densos monólogos que no se articulan en conversaciones. Son vidas separadas por abismos de silencios, de dolores, que apenas se hablan con murmullos con disimulos. Con apenas 37 años, se siente abatido cuando advierte que sus planes de venganza son absurdos, comprendiendo la desesperada búsqueda de una reparación a la injusticia sufrida que nunca habría de llegar.
Una novela de profundo contenido humano más allá de las peripecias políticas que le sirven de escenario, que invita al lector a reiteradas y provechosas lecturas.
Milan Kundera, La broma. Buenos Aires, Tusquets, 2013.
domingo, 6 de marzo de 2016
"The Muslim Question and Russian Imperial Governance", de Elena Campbell.
Desde que los rusos comenzaron a expandirse hacia el sur y el este, la incorporación de otros pueblos que profesaban -con mayor o menor rigor- el Islam chocó con la Ortodoxia que nutría la ideología imperial de los zares. Catalina la Grande, inspirada en la Ilustración europea, desarrolló políticas de tolerancia religiosa hacia los musulmanes, a la par que seguía anexando territorios en detrimento del Imperio Otomano. Sus sucesores retomaron la política de la cristianización de esos pueblos, especialmente de los tátaros, ubicados en regiones estratégicas como Crimea.
Fue la guerra de Crimea, claramente, la que puso en evidencia la dudosa lealtad de los tátaros hacia el imperio moscovita. Conflicto que nació por rivalidades religiosas, nutrió la sospecha de los rusos ortodoxos hacia los tátaros musulmanes, en un contexto de desarrollo de concepciones nacionalistas que enhebraban lo nacional-lingüístico con las creencias. Así, el ruso era ortodoxo, el tátaro era musulmán, el polaco era católico, por sólo mencionar tres ejemplos elocuentes. En un terreno difuso y complejo se hallaban los tátaros conversos a la Ortodoxia, a los que se miraba con suspicacia. Esto se hacía mas dramático por la prohibición a la "apostasía", es decir, que el cristiano ortodoxo no podía abandonar esa fe por otra, aunque la hubiera practicado en secreto.
La vasta política de modernización económica y social del zar Alejandro II, tras la derrota en Crimea, obligó a preguntarse en voz alta por los pueblos no rusos que habitaban en el Imperio colosal, sobre todo con la rebelión polaca de 1863. La comparación de los polacos con los pueblos turcomanos del sur de Rusia y el Cáucaso parecía inevitable ante los ojos de las autoridades zaristas.
El especialista en lenguas túrquicas Nikolai Ilminskii propuso revitalizar la Ortodoxia rusa para afrontar lo que observaban como "tatarización" de los pueblos no rusos en las regiones meridionales y orientales del Imperio. Su acento estaba puesto en la preparación y mayor autonomía de las parroquias, ya que estas eran vistas como escasamente instruidas y poco activas en comparación con la labor de los musulmanes. Asimismo, Ilminskii quería que los sacerdotes ortodoxos conocieran las lenguas locales, a fin de mantener fuertes vínculos con los cristianos no rusos, así como para poder predicar y convertir al resto. Su visión de cristianización en el largo plazo, chocaba con el movimiento del jadidismo, de Gasprinski, el intelectual tátaro que buscaba incorporar la ciencia occidental y sus modos de educación entre sus compatriotas.
No hubo una concepción única en torno a la "cuestión musulmana" dentro del Imperio de Rusia. Si bien el énfasis estaba puesto en que el Zar era el protector de todos sus súbditos, independientemente de sus convicciones religiosas, no se logró articular un patriotismo cívico que trascendiera esas fronteras. La ideología imperial se asentaba en la autocracia, la idea nacional -rusa- y la Ortodoxia, por lo que la Iglesia Ortodoxa Rusa era la oficial y tenía preponderancia sobre otras creencias. Este edificio tembló en sus cimientos con la derrota sufrida en la guerra con Japón, que obligó al zar Nicolás II a otorgar libertades y la creación de la Duma. Si bien el margen de acción de la Duma era estrecho y la población musulmana del Turquestán no tenía representación, los musulmanes liberales articularon un bloque con el partido liberal Constitucional Demócrata (KD, o "kadetes"), presentando demandas de mayores libertades y autonomías locales.
