domingo, 28 de febrero de 2016

"Crimea", de Orlando Figes.

Orlando Figes, conocido investigador sobre los tiempos de Stalin, incursiona en el pasado decimonónico de la Rusia imperial para tratar, desde diversas perspectivas, la guerra de Crimea. El autor se esmeró en presentar un cuadro muy completo de esa conflagración, ubicándola en las disputas religiosas y estratégicas de las grandes potencias europeas en torno al Imperio Otomano.
Desde el reducido Ducado de Moscovia, los gobernantes rusos expandieron las fronteras hacia los cuatro puntos cardinales, inspirados por la ideología imperial bizantina de aspiraciones universales. Así, en tiempos de la zarina Catalina II arribaron a las costas del Mar Negro, arrebatando territorios que hasta entonces habían estado bajo soberanía otomana. Crimea, la atribulada península, pasó a ser parte de Rusia y a recibir colonos eslavos, a la vez que aún contenía una nutrida población tátara. 
En el siglo XIX, Rusia emergió como una gran potencia militar al provocar la derrota de la tempestad napoleónica, que comenzó a desgajarse por su fallido intento de conquista de 1812. No sólo lo expulsaron de las estepas rusas, sino que el zar Alejandro I fue la figura determinante de la nueva configuración europea post-napoleónica, al instalarse él mismo en París y restaurar a la dinastía borbónica en el trono galo. 1812, entonces, se transformó en símbolo de una gesta épica del poder imperial del "gendarme de Europa".
No obstante, esta consolidación de la autocracia zarista significó enervar la solidez rusa, ya que fue un óbice para la modernización del imperio. Sus vastos dominios desde Polonia y Finlandia hasta Alaska eran difíciles de defender con un ejército formado mayormente por siervos, en donde primaba la disciplina más brutal sobre el profesionalismo. La mística de la ortodoxia rusa, envolvente y sugestiva, cargada de imágenes de designios divinos, llevó a los zares a acariciar la idea de restaurar el imperio bizantino con capital en Constantinopla, la actual Estambul, llave de acceso del Mar Negro al Egeo a través de los estrechos tan codiciados. "Zargrad", la ciudad del Zar, fue la obsesión de ambiciones geopolíticas y concepciones religiosas, entrelazadas como un nudo gordiano imposible de separar.
Los rusos aspiraban a proteger no sólo los sitios sagrados para la Cristiandad en Tierra Santa, sino también a los cristianos ortodoxos esparcidos en los dominios otomanos. El reconstituido imperio francés de Napoleón III también aspiró a proteger a los cristianos católicos en esas tierras, llegando al choque en el Santo Sepulcro. Los gobernantes del Reino Unido, por su parte, anhelaban mantener un delicado statu quo en la llamada "cuestión de Oriente", basada en la necesidad de que ninguna potencia europea lograra la hegemonía en esa región asiática. De este modo, se fueron configurando alianzas para contener el espíritu de avalancha rusa hacia las puertas del Mar Negro. 
La opinión pública británica venía siendo fogoneada, advierte Figes, por periodistas de fuerte tendencia anti rusa. En el imperio galo, los diarios del interior del país, de carácter tradicional, manifestaban sus sentimientos de solidaridad no sólo con los católicos del Cercano Oriente, sino también con los polacos bajo dominio ruso, enfrentados en una disputa que entretejía lo nacional con lo religioso, inescindibles para ambos pueblos.
El zar Nicolás I se lanzó a la guerra contra el imperio de los turcos al suponer que ganaría el apoyo masivo de los cristianos ortodoxos en los Balcanes. El Reino Unido y Francia se pusieron del lado otomano, a la vez que los austríacos adoptaron una neutralidad que favorecía al sultán Abdülmecid. El ejército del zar se vio obligado a replegarse de los Balcanes, fue contenido en el Cáucaso y enfrentó el desafío naval en la costa del Pacífico, pero la centralidad de la guerra se ubicó en la península de Crimea y, en particular, en torno a la base marítima de Sebastopol.



