Esta obra, dedicada a la vida y el pensamiento del jurista Raphaël Lemkin, recorre su trayectoria intelectual y vital, sus desvelos para lograr que los genocidios tuvieran una sanción en un mundo hostil a sus ideas, en pleno auge de las ideas totalitarias y durante el inicio de la guerra fría.
Lemkin vivió sus primeros años dentro del Imperio Ruso, luego parte de la Polonia independiente, renacida tras la primera guerra mundial. Se formó en el terreno de la abogacía en varias universidades, comenzando sus estudios en Lviv/Lemberg, en lo que fue la capital cosmopolita de la antigua Galitzia. Fue durante la primera conflagración que su familia, ante el avance de las tropas germanas, se preocupó por ocultar los libros en los bosques, temerosos de lo que pudiera ocurrir con la biblioteca familiar. De este modo, es posible observar que Lemkin fue educado en un entorno que daba prioridad al estudio, tal como solía ocurrir con los judíos que habían adherido a la filosofía de la Haskalá. Y es que Raphaël Lemkin no sólo fue una persona cultivada en el derecho, sino también en literatura, lingüística, música y filosofía, conocedor de varias lenguas. De allí que tanto apreciara las diferencias culturales y que las viera como elementos valiosos para la civilización humana, parte constituyente de la persona. El autor señala que Lemkin estudió y acuñó el concepto de genocidio, pero con su mirada puesta en los derechos individuales que eran vulnerados. Ya en los años treinta, tomando como ejemplos históricos recientes a los genocidios contra los armenios y los ucranianos, así como la creciente persecución antisemita del nazismo, propuso que la fallida Sociedad de las Naciones tipificara como delitos a la "barbarie" y el "vandalismo", porque aún no había desarrollado el concepto de genocidio.
Cuando las tropas de Hitler invadieron Polonia, Lemkin logró huir hacia Suecia y, de allí, a los Estados Unidos. En su estadía en el país escandinavo neutral, logró reunir documentación legal sobre el proceso de destrucción que estaba llevando adelante el régimen nazi en el continente europeo, cuestión que ordenó y sistematizó en su libro sobre el dominio del Eje en los países ocupados, publicado en el exilio hacia el final de la guerra. Su libro fue clave para arrojar luz sobre la arquitectura legal montada por el nazismo para aplicar su política de exterminio y esclavización, en nombre de la "pureza racial", y por consiguiente fue de gran utilidad para los jueces en Nuremberg. Observado con desconfianza por los soviéticos, que en todo momento buscaron impedir el avance de los conceptos planteados por Lemkin.
Tanto en la Declaración Universal sobre Derechos Humanos como en la Convención sobre Genocidio, Raphaël Lemkin procuró ejercer su influencia para que este tipo de crímenes fuera severamente castigado, pero halló que la lógica bipolar de la guerra fría se impuso sobre sus preocupaciones humanistas. Obsesivo en su causa, no supo ganarse el apoyo del establishment político de los Estados Unidos, ya que sus ideas resultaban sospechosas para quienes querían mantener el status quo de segregación racial en los estados meridionales de los Estados Unidos.
Sus ideas y preocupaciones, no obstante, sobrevivieron a la guerra fría y comenzaron a revalorizarse en los años noventa, por los genocidios en la ex Yugoslavia y Ruanda, universalizando la visión en torno al respeto a la vida, la integridad y la libertad de millones de seres humanos.
Douglas Irvin-Erickson, Raphaël Lemkin and the Concept of Genocide. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2017.
Bitácora de lecturas de Ricardo López Göttig. Historia, literatura, mitología, orientalismo y filosofía política.
lunes, 15 de abril de 2019
sábado, 23 de marzo de 2019
"La muerte del comendador", de Haruki Murakami.
En esta nueva novela de dos tomos, Haruki Murakami despliega -una vez más- su universo en el que se entrecruza lo real con lo fantástico, lo cotidiano con lo extraordinario. A diferencia de las novelas anteriores, en esta se introduce lentamente en una trama que irá envolviendo al lector en la vida del protagonista, un artista plástico dedicado a los retratos por encargo, alejado de la gran urbe por una separación, en una circunstancia que lo involucrará con lo sobrenatural. Murakami tiene la singularidad de saber mezclar los elementos fantásticos y de introducirlos en la narrativa sin forzar las situaciones, permitiendo que cada personaje desarrolle una vinculación propia, casi íntima, con aquello que pertenece a universos no visibles.
El primer tomo es la gran preparación, el desarrollo hacia el segundo en el que elementos desconocidos irrumpen con fuerza y toman el escenario, dejando pistas de lo que son o pueden llegar a ser.
Los diálogos tienen exquisitez y profundidad: los personajes se desenvuelven en una reflexión sobre sus propias identidades, temores y llegan a vislumbrar sus propios abismos, pero sin precipitarse
en la pérdida de control.
De allí, pues, la fluidez con la que se desliza la pluma de Murakami, en una danza inteligente de personajes enigmáticos que mantienen la tensión en la lectura.
Los detalles no son banales, guardan un significado que no siempre se devela, pero que sugiere para que la imaginación del lector no sea ofendida con resoluciones simples, bruscas y anticipables.
Esto permite a Haruki Murakami ubicarse entre los autores japoneses que pueden salir con su narrativa más allá del archipiélago, universalizarse sin perder el sabor local ni la cosmovisión que los singulariza, sabiendo conectar lo propio con lo occidental, tan presente en su cultura desde hace siglo y medio.
Haruki Murakami, La muerte del comendador. Buenos Aires, Tusquets, 2018 y 2019.
El primer tomo es la gran preparación, el desarrollo hacia el segundo en el que elementos desconocidos irrumpen con fuerza y toman el escenario, dejando pistas de lo que son o pueden llegar a ser.
Los diálogos tienen exquisitez y profundidad: los personajes se desenvuelven en una reflexión sobre sus propias identidades, temores y llegan a vislumbrar sus propios abismos, pero sin precipitarse
en la pérdida de control.
De allí, pues, la fluidez con la que se desliza la pluma de Murakami, en una danza inteligente de personajes enigmáticos que mantienen la tensión en la lectura.
Los detalles no son banales, guardan un significado que no siempre se devela, pero que sugiere para que la imaginación del lector no sea ofendida con resoluciones simples, bruscas y anticipables.