El segundo temblor, y esta vez letal para el imperio zarista, fue la primera guerra mundial, en la cual enfrentó al Imperio Otomano, gobernado por el sultán y califa. Se libró entonces una vasta campaña de propaganda en la que Alemania y Austria-Hungría se presentaron como amigas del Islam, y el sultán otomano llamó a una jihad. El panturquismo, que proponía la unión de todos los pueblos turcomanos, también ejerció influencia durante la Gran Guerra en las mentes de los soldados musulmanes que estaban en las trincheras.
No sólo la Rusia imperial no logró hallar una respuesta a la "cuestión musulmana", sino tampoco la encontró la Unión Soviética, que buscó aplanar toda diferencia nacional y religiosa con la imposición de su ingeniería social clasista. La implosión de 1990-1991 demostró que estas convicciones seguían vivas, muy vivas, a pesar de todos los experimentos que se hicieron para callarlas.
Elena Campbell, The Muslim Question and Russian Imperial Governance. Bloomington, Indiana University Press, 2015.
Fue la guerra de Crimea, claramente, la que puso en evidencia la dudosa lealtad de los tátaros hacia el imperio moscovita. Conflicto que nació por rivalidades religiosas, nutrió la sospecha de los rusos ortodoxos hacia los tátaros musulmanes, en un contexto de desarrollo de concepciones nacionalistas que enhebraban lo nacional-lingüístico con las creencias. Así, el ruso era ortodoxo, el tátaro era musulmán, el polaco era católico, por sólo mencionar tres ejemplos elocuentes. En un terreno difuso y complejo se hallaban los tátaros conversos a la Ortodoxia, a los que se miraba con suspicacia. Esto se hacía mas dramático por la prohibición a la "apostasía", es decir, que el cristiano ortodoxo no podía abandonar esa fe por otra, aunque la hubiera practicado en secreto.
La vasta política de modernización económica y social del zar Alejandro II, tras la derrota en Crimea, obligó a preguntarse en voz alta por los pueblos no rusos que habitaban en el Imperio colosal, sobre todo con la rebelión polaca de 1863. La comparación de los polacos con los pueblos turcomanos del sur de Rusia y el Cáucaso parecía inevitable ante los ojos de las autoridades zaristas.
El especialista en lenguas túrquicas Nikolai Ilminskii propuso revitalizar la Ortodoxia rusa para afrontar lo que observaban como "tatarización" de los pueblos no rusos en las regiones meridionales y orientales del Imperio. Su acento estaba puesto en la preparación y mayor autonomía de las parroquias, ya que estas eran vistas como escasamente instruidas y poco activas en comparación con la labor de los musulmanes. Asimismo, Ilminskii quería que los sacerdotes ortodoxos conocieran las lenguas locales, a fin de mantener fuertes vínculos con los cristianos no rusos, así como para poder predicar y convertir al resto. Su visión de cristianización en el largo plazo, chocaba con el movimiento del jadidismo, de Gasprinski, el intelectual tátaro que buscaba incorporar la ciencia occidental y sus modos de educación entre sus compatriotas.
No hubo una concepción única en torno a la "cuestión musulmana" dentro del Imperio de Rusia. Si bien el énfasis estaba puesto en que el Zar era el protector de todos sus súbditos, independientemente de sus convicciones religiosas, no se logró articular un patriotismo cívico que trascendiera esas fronteras. La ideología imperial se asentaba en la autocracia, la idea nacional -rusa- y la Ortodoxia, por lo que la Iglesia Ortodoxa Rusa era la oficial y tenía preponderancia sobre otras creencias. Este edificio tembló en sus cimientos con la derrota sufrida en la guerra con Japón, que obligó al zar Nicolás II a otorgar libertades y la creación de la Duma. Si bien el margen de acción de la Duma era estrecho y la población musulmana del Turquestán no tenía representación, los musulmanes liberales articularon un bloque con el partido liberal Constitucional Demócrata (KD, o "kadetes"), presentando demandas de mayores libertades y autonomías locales.
