viernes, 14 de noviembre de 2025

"Nacionalismo", de Eric Storm

En este libro, el historiador neerlandés Eric Storm busca trazar el periplo del Estado nación desde los inicios de este concepto, hasta nuestros contemporáneos. El título "nacionalismo" engloba lo que, a mi juicio, son categorías diferentes: la corriente política que podemos definir como nacionalismo -que varía, por supuesto, en cada país por razones obvias-, el Estado nación, la nacionalidad y el sentimiento patriótico. En este recorrido viaja por Europa, la cuna de los Estados nacionales, pero sigue por Asia, África y América, procurando desarrollar una historia sincrónica. No obstante, y es nuevamente mi opinión personal, reúne fenómenos que deberían analizase por separado. Porque no es lo mismo el amor a la Patria y el orgullo legítimo que se siente por la comunidad nacional en la que se nació, con la concepción política e ideológica del nacionalismo, que suele venir cargado de exclusivismo étnico, histórico, a veces religioso, y que ve en todo lo demás un elemento de destrucción del Estado nación. 

El libro es un torbellino de datos que, a veces, se puede volver confuso con los saltos de latitudes, ya que las concepciones en torno a la nacionalidad, la nación, el Estado, la historia, la tradición, las cosmovisiones religiosas y filosóficas no son las mismas. Con la misma palabra se pueden significar cuestiones muy diferentes, y allí la precisión del historiador debe ser de extrema claridad y prudencia. Creo que los capítulos más logrados son los que abarcan los decenios entre 1848 y 1914, especialmente en lo atinente al continente europeo. Fue en ese período en el que hubo un auge de las demandas de creación de Estados s nacionales, la unificación de Italia y Alemania, así como luego los nacionalismos adoptaron estereotipos étnicos y religiosos que mezclaron -explosivamente- con las teorías pseudo científicas del racismo, la eugenesia y el darwinismo social, como si fueran entidades biológicas en sí mismas en una lucha mundial por la supervivencia. Estas corrientes de pensamiento desembocaron en las dos guerras mundiales y, aunque fueron derrotadas militarmente, no por ello han desaparecido y resurgen periódicamente, aunque con variantes disimuladas. 

Una vez más, hacia el final, a mi criterio se agrega confusión al ubicar a los movimientos por identidades culturales dentro del texto. Todos los seres humanos buscamos grupos de pertenencia, pero no por ello podemos ubicar a todo dentro de la categoría del nacionalismo, que en sí es una corriente política.


Eric Storm, Nacionalismo. Barcelona, Crítica, 2025.

miércoles, 5 de febrero de 2025

"Rusia", de Antony Beevor

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo en torno a la revolución rusa de 1917, así como sobre el zarismo tardío. Esta obra de Antony Beevor se concentra con sumo detalle en la etapa inmediatamente posterior, estrechamente vinculada, como es la de la guerra civil entre 1917 y 1921, que comenzó cuando aún la Gran Guerra (1914-1918) no había finalizado.

Beevor recurre a una multiplicidad de fuentes para escribir su libro: memorias, archivos, cartas; desde los grandes protagonistas que tomaron las decisiones políticas y militares, hasta la de las personas que combatieron o, simplemente, padecieron una tragedia inhumana y gigantesca durante esos años. El relato es estremecedor, de principio a fin, ya que fue una etapa marcada por el más profundo desprecio por la existencia humana, de destrucción sistemática, con hechos que anticiparon en veinte años lo que fue la Shoá. Ejecuciones masivas, muertes a sablazos, cadáveres colgados en los faroles, violaciones, torturas, fusilamientos en fosas comunes: la lista es mucho más larga. 

Como en toda guerra civil, la crueldad supera los límites de lo imaginable, ya que se manifestaron los peores rostros de la conducta humana. 

La monarquía zarista se desplomó rápidamente a comienzos de 1917 y se formó un gobierno provisional presidido por el príncipe Lvov, del partido Constitucional Demócrata (KD, o "kadete"), acompañado por los social-revolucionarios ("eseristas" que luego se dividieron en derecha e izquierda) y los mencheviques. El minúsculo partido bolchevique, marginal, se mantuvo expectante para dar su propia revolución bajo la guía férrea de Vladímir Ilich Lenin, lo que hizo en noviembre de 1917 (calendario gregoriano). Tras sabotear las deliberaciones de la Asamblea Constituyente, en donde la mayoría era de los social-revolucionarios, los bolcheviques junto a la fracción de los eseristas de izquierda -que tenían cargos de menor jerarquía en el Consejo de Comisarios del Pueblo -Sovnarkom- fueron estableciendo la dictadura del proletariado que, en rigor, fue una dictadura del partido único. Además de consolidarse, en una situación de gran fragilidad política y carente de legitimidad de origen, en el poder, el otro gran desafío paralelo para el régimen bolchevique era lograr un tratado de paz con las potencias centrales en la frontera occidental. Las autoridades del Imperio Alemán ayudaron a Lenin en su campaña antibélica, ya que proponía la salida unilateral del conflicto mundial, lo que beneficiaba a los teutones. Por otro lado, los germanos ambicionaban ocupar las fértiles llanuras de Ucrania y Bielorrusia, consolidarse en los bálticos Lituania, Estonia y Letonia, y apoyar la independencia de Finlandia. Todo esto se pudo lograr gracias al tratado Brest-Litovsk, que para los bolcheviques no era más que un retroceso estratégico ante la supuesta inminencia de una serie de revoluciones socialistas en Europa.

Antony Beevor, con maestría, se abocó a la etapa bélica siguiente: las intervenciones de los países Aliados (Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Japón) en suelo del antiguo Imperio Ruso, cómo actuaron la Legión Checoslovaca y la Polaca, cómo es que las tropas alemanas -por decisión expresa de los vencedores de la Gran Guerra- siguieron presentes en los países bálticos para contener la expansión bolchevique, y cómo se fueron conformando los ejércitos Blancos que combatieron contra el Ejército Rojo a lo largo de esos años. Hubo otras fuerzas combatientes en un tablero en el que hubo muchos, muchísimos actores participando simultáneamente, cada uno con sus propios objetivos: los partisanos verdes, el ejército de Nestor Majnó, los independentistas ucranianos, finlandeses, bálticos y del Cáucaso. Beevor traza los contornos de personalidades de los ejércitos Blancos, como Kolchak (Gobernante Supremo), Kornílov, Mai-Mayevski, Iudénich, Wrangel, Denikin, entre muchos otros, que alentaron o permitieron que sus tropas y oficiales llevaran adelante todo tipo de saqueos y despojos, al mismo tiempo que el Ejército Rojo también lo hacía con su "comunismo de guerra". El Ejército Rojo fue formado rápidamente por Lev Trotski, quien lo manejó con puño de hierro, y en él también tuvo participación Stalin en el frente sur, en una situación en la que se puede ver el inicio de la rivalidad mortal entre ambos líderes bolcheviques. En medio quedaban los campesinos, impotentes ante distintas formaciones militares que asolaban todo a su paso, y que procedían a ejecutar a quien se les cruzara sin el menor miramiento. Los dejaban en una situación imposible: al incautar todo el grano y los animales, no había forma no sólo de producir, sino de alimentarse en lo inmediato, lo que terminó provocando una hambruna en suelo ruso.

A diferencia del Partido Comunista, los Blancos carecían no sólo de un mando central -por eso escribo "ejércitos" en plural-, sino tampoco de un programa político que fuera creíble y aceptable para los campesinos, que en ese entonces era la abrumadora mayoría de la población, y tradicionalmente reticente ante las autoridades. El nacionalismo gran ruso imperaba entre los oficiales Blancos, lo que hizo imposible articular con fuerzas independentistas: el todo o nada, los llevó a perderlo todo. Ese nacionalismo mesiánico era profundamente antisemita, heredero de las Centurias Negras, y por ello creían que todos los judíos eran bolcheviques, con lo cual en medio de esta guerra llevaron adelante varios pogroms.

Antony Beevor, además, retrata actores aparentemente marginales como fueron los combatientes chinos, la Liga Polaca en Siberia -descendientes de polacos trasladados a esa región tras el levantamiento de 1863-, o la terrible masacre en suelo persa durante la Gran Guerra y la guerra polaco-soviética, casi nunca registradas en los textos. 

También analizó las actuaciones de los oficiales de los ejércitos Aliados en esta guerra, y funcionarios como Winston Churchill, entonces secretario de Guerra en el Reino Unido, que era furibundamente antibolchevique y quiso apoyar a los Blancos hasta el último momento. Los occidentales sostuvieron a los Blancos con el único objetivo de impedir la expansión comunista en Europa, aunque aborrecían de sus prácticas, corrupción e ineptitud.  Beevor cierra, en sus conclusiones, con esto que cito: "Demasiado a menudo los Blancos representaron los peores ejemplos de la humanidad. Pero en lo que atañe a la inhumanidad implacable, nadie superó a los bolcheviques". Se abrió, así, un siglo XX marcado por el horror abismal, la deshumanización sistemática e industrializada.