La guerra de Crimea anticipó rasgos de las nuevas conflagraciones: se utilizó el telégrafo y los periódicos occidentales tuvieron noticias rápidas; se conocieron los pesares humanos por heridas y enfermedades, que causaban más estragos que las balas; allí se puso en evidencia la superioridad tecnológica de las naciones occidentales frente al Imperio de Rusia. Acudieron médicos y enfermeras -allí ganó notoriedad Florence Nightingale-, periodistas y hasta un turismo macabro que anhelaba conocer los campos de batalla. 
Orlando Figes traza un contorno preciso de las disputas estratégicas y políticas de las partes: los británicos anhelaban cercenar partes sustanciales del Imperio de Rusia; Napoleón III, en cambio, buscaba prestigiar su política exterior con una resonante victoria militar. El pequeño Reino de Piamonte-Cerdeña, en cambio, participó con valor para instalar a esta monarquía del norte italiano en la mesa de las negociaciones. Figes presenta al segundo emperador francés bajo una luz respetuosa, a diferencia de otros historiadores del período o de autores contemporáneos de renombre, como Tocqueville, que lo retratan como un verdadero cretino.
A lo largo del extenso y bien documentado libro, observamos el trato tan distinto que daban los oficiales británicos, rusos y franceses a sus soldados, cómo se relacionaban entre sí y con los turcos y tátaros. Los galos, gracias al espíritu heredado por la Revolución, trataban con respeto a sus combatientes, que estaban bien alimentados y equipados. No así los soldados rusos, en su enorme mayoría siervos, así como los ingleses. Y eso se iba reflejando en las medidas sanitarias, que se ponían a la luz pública gracias al periodismo. La guerra de trincheras, que anticipaba las pesadillas de la Gran Guerra de 1914, era una señal del cambio de la concepción en el enfrentamiento bélico, cada vez más centrado en las nuevas tecnologías y tomando distancia de los combates cuerpo a cuerpo.
Zar Alejandro II
El zar Alejandro II, heredero del fallecido Nicolás I, debió llegar a la paz tras la caída de Sebastopol. El Mar Negro se neutralizó, aunque pudo contener la disgregación de las partes occidentales de su imperio. Consecuencia no buscada, pero ineludible, fue la modernización material y social, con la incorporación de los telégrafos y ferrocarriles, así como la liberación de los siervos. El espíritu de 1812 se había desvanecido. 
No por ello los rusos abandonaron sus aspiraciones de influir, despedazar y conquistar al Imperio Otomano, ya que se volvieron a enfrentar a los turcos en años posteriores. Miles de tátaros abandonaron Crimea y el Sur de Rusia para instalarse en el Imperio Otomano, siendo reemplazados por cristianos ortodoxos que dejaron los Balcanes, generando un cambio en la composición demográfico y el paisaje. Así nació una nueva preocupación para el zarismo, como era el de los musulmanes que residían en el territorio imperial, que acuñaba una ideología zarista que enhebraba nacionalidad, autocracia y ortodoxia como un todo incuestionable.
Texto imprescindible para el especialista y el lector curioso de la historia rusa y de la Europa decimonónica, ricamente articulado desde perspectivas diferentes, una pieza necesaria en las bibliotecas.

Orlando Figes, Crimea. La primera gran guerra. Buenos Aires, Edhasa, 2012.

sábado, 14 de noviembre de 2015

"Foreign Cults in Rome", de Eric M. Orlin.

Roma, una de nuestras fuentes de civilización, se nos presenta como un extraño universo religioso, muy distante a lo que hoy concebimos. A su historia de diferentes regímenes políticos y la expansión por el Mediterráneo, debemos agregarle la sedimentación e incorporación de expresiones religiosas de culturas a las que absorbieron en su órbita. La idea del "panteón", en donde incorporaban a las deidades de los pueblos conquistados, no es del todo exacta y obedece a circunstancias políticas e históricas, pero no a un sistema de sumas sin criterio alguno.
Afirma Eric Orlin que hubo una romanización de los cultos incorporados, de adopción y adaptación de los ritos y concepciones. Asimismo, hubo un criterio de estrategia política al sumar deidades de pueblos vecinos o bien lejanos, atendiendo a las alianzas militares. La cosmovisión romana estaba fundada en la pax deorum, la armonía entre los dioses y los humanos, que podía romperse por circunstancias terrestres y enmendarse con ritos y expiaciones. 
Estos cambios en las creencias religiosas estuvieron íntimamente vinculados a la transformación de la ciudad-Estado en un imperio mediterráneo, forjada a lo largo de varios enfrentamientos militares. La segunda guerra púnica, librada en la península itálica, fue uno de los eslabones clave para el desarrollo de una concepción religiosa en la que se incorporaron y adoptaron otras expresiones del culto. 
Como ejemplos de estas integraciones, caben destacarse las diferentes formas de culto a Venus, a Juno, y la adopción de la Magna Mater. En algunos casos, se sumaban también sacerdotes extranjeros, como los harúspices etruscos o los galli frigios, que oficiaban en torno a la Magna Mater. Los harúspices eran reconocidos por su especialidad en comprender ciertos prodigios que señalaban la ruptura de la pax deorum. Sus consejos eran especialmente tenidos en cuenta cuando había lluvia de meteoritos o nacimientos de niños hermafroditas, aunque la palabra última sobre qué era -y qué no era- un prodigio, estaba en manos del Senado. Los galli, en cambio, se mantenían aparte de la comunidad romana por su carácter de eunucos y sus ceremonias, aunque la élite romana formó sodalitates para participar en las ceremonias a la Magna Mater, que tenía su templo en el monte capitolino.
Y es que la élite gobernante tuvo presente el concepto de la romanidad, procurando establecer los límites de la misma, aun cuando fue incorporando al populus romanus a otros pueblos a lo largo de las centurias.
Los ludi, los juegos, formaban parte de este despliegue de creencias, siempre en honor a una deidad y con una regularidad ya establecida en los calendarios. Y para que los ciudadanos romanos que vivían allende el ager romanus pudieran participar, se extendieron por más días, a fin de sumar su presencia en estas ceremonias que ayudaban a configurar la idea de la romanitas.
El libro, pues, nos adentra en una perspectiva diferente y rica a la vida romana, nos aporta una luz sobre la complejidad de sus relaciones y en cómo se fue adaptando y recreando en su historia para conformar uno de los imperios que más huella han dejado en la historia de la humanidad.