El segundo temblor, y esta vez letal para el imperio zarista, fue la primera guerra mundial, en la cual enfrentó al Imperio Otomano, gobernado por el sultán y califa. Se libró entonces una vasta campaña de propaganda en la que Alemania y Austria-Hungría se presentaron como amigas del Islam, y el sultán otomano llamó a una jihad. El panturquismo, que proponía la unión de todos los pueblos turcomanos, también ejerció influencia durante la Gran Guerra en las mentes de los soldados musulmanes que estaban en las trincheras.
No sólo la Rusia imperial no logró hallar una respuesta a la "cuestión musulmana", sino tampoco la encontró la Unión Soviética, que buscó aplanar toda diferencia nacional y religiosa con la imposición de su ingeniería social clasista. La implosión de 1990-1991 demostró que estas convicciones seguían vivas, muy vivas, a pesar de todos los experimentos que se hicieron para callarlas.
Elena Campbell, The Muslim Question and Russian Imperial Governance. Bloomington, Indiana University Press, 2015.
domingo, 28 de febrero de 2016
"Crimea", de Orlando Figes.
Orlando Figes, conocido investigador sobre los tiempos de Stalin, incursiona en el pasado decimonónico de la Rusia imperial para tratar, desde diversas perspectivas, la guerra de Crimea. El autor se esmeró en presentar un cuadro muy completo de esa conflagración, ubicándola en las disputas religiosas y estratégicas de las grandes potencias europeas en torno al Imperio Otomano.
Desde el reducido Ducado de Moscovia, los gobernantes rusos expandieron las fronteras hacia los cuatro puntos cardinales, inspirados por la ideología imperial bizantina de aspiraciones universales. Así, en tiempos de la zarina Catalina II arribaron a las costas del Mar Negro, arrebatando territorios que hasta entonces habían estado bajo soberanía otomana. Crimea, la atribulada península, pasó a ser parte de Rusia y a recibir colonos eslavos, a la vez que aún contenía una nutrida población tátara.
En el siglo XIX, Rusia emergió como una gran potencia militar al provocar la derrota de la tempestad napoleónica, que comenzó a desgajarse por su fallido intento de conquista de 1812. No sólo lo expulsaron de las estepas rusas, sino que el zar Alejandro I fue la figura determinante de la nueva configuración europea post-napoleónica, al instalarse él mismo en París y restaurar a la dinastía borbónica en el trono galo. 1812, entonces, se transformó en símbolo de una gesta épica del poder imperial del "gendarme de Europa".
No obstante, esta consolidación de la autocracia zarista significó enervar la solidez rusa, ya que fue un óbice para la modernización del imperio. Sus vastos dominios desde Polonia y Finlandia hasta Alaska eran difíciles de defender con un ejército formado mayormente por siervos, en donde primaba la disciplina más brutal sobre el profesionalismo. La mística de la ortodoxia rusa, envolvente y sugestiva, cargada de imágenes de designios divinos, llevó a los zares a acariciar la idea de restaurar el imperio bizantino con capital en Constantinopla, la actual Estambul, llave de acceso del Mar Negro al Egeo a través de los estrechos tan codiciados. "Zargrad", la ciudad del Zar, fue la obsesión de ambiciones geopolíticas y concepciones religiosas, entrelazadas como un nudo gordiano imposible de separar.
Los rusos aspiraban a proteger no sólo los sitios sagrados para la Cristiandad en Tierra Santa, sino también a los cristianos ortodoxos esparcidos en los dominios otomanos. El reconstituido imperio francés de Napoleón III también aspiró a proteger a los cristianos católicos en esas tierras, llegando al choque en el Santo Sepulcro. Los gobernantes del Reino Unido, por su parte, anhelaban mantener un delicado statu quo en la llamada "cuestión de Oriente", basada en la necesidad de que ninguna potencia europea lograra la hegemonía en esa región asiática. De este modo, se fueron configurando alianzas para contener el espíritu de avalancha rusa hacia las puertas del Mar Negro.