El libro de Antony Beevor tiene muchísimos méritos, desde lo académico como para el público en general, llenando lagunas que otros textos suelen pasar por alto. De lectura imprescindible para quien quiera comprender la historia de Rusia y de la URSS, de Europa oriental, del siglo XX.


Antony Beevor, Rusia. Revolución y guerra civil 1917-1921. Barcelona, Crítica, 2022.

miércoles, 15 de enero de 2025

"La experiencia democrática", de Natalio Botana


Un nuevo libro de Natalio Botana es siempre una buena noticia y una invitación a la reflexión, serena y racional, como lo es en este caso con su meditación sobre la experiencia democrática argentina en los últimos cuarenta años, de 1983 a 2023. En su carácter de historiador y politólogo, autor de textos ya clásicos para la comprensión de nuestro pretérito común como La tradición republicana, El orden conservador, y el más reciente Repúblicas y monarquías -entre otros-, Botana recorre de un modo amable, incisivo, elegante y sensato los cuarenta años tras la restauración democrática. Período extenso y azaroso, en el que si bien se consolidó la democracia electoral, aún dista de ser una democracia plena, y sobre todo con un problema acuciante como es el de la pobreza que supera el 50%.
Por un lado, no deja de ser auspicioso que se haya abandonado la práctica perniciosa de los golpes de Estado, y que la regularidad electoral ya se haya establecido como una rutina. No obstante, los valores republicanos y pluralistas están en jaque ante una polarización hacia los extremos, que cuestionan severamente a las fuerzas y, sobre todo, las actitudes centristas que buscan la razonabilidad en la ejecución de políticas públicas. El populismo ya no es un método -que carece de ideología- que se pueda hallar sólo en democracias endebles, sino que también se manifiesta con fuerza creciente en las más consolidadas, con siglos de tradición, como es en los Estados Unidos.
Botana señala que "En períodos de desconcierto y de fragilidad de las creencias, los sujetos históricos se aferran a la simplificación". Precisamente, es esa simplificación la que tiene un efecto convocante muy poderoso en la opinión pública, cortando la sociedad en mitades opuestas, hacia uno u otro lado, con la lógica binaria de "pueblo-antipueblo", así como otras taxonomías de seducción rápida.
Botana, como buen politólogo, establece diferencias a tener en cuenta a lo largo del texto: por ejemplo, las democracias de partido y las democracias de candidatos, ya que en la segunda es donde tienen primacía los outsiders. Los partidos políticos vienen padeciendo una crisis de legitimidad, a la par de una crisis de la representación, que dan lugar a la aparición de diferentes outsiders con un gran poder de convocatoria. Este fenómeno se ve multiplicado gracias a las redes sociales, con una mayor autonomía de los sujetos políticos. El bipartidismo fue reemplazado por un bicoalicionismo, y este a su vez fue reemplazado en 2023 por una nueva configuración que aún no termina de tomar forma.
El autor, observador atento y analista de primera línea durante los cuatro decenios, hace un repaso intenso de las tendencias hegemónicas del kirchnerismo, que conjugó una gran expansión del gasto público, una nueva narrativa con pretensiones históricas, y una economía que se sostuvo con la exportación de alimentos hacia Asia Oriental. Este esquema, limitado, tuvo pretensiones de larga duración con la alternancia de la pareja presidencial, a la par que dio rienda suelta a una corrupción que alcanzó niveles escandalosos con desparpajo de impunidad. El período de Cambiemos no supo afrontar las reformas estructurales, por lo que en 2019 el kirchnerismo volvió al poder, bajo la máscara de un candidato presuntamente "moderado"... 
El libro cierra con la elección del 2023 y la irrupción de Javier Milei. Botana, gran conocedor de la filosofía política, analiza de qué liberalismos se está hablando en estos tiempos, sus límites y horizontes, las raíces e itinerarios de esta tradición del pensamiento occidental.
En resumen: para comprender el extenso período 1983-2023, es ineludible conocer la perspectiva que aporta Natalio Botana, con su lucidez, serenidad y precisión.

Natalio Botana, La experiencia democrática. Buenos Aires, Edhasa, 2024.

martes, 31 de diciembre de 2024

"El Mediterráneo", de John Julius Norwich

El escritor y diplomático John Julius Norwich, fallecido en 2018, fue un autor prolífico y un excelente divulgador sobre el Mediterráneo oriental -su trilogía sobre Bizancio está siendo publicada en nuestra lengua, sobre la que comentaré más adelante- y la milenaria historia de Venecia. En este volumen, de carácter más general, acometió la difícil tarea de englobar la historia humana en el Mar Mediterráneo desde la antigüedad hasta las conferencias de paz tras la Gran Guerra. Estamos acostumbrados a leer la historia segmentada por países, y entonces cuando se nos ofrece una visión con aspiración de sistematización regional, nos despierta una perspectiva renovadora y vivificante. Y, sobre todo, porque Norwich exhibe las contingencias de la existencia humana, cómo pequeños hechos o decisiones arbitrarias, tomadas al azar o por información sumamente escasa, lleva a cambios drásticos e impensables para sus protagonistas. Nada, absolutamente nada, determina la historia humana, no tiene un "sentido", aunque sí se pueden observar líneas profundas de continuidad en el imaginario cultural de cada país, que se transmite de generación en generación.

Los capítulos más logrados son, indudablemente, aquellos dedicados al Imperio Romano de Oriente -Bizancio-, la presencia veneciana, y de las islas como Chipre, Creta, Malta, Sicilia y las islas jónicas, aunque también escribió sobre las Baleares, Córcega y Cerdeña. Pero cuanto aconteció en la parte occidental del Mediterráneo es la más conocida en estas latitudes -todavía-, en tanto que los acontecimientos históricos de la parte oriental suelen ser tenidos a menos, o simplemente mencionados cuando han jugado un papel en el pretérito de los europeos occidentales. Pero no, se trata de una historia riquísima y compleja, digna de ser estudiada y leída, y este libro de Norwich es una magnífica llave de acceso a esa región del mundo. Los sitios de Creta y Malta, por ejemplo, o cómo las Cruzadas afectaron al Imperio Romano de Oriente para debilitarlo mortalmente -aun cuando el objetivo proclamado era otro-, muestran a las claras la falta de visión de conjunto de la cristiandad, con cada uno de los actores políticos atendiendo a su propia agenda en lugar de tener una visión de conjunto y hacia el largo plazo.

De especial relevancia son los capítulos dedicados a la entonces llamada "cuestión de Oriente", con la independencia de Grecia y la creciente intervención de las potencias del siglo XIX -una historia de la que fueron parte Lord Byron, Muhammad Alí y su hijo Ibrahim, y Thomas Cochrane, tan conocido en América del Sur por su rol clave en la emancipación de Chile y Perú-, como fueron el Imperio Ruso, Francia y el Reino Unido, todas queriendo desempeñar un rol determinante en el Mediterráneo. El Imperio Otomano comenzó su declive, a lo largo de un siglo, hasta quedar desmembrado cuando finalizan las páginas de este libro, en los capítulos de las guerras balcánicas, la Gran Guerra y los tratados posteriores.

Resulta incomprensible la historia de la civilización occidental sin conocer la del Mediterráneo como un sistema de interrelaciones, conflictivas o no, que fueron puentes entre culturas muy diferentes. Fenicios, griegos, romanos, bizantinos, árabes, vikingos, turcos, cruzados, genoveses y venecianos, piratas, órdenes de caballería, españoles, franceses, ingleses e italianos, han sido los protagonistas en esas aguas. Si bien hoy ya no es el centro geopolítico del mundo, sigue siendo uno de los principales mares del planeta. El texto resulta interesante, también, para quien estudie la historia naval y sus transformaciones a lo largo de los milenios. 

Es, asimismo, una historia repleta de matanzas, saqueos, vejaciones, esclavitud, destrucción, aunque a veces iluminada con unos pocos destellos de humanismo, cosmopolitismo, paz y difusión del comercio y de las artes. 


John Julius Norwich, El Mediterráneo. Barcelona, Ático de los Libros, 2021.

martes, 24 de diciembre de 2024

"La ciudad y sus muros inciertos", de Haruki Murakami

La narrativa de Murakami entrelaza el mundo real con el imaginario de un modo sutil, casi inadvertido, sin sobresaltos en el pasaje de uno al otro. Este quizás sea uno de los motivos de su atractivo en tiempos en los que pareciera ser que la ficción está agonizando. Y aquí está, una vez más, Haruki Murakami con una novela extensa, como todas las que escribe, y que además retoma un tema que ya se desarrolló en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, como es el de la ciudad amurallada en la que, además de humanos, vivían unicornios. Con variantes, sí, y con una existencia más real que en la otra versión. 

En esta novela, el protagonista había conocido en tiempos de sus estudios de secundario a una joven de otro instituto que, repentinamente, vuelve a esa ciudad de la que tanto le hablaba en sus salidas. Él busca la llave de ingreso a esa extraña urbe, de pocos habitantes, pero de la que fue conociendo detalles por las narraciones de su novia. 