Esto permite a Haruki Murakami ubicarse entre los autores japoneses que pueden salir con su narrativa más allá del archipiélago, universalizarse sin perder el sabor local ni la cosmovisión que los singulariza, sabiendo conectar lo propio con lo occidental, tan presente en su cultura desde hace siglo y medio.
Haruki Murakami, La muerte del comendador. Buenos Aires, Tusquets, 2018 y 2019.
viernes, 11 de enero de 2019
"Reconstructing the Cold War", de Ted Hopf
Los primeros años de la guerra fría, período en el que las dos supepotencias emergentes de la segunda guerra mundial comenzaron a desplegar sus recursos y estrategias, son los que se analizan en este libro, poniendo la lupa en la URSS del stalinismo de posguerra y los comienzos de la era Jruschov, sin ingresar en los años sesenta.
Al contrario de lo que muchos soviéticos aspiraron, el stalinismo de posguerra restableció con vigor los engranajes de la represión, la censura y la persecución a aquellos que clasificaba como "enemigos del pueblo". El ungido de ayer podía ser el condenado de hoy, inesperadamente, en un clima de histeria que repetía los oscuros años treinta, con sus purgas y escenificaciones de juicios arreglados. Ted Hopf, uno de los teóricos de la escuela constructivista de las relaciones internacionales, sostiene que esa característica era sistémica, más allá de las peculiaridades de la personalidad conspiranoica de Stalin. De allí, entonces, que ponga el acento en las percepciones creídas y propaladas por el régimen soviético, asumidas como ciertas que llevaron a un marcado aislamiento al considerar a la URSS como rodeada por enemigos hostiles, una lógica binaria que reproducía internamente.
Los regímenes totalitarios se caracterizan por una hiperpolitización de la vida: todo es político y puede ser leído con la óptica ideológica, toda conducta tiene una significación que se interpreta como aceptable o inaceptable, de acuerdo al canon establecido. De este modo, la cultura se transforma en uno de los escenarios en el que la visión totalitaria instaura sus verdades inapelables, convirtiendo a la ciencia, la literatura y las artes en campos de batalla. Hopf señala que, por un lado, se construyó el concepto de una enemistad letal con los Estados Unidos y el Occidente en general, y a ese bloque se le atribuyó tener una red de espionaje y sabotaje en el interior de la URSS. En la visión stalinista, dentro de la URSS el rol de vanguardia modernista y desarrollada la tenía Rusia por sobre el resto, y Moscú por encima de otras ciudades. Asia central y Siberia, consideradas subdesarrolladas y premodernas, debían ser guiadas por los más desarrollados, con Rusia en el pináculo. Esta supremacía de lo ruso se trasladaba a la cinematografía, la literatura y el teatro, y no sólo implicaba disminuir a las otras nacionalidades dentro de la URSS, sino también la rusificación de la población judía, en una política antisemita que la aproximaron a la Alemania nazi en sus inicios.
Lo mismo ocurría con los países que pasaron a integrarse como satélites en Europa oriental, a los que Stalin les marcaba el ritmo. Mantuvo la distancia respecto a Mao hasta que fue evidente que iba a tomar el poder; la República Democrática Alemana comenzó su giro al marxismo en 1952, cuando Stalin comprendió que no era viable la reunificación de Alemania como un país neutral; fue él quien dio el visto bueno a la invasión a Corea del Sur, suponiendo erróneamente que los estadounidenses no habrían de intervenir en el conflicto.
Con la muerte de Stalin y el ascenso de Nikita Jrushchov, se inició la etapa del deshielo en la que se reconocieron "errores" -léase crímenes- de la etapa stalinista, llegando en su apogeo al célebre informe presentado en el vigésimo congreso del PC soviético.
Jrushchov aceptó el carácter socialista de Yugoslavia, se aproximó a los líderes nacionalistas del tercer mundo como Nasser y Nehru, así como buscó mejorar su relación con Mao. No obstante, la admisión de que Stalin y la URSS no eran infalibles, también alentó la búsqueda de caminos alternativos en Polonia, así como el intento de salir del bloque de Imre Nagy, en Hungría, aplastado por la fuerza. El deshielo cultural lo puso en un brete cuando salió publicado Doctor Zhivago en Italia, por iniciativa de Feltrinelli.
Hopf subraya que esta nueva política -la "coexistencia pacífica"- era el resultado de que la URSS ya había ganado confianza en sí misma, consolidada tras la segunda guerra mundial, y que por lo tanto ya no veía al mundo de un modo binario, sino que podía advertir tonalidades de grises, incluso dentro del propio bloque occidental. A mi criterio, al haber cortado el período en 1958, dejando de lado el levantamiento del Muro de Berlín (1961), la crisis de los misiles en Cuba (1962) y la ruptura sino-soviética, no reflejan con claridad las ambivalencias, vaivenes y laberintos sin salida del experimento de Jrushchov. No obstante, el libro presenta conclusiones interesantes, abre nuevos caminos y brinda perspectivas que deben seguir siendo estudiadas.
Ted Hopf, Reconstructing the Cold War: The Early Years, 1945-1958. New York, Oxford University Press, 2012.
Al contrario de lo que muchos soviéticos aspiraron, el stalinismo de posguerra restableció con vigor los engranajes de la represión, la censura y la persecución a aquellos que clasificaba como "enemigos del pueblo". El ungido de ayer podía ser el condenado de hoy, inesperadamente, en un clima de histeria que repetía los oscuros años treinta, con sus purgas y escenificaciones de juicios arreglados. Ted Hopf, uno de los teóricos de la escuela constructivista de las relaciones internacionales, sostiene que esa característica era sistémica, más allá de las peculiaridades de la personalidad conspiranoica de Stalin. De allí, entonces, que ponga el acento en las percepciones creídas y propaladas por el régimen soviético, asumidas como ciertas que llevaron a un marcado aislamiento al considerar a la URSS como rodeada por enemigos hostiles, una lógica binaria que reproducía internamente.