La opinión pública británica venía siendo fogoneada, advierte Figes, por periodistas de fuerte tendencia anti rusa. En el imperio galo, los diarios del interior del país, de carácter tradicional, manifestaban sus sentimientos de solidaridad no sólo con los católicos del Cercano Oriente, sino también con los polacos bajo dominio ruso, enfrentados en una disputa que entretejía lo nacional con lo religioso, inescindibles para ambos pueblos.
El zar Nicolás I se lanzó a la guerra contra el imperio de los turcos al suponer que ganaría el apoyo masivo de los cristianos ortodoxos en los Balcanes. El Reino Unido y Francia se pusieron del lado otomano, a la vez que los austríacos adoptaron una neutralidad que favorecía al sultán Abdülmecid. El ejército del zar se vio obligado a replegarse de los Balcanes, fue contenido en el Cáucaso y enfrentó el desafío naval en la costa del Pacífico, pero la centralidad de la guerra se ubicó en la península de Crimea y, en particular, en torno a la base marítima de Sebastopol.
La guerra de Crimea anticipó rasgos de las nuevas conflagraciones: se utilizó el telégrafo y los periódicos occidentales tuvieron noticias rápidas; se conocieron los pesares humanos por heridas y enfermedades, que causaban más estragos que las balas; allí se puso en evidencia la superioridad tecnológica de las naciones occidentales frente al Imperio de Rusia. Acudieron médicos y enfermeras -allí ganó notoriedad Florence Nightingale-, periodistas y hasta un turismo macabro que anhelaba conocer los campos de batalla.
Orlando Figes traza un contorno preciso de las disputas estratégicas y políticas de las partes: los británicos anhelaban cercenar partes sustanciales del Imperio de Rusia; Napoleón III, en cambio, buscaba prestigiar su política exterior con una resonante victoria militar. El pequeño Reino de Piamonte-Cerdeña, en cambio, participó con valor para instalar a esta monarquía del norte italiano en la mesa de las negociaciones. Figes presenta al segundo emperador francés bajo una luz respetuosa, a diferencia de otros historiadores del período o de autores contemporáneos de renombre, como Tocqueville, que lo retratan como un verdadero cretino.
A lo largo del extenso y bien documentado libro, observamos el trato tan distinto que daban los oficiales británicos, rusos y franceses a sus soldados, cómo se relacionaban entre sí y con los turcos y tátaros. Los galos, gracias al espíritu heredado por la Revolución, trataban con respeto a sus combatientes, que estaban bien alimentados y equipados. No así los soldados rusos, en su enorme mayoría siervos, así como los ingleses. Y eso se iba reflejando en las medidas sanitarias, que se ponían a la luz pública gracias al periodismo. La guerra de trincheras, que anticipaba las pesadillas de la Gran Guerra de 1914, era una señal del cambio de la concepción en el enfrentamiento bélico, cada vez más centrado en las nuevas tecnologías y tomando distancia de los combates cuerpo a cuerpo.
El zar Alejandro II, heredero del fallecido Nicolás I, debió llegar a la paz tras la caída de Sebastopol. El Mar Negro se neutralizó, aunque pudo contener la disgregación de las partes occidentales de su imperio. Consecuencia no buscada, pero ineludible, fue la modernización material y social, con la incorporación de los telégrafos y ferrocarriles, así como la liberación de los siervos. El espíritu de 1812 se había desvanecido.
No por ello los rusos abandonaron sus aspiraciones de influir, despedazar y conquistar al Imperio Otomano, ya que se volvieron a enfrentar a los turcos en años posteriores. Miles de tátaros abandonaron Crimea y el Sur de Rusia para instalarse en el Imperio Otomano, siendo reemplazados por cristianos ortodoxos que dejaron los Balcanes, generando un cambio en la composición demográfico y el paisaje. Así nació una nueva preocupación para el zarismo, como era el de los musulmanes que residían en el territorio imperial, que acuñaba una ideología zarista que enhebraba nacionalidad, autocracia y ortodoxia como un todo incuestionable.
Texto imprescindible para el especialista y el lector curioso de la historia rusa y de la Europa decimonónica, ricamente articulado desde perspectivas diferentes, una pieza necesaria en las bibliotecas.