Aquí se entremezclan historias de quienes se buscan a sí mismos, que tienen sueños que se perdieron, de travesías vitales que tantean en una extraña cartografía sobre quiénes son realmente. El auténtico yo, alojado en esa ciudad. Y como suele ocurrir en los textos de Murakami, hay una búsqueda de sí mismo alejándose hacia pequeños pueblos de Japón, entre las montañas, rehaciéndose desde la reflexión y el afrontar desafíos rayanos en lo mágico.

La literatura japonesa contemporánea tiene un embajador en Murakami, que además de la valía de su propia pluma, permite adentrarse en el bellísimo laberinto de la cultura milenaria del archipiélago oriental.


Haruki Murakami, La ciudad y sus muros inciertos. Buenos Aires, Tusquets, 2024.

sábado, 17 de diciembre de 2022

"La historia de Rusia", de Orlando Figes.

Orlando Figes es un autor erudito, inteligente y con una excelente pluma, que acompaña al lector con su conocimiento y reflexiones. Autor de varias obras sobre el pasado ruso y soviético, entre las que ya he comentado aquí Crimea y El baile de Natacha, y a las que debemos añadir la monumental La Revolución Rusa y Los que susurran, entre otros. Este año 2022, con la invasión rusa a Ucrania -que, en rigor, es una continuación de la anexión de Crimea en 2014, junto al apoyo a los dos gobiernos separatistas de Lugansk y Donetsk-, el pretérito de Rusia cobra relevancia para comprender este presente tan inquietante.

Parte desde la Rus de Kiev, con los principados de gobernantes vikingos instalados en lo que hoy son Ucrania, Bielorrusia y Rusia, en gran parte teñido por la leyenda dada la escasez de documentación del período. El error en el texto de Figes -ignoro si fue en la traducción, o si ya está en el original- es denominar "rusos" a los hombres de la Rus de Kiev y Novgorod. Es tan equivocado como suponer que los galos y los francos eran franceses, o que los germanos que lucharon contra Marco Aurelio eran alemanes. Son denominaciones extemporáneas que llevan no sólo a la confusión, sino también alimentan las narrativas políticas de los nacionalismos en esas regiones, pero que no contribuyen en nada a la comprensión histórica. El espejo era el Imperio Romano de Oriente, o Bizancio, cuya capital era una de las grandes ciudades de aquel tiempo, junto a Bagdad. En ese contexto, los gobernantes de Kiev se convierten al cristianismo ortodoxo, para aproximarse al esplendor de esa cultura antigua a la que admiraban. Por debajo de esa franja que dominaba, estaban los eslavos, de los que tomaron la lengua y con los que se fueron mezclando. Pero en el siglo X aún no se puede hablar de "ucranianos", ni "rusos", ni "bielorrusos". El súbdito seguía la religión del monarca y se identificaba con él, no con una nación, que es un concepto que podemos hallar acabadamente en el siglo XIX europeo.

La invasión mongola del siglo XIII dejó marcas y legados en la cultura de esa región, y Figes se encarga puntillosamente en señalar algunas en las costumbres, pero sobre todo en el concepto patrimonialista del monarca: las tierras, los bienes, las personas son patrimonio personal del gobernante, y esto permite explicar el desarrollo posterior del zarismo, de la Unión Soviética y hasta de la presente Rusia post soviética. Pero la parte occidental de lo que hoy es Ucrania, mayormente quedó bajo el dominio de la Mancomunidad Polaco-Lituana, marcando una diferencia política y cultural que persiste hasta nuestros días. Si bien los eslavos locales -¿proto ucranianos?- se fueron rebelando contra los señores polacos, hasta llegar al hetmanato cosaco, se fue incorporando a la órbita cultural europea de un modo por completo diferente al que se vivía en los territorios bajo dominio mongol, en donde se desarrollaron los ducados como el de Moscovia, que si bien era un señor local, mostraba su lealtad a la Horda de Oro.

La creación de los mitos fundacionales rusos en torno al zar, a la misión providencial de Moscú en tanto "tercera Roma", en su vinculación histórica y religiosa con el imperio bizantino, es una concatenación que recorre el texto hasta llegar a Vladímir Putin, pasando por la Unión Soviética y, en particular, en el rol que asumió Stalin. Esa pretendida excepcionalidad rusa -prácticamente todos los países tejen este tipo de relatos para legitimar sus acciones- es una fuerza motriz y, a la vez, enceguecedora, ya que se transforma en un velo frente a los horrores, los crímenes y las falencias. Como señalé precedentemente, el lector inquieto hallará en los otros libros de Orlando Figes las claves para comprender el auge y la caída del zarismo, así como la repetición de errores como la falta de equipamiento adecuado de su ejército, el desprecio por la vida de sus soldados, las visiones estratégicas sobre su espacio. 

El capítulo dedicado a la URSS post stalinista me dejó sabor a poco: la necesidad de publicar el libro mientras comenzaba la injusta invasión a Ucrania llevó a ahorrar páginas y explicaciones que, si bien no afectan el sentido, sí le quitan fuerza argumental. Omitió, por ejemplo, unas pocas páginas a la ruptura sino-soviética, a la rusificación de Asia Central y el Cáucaso, a la pérdida de los países satélites en 1989 en Europa central y oriental. En los capítulos previos, del tiempo zarista, apenas se menciona a la guerra ruso-japonesa, que impactó severamente en el poder imperial y en la visión que los rusos tenían de sí mismos, una humillación ante quienes querían ver como inferiores. 

Sí es muy claro y bien concentrado el capítulo final sobre Putin, aunque discrepo en su opinión respecto al supuesto impacto negativo de la expansión de la OTAN hacia Europa oriental -siempre hay que "comprender" a los gobernantes rusos, pero nunca se presta atención a los de las naciones de Europa central y oriental...-. El entramado oligárquico y prebendario de la vieja nomenklatura y cómo siguió apoderándose del país, a la vez que no logró formarse una sociedad civil fuerte, permite entender la lógica de la Rusia putinista de los últimos veinte años.  Este texto ayuda a desmontar el andamiaje de tantos relatos míticos del pasado ruso y eso, en sí mismo, es una labor de inmensa ayuda para que la racionalidad y la dignidad humana comiencen a ganarse espacio en la política internacional.


Orlando Figes, La historia de Rusia. Buenos Aires, Taurus, 2022.
 

domingo, 6 de noviembre de 2022

"Vicente Fidel López", de Pablo Emilio Palermo.

Vicente Fidel López (1815-1903), hijo único de Vicente López y Planes -autor del Himno Nacional argentino, presidente provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata tras la renuncia de Bernardino Rivadavia, y luego gobernador de la Provincia de Buenos Aires en 1852 después de la derrota de Rosas- fue un hombre de enorme talento y prodigiosa labor intelectual y política. Pablo Emilio Palermo, autor de la biografía sobre este hombre público, acometió una tarea difícil, como es la de sistematizar en esta obra lo que venía siendo una necesidad. 

Como el autor ya escribió una biografía sobre Vicente López y Planes, la concatenación es lógica y necesaria entre ambos libros. Pero aquí vemos cómo el padre se preocupó en forma constante por el hijo que, díscolo, se enroló muy joven en las contiendas políticas de su tiempo, que lo llevaron al exilio en Chile y Uruguay, en tanto Juan Manuel de Rosas fuera el gobernador de Buenos Aires. Habiendo nacido en un hogar en el que la política y los asuntos públicos estuvieron siempre presentes, el joven Vicente Fidel López se sumó a la sociedad literaria de Marcos Sastre y sintió el fuerte influjo del pensamiento de Esteban Echeverría, formando parte de lo que llamamos la Generación de 1837. Por su participación en las contiendas políticas en Córdoba, debió exiliarse en Chile, en donde ejerció el periodismo y la docencia. A pesar de los ruegos de su progenitor, el joven no cejó en su persistencia en labrarse su propio camino, y por ello emigró luego a Montevideo, en donde tuvo una destacada labor como abogado. 

La derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros y el nombramiento de Vicente López y Planes como nuevo gobernador de Buenos Aires, llevaron a que este joven retornara a la orilla occidental del río de la Plata y que, por iniciativa de Justo José de Urquiza, fuese el primero en ocupar el novel ministerio de Instrucción Pública de la provincia. Desde esa cartera y como conocedor del derecho, participó en el debate en torno al Acuerdo de San Nicolás y luego lo defendió en la Legislatura porteña, frente a los embates de Bartolomé Mitre y Dalmacio Vélez Sarsfield, enconados críticos de lo rubricado para organizar constitucionalmente la República. Con firmeza e inteligencia, utilizó su artillería verbal para erigirse en el vocero de ese Acuerdo en un entorno hostil, lo que le significó el ostracismo en su pequeña patria natal durante algunos años. Tras la dimisión de su padre a la gobernación, retornó a Uruguay y ejerció la abogacía, a la vez que daba sus pasos por la investigación histórica. Vicente Fidel López fue, como tantos otros hombres de su tiempo, un hacedor en distintos campos: la política, el derecho, la historia, la lingüística y la literatura. Pero a partir de la década de 1870, Vicente Fidel López retornó a Argentina y tuvo una actuación notable: convencional constituyente en la Provincia de Buenos Aires, diputado provincial y luego diputado nacional, a la vez que Rector de la Universidad de Buenos Aires. Esto no fue óbice para que prosiguiera su labor historiográfica e incluso tuviera un debate con Bartolomé Mitre. En varias cuestiones tomó partido con resolución: el proteccionismo económico, el laicismo, la autonomía municipal, la inmigración, las cuestiones limítrofes con Chile. 