Los regímenes totalitarios se caracterizan por una hiperpolitización de la vida: todo es político y puede ser leído con la óptica ideológica, toda conducta tiene una significación que se interpreta como aceptable o inaceptable, de acuerdo al canon establecido. De este modo, la cultura se transforma en uno de los escenarios en el que la visión totalitaria instaura sus verdades inapelables, convirtiendo a la ciencia, la literatura y las artes en campos de batalla. Hopf señala que, por un lado, se construyó el concepto de una enemistad letal con los Estados Unidos y el Occidente en general, y a ese bloque se le atribuyó tener una red de espionaje y sabotaje en el interior de la URSS. En la visión stalinista, dentro de la URSS el rol de vanguardia modernista y desarrollada la tenía Rusia por sobre el resto, y Moscú por encima de otras ciudades. Asia central y Siberia, consideradas subdesarrolladas y premodernas, debían ser guiadas por los más desarrollados, con Rusia en el pináculo. Esta supremacía de lo ruso se trasladaba a la cinematografía, la literatura y el teatro, y no sólo implicaba disminuir a las otras nacionalidades dentro de la URSS, sino también la rusificación de la población judía, en una política antisemita que la aproximaron a la Alemania nazi en sus inicios.
Lo mismo ocurría con los países que pasaron a integrarse como satélites en Europa oriental, a los que Stalin les marcaba el ritmo. Mantuvo la distancia respecto a Mao hasta que fue evidente que iba a tomar el poder; la República Democrática Alemana comenzó su giro al marxismo en 1952, cuando Stalin comprendió que no era viable la reunificación de Alemania como un país neutral; fue él quien dio el visto bueno a la invasión a Corea del Sur, suponiendo erróneamente que los estadounidenses no habrían de intervenir en el conflicto.
Con la muerte de Stalin y el ascenso de Nikita Jrushchov, se inició la etapa del deshielo en la que se reconocieron "errores" -léase crímenes- de la etapa stalinista, llegando en su apogeo al célebre informe presentado en el vigésimo congreso del PC soviético.
Jrushchov aceptó el carácter socialista de Yugoslavia, se aproximó a los líderes nacionalistas del tercer mundo como Nasser y Nehru, así como buscó mejorar su relación con Mao. No obstante, la admisión de que Stalin y la URSS no eran infalibles, también alentó la búsqueda de caminos alternativos en Polonia, así como el intento de salir del bloque de Imre Nagy, en Hungría, aplastado por la fuerza. El deshielo cultural lo puso en un brete cuando salió publicado Doctor Zhivago en Italia, por iniciativa de Feltrinelli.
Hopf subraya que esta nueva política -la "coexistencia pacífica"- era el resultado de que la URSS ya había ganado confianza en sí misma, consolidada tras la segunda guerra mundial, y que por lo tanto ya no veía al mundo de un modo binario, sino que podía advertir tonalidades de grises, incluso dentro del propio bloque occidental. A mi criterio, al haber cortado el período en 1958, dejando de lado el levantamiento del Muro de Berlín (1961), la crisis de los misiles en Cuba (1962) y la ruptura sino-soviética, no reflejan con claridad las ambivalencias, vaivenes y laberintos sin salida del experimento de Jrushchov. No obstante, el libro presenta conclusiones interesantes, abre nuevos caminos y brinda perspectivas que deben seguir siendo estudiadas.
Ted Hopf, Reconstructing the Cold War: The Early Years, 1945-1958. New York, Oxford University Press, 2012.
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viernes, 4 de enero de 2019
"Fall of the Double Eagle", de John Schindler
El autor se centra en un escenario infrecuente de la Gran Guerra, como es el de la región de Galitzia, anexada en 1772 al Imperio Austríaco, y que permanecerá dentro de la órbita de los Habsburgo hasta la caída de la monarquía danubiana en 1918. Señala que, a su criterio, se ha prestado enorme atención al desarrollo del frente occidental durante la primera guerra mundial, así como a la batalla de Tannenberg, pero que se ha descuidado por completo al escenario bélico en Galitzia durante la Gran Guerra.
El itinerario parte de un análisis del ejército austro-húngaro, soporte de la dinastía y que se inspiraba en el patriotismo en torno a la institución imperial. De allí que pudieran convivir en su seno distintas nacionalidades y religiones: alemanes, húngaros, rumanos, eslavos y judíos. Pero así como había logrado formar un ejército común para todo el Imperio (Kaiserliche und Königliche Armee), uno para Cisleitania (Landwehr) y otro para Hungría (Honvéd), comenzó muy tardíamente su modernización y preparación para una conflagración de magnitud, ya que tanto el kaiser Francisco José, el heredero al trono Franz Ferdinand y los oficiales se habían quedado anclados a tradiciones militares que habían quedado obsoletas con respecto a las innovaciones tecnológicas de 1914. El ejército era, además, un mecanismo de ascenso social que estaba atrayendo a las clases medias del Imperio, integrador en su patriotismo dinástico, y que miraba con recelo al nacionalismo y al socialismo. Pero la fuerza militar, a pesar de ser un sostén esencial para los Habsburgo, recibía escaso presupuesto y, como consecuencia, no estaba a la altura para combatir con sus vecinos. El autor pone el acento, también, en los obstáculos que colocaron los políticos húngaros durante años, que demoraron fatalmente la modernización de las fuerzas armadas. Los escándalos por el espionaje ruso en las filas austrohúngaras -el caso de Alfred Redl fue desastroso para la inteligencia militar-, contribuyeron a debilitar letalmente las posibilidades del Imperio en la conflagración contra la monarquía zarista.
De acuerdo a Schindler, el príncipe Franz Ferdinand era sumamente hostil hacia la modernidad en general, anclado en una visión religiosa que le impedía observar y comprender los cambios sociales y políticos del siglo XX y sus innovaciones tecnológicas. Asimismo, subraya su rechazo hacia los magiares, con lo que eventualmente su reinado también hubiera despertado tensiones en el Imperio. Una sucesión de errores del general Oskar Potiorek en Sarajevo, promotor de la visita del príncipe Franz Ferdinand con el objetivo de ganarse su apoyo para el más alto mando del Ejército, llevó al asesinato del archiduque y su mujer en circunstancias evitables. El kaiser Francisco José aceptó el destino fatal de la guerra contra Serbia y, como respuesta inmediata, con el Imperio Ruso. Con el apoyo explícito del kaiser alemán, los austríacos plantearon una serie de exigencias humillantes para el Reino de Serbia, concluyendo en el desenlace bélico. Tanto en las filas del ejército como en la opinión pública, el fervor patriótico se despertó y acompañó el llamado a las armas, incluso en la población checa, vista como la más escéptica y de dudosa lealtad.