Orlando Figes, Crimea. La primera gran guerra. Buenos Aires, Edhasa, 2012.
Desde el reducido Ducado de Moscovia, los gobernantes rusos expandieron las fronteras hacia los cuatro puntos cardinales, inspirados por la ideología imperial bizantina de aspiraciones universales. Así, en tiempos de la zarina Catalina II arribaron a las costas del Mar Negro, arrebatando territorios que hasta entonces habían estado bajo soberanía otomana. Crimea, la atribulada península, pasó a ser parte de Rusia y a recibir colonos eslavos, a la vez que aún contenía una nutrida población tátara.
En el siglo XIX, Rusia emergió como una gran potencia militar al provocar la derrota de la tempestad napoleónica, que comenzó a desgajarse por su fallido intento de conquista de 1812. No sólo lo expulsaron de las estepas rusas, sino que el zar Alejandro I fue la figura determinante de la nueva configuración europea post-napoleónica, al instalarse él mismo en París y restaurar a la dinastía borbónica en el trono galo. 1812, entonces, se transformó en símbolo de una gesta épica del poder imperial del "gendarme de Europa".
No obstante, esta consolidación de la autocracia zarista significó enervar la solidez rusa, ya que fue un óbice para la modernización del imperio. Sus vastos dominios desde Polonia y Finlandia hasta Alaska eran difíciles de defender con un ejército formado mayormente por siervos, en donde primaba la disciplina más brutal sobre el profesionalismo. La mística de la ortodoxia rusa, envolvente y sugestiva, cargada de imágenes de designios divinos, llevó a los zares a acariciar la idea de restaurar el imperio bizantino con capital en Constantinopla, la actual Estambul, llave de acceso del Mar Negro al Egeo a través de los estrechos tan codiciados. "Zargrad", la ciudad del Zar, fue la obsesión de ambiciones geopolíticas y concepciones religiosas, entrelazadas como un nudo gordiano imposible de separar.
Los rusos aspiraban a proteger no sólo los sitios sagrados para la Cristiandad en Tierra Santa, sino también a los cristianos ortodoxos esparcidos en los dominios otomanos. El reconstituido imperio francés de Napoleón III también aspiró a proteger a los cristianos católicos en esas tierras, llegando al choque en el Santo Sepulcro. Los gobernantes del Reino Unido, por su parte, anhelaban mantener un delicado statu quo en la llamada "cuestión de Oriente", basada en la necesidad de que ninguna potencia europea lograra la hegemonía en esa región asiática. De este modo, se fueron configurando alianzas para contener el espíritu de avalancha rusa hacia las puertas del Mar Negro.
La opinión pública británica venía siendo fogoneada, advierte Figes, por periodistas de fuerte tendencia anti rusa. En el imperio galo, los diarios del interior del país, de carácter tradicional, manifestaban sus sentimientos de solidaridad no sólo con los católicos del Cercano Oriente, sino también con los polacos bajo dominio ruso, enfrentados en una disputa que entretejía lo nacional con lo religioso, inescindibles para ambos pueblos.
El zar Nicolás I se lanzó a la guerra contra el imperio de los turcos al suponer que ganaría el apoyo masivo de los cristianos ortodoxos en los Balcanes. El Reino Unido y Francia se pusieron del lado otomano, a la vez que los austríacos adoptaron una neutralidad que favorecía al sultán Abdülmecid. El ejército del zar se vio obligado a replegarse de los Balcanes, fue contenido en el Cáucaso y enfrentó el desafío naval en la costa del Pacífico, pero la centralidad de la guerra se ubicó en la península de Crimea y, en particular, en torno a la base marítima de Sebastopol.
La guerra de Crimea anticipó rasgos de las nuevas conflagraciones: se utilizó el telégrafo y los periódicos occidentales tuvieron noticias rápidas; se conocieron los pesares humanos por heridas y enfermedades, que causaban más estragos que las balas; allí se puso en evidencia la superioridad tecnológica de las naciones occidentales frente al Imperio de Rusia. Acudieron médicos y enfermeras -allí ganó notoriedad Florence Nightingale-, periodistas y hasta un turismo macabro que anhelaba conocer los campos de batalla.