Pablo Emilio Palermo rastreó y logró plasmar en la biografía esta acción pública con su vida privada, gracias a su minuciosa investigación de la correspondencia personal. De esos documentos brotan las preocupaciones por su hijo Lucio Vicente López -tal como su padre, otrora, le expresaba sus pesares durante su exilio en Chile y Uruguay-, un calor humano que no se puede vislumbrar en la obra historiográfica ni en el discurso parlamentario. En el decenio de 1880, fue publicada su monumental historia argentina, que tan profunda huella ha dejado en nuestro país.

En 1889, se sumó a la Unión Cívica junto a Mitre, Alem y el joven Francisco Barroetaveña, que cuestionó severamente la política del entonces presidente Miguel Ángel Juárez Celman. Si bien la revolución del Parque, de 1890, fracasó en su propósito, el primer magistrado renunció un mes después, por lo que asumió Carlos Pellegrini para completar el sexenio. En dicha circunstancia, y ante una grave crisis económica, Vicente Fidel López prestó una vez más sus servicios siendo ya un hombre septuagenario y con problemas de audición, esta vez como ministro de Hacienda. Acompañó a Pellegrini en los momentos más agitados, y en su paso por el ministerio se crearon la Caja de Conversión y el Banco de la Nación Argentina; pero debió abandonar la función antes de que el primer magistrado concluyese su mandato. No por ello se alejó del compromiso cívico, colaborando activamente en la creación de la Escuela Libre de Segunda Enseñanza. Pasó sus últimos años recluido con su familia, manteniendo el vigor intelectual y la producción literaria, hasta su fallecimiento en 1903.

Hombre de reflexión y acción, de estudio y de gobierno, Vicente Fidel López precisaba una biografía, y es por ello que damos la bienvenida a este libro erudito, minucioso y documentado de Pablo Palermo, convirtiéndose en un texto de referencia para los lectores sobre la historia argentina del siglo XIX. 


Pablo Emilio Palermo
, Vicente Fidel López. Una biografía. Buenos Aires, Dunken, 2022.

 

jueves, 21 de enero de 2021

"La ignorancia", de Milan Kundera

Ubicada la novela en la Checoslovaquia de la transición, en algún momento del principio de los años noventa, Milan Kundera relata el retorno de dos emigrados que escaparon en 1968. Irena, que huyó con su marido a Francia, y Josef, que escapó a Dinamarca. 

Cada uno por su lado, retorna a un pasado al que se habían aferrado, al que habían reconstruido en sus frágiles memorias humanas, en tanto que quienes se quedaron no intentaban descubrir los itinerarios vitales de los emigrados. Era un regreso a un lugar conocido, a una lengua con la que se reencontraban, pero al mismo tiempo era un abandono de las vidas que habían trazado en otras latitudes. 

Los pretéritos de Josef e Irena estaban entrelazados, momento significativo y singular para uno, completamente olvidado por el otro. Los hilos se entremezclan, las búsquedas de sentido se solapan, la necesidad de hallar un significado a todo lo pasado también sacude a quienes no emigraron. Y así, quienes permanecieron en Checoslovaquia tras la invasión soviética de 1968 ignoran cómo fue la existencia de los emigrados y se produce un silencio incómodo, sin preguntas, sin respuestas.

Novela de búsqueda existencial, de interrogatorios y de situaciones cotidianas, de vidas comunes en una Europa que buscaba entender el porqué de tanta tragedia.


Milan Kundera, La ignorancia. Buenos Aires, Tusquets, 2006.

martes, 21 de enero de 2020

"The Great Fear", de James Harris.

Este libro de James Harris se concentra en el período del terror stalinista de los años treinta, aunque previamente hace un recorrido por el uso de la represión sistemática en la etapa de la conformación del poder zarista y en la revolución bolchevique, para resaltar que la violencia estatal fue una constante en la vida rusa.
Pero el acento está, claramente, no en la personalidad de Stalin sino en la dinámica del sistema socialista, en la que un poder sin límites pudo desplegar una ola de purgas contra la élite y personas comunes. En esto, Stalin heredó prácticas que venían de períodos precedentes, y también la maquinaria que supo montar Lenin durante la guerra civil. El autor establece con acierto un contexto de sensación de aislamiento y percepción de hostilidad externa hacia la Unión Soviética, que muchas veces utilizaron otros países para alimentar esa histeria paranoica del stalinismo.
Lo cierto es que el socialismo soviético, como tantos otros sistemas de planificación central, al anular los mecanismos de la economía de mercado, creó un complejo mecanismo estatal que se tornó burocrático, ineficaz y destructivo de todos los incentivos para la producción. El mantenimiento de la NEP (Nueva Política Económica) en el largo plazo, hubiera significado la admisión de que el mercado es más eficiente en la producción y distribución de bienes básicos para el consumo de los habitantes. La NEP salvó de la muerte por inanición a millones de habitantes, a diferencia del comunismo de guerra de la primera etapa bolchevique. No obstante, Stalin era consciente de que necesitaba un golpe de rumbo para emprender la acelerada industrialización de la URSS, pero se enfrentaba a un problema básico del marxismo: ¿cómo se acumula capital en una economía de planificación central, sin propiedad privada? La respuesta de Stalin fue la colectivización de la agricultura en las granjas colectivas (koljoz), con lo cual obtenía divisas por la exportación de productos y las volcaba a la industrialización. De este modo, Stalin concentraba más poder y libraba una lucha de clases contra el kulak, que reemplazaba o encarnaba de un nuevo modo al burgués. Toda crítica a su política era observada como un delito, ya que tanto los opositores por izquierda -Trotski, Zinoviev, Kamenev-, como los más prudentes como Bujarin, eran tildados y perseguidos como criminales contrarrevolucionarios. En este sentido, comparto la postura del autor en subrayar que no se trataba de una cuestión de rasgos personales de Stalin, sino en un sistema que se nutría de una visión conspiratoria, que le permitía justificar sus mecanismos de opresión en todos los niveles. Toda falencia personal, todo error, era explicado a través de la idea de la conspiración contra el sistema socialista, desde dentro y afuera, con enemigos agazapados en un vasto complot.
Pero el gran despliegue del terror, con juicios sumarios y rápidas ejecuciones, se dio a partir de 1934 con el asesinato de Sergei Kirov, líder del Partido Comunista de Leningrado. Si bien todo apunta a que se trata de un homicidio sin ramificaciones, Stalin interpretó que se trataba de una vasta conjura contra él. Una gran cantidad de funcionarios fueron víctimas de la persecución de la NKVD, la poderosa seguridad soviética, que utilizaba la tortura como un mecanismo habitual para la extracción de confesiones. Se desató una ola de acusaciones y delaciones, en el que cualquier acto fallido era considerado un sabotaje. Como todo régimen del terror, también llegó a los propios actores que lo impulsaban, como Iagoda o Ieshov, y fue utilizado para desestabilizarlo desde afuera, como fue la invención de información sobre el mariscal Tujachevski por parte de Reinhard Heydrich, de la Sicherheitsdienst, para provocar el descabezamiento de las fuerzas armadas soviéticas.
En 1938 se fue aplacando esta ola de purgas, ya que la atención se centró fundamentalmente en el escenario europeo. La inminencia de una guerra y la necesidad de armarse ante un hecho que Stalin consideraba inevitable, puso paños fríos al terror rojo. Stalin estaba seriamente preocupado por peligros desde Asia Oriental, desde inicios de los años treinta, con una eventual invasión japonesa, así como desde Occidente por parte de países como Alemania, Polonia, Rumania, Finlandia y los países bálticos. 
El libro resume adecuadamente la política represiva del régimen comunista, así como la preocupación de Stalin de ataques externos, presentándolo en un panorama amplio. Recomendable para quien busque adentrarse en los pormenores de la historia soviética.