Ya en combate, el ejército austro-húngaro comenzó a padecer severas pérdidas por sus debilidades materiales, no por falta de valor de sus soldados. Y, a diferencia de lo que muchos actores de ese tiempo sostuvieron, los soldados de orígenes eslavos combatieron a la par de los alemanes y magiares. Pero la falta de conocimiento del terreno enemigo, la superioridad numérica y de artillería de las tropas rusas, fueron elementos que golpearon duramente a las tropas del Imperio Austro-Húngaro. En la región de Galitzia, limítrofe con el Imperio Ruso y con una abrumadora mayoría de población rutena y polaca, el ejército zarista tomó la ciudad de Lemberg/Lwów/Lviv en los inicios de la guerra. Esto significó un impulso importante para la propaganda rusa, así como un presagio nefasto para el Imperio Austro-Húngaro. Y es que las dos dinastías apostaban a un triunfo resonante en esta conflagración para asegurar el futuro, sacudidas por los tironeos de las minorías nacionales. En las primeras semanas de combate en Galitzia, los austro-húngaros tuvieron más de 400 mil bajas, entre muertos, heridos y prisioneros, casi la mitad de las tropas enviadas a frenar el avance ruso en esa región. Estas pérdidas tan severas, así como la incompetencia de los oficiales para organizar al ejército, colocaron a Austria-Hungría bajo la órbita del Imperio Alemán, ya que oficiales prusianos comenzaron a tomar el mando.
De este modo, el pilar del patriotismo dinástico de los Habsburgo se fue desmoronando durante la Gran Guerra, descomponiéndose en disputas nacionales al carecer de oficiales que hablaran las lenguas de los soldados que comandaban, transformándose en un mero apéndice del Reich alemán. El último kaiser austríaco, Karl, a pesar de sus intentos de encontrar un camino hacia la paz con las naciones aliadas, comprendió fatalmente que estaba atado a la suerte del Imperio Alemán, y sucumbió con él. La derrota en Galitzia, pues, fue un golpe letal para el Imperio Austro-Húngaro, del que sólo los prusianos pudieron sacarlo levemente al recuperar Lemberg en 1915, perdiendo el protagonismo militar.
John R. Schindler, Fall of the Double Eagle: The Battle for Galicia and the Demise of Austria-Hungary. Lincoln, Potomac Books, 2015.
El itinerario parte de un análisis del ejército austro-húngaro, soporte de la dinastía y que se inspiraba en el patriotismo en torno a la institución imperial. De allí que pudieran convivir en su seno distintas nacionalidades y religiones: alemanes, húngaros, rumanos, eslavos y judíos. Pero así como había logrado formar un ejército común para todo el Imperio (Kaiserliche und Königliche Armee), uno para Cisleitania (Landwehr) y otro para Hungría (Honvéd), comenzó muy tardíamente su modernización y preparación para una conflagración de magnitud, ya que tanto el kaiser Francisco José, el heredero al trono Franz Ferdinand y los oficiales se habían quedado anclados a tradiciones militares que habían quedado obsoletas con respecto a las innovaciones tecnológicas de 1914. El ejército era, además, un mecanismo de ascenso social que estaba atrayendo a las clases medias del Imperio, integrador en su patriotismo dinástico, y que miraba con recelo al nacionalismo y al socialismo. Pero la fuerza militar, a pesar de ser un sostén esencial para los Habsburgo, recibía escaso presupuesto y, como consecuencia, no estaba a la altura para combatir con sus vecinos. El autor pone el acento, también, en los obstáculos que colocaron los políticos húngaros durante años, que demoraron fatalmente la modernización de las fuerzas armadas. Los escándalos por el espionaje ruso en las filas austrohúngaras -el caso de Alfred Redl fue desastroso para la inteligencia militar-, contribuyeron a debilitar letalmente las posibilidades del Imperio en la conflagración contra la monarquía zarista.
De acuerdo a Schindler, el príncipe Franz Ferdinand era sumamente hostil hacia la modernidad en general, anclado en una visión religiosa que le impedía observar y comprender los cambios sociales y políticos del siglo XX y sus innovaciones tecnológicas. Asimismo, subraya su rechazo hacia los magiares, con lo que eventualmente su reinado también hubiera despertado tensiones en el Imperio. Una sucesión de errores del general Oskar Potiorek en Sarajevo, promotor de la visita del príncipe Franz Ferdinand con el objetivo de ganarse su apoyo para el más alto mando del Ejército, llevó al asesinato del archiduque y su mujer en circunstancias evitables. El kaiser Francisco José aceptó el destino fatal de la guerra contra Serbia y, como respuesta inmediata, con el Imperio Ruso. Con el apoyo explícito del kaiser alemán, los austríacos plantearon una serie de exigencias humillantes para el Reino de Serbia, concluyendo en el desenlace bélico. Tanto en las filas del ejército como en la opinión pública, el fervor patriótico se despertó y acompañó el llamado a las armas, incluso en la población checa, vista como la más escéptica y de dudosa lealtad.
Ya en combate, el ejército austro-húngaro comenzó a padecer severas pérdidas por sus debilidades materiales, no por falta de valor de sus soldados. Y, a diferencia de lo que muchos actores de ese tiempo sostuvieron, los soldados de orígenes eslavos combatieron a la par de los alemanes y magiares. Pero la falta de conocimiento del terreno enemigo, la superioridad numérica y de artillería de las tropas rusas, fueron elementos que golpearon duramente a las tropas del Imperio Austro-Húngaro. En la región de Galitzia, limítrofe con el Imperio Ruso y con una abrumadora mayoría de población rutena y polaca, el ejército zarista tomó la ciudad de Lemberg/Lwów/Lviv en los inicios de la guerra. Esto significó un impulso importante para la propaganda rusa, así como un presagio nefasto para el Imperio Austro-Húngaro. Y es que las dos dinastías apostaban a un triunfo resonante en esta conflagración para asegurar el futuro, sacudidas por los tironeos de las minorías nacionales. En las primeras semanas de combate en Galitzia, los austro-húngaros tuvieron más de 400 mil bajas, entre muertos, heridos y prisioneros, casi la mitad de las tropas enviadas a frenar el avance ruso en esa región. Estas pérdidas tan severas, así como la incompetencia de los oficiales para organizar al ejército, colocaron a Austria-Hungría bajo la órbita del Imperio Alemán, ya que oficiales prusianos comenzaron a tomar el mando.