Eric M. Orlin, Foreign Cults in Rome: Creating a Roman Empire. New York, Oxford University Press, 2010.

martes, 20 de octubre de 2015

"The Khmer Rouge", de Boraden Nhem.

La extensa y singularmente cruel guerra civil en Camboya, país en el que se impuso el régimen de Pol Pot entre 1975 y 1979, puede parecer un capítulo marginal en el gran escenario de la guerra fría. No obstante, y si bien los principales actores del enfrentamiento planetario no estuvieron directamente involucrados en los sucesos de Camboya, esta guerra civil no puede comprendida sin tener en cuenta que simultáneamente se desarrolló la guerra de Vietnam, la rivalidad entre Unión Soviética y la República Popular China y la intervención de Estados Unidos en Asia Sudoriental para contener al comunismo, de acuerdo a la teoría del dominó formulada por Dwight Eisenhower.
El teniente coronel Boraden Nhem tiene una aproximación novedosa al fenómeno del llamado Khmer Rouge, trazando el itinerario de sus líderes y cómo se camufló durante años, sosteniendo que apoyaba la restauración monárquica del príncipe Norodom Sihanouk.
Sihanouk procuró, como Jefe de Estado de Camboya, mantener la neutralidad de su país en la guerra del Sudeste asiático, llegando incluso a cortar relaciones con Estados Unidos por algunos años. Esta intención de equidistancia lo llevó a buscar relaciones fluidas con la Unión Soviética, la República Popular China, Francia y los dos Vietnam. Por su enorme prestigio y popularidad, los partidos camboyanos evitaban cuestionarlo, pero en 1970 se produjo el golpe de Estado del entonces primer ministro Lon Nol, que estableció la República de Camboya.
Ahí es cuando empezó a cobrar relevancia el Khmer Rouge. Hasta entonces, el término "Khmer Rouge" englobaba a todas las corrientes de izquierda en Camboya, así como el "Khmer Bleu" a los partidos del centro y derecha. El principal partido de la izquierda era el Partido Revolucionario del Pueblo Camboyano, en el que estaba Pol Pot -su verdadero nombre era Saloth Sar- como un miembro más. Esta izquierda apoyó la restauración de Sihanouk a partir de 1970, escudándose en la popularidad del monarca derrocado que vivía en el exilio. Se formó el Gouvernment Royal d'Union Nationale du Kampuchea (GRUNK), en cuyo nombre actuaban los líderes del Khmer Rouge en el terreno, combatiendo a Lon Nol. A Sihanouk no lo dejaban retornar a Camboya, ni aun a los territorios controlados por el GRUNK, por lo que ignoraba la situación en Camboya. 
Cuando la ciudad capital, Phnom Penh, es tomada en 1975, el Khmer Rouge demostró su verdadero rostro. Pol Pot mandó a abandonar la ciudad a más de un millón de habitantes el 17 de abril, instalándolos en pequeñas aldeas agrícolas. La ciudad quedó habitada únicamente por el gobierno de Kampuchea Democrática, y el retornado Sihanouk quedó detenido en el palacio. Curiosamente, por intervención de Mao el monarca no fue enviado a los campos de trabajo, en donde hubiera muerto.
Se instaló uno de los regímenes más demenciales de la historia humana, con uno de los experimentos más crueles de la ingeniería social inspirada en el marxismo. Aun cuando Marx hubiera renegado de esta aberración de una utopía agraria, buena parte de la izquierda ya había abandonado la vieja concepción decimonónica de la sociedad hiperindustrial proletaria por la de la nostalgia igualitaria bucólico-rousseauniana, poniendo en evidencia la fragilidad conceptual de esta corriente ideológica. El régimen de Pol Pot abolió la propiedad, la familia, el dinero, la religión, las costumbres ancestrales y el sistema judicial. Prohibió la lectura, el uso de gafas, las joyas, el esmalte de uñas y el uso de otras lenguas. Como no había un sistema legal y judicial, las autoridades locales aplicaban la pena de muerte ante cualquier desviación o por arbitrariedad. En el centro de detención S-21 se aplicaba sistemáticamente la tortura. Duch, encargado de esa sección, sacaba las confesiones más absurdas a sus detenidos, que llegaban a afirmar que eran agentes de la CIA, KGB y Vietnam simultáneamente. Asesinaron profesionales, ex funcionarios, ex policías y militares, científicos, técnicos y sacerdotes. Quisieron crear, como los jacobinos, una nueva humanidad borrando el pasado y a quienes se habían formado en ese pretérito.
Expresión de este corte completo con el pasado fue la utilización de niños como soldados, ya que no estaban "contaminados" por el capitalismo...