Orlando Figes traza un contorno preciso de las disputas estratégicas y políticas de las partes: los británicos anhelaban cercenar partes sustanciales del Imperio de Rusia; Napoleón III, en cambio, buscaba prestigiar su política exterior con una resonante victoria militar. El pequeño Reino de Piamonte-Cerdeña, en cambio, participó con valor para instalar a esta monarquía del norte italiano en la mesa de las negociaciones. Figes presenta al segundo emperador francés bajo una luz respetuosa, a diferencia de otros historiadores del período o de autores contemporáneos de renombre, como Tocqueville, que lo retratan como un verdadero cretino.
A lo largo del extenso y bien documentado libro, observamos el trato tan distinto que daban los oficiales británicos, rusos y franceses a sus soldados, cómo se relacionaban entre sí y con los turcos y tátaros. Los galos, gracias al espíritu heredado por la Revolución, trataban con respeto a sus combatientes, que estaban bien alimentados y equipados. No así los soldados rusos, en su enorme mayoría siervos, así como los ingleses. Y eso se iba reflejando en las medidas sanitarias, que se ponían a la luz pública gracias al periodismo. La guerra de trincheras, que anticipaba las pesadillas de la Gran Guerra de 1914, era una señal del cambio de la concepción en el enfrentamiento bélico, cada vez más centrado en las nuevas tecnologías y tomando distancia de los combates cuerpo a cuerpo.
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| Zar Alejandro II |
No por ello los rusos abandonaron sus aspiraciones de influir, despedazar y conquistar al Imperio Otomano, ya que se volvieron a enfrentar a los turcos en años posteriores. Miles de tátaros abandonaron Crimea y el Sur de Rusia para instalarse en el Imperio Otomano, siendo reemplazados por cristianos ortodoxos que dejaron los Balcanes, generando un cambio en la composición demográfico y el paisaje. Así nació una nueva preocupación para el zarismo, como era el de los musulmanes que residían en el territorio imperial, que acuñaba una ideología zarista que enhebraba nacionalidad, autocracia y ortodoxia como un todo incuestionable.
Texto imprescindible para el especialista y el lector curioso de la historia rusa y de la Europa decimonónica, ricamente articulado desde perspectivas diferentes, una pieza necesaria en las bibliotecas.
Orlando Figes, Crimea. La primera gran guerra. Buenos Aires, Edhasa, 2012.
sábado, 14 de noviembre de 2015
"Foreign Cults in Rome", de Eric M. Orlin.
Roma, una de nuestras fuentes de civilización, se nos presenta como un extraño universo religioso, muy distante a lo que hoy concebimos. A su historia de diferentes regímenes políticos y la expansión por el Mediterráneo, debemos agregarle la sedimentación e incorporación de expresiones religiosas de culturas a las que absorbieron en su órbita. La idea del "panteón", en donde incorporaban a las deidades de los pueblos conquistados, no es del todo exacta y obedece a circunstancias políticas e históricas, pero no a un sistema de sumas sin criterio alguno.
Afirma Eric Orlin que hubo una romanización de los cultos incorporados, de adopción y adaptación de los ritos y concepciones. Asimismo, hubo un criterio de estrategia política al sumar deidades de pueblos vecinos o bien lejanos, atendiendo a las alianzas militares. La cosmovisión romana estaba fundada en la pax deorum, la armonía entre los dioses y los humanos, que podía romperse por circunstancias terrestres y enmendarse con ritos y expiaciones.
Estos cambios en las creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculados a la transformación de la ciudad-Estado en un imperio mediterráneo, forjada a lo largo de varios enfrentamientos militares. La segunda guerra púnica, librada en la península itálica, fue uno de los eslabones clave para el desarrollo de una concepción religiosa en la que se incorporaron y adoptaron otras expresiones del culto.