De este modo, el pilar del patriotismo dinástico de los Habsburgo se fue desmoronando durante la Gran Guerra, descomponiéndose en disputas nacionales al carecer de oficiales que hablaran las lenguas de los soldados que comandaban, transformándose en un mero apéndice del Reich alemán. El último kaiser austríaco, Karl, a pesar de sus intentos de encontrar un camino hacia la paz con las naciones aliadas, comprendió fatalmente que estaba atado a la suerte del Imperio Alemán, y sucumbió con él. La derrota en Galitzia, pues, fue un golpe letal para el Imperio Austro-Húngaro, del que sólo los prusianos pudieron sacarlo levemente al recuperar Lemberg en 1915, perdiendo el protagonismo militar.
John R. Schindler, Fall of the Double Eagle: The Battle for Galicia and the Demise of Austria-Hungary. Lincoln, Potomac Books, 2015.
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domingo, 30 de diciembre de 2018
"The Idea of Galicia", de Larry Wolff.
Como resultado de la partición de Polonia en 1772, el imperio Austríaco anexó lo que llamó Galitzia, una región poblada por polacos, rutenos y judíos, ubicando a Lemberg/Lwów/Lviv como la capital. Bajo el dominio de los Habsburgo ya no se encontraba España y, por consiguiente, la región noroccidental de la península hispánica de Galicia, por lo que instauraron ese nombre a la región anexada. Formalmente, era una "reivindicación" del principado medieval de Halych, rebautizado como Reino de Galicia y Lodomeria.
Galitzia, en el imaginario y visión política de los emperadores austríacos, era la frontera con Oriente. Desde esta perspectiva, la empresa austríaca consistía en civilizar esa región que limitaba con la barbarie asiática, de modo que se convertía en una tarea de ilustración y pacificación. Sin identidad geográfica propia, heterogénea en su composición nacional y religiosa (los polacos eran católicos, los rutenos de la Iglesia Uniata de rito oriental y sujeción a Roma, los alemanes que arribaban católicos y luteranos, además de la diversidad de judíos, ya sea partidarios de la Haskalá o del jasidismo), Galitzia se trataba de una construcción social y política en torno a la lealtad al Imperio, fuente de ilustración, garante del orden y propagador de la ciencia y la cultura de Occidente.
De allí, pues, el interés de transformar a Lemberg en una ciudad que se fuera asemejando a Viena, en donde se creaba una biblioteca (la Ossolineum), se imprimían periódicos, se instalaba una universidad y, a partir de 1867, la sede del parlamento regional, el Sejm. La anexión de Cracovia de 1849 significará la división administrativa en una Galicia Oriental y otra Occidental, integradas por la red ferroviaria y telegráfica a Viena y el resto del Imperio. Con autonomía desde el Ausgleich de 1867 que significó la reconfiguración del Imperio en Austro-Húngaro -colocando a los magiares como socios de los alemanes en el seno de la monarquía dual de los Habsburgo-, los kaisers austríacos viajaron a Galitzia en varias ocasiones, marcando la presencia imperial.
Con el inicio del largo reinado de Francisco José, desde 1848 hasta su muerte en 1916, también tuvo lugar un lento camino hacia la constitucionalización del imperio, y Galitzia tuvo virreyes (namiestnik) de origen alemán o polaco, leales al monarca. Cuando en 1846 hubo aristócratas polacos que intentaron rebelarse, se produjo una importante e indeleble masacre de estos a manos de campesinos rutenos, que habrían preferido mantenerse bajo la órbita austríaca que en un eventual reconstituido Reino de Polonia.
En su casi siglo y medio de existencia, Galitzia fue el escenario de nacimiento, desarrollo y paisaje de varios escritores, como Aleksander Fredro, Leopold von Sacher-Masoch, Bruno Schultz y Martin Buber, o fue el sitio de los antepasados de Sigmund Freud. Si bien hubo una tensión creciente entre rutenos y polacos, las autoridades lograron mantener la paz entre estas dos etnias eslavas. El pogrom de 1898 fue un hecho aislado y severamente castigado, por lo que la figura paternal del kaiser Francisco José fue objeto de respeto y buen recuerdo por parte de varias generaciones de judíos locales y en la diáspora.
Pero Galitzia era la región más pobre del Imperio y buena parte de su población debió emigrar al continente americano, tal como lo atestiguan tantos descendientes de estas comunidades que se siguieron identificando con esta región, aun cuando desapareció después de la primera guerra mundial.
Invadida por los rusos en 1914, recuperada por los austríacos y alemanes poco después, unos 150 mil judíos huyeron ante el furor de los pogroms que acompañaron a las tropas zaristas y se refugiaron en torno a Viena, reforzando su lealtad monárquica. Pero Galitzia quedó atada a la promesa de restaurar el Reino de Polonia, tal como lo hicieron públicamente los kaisers de Alemania y Austria-Hungría en noviembre de 1916. Pero los austríacos también contemplaron la posibilidad de crear un reino ucraniano, una idea a la que los rutenos se iban acercando. Y es que la identidad rutena se iba desdibujando y se sentía cada vez más próxima a lo ucraniano, a tal punto que hoy se ignora esa diferenciación original. Cuando en 1918 se produce el armisticio, Galitzia se convierte en el campo de batalla de polacos y ucranianos primero, luego de polacos y bolcheviques. Tierra devastada y anexada a la Polonia independiente tras la guerra con los soviéticos, fue partida por el Pacto Ribbentropp-Molotov de 1939, invadida en su parte oriental por la URSS, en tanto que la occidental estuvo bajo dominio nazi en la Gobernación General. Los nazis exterminaron prácticamente a la totalidad de los judíos que quedaban en Galitzia, pero tras la segunda guerra la parte oriental quedó integrada a la República Socialista Soviética de Ucrania, dentro de la URSS. El traspaso de polacos hacia Silesia y de ucranianos a Bukovina, dejó a la desaparecida Galitzia segmentada en dos partes étnicamente homogéneas.
Tras el colapso soviético y la consiguiente independencia ucraniana, así como consecuencia del fin del régimen socialista en Polonia, la idea de Galitzia recobró fuerza en el imaginario de polacos, ucranianos y judíos, buscando su vinculación histórica y simbólica con la Viena imperial, un lazo comunicante con la Europa central y occidental de la cual fue brutalmente apartada por decenios de aislamiento. La figura del kaiser Francisco José vuelve del olvido.