Impuso, también, un severo sistema de planificación agrícola totalmente voluntarista, exigiendo una producción de arroz muy superior a las posibilidades y sin uso de maquinaria agrícola. En 1977, por primera vez Pol Pot habló de la existencia del Partido Comunista de Camboya, cuya fecha de creación remontaba a 1960. Hasta entonces, sólo se hablaba de la "organización" (angkar, en jmer). Máquina de guerra, carecía de elementos intelectuales que le permitieran desarrollar una administración y, mucho menos, una estrategia diplomática y militar en tanto Estado. De allí el error de Pol Pot de provocar una guerra con Vietnam, que lo superaba en número y organización. El autor sostiene que los líderes de este movimiento eran profundamente anti-vietnamitas, por lo que ese empecinamiento fue el que los llevó al colapso con el país vecino.  
La República Socialista de Vietnam invadió Camboya y estableció la República Popular de Camboya, por lo que el Khmer Rouge volvió a la lucha de guerrillas en la jungla. El príncipe Sihanouk organizó su propia milicia y movimiento, ANS y FUNCINPEC, respectivamente. Pero ambos estaban sostenidos por la República Popular China, que quería impedir el fortalecimiento de Vietnam en tanto aliado a la URSS en la región meridional, con lo que continuó la guerra civil en el país de los jmers.
El fin llegó con los aires de perestroika: Gorbachov comenzó a quitar asistencia militar a Vietnam, que terminó de retirar sus tropas en 1988. El primer ministro Hun Sen y el príncipe Sihanouk comenzaron a reunirse en Francia, hasta llegar a los acuerdos de París de 1991 con el apoyo de la ONU. El Khmer Rouge se quedó sin apoyo militar de la República Popular China, por lo que intentó participar en el proceso de paz. La UNTAC, administración transitoria para Camboya, cuyo representante era el diplomático japonés Yasushi Akashi procuró que todas las partes se presentaran a elecciones. No obstante, Pol Pot y su grupo sabían que no sólo eran rechazados por sus crímenes, sino que además iban a ser juzgados por ello. Ya sin los vietnamitas en suelo camboyano, el Khmer Rouge había perdido su última razón de ser contra el invasor.
En las elecciones de 1993, los monárquicos ganaron la elección, seguidos por los antiguos partidarios de la República Popular de Camboya, ahora llamados Partido del Pueblo de Camboya. La consecuencia fue un gobierno de coalición y la restauración de la monarquía, con el rey Sihanouk. El complejo sistema de transición creaba dos primeros ministros que debían actuar coordinadamente: el primer primer ministro fue Norodom Ranariddh, de FUNCINPEC, y el segundo primer ministro Hun Sen, del PPC.
El Khmer Rouge, portador de una ideología derrotada y odiado por sus crímenes aberrantes, se embarcó en actividades de secuestros, contrabando y robos. La ironía es que aquellos que habían abolido el dinero, ahora se convertían en traficantes. La antigua e iluminada "vanguardia del proletariado" se había transformado en una banda de lumpenproletarios en la frontera con Thailandia.
Para derrotar al Khmer Rouge, el gobierno del primer ministro Hun Sen llevó adelante una política de "win-win", con el que dividió, aisló a los líderes del movimiento, e integró a los elementos con los que se podía negociar. Esto desató una ola de violencia dentro del Khmer Rouge, ya que Pol Pot y sus partidarios de línea dura se sentían cada vez más aislados ante el resquebrajamiento por la política de integración. Cuando el gobierno de Camboya presentó ante la Asamblea General de la ONU el proyecto de juzgar los crímenes cometidos durante el régimen comunista de Pol Pot, aumentó la desesperación de los antiguos jerarcas. Pero Pol Pot murió en 1998, oculto en la selva, quizás por un infarto o bien por suicidio.
Si bien Pol Pot murió en la selva sin llegar a ser juzgado por sus crímenes, sí lo fueron varios de los líderes del Khmer Rouge, como está ocurriendo con Khieu Samphan y Nuon Chea. Ambos ya fueron declarados culpables por la marcha forzada de Phnom Penh en 1975, y ahora están siendo juzgados por genocidio contra la minoría cham.
Un extenso y doloroso camino el de los camboyanos, hasta alcanzar no sólo su independencia como nación, sino la transición hacia la democracia y la economía de mercado en una atmósfera de paz, justicia y reconciliación. El libro es un excelente e inteligente relato sobre el experimento social del Khmer Rouge, su fracaso hasta llegar al abismo más profundo del crimen sistemático.