James Harris, The Great Fear: Stalin's Terror of the 1930's. Oxford, Oxford University Press, 2016.

miércoles, 8 de enero de 2020

"Communists and Their Victims", de Roman David

Cómo retribuir a las víctimas de un sistema totalitario que duró cuatro decenios, con la hiperpolitización de la vida cotidiana en todos sus aspectos, fue uno de los capítulos más complejos de las transiciones del comunismo a la democracia liberal en el continente europeo.
En este caso, el autor se centró en Checoslovaquia y, más específicamente, en la República Checa y cómo influyó en el desarrollo de la democracia en los años siguientes a la revolución de terciopelo. Es un caso muy singular en Europa, ya que fue un país ocupado -pero no devastado- por la Alemania nazi entre 1939 y 1945, y luego del golpe de estado comunista de febrero de 1948, quedó como un satélite de la Unión Soviética hasta fines de 1989, cuando el régimen socialista se desmoronó en la revolución de terciopelo.
A partir de 1990 comenzó un proceso de restitución de propiedades a los herederos de aquellas personas que fueron perjudicadas por la implantación del régimen socialista a partir de 1948, así como muchos antiguos disidentes y prisioneros políticos recibieron una indemnización. Se hicieron públicos los listados de aquellos que fueron parte o colaboraron con la Seguridad del Estado (StB), el organismo de seguridad interna que vigilaba, acechaba y detenía a los opositores al régimen. Se aplicó, a partir de 1991, la lustración, por la cual antiguos miembros de la StB y destacados miembros del PC checoslovaco, no pudieron ocupar más funciones en el Estado. En 1993, a instancias de la coalición gubernamental de centro-derecha en República Checa, se votó favorablemente la ley de declaración de ilegitimidad del régimen comunista. Hubo, entonces, varias decisiones que significaron retribuciones o reconocimientos tanto en el plano material como en el simbólico. No obstante, para muchos antiguos disidentes, estas medidas no fueron suficientes, ya que persistió el aislamiento social que habían padecido durante el régimen socialista. Y percibían, además, que antiguos miembros del PC y de la StB no fueron debidamente sancionados.
El antiguo Partido Comunista checoslovaco no cambió su nombre ni su ideología, tan sólo su nombre por el de Partido Comunista de Chequia y Moravia. Preservó, de este modo, un caudal electoral más o menos estable a lo largo de los decenios, y apenas esbozó una tibia disculpa que, para sus afiliados, fue más que suficiente. Pero en términos generales, este PC se mantiene férreo en su defensa nostálgica del régimen totalitario. Sus miembros desconocen abiertamente las violaciones contra los derechos individuales y se lamentan de que las propiedades que tuvo esta fuerza política hayan sido convertidas, por los gobiernos democráticos, en hoteles o residencias. 
El autor hizo numerosas entrevistas con antiguos detenidos políticos, miembros de la StB y el PC, así como ciudadanos comunes, para analizar las perspectivas, y señala que considera que a partir de 1990 no hubo una política que buscara la reconciliación, que sólo podría salir como resultado del reconocimiento y disculpa de los miembros del PC y del conocimiento de la verdad sobre la opresión durante cuatro decenios en ese país centroeuropeo.
Se trata de un trabajo minucioso, sistemático y analítico de los procesos de justicia en Chequia, una obra que debe ser tenida en cuenta para comprender no sólo el pasado y presente de esa nación, sino también como herramienta de comparación con otros países que atraviesen situaciones similares.

Roman David, Communists and Their Victims: The Quest for Justice in the Czech Republic. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2018.  

viernes, 3 de enero de 2020

"El ocaso de la república oligárquica", de Martín O. Castro.

El libro de Martín Castro recorre la historia política argentina en los inicios del siglo XX, cuando Julio A. Roca deja su segunda presidencia y comienza un proceso de profundas mutaciones dentro de las fuerzas conservadoras. Y lo hace con criterio analítico, erudición, respaldado con amplia documentación, manteniendo un buen ritmo para el lector. La tarea comienza con la crisis del PAN o Partido Nacional en 1901, cuando el entonces senador y ex presidente Carlos Pellegrini se distancia del presidente Julio Roca, con motivo del debate por la unificación de la deuda. En esas tensas jornadas de discusión parlamentaria, la opinión pública despertó y salió a las calles para expresar su desacuerdo con vehemencia. Roca retiró el proyecto del Congreso, y Pellegrini se sintió desairado en su defensa del mismo. Martín Castro le otorga especial significación a este debate parlamentario, por las consecuencias que tuvo tanto para la unidad del Partido Nacional, claramente hegemónico desde 1880 en Argentina, como para expresar el descontento de buena parte de la opinión pública. A su criterio, este fue el detonante de la reforma electoral de 1902 que impulsó Roca, de circunscripciones uninominales, que contó con el ministro Joaquín V. González como principal expositor del Poder Ejecutivo. El debate parlamentario de la reforma electoral de 1902 no sólo contemplaba el establecimiento de circunscripciones uninominales para la elección de diputados nacionales, electores de presidente y electores de senador nacional por la Capital Federal, sino también el voto secreto, nuevas sanciones ante su incumplimiento y el sufragio para los extranjeros que fueran propietarios o profesionales universitarios -esta última modificación fue rápidamente dejada de lado por los diputados-. Para Martín Castro, el eje de esta reforma fue el estado de la opinión pública en 1901 y la ruptura del Partido Nacional. La fragmentación del sistema de partidos en Argentina, sumado a que el sistema de lista completa bloqueaba el acceso de las minorías al Congreso, llevaba a un juego de personalismos y facciones que el Partido Nacional utilizaba para neutralizar a algunos sectores opositores a través de acuerdos para integrar listas comunes, como era el caso con la mitrista Unión Cívica Nacional. 
Carlos Pellegrini creó el Partido Autonomista en 1903, en tanto que el mitrismo se reagrupó en el Partido Republicano, liderado desde 1902 hasta 1909 por Emilio Mitre. Julio Roca tenía las riendas del Partido Nacional, que en rigor no era una formación orgánica y estructurada, sino una alianza de situaciones provinciales y gobernadores. Ante la proximidad de una nueva elección presidencial, el oficialismo propició la llamada "Convención de notables", en la cual se elegiría una fórmula de consenso. El pellegrinismo intentó, en vano, tomar el control de esa convención, que terminó impulsando la candidatura de Manuel Quintana para el sexenio 1904-1910.
El autor analiza la configuración del gobierno de Quintana, el realineamiento de las fuerzas opositoras en la Capital Federal -el pellegrinista Partido Autonomista y el mitrista Partido Republicano, que forman la Coalición Popular-, la influencia de diarios como La Nación y La Prensa, así como el retorno a la lista completa con la reforma electoral de 1905. El fallecimiento del primer magistrado y el ascenso de Figueroa Alcorta a la presidencia entre 1906 y 1910, retrata el desmantelamiento del sistema roquista y la agonía del PAN, sostenido por los gobernadores provinciales. El presidente Figueroa Alcorta busca apoyos en el antirroquismo en el universo conservador, sumando a figuras como Estanislao Zeballos y Roque Sáenz Peña, así como promovió a personas de su cercanía. 
Fue Roque Sáenz Peña quien logró tejer una alianza de sectores unidos en su rechazo a Julio Roca y su sistema partidario: antiguos juaristas, políticos católicos, sectores empresariales que no habían contado con el apoyo roquista. De este modo, Sáenz Peña formó la Unión Nacional aunque no logró organizarla como partido político orgánico. Los gobernadores provinciales acompañaron con reticencia, sin presentar un candidato alternativo.
Los partidos de cuadros, "orgánicos", eran la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista. El primero se estaba reorganizando desde 1903 e hizo una revolución en 1905 contra Manuel Quintana, infructuosamente, aunque logró mostrar la capacidad operativa del partido. Los socialistas, por su parte, no lograban salir del ámbito estrecho de la ciudad de Buenos Aires.
La Ley Sáenz Peña, que estableció el voto obligatorio y secreto y el sistema de lista incompleta, supuso un intento de "regeneración moral" que alentaban los sectores antirroquistas, que veían en Roca la suma de todos los males: los católicos, desde la moral; los conservadores antirroquistas, como una reparación histórica al ser desplazados durante tantos años. Fue la acción del presidente Sáenz Peña la que posibilitó que el Congreso aprobara su reforma, que fue puesta en vigor a partir de las elecciones legislativas de 1912. 
Las fuerzas conservadoras, en su conjunto, fueron incapaces de amalgamarse en torno a un solo partido político común, ya que comenzaron a competir entre ellas, lo que favoreció el triunfo de la UCR en sucesivos comicios. La creación del Partido Demócrata Progresista fue puesta en jaque por el gobernador bonaerense Marcelino Ugarte, sin advertir que se abría un nuevo escenario político con las reglas del juego que habían cambiado. 
Un libro necesario y recomendable para comprender esta etapa de grandes mutaciones de la vida política argentina, cuya lectura sugiero para adentrarse en la complejidad de nuestra historia.