Larry Wolff, The Idea of Galicia: History and Fantasy in Habsburg Political Culture. Stanford University Press, 2010.
Galitzia, en el imaginario y visión política de los emperadores austríacos, era la frontera con Oriente. Desde esta perspectiva, la empresa austríaca consistía en civilizar esa región que limitaba con la barbarie asiática, de modo que se convertía en una tarea de ilustración y pacificación. Sin identidad geográfica propia, heterogénea en su composición nacional y religiosa (los polacos eran católicos, los rutenos de la Iglesia Uniata de rito oriental y sujeción a Roma, los alemanes que arribaban católicos y luteranos, además de la diversidad de judíos, ya sea partidarios de la Haskalá o del jasidismo), Galitzia se trataba de una construcción social y política en torno a la lealtad al Imperio, fuente de ilustración, garante del orden y propagador de la ciencia y la cultura de Occidente.
De allí, pues, el interés de transformar a Lemberg en una ciudad que se fuera asemejando a Viena, en donde se creaba una biblioteca (la Ossolineum), se imprimían periódicos, se instalaba una universidad y, a partir de 1867, la sede del parlamento regional, el Sejm. La anexión de Cracovia de 1849 significará la división administrativa en una Galicia Oriental y otra Occidental, integradas por la red ferroviaria y telegráfica a Viena y el resto del Imperio. Con autonomía desde el Ausgleich de 1867 que significó la reconfiguración del Imperio en Austro-Húngaro -colocando a los magiares como socios de los alemanes en el seno de la monarquía dual de los Habsburgo-, los kaisers austríacos viajaron a Galitzia en varias ocasiones, marcando la presencia imperial.
Con el inicio del largo reinado de Francisco José, desde 1848 hasta su muerte en 1916, también tuvo lugar un lento camino hacia la constitucionalización del imperio, y Galitzia tuvo virreyes (namiestnik) de origen alemán o polaco, leales al monarca. Cuando en 1846 hubo aristócratas polacos que intentaron rebelarse, se produjo una importante e indeleble masacre de estos a manos de campesinos rutenos, que habrían preferido mantenerse bajo la órbita austríaca que en un eventual reconstituido Reino de Polonia.
En su casi siglo y medio de existencia, Galitzia fue el escenario de nacimiento, desarrollo y paisaje de varios escritores, como Aleksander Fredro, Leopold von Sacher-Masoch, Bruno Schultz y Martin Buber, o fue el sitio de los antepasados de Sigmund Freud. Si bien hubo una tensión creciente entre rutenos y polacos, las autoridades lograron mantener la paz entre estas dos etnias eslavas. El pogrom de 1898 fue un hecho aislado y severamente castigado, por lo que la figura paternal del kaiser Francisco José fue objeto de respeto y buen recuerdo por parte de varias generaciones de judíos locales y en la diáspora.
Pero Galitzia era la región más pobre del Imperio y buena parte de su población debió emigrar al continente americano, tal como lo atestiguan tantos descendientes de estas comunidades que se siguieron identificando con esta región, aun cuando desapareció después de la primera guerra mundial.
Invadida por los rusos en 1914, recuperada por los austríacos y alemanes poco después, unos 150 mil judíos huyeron ante el furor de los pogroms que acompañaron a las tropas zaristas y se refugiaron en torno a Viena, reforzando su lealtad monárquica. Pero Galitzia quedó atada a la promesa de restaurar el Reino de Polonia, tal como lo hicieron públicamente los kaisers de Alemania y Austria-Hungría en noviembre de 1916. Pero los austríacos también contemplaron la posibilidad de crear un reino ucraniano, una idea a la que los rutenos se iban acercando. Y es que la identidad rutena se iba desdibujando y se sentía cada vez más próxima a lo ucraniano, a tal punto que hoy se ignora esa diferenciación original. Cuando en 1918 se produce el armisticio, Galitzia se convierte en el campo de batalla de polacos y ucranianos primero, luego de polacos y bolcheviques. Tierra devastada y anexada a la Polonia independiente tras la guerra con los soviéticos, fue partida por el Pacto Ribbentropp-Molotov de 1939, invadida en su parte oriental por la URSS, en tanto que la occidental estuvo bajo dominio nazi en la Gobernación General. Los nazis exterminaron prácticamente a la totalidad de los judíos que quedaban en Galitzia, pero tras la segunda guerra la parte oriental quedó integrada a la República Socialista Soviética de Ucrania, dentro de la URSS. El traspaso de polacos hacia Silesia y de ucranianos a Bukovina, dejó a la desaparecida Galitzia segmentada en dos partes étnicamente homogéneas.
Tras el colapso soviético y la consiguiente independencia ucraniana, así como consecuencia del fin del régimen socialista en Polonia, la idea de Galitzia recobró fuerza en el imaginario de polacos, ucranianos y judíos, buscando su vinculación histórica y simbólica con la Viena imperial, un lazo comunicante con la Europa central y occidental de la cual fue brutalmente apartada por decenios de aislamiento. La figura del kaiser Francisco José vuelve del olvido.
Larry Wolff, The Idea of Galicia: History and Fantasy in Habsburg Political Culture. Stanford University Press, 2010.
lunes, 12 de noviembre de 2018
"The Mystical Life of Franz Kafka", de June Leavitt.
Aproximarse al mundo de Franz Kafka desde una perspectiva infrecuente es el objetivo de este libro: la autora se aparta de la clasificación del conocido escritor dentro de los cánones del judaísmo, para ubicarlo como un explorador de las corrientes místicas de la Praga de comienzos del siglo XX.
Así es como vemos que Kafka se acercó a la Teosofía y que tuvo una entrevista con Rudolf Steiner -luego iniciador de la antroposofía, al romper con el círculo de Annie Besant-, a cuyas conferencias asistió en Praga. Ese mundo ocultista le brindaba claves sobre sus propias experiencias con lo sobrenatural: su clarividencia, sus visiones y prácticas de meditación. Asimismo, Kafka también se había convertido en vegetariano durante su estadía en Jungborn, el lugar de naturopatía de Adolf Just, quien sostenía ideas que vinculaban el cristianismo, el vegetarianismo, el rechazo a la caza y el retorno a la naturaleza como caminos hacia la divinidad. De allí que se sintiera próximo a lo que sostenían Rudolf Steiner -también vegetariano y cristiano, además de teósofo-, Moritz Schnitzer y Adolf Just. Kafka creía en la metempsicosis y esto probablemente venía de sus lecturas de Platón, fuentes budistas y de la teosofía.