Boraden Nhem, The Khmer Rouge: Ideology, Militarism, and the Revolution That Consumed a Generation. Santa Barbara, Praeger, 2013.

domingo, 27 de septiembre de 2015

"Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990" (¿Revolución constitucional o existencial? Václav Havel y la Asamblea Federal 1989/1990), de Jiří Suk.

Cuando comenzó el inesperado proceso de transición a la sociedad abierta en -la desaparecida- Checoslovaquia socialista, los grupos disidentes checos se organizaron en el movimiento Foro Cívico, en tanto que sus pares eslovacos en la Opinión Pública Contra la Violencia. Dado que la parte checa reunía a dos tercios de la población, y la capital se hallaba en Praga, el protagonismo del Foro Cívico fue fundamental en la demolición del sistema del socialismo real. Asimismo, la posición de liderazgo del FC fue ejercida por el dramaturgo y ensayista disidente Václav Havel quien, curiosamente, era un escéptico de las organizaciones jerárquicas y de los partidos políticos. Pero su renombre internacional lo colocó en el centro de la escena.
El 10 de diciembre de 1989 asumió un gobierno de comprensión nacional del FC, la OPCV y el Partido Comunista, en el que hubo ministros de estas expresiones políticas. Cobró especial relevancia, hasta los comicios generales de junio de 1990, la Asamblea Federal de Checoslovaquia, a la que ingresaron por un complejo proceso de revocatoria de mandatos de más de un centenar de diputados comunistas, negociación y cooptación a través del mecanismo de la Mesa Redonda. De este modo, y de un modo no convencional, la Asamblea Federal tuvo diputados de los movimientos disidentes y transformaron a este parlamento en el escenario de vivas discusiones constitucionales.
Jiří Suk, reconocido especialista en la revolución de terciopelo e investigador en el Instituto de Historia Contemporánea de la Academia de Ciencias de la República Checa, se abocó al debate en torno a la nueva denominación del país. Václav Havel, presidente desde fines de diciembre de 1989, entendió que debía hacerse una profunda transformación desde el plano simbólico, y por consiguiente propuso el cambio de nombre de la República Socialista Checoslovaca por el de República Checoslovaca, el mismo del período de entreguerras. Así, buscaba conectarse con el pretérito de la presidencia de T. G. Masaryk, liberal y humanista. No obstante, y para su sorpresa, los eslovacos insistieron en un cambio de denominación que los contuviera. La primera propuesta fue "Federación Checo-Eslovaca", luego "República Checo-Eslovaca", en lo que se conoció como la "guerra del guión". Y es que el checoslovaquismo fue pragocéntrico, por lo que el retorno a ese antiguo nombre significaba la pérdida de toda posibilidad de autonomía e identidad para Eslovaquia.
Era este un asunto delicado en la historia del país, ya que Eslovaquia gozó de una "independencia" breve gracias a la ocupación alemana al territorio checo en 1939, conformando el "Protectorado de Bohemia y Moravia", en tanto que Eslovaquia se formó como un Estado independiente, aliado al Eje. Y en los años del socialismo real, específicamente en los de la "normalización" posterior a 1968, Eslovaquia fue la sede de grandes inversiones en el área de la industria armamentista. Finalmente, se arribó a la fórmula de transacción de República Federativa Checo-Eslovaca.
Suk divide su libro en dos partes: la primera, los debates de carácter constitucional y simbólicos; en la segunda, aporta una serie de documentos que se encuentran en los archivos del Instituto de Historia Contemporánea. Una vez más, brinda valiosos aportes a la comprensión de uno de los momentos históricos más ricos e interesantes de fines del siglo XX.