Martín O. Castro, El ocaso de la república oligárquica. Buenos Aires, Edhasa, 2012.

lunes, 30 de diciembre de 2019

"Generation Stalin", de Andrew Sobanet

Francia fue y es uno de los más vibrantes centros intelectuales del planeta, y fue también uno de los lugares en Europa occidental donde el Partido Comunista local tuvo arraigo a lo largo de decenios. En este libro, el autor recorre las travesías de cuatro intelectuales que tuvieron militancia activa en el PCF y que contribuyeron poderosamente, con sus herramientas, a replicar y agrandar el culto a la personalidad de Iósif Stalin. Cuatro intelectuales que pusieron su talento al servicio del endiosamiento de un régimen totalitario y de su líder, en campañas coordinadas con la Unión Soviética.
Comienza con Henri Barbusse, autor de una biografía (en rigor, una hagiografía) de Stalin, que fue uno de los eslabones en la configuración del culto a la personalidad del dictador en el período de entreguerras. Barbusse hizo su primer viaje a la Unión Soviética en 1927, cuando se celebró el decenio de la revolución bolchevique, y luego sumó otros periplos en los que se vinculó con Stalin, relación que continuó por vía epistolar. Escribió libros laudatorios sobre la Unión Soviética, Georgia y Stalin, con amplia repercusión -y aprobación previa del departamento de cultura y propaganda del Comité Central del PC soviético- no sólo en la propia URSS, sino también en la cultura francesa. El libro sobre Stalin, severamente criticado por Nikita Jruschov en tiempos de la desestalinización, contenía un retrato legendario de Stalin y sobre su participación en la revolución bolchevique, con actos heroicos inexistentes. Era Stalin un superhombre, heredero legítimo de Lenin. Barbusse tenía un singular talento en teñir de comunista a figuras históricas que nada tenían que ver con el bolchevismo, como Jesús o Gandhi, pero su pluma era una herramienta eficaz para transformar la realidad en una ficción que recibía el aplauso de su sector político.
La gran incorporación a las filas del stalinismo fue Romain Rolland, el Premio Nobel de Literatura de 1915, un militante del pacifismo durante la primera guerra mundial y que se fue acercando a la Unión Soviética y al stalinismo en el período de entreguerras, ante el ascenso del fascismo y el nazismo en Europa. Rolland tuvo un largo viaje desde el pacifismo durante la primera guerra mundial, la adhesión a la no violencia de Gandhi, la crítica a los métodos violentos de la revolución bolchevique, hasta su aproximación a la URSS y, finalmente, su adhesión pública a Stalin y su régimen. El periplo que realizó a la URSS en 1934, organizado por la agencia VOKS, lo transformó en uno de los puntales del culto a la personalidad de Stalin dentro y fuera del régimen. El autor señala que la publicación en 1936 de Retour de l'URSS, de André Gide, provocó una conmoción en el mundo intelectual galo y en las filas del PCF: crítico severo de lo que vio en su viaje a la Unión Soviética, Gide ponía el acento en la pobreza, la persecución al pensamiento crítico, el conformismo, el desconocimiento de cuanto ocurría en el mundo exterior y el culto a la personalidad de Stalin. Lo que agravaba la crítica es que Gide había querido ver, antes de su periplo, en la URSS una tabla de salvación para la humanidad. Rolland salió a embestir públicamente a Gide, una vez más ensalzando a Stalin. Y aquí, sin embargo, encontramos un rasgo de duplicidad de Romain Rolland en el que pone el acento el autor, ya que en sus diarios personales desplegó toda su crítica a la opresión stalinista, la pobreza generalizada en la URSS. Esto significa que, íntimamente, Rolland conocía la realidad que se vivía en el stalinismo de las purgas y los juicios fabricados, así como adhería a lo que Gide se animaba a plantear en público. ¿Por qué esta deshonestidad intelectual y grave falla ética? ¿Temía más al ascenso del nazismo y del fascismo, o bien no se animaba a romper con la maquinaria propagandística soviética y el PCF? Es un dato relevante y a tener en cuenta que el PCF tenía un desarrollado sistema propio de prensa, con periódicos y revistas, que se le volvería en contra en el caso de expresar lo que realmente opinaba sobre la URSS. El Pacto Ribbentropp-Molotov entre la URSS y la Alemania nazi, que significó la declaración de ilegalidad del PCF, también marcó el distanciamiento de Rolland. No obstante, la invasión alemana a la URSS de 1941 colocó al régimen comunista en las filas de los enemigos del Eje, por lo que Rolland pudo callar a su conciencia atribulada, y en sus últimos días de vida en 1944 volvió a formar parte de la pléyade de los intelectuales del PCF. Sus diarios íntimos se conocieron en 1992, cuando ya había caído la Unión Soviética y el marxismo-leninismo entraba en un ocaso temporal.
El tercero de los intelectuales que se analizan en el libro es Paul Eluard, entrando en el período de la posguerra e inicios de la guerra fría. La figura de Maurice Thorez, líder del PCF, recibió también un culto a su personalidad, aunque no como el de Stalin. El PCF elaboró una interpretación histórica que enhebraba al patriotismo francés con el soviético, uniendo a ambos países en un entramado que iba desde el jacobinismo de Robespierre, la Comuna de París y figuras como Jean-Jaurés y Victor Hugo, incluyendo a la Resistencia en tiempos de la ocupación alemana.
En esa clave narrativa que buscaba instalar a Stalin como una figura decisiva de la historia francesa, Paul Eluard hizo el guión del film propagandístico Staline: l'homme que nous aimons le plus, de 1949, en homenaje al septuagésimo natalicio del dictador soviético. El PCF, en sintonía con los dictados de Moscú, pretendía asimilar al Plan Marshall y a la OTAN con la ocupación alemana durante la guerra, en tanto que la URSS representaba no sólo el futuro de la humanidad, sino también a la democracia y el antiimperialismo. 
Paul Eluard se mantuvo fiel a André Breton y el movimiento surrealista hasta 1938; Louis Aragon, en cambio, rompió con Breton para incorporarse al PCF, en el que fue un activo militante y propagandista hasta su muerte en 1982. De este modo, gran parte de su vida política transcurrió bajo el stalinismo en clave gala, siempre sosteniendo la línea -sinuosa y cambiante- del Partido Comunista. A diferencia Thorez, que migró a la URSS antes de la guerra, Aragon sí estuvo en las filas francesas frente a la invasión alemana de 1940. Su voluminosa obra Les Communistes (1949-51 y 1966) es parte de su militancia literaria y partidaria, y las dos versiones presentan variaciones directamente relacionadas con el contexto del comunismo en las etapas del stalinismo tardío y con la URSS posterior a la desestalinización.
De un modo ameno y bien documentado, Andrew Sobanet nos transporta a la obra, las ideas políticas y la militancia partidaria de cuatro intelectuales que orbitaron en el universo del comunismo francés en torno a la figura de Stalin, cimentando el culto a su personalidad en tierras galas. 

Andrew Sobanet, Generation Stalin: French Writers, the Fatherland, and the Cult of Personality. Bloomington, Indiana University Press, 2018. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

"Bartolomé Mitre", de Eduardo Míguez.