Bien señala June Leavitt que nada de esto estaba vinculado al judaísmo, aun cuando leyera en forma diaria los textos bíblicos como parte de su exploración metafísica. Pero Kafka no se sentía contenido en el judaísmo tradicional, aunque valorara y estudiara la Torah.
También la autora subraya que Franz Kafka tenía conocimientos bastante certeros, aunque no se puede afirmar que fuera un iniciado, de la masonería. Tanto en El Proceso como en otras narraciones, habría elementos que permitirían deducir que Kafka estaba familiarizado con esta orden iniciática, tan difundida y presente en la Praga de inicios de la centuria pasada.
Kafka estaba muy interesado en sus experiencias oníricas y llevaba detalle escrito de las mismas, algo que Steiner recomendaba. Pero no desde la óptica de Sigmund Freud, con cuyas tesis Kafka discrepaba, sino que interpretaba a los sueños como manifestaciones de planos astrales, al igual que la Teosofía.
Un libro que abre nuevas perspectivas para el estudio del universo simbólico de Praga, de la literatura alemana de su tiempo y de la narrativa de uno de los autores más relevantes del siglo XX.
June O. Leavitt, The Mystical Life of Franz Kafka: Theosophy, Cabala, and the Modern Spiritual Revival. New York, Oxford University Press, 2012
Así es como vemos que Kafka se acercó a la Teosofía y que tuvo una entrevista con Rudolf Steiner -luego iniciador de la antroposofía, al romper con el círculo de Annie Besant-, a cuyas conferencias asistió en Praga. Ese mundo ocultista le brindaba claves sobre sus propias experiencias con lo sobrenatural: su clarividencia, sus visiones y prácticas de meditación. Asimismo, Kafka también se había convertido en vegetariano durante su estadía en Jungborn, el lugar de naturopatía de Adolf Just, quien sostenía ideas que vinculaban el cristianismo, el vegetarianismo, el rechazo a la caza y el retorno a la naturaleza como caminos hacia la divinidad. De allí que se sintiera próximo a lo que sostenían Rudolf Steiner -también vegetariano y cristiano, además de teósofo-, Moritz Schnitzer y Adolf Just. Kafka creía en la metempsicosis y esto probablemente venía de sus lecturas de Platón, fuentes budistas y de la teosofía.
Bien señala June Leavitt que nada de esto estaba vinculado al judaísmo, aun cuando leyera en forma diaria los textos bíblicos como parte de su exploración metafísica. Pero Kafka no se sentía contenido en el judaísmo tradicional, aunque valorara y estudiara la Torah.
También la autora subraya que Franz Kafka tenía conocimientos bastante certeros, aunque no se puede afirmar que fuera un iniciado, de la masonería. Tanto en El Proceso como en otras narraciones, habría elementos que permitirían deducir que Kafka estaba familiarizado con esta orden iniciática, tan difundida y presente en la Praga de inicios de la centuria pasada.
Kafka estaba muy interesado en sus experiencias oníricas y llevaba detalle escrito de las mismas, algo que Steiner recomendaba. Pero no desde la óptica de Sigmund Freud, con cuyas tesis Kafka discrepaba, sino que interpretaba a los sueños como manifestaciones de planos astrales, al igual que la Teosofía.
Un libro que abre nuevas perspectivas para el estudio del universo simbólico de Praga, de la literatura alemana de su tiempo y de la narrativa de uno de los autores más relevantes del siglo XX.
June O. Leavitt, The Mystical Life of Franz Kafka: Theosophy, Cabala, and the Modern Spiritual Revival. New York, Oxford University Press, 2012
jueves, 27 de septiembre de 2018
"Go-Betweens for Hitler", de Karina Urbach.
El libro se enfoca en actores casi invisibles, aquellos que sirvieron como intermediarios en tiempos de paz y de guerra, por caminos diferentes a la diplomacia tradicional. Karina Urbach se centra en los aristócratas europeos, sobre todos alemanes, que estuvieron al servicio de los emperadores de Austria-Hungría, de Alemania y luego, en los años treinta, de Adolf Hitler. La autora remarca las características singulares de la aristocracia europea: con familiares a todo lo largo y ancho del continente, tiene un lenguaje, hábitos y códigos comunes, que le permite entretejer una serie de lazos que trascienden las generaciones. Señala que, siendo la mayoría de los profesionales de la historia y de las ciencias sociales de orígenes de clases medias, no prestan atención a lo que consideran una casta perimida y decadente. Estas familias, a su vez, recelan de abrir sus archivos, por lo que los investigadores del pretérito humano no acceden a documentación valiosa y que puede arrojar una luz nueva sobre los acontecimientos políticos y diplomáticos del siglo XX.
La mitad del libro está dedicada a los aristócratas que prestaron sus servicios como mensajeros e intermediarios de los emperadores de Alemania (Guillermo II) y de Austria-Hungría (Carlos) para finalizar la Gran Guerra. Fürstenberg era muy cercano al kaiser alemán, pero a su vez tenía una destacada actuación política en el Imperio Austro-Húngaro, cercano a la corte en Viena. Durante años trabajó como un puente entre las dos casas reales, manteniendo viva la alianza de las dos grandes potencias centrales. El caso más célebre de un aristócrata que sirvió como mediador entre Austria-Hungría y Francia fue el del príncipe Sixto de Borbón-Parma que, al salir a luz, perjudicó letalmente las posibilidades de que el emperador Carlos pudiera negociar una paz por separado en 1917.
El fin de la Gran Guerra y el colapso de las monarquías en Austria-Hungría y Alemania no significó, empero, el fin de las aristocracias. Si bien el ex Kaiser Guillermo II intentó su restauración, varios aristócratas se enrolaron en las distintas vertientes del nacionalismo völkisch, temerosos de una revolución al estilo bolchevique. Por su formación y temperamento, los aristócratas que analiza tampoco adherían al constitucionalismo liberal ni a la democracia, por lo que algunos como el Duque de Coburgo Carl Eduard y Max Egon Hohenlohe adhirieron al nazismo. Una arribista como la princesa Stephanie Hohenlohe también hizo carrera gracias al título que obtuvo por su matrimonio, el que le abrió las puertas en Alemania y Gran Bretaña.