Como ejemplos de estas integraciones, caben destacarse las diferentes formas de culto a Venus, a Juno, y la adopción de la Magna Mater. En algunos casos, se sumaban también sacerdotes extranjeros, como los harúspices etruscos o los galli frigios, que oficiaban en torno a la Magna Mater. Los harúspices eran reconocidos por su especialidad en comprender ciertos prodigios que señalaban la ruptura de la pax deorum. Sus consejos eran especialmente tenidos en cuenta cuando había lluvia de meteoritos o nacimientos de niños hermafroditas, aunque la palabra última sobre qué era -y qué no era- un prodigio, estaba en manos del Senado. Los galli, en cambio, se mantenían aparte de la comunidad romana por su carácter de eunucos y sus ceremonias, aunque la élite romana formó sodalitates para participar en las ceremonias a la Magna Mater, que tenía su templo en el monte capitolino.
Y es que la élite gobernante tuvo presente el concepto de la romanidad, procurando establecer los límites de la misma, aun cuando fue incorporando al populus romanus a otros pueblos a lo largo de las centurias.
Los ludi, los juegos, formaban parte de este despliegue de creencias, siempre en honor a una deidad y con una regularidad ya establecida en los calendarios. Y para que los ciudadanos romanos que vivían allende el ager romanus pudieran participar, se extendieron por más días, a fin de sumar su presencia en estas ceremonias que ayudaban a configurar la idea de la romanitas.
El libro, pues, nos adentra en una perspectiva diferente y rica a la vida romana, nos aporta una luz sobre la complejidad de sus relaciones y en cómo se fue adaptando y recreando en su historia para conformar uno de los imperios que más huella han dejado en la historia de la humanidad.
Eric M. Orlin, Foreign Cults in Rome: Creating a Roman Empire. New York, Oxford University Press, 2010.
Afirma Eric Orlin que hubo una romanización de los cultos incorporados, de adopción y adaptación de los ritos y concepciones. Asimismo, hubo un criterio de estrategia política al sumar deidades de pueblos vecinos o bien lejanos, atendiendo a las alianzas militares. La cosmovisión romana estaba fundada en la pax deorum, la armonía entre los dioses y los humanos, que podía romperse por circunstancias terrestres y enmendarse con ritos y expiaciones.
Estos cambios en las creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculados a la transformación de la ciudad-Estado en un imperio mediterráneo, forjada a lo largo de varios enfrentamientos militares. La segunda guerra púnica, librada en la península itálica, fue uno de los eslabones clave para el desarrollo de una concepción religiosa en la que se incorporaron y adoptaron otras expresiones del culto.
Como ejemplos de estas integraciones, caben destacarse las diferentes formas de culto a Venus, a Juno, y la adopción de la Magna Mater. En algunos casos, se sumaban también sacerdotes extranjeros, como los harúspices etruscos o los galli frigios, que oficiaban en torno a la Magna Mater. Los harúspices eran reconocidos por su especialidad en comprender ciertos prodigios que señalaban la ruptura de la pax deorum. Sus consejos eran especialmente tenidos en cuenta cuando había lluvia de meteoritos o nacimientos de niños hermafroditas, aunque la palabra última sobre qué era -y qué no era- un prodigio, estaba en manos del Senado. Los galli, en cambio, se mantenían aparte de la comunidad romana por su carácter de eunucos y sus ceremonias, aunque la élite romana formó sodalitates para participar en las ceremonias a la Magna Mater, que tenía su templo en el monte capitolino.
Y es que la élite gobernante tuvo presente el concepto de la romanidad, procurando establecer los límites de la misma, aun cuando fue incorporando al populus romanus a otros pueblos a lo largo de las centurias.
Los ludi, los juegos, formaban parte de este despliegue de creencias, siempre en honor a una deidad y con una regularidad ya establecida en los calendarios. Y para que los ciudadanos romanos que vivían allende el ager romanus pudieran participar, se extendieron por más días, a fin de sumar su presencia en estas ceremonias que ayudaban a configurar la idea de la romanitas.
El libro, pues, nos adentra en una perspectiva diferente y rica a la vida romana, nos aporta una luz sobre la complejidad de sus relaciones y en cómo se fue adaptando y recreando en su historia para conformar uno de los imperios que más huella han dejado en la historia de la humanidad.
Eric M. Orlin, Foreign Cults in Rome: Creating a Roman Empire. New York, Oxford University Press, 2010.
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