Comprimir una vida tan intensa como la de Bartolomé Mitre, con una trayectoria que que entrelazaba la política, el periodismo y la labor del historiador, requiere poner el acento en aquello que para el autor es significativo. En este sentido, este texto sumamente recomendable de Eduardo Míguez pone el acento en la etapa formativa -personal e intelectual- de Mitre en la orilla oriental del Plata, pudiendo haber optado por la ciudadanía uruguaya y, seguramente, alcanzado también la primera magistratura. Pero prefirió el suelo en donde tuvo lugar su natalicio, y desplegó una existencia política intensa durante medio siglo, con un protagonismo que fue menguando, pero jamás al punto de la irrelevancia o el olvido. Muy por el contrario, a medida que su partido político se iba desdibujando en el Acuerdo con el PAN de Julio Roca, la figura simbólica de Mitre se realzaba hacia el final de sus días.
Miembro de la llamada Generación del 37 en exilio de Montevideo, Chile y Bolivia, supo tomar contacto con las ideas de Mazzini y Garibaldi, con quienes se sintió identificado. De allí se puede rastrear su posición conciliadora de lo republicano y lo liberal con lo nacional, tan propia de mediados de la centuria decimonónica, hasta que el nacionalismo se volcó hacia expresiones autoritarias y exclusivistas. El republicanismo de Mitre se distanciaba de las posturas más escépticas de Sarmiento y, sobre todo, de Alberdi; y si bien no avanzó en la práctica en medidas favorables por la limpieza del sufragio -de hecho, utilizó los mecanismos habituales de su época-, siempre fue un elemento constante en su discurso.
El itinerario vital de Mitre entremezcla lo político con lo intelectual, su pasión por la acción con la avidez de lectura y conocimiento. Esa ambición la pudo plasmar en su inicio como vocero de la causa porteña tras la batalla de Caseros cuando, desde su banca en la Legislatura provincial y director del diario Los Debates, se plantó frente al Acuerdo de San Nicolás, marcando un hito en su carrera política. Mitre buscó siempre, y esto lo subraya Míguez, fundar sus acciones en principios políticos: no siempre pudo lograrlo, y las más de las veces debió acomodarse a las contingencias de los acontecimientos. Los actores políticos se encuentran en un tiempo y en una geografía de la que no pueden huir, y con los elementos disponibles, Bartolomé Mitre se propuso armonizar su visión de porteño con la de argentino, en una época en la que la nacionalidad era una aspiración abstracta, en la que pesaban más las identificaciones provinciales que con la de una República en plena etapa formativa. De allí, entonces, que fuera liberal a la vez que nacionalista, en el sentido de que no formaba parte de aquellos grupos porteños que aspiraban a la independencia de su provincia, frente a la Confederación Argentina. Y que, como gobernador de la Provincia de Buenos Aires y vencedor en la batalla de Pavón, en 1861, respetó a Urquiza como gobernador entrerriano, en lugar de aprovechar ese triunfo militar para provocar la secesión porteña. Desde esa perspectiva, no resulta sorprendente que la palabra "nación" resultara tan ligada a su vida pública: fundador de los diarios "La Nación Argentina" y luego, en 1870, "La Nación", que su fracción política durante un tiempo se llamara "nacionalista" -que, a la vez, en ese juego fluido de los partidos decimonónicos argentinos alternara con las denominaciones de "liberal" o "Partido de la Libertad"- y, tras la separación de la Unión Cívica, su agrupación se denominara "Unión Cívica Nacional". 
Eduardo Míguez explora, con acierto, la construcción que Bartolomé Mitre hizo de sí mismo como figura política e intelectual, y que sus historias de Belgrano y San Martín fueran plataformas narrativas para su acción, probablemente viéndose a sí mismo como un continuador y eslabón en la constitución de esa Nación Argentina. De hecho, así lo recordamos, como primer presidente constitucional de la Argentina unificada, labor que se fue consolidando durante los períodos de la organización nacional, hasta que el Estado nacional se solidifica en los años 1880, con Julio Roca en la primera magistratura. 
Subraya el autor que Mitre en varias oportunidades, tras salir de la presidencia en 1868, debió seguir los pasos de sus seguidores y se vio involucrado, con más o menos visibilidad y protagonismo, en las revoluciones de 1874, 1880 y 1890, logrando salir de todas ellas. De estos acontecimientos y turbulencias, su partido fue exponiéndose como una visión ante todo porteña, con escasa proyección 
hacia el interior del país. 
A mi criterio, Míguez establece claramente la responsabilidad de Bartolomé Mitre y del gobierno de la República Argentina en la Guerra del Paraguay, remarcando el espíritu bélico de Francisco Solano López, su invasión a la provincia de Corrientes y cómo se lo combatió en suelo argentino. También los límites del gobierno nacional del presidente Mitre, ya que el grueso de las tropas las aportó Buenos Aires, y cómo era síntoma de que aún no existía un concepto acabado de nacionalidad en las latitudes sudamericanas. Este habrá de ser, hasta la actualidad, uno de los temas con los que las corriente del llamado revisionismo histórico han atacado a la figura de Mitre.
Bartolomé Mitre fue amigo y luego rival de Sarmiento; fue rival y luego cercano a Urquiza; fue rival y luego socio político de Roca. Defensor del laicismo, se unió electoralmente a los sectores católicos en 1886, para hacer un frente común ante la candidatura presidencial de Miguel Ángel Juárez Celman. En esos juegos de la competencia siempre procuró mostrarse en equilibrio, manteniendo un liderazgo de un sector representativo de Buenos Aires. Su figura se agigantó en los años 1880, y llegó a barajarse seriamente su candidatura presidencial en 1892, como una transacción de unidad entre el Partido Autonomista Nacional y la Unión Cívica Nacional. Roca en gran medida contribuyó a crear la imagen del Mitre "patricio", la de un prócer nacional que debía ubicarse en el Panteón de los grandes argentinos.
El libro es altamente recomendable por su mesura, documentación, interpretación de los matices y búsqueda honesta en los pliegues de una personalidad compleja, consciente de su rol histórico y de sus propias ambigüedades. 

Eduardo Míguez, Bartolomé Mitre. Buenos Aires, Edhasa, 2018.

miércoles, 14 de agosto de 2019

"Marcelo T. de Alvear", de Leandro Losada

Marcelo T. de Alvear es una figura que resulta difícil de ubicar para la historia de la Unión Cívica Radical, por su contrapunto con Hipólito Yrigoyen, que figura en el panteón de ese partido político. Ya sea por sus orígenes familiares como por su estilo de vida, tan cosmopolita, no provoca el grado de adhesión que despiertan otros líderes políticos, aun cuando su gestión presidencial fue ordenada, sin sobresaltos, entre los dos períodos en los que el primer magistrado fue Yrigoyen.
Es inevitable, al leer esta biografía escrita por Leandro Losada, compararla con la de Félix Luna, tan vibrante como militante en sus tiempos juveniles. Y ambos resaltan, ante todo, la faceta del Marcelo T. de Alvear como presidente del radicalismo en los años treinta. Losada lo reitera con prudencia: es la etapa en la que se cuenta con documentación personal de él, a diferencia de su período como presidente. Y el historiador utiliza documentos para investigar, por lo que la ausencia de correspondencia personal del período 1922-1928 o escasez no le permiten desarrollar adecuadamente su labor. Y si bien en esta biografía hay más dedicación que las escasas páginas que le dedicó Luna, los dos capítulos sobre su presidencia dejan sabor a poco, puesto que uno de ellos está abocado al antipersonalismo, y no a su gobierno. Como suele ocurrir, los presidentes que vienen de un mismo partido político intentan, dentro de márgenes acotados, diferenciarse de su antecesor. Alvear lo hizo con un cambio de estilo, por su propia personalidad, así como alentó la formación del antipersonalismo, aunque sin jugarse por esta nueva corriente política. Esa ambigüedad deliberada le permitió navegar en aguas turbulentas e incluso llegar a ser el presidente de la UCR de raíces personalistas, heredero de Hipólito Yrigoyen, en los treinta. Pero no le resultó suficiente para retornar a la primera magistratura. Desde la distancia, expresó su apoyo al golpe de Estado de 1930, pero tuvo la precaución de volver a Argentina varios meses después y de no ser el candidato oficial del general José Félix Uriburu. Optó, sí, por retornar al radicalismo, contando con el apoyo de Yrigoyen. 
El autor desarrolla, con acierto, una búsqueda de las coordenadas ideológicas de Alvear en los años treinta, aquella "tormenta del mundo", como la denominó Halperín Donghi. Fue liberal, demócrata y republicano, en un tiempo en el que esas posturas sonaban anacrónicas, decimonónicas, de una época remota y superada. Fue liberal, apegado al constitucionalismo y las libertades fundamentales, con aproximaciones al liberalismo reformista europeo de los años 20. Se alejó de los dogmatismos porque era político, sabía de las concesiones que se deben hacer en los planos agonal y arquitectónico, como dirigente de un partido político que sumó voluntades heterogéneas en torno a la verdad del sufragio como gran bandera. Se ubicó entre Alem e Yrigoyen, las dos figuras icónicas de la UCR, y fue difícil cuestionar a Alvear por haber sido, precisamente, uno de los entusiastas que estuvo en las jornadas iniciales de la Unión Cívica de la Juventud en el Jardín Florida. Como presidente del radicalismo, hasta sus días finales, fue un político que caminó en el barro, recorrió barrios y pueblos, tuvo el contacto cívico que no llevó adelante para alcanzar la primera magistratura en 1922. 
Alvear simbolizó, en los años treinta, a la Argentina que parecía desvanecerse por un régimen sostenido por el fraude electoral sistemático, una farsa del orden constitucional, en el que había elementos simpatizantes del fascismo como el gobernador Manuel Fresco, pero que no ocuparon el centro de la escena. Frente a la tentación de los colosos totalitarios que parecían estar ganando al mundo, se mantuvo fiel a los principios fundacionales del radicalismo y de la Constitución nacional, manteniéndose lejos de quienes coqueteaban con los idearios colectivistas de moda en esa época. Quizás haya ganado los comicios presidenciales de 1937, cuestión que el autor no analiza.
El libro es una actualización de temas, de cuestiones, de un personaje: abre las puertas a más investigaciones con nuevas perspectivas, de dos decenios sumamente dinámicos de la historia argentina, que han sido desdeñados por la historiografía ocupada en épicas políticas posteriores.

Leandro Losada, Marcelo T. de Alvear. Revolucionario, presidente y líder republicano. Buenos Aires, Edhasa, 2016.

jueves, 18 de julio de 2019

"Mass Violence in Nazi-Occupied Europe", de Alex Kay y David Stahel (edit.)