Jiří Suk, Konstituční, nebo existenciální revoluce? Václav Havel a Federální shromáždění 1989/1990. Praga, Ústav pro Soudobé Dějiny2014.

martes, 15 de septiembre de 2015

"Before Orientalism", de Kim M. Phillips.

Los viajes de europeos medievales hacia el Oriente, tierras de fantasía, monstruos y reinos exóticos, fue un género que despertó la curiosidad de los lectores durante generaciones. El nombre de Marco Polo sigue resonando a través de los siglos, como un ejemplo de aquellos que se adentraron en el vasto continente asiático, lleno de peligros y maravillas. 
En este texto, la historiadora medievalista Kim Phillips recorre lo que nos legaron aquellos viajeros en sus relatos, trazando similitudes entre ellos, así como distinguiéndolos netamente de las narrativas de los tiempos coloniales posteriores. Comienza desarticulando y estableciendo los límites del "orientalismo" conceptualizado por Edward Said, una construcción intelectual maniquea que, deliberadamente, dejó a un costado aquellos enfoques y estudios que no encajaban en su teoría. Pero el libro de Phillips es previo a la expansión colonial europea, es anterior a muchos estereotipos racistas e imperialistas que fueron elaborados a partir del siglo XVIII para justificar las conquistas militares. Y es, por consiguiente, de enorme interés.
Toma los textos de monjes -Giovanni de Pian di Carpine, Willem van Ruysbroeck, Ricold de Monte Croce, Giovanni de Marignolli y Odorico de Pordenone- o mercaderes -Francesco Balducci Pegolotti, Marco Polo, Niccolo dei Conti-. Algunos de ellos fueron enviados por el Papa; otros, como Ruy González de Clavijo, por el rey Enrique III de Castilla. Otros textos que circularon fueron escritos por falsos viajeros, como Sir John Mandeville, a la vez que se divulgó la carta del Preste Juan, un personaje legendario que tantas fantasías despertó en el mundo cristiano, al suponer que había un par con las mismas creencias en Asia.
Las temáticas que abordó Phillips son variadas y reveladoras: las comidas y las costumbres alimenticias, las mujeres, el sexo, el cuerpo, los monstruos que habitan los márgenes -blemios, monópodos y cíclopes, por ejemplo, a los que la imaginación europea ubicaba en la isla de Taprobana-. Es de remarcar que la actitud de estos europeos no fue la observación desde el atalaya de la superioridad, sino la de hallar un mundo no cristiano pero en el que había otras civilizaciones, siendo de especial relevancia la admiración que despertaba China en tiempos de la dinastía mongola Yuan. 
Los mongoles fueron observados con interés por sus capacidades militares y costumbres, algunas de ellas en abierto contraste con los hábitos europeos. Pero lejos de despertar la repulsa generalizada, autores como Hetoum de Armenia buscaron despertar simpatía por este pueblo, ya que el objetivo político era trazar un puente de comunicación con la Cristiandad para enfrentar juntos al Islam.
La aproximación crítica a estas fuentes es digna de ser subrayada, porque muchos de estos autores no escribieron de primera mano estos textos, sino a través de escribas que agregaron descripciones de su propio cuño, como fue el caso con Marco Polo. 
Lo remarcable de este libro, entonces, es que nos brinda una visión muy diferente a la que los europeos tuvieron sobre el Oriente en los siglos XVIII y XIX, cuando buscaron justificar la expansión colonial en nombre de la supuesta superioridad intelectual y física del hombre blanco. Porque ni siquiera se intentó justificar una conquista militar en nombre de la religión, como hubiera sido de esperar en tiempos medievales. Y es que estos misioneros, emisarios y mercaderes eran conscientes de la gran capacidad militar de los pueblos asiáticos, del desarrollo social y tecnológico de China, del poderoso despliegue de energías que estaba en ebullición en el Oriente.

Kim M. Phillips, Before Orientalism: Asian Peoples and Cultures in European Travel Writing, 1245-1510. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2014.

sábado, 29 de agosto de 2015

"Ovejas negras", de Roberto Di Stefano.