El Duque de Coburgo Carl Eduard, nacido como Charles Edward en Inglaterra y nieto de la reina Victoria, arribó a los quince a Coburgo como heredero y fue tutelado por el kaiser. Tras la primera guerra mundial, puso su fortuna y propiedades al servicio de la extrema derecha alemana, siendo muy cercano a Hitler. Sus castillos fueron puestos al servicio de actividades criminales, encubriendo a nazis perseguidos por la policía durante la República de Weimar, así como para guardar armas. Intervino abiertamente a favor del NSDAP y gracias a su actividad proselitista, fue la primera alcaldía en donde ganó el nazismo. El duque de Coburgo intervino activamente para acercarse a los sectores más proclives a la política del apaciguamiento que había en Gran Bretaña. En esas gestiones también intervino la princesa Stephanie Hohenlohe, acompañada por Fritz Wiedemann, actuando sin informar apenas al entonces embajador Ribbentrop. Tuvieron, así, acceso a sectores del conservadorismo, de la aristocracia y de la prensa, siendo ayudados por Lord Rothermere, magnate de varios medios de comunicación. Sus gestiones ayudaron a sostener la postura nazi en la crisis de los Sudetes de Checoslovaquia, pero después de 1938 la princesa Hohenlohe y su amante Wiedemann cayeron en desgracia en el entorno de Hitler. Recaló en los Estados Unidos, en donde trabó relaciones con varios personajes locales, enredándose en aventuras con el alcaide en donde estuvo detenida brevemente. Luego supo reciclarse, tras la guerra, y se transformó en una suerte de nexo de prensa con periodistas alemanes ubicados en Estados Unidos.
El duque de Coburgo se mantuvo fiel al nazismo hasta después de la guerra, en tanto el príncipe Max Egon Hohenlohe se convirtió en una figura del jet set de Marbella... Tras la segunda conflagración planetaria, si bien sigue habiendo figuras que actúan como intermediarios por fuera de las estructuras de la diplomacia tradicional, ya no necesariamente son parte de la aristocracia europea. Karina Urbach hace una contribución descollante, por la singularidad del tema y el rastreo de documentos hasta ahora ignorados.
Karina Urbach, Go-Betweens for Hitler. Oxford, Oxford University Press, 2015.
La mitad del libro está dedicada a los aristócratas que prestaron sus servicios como mensajeros e intermediarios de los emperadores de Alemania (Guillermo II) y de Austria-Hungría (Carlos) para finalizar la Gran Guerra. Fürstenberg era muy cercano al kaiser alemán, pero a su vez tenía una destacada actuación política en el Imperio Austro-Húngaro, cercano a la corte en Viena. Durante años trabajó como un puente entre las dos casas reales, manteniendo viva la alianza de las dos grandes potencias centrales. El caso más célebre de un aristócrata que sirvió como mediador entre Austria-Hungría y Francia fue el del príncipe Sixto de Borbón-Parma que, al salir a luz, perjudicó letalmente las posibilidades de que el emperador Carlos pudiera negociar una paz por separado en 1917.
El fin de la Gran Guerra y el colapso de las monarquías en Austria-Hungría y Alemania no significó, empero, el fin de las aristocracias. Si bien el ex Kaiser Guillermo II intentó su restauración, varios aristócratas se enrolaron en las distintas vertientes del nacionalismo völkisch, temerosos de una revolución al estilo bolchevique. Por su formación y temperamento, los aristócratas que analiza tampoco adherían al constitucionalismo liberal ni a la democracia, por lo que algunos como el Duque de Coburgo Carl Eduard y Max Egon Hohenlohe adhirieron al nazismo. Una arribista como la princesa Stephanie Hohenlohe también hizo carrera gracias al título que obtuvo por su matrimonio, el que le abrió las puertas en Alemania y Gran Bretaña.
El Duque de Coburgo Carl Eduard, nacido como Charles Edward en Inglaterra y nieto de la reina Victoria, arribó a los quince a Coburgo como heredero y fue tutelado por el kaiser. Tras la primera guerra mundial, puso su fortuna y propiedades al servicio de la extrema derecha alemana, siendo muy cercano a Hitler. Sus castillos fueron puestos al servicio de actividades criminales, encubriendo a nazis perseguidos por la policía durante la República de Weimar, así como para guardar armas. Intervino abiertamente a favor del NSDAP y gracias a su actividad proselitista, fue la primera alcaldía en donde ganó el nazismo. El duque de Coburgo intervino activamente para acercarse a los sectores más proclives a la política del apaciguamiento que había en Gran Bretaña. En esas gestiones también intervino la princesa Stephanie Hohenlohe, acompañada por Fritz Wiedemann, actuando sin informar apenas al entonces embajador Ribbentrop. Tuvieron, así, acceso a sectores del conservadorismo, de la aristocracia y de la prensa, siendo ayudados por Lord Rothermere, magnate de varios medios de comunicación. Sus gestiones ayudaron a sostener la postura nazi en la crisis de los Sudetes de Checoslovaquia, pero después de 1938 la princesa Hohenlohe y su amante Wiedemann cayeron en desgracia en el entorno de Hitler. Recaló en los Estados Unidos, en donde trabó relaciones con varios personajes locales, enredándose en aventuras con el alcaide en donde estuvo detenida brevemente. Luego supo reciclarse, tras la guerra, y se transformó en una suerte de nexo de prensa con periodistas alemanes ubicados en Estados Unidos.
El duque de Coburgo se mantuvo fiel al nazismo hasta después de la guerra, en tanto el príncipe Max Egon Hohenlohe se convirtió en una figura del jet set de Marbella... Tras la segunda conflagración planetaria, si bien sigue habiendo figuras que actúan como intermediarios por fuera de las estructuras de la diplomacia tradicional, ya no necesariamente son parte de la aristocracia europea. Karina Urbach hace una contribución descollante, por la singularidad del tema y el rastreo de documentos hasta ahora ignorados.
Karina Urbach, Go-Betweens for Hitler. Oxford, Oxford University Press, 2015.
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