Esta compilación de una serie de estudios en torno al régimen nazi y su política de dominación racial y exterminio en el continente europeo, desarrolla una serie de temas que aún hoy, a setenta años del inicio de la segunda guerra mundial, necesitan ser esclarecidos por la investigación histórica. No sólo por las lagunas en la documentación -gran cantidad destruida por los propios nazis-, sino también por los relatos posteriores de muchos involucrados, ya en tiempos de la guerra fría.
Así, por ejemplo, es bien tratada la cuestión de cómo se involucró el ejército alemán (Wehrmacht) en las campañas de exterminio llevadas a cabo por las SS, sobre todo en la URSS y Polonia. Se sostiene que las más altas autoridades militares no sólo sabían del exterminio de judíos, sino que también prestaron su colaboración, ya sea por convicción, ya por acomodamiento o temor. Lo cierto es que la maquinaria de matar montada por las SS no hubiera sido posible sin la participación activa de la Wehrmacht; pero, con el inicio de la guerra fría, se prefirió exculpar a grandes porciones de la sociedad alemana. Asimismo, hubo muchas variantes en la utilización de los judíos como mano de obra esclava durante la guerra, dependiendo de las decisiones de los diferentes jerarcas nazis. Si bien todos ellos consideraban a los judíos como "subhumanos", algunos optaron por mantenerlos con vida como trabajadores ante el retroceso de las fuerzas alemanas en el frente oriental, para mantener la producción de armamentos. 
El capítulo dedicado a los judíos del norte de África y si estaban incluidos en el listado de la Conferencia de Wannsee, aporta elementos sobre la vasta dimensión de la Shoá, ya que todo indicaría que se los sumaba a los de las respectivas metrópolis -Francia e Italia-, así como se había previsto el Aegypten Einsatzkommando, una unidad de la SS para apresar a los judíos de Egipto y Palestina.
Un capítulo insoslayable en el plan de exterminio fue el genocidio gitano (Porajmos), también considerada como una "raza inferior" y de conductas antisociales. Tras evaluar la esterilización masiva -descartada por su complejidad y costo-, se internó a los gitanos en campos de reclusión, así como los Einsatzgruppen hicieron ejecuciones masivas en el territorio soviético, del mismo modo que lo hacían con los judíos. Se hace notar que fue el "Holocausto olvidado"  y que no sólo no hubo sanciones por el mismo en los juicios de Nuremberg, sino que tampoco hubo reconocimiento posterior. En las redadas participaron voluntariamente agentes de fuerzas policiales de las naciones conquistadas, un hecho que luego tampoco se asumió. Fue a partir del decenio de los ochenta que la cuestión del genocidio contra los gitanos comenzó a ganar terreno en los estudios históricos, tras ser ignorado o minimizado en los textos generales.
En este volumen también se encara la responsabilidad del Ejército alemán (Wehrmacht) en la política de exterminio de los judíos en particular, y de los habitantes eslavos de la URSS en general. Se plantea que los militares tuvieron un rol activo, que no se limitó a la SS, sino que fue generalizado en las tropas invasoras. Esta caída en la barbarie -que incluyó el sometimiento sexual- no tuvo ningún tipo de contención ni sanción, librándose a los militares a todo tipo de excesos y crímenes. Si bien no hubo instrucciones al respecto, tampoco hubo restricciones. 
Otra cuestión, difícil, es cómo se encararon los estudios sobre la Shoá en la Unión Soviética y en la Rusia post-soviética. Para el enfoque clasista del marxismo-leninismo, la Shoá no fue estudiada desde su singularidad como genocidio contra el pueblo judío, sino como una guerra contra la URSS, por lo que los asesinados se contabilizaron en el total de víctimas en la Unión Soviética. Fueron muy escasos los estudios en particular sobre la Shoá, que recién en la Rusia post-soviética comenzaron a realizarse, aunque muy escasos. De hecho, Rusia no conmemora un Día del Holocausto, tal como ocurre en otras naciones europeas, aun cuando en su suelo hubo numerosas víctimas. El caso de los países bálticos es más complejo, ya que allí hubo colaboración activa de actores locales, por lo que resulta un hecho incómodo para la historia de países que todavía están elaborando y reflexionando sobre su pretérito reciente, mirando hacia la Rusia post-soviética y sus ambiciones territoriales. 

Alex J. Kay y David Stahel (editores), Mass Violence in Nazi-Occupied Europe. Bloomington, Indiana University Press, 2018. 

lunes, 15 de abril de 2019

"Raphaël Lemkin and the Concept of Genocide", de Douglas Irvin-Erickson

Esta obra, dedicada a la vida y el pensamiento del jurista Raphaël Lemkin, recorre su trayectoria intelectual y vital, sus desvelos para lograr que los genocidios tuvieran una sanción en un mundo hostil a sus ideas, en pleno auge de las ideas totalitarias y durante el inicio de la guerra fría.
Lemkin vivió sus primeros años dentro del Imperio Ruso, luego parte de la Polonia independiente, renacida tras la primera guerra mundial. Se formó en el terreno de la abogacía en varias universidades, comenzando sus estudios en Lviv/Lemberg, en lo que fue la capital cosmopolita de la antigua Galitzia. Fue durante la primera conflagración que su familia, ante el avance de las tropas germanas, se preocupó por ocultar los libros en los bosques, temerosos de lo que pudiera ocurrir con la biblioteca familiar. De este modo, es posible observar que Lemkin fue educado en un entorno que daba prioridad al estudio, tal como solía ocurrir con los judíos que habían adherido a la filosofía de la Haskalá. Y es que Raphaël Lemkin no sólo fue una persona cultivada en el derecho, sino también en literatura, lingüística, música y filosofía, conocedor de varias lenguas. De allí que tanto apreciara las diferencias culturales y que las viera como elementos valiosos para la civilización humana, parte constituyente de la persona. El autor señala que Lemkin estudió y acuñó el concepto de genocidio, pero con su mirada puesta en los derechos individuales que eran vulnerados. Ya en los años treinta, tomando como ejemplos históricos recientes a los genocidios contra los armenios y los ucranianos, así como la creciente persecución antisemita del nazismo, propuso que la fallida Sociedad de las Naciones tipificara como delitos a la "barbarie" y el "vandalismo", porque aún no había desarrollado el concepto de genocidio. 
Cuando las tropas de Hitler invadieron Polonia, Lemkin logró huir hacia Suecia y, de allí, a los Estados Unidos. En su estadía en el país escandinavo neutral, logró reunir documentación legal sobre el proceso de destrucción que estaba llevando adelante el régimen nazi en el continente europeo, cuestión que ordenó y sistematizó en su libro sobre el dominio del Eje en los países ocupados, publicado en el exilio hacia el final de la guerra. Su libro fue clave para arrojar luz sobre la arquitectura legal montada por el nazismo para aplicar su política de exterminio y esclavización, en nombre de la "pureza racial", y por consiguiente fue de gran utilidad para los jueces en Nuremberg. Observado con desconfianza por los soviéticos, que en todo momento buscaron impedir el avance de los conceptos planteados por Lemkin. 
Tanto en la Declaración Universal sobre Derechos Humanos como en la Convención sobre Genocidio, Raphaël Lemkin procuró ejercer su influencia para que este tipo de crímenes fuera severamente castigado, pero halló que la lógica bipolar de la guerra fría se impuso sobre sus preocupaciones humanistas. Obsesivo en su causa, no supo ganarse el apoyo del establishment político de los Estados Unidos, ya que sus ideas resultaban sospechosas para quienes querían mantener el status quo de segregación racial en los estados meridionales de los Estados Unidos. 
Sus ideas y preocupaciones, no obstante, sobrevivieron a la guerra fría y comenzaron a revalorizarse en los años noventa, por los genocidios en la ex Yugoslavia y Ruanda, universalizando la visión en torno al respeto a la vida, la integridad y la libertad de millones de seres humanos. 

Douglas Irvin-Erickson, Raphaël Lemkin and the Concept of Genocide. Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 2017.

sábado, 23 de marzo de 2019

"La muerte del comendador", de Haruki Murakami.

En esta nueva novela de dos tomos, Haruki Murakami despliega -una vez más- su universo en el que se entrecruza lo real con lo fantástico, lo cotidiano con lo extraordinario. A diferencia de las novelas anteriores, en esta se introduce lentamente en una trama que irá envolviendo al lector en la vida del protagonista, un artista plástico dedicado a los retratos por encargo, alejado de la gran urbe por una separación, en una circunstancia que lo involucrará con lo sobrenatural. Murakami tiene la singularidad de saber mezclar los elementos fantásticos y de introducirlos en la narrativa sin forzar las situaciones, permitiendo que cada personaje desarrolle una vinculación propia, casi íntima, con aquello que pertenece a universos no visibles. 
El primer tomo es la gran preparación, el desarrollo hacia el segundo en el que elementos desconocidos irrumpen con fuerza y toman el escenario, dejando pistas de lo que son o pueden llegar a ser.
Los diálogos tienen exquisitez y profundidad: los personajes se desenvuelven en una reflexión sobre sus propias identidades, temores y llegan a vislumbrar sus propios abismos, pero sin precipitarse 
en la pérdida de control.
De allí, pues, la fluidez con la que se desliza la pluma de Murakami, en una danza inteligente de personajes enigmáticos que mantienen la tensión en la lectura.
Los detalles no son banales, guardan un significado que no siempre se devela, pero que sugiere para que la imaginación del lector no sea ofendida con resoluciones simples, bruscas y anticipables.
Esto permite a Haruki Murakami ubicarse entre los autores japoneses que pueden salir con su narrativa más allá del archipiélago, universalizarse sin perder el sabor local ni la cosmovisión que los singulariza, sabiendo conectar lo propio con lo occidental, tan presente en su cultura desde hace siglo y medio.

Haruki Murakami, La muerte del comendador. Buenos Aires, Tusquets, 2018 y 2019.