Historiador del desarrollo de la Iglesia Católica en Argentina, Di Stefano inevitablemente se fue topando en sus investigaciones con las expresiones desafiantes, ya desde tiempos coloniales hasta mitades del siglo XX. En consecuencia, con esa valiosa documentación disponible emprendió este valioso libro sobre los anticlericales argentinos, ya desde aquellos que se apartaron de los caminos de la ortodoxia y ortopraxia católica, pasando por la de los blasfemos e idólatras, hasta llegar a los procesos de secularización que en la segunda mitad de la centuria decimonónica impulsaron los sectores liberales en el gobierno.
El mapa que uno podía suponer de homogeneidad y estricta observancia del catolicismo en tiempos coloniales, Di Stefano lo desbarata y nos presenta un mundo insospechado de herejías, apostasías, blasfemias y presencia viva de prácticas precoloniales. 
La emancipación abrió las puertas a las libertades, ya que la Iglesia, en tanto pilar de la monarquía cristiana española, también tuvo partidarios entre el clero. Fue la reforma eclesiástica del ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, la que provocó los grandes debates y cruce de diatribas en la activa prensa local, repleta de pasquines incendiarios. Con Juan Manuel de Rosas en la gobernación, en cambio, la Iglesia encontró un remanso, a pesar de que seguía vigente el tratado con el Reino Unido de 1825, por el cual se permitía a los anglicanos la práctica de su culto en Buenos Aires. 
Con la organización constitucional de 1853, renacieron los debates legislativos, en la prensa, la tribuna y las calles. La Constitución reconocía la libertad de cultos, un derecho que despertó la ira de algunos convencionales constituyentes. Luego, los gobiernos fueron avanzando en un lento camino a la secularización, quitándoles el monopolio de los cementerios a la Iglesia Católica, estableciendo la ley 1420 de educación laica, creando el matrimonio civil y el registro civil, medidas que impulsaban el pluralismo religioso y la llegada de inmigrantes. En este clima, en el que figuras como Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre tomaron partido por el laicismo, el presidente Julio Roca debió incluso cortar las relaciones diplomáticas con la Santa Sede durante dieciocho años. La orden iniciática masónica contó, en esos años, con miembros de la más alta relevancia política e intelectual en sus filas, como los mencionados Mitre y Sarmiento -que fueron grandes maestres-, así como Leandro Alem, José Hernández, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Francisco Barroetaveña, Marcelo T. de Alvear e Hipólito Yrigoyen, entre tantos otros en un amplio abanico de partidos y extracciones. No obstante, el último gran debate de los laicistas de esa generación tuvo lugar en 1902 cuando se discutió la ley de divorcio en el Congreso, que por dos votos no fue incorporado al código civil. Los congresos de librepensamiento eran frecuentes y auspiciados por las figuras más señeras hasta principios del siglo XX. Pero, a diferencia de lo que aconteció en la vecina República Oriental del Uruguay, no se llegó a separar Iglesia y Estado en el texto constitucional, tal como ya lo propugnaban algunas figuras de la política local.
Di Stefano plantea que, dada la gran masa inmigrante que seguía arribando a Argentina, hubo un cambio de paradigma en las élites gobernantes, que se reflejó en una recatolización del Estado. Hipótesis interesante y que merece ser abordada. Lo cierto es que en los años treinta, en entreguerras, el mito de la nación católica había alcanzado su apogeo: al Estado liberal y laico, lo reemplazaba la concepción de la Argentina católica, fuertemente impulsada por el nacionalismo.
Esa recatolización fue uno de los fundamentos del golpe de Estado de 1943, que por decreto restauró la educación religiosa en las escuelas, gracias al entonces ministro de Instrucción Pública Gustavo Martínez Zuviría, más conocido por su seudónimo literario Hugo Wast, autor de libelos antisemitas. En su primera presidencia, Juan Domingo Perón la convirtió en ley; mas en su segundo y consecutivo período presidencial tuvo su conocido enfrentamiento con la Iglesia Católica, que lo llevó a promover la separación de Iglesia y Estado.
El último gran debate que Di Stefano señala en este contexto, fue el de la creación de las universidades privadas durante la presidencia de Arturo Frondizi, en las que muchas de las casas de altos estudios que habrían de surgir tenían un sello religioso. Aquella discusión, que hoy nos parece tan absurdo como distante, se vivió entonces con viva intensidad y ardor.
El libro es útil e inevitable para quien quiera conocer la historia argentina desde una perspectiva desde el mundo de las ideas, que son, en definitiva, los poderosos motores que mueven a la humanidad.

Roberto Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.

domingo, 23 de agosto de 2015

"Reorienting the East", de Martin Jacobs.

Durante  la Edad Media europea, algunos viajeros judíos se adentraron en las tierras bajo dominio musulmán en el Cercano Oriente, ya sea con el propósito de comerciar, o bien el de peregrinar a Jerusalem con fines religiosos. Lo interesante de estos periplos es que los judíos no se sentían plenamente parte de ninguno de los dos mundos que se encontraban en el Mediterráneo, el cristiano y el islámico, por lo que sus observadores entre los siglos XII y XVI expresaron sus visiones desde puntos de vista completamente diferentes a los que solemos hallar en viajeros como Marco Polo.
Utilizando las herramientas conceptuales de la otredad, Martin Jacobs incursiona con inteligencia y habilidad quirúrgica en los variados textos que nos han llegado, contando con un amplio abanico de viajeros y, por consiguiente, de perspectivas.
Así, nos encontramos con Benjamín de Tudela, judío español que añora los tiempos de Al Andalus, y que se maravilla con el mundo islámico del Cercano Oriente. O con el rabino Petahyah de Regensburg, ashkenazi, que viaja desde el centro de Europa hacia el Oriente, atravesando las llanuras de Rusia, la península de Crimea y el Cáucaso. Más tarde, con el comerciante Meshullam de Volterra, bastante integrado al estilo de vida italiano y que, como tal, desdeña las costumbres de árabes y judíos que observa en Oriente. Otros textos son de autores anónimos, o bien otros son correspondencia que, afortunadamente, llegó hasta nuestros días. El viajero llega al destino oriental e inevitablemente compara, juzga, selecciona de acuerdo a lo que conoce: los más, ponderan la convivencia de musulmanes y judíos -aunque con sus límites-, en contraste con la actitud de sospecha con la que vivían en la Europa cristiana. Y es que, a diferencia del cristianismo, el Islam sí tiene un espacio para los pueblos con creencias bíblicas, los dhimmi, que si bien debían llevar indumentaria distintiva y pagar la jizya -impuesto personal-, podían practicar el culto en un ámbito acotado. El cristianismo medieval, en cambio, sostenía la idea del deicidio como culpabilización colectiva al pueblo judío, legitimando las persecuciones y conversiones forzosas. Expresión de esto fue la prohibición de habitantes judíos en Jerusalem durante el reino cristiano latino de Jerusalem, disposición cancelada por Saladino tras su conquista de la ciudad. Asimismo, la tensión entre las tres grandes religiones se vivía en los lugares santos, aquellos en los que se solapaban las tradiciones. La actitud islámica, en términos generales, era más permisiva que la de los cristianos en tiempos de los cruzados.
Pero Martin Jacobs también arroja luz sobre otro aspecto fundamental: los judíos europeos observaban con asombro la prosperidad de las comunidades en Bagdad y Alejandría, lo que les brindaba un elemento de seguridad psicológica frente a la situación de amenaza que tenían en los reinos de Occidente. La certeza de que había un exilarca respetado en las antiguas latitudes de Babilonia -siglos antes del cristianismo y el islam-, servía de contrapeso ante las humillaciones cotidianas. Parte de esta certeza eran las leyendas en torno a las tribus perdidas, a las que imaginaciones fértiles ubicaban en la península arábiga, preservando su independencia y con cientos de miles de aguerridos miembros. Estos relatos, que David Reuveni llevó ante la corte portuguesa, animaron a los europeos a buscar aliados frente al común peligro otomano.
El encuentro con judíos no rabínicos como los caraítas y los samaritanos, también llevó a reflexionar sobre esos "otros" no tan distantes, y algunos viajeros los incluyeron dentro de su mundo imaginario, en tanto que la mayoría los clasificó fuera del mismo.
Las referencias a la Cristiandad y el Islam son, claramente, derogatorias: Jesús era "ese hombre" y el profeta Muhammad, "el loco". Los cristianos eran los "incircuncisos" y "edomitas", en tanto que los árabes, los "ismaelitas". Iglesias y mezquitas eran blasfemias, las peregrinaciones cristianas y musulmanas eran de personas confundidas. Pero eran lo suficientemente inteligentes para evitar estas expresiones en público, en un entorno que rápidamente podía volverse hostil, por lo que se mantenían en reserva y viajaban con bajo perfil.
El libro, entonces, nos presenta una mirada diferente sobre el Oriente próximo, distante en tiempo y en perspectiva de aquella que luego se impondrá en Occidente al construir un "otro" oriental pasivo, decadente, fatalista y atrasado.

Martin Jacobs, Reorienting the East: Jewish Travelers in the Medieval Muslim World. Philadelphia, University of Pennsilvania Press, 